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6. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
LA ENSEÑANZA DE JESUCRISTO
Jesucristo pide fe a los que le siguen: que crean en El y en lo
que El les dice. Creer en Jesús y Creer a Jesús será
el primer elemento esencial que les unirá a El y, en consecuencia,
les aglutinará entre sí. Hasta el punto de que se
llamarán discípulos ("los que aprenden")
de Jesús, a quien a su vez llamarán "rabbí",
maestro.
Las últimas palabras de Jesús a los discípulos,
antes de subir a los cielos, son un mandato a continuar su enseñanza
viva: "Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado.
Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación
del mundo" (Mt. 28, 19-20) En estas palabras se resume la enseñanza
que debe perpetuar la Iglesia: una sola fe, unas costumbres santas
y unos sacramentos que dan las fuerzas para ser fiel.
En Pedro se concentra al máximo la misión de enseñar
la fe, sin posibilidad de error: "Yo he rogado por ti, a fin
de que tu fe no desfallezca y tú, a tu vez, una vez convertido,
confirma a tus hermanos" (Lc. 22, 32) Jesucristo garantiza
que la verdad que enseñó a los primeros discípulos
será la misma para los discípulos que vengan después.
Por una parte estará con los suyos, por otra parte ruega
por Pedro, cabeza de la Iglesia, para que sea fuerte en la fe. Además,
envía al Espíritu Santo para que asista a los cristianos
en esta tarea tan importante.
LA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA
Los Apóstoles cumplieron el mandato de predicar, que Cristo
les había dado. Sus sucesores continuaron esta misión.
A lo largo de veinte siglos de Cristianismo, ésta ha sido
una faceta importantísima de la actividad de la Iglesia:
enseñar las verdades necesarias para salvarse, consecuencia
de la misión profético o de enseñanza de Cristo,
que es cabeza de la Iglesia.
Al observar las instituciones humanas, es fácil ver cómo,
a lo largo de los siglos, van cambiando y perdiendo las ideas originales.
Esto es natural y ley de vida. Pero lo admirable de la Iglesia es
que, al cabo de veinte siglos, continúa enseñando
la misma Doctrina de Jesucristo. De este modo la fe de un cristiano
del siglo XX es la misma que la de los Apóstoles.
La explicación de este hecho no se puede encontrar sólo
en razones humanas. Dios no podía permitir que la verdadera
Iglesia enseñara cosas falsas. Por ello, el Espíritu
Santo tiene la misión especialísima de ayudar a los
cristianos en este punto tan vital.
Así lo dijo Jesús a los Apóstoles cuando les
prometió que enviaría el Espíritu Santo tras
su marcha: "Cuando viniere Aquél, el Espíritu
de verdad, os guiará hasta la verdad completa" (Jn.
16, 13) La enseñanza de Jesucristo se produjo durante tres
años, la asistencia del Espíritu Santo la hace perenne
por los siglos, a pesar de la flaqueza de los hombres: "Os
he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; pero el
Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en
mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá
a la memoria todo lo que yo os he dicho" (Jn. 14, 26)
EL DEPOSITO DE LA REVELACION
Los Apóstoles cumplieron el mandato de Cristo y predicaron
en muchos lugares la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador.
Los primeros cristianos también cumplieron este mandato y
de esta manera la verdad de Jesús ha ido llegando a los hombres,
que la han ido transmitiendo de generación en generación.
Los Apóstoles indican a sus discípulos que conserven
las tradiciones aprendidas. Al poner por escrito parte de la predicación
apostólica surgió el Nuevo Testamento.
Dos son los modos como llegan las verdades reveladas a los hombres:
la Tradición y la Sagrada Escritura. Ambos modos se complementan
y están estrechamente unidos.
La Tradición
En un sentido general, se entiende por tradición el conjunto
de conocimientos que una generación transmite a otra. Dios
quiso que la palabra de Jesús llegase íntegra y sin
deformaciones a todas las generaciones. Además convenía
que llegase viva, es decir, aplicable a las circunstancias de cada
generación. Esta transmisión viva e íntegra
no sería posible si Dios no ayudara de manera especial a
la Iglesia. La ayuda que Dios presta a la Iglesia la realiza el
Espíritu Santo y se llama asistencia.
