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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

3. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL

  El inicio del medievo
  La Iglesia medieval hasta el cisma de Oriente
  El mundo de los carolingios
  El impacto del feudalismo
  El cisma de Oriente
  Hacia la plenitud del siglo XIII
  La lucha de las investiduras
  Los albores de la plenitud medieval
  Las universidades
  Los normandos y el reino de Sicilia
  La evangelización
  La herejía medieval
  La Inquisición
  Las nuevas órdenes mendicantes
  Los concilios medievales anteriores a la crisis del siglo XVI
  Las cruzadas
  La conversión de nuevos pueblos











EL INICIO DEL MEDIEVO

El tránsito hacia la llamada Edad Media va acompañado de una serie de fenómenos que hemos de recordar para situarnos, y que se podrían sintetizar así:

a) progresiva desaparición de las estructuras romanas que aún se mantenían en el seno de los reinos epígonos de Occidente, acompañada de una debilitación creciente de los poderes políticos más o menos centralizados que existían en cada una de estas nuevas unidades;

b) pérdida paulatina del peso específico de las ciudades en relación con el mundo rural, con una disminución del comercio y una tendencia a la autosuficiencia de las grandes explotaciones agrícolas y de los pequeños núcleos rurales;

c) la descentralización del poder a favor de los representantes locales del rey (condes), la autonomía creciente de éstos en la administración de los bienes del Estado de su demarcación, la tendencia primeramente aceptada y luego confirmada hacia la transmisión hereditaria de sus funciones públicas, la confusión creciente que de ahí se originaría entre los bienes públicos administrados por el conde y sus bienes privados, complicada además por las uniones matrimoniales, herencias, compraventas y todo género de contratos, van a resultar en una cierta privatización de la función política;

d) lo dicho en el último apartado unido a las diferentes prácticas ya anteriormente existentes de ponerse bajo la protección de un poderoso mediante unos lazos contractuales, dará origen al fenómeno del feudalismo, basado enteramente en las relaciones interpersonales de fidelidad a los pactos establecidos más o menos libremente (o más o menos coaccionados por las circunstancias) entre señor feudal y vasallo. En sus ejemplos más típicos, el rey será ahora no tanto el máximo magistrado del Estado cuanto el primer señor feudal, del cual dependen hasta los últimos ciudadanos pero a través de complicados escalonamientos siempre personales.

Si dirigimos nuestra mirada más allá del antiguo occidente romano, al que se referían las consideraciones precedentes:

a) en Oriente, más lejano ahora, el imperio romano subsistirá, con formas cambiantes, hasta mediados del siglo XV. No habrá roturas con la tradición centralizada del gobierno, seguirán siendo importantes las ciudades, etc. Sin embargo, el imperio, llamado ahora bizantino, va a contraerse espectacularmente: a manos del Islam se van a perder muy pronto las zonas muy ricas y helenizadas de Siria y Egipto, y habrá una presión más o menos constante sobre las tierras de Anatolia; en los Balcanes, el pueblo búlgaro que los ocupa y que es ahora un pueblo eslavo, oscilará entre un vasallaje más o menos precario y una independencia declarada, contribuyendo a obstaculizar por tierra las relaciones entre las dos antiguas mitades del imperio. También en Italia, efímeramente reconquistada por éste, su poder se irá apagando. En definitiva, la influencia de Constantinopla en Occidente, nunca despreciable, se hará cada vez más débil;

b) la irrupción del Islam en la cuenca mediterránea (Siria, 635; Egipto, 642; España, 711), tendrá una profunda repercusión en las tierras ocupadas y más allá de ellas. Así, con el paso de los siglos, sólo quedarán unos pocos cristianos y luego ninguno en la antigua África romana (Túnez) y en la España musulmana; algunos más en Siria; y en Egipto, una comunidad monofisita notable pero claramente minoritaria y marginal, aunque ha llegado hasta nuestros días. En Occidente, el Islam conseguirá sustituir completamente la antigua civilización romana en alguna de sus zonas más ricas y asimiladas, como África y la España musulmana, al mismo tiempo que ejercerá una presión notable y de consecuencias variables sobre las islas del Mediterráneo occidental y sobre las costas de Italia y de la Galia.

