Volver a págia principal  
 
   
  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

5. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO

  Los precedentes cercanos
  La cultura de la Ilustración
  El intervencionismo estatal
  La Revolución francesa y sus consecuencias en la Iglesia
  El siglo XIX
  La nueva orientación del siglo
  El Concilio Vaticano I
  Un mundo de fábricas
  El siglo XX
  La teología alrededor de 1900
  El Concilio Vaticano II
  Los dos últimos pontificados
 

Los desafíos actuales









LOS PRECEDENTES CERCANOS

Sin olvidar los inevitables clarososcuros, el siglo XVIII aparece como un siglo de madurez de vida cristiana. Sin embargo, en el mundo de la cultura va a nacer una actitud con connotaciones profundamente anticristianas que, aunque mucho más tarde, acabarán por llegar a las masas.

La cultura de la Ilustración

Cercano al comienzo del siglo es el Diccionario de Bayle. Con sus ideas disolventes y profundamente corrosivas de la fe, es quizá el primer alegato en favor del ateísmo. Sin embargo, la tónica filosófica general del siglo será más bien la de un deísmo más o menos nebuloso, unido al rechazo de todo lo que de sobrenatural tiene el Cristianismo. Esquemáticamente, el deísmo cree en Dios como el gran arquitecto del universo, pero rechaza que Cristo sea algo más que un hombre. De la doctrina cristiana acepta la moral, pero no el dogma. En definitiva, Dios no se ha revelado a los hombres y la Biblia es un libro meramente humano.

El deísmo nació en Inglaterra y pasó después a Francia, donde se radicalizó y se popularizó, exportándose desde allí hacia las cortes centroeuropeas principalmente. El amplio movimiento al cual pertenece el deísmo como un ingrediente importante ha recibido el nombre de Ilustración, aunque no todos los "ilustrados" fueron deístas (por ejemplo, en España)

En términos generales, la Ilustración se podría definir como un movimiento racionalista. Su principio fundamental podría ser: "Todo lo que no sea comprendido por la razón, ha de ser rechazado", lo cual, en primera aproximación al menos, es totalmente cierto y, aunque no era una novedad decirlo, ayudó a rechazar viejas convicciones equivocadas y a substituirlas por nuevos conocimientos de la ciencia. Pero este principio es claramente inválido para las cosas divinas, a las que también quiso aplicarse (y de ahí el deísmo) Pues aunque Dios es infinitamente inteligible en Sí mismo, nunca puede ser comprendido del todo por el intelecto humano, debido a la limitación esencial de la criatura y a la infinitud del Creador. En su versión radical, y gracias a la redacción de la Enciclopedia a mediados de siglo, la Ilustración fue ampliamente divulgada desde Francia.

El impacto del deísmo se fue extendiendo, pero sin salir durante mucho tiempo de los límites de unos círculos intelectuales reducidos, aunque influyentes. Sin embargo, era la semilla de la que a la larga brotaría un ateísmo radical que sí llegaría a alcanzar, ya en nuestros días, a sectores extensos de la población. Los que profesaban el deísmo se enfrentarían directamente con la Iglesia, incompatible con su ideario.

La masonería nació en la atmósfera del deísmo, y rechazaba por tanto la Revelación y el Cristianismo. Influyó mucho en el desarrollo de la Ilustración. Se organizó como una sociedad secreta que fomentaba la fraternidad entre sus socios y las actividades filantrópicas. Sus primeras logias se fundaron en Inglaterra a principios del siglo XVIII. Fue condenada por el Papa en 1738.

El intervencionismo estatal

Otra característica del siglo XVIII, muy agudizada en su segunda mitad, fue el notable intervencionismo estatal en los asuntos eclesiásticos. No se puede decir que su-espíritu fuera antirreligioso ni anticristiano, y aun lo; era menos en la intención de los gobernantes. Pero, además de lo incongruente que resultaba esta intervención, podría ser utilizada con unos criterios muy distintos cuando las actitudes religiosas de los gobernantes cambiaran.

Ya con anterioridad venía dándose esta intervención, pero ahora se presentaba con dos novedades. Una, doctrinal: si antes la intervención se basaba en concesiones y pactos, ahora se reclamaba como un derecho que por su propia naturaleza pertenecía a la superior magistratura del poder civil, es decir, al rey; de ahí el nombre de "regalías. que se daba a estos derechos, de donde deriva el de "regalismo". Sería una usurpación eclesiástica el tratar de limitar las regalías y, por tanto, el ámbito de las intervenciones del poder civil dependía en último extremo de lo que decidiera el Estado.

La otra novedad fue la meticulosidad con que se ejercían estos "derechos" tanto los antiguamente concedidos como los nuevos que el Estado pretendía tener. No se intervenía solamente en el nombramiento de los obispos, sino aun en el de los párrocos, en la decisión sobre el número de sacerdotes que debía haber en una catedral o en una parroquia, en el establecimiento de los ingresos mínimos con que debía contar un oficio eclesiástico y en un sinfín de otras cuestiones.

No sin relación con la mentalidad de la Ilustración, ésta es también la época de una general malevolencia estatal hacia los conventos de religiosos, que en muchos casos llevaban ahora una vida lánguida y que tendían a ser considerados como parasitarios del cuerpo social y del eclesiástico. Es también la época en que, por unas razones de fondo que hay que entroncar con todo lo que llevamos dicho, se expulsó a los jesuitas de diversos países y se acabó por conseguir del Papa la supresión de la Compañía de Jesús. En concreto, la primera de esas expulsiones tuvo lugar en Portugal en 1759 y la supresión ocurrió en 1773. Hasta 1814 no fue restaurada la Compañía.


LA REVOLUCION FRANCESA Y SUS CONSECUENCIAS EN LA IGLESIA

En este contexto, del que hemos señalado sólo un par de características, irrumpieron la Revolución francesa y sus repercusiones en toda Europa. Los revolucionarios eran herederos directos de la Ilustración. Intentaban articular la sociedad en torno a tres grandes principios: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los dos primeros, del que nacería en parte el tercero, los entendían como indisolublemente unidos a la autonomía del hombre respecto a Dios. Se ignoraba la Ley divina como norma suprema de la sociedad, y se afirmaba que la única fuente de legitimidad del poder residía en el pueblo, con lo que paradójicamente quedaba abierto el camino a nuevos absolutismos y totalitarismos que no estarían ya paliados por el respeto a aquella Ley divina. Todas las religiones tenían un valor parecido y sólo afectaban, en último extremo, a las conciencias individuales. Se favorecía así un clima que en lo religioso llevaba a la indiferencia e incluso al ateísmo.

Desmanteladas las estructuras estamentales, y en gran parte caducas, del régimen anterior (el "antiguo régimen"), se erigió como clase social directiva y dominante la burguesía, que detentaba ahora el poder económico; muy emprendedora, era también muy individualista y estaba desprovista del sentido de las obligaciones sociales hacia los menos favorecidos. En lo económico, se daría una libertad casi absoluta a la iniciativa individual, pero sin ninguna insistencia en aquellas obligaciones sociales, pues se pensaba que el mero juego de los intereses, entendidos incluso en su sentido más egoísta, engendraría por sí mismo el mejor bienestar posible para todos. En lo político se postularía un estado fuerte, pero que se limitara a defender las libertades individuales.

Las grandes aspiraciones del liberalismo no pudieron ocultar sus gravísimas carencias. En concreto, la ausencia de sentido social, unida a los nuevos métodos de producción en grandes empresas, condujo a la opresión del débil por el fuerte, y apareció un sector obrero que vivía en la miseria y quedaba marginado de los logros económicos y culturales. Por otra parte, aquellos sectores liberales, que no eran todos, que empalmaban más directamente con los presupuestos deístas de la Ilustración, cuando consiguieron mandar se opusieron a la labor educativa que la Iglesia comenzaba ahora a ejercer con amplitud creciente.


EL SIGLO XIX

La nueva orientación del siglo

En Francia, pasados los primeros momentos de la Revolución, que fueron acompañados de violencia anticlerical y antirreligioso, con asesinatos de frailes y sacerdotes y el arrasamiento de muchas catedrales y monasterios, se trató de sujetar aún más las estructuras eclesiásticas a la autoridad civil y, como uno de los medios útiles para ello, de conseguir su virtual desconexión de Roma.

Después de muchos altibajos y en momentos diferentes, al final se fue regularizando la situación de Francia y de los diversos países afectados por la ideología de la Revolución, mediante pactos y concordatos entre el estado respectivo y la Santa Sede. Hacia mediados del siglo XIX, y en líneas generales, la situación era de este estilo:

a) los ingresos de los eclesiásticos habían sufrido un revés considerable; en contrapartida, el Estado contribuiría de distintas maneras al sostenimiento económico del culto y del clero;

b) el Estado seguiría interviniendo de diferentes maneras en los nombramientos de eclesiásticos, por más que teóricamente esto no parece estar muy de acuerdo con la nueva ideología liberal; también intervendría en las remodelaciones de los territorios eclesiásticos, que habían sido notables en algunos lugares (por ejemplo, en Francia);

c) las órdenes religiosas eran de nuevo permitidas, con restricciones variables; entretanto, muchas de las antiguas casi habían desaparecido, aunque algunas volvieron a restaurarse;

d) se apreciaba y respetaba especialmente la actuación de algunas de estas instituciones religiosas en la educación.

De hecho, la nueva situación llevó consigo una reorientación de la pastoral de la Iglesia que fue en muchos aspectos muy positiva. Por ejemplo, en términos cuantitativos se puede decir que fue ahora cuando los seminarios para la formación de los nuevos sacerdotes, en general de reducidas dimensiones hasta entonces, alcanzaron un desarrollo que permitió que se prepararan en ellos la práctica totalidad de los ordenandos. Menudeó también la fundación de nuevas instituciones religiosas, muchas de ellas femeninas, y casi siempre con fines educativos y asistenciales.

El Concilio Vaticano I

En la segunda mitad del siglo XIX, el Concilio Vaticano I trató varios temas de importancia considerable. Seguramente, el de mayor trascendencia fue el de la infalibilidad papal, en que se definió que el Romano Pontífice no puede equivocarse cuando se pronuncia solemnemente sobre cuestiones de fe y costumbres. Otro fue el de las relaciones que existen entre la razón y la fe, entre fe y ciencia, en que se puso de relieve la armonía profunda que debía existir entre ambas, sin posibilidad de incompatibilidades, frente a los excesos del racionalismo y de quienes disminuían arbitrariamente la capacidad del intelecto humano para conocer natural. mente a Dios ("fideístas") Por último, trató de la Revelación en general y de la Sagrada Escritura en concreto, y dio un buen impulso a la renovación de los estudios bíblicos.

El Concilio Vaticano I no pudo proseguir su tarea, pues quedó interrumpido por el asalto a Roma de las tropas que luchaban en favor de la unidad italiana y que, por cierto, acabó con la existencia de los Estados Pontificios: un resultado deplorado entonces por la mayoría de los cristianos pero que a la larga resultó ser muy beneficioso para la Iglesia.

Sin embargo, este Concilio supuso un paso importante, A pesar de las fuertes luchas que tuvo que sostener frente a empujes secularizadores de diverso orden, la vitalidad interior de la Iglesia aumentó y se manifestó en frutos de santidad. Por citar un ejemplo, en general las órdenes religiosas se reorganizaron y creció su eficacia apostólica.

Un mundo de fábricas

También corresponde a la segunda mitad del siglo XIX la aparición de una problemática que se venía gestando desde muy atrás, consecuencia del enfoque del liberalismo económico y de la llamada revolución industrial. A medida que esta última se extendía a más lugares, desde los iniciales de Inglaterra primero y Bélgica después, lo hicieron los nuevos problemas sociales que llevaba consigo, así como la popularización de las diferentes teorías sobre la sociedad que, rechazando el liberalismo, analizaban aquellos problemas y buscaban darles solución.

Así, los diferentes socialismos y el anarquismo se introdujeron con más o menos fortuna en los ambientes populares. En un principio, las diversas formas del socialismo se limitaban a buscar una mayor justicia, defendiendo a los obreros frente a los abusos de que eran objeto. Era lo mismo que, de otra manera, perseguían en Inglaterra las uniones de trabajadores o sindicatos, con una orientación eminentemente pragmática y sin apoyarse especialmente en ninguna construcción ideológica.

Más tarde, con Marx y Engels como sus autores principales, se elaboró una teoría filosófica que iba mucho más lejos. Se trataba ya de una nueva visión del hombre y del mundo. En su raíz, el socialismo marxista es ateo y sostiene que el hombre es pura materia. Concibe la historia como una larga lucha de clases, violenta y necesaria, en la que finalmente vencerá el proletariado,, imponiéndose una sociedad absolutamente igualitaria. El hombre, que es fundamentalmente un productor y viene radicalmente determinado hasta en su pensamiento por los sistemas de producción de los bienes materiales, alcanzará su felicidad terrena, que es la única que existe, cuando consiga establecer el sistema de producción perfecto en una sociedad sin clases.

En el siglo XIX, el socialismo impulsó diversas revueltas, que no tuvieron un éxito duradero. Es en 1917, en la Rusia de los zares, donde triunfó la revolución marxista, condicionando toda la historia de este siglo. Su oposición a la Iglesia y a la religión es total y frontal. Profesa un antiteísmo militante, empleando todos los medios disuasorios a su alcance: persecución, propaganda, prohibiciones, etc. En la segunda mitad de nuestro siglo, el Estado donde por primera vez se estableció este socialismo radical, se está manifestando como el centro de un gran imperio totalitario y militarista, que niega toda libertad en su interior y aspira a la extensión de su dominio hasta alcanzar a todo el mundo. Muchos países están ahora bajo la dominación comunista.

En la actualidad, los problemas del mundo del trabajo obviamente no han desaparecido. Pero en muchos aspectos se han atenuado, y la visión de un mundo convertido en unas pocas grandes fábricas con pocos dueños y muy ricos y, por otra parte, con muchedumbres de trabajadores viviendo casi en la miseria, es ahora más lejana de la realidad que cuando escribía Marx, en la segunda mitad del siglo pasado. Al menos en la parte del mundo no sometida al comunismo, pues en esta última, bajo modalidades distintas de las antiguas, la situación anterior se ha perpetuado y agravado, y la libertad aparece aún más lejana que en los tiempos anteriores a la revolución socialista.

La Iglesia ha condenado el socialismo marxista como una doctrina aún más viciosa que el liberalismo. Tanto en esta condena como en la del liberalismo la Iglesia se mueve por amor a la verdad, aunque su testimonio la lleve a ser perseguida de diversas formas. La razón es que ambos sistemas se basan en doctrinas materialistas que, de hecho, no buscan la justicia sino imponer una visión del hombre y la sociedad.

El papa León XIII dirigió la atención de los cristianos hacia estos problemas sociales, con un importante documento, la encíclica Rerum novarum, que iba a ser seguida hasta nuestros días por muchos otros estudios y escritos magisteriales de primer rango que han tratado de iluminar toda la problemática del trabajo humano, su organización, el reparto de su producto, el desarrollo armónico dentro de cada pueblo, las justas relaciones de unos con otros, etcétera.


EL SIGLO XX

La teología alrededor del 1900

León XIII, con un largo pontificado que duró un cuarto de siglo, dio una fuerte impronta a su época. Además de su magisterio sobre las cuestiones sociales, se preocupó de que los sacerdotes recibieran una formación más profunda; resaltó la importancia filosófica y teológico de las obras de Santo Tomás de Aquino y la conveniencia de estudiarlas en profundidad; y fue testimonio de una notable aceleración en el proceso de evangelización de África, Asia y Oceanía, que impulsó con todas sus fuerzas. Esta expansión de la Iglesia tiene una importancia extraordinaria y es sólo comparable al ciclo evangelizador que se había iniciado en el siglo XVI. El tiempo de León XIII conoció un buen afianzamiento de la Iglesia en todos los órdenes.

Sin embargo, en los últimos años había ido fraguando una corriente teológica que afloraría a la muerte de este pontífice en el año 1903, dando lugar a la llamada crisis modernista. Desde mucho tiempo antes, algunos de los postulados de la Ilustración se habían ido introduciendo en la teología protestante, dando lugar al "protestantismo liberal". Ahora irrumpían en el campo católico dando lugar al modernismo.

Se llama modernismo a la influencia de ese racionalismo en un sector de la Iglesia católica. El modernismo vaciaba de contenido las verdades cristianas introduciendo en ellas unos criterios de subjetivismo y de relativismo, en su deseo de hacerlas más aceptables a la mentalidad racionalista. De hecho, esta desacertado adaptación suponía una rotura con la tradición de la Iglesia y la transformación de ésta en una institución meramente humana y de contornos imprecisos. San Pío X, el Papa que sucedió a León XIII, condenó expresamente el modernismo, que pareció desaparecer, pero en las últimas décadas ha rebrotado con unos postulados muy parecidos a los antiguos.

San Pío X fue un Papa eminentemente espiritual. Intervino muy poco en la política internacional y, en cambio, impulsó con energía la renovación de la vida cristiana. Prueba de ello es su insistencia, ciertamente fructífera, en la intensificación de la enseñanza del catecismo, su promoción de la práctica de la comunión frecuente, su doctrina espiritual. No por ello dejó de animar a los católicos a la acción social, unas veces para que interviniesen en política, otras impulsando la formación de sindicatos por los obreros, etc. Insistió también en el estudio de los escritos de Santo Tomás de Aquino, estableció una comisión pontificio para orientar y fomentar los estudios bíblicos y preparó una sistematización del derecho tradicional de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico, que se publicó en 1917, después de su muerte.

El Concilio Vaticano II

La época contemporánea ha conocido dos grandes Concilios ecuménicos, celebrados ambos en el Vaticano. El segundo de ellos, celebrado casi un siglo después del primero (1962-1965), fue convocado por Juan XXIII y se desarrolló durante su pontificado y el de Pablo VI; a lo largo de este último se comenzaron también a aplicar sus decisiones.

Este Concilio quiso ser una amplia respuesta al reto de los tiempos actuales, y dedicó una atención especial a explicarse y explicar la íntima naturaleza de la Iglesia, y al estudio de cuáles han de ser las actitudes del cristiano en ese mundo en continuo cambio en que vive, con un análisis pormenorizado de algunos problemas modernos.

Así, se investigaron y expusieron la naturaleza, obligaciones y derechos de los fieles en general y de los laicos en particular, como miembros que son de la Iglesia con pleno derecho, tanto por lo que se refiere a su llamada a la santidad como a su llamada al apostolado. No se olvidaron las consideraciones necesarias sobre la jerarquía eclesiástica, enfocadas ahora con un especial énfasis desde el ángulo del servicio ministerial que ha de proporcionar a todos los fieles.

Al mismo tiempo, se daban también directrices para algunas modificaciones organizativas que podríamos llamar de régimen interior, que se desarrollarían después mediante una abundante legislación post-conciliar y que abarcan desde la liturgia hasta la institución de nuevos organismos asesores del Papa. La parte fundamental de esta legislación ha sido recogida, sistematizado y ampliada en el Código de Derecho Canónico publicado en 1983.

Otro campo de interés de este Concilio, de vieja tradición pero abordado ahora con renovados deseos de solución, ha sido la búsqueda de medios que pudieran ayudar a conseguir la unidad de los cristianos ("ecumenismo-), tomando medidas para fomentar todo lo que la pudiera favorecer.

Los dos últimos pontificados

Con la elección de Juan Pablo I, un nuevo aliento del Espíritu sopló sobre la Iglesia. Su sonrisa llenó el mundo entero. La paz y la alegría que transparentaba su figura llenó de esperanza un mundo triste y angustiado. Su rápida muerte truncó un pontificado de treinta y tres días, que se cuenta entre los más breves de la historia de la Iglesia.

Pero la esperanza no quedó fallida. La sorpresa llegó a todo el mundo cuando se anunció el nombre de su sucesor, Karol Wojtila. La personalidad del nuevo sucesor de San Pedro era prometedora: nacido en Polonia, obrero en su juventud, profesor universitario, con la experiencia pastoral adquirida como obispo en un país del bloque socialista, con un activo papel en el Concilio Vaticano II. Su actividad pastoral ha sido incansable y sus enseñanzas son abundantísimas. El último Concilio ha encontrado en él un intérprete fiel y un ejecutor decidido.

Los desafíos actuales

Si uno de los mayores problemas con que se encontró primero el pueblo de Israel y luego la Iglesia fue durante mucho tiempo la idolatría, ahora, aparentemente al menos, los términos se han invertido: uno de los mayores problemas es el ateísmo. Antes, demasiados dioses; ahora, ninguno. Siempre, una visión desenfocada que en último extremo coloca al hombre y no al Dios verdadero en el centro del universo. Y al ateísmo se puede a menudo equiparar el agnosticismo que, bajo la fórmula de suspender el juicio, de decir que no se sabe nada con certeza acerca de Dios o que no es posible saber siquiera si existe o no existe, es con frecuencia poco más que una variante suya.

Para muchas personas, la fe en Dios a través de la Iglesia ha sido sustituida por una fe en los conocimientos del hombre, en la ciencia. Se puede llamar fe (humana), porque se basa también en la autoridad de otros, no en lo que se percibe directamente con la propia inteligencia. Pero mientras en la fe sobrenatural, esta autoridad es en definitiva la de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y es por tanto perfectamente razonable hacerle caso, la "fe" en Ir¡ ciencia reposa en la confianza en una autoridad falible, la del hombre; que, además, si enseña que Dios no existe, se equivoca objetivamente.

También se podrían buscar en la Ilustración los orígenes de esta manera de pensar. No en los muchos aspectos válidos que tiene, sino en lo que en ella es una actitud aparentemente científica pero que en realidad esconde un juicio previo que se opone a lo sobrenatural, convertido ahora en un prejuicio antirreligioso.

La Iglesia actual se enfrenta a un reto importante. No es probablemente mayor que el de otras épocas, pero a nosotros nos lo parece porque nos afecta directamente, porque es el nuestro. La respuesta a este reto es difícil, pero es también fácil, ya que Dios ha prometido su asistencia a la Iglesia, y los cristianos sabemos que, si somos fieles, Dios seguirá obrando sus maravillas en el mundo y en la historia.

La respuesta a este reto requiere profundizar en la fe y vivir lo que se cree. Y esto, fundamentalmente, a nivel personal, porque lo colectivo, sin negar sus peculiaridades, no es nunca independiente de las personas que lo componen. Si hay esta rectitud de intención, el futuro se puede mirar ciertamente con optimismo. Se trata, en una palabra, de que los cristianos, uno a uno, creamos en serio, vivamos de acuerdo con nuestra creencias y sepamos presentarlas adecuadamente a los que no lo son, invitándoles a seguir a Cristo.

Al mismo tiempo, los pastores de la Iglesia no dejan de ayudar con sus enseñanzas, que hemos de apreciar en todo su valor, pues facilitan enormemente esa tarea. Con insistencia tratan de hacer oír su voz que, en la inmensa mayoría de los casos, se dirige tanto a los cristianos como a los que no lo son, pues, además de las cuestiones que se refieren directamente a la fe y a la vida de los cristianos, abordan otras muchas que atañen a todos; unas son nuevas y otras presentan facetas que lo son: cuestiones referentes al derecho a la vida, la guerra, la familia, la sexualidad, la droga, la justicia, el respeto a las personas, etcétera.

 

ESQUEMA CRONOLOGICO:

1750-1775 Publicación de la Enciclopedia (1751-1772)
1750-1800

Creciente intervención de la autoridad civil en los asuntos internos de la Iglesia.
Expulsiones y supresión (1773) de la Compañía de Jesús.

1789 Inicio de la Revolución francesa.
1814 La restauración en Francia, seguida por otros países.
1848 El Manifiesto comunista, de Carlos Marx.
1870 Concilio Vaticano I.
1903-1907 La crisis modernista.
1962-1965 Concilio Vaticano II


VOCABULARIO

Liberalismo: Es un movimiento ideológico que tuvo su origen en el siglo XVIII y su apogeo en el XIX. Defendía la autonomía absoluta del individuo frente a cualquier límite, Dios incluido. Fue condenado por Gregorio XVI y Pío IX. Finalmente el juicio decisivo fue el de León XIII en la encíclica Líbertas.

Totalitarismo: Sistema de gobierno que concentra todo el poder en el Estado.

Comunismo: Sistema político y social que pretende abolir el derecho de propiedad privada. Fue condenado por Pío XI.

Socialismo: Sistema de organización social que atribuye al Estado absoluta potestad de ordenar las condiciones de la vida civil, económica y política.

Deísmo: Doctrina religiosa que toma por base la razón humana y excluye la Revelación divina. Admite un Dios creador, superior al mundo, pero que abandona ese mundo a sus propias leyes. Fue la idea religiosa de la Ilustración y el enciclopedismo.

Ilustración: Movimiento cultural de los siglos XVII y XVIII que proclamaba la soberanía de la razón humana frente a la Revelación divina y a toda autoridad.

Enciclopedismo: Doctrina profesada por los autores de la Enciclopedia francesa. Junto a un concepto de Dios deísta, propugnan la libertad de pensamiento frente a toda autoridad. Defiende una fe en un progreso ilimitado.

Masonería: Asociaciones secretas para fomentar el humanitarismo y la filantropía. Profesan un deísmo que fomenta el indiferentismo religioso. Su nombre, símbolos y ritos vienen de los gremios medievales de albañiles (masones), con lo que afirman ser ellos los que han de construir el mundo nuevo. La Iglesia condenó la masonería en 1738 y ha reiterado desde entonces dieciséis veces su condena.

Modernismo: Movimiento surgido hacia el año 1900 en el seno de la iglesia que con la pretensión de poner al día la teología y la moral católicas, cayó en un conjunto de herejías que condenó San Pío X en el año 1907.
Ateísmo: Rechazo o negación de Dios. El ateísmo se llama práctico cuando uno se comporta de hecho como si Dios no existiese, sin plantearse siquiera el problema de su existencia. Se llama ateísmo especulativo o teórico cuando se rechaza formalmente la existencia de Dios.

 

Los propósitos del Concilio

"Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc. 16, 15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también la unidad completa en Cristo."
(LG, 1)


La grandeza de la libertad

"La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuese pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado."
(GS, 17)


Virtudes sociales

"La aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas por todos como uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque cuanto más se unifica el mundi, tanto más los deberes del hombre rebasan los límites de los grupos particulares y se extienden poco a poco al universo entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en si mismos y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia."
(GS, 30)


El Opus Dei

"Entre los avatares de los tiempos nuevos, la acción del Espíritu Santo sigue dirigiendo la historia de la humanidad, cuyo término -el final de los siglos- será la segunda venida de Jesucristo. Un testimonio evidente de esa acción del Espíritu, que renueva la faz de la tierra, fue el nacimiento del Opus Dei, un fenómeno ascético y pastoral de singular importancia suscitado por Dios para servir a la Iglesia y contribuir al bien temporal y eterno de la humanidad. El Opus Dei fue fundado por el siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer el día 2 de octubre de 1928. Hoy se encuentra ampliamente difundido por los cinco continentes de la tierra: la llamada universal a la santidad y la santificación de los hombres a través de su trabajo profesional ordinario constituye el núcleo del mensaje espiritual del Opus Dei; y esa buena nueva de la universalidad de la vocación cristiana, que tanto sorprendió cuando fue difundida por el Fundador de la Obra, ha pasado a ser, después del concilio Vaticano II, doctrina común de la Iglesia católica. Precisamente en aplicación de los textos conciliares, la Santa Sede ha erigido recientemente el Opus Dei como Prelatura personal (28-XI-1982)
(José Orlandis, Historia breve del Cristianismo, pp. 191-192.)