Los Apóstoles, para que se conservara siempre vivo y entero
el Evangelio en la Iglesia, nombraron como sucesores suyos a los
obispos, dejándoles a su cargo el Magisterio. El Espíritu
Santo asiste de manera especial a los obispos para que puedan realizar
su misión. Con estas ayudas, toda la Iglesia crece en la
comprensión de los misterios divinos. El Concilio Vaticano
1 ha expresado así esta doctrina: "Esta revelación
sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal declarada
por el santo Concilio de Trento, se contiene en los libros escritos
y en las tradiciones no escritas que, recibidas por los Apóstoles
de boca del mismo Cristo o por los mismos Apóstoles bajo
la inspiración del Espíritu Santo, han llegado hasta
nosotros transmitidas como de mano en mano" (Del Filius, Denz.
1787)
La Tradición se dice "no escrita", no en cuanto
no se contiene en ninguna obra, sino en cuanto no ha sido escrita
por inspiración divina; los principales instrumentos por
los que se ha conservado la Tradición divina son las profesiones
de la fe, la sagrada liturgia, los escritos de los Padres, las Actas
de los mártires, la práctica de la Iglesia y los monumentos
arqueológicos.
Los criterios para saber si determinada doctrina pertenece o no
a la verdadera Tradición oral son principalmente los siguientes:
1. Coincidencia con el Magisterio ordinario de la Iglesia extendida
por todo el orbe.
2. Consentimiento moralmente unánime de los Santos Padres,
testigos de la Tradición.
Conviene aclarar que se llama Santos Padres a aquellos autores
de los primeros siglos de la Iglesia que, por su proximidad a los
orígenes y santidad, tienen mayor autoridad. Para que un
escritor eclesiástico pueda ser considerado Padre de la Iglesia,
debe reunir cuatro requisitos: doctrina eminente, santidad de vida,
antigüedad y reconocimiento por parte de la Iglesia.
Entre las funciones más importantes de la Tradición
podemos enumerar las siguientes:
a) Dar a conocer cuáles son los libros inspirados y cuáles
no.
b) Predicar de manera viva y actualizada la doctrina de Cristo.
c) Conservar íntegra esta doctrina preservándola del
error.
"Las verdades reveladas por Dios para la salvación
de todos los pueblos gracias a la bondad divina, se conservaron
siempre íntegras y fueron transmitidas a todas las generaciones."
(DV, 7)
La Sagrada Escritura
Dios, al revelar las verdades necesarias para la salvación,
ha querido que se consignasen por escrito además de por la
Tradición oral. La Sagrada Escritura, unida a la Tradición,
nos transmite de modo inmutable la palabra del mismo Dios. El Concilio
Vaticano II declara que: "La revelación que la Sagrada
Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración
del Espíritu Santo" (DV, 11) Por lo tanto, el modo cómo
Dios hace llegar su palabra a los hombres es a través de
la Inspiración que el Espíritu Santo realiza a los
autores de estos libros. Cada uno de estos autores usa sus talentos
y facultades con libertad y según su -modo de ser, pero al
estar inspirados por el Espíritu Santo, el autor principal
de la Sagrada Escritura es el mismo Dios.
La Sagrada Escritura es fuente principalísima para que la
Iglesia pueda formular la fe. Pero nunca se puede aislar de la Tradición,
con la que forma un conjunto indisolublemente unido y que es el
que contiene el depósito sagrado de la palabra de Dios que
posee la Iglesia. Del mismo modo que no se puede prescindir de la
Sagrada Escritura, tampoco se puede prescindir de la Tradición,
en cuyo seno se ha formado y se entiende aquella.
La divina Revelación está exclusivamente contenida
en la Sagrada Escritura y en la Tradición y terminó
definitivamente con la muerte del último Apóstol (C.