Sobre este esquema inicial, forzosamente imperfecto pero que era necesario presentar porque la vida de la Iglesia no ocurre en un vacío, se pueden dibujar a grandes rasgos algunas características de la historia de la Iglesia en el medievo. La encuadramos en tres grandes períodos: hasta el cisma de Oriente (1054), hasta el final del siglo XIII y hasta el final de la Edad Media.


LA IGLESIA MEDIEVAL HASTA EL CISMA DE ORIENTE

En la Europa occidental, el único estado fuerte que se perfila después de la destrucción del de los visigodos (711) es el de los francos, que conocerá sus mejores momentos con el ascenso de la dinastía carolingia y especialmente durante el reinado de Carlomagno (768-814)

El mundo de los carolingios

A partir de su territorio inicial, a caballo sobre el bajo Rin, los francos habían ido extendiendo su control sobre toda la Francia actual, desplazando a visigodos y burgundios; por el norte, a través del Elba y hacia el Oder; más allá del alto Rin, con la destrucción del pueblo ávaro, procedente de las estepas asiáticas y establecido en la llanura húngara; y hacia Italia.

Esta expansión política hacia Italia, que llegará hasta el sur de Roma, es en buena parte consecuencia de una nueva orientación de los Papas que, al no poder recibir ayuda de Constantinopla para hacer frente a las depredaciones de los musulmanes y a la invasión de los lombardos, acabaron dirigiéndose a Carlomagno para pedir su ayuda. De manera simbólica, esta nueva orientación quedó señalada cuando el Papa coronó a Carlomagno, en la Navidad del año 800, como emperador de los romanos, lo cual constituía sobre el papel la restauración del imperio de Occidente.

Este período fue acompañado de un renacimiento cultural en la corte de Carlomagno, de proporciones limitadas pero muy significativo en Francia después de lo ocurrido en las últimas décadas y aun siglos, y por un esfuerzo de evangelización de los pueblos germánicos y eslavos conquistados por los francos en su frontera superior.

El impacto del feudalismo

La organización política del imperio de Carlomagno se basó en el aprovechamiento y desarrollo de las estructuras feudales que habían ido creciendo durante todo este tiempo.

Estas estructuras feudales alcanzaron ahora hasta a algunos aspectos de la organización eclesiástica, en la cual se dio también cierta confusión entre lo temporal y lo espiritual a consecuencia de que a menudo se dieron feudos a los eclesiásticos como la mejor solución del momento para su buena administración. El caso más notable fue la cesión al Papa de un importante "patrimonium Petri" en forma de tierras situadas alrededor de Roma, pero ocurrió algo similar con muchos obispos y abades.

De ahí nacería el interés de la autoridad civil por tener alguna influencia en la designación de las personas que habían de ocupar estos cargos eclesiásticos, que ahora eran a menudo también cargos civiles, y se puso la semilla de las futuras luchas de las investiduras.

También de otra manera entraron en la organización de la Iglesia algunas de las estructuras feudales. Es el caso de la unión de los cargos pastorales a "beneficios" que, muy transformados, han llegado casi hasta nuestros días y que, como casi todo, presentaban sus ventajas y sus inconvenientes.

El cisma de Oriente

La lejanía real entre Constantinopla y Occidente, aumentada por la situación de las nuevas cortes, más o menos itinerantes, hacia el norte de Europa; el progresivo desconocimiento del latín en Oriente y del griego en Occidente; el desprecio de la culta y populosa Constantinopla por los "bárbaros" y rústicos occidentales; y, por fin, el giro del pontificado romano hacia Francia, fueron preparando de muy atrás una mutua incomprensión y un alejamiento psicológico mucho mayor que el alejamiento físico.

En este contexto es donde hay que situar las querellas jurisdiccionales que tuvieron lugar entre la sede patriarcal de Constantinopla (desaparecidos ya prácticamente los otros dos patriarcados orientales de Alejandría y Antioquía) y la sede romana.

Un motivo de roce fue la adscripción a una u otra sede de los búlgaros recién convertidos (864) Se produjo después un cisma de diez años (867-877), consecuencia indirecta de las luchas que se habían desarrollado en Oriente sobre la legitimidad del culto de las imágenes, al que se oponían los "iconoclastas" ("destructores de imágenes")

Además, durante ese cisma y para apoyar su posición, Focio, patriarca de Constantinopla, levantó la bandera contra la introducción en Oriente del término "filioque", en el símbolo que se recita en la Misa, y utilizó su erudición para envenenar mucho la cuestión.

Finalmente, un altercado menor sobre competencias de jurisdicción en los territorios de Sicilia y el sur de Italia (la antigua "Magna Grecia", de cultura griega) produciría el cisma definitivo que aún perdura (1054)


HACIA LA PLENITUD DEL SIGLO XIII

A la desintegración del poder carolingio (s. IX) siguió la ascensión de otro, centrado en las tierras germánicas del antiguo imperio de Carlomagno. En adelante, la dirección política de la cristiandad occidental residiría teóricamente en el emperador germánico, pero excluyendo importantes territorios. De hecho se extendería sólo a lo que a grandes rasgos podríamos describir como Alemania y la mitad norte de Italia.

La lucha de las investiduras

Los siglos XI-XIII están marcados por los esfuerzos del Papado para mantenerse suficientemente independiente de este nuevo poder, que se extiende también al "patrimonium Petri", al mismo tiempo que colabora con él.

Así, una larga crisis habría de llenar los cincuenta años que cabalgan sobre el 1100, motivada fundamentalmente por las excesivas pretensiones del emperador sobre la investidura en sus sedes de los obispos alemanes, que eran también importantes príncipes temporales. Sólo tras largos esfuerzos, que habían llevado consigo grandes problemas y humillaciones para los emperadores (por ejemplo, Enrique IV, en Canosa, el 1077) y para los Papas (por ejemplo, la muerte del papa Gregorio VII en el exilio, en Salerno, el 1085), se pudo llegar finalmente a una solución de compromiso aceptable para ambas partes: el concordato de Worms.

Todo esto no es, sin embargo, más que la parte más visible de un problema, que afectaba también a obispos y abades de otros países y a eclesiásticos inferiores, alcanzando hasta la misma vida parroquial. Todo se fue arreglando, sin eliminar nunca completamente la intervención civil en las provisiones, puesto que por uno u otro camino siempre encontraba la manera de hacerse sentir.

Desde un punto de vista práctico, no hay que pensar que estas intervenciones fueran siempre perniciosas: a menudo fueron muy acertadas. Así, por ejemplo, la intervención directa del emperador en la elección del Papa acabó con la situación anárquica del "siglo de hierro" del pontificado (el siglo X), en que las familias romanas importantes intrigaban de continuo y los Papas elegidos eran a menudo indignos.

Pero el sistema era claramente incongruente, se prestaba a abusos que podían llegar a una especie de compraventa de cargos eclesiásticos ("simonía") y resultaba en general nefasto. Así, en el caso de la elección papal, ya en el año 1059 se consiguió que quedara reservada exclusivamente a los cardenales.

El inicio de esta recuperación de la libertad de la Iglesia respecto de los poderes civiles se había dado precisamente bajo el pontificado de Gregorio VII, ex monje de Cluny, que contaba con la experiencia de esa congregación. Era ésta una especie de federación de monasterios reformados, con una dirección relativamente centralizada y que, para salvaguardarse de la intervención de los poderes laicos locales, se había hecho directamente dependiente del Romano Pontífice.

Los albores de la plenitud medieval

A partir del siglo XI se advierte en Occidente una nueva eclosión de vida. Los intercambios comerciales crecen. El aislamiento disminuye. Nacen nuevas ciudades o cobran nuevo vigor algunas de las antiguas. La vida ciudadana se hace más rica y compleja. Los oficios artesanales se diversifican. Aparece la necesidad de una organización municipal que en muchos lugares llevará a que las ciudades se autogobiernen con una gran autonomía, alguna vez total. El peso específico del campo disminuye, y los notables tienden de nuevo a abandonarlo y a vivir en las ciudades.

Las universidades

Los mismos gobiernos municipales, pero sobre todo los centros administrativos de los reyes, los príncipes y los eclesiásticos principales ("curias") necesitan cada vez más de personas capaces de llevar las cuentas, de redactar los documentos donde queda constancia de pactos y contratos, de reglamentos, de concesiones de privilegios y de ordenación de la sociedad en general; personas que han de ser también capaces de interpretarlos y, en su caso, de vigilar su cumplimiento y aun de juzgar con arreglo a las leyes que se establecen, etcétera.

Esta demanda crea centros para estudiar leyes y cánones (derecho civil, derecho canónico) o los desarrolla en algún lugar donde en una forma menor habían aparecido ya desde tiempo atrás. La preparación elemental -leer, escribir, contar- se eleva de nivel. Aparecen los estudios de "artes" (gramática, retórica lógica, etc.) como preparación para los estudios de derecho y teología así como, en algunos pocos lugares, de la medicina.

Estos centros de estudios, protegidos por las autoridades eclesiásticas y civiles, se organizarán, dentro de una gran variedad, de manera análoga a como lo hacen las ciudades, y la corporación de maestros y alumnos se constituirá en "universidad de estudios" ("universidad" significa originalmente conjunto de todos, de modo análogo al término algo posterior de "generalidad", y se usaba también para referirse a las ciudades y al conjunto de sus ciudadanos, con poderes para tomar decisiones en lo que les atañía)

El siglo XIII es el del desarrollo espectacular de estas instituciones, y entre las primeras figuran las universidades de París, Bolonia, Oxford y Salamanca. Son innumerables las figuras de gran categoría intelectual que enseñaron en ellas, entre las cuales hay que mencionar, por lo menos, la de Santo Tomás de Aquino.

De hecho, la mayoría de los profesores y de los estudiantes eran clérigos. En cierta manera continuaban la labor cultural que, en un contexto muy distinto, habían realizado los monjes de los siglos alto-medievales al preservar y transmitir la cultura del mundo antiguo con su producción de copias de las obras clásicas.

Los normandos y el reino de Sicilia

En la segunda mitad del siglo IX y comienzos del X, el continente europeo se había visto afligido por continuas irrupciones terrestres de los húngaros, que acabaron por asentarse en la llanura húngara y cuyo duque se convirtió al Cristianismo en 985. Y por expediciones marítimas, también muy depredadoras, de los musulmanes y de los normandos o vikingos.

Algunos de estos últimos se asentaron en la actual Normandía y, ya en el siglo XI, cristianizados y asimilados por la cultura francesa, conquistaron a Inglaterra (1066), sentando las bases de su des-arrollo hasta nuestros días, y a Sicilia y al sur de Italia (1040), iniciando las largas peripecias que desde entonces protagonizó este reino en el concierto internacional.

Así, el reino de Nápoles, con Sicilia, enfeudado en seguida al Papa, fue objeto del último contencioso importante entre el Papado y el imperio alemán, terminado a mediados del siglo XII en la muerte del emperador Federico II, pero continuado en otro sentido por las luchas entre las casas de Anjou (y Francia, detrás de ella) y de Aragón (que de diversas maneras y a través de sus sucesores mantuvo su presencia hasta el siglo XIX), con aplicaciones frecuentes sobre las actitudes del Papado.

La evangelización

La evangelización creció en profundidad a lo largo de estos siglos. Señales de sus frutos, aunque siempre un tanto ambiguas, son el incremento del culto, de las devociones, de las fiestas; las construcciones de grandes catedrales, de iglesias rurales y ermitas, de capillas de cofradías; la asistencia a los pobres y peregrinos en los hospitales; la revitalización de la vida monacal, en que la federación de Cluny fue sustituida luego por la del Císter, con San Bernardo de Claraval. Ambos movimientos van asociados a la difusión de unas formas artísticas determinadas y que se engloban dentro de estilos más generales: en el románico (Cluny) o en el gótico (Císter)

La herejía medieval

En contrapartida, con más o menos relación con los abusos y falta de congruencia contra los cuales a menudo trataban de poner remedio los mismos eclesiásticos, tanto individualmente como a través de diferentes asambleas de eclesiásticos, aparecieron también movimientos radicales que querían encontrar una religión más limpia de adherencias humanas, ya sea insistiendo en algunos aspectos importantes de la vida cristiana o incluso rompiendo completamente con la Iglesia.

Entre los primeros de estos movimientos estaba uno, que luego evolucionó mal, fundado por un mercader de Lyon que se llamaba Pedro Valdo ("valdenses"), y había también otros semejantes, como el de los "albigenses". Entre los segundos destaca el de los cátaros ("puros"), con un origen orienta¡ relativamente bien conocido, y que adquirió gran fuerza en las tierras del Languedoc, país entonces muy rico y culto.

Los cátaros llegaron a tener mucho peso en las mismas casas condales de Tolosa y de Foix, entonces políticamente muy importantes, y su influencia penetró incluso en las tierras catalanas fronterizas. El movimiento alcanzó su máxima virulencia en los cincuenta años que cabalgan sobre el 1200 y, pese a los muchos esfuerzos realizados, no terminó hasta que fue suprimido militarmente desde el norte de Francia.

El catarismo fue la más importante herejía medieval, aunque algunos le niegan este carácter y hablan simplemente de una nueva religión no cristiana, pues eran bien pocos los caracteres que conservaba del Cristianismo. Fue también la ocasión de que se introdujeran unos procesos especiales para la investigación de la herejía mediante unos Tribunales de Inquisición.

La Inquisición

En los siglos medievales, y aun después, la religión constituía un elemento de extraordinaria importancia en la configuración de la imagen que se tenía del mundo, tanto del futuro como del actual. Cualquier disidencia importante en la fe, junto con el rechazo de la autoridad eclesiástica implicado por esa rebelión contra sus enseñanzas, era sentida por la sociedad como un ataque frontal a su identidad. No es, pues, de extrañar que la herejía fuera también un delito civil.

La irrupción de la más importante de las herejías medievales, la de los cátaros, fue, como acabamos de decir, la ocasión del establecimiento de unos procedimientos de averiguación ("inquisición") y juicio de la herejía. La extremada peligrosidad religiosa y social de los cátaros y su profundo arraigo, está en la base del rigor que se pedía a los tribunales, puestos bajo la jurisdicción de los obispos primero y confiados a los dominicos no mucho después. También influyó en este rigor la recepción del derecho romano, que tuvo lugar entonces, y que provocó un endurecimiento general de las leyes y su aplicación.

Pasado aquel momento especialmente peligroso, la Inquisición languideció. Pero casi tres siglos después revivió con especial fuerza en España, en tiempos de los Reyes Católicos, quedando además sujeta a la autoridad real. El nacimiento de esta "Inquisición española" es una consecuencia indirecta de las conversiones impuestas y masivas de judíos. Aunque pertenece ya a un nuevo período, por razones de método vamos a tratar aquí de ella.

A fines del siglo XIV, la fuerte presión popular antijudía, que se había ido desarrollando últimamente, desembocó en muchos países en asaltos a las juderías, pillaje, matanzas y conversiones forzadas, contra lo que poco pudieron hacer las autoridades civiles y religiosas a pesar de sus esfuerzos. Después, por motivos en que lo étnico-cultural y lo social son difíciles de separar de lo religioso, la opinión pública permaneció especialmente recelosa del judaísmo escondido que seguían o podían seguir practicando los "cristianos nuevos" Esta actitud fue más notable en España a causa del gran número de judíos (y ahora de conversos) que había; fue ella la que a finales del siglo XV provocó la expulsión de los que quedaban, y las nuevas conversiones para evitar esa expulsión no hicieron sino agravar el problema.

La Inquisición española tenía, pues, como uno de sus principales objetivos a los conversos; no a los judíos como tales, que antes eran tolerados y después serían expulsados. La actividad de la Inquisición creció cuando, a mediados del siglo XVI, hubo sospechas de infiltraciones luteranas en España. En cambio, tuvo poca incidencia sobre los musulmanes bautizados, cuyas conversiones habían sido raramente sinceras y que acabaron siendo también expulsados; y, expresamente, se quiso que los indios americanos que se bautizaban estuvieran exentos de su jurisdicción. La actividad de la Inquisición española disminuyó en el siglo XVII, fue mínima en el XVIII y, cuando se abolió oficial y definitivamente (1834), era prácticamente nula.

En general, tanto los procedimientos judiciales como las cárceles de la Inquisición fueron mucho más humanas de lo que se estilaba en la época. Pero ya el procedimiento tenía graves defectos: no se informaba al reo de lo que se le acusaba, de modo que éste debía probar su inocencia sin saber exactamente acerca de qué; no se le informaba tampoco de quienes eran sus acusadores, y el reo sólo podía dar nombres de personas que podían ser sus enemigos, por si alguno de éstos estaba entre los acusadores; era admitida la tortura que empleaban los tribunales de la época; las penas podían ser muy crueles (la pérdida no personal sino familiar de los bienes, la muerte en la hoguera ...); finalmente, la obligación que todo cristiano tenía de delatar a los posibles herejes, daba lugar a un clima de mutuo recelo. Y, sin embargo, la Inquisición, aunque temida, era tremendamente popular, y todos se consideraban defendidos por ella en lo que más querían.

Las nuevas órdenes mendicantes

En el siglo XIII tuvo también lugar el nacimiento de la Orden de Predicadores, organización religiosa centralizada que tenía por objeto preparar y enviar predicadores que no cobraran por su trabajo y vivieran pobremente; son los dominicos, fundados por Santo Domingo de Guzmán.

El ideal de la pobreza, del que participaban también los movimientos heterodoxos de que acabamos de tratar, pero sin esta relación inmediata con la predicación, es el fundamento de otra orden religiosa aparecida en esa época, la de los hermanos menores o franciscanos, de San Francisco de Asís, que con los carmelitas y los agustinos forman las cuatro "órdenes mendicantes" de la época, así llamadas porque habían de vivir de limosnas. El denominador común de las órdenes mendicantes era, como se puede ver, un desprendimiento manifiesto de los bienes materiales, que en una época de relativa afluencia era un signo de fidelidad evangélica especialmente apreciado. De hecho, estuvieron también asociados todos a la predicación, intervinieron en diverso grado en las universidades y, en consonancia con todo ello, sus conventos se hallaban situados en los lugares que eran centro de un mayor dinamismo, en las ciudades.

Los concilios medievales anteriores a la crisis del siglo XIV

En esta época tuvieron lugar importantes reuniones de eclesiásticos convocados por el Papa. Concretamente, en los casi doscientos años que van de 1123 a 1311 hubo siete "concilios ecuménicos", en los que se reunían obispos de todas las partes de la cristiandad occidental, abades y otros muchos representantes de corporaciones eclesiásticas e incluso de la autoridad civil.

Los temas que se consideraban eran fundamentalmente la "reforma de la Iglesia", expresión por la que se entendía no la introducción de novedades sino la corrección de abusos y deformaciones más o menos generalizados, a veces incluso estructurales, que se habían introducido en la vida de la Iglesia. En este mismo sentido se usa la palabra "reforma" en una conocida fórmula de los cartujos, que dicen de su orden que "nunca ha sido reformada, porque nunca se ha deformado"

Las "deformaciones" eran la falta de interés pastoral de algunos clérigos que se dedicaban a menesteres que les apartaban de su función, ausentándose a veces de las comunidades sobre las que tenían que velar; irregularidades en su vida; desórdenes morales de los fieles que había que reprimido con más o menos energía; etcétera.

Otros temas tratados con frecuencia en estos concilios eran la terminación del cisma con los griegos y la organización de las cruzadas. De todos ellos, el más importante fue el IV de Letrán (1215)

Las cruzadas

Las cruzadas, que pretendían poner bajo el dominio cristiano los Santos Lugares y a las que acabamos de aludir, merecen un apartado especial. Hubo tres en el siglo XII (exactamente, a partir de 1096) y cuatro más en el XIII

La primera (la única que constituyó un auténtico éxito militar) consolidó el dominio cristiano de los occidentales sobre una amplia faja de terreno a lo largo de la costa de Siria y Palestina, con importantes profundizaciones hacia el interior que incluían Jerusalén e iban incluso mucho más allá. Las demás fueron intentos sucesivos y de éxito variado para defender estos territorios, que al final se perdieron completamente.

En las cruzadas colaboraron prácticamente todos los países cristianos. Supusieron un contacto intenso de la Europa central y de Inglaterra con el levante. Y hubo alternancias de colaboración con el imperio bizantino y de enfrentamiento con él, con su virtual destrucción y colonización por las repúblicas de Venecia y Génova al constituirse el "imperio latino" de Constantinopla a principios del siglo XIII, que fue luego reconquistado por los griegos y dejó un amargo sabor.

En las cruzadas nacieron las órdenes militares, organizaciones religiosas de caballeros de un estilo muy especial, que tenían por misión proteger militarmente a los peregrinos y los Santos Lugares. Entre las más conocidas están la del Temple o de los templarios (guardianes del Templo de Jerusalén) y la de San Juan del Hospital (por la hospitalidad que habían de ofrecer a los peregrinos)

La conversión de nuevos pueblos

Finalmente, hemos de resaltar un aspecto de gran trascendencia: la expansión territorial de la Iglesia. Fue especialmente importante en el norte y el centro de Europa, donde ya a finales del siglo IX habían realizado un considerable trabajo los Santos Cirilo y Metodio. Así, a finales del siglo X y comienzos del XI tuvieron lugar las conversiones de Polonia (966), la ya citada de Hungría (985) y la de Rusia (987), así como las de Islandia (1000), de Noruega (1014) y de Dinamarca (1018) Por supuesto, estas fechas, como ya hemos dicho al tratar de la conversión de los pueblos germánicos, son sólo indicativas de un momento destacado dentro de un largo proceso.

Hubo también algunas oportunidades, quizá más ilusorias que reales pero que levantaron una gran expectación, en el centro de Asia, donde el Gran Tamerián parecía interesado en que se diera a conocer el Evangelio a los tártaros y pedía que se le enviara un elevado número de misioneros.

Los intentos dirigidos hacia el Islam no dieron resultados; de hecho, el mundo musulmán se mostró siempre especialmente refractario al Cristianismo. Pero no se abandonó la empresa, en la cual estuvo empeñado el mismo San Francisco. Ramón Llull, a finales del siglo XIII, es un testimonio de especial interés, pues aprendió árabe, lengua en que escribió alguno de sus tratados, y fomentó todo lo que pudo las misiones apostólicas a territorios musulmanes y la preparación de misioneros para ellas.

VOCABULARIO


Evangelizar: Anunciar, proclamar la Buena Nueva de Jesús. La Iglesia, Pueblo de Dios evangeliza al proclamar que la acción salvadera de Dios se manifiesta por la presencia del Señor Resucitado en medio de nuestra vida y de todos los acontecimientos, es decir, que el Reino de Dios está en medio de nosotros. Evangelización = la acción de evangelizar realizada por la Iglesia. (Cve, p. 445.)

Misiones: Reciben comúnmente el nombre de "misiones" las empresas concretas con las que los heraldos del Evangelio enviados por la Iglesia cumplen, yendo por todo el mundo el deber de predicar el Evangelio e implantar la Iglesia entre los pueblos o grupos humanos que todavía no creen en Cristo. (Cve, p. 445.)

Investidura: Es la provisión de cargos eclesiásticos por los poderes civiles.

Ordenes mendicantes: Ordenes religiosas nacidas en el siglo XIII, que para poner más de relieve la importancia de la pobreza cristiana, renuncian a la posesión de bienes y se mantienen de las limosnas de los fieles. Las primeras fueron los franciscanos y los dominicos.

Cátaros: Herejes nacidos en Bulgaria entre los siglos XI y XII y que recibieron este nombre por considerarse a sí mismos como "puros" (cátaro = puro) De Bulgaria se extendieron por la Europa del Sur. Tenían pensamiento maniqueo por lo que admitían un principio del bien y otro del mal. Rechazaban el matrimonio y todos los sacramentos por constar de elemento material (malo); el Estado por ser humano y a la Iglesia en cuanto a organización por estar formada de hombres.

Valdenses: Secta fundada por Pedro Valdo en Lyon a fines del XII y principios del XIII. Era un movimiento seglar de reforma que rechazaba el sacramento del Orden y otros sacramentos. Se extendió por el sur de Francia. Durante el siglo Xiii santo Domingo de Guzmán intentó convertirlos pacíficamente. Quedan vestigios, aunque muy pocos en Italia y en USA.

Albigenses: Herejía nacida en Francia en la ciudad de Albi (de ahí su nombre), y que mantenían un maniqueísmo. Había un principio bueno, creador del espíritu y la luz y otro malo creador de la materia y las tinieblas. Contra ellos predicó y divulgó la devoción del Santo Rosario santo Domingo de Guzmán. La Iglesia los condenó en el IV Concilio de Letrán (1215)

Cruzadas: Fueron las expediciones militares contra los musulmanes para conquistar o mantener una vez conquistados los Santos Lugares santificados por la presencia de Cristo, en especial el Santo Sepulcro. Las Cruzadas fueron empresas de toda la Cristiandad, pues en ellas, en mayor o menor grado, participaron todos los príncipes y pueblos del Occidente cristiano.

Canon contra Focio del concilio IV de Constantinopla (869-870), defendiendo el culto a las imágenes (can. 3, según la versión griega):

Decretamos que la sagrada imagen de nuestro Señor Jesucristo sea adorada con honor igual al del libro de los Santos Evangelios. Porque a la manera que por las sílabas que en él se ponen, alcanzan todos la salvación; así, por la operación de los colores trabajados en la imagen, sabios e ignorantes, todos gozarán del provecho de lo que está delante; porque lo mismo que el lenguaje en las sílabas, eso anuncia y recomienda la pintura en los colores. Si alguno, pues, no adora la imagen de Cristo Salvador, no vea su forma en su segundo advenimiento. Asimismo honramos y adoramos también la imagen de la Inmaculada Madre suya, y las imágenes de los santos Ángeles, tal como en sus oráculos nos los caracteriza la Escritura, además las de todos los Santos los que así no sientan, sean anatema.

 

Segundo concilio de Letrán (1139)

En este canon se reprende un abuso que se había introducido en el sacramento de la Penitencia (can.. 22):

Como quiera que entre las otras cosas hay una que sobre todo perturba a la Santa Iglesia, que es la falsa penitencia, avisamos a nuestros hermanos y presbíteros que no permitan que sean engañadas las almas de los laicos por las falsas penitencias y arrastradas al infierno. Ahora bien, consta que hay falsa penitencia, cuando despreciados muchos pecados, se hace penitencia de uno solo, o cuando de tal modo se hace de uno, que no se apartan de otro. De ahí que está escrito: Quien observa toda la ley, pero peca en un solo punto, se ha hecho reo de toda la ley [lac. 2, 10]; es decir, en cuanto a la vida eterna. Porque, en efecto, lo mismo si se halla envuelto en toda clase de pecados que en uno solo, no entrará por la puerta de la vida eterna. Se hace también falsa penitencia, cuando el penitente no se aparta de su cargo en la curia o de su negocio, que no puede en modo alguno ejercer sin pecado; o si se lleva odio en el corazón, o si no se satisface al ofendido, o si el ofendido no perdona al ofensor, o si uno lleva armas contra la justicia.

 

Cuarto concilio de Letrán (1215)

a) Constitución 11, sobre los maestros de las escuelas.

Puesto que, a causa de su pobreza, algunos no tienen oportunidad de estudiar ni de prosperar, en el Concilio de Letrán (tercero) se estableció que "en cada iglesia catedral hubiera un maestro que instruyera gratuitamente a los clérigos de aquella iglesia y a otros estudiantes pobres... " Pero como esto en muchas iglesias no se observa, confirmamos aquel mandato y añadimos que no sólo en todas las catedrales sino también en otras iglesias en las cuales lo permitan los ingresos, el prelado constituya un maestro idóneo, que ha de elegir junto con el cabildo, que pueda instruir gratuitamente a sus clérigos y a otros en la gramática y en otros estudios. Además, las iglesias metropolitanas (arzobispados) han de tener un teólogo que enseñe sagrada teología a los sacerdotes y a otros, informándoles especialmente en aquellas cosas que hacen referencia a la cura de las almas...

 

b) Constitución 63, sobre la simonía.

Hemos sabido con certeza que en muchos lugares y por muchas personas, como si vendieran palomas en el templo, se hacen exacciones y extorsiones malas y perversas para las consagraciones de obispos, bendiciones de abades y ordenaciones de clérigos, y que incluso está tasado con detalle cuanto tiene que pagar cada uno a éste o a aquél; y para colmo de males tratan de defender esta mala costumbre basándose en que se viene observando desde hace largo tiempo. Queriendo abolir este abuso, reprobamos absolutamente esta costumbre, que más bien debiera llamarse corruptela, estableciendo firmemente que nadie se atreva a exigir nada bajo ningún pretexto por aquellas ordenaciones 0 bendiciones; de otra manera, tanto el que diere como el que aceptare ese precio, sea condenado con Giezi y Simón (cfr. 2Rg 5, 20-27 y Act. 8, 9-24)