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3. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
EL INICIO DEL MEDIEVO
El tránsito hacia la llamada Edad Media va acompañado
de una serie de fenómenos que hemos de recordar para situarnos,
y que se podrían sintetizar así:
a) progresiva desaparición de las estructuras romanas que
aún se mantenían en el seno de los reinos epígonos
de Occidente, acompañada de una debilitación creciente
de los poderes políticos más o menos centralizados
que existían en cada una de estas nuevas unidades;
b) pérdida paulatina del peso específico de las ciudades
en relación con el mundo rural, con una disminución
del comercio y una tendencia a la autosuficiencia de las grandes
explotaciones agrícolas y de los pequeños núcleos
rurales;
c) la descentralización del poder a favor de los representantes
locales del rey (condes), la autonomía creciente de éstos
en la administración de los bienes del Estado de su demarcación,
la tendencia primeramente aceptada y luego confirmada hacia la transmisión
hereditaria de sus funciones públicas, la confusión
creciente que de ahí se originaría entre los bienes
públicos administrados por el conde y sus bienes privados,
complicada además por las uniones matrimoniales, herencias,
compraventas y todo género de contratos, van a resultar en
una cierta privatización de la función política;
d) lo dicho en el último apartado unido a las diferentes
prácticas ya anteriormente existentes de ponerse bajo la
protección de un poderoso mediante unos lazos contractuales,
dará origen al fenómeno del feudalismo, basado enteramente
en las relaciones interpersonales de fidelidad a los pactos establecidos
más o menos libremente (o más o menos coaccionados
por las circunstancias) entre señor feudal y vasallo. En
sus ejemplos más típicos, el rey será ahora
no tanto el máximo magistrado del Estado cuanto el primer
señor feudal, del cual dependen hasta los últimos
ciudadanos pero a través de complicados escalonamientos siempre
personales.
Si dirigimos nuestra mirada más allá del antiguo
occidente romano, al que se referían las consideraciones
precedentes:
a) en Oriente, más lejano ahora, el imperio romano subsistirá,
con formas cambiantes, hasta mediados del siglo XV. No habrá
roturas con la tradición centralizada del gobierno, seguirán
siendo importantes las ciudades, etc. Sin embargo, el imperio, llamado
ahora bizantino, va a contraerse espectacularmente: a manos del
Islam se van a perder muy pronto las zonas muy ricas y helenizadas
de Siria y Egipto, y habrá una presión más
o menos constante sobre las tierras de Anatolia; en los Balcanes,
el pueblo búlgaro que los ocupa y que es ahora un pueblo
eslavo, oscilará entre un vasallaje más o menos precario
y una independencia declarada, contribuyendo a obstaculizar por
tierra las relaciones entre las dos antiguas mitades del imperio.
También en Italia, efímeramente reconquistada por
éste, su poder se irá apagando. En definitiva, la
influencia de Constantinopla en Occidente, nunca despreciable, se
hará cada vez más débil;
b) la irrupción del Islam en la cuenca mediterránea
(Siria, 635; Egipto, 642; España, 711), tendrá una
profunda repercusión en las tierras ocupadas y más
allá de ellas. Así, con el paso de los siglos, sólo
quedarán unos pocos cristianos y luego ninguno en la antigua
África romana (Túnez) y en la España musulmana;
algunos más en Siria; y en Egipto, una comunidad monofisita
notable pero claramente minoritaria y marginal, aunque ha llegado
hasta nuestros días. En Occidente, el Islam conseguirá
sustituir completamente la antigua civilización romana en
alguna de sus zonas más ricas y asimiladas, como África
y la España musulmana, al mismo tiempo que ejercerá
una presión notable y de consecuencias variables sobre las
islas del Mediterráneo occidental y sobre las costas de Italia
y de la Galia.
Sobre este esquema inicial, forzosamente imperfecto pero que era
necesario presentar porque la vida de la Iglesia no ocurre en un
vacío, se pueden dibujar a grandes rasgos algunas características
de la historia de la Iglesia en el medievo. La encuadramos en tres
grandes períodos: hasta el cisma de Oriente (1054), hasta
el final del siglo XIII y hasta el final de la Edad Media.
LA IGLESIA MEDIEVAL HASTA EL CISMA DE ORIENTE
En la Europa occidental, el único estado fuerte que se perfila
después de la destrucción del de los visigodos (711)
es el de los francos, que conocerá sus mejores momentos con
el ascenso de la dinastía carolingia y especialmente durante
el reinado de Carlomagno (768-814)
El mundo de los carolingios
A partir de su territorio inicial, a caballo sobre el bajo Rin,
los francos habían ido extendiendo su control sobre toda
la Francia actual, desplazando a visigodos y burgundios; por el
norte, a través del Elba y hacia el Oder; más allá
del alto Rin, con la destrucción del pueblo ávaro,
procedente de las estepas asiáticas y establecido en la llanura
húngara; y hacia Italia.
Esta expansión política hacia Italia, que llegará
hasta el sur de Roma, es en buena parte consecuencia de una nueva
orientación de los Papas que, al no poder recibir ayuda de
Constantinopla para hacer frente a las depredaciones de los musulmanes
y a la invasión de los lombardos, acabaron dirigiéndose
a Carlomagno para pedir su ayuda. De manera simbólica, esta
nueva orientación quedó señalada cuando el
Papa coronó a Carlomagno, en la Navidad del año 800,
como emperador de los romanos, lo cual constituía sobre el
papel la restauración del imperio de Occidente.
Este período fue acompañado de un renacimiento cultural
en la corte de Carlomagno, de proporciones limitadas pero muy significativo
en Francia después de lo ocurrido en las últimas décadas
y aun siglos, y por un esfuerzo de evangelización de los
pueblos germánicos y eslavos conquistados por los francos
en su frontera superior.
El impacto del feudalismo
La organización política del imperio de Carlomagno
se basó en el aprovechamiento y desarrollo de las estructuras
feudales que habían ido creciendo durante todo este tiempo.
Estas estructuras feudales alcanzaron ahora hasta a algunos aspectos
de la organización eclesiástica, en la cual se dio
también cierta confusión entre lo temporal y lo espiritual
a consecuencia de que a menudo se dieron feudos a los eclesiásticos
como la mejor solución del momento para su buena administración.
El caso más notable fue la cesión al Papa de un importante
"patrimonium Petri" en forma de tierras situadas alrededor
de Roma, pero ocurrió algo similar con muchos obispos y abades.
De ahí nacería el interés de la autoridad
civil por tener alguna influencia en la designación de las
personas que habían de ocupar estos cargos eclesiásticos,
que ahora eran a menudo también cargos civiles, y se puso
la semilla de las futuras luchas de las investiduras.
También de otra manera entraron en la organización
de la Iglesia algunas de las estructuras feudales. Es el caso de
la unión de los cargos pastorales a "beneficios"
que, muy transformados, han llegado casi hasta nuestros días
y que, como casi todo, presentaban sus ventajas y sus inconvenientes.
El cisma de Oriente
La lejanía real entre Constantinopla y Occidente, aumentada
por la situación de las nuevas cortes, más o menos
itinerantes, hacia el norte de Europa; el progresivo desconocimiento
del latín en Oriente y del griego en Occidente; el desprecio
de la culta y populosa Constantinopla por los "bárbaros"
y rústicos occidentales; y, por fin, el giro del pontificado
romano hacia Francia, fueron preparando de muy atrás una
mutua incomprensión y un alejamiento psicológico mucho
mayor que el alejamiento físico.
En este contexto es donde hay que situar las querellas jurisdiccionales
que tuvieron lugar entre la sede patriarcal de Constantinopla (desaparecidos
ya prácticamente los otros dos patriarcados orientales de
Alejandría y Antioquía) y la sede romana.
Un motivo de roce fue la adscripción a una u otra sede de
los búlgaros recién convertidos (864) Se produjo después
un cisma de diez años (867-877), consecuencia indirecta de
las luchas que se habían desarrollado en Oriente sobre la
legitimidad del culto de las imágenes, al que se oponían
los "iconoclastas" ("destructores de imágenes")
Además, durante ese cisma y para apoyar su posición,
Focio, patriarca de Constantinopla, levantó la bandera contra
la introducción en Oriente del término "filioque",
en el símbolo que se recita en la Misa, y utilizó
su erudición para envenenar mucho la cuestión.
Finalmente, un altercado menor sobre competencias de jurisdicción
en los territorios de Sicilia y el sur de Italia (la antigua "Magna
Grecia", de cultura griega) produciría el cisma definitivo
que aún perdura (1054)
HACIA LA PLENITUD DEL SIGLO XIII
A la desintegración del poder carolingio (s. IX) siguió
la ascensión de otro, centrado en las tierras germánicas
del antiguo imperio de Carlomagno. En adelante, la dirección
política de la cristiandad occidental residiría teóricamente
en el emperador germánico, pero excluyendo importantes territorios.
De hecho se extendería sólo a lo que a grandes rasgos
podríamos describir como Alemania y la mitad norte de Italia.
La lucha de las investiduras
Los siglos XI-XIII están marcados por los esfuerzos del
Papado para mantenerse suficientemente independiente de este nuevo
poder, que se extiende también al "patrimonium Petri",
al mismo tiempo que colabora con él.
Así, una larga crisis habría de llenar los cincuenta
años que cabalgan sobre el 1100, motivada fundamentalmente
por las excesivas pretensiones del emperador sobre la investidura
en sus sedes de los obispos alemanes, que eran también importantes
príncipes temporales. Sólo tras largos esfuerzos,
que habían llevado consigo grandes problemas y humillaciones
para los emperadores (por ejemplo, Enrique IV, en Canosa, el 1077)
y para los Papas (por ejemplo, la muerte del papa Gregorio VII en
el exilio, en Salerno, el 1085), se pudo llegar finalmente a una
solución de compromiso aceptable para ambas partes: el concordato
de Worms.
Todo esto no es, sin embargo, más que la parte más
visible de un problema, que afectaba también a obispos y
abades de otros países y a eclesiásticos inferiores,
alcanzando hasta la misma vida parroquial. Todo se fue arreglando,
sin eliminar nunca completamente la intervención civil en
las provisiones, puesto que por uno u otro camino siempre encontraba
la manera de hacerse sentir.
Desde un punto de vista práctico, no hay que pensar que
estas intervenciones fueran siempre perniciosas: a menudo fueron
muy acertadas. Así, por ejemplo, la intervención directa
del emperador en la elección del Papa acabó con la
situación anárquica del "siglo de hierro"
del pontificado (el siglo X), en que las familias romanas importantes
intrigaban de continuo y los Papas elegidos eran a menudo indignos.
Pero el sistema era claramente incongruente, se prestaba a abusos
que podían llegar a una especie de compraventa de cargos
eclesiásticos ("simonía") y resultaba en
general nefasto. Así, en el caso de la elección papal,
ya en el año 1059 se consiguió que quedara reservada
exclusivamente a los cardenales.
El inicio de esta recuperación de la libertad de la Iglesia
respecto de los poderes civiles se había dado precisamente
bajo el pontificado de Gregorio VII, ex monje de Cluny, que contaba
con la experiencia de esa congregación. Era ésta una
especie de federación de monasterios reformados, con una
dirección relativamente centralizada y que, para salvaguardarse
de la intervención de los poderes laicos locales, se había
hecho directamente dependiente del Romano Pontífice.
Los albores de la plenitud medieval
A partir del siglo XI se advierte en Occidente una nueva eclosión
de vida. Los intercambios comerciales crecen. El aislamiento disminuye.
Nacen nuevas ciudades o cobran nuevo vigor algunas de las antiguas.
La vida ciudadana se hace más rica y compleja. Los oficios
artesanales se diversifican. Aparece la necesidad de una organización
municipal que en muchos lugares llevará a que las ciudades
se autogobiernen con una gran autonomía, alguna vez total.
El peso específico del campo disminuye, y los notables tienden
de nuevo a abandonarlo y a vivir en las ciudades.
Las universidades
Los mismos gobiernos municipales, pero sobre todo los centros administrativos
de los reyes, los príncipes y los eclesiásticos principales
("curias") necesitan cada vez más de personas capaces
de llevar las cuentas, de redactar los documentos donde queda constancia
de pactos y contratos, de reglamentos, de concesiones de privilegios
y de ordenación de la sociedad en general; personas que han
de ser también capaces de interpretarlos y, en su caso, de
vigilar su cumplimiento y aun de juzgar con arreglo a las leyes
que se establecen, etcétera.
Esta demanda crea centros para estudiar leyes y cánones
(derecho civil, derecho canónico) o los desarrolla en algún
lugar donde en una forma menor habían aparecido ya desde
tiempo atrás. La preparación elemental -leer, escribir,
contar- se eleva de nivel. Aparecen los estudios de "artes"
(gramática, retórica lógica, etc.) como preparación
para los estudios de derecho y teología así como,
en algunos pocos lugares, de la medicina.
Estos centros de estudios, protegidos por las autoridades eclesiásticas
y civiles, se organizarán, dentro de una gran variedad, de
manera análoga a como lo hacen las ciudades, y la corporación
de maestros y alumnos se constituirá en "universidad
de estudios" ("universidad" significa originalmente
conjunto de todos, de modo análogo al término algo
posterior de "generalidad", y se usaba también
para referirse a las ciudades y al conjunto de sus ciudadanos, con
poderes para tomar decisiones en lo que les atañía)
El siglo XIII es el del desarrollo espectacular de estas instituciones,
y entre las primeras figuran las universidades de París,
Bolonia, Oxford y Salamanca. Son innumerables las figuras de gran
categoría intelectual que enseñaron en ellas, entre
las cuales hay que mencionar, por lo menos, la de Santo Tomás
de Aquino.
De hecho, la mayoría de los profesores y de los estudiantes
eran clérigos. En cierta manera continuaban la labor cultural
que, en un contexto muy distinto, habían realizado los monjes
de los siglos alto-medievales al preservar y transmitir la cultura
del mundo antiguo con su producción de copias de las obras
clásicas.
Los normandos y el reino de Sicilia
En la segunda mitad del siglo IX y comienzos del X, el continente
europeo se había visto afligido por continuas irrupciones
terrestres de los húngaros, que acabaron por asentarse en
la llanura húngara y cuyo duque se convirtió al Cristianismo
en 985. Y por expediciones marítimas, también muy
depredadoras, de los musulmanes y de los normandos o vikingos.
Algunos de estos últimos se asentaron en la actual Normandía
y, ya en el siglo XI, cristianizados y asimilados por la cultura
francesa, conquistaron a Inglaterra (1066), sentando las bases de
su des-arrollo hasta nuestros días, y a Sicilia y al sur
de Italia (1040), iniciando las largas peripecias que desde entonces
protagonizó este reino en el concierto internacional.
Así, el reino de Nápoles, con Sicilia, enfeudado
en seguida al Papa, fue objeto del último contencioso importante
entre el Papado y el imperio alemán, terminado a mediados
del siglo XII en la muerte del emperador Federico II, pero continuado
en otro sentido por las luchas entre las casas de Anjou (y Francia,
detrás de ella) y de Aragón (que de diversas maneras
y a través de sus sucesores mantuvo su presencia hasta el
siglo XIX), con aplicaciones frecuentes sobre las actitudes del
Papado.
La evangelización
La evangelización creció en profundidad a lo largo
de estos siglos. Señales de sus frutos, aunque siempre un
tanto ambiguas, son el incremento del culto, de las devociones,
de las fiestas; las construcciones de grandes catedrales, de iglesias
rurales y ermitas, de capillas de cofradías; la asistencia
a los pobres y peregrinos en los hospitales; la revitalización
de la vida monacal, en que la federación de Cluny fue sustituida
luego por la del Císter, con San Bernardo de Claraval. Ambos
movimientos van asociados a la difusión de unas formas artísticas
determinadas y que se engloban dentro de estilos más generales:
en el románico (Cluny) o en el gótico (Císter)
La herejía medieval
En contrapartida, con más o menos relación con los
abusos y falta de congruencia contra los cuales a menudo trataban
de poner remedio los mismos eclesiásticos, tanto individualmente
como a través de diferentes asambleas de eclesiásticos,
aparecieron también movimientos radicales que querían
encontrar una religión más limpia de adherencias humanas,
ya sea insistiendo en algunos aspectos importantes de la vida cristiana
o incluso rompiendo completamente con la Iglesia.
Entre los primeros de estos movimientos estaba uno, que luego evolucionó
mal, fundado por un mercader de Lyon que se llamaba Pedro Valdo
("valdenses"), y había también otros semejantes,
como el de los "albigenses". Entre los segundos destaca
el de los cátaros ("puros"), con un origen orienta¡
relativamente bien conocido, y que adquirió gran fuerza en
las tierras del Languedoc, país entonces muy rico y culto.
Los cátaros llegaron a tener mucho peso en las mismas casas
condales de Tolosa y de Foix, entonces políticamente muy
importantes, y su influencia penetró incluso en las tierras
catalanas fronterizas. El movimiento alcanzó su máxima
virulencia en los cincuenta años que cabalgan sobre el 1200
y, pese a los muchos esfuerzos realizados, no terminó hasta
que fue suprimido militarmente desde el norte de Francia.
El catarismo fue la más importante herejía medieval,
aunque algunos le niegan este carácter y hablan simplemente
de una nueva religión no cristiana, pues eran bien pocos
los caracteres que conservaba del Cristianismo. Fue también
la ocasión de que se introdujeran unos procesos especiales
para la investigación de la herejía mediante unos
Tribunales de Inquisición.
La Inquisición
En los siglos medievales, y aun después, la religión
constituía un elemento de extraordinaria importancia en la
configuración de la imagen que se tenía del mundo,
tanto del futuro como del actual. Cualquier disidencia importante
en la fe, junto con el rechazo de la autoridad eclesiástica
implicado por esa rebelión contra sus enseñanzas,
era sentida por la sociedad como un ataque frontal a su identidad.
No es, pues, de extrañar que la herejía fuera también
un delito civil.
La irrupción de la más importante de las herejías
medievales, la de los cátaros, fue, como acabamos de decir,
la ocasión del establecimiento de unos procedimientos de
averiguación ("inquisición") y juicio de
la herejía. La extremada peligrosidad religiosa y social
de los cátaros y su profundo arraigo, está en la base
del rigor que se pedía a los tribunales, puestos bajo la
jurisdicción de los obispos primero y confiados a los dominicos
no mucho después. También influyó en este rigor
la recepción del derecho romano, que tuvo lugar entonces,
y que provocó un endurecimiento general de las leyes y su
aplicación.
Pasado aquel momento especialmente peligroso, la Inquisición
languideció. Pero casi tres siglos después revivió
con especial fuerza en España, en tiempos de los Reyes Católicos,
quedando además sujeta a la autoridad real. El nacimiento
de esta "Inquisición española" es una consecuencia
indirecta de las conversiones impuestas y masivas de judíos.
Aunque pertenece ya a un nuevo período, por razones de método
vamos a tratar aquí de ella.
A fines del siglo XIV, la fuerte presión popular antijudía,
que se había ido desarrollando últimamente, desembocó
en muchos países en asaltos a las juderías, pillaje,
matanzas y conversiones forzadas, contra lo que poco pudieron hacer
las autoridades civiles y religiosas a pesar de sus esfuerzos. Después,
por motivos en que lo étnico-cultural y lo social son difíciles
de separar de lo religioso, la opinión pública permaneció
especialmente recelosa del judaísmo escondido que seguían
o podían seguir practicando los "cristianos nuevos"
Esta actitud fue más notable en España a causa del
gran número de judíos (y ahora de conversos) que había;
fue ella la que a finales del siglo XV provocó la expulsión
de los que quedaban, y las nuevas conversiones para evitar esa expulsión
no hicieron sino agravar el problema.
La Inquisición española tenía, pues, como
uno de sus principales objetivos a los conversos; no a los judíos
como tales, que antes eran tolerados y después serían
expulsados. La actividad de la Inquisición creció
cuando, a mediados del siglo XVI, hubo sospechas de infiltraciones
luteranas en España. En cambio, tuvo poca incidencia sobre
los musulmanes bautizados, cuyas conversiones habían sido
raramente sinceras y que acabaron siendo también expulsados;
y, expresamente, se quiso que los indios americanos que se bautizaban
estuvieran exentos de su jurisdicción. La actividad de la
Inquisición española disminuyó en el siglo
XVII, fue mínima en el XVIII y, cuando se abolió oficial
y definitivamente (1834), era prácticamente nula.
En general, tanto los procedimientos judiciales como las cárceles
de la Inquisición fueron mucho más humanas de lo que
se estilaba en la época. Pero ya el procedimiento tenía
graves defectos: no se informaba al reo de lo que se le acusaba,
de modo que éste debía probar su inocencia sin saber
exactamente acerca de qué; no se le informaba tampoco de
quienes eran sus acusadores, y el reo sólo podía dar
nombres de personas que podían ser sus enemigos, por si alguno
de éstos estaba entre los acusadores; era admitida la tortura
que empleaban los tribunales de la época; las penas podían
ser muy crueles (la pérdida no personal sino familiar de
los bienes, la muerte en la hoguera ...); finalmente, la obligación
que todo cristiano tenía de delatar a los posibles herejes,
daba lugar a un clima de mutuo recelo. Y, sin embargo, la Inquisición,
aunque temida, era tremendamente popular, y todos se consideraban
defendidos por ella en lo que más querían.
Las nuevas órdenes mendicantes
En el siglo XIII tuvo también lugar el nacimiento de la
Orden de Predicadores, organización religiosa centralizada
que tenía por objeto preparar y enviar predicadores que no
cobraran por su trabajo y vivieran pobremente; son los dominicos,
fundados por Santo Domingo de Guzmán.
El ideal de la pobreza, del que participaban también los
movimientos heterodoxos de que acabamos de tratar, pero sin esta
relación inmediata con la predicación, es el fundamento
de otra orden religiosa aparecida en esa época, la de los
hermanos menores o franciscanos, de San Francisco de Asís,
que con los carmelitas y los agustinos forman las cuatro "órdenes
mendicantes" de la época, así llamadas porque
habían de vivir de limosnas. El denominador común
de las órdenes mendicantes era, como se puede ver, un desprendimiento
manifiesto de los bienes materiales, que en una época de
relativa afluencia era un signo de fidelidad evangélica especialmente
apreciado. De hecho, estuvieron también asociados todos a
la predicación, intervinieron en diverso grado en las universidades
y, en consonancia con todo ello, sus conventos se hallaban situados
en los lugares que eran centro de un mayor dinamismo, en las ciudades.
Los concilios medievales anteriores a la crisis
del siglo XIV
En esta época tuvieron lugar importantes reuniones de eclesiásticos
convocados por el Papa. Concretamente, en los casi doscientos años
que van de 1123 a 1311 hubo siete "concilios ecuménicos",
en los que se reunían obispos de todas las partes de la cristiandad
occidental, abades y otros muchos representantes de corporaciones
eclesiásticas e incluso de la autoridad civil.
Los temas que se consideraban eran fundamentalmente la "reforma
de la Iglesia", expresión por la que se entendía
no la introducción de novedades sino la corrección
de abusos y deformaciones más o menos generalizados, a veces
incluso estructurales, que se habían introducido en la vida
de la Iglesia. En este mismo sentido se usa la palabra "reforma"
en una conocida fórmula de los cartujos, que dicen de su
orden que "nunca ha sido reformada, porque nunca se ha deformado"
Las "deformaciones" eran la falta de interés pastoral
de algunos clérigos que se dedicaban a menesteres que les
apartaban de su función, ausentándose a veces de las
comunidades sobre las que tenían que velar; irregularidades
en su vida; desórdenes morales de los fieles que había
que reprimido con más o menos energía; etcétera.
Otros temas tratados con frecuencia en estos concilios eran la
terminación del cisma con los griegos y la organización
de las cruzadas. De todos ellos, el más importante fue el
IV de Letrán (1215)
Las cruzadas
Las cruzadas, que pretendían poner bajo el dominio cristiano
los Santos Lugares y a las que acabamos de aludir, merecen un apartado
especial. Hubo tres en el siglo XII (exactamente, a partir de 1096)
y cuatro más en el XIII
La primera (la única que constituyó un auténtico
éxito militar) consolidó el dominio cristiano de los
occidentales sobre una amplia faja de terreno a lo largo de la costa
de Siria y Palestina, con importantes profundizaciones hacia el
interior que incluían Jerusalén e iban incluso mucho
más allá. Las demás fueron intentos sucesivos
y de éxito variado para defender estos territorios, que al
final se perdieron completamente.
En las cruzadas colaboraron prácticamente todos los países
cristianos. Supusieron un contacto intenso de la Europa central
y de Inglaterra con el levante. Y hubo alternancias de colaboración
con el imperio bizantino y de enfrentamiento con él, con
su virtual destrucción y colonización por las repúblicas
de Venecia y Génova al constituirse el "imperio latino"
de Constantinopla a principios del siglo XIII, que fue luego reconquistado
por los griegos y dejó un amargo sabor.
En las cruzadas nacieron las órdenes militares, organizaciones
religiosas de caballeros de un estilo muy especial, que tenían
por misión proteger militarmente a los peregrinos y los Santos
Lugares. Entre las más conocidas están la del Temple
o de los templarios (guardianes del Templo de Jerusalén)
y la de San Juan del Hospital (por la hospitalidad que habían
de ofrecer a los peregrinos)
La conversión de nuevos pueblos
Finalmente, hemos de resaltar un aspecto de gran trascendencia:
la expansión territorial de la Iglesia. Fue especialmente
importante en el norte y el centro de Europa, donde ya a finales
del siglo IX habían realizado un considerable trabajo los
Santos Cirilo y Metodio. Así, a finales del siglo X y comienzos
del XI tuvieron lugar las conversiones de Polonia (966), la ya citada
de Hungría (985) y la de Rusia (987), así como las
de Islandia (1000), de Noruega (1014) y de Dinamarca (1018) Por
supuesto, estas fechas, como ya hemos dicho al tratar de la conversión
de los pueblos germánicos, son sólo indicativas de
un momento destacado dentro de un largo proceso.
Hubo también algunas oportunidades, quizá más
ilusorias que reales pero que levantaron una gran expectación,
en el centro de Asia, donde el Gran Tamerián parecía
interesado en que se diera a conocer el Evangelio a los tártaros
y pedía que se le enviara un elevado número de misioneros.
Los intentos dirigidos hacia el Islam no dieron resultados; de
hecho, el mundo musulmán se mostró siempre especialmente
refractario al Cristianismo. Pero no se abandonó la empresa,
en la cual estuvo empeñado el mismo San Francisco. Ramón
Llull, a finales del siglo XIII, es un testimonio de especial interés,
pues aprendió árabe, lengua en que escribió
alguno de sus tratados, y fomentó todo lo que pudo las misiones
apostólicas a territorios musulmanes y la preparación
de misioneros para ellas.
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VOCABULARIO
Evangelizar: Anunciar,
proclamar la Buena Nueva de Jesús. La Iglesia,
Pueblo de Dios evangeliza al proclamar que la acción
salvadera de Dios se manifiesta por la presencia del
Señor Resucitado en medio de nuestra vida y de
todos los acontecimientos, es decir, que el Reino de
Dios está en medio de nosotros. Evangelización
= la acción de evangelizar realizada por la Iglesia.
(Cve, p. 445.)
Misiones: Reciben comúnmente
el nombre de "misiones" las empresas concretas
con las que los heraldos del Evangelio enviados por
la Iglesia cumplen, yendo por todo el mundo el deber
de predicar el Evangelio e implantar la Iglesia entre
los pueblos o grupos humanos que todavía no creen
en Cristo. (Cve, p. 445.)
Investidura: Es la provisión
de cargos eclesiásticos por los poderes civiles.
Ordenes mendicantes:
Ordenes religiosas nacidas en el siglo XIII, que para
poner más de relieve la importancia de la pobreza
cristiana, renuncian a la posesión de bienes
y se mantienen de las limosnas de los fieles. Las primeras
fueron los franciscanos y los dominicos.
Cátaros: Herejes
nacidos en Bulgaria entre los siglos XI y XII y que
recibieron este nombre por considerarse a sí
mismos como "puros" (cátaro = puro)
De Bulgaria se extendieron por la Europa del Sur. Tenían
pensamiento maniqueo por lo que admitían un principio
del bien y otro del mal. Rechazaban el matrimonio y
todos los sacramentos por constar de elemento material
(malo); el Estado por ser humano y a la Iglesia en cuanto
a organización por estar formada de hombres.
Valdenses: Secta fundada
por Pedro Valdo en Lyon a fines del XII y principios
del XIII. Era un movimiento seglar de reforma que rechazaba
el sacramento del Orden y otros sacramentos. Se extendió
por el sur de Francia. Durante el siglo Xiii santo Domingo
de Guzmán intentó convertirlos pacíficamente.
Quedan vestigios, aunque muy pocos en Italia y en USA.
Albigenses: Herejía
nacida en Francia en la ciudad de Albi (de ahí
su nombre), y que mantenían un maniqueísmo.
Había un principio bueno, creador del espíritu
y la luz y otro malo creador de la materia y las tinieblas.
Contra ellos predicó y divulgó la devoción
del Santo Rosario santo Domingo de Guzmán. La
Iglesia los condenó en el IV Concilio de Letrán
(1215)
Cruzadas: Fueron las
expediciones militares contra los musulmanes para conquistar
o mantener una vez conquistados los Santos Lugares santificados
por la presencia de Cristo, en especial el Santo Sepulcro.
Las Cruzadas fueron empresas de toda la Cristiandad,
pues en ellas, en mayor o menor grado, participaron
todos los príncipes y pueblos del Occidente cristiano.
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Canon contra Focio del concilio IV de Constantinopla
(869-870), defendiendo el culto a las imágenes (can. 3, según
la versión griega):
Decretamos que la sagrada imagen de nuestro Señor Jesucristo
sea adorada con honor igual al del libro de los Santos Evangelios.
Porque a la manera que por las sílabas que en él se
ponen, alcanzan todos la salvación; así, por la operación
de los colores trabajados en la imagen, sabios e ignorantes, todos
gozarán del provecho de lo que está delante; porque
lo mismo que el lenguaje en las sílabas, eso anuncia y recomienda
la pintura en los colores. Si alguno, pues, no adora la imagen de
Cristo Salvador, no vea su forma en su segundo advenimiento. Asimismo
honramos y adoramos también la imagen de la Inmaculada Madre
suya, y las imágenes de los santos Ángeles, tal como
en sus oráculos nos los caracteriza la Escritura, además
las de todos los Santos los que así no sientan, sean anatema.
Segundo concilio de Letrán (1139)
En este canon se reprende un abuso que se había
introducido en el sacramento de la Penitencia (can.. 22):
Como quiera que entre las otras cosas hay una que sobre todo perturba
a la Santa Iglesia, que es la falsa penitencia, avisamos a nuestros
hermanos y presbíteros que no permitan que sean engañadas
las almas de los laicos por las falsas penitencias y arrastradas
al infierno. Ahora bien, consta que hay falsa penitencia, cuando
despreciados muchos pecados, se hace penitencia de uno solo, o cuando
de tal modo se hace de uno, que no se apartan de otro. De ahí
que está escrito: Quien observa toda la ley, pero peca en
un solo punto, se ha hecho reo de toda la ley [lac. 2, 10]; es decir,
en cuanto a la vida eterna. Porque, en efecto, lo mismo si se halla
envuelto en toda clase de pecados que en uno solo, no entrará
por la puerta de la vida eterna. Se hace también falsa penitencia,
cuando el penitente no se aparta de su cargo en la curia o de su
negocio, que no puede en modo alguno ejercer sin pecado; o si se
lleva odio en el corazón, o si no se satisface al ofendido,
o si el ofendido no perdona al ofensor, o si uno lleva armas contra
la justicia.
Cuarto concilio de Letrán (1215)
a) Constitución 11, sobre los maestros
de las escuelas.
Puesto que, a causa de su pobreza, algunos no tienen oportunidad
de estudiar ni de prosperar, en el Concilio de Letrán (tercero)
se estableció que "en cada iglesia catedral hubiera
un maestro que instruyera gratuitamente a los clérigos de
aquella iglesia y a otros estudiantes pobres... " Pero como
esto en muchas iglesias no se observa, confirmamos aquel mandato
y añadimos que no sólo en todas las catedrales sino
también en otras iglesias en las cuales lo permitan los ingresos,
el prelado constituya un maestro idóneo, que ha de elegir
junto con el cabildo, que pueda instruir gratuitamente a sus clérigos
y a otros en la gramática y en otros estudios. Además,
las iglesias metropolitanas (arzobispados) han de tener un teólogo
que enseñe sagrada teología a los sacerdotes y a otros,
informándoles especialmente en aquellas cosas que hacen referencia
a la cura de las almas...
b) Constitución 63, sobre la simonía.
Hemos sabido con certeza que en muchos lugares y por muchas personas,
como si vendieran palomas en el templo, se hacen exacciones y extorsiones
malas y perversas para las consagraciones de obispos, bendiciones
de abades y ordenaciones de clérigos, y que incluso está
tasado con detalle cuanto tiene que pagar cada uno a éste
o a aquél; y para colmo de males tratan de defender esta
mala costumbre basándose en que se viene observando desde
hace largo tiempo. Queriendo abolir este abuso, reprobamos absolutamente
esta costumbre, que más bien debiera llamarse corruptela,
estableciendo firmemente que nadie se atreva a exigir nada bajo
ningún pretexto por aquellas ordenaciones 0 bendiciones;
de otra manera, tanto el que diere como el que aceptare ese precio,
sea condenado con Giezi y Simón (cfr. 2Rg 5, 20-27 y Act.
8, 9-24)
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