Trento)
Formulaciones de la fe
De la Sagrada Escritura y la Tradición, con una intervención
magisterial de la Iglesia, a la que nos referiremos más adelante,
muy pronto se sacaron fórmulas muy breves que compendiaban
algunas de las principales verdades de la fe. Las más antiguas
reciben el nombre de presímbolos.
Cuando estas formulaciones se han desarrollado y completado de
modo que expresan la fe de la Iglesia en lo sustancial, se llaman
símbolos o credos. Un ejemplo lo constituye el símbolo
de Nicea-Constantinopla que se recita algunos días en la
Santa Misa.
Esos símbolos son resúmenes de la exposición
sistemática de la fe, que constituye el cuerpo de doctrina
que debe creer un fiel cristiano. A esto se llama Doctrina cristiana.
Cuando la autoridad de la Iglesia, cumpliendo la misión
que Cristo le confió de proponer la verdad revelada, afirma,
de modo explícito y definido, una verdad, se llama dogma.
Además de estas formulaciones que se deben aceptar como
enseñanzas infalibles, hay otras que no tienen ese carácter:
1. Catecismo. Breves exposiciones para la enseñanza
mínima de la fe. Tienen gran importancia. Necesitan de la
aprobación de los obispos y de la Santa Sede.
2. Predicación habitual. Es el paso siguiente en
la evangelización de los fieles. Tiene una gradación
lógica desde el Papa a los sacerdotes. La autoridad eclesiástica
concede licencias para que la predicación sea correcta. El
predicador habla en nombre de Cristo y debe exponer la doctrina
de la Iglesia y no teorías propias.
3. Opinión unánime de los teólogos.
Los teólogos no forman parte de la jerarquía como
tales, por lo tanto no tienen una ayuda comparable a la de la jerarquía
para sus estudios y sus escritos. De todos modos, cuando son unánimes
en algún punto, tiene gran valor su opinión, que se
llama teológicamente cierta.
4. Cuestiones discutidas. Son aquellas que no afectan directamente
a la fe y permiten variadas opiniones. Su validez vendrá
de la fuerza de los argumentos de cada opinión. Sería
un error considerar cada opinión como doctrina de la Iglesia.
Además, se debe tener en cuenta la diferente autoridad de
los distintos doctores. Sólo unos pocos han recibido este
título oficial de la Iglesia.
EL MAGISTERIO
La Iglesia ha recibido de Cristo el mandato de enseñar a
los hombres las verdades necesarias para salvarse. Estas verdades
las toma de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Cuando
la Iglesia en su Magisterio interpreta la palabra de Dios, su interpretación
es auténtica, es decir, tiene idéntico valor que si
el mismo Jesús explicase su palabra a los hombres de cada
generación. San Vicente de Lerins decía que la misión
de la Iglesia en su Magisterio es "cuidar decididamente que
mantengamos lo que ha sido creído siempre y en todas partes
por todos".
Atendiendo a la autoridad que imparte estas enseñanzas y
al grado de asentimiento que exigen, podemos distinguir los siguientes
modos de ejercer el Magisterio:
a) Infalible. Carece de error y lleva consigo una exigencia
absoluta de fe por parte de los católicos. Son infalibles:
1. El Magisterio episcopal universal: es el ejercido por el conjunto
de los obispos, en comunión con el Papa.
2. El Magisterio extraordinario y solemne: viene propuesto y ejercido
por dos fuentes distintas: el Concilio ecuménico con el Papa,
o bien el Papa solo, cuando habla ex cathedra.
b) Ordinario. Responde a la necesidad, siempre presente,
de iluminar con la doctrina de Cristo las distintas situaciones
humanas. Puede ser reformable, y exige asentimiento y obediencia
en grados diversos. A su vez, puede ser:
1. Magisterio episcopal ordinario: es el de cada obispo en su diócesis,
a la que gobierna por derecho divino. Su enseñanza obliga
en su diócesis, y exige de los cristianos docilidad y obediencia.
2. Magisterio papal ordinario: tanto en sus manifestaciones orales
como escritas (principalmente las encíclicas), exige aceptación
rendida por parