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5. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
LOS PRECEDENTES CERCANOS
Sin olvidar los inevitables clarososcuros, el siglo XVIII aparece
como un siglo de madurez de vida cristiana. Sin embargo, en el mundo
de la cultura va a nacer una actitud con connotaciones profundamente
anticristianas que, aunque mucho más tarde, acabarán
por llegar a las masas.
La cultura de la Ilustración
Cercano al comienzo del siglo es el Diccionario de Bayle. Con sus
ideas disolventes y profundamente corrosivas de la fe, es quizá
el primer alegato en favor del ateísmo. Sin embargo, la tónica
filosófica general del siglo será más bien
la de un deísmo más o menos nebuloso, unido al rechazo
de todo lo que de sobrenatural tiene el Cristianismo. Esquemáticamente,
el deísmo cree en Dios como el gran arquitecto del universo,
pero rechaza que Cristo sea algo más que un hombre. De la
doctrina cristiana acepta la moral, pero no el dogma. En definitiva,
Dios no se ha revelado a los hombres y la Biblia es un libro meramente
humano.
El deísmo nació en Inglaterra y pasó después
a Francia, donde se radicalizó y se popularizó, exportándose
desde allí hacia las cortes centroeuropeas principalmente.
El amplio movimiento al cual pertenece el deísmo como un
ingrediente importante ha recibido el nombre de Ilustración,
aunque no todos los "ilustrados" fueron deístas
(por ejemplo, en España)
En términos generales, la Ilustración se podría
definir como un movimiento racionalista. Su principio fundamental
podría ser: "Todo lo que no sea comprendido por la razón,
ha de ser rechazado", lo cual, en primera aproximación
al menos, es totalmente cierto y, aunque no era una novedad decirlo,
ayudó a rechazar viejas convicciones equivocadas y a substituirlas
por nuevos conocimientos de la ciencia. Pero este principio es claramente
inválido para las cosas divinas, a las que también
quiso aplicarse (y de ahí el deísmo) Pues aunque Dios
es infinitamente inteligible en Sí mismo, nunca puede ser
comprendido del todo por el intelecto humano, debido a la limitación
esencial de la criatura y a la infinitud del Creador. En su versión
radical, y gracias a la redacción de la Enciclopedia a mediados
de siglo, la Ilustración fue ampliamente divulgada desde
Francia.
El impacto del deísmo se fue extendiendo, pero sin salir
durante mucho tiempo de los límites de unos círculos
intelectuales reducidos, aunque influyentes. Sin embargo, era la
semilla de la que a la larga brotaría un ateísmo radical
que sí llegaría a alcanzar, ya en nuestros días,
a sectores extensos de la población. Los que profesaban el
deísmo se enfrentarían directamente con la Iglesia,
incompatible con su ideario.
La masonería nació en la atmósfera del deísmo,
y rechazaba por tanto la Revelación y el Cristianismo. Influyó
mucho en el desarrollo de la Ilustración. Se organizó
como una sociedad secreta que fomentaba la fraternidad entre sus
socios y las actividades filantrópicas. Sus primeras logias
se fundaron en Inglaterra a principios del siglo XVIII. Fue condenada
por el Papa en 1738.
El intervencionismo estatal
Otra característica del siglo XVIII, muy agudizada en su
segunda mitad, fue el notable intervencionismo estatal en los asuntos
eclesiásticos. No se puede decir que su-espíritu fuera
antirreligioso ni anticristiano, y aun lo; era menos en la intención
de los gobernantes. Pero, además de lo incongruente que resultaba
esta intervención, podría ser utilizada con unos criterios
muy distintos cuando las actitudes religiosas de los gobernantes
cambiaran.
Ya con anterioridad venía dándose esta intervención,
pero ahora se presentaba con dos novedades. Una, doctrinal: si antes
la intervención se basaba en concesiones y pactos, ahora
se reclamaba como un derecho que por su propia naturaleza pertenecía
a la superior magistratura del poder civil, es decir, al rey; de
ahí el nombre de "regalías. que se daba a estos
derechos, de donde deriva el de "regalismo". Sería
una usurpación eclesiástica el tratar de limitar las
regalías y, por tanto, el ámbito de las intervenciones
del poder civil dependía en último extremo de lo que
decidiera el Estado.
La otra novedad fue la meticulosidad con que se ejercían
estos "derechos" tanto los antiguamente concedidos como
los nuevos que el Estado pretendía tener. No se intervenía
solamente en el nombramiento de los obispos, sino aun en el de los
párrocos, en la decisión sobre el número de
sacerdotes que debía haber en una catedral o en una parroquia,
en el establecimiento de los ingresos mínimos con que debía
contar un oficio eclesiástico y en un sinfín de otras
cuestiones.
No sin relación con la mentalidad de la Ilustración,
ésta es también la época de una general malevolencia
estatal hacia los conventos de religiosos, que en muchos casos llevaban
ahora una vida lánguida y que tendían a ser considerados
como parasitarios del cuerpo social y del eclesiástico. Es
también la época en que, por unas razones de fondo
que hay que entroncar con todo lo que llevamos dicho, se expulsó
a los jesuitas de diversos países y se acabó por conseguir
del Papa la supresión de la Compañía de Jesús.
En concreto, la primera de esas expulsiones tuvo lugar en Portugal
en 1759 y la supresión ocurrió en 1773. Hasta 1814
no fue restaurada la Compañía.
LA REVOLUCION FRANCESA Y SUS CONSECUENCIAS EN LA IGLESIA
En este contexto, del que hemos señalado sólo un
par de características, irrumpieron la Revolución
francesa y sus repercusiones en toda Europa. Los revolucionarios
eran herederos directos de la Ilustración. Intentaban articular
la sociedad en torno a tres grandes principios: la libertad, la
igualdad y la fraternidad. Los dos primeros, del que nacería
en parte el tercero, los entendían como indisolublemente
unidos a la autonomía del hombre respecto a Dios. Se ignoraba
la Ley divina como norma suprema de la sociedad, y se afirmaba que
la única fuente de legitimidad del poder residía en
el pueblo, con lo que paradójicamente quedaba abierto el
camino a nuevos absolutismos y totalitarismos que no estarían
ya paliados por el respeto a aquella Ley divina. Todas las religiones
tenían un valor parecido y sólo afectaban, en último
extremo, a las conciencias individuales. Se favorecía así
un clima que en lo religioso llevaba a la indiferencia e incluso
al ateísmo.
Desmanteladas las estructuras estamentales, y en gran parte caducas,
del régimen anterior (el "antiguo régimen"),
se erigió como clase social directiva y dominante la burguesía,
que detentaba ahora el poder económico; muy emprendedora,
era también muy individualista y estaba desprovista del sentido
de las obligaciones sociales hacia los menos favorecidos. En lo
económico, se daría una libertad casi absoluta a la
iniciativa individual, pero sin ninguna insistencia en aquellas
obligaciones sociales, pues se pensaba que el mero juego de los
intereses, entendidos incluso en su sentido más egoísta,
engendraría por sí mismo el mejor bienestar posible
para todos. En lo político se postularía un estado
fuerte, pero que se limitara a defender las libertades individuales.
Las grandes aspiraciones del liberalismo no pudieron ocultar sus
gravísimas carencias. En concreto, la ausencia de sentido
social, unida a los nuevos métodos de producción en
grandes empresas, condujo a la opresión del débil
por el fuerte, y apareció un sector obrero que vivía
en la miseria y quedaba marginado de los logros económicos
y culturales. Por otra parte, aquellos sectores liberales, que no
eran todos, que empalmaban más directamente con los presupuestos
deístas de la Ilustración, cuando consiguieron mandar
se opusieron a la labor educativa que la Iglesia comenzaba ahora
a ejercer con amplitud creciente.
EL SIGLO XIX
La nueva orientación del siglo
En Francia, pasados los primeros momentos de la Revolución,
que fueron acompañados de violencia anticlerical y antirreligioso,
con asesinatos de frailes y sacerdotes y el arrasamiento de muchas
catedrales y monasterios, se trató de sujetar aún
más las estructuras eclesiásticas a la autoridad civil
y, como uno de los medios útiles para ello, de conseguir
su virtual desconexión de Roma.
Después de muchos altibajos y en momentos diferentes, al
final se fue regularizando la situación de Francia y de los
diversos países afectados por la ideología de la Revolución,
mediante pactos y concordatos entre el estado respectivo y la Santa
Sede. Hacia mediados del siglo XIX, y en líneas generales,
la situación era de este estilo:
a) los ingresos de los eclesiásticos habían sufrido
un revés considerable; en contrapartida, el Estado contribuiría
de distintas maneras al sostenimiento económico del culto
y del clero;
b) el Estado seguiría interviniendo de diferentes maneras
en los nombramientos de eclesiásticos, por más que
teóricamente esto no parece estar muy de acuerdo con la nueva
ideología liberal; también intervendría en
las remodelaciones de los territorios eclesiásticos, que
habían sido notables en algunos lugares (por ejemplo, en
Francia);
c) las órdenes religiosas eran de nuevo permitidas, con
restricciones variables; entretanto, muchas de las antiguas casi
habían desaparecido, aunque algunas volvieron a restaurarse;
d) se apreciaba y respetaba especialmente la actuación de
algunas de estas instituciones religiosas en la educación.
De hecho, la nueva situación llevó consigo una reorientación
de la pastoral de la Iglesia que fue en muchos aspectos muy positiva.
Por ejemplo, en términos cuantitativos se puede decir que
fue ahora cuando los seminarios para la formación de los
nuevos sacerdotes, en general de reducidas dimensiones hasta entonces,
alcanzaron un desarrollo que permitió que se prepararan en
ellos la práctica totalidad de los ordenandos. Menudeó
también la fundación de nuevas instituciones religiosas,
muchas de ellas femeninas, y casi siempre con fines educativos y
asistenciales.
El Concilio Vaticano I
En la segunda mitad del siglo XIX, el Concilio Vaticano I trató
varios temas de importancia considerable. Seguramente, el de mayor
trascendencia fue el de la infalibilidad papal, en que se definió
que el Romano Pontífice no puede equivocarse cuando se pronuncia
solemnemente sobre cuestiones de fe y costumbres. Otro fue el de
las relaciones que existen entre la razón y la fe, entre
fe y ciencia, en que se puso de relieve la armonía profunda
que debía existir entre ambas, sin posibilidad de incompatibilidades,
frente a los excesos del racionalismo y de quienes disminuían
arbitrariamente la capacidad del intelecto humano para conocer natural.
mente a Dios ("fideístas") Por último, trató
de la Revelación en general y de la Sagrada Escritura en
concreto, y dio un buen impulso a la renovación de los estudios
bíblicos.
El Concilio Vaticano I no pudo proseguir su tarea, pues quedó
interrumpido por el asalto a Roma de las tropas que luchaban en
favor de la unidad italiana y que, por cierto, acabó con
la existencia de los Estados Pontificios: un resultado deplorado
entonces por la mayoría de los cristianos pero que a la larga
resultó ser muy beneficioso para la Iglesia.
Sin embargo, este Concilio supuso un paso importante, A pesar de
las fuertes luchas que tuvo que sostener frente a empujes secularizadores
de diverso orden, la vitalidad interior de la Iglesia aumentó
y se manifestó en frutos de santidad. Por citar un ejemplo,
en general las órdenes religiosas se reorganizaron y creció
su eficacia apostólica.
Un mundo de fábricas
También corresponde a la segunda mitad del siglo XIX la
aparición de una problemática que se venía
gestando desde muy atrás, consecuencia del enfoque del liberalismo
económico y de la llamada revolución industrial. A
medida que esta última se extendía a más lugares,
desde los iniciales de Inglaterra primero y Bélgica después,
lo hicieron los nuevos problemas sociales que llevaba consigo, así
como la popularización de las diferentes teorías sobre
la sociedad que, rechazando el liberalismo, analizaban aquellos
problemas y buscaban darles solución.
Así, los diferentes socialismos y el anarquismo se introdujeron
con más o menos fortuna en los ambientes populares. En un
principio, las diversas formas del socialismo se limitaban a buscar
una mayor justicia, defendiendo a los obreros frente a los abusos
de que eran objeto. Era lo mismo que, de otra manera, perseguían
en Inglaterra las uniones de trabajadores o sindicatos, con una
orientación eminentemente pragmática y sin apoyarse
especialmente en ninguna construcción ideológica.
Más tarde, con Marx y Engels como sus autores principales,
se elaboró una teoría filosófica que iba mucho
más lejos. Se trataba ya de una nueva visión del hombre
y del mundo. En su raíz, el socialismo marxista es ateo y
sostiene que el hombre es pura materia. Concibe la historia como
una larga lucha de clases, violenta y necesaria, en la que finalmente
vencerá el proletariado,, imponiéndose una sociedad
absolutamente igualitaria. El hombre, que es fundamentalmente un
productor y viene radicalmente determinado hasta en su pensamiento
por los sistemas de producción de los bienes materiales,
alcanzará su felicidad terrena, que es la única que
existe, cuando consiga establecer el sistema de producción
perfecto en una sociedad sin clases.
En el siglo XIX, el socialismo impulsó diversas revueltas,
que no tuvieron un éxito duradero. Es en 1917, en la Rusia
de los zares, donde triunfó la revolución marxista,
condicionando toda la historia de este siglo. Su oposición
a la Iglesia y a la religión es total y frontal. Profesa
un antiteísmo militante, empleando todos los medios disuasorios
a su alcance: persecución, propaganda, prohibiciones, etc.
En la segunda mitad de nuestro siglo, el Estado donde por primera
vez se estableció este socialismo radical, se está
manifestando como el centro de un gran imperio totalitario y militarista,
que niega toda libertad en su interior y aspira a la extensión
de su dominio hasta alcanzar a todo el mundo. Muchos países
están ahora bajo la dominación comunista.
En la actualidad, los problemas del mundo del trabajo obviamente
no han desaparecido. Pero en muchos aspectos se han atenuado, y
la visión de un mundo convertido en unas pocas grandes fábricas
con pocos dueños y muy ricos y, por otra parte, con muchedumbres
de trabajadores viviendo casi en la miseria, es ahora más
lejana de la realidad que cuando escribía Marx, en la segunda
mitad del siglo pasado. Al menos en la parte del mundo no sometida
al comunismo, pues en esta última, bajo modalidades distintas
de las antiguas, la situación anterior se ha perpetuado y
agravado, y la libertad aparece aún más lejana que
en los tiempos anteriores a la revolución socialista.
La Iglesia ha condenado el socialismo marxista como una doctrina
aún más viciosa que el liberalismo. Tanto en esta
condena como en la del liberalismo la Iglesia se mueve por amor
a la verdad, aunque su testimonio la lleve a ser perseguida de diversas
formas. La razón es que ambos sistemas se basan en doctrinas
materialistas que, de hecho, no buscan la justicia sino imponer
una visión del hombre y la sociedad.
El papa León XIII dirigió la atención de los
cristianos hacia estos problemas sociales, con un importante documento,
la encíclica Rerum novarum, que iba a ser seguida hasta nuestros
días por muchos otros estudios y escritos magisteriales de
primer rango que han tratado de iluminar toda la problemática
del trabajo humano, su organización, el reparto de su producto,
el desarrollo armónico dentro de cada pueblo, las justas
relaciones de unos con otros, etcétera.
EL SIGLO XX
La teología alrededor del 1900
León XIII, con un largo pontificado que duró un cuarto
de siglo, dio una fuerte impronta a su época. Además
de su magisterio sobre las cuestiones sociales, se preocupó
de que los sacerdotes recibieran una formación más
profunda; resaltó la importancia filosófica y teológico
de las obras de Santo Tomás de Aquino y la conveniencia de
estudiarlas en profundidad; y fue testimonio de una notable aceleración
en el proceso de evangelización de África, Asia y
Oceanía, que impulsó con todas sus fuerzas. Esta expansión
de la Iglesia tiene una importancia extraordinaria y es sólo
comparable al ciclo evangelizador que se había iniciado en
el siglo XVI. El tiempo de León XIII conoció un buen
afianzamiento de la Iglesia en todos los órdenes.
Sin embargo, en los últimos años había ido
fraguando una corriente teológica que afloraría a
la muerte de este pontífice en el año 1903, dando
lugar a la llamada crisis modernista. Desde mucho tiempo antes,
algunos de los postulados de la Ilustración se habían
ido introduciendo en la teología protestante, dando lugar
al "protestantismo liberal". Ahora irrumpían en
el campo católico dando lugar al modernismo.
Se llama modernismo a la influencia de ese racionalismo en un sector
de la Iglesia católica. El modernismo vaciaba de contenido
las verdades cristianas introduciendo en ellas unos criterios de
subjetivismo y de relativismo, en su deseo de hacerlas más
aceptables a la mentalidad racionalista. De hecho, esta desacertado
adaptación suponía una rotura con la tradición
de la Iglesia y la transformación de ésta en una institución
meramente humana y de contornos imprecisos. San Pío X, el
Papa que sucedió a León XIII, condenó expresamente
el modernismo, que pareció desaparecer, pero en las últimas
décadas ha rebrotado con unos postulados muy parecidos a
los antiguos.
San Pío X fue un Papa eminentemente espiritual. Intervino
muy poco en la política internacional y, en cambio, impulsó
con energía la renovación de la vida cristiana. Prueba
de ello es su insistencia, ciertamente fructífera, en la
intensificación de la enseñanza del catecismo, su
promoción de la práctica de la comunión frecuente,
su doctrina espiritual. No por ello dejó de animar a los
católicos a la acción social, unas veces para que
interviniesen en política, otras impulsando la formación
de sindicatos por los obreros, etc. Insistió también
en el estudio de los escritos de Santo Tomás de Aquino, estableció
una comisión pontificio para orientar y fomentar los estudios
bíblicos y preparó una sistematización del
derecho tradicional de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico,
que se publicó en 1917, después de su muerte.
El Concilio Vaticano II
La época contemporánea ha conocido dos grandes Concilios
ecuménicos, celebrados ambos en el Vaticano. El segundo de
ellos, celebrado casi un siglo después del primero (1962-1965),
fue convocado por Juan XXIII y se desarrolló durante su pontificado
y el de Pablo VI; a lo largo de este último se comenzaron
también a aplicar sus decisiones.
Este Concilio quiso ser una amplia respuesta al reto de los tiempos
actuales, y dedicó una atención especial a explicarse
y explicar la íntima naturaleza de la Iglesia, y al estudio
de cuáles han de ser las actitudes del cristiano en ese mundo
en continuo cambio en que vive, con un análisis pormenorizado
de algunos problemas modernos.
Así, se investigaron y expusieron la naturaleza, obligaciones
y derechos de los fieles en general y de los laicos en particular,
como miembros que son de la Iglesia con pleno derecho, tanto por
lo que se refiere a su llamada a la santidad como a su llamada al
apostolado. No se olvidaron las consideraciones necesarias sobre
la jerarquía eclesiástica, enfocadas ahora con un
especial énfasis desde el ángulo del servicio ministerial
que ha de proporcionar a todos los fieles.
Al mismo tiempo, se daban también directrices para algunas
modificaciones organizativas que podríamos llamar de régimen
interior, que se desarrollarían después mediante una
abundante legislación post-conciliar y que abarcan desde
la liturgia hasta la institución de nuevos organismos asesores
del Papa. La parte fundamental de esta legislación ha sido
recogida, sistematizado y ampliada en el Código de Derecho
Canónico publicado en 1983.
Otro campo de interés de este Concilio, de vieja tradición
pero abordado ahora con renovados deseos de solución, ha
sido la búsqueda de medios que pudieran ayudar a conseguir
la unidad de los cristianos ("ecumenismo-), tomando medidas
para fomentar todo lo que la pudiera favorecer.
Los dos últimos pontificados
Con la elección de Juan Pablo I, un nuevo aliento del Espíritu
sopló sobre la Iglesia. Su sonrisa llenó el mundo
entero. La paz y la alegría que transparentaba su figura
llenó de esperanza un mundo triste y angustiado. Su rápida
muerte truncó un pontificado de treinta y tres días,
que se cuenta entre los más breves de la historia de la Iglesia.
Pero la esperanza no quedó fallida. La sorpresa llegó
a todo el mundo cuando se anunció el nombre de su sucesor,
Karol Wojtila. La personalidad del nuevo sucesor de San Pedro era
prometedora: nacido en Polonia, obrero en su juventud, profesor
universitario, con la experiencia pastoral adquirida como obispo
en un país del bloque socialista, con un activo papel en
el Concilio Vaticano II. Su actividad pastoral ha sido incansable
y sus enseñanzas son abundantísimas. El último
Concilio ha encontrado en él un intérprete fiel y
un ejecutor decidido.
Los desafíos actuales
Si uno de los mayores problemas con que se encontró primero
el pueblo de Israel y luego la Iglesia fue durante mucho tiempo
la idolatría, ahora, aparentemente al menos, los términos
se han invertido: uno de los mayores problemas es el ateísmo.
Antes, demasiados dioses; ahora, ninguno. Siempre, una visión
desenfocada que en último extremo coloca al hombre y no al
Dios verdadero en el centro del universo. Y al ateísmo se
puede a menudo equiparar el agnosticismo que, bajo la fórmula
de suspender el juicio, de decir que no se sabe nada con certeza
acerca de Dios o que no es posible saber siquiera si existe o no
existe, es con frecuencia poco más que una variante suya.
Para muchas personas, la fe en Dios a través de la Iglesia
ha sido sustituida por una fe en los conocimientos del hombre, en
la ciencia. Se puede llamar fe (humana), porque se basa también
en la autoridad de otros, no en lo que se percibe directamente con
la propia inteligencia. Pero mientras en la fe sobrenatural, esta
autoridad es en definitiva la de Dios, que no puede engañarse
ni engañarnos, y es por tanto perfectamente razonable hacerle
caso, la "fe" en Ir¡ ciencia reposa en la confianza
en una autoridad falible, la del hombre; que, además, si
enseña que Dios no existe, se equivoca objetivamente.
También se podrían buscar en la Ilustración
los orígenes de esta manera de pensar. No en los muchos aspectos
válidos que tiene, sino en lo que en ella es una actitud
aparentemente científica pero que en realidad esconde un
juicio previo que se opone a lo sobrenatural, convertido ahora en
un prejuicio antirreligioso.
La Iglesia actual se enfrenta a un reto importante. No es probablemente
mayor que el de otras épocas, pero a nosotros nos lo parece
porque nos afecta directamente, porque es el nuestro. La respuesta
a este reto es difícil, pero es también fácil,
ya que Dios ha prometido su asistencia a la Iglesia, y los cristianos
sabemos que, si somos fieles, Dios seguirá obrando sus maravillas
en el mundo y en la historia.
La respuesta a este reto requiere profundizar en la fe y vivir
lo que se cree. Y esto, fundamentalmente, a nivel personal, porque
lo colectivo, sin negar sus peculiaridades, no es nunca independiente
de las personas que lo componen. Si hay esta rectitud de intención,
el futuro se puede mirar ciertamente con optimismo. Se trata, en
una palabra, de que los cristianos, uno a uno, creamos en serio,
vivamos de acuerdo con nuestra creencias y sepamos presentarlas
adecuadamente a los que no lo son, invitándoles a seguir
a Cristo.
Al mismo tiempo, los pastores de la Iglesia no dejan de ayudar
con sus enseñanzas, que hemos de apreciar en todo su valor,
pues facilitan enormemente esa tarea. Con insistencia tratan de
hacer oír su voz que, en la inmensa mayoría de los
casos, se dirige tanto a los cristianos como a los que no lo son,
pues, además de las cuestiones que se refieren directamente
a la fe y a la vida de los cristianos, abordan otras muchas que
atañen a todos; unas son nuevas y otras presentan facetas
que lo son: cuestiones referentes al derecho a la vida, la guerra,
la familia, la sexualidad, la droga, la justicia, el respeto a las
personas, etcétera.
|
ESQUEMA CRONOLOGICO:
|
| 1750-1775 |
Publicación de la Enciclopedia (1751-1772) |
| 1750-1800 |
Creciente intervención de la autoridad civil en los
asuntos internos de la Iglesia.
Expulsiones y supresión (1773) de la Compañía
de Jesús.
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| 1789 |
Inicio de la Revolución francesa. |
| 1814 |
La restauración en Francia, seguida por
otros países. |
| 1848 |
El Manifiesto comunista, de Carlos Marx. |
| 1870 |
Concilio Vaticano I. |
| 1903-1907 |
La crisis modernista. |
| 1962-1965 |
Concilio Vaticano II |
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VOCABULARIO
Liberalismo: Es un movimiento
ideológico que tuvo su origen en el siglo XVIII
y su apogeo en el XIX. Defendía la autonomía
absoluta del individuo frente a cualquier límite,
Dios incluido. Fue condenado por Gregorio XVI y Pío
IX. Finalmente el juicio decisivo fue el de León
XIII en la encíclica Líbertas.
Totalitarismo: Sistema
de gobierno que concentra todo el poder en el Estado.
Comunismo: Sistema político
y social que pretende abolir el derecho de propiedad
privada. Fue condenado por Pío XI.
Socialismo: Sistema
de organización social que atribuye al Estado
absoluta potestad de ordenar las condiciones de la vida
civil, económica y política.
Deísmo: Doctrina
religiosa que toma por base la razón humana y
excluye la Revelación divina. Admite un Dios
creador, superior al mundo, pero que abandona ese mundo
a sus propias leyes. Fue la idea religiosa de la Ilustración
y el enciclopedismo.
Ilustración:
Movimiento cultural de los siglos XVII y XVIII que proclamaba
la soberanía de la razón humana frente
a la Revelación divina y a toda autoridad.
Enciclopedismo: Doctrina
profesada por los autores de la Enciclopedia francesa.
Junto a un concepto de Dios deísta, propugnan
la libertad de pensamiento frente a toda autoridad.
Defiende una fe en un progreso ilimitado.
Masonería: Asociaciones
secretas para fomentar el humanitarismo y la filantropía.
Profesan un deísmo que fomenta el indiferentismo
religioso. Su nombre, símbolos y ritos vienen
de los gremios medievales de albañiles (masones),
con lo que afirman ser ellos los que han de construir
el mundo nuevo. La Iglesia condenó la masonería
en 1738 y ha reiterado desde entonces dieciséis
veces su condena.
Modernismo: Movimiento
surgido hacia el año 1900 en el seno de la iglesia
que con la pretensión de poner al día
la teología y la moral católicas, cayó
en un conjunto de herejías que condenó
San Pío X en el año 1907.
Ateísmo: Rechazo o negación de Dios. El
ateísmo se llama práctico cuando uno se
comporta de hecho como si Dios no existiese, sin plantearse
siquiera el problema de su existencia. Se llama ateísmo
especulativo o teórico cuando se rechaza formalmente
la existencia de Dios.
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Los propósitos del Concilio
"Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto
Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente
iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura
(cf. Mc. 16, 15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre
la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento,
o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios
y de la unidad de todo el género humano, ella se propone
presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión
su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina
de los concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época
hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que
todos los hombres, que hoy están más íntimamente
unidos por múltiples vínculos sociales, técnicos
y culturales, consigan también la unidad completa en Cristo."
(LG, 1)
La grandeza de la libertad
"La orientación del hombre hacia el bien sólo
se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros
contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón.
Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como
si fuese pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite,
aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen
divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de
su propia decisión para que así busque espontáneamente
a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance
la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana
requiere, por tanto, que el hombre actúe según su
conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido
por convicción interna personal y no bajo la presión
de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa.
El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la
cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección
del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y
esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para
dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha
de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá
que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según
la conducta buena o mala que haya observado."
(GS, 17)
Virtudes sociales
"La aceptación de las relaciones sociales y su observancia
deben ser consideradas por todos como uno de los principales deberes
del hombre contemporáneo. Porque cuanto más se unifica
el mundi, tanto más los deberes del hombre rebasan los límites
de los grupos particulares y se extienden poco a poco al universo
entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales
no cultivan en si mismos y difunden en la sociedad las virtudes
morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en
hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio
necesario de la divina gracia."
(GS, 30)
El Opus Dei
"Entre los avatares de los tiempos nuevos, la acción
del Espíritu Santo sigue dirigiendo la historia de la humanidad,
cuyo término -el final de los siglos- será la segunda
venida de Jesucristo. Un testimonio evidente de esa acción
del Espíritu, que renueva la faz de la tierra, fue el nacimiento
del Opus Dei, un fenómeno ascético y pastoral de singular
importancia suscitado por Dios para servir a la Iglesia y contribuir
al bien temporal y eterno de la humanidad. El Opus Dei fue fundado
por el siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer
el día 2 de octubre de 1928. Hoy se encuentra ampliamente
difundido por los cinco continentes de la tierra: la llamada universal
a la santidad y la santificación de los hombres a través
de su trabajo profesional ordinario constituye el núcleo
del mensaje espiritual del Opus Dei; y esa buena nueva de la universalidad
de la vocación cristiana, que tanto sorprendió cuando
fue difundida por el Fundador de la Obra, ha pasado a ser, después
del concilio Vaticano II, doctrina común de la Iglesia católica.
Precisamente en aplicación de los textos conciliares, la
Santa Sede ha erigido recientemente el Opus Dei como Prelatura personal
(28-XI-1982)
(José Orlandis, Historia breve del Cristianismo,
pp. 191-192.)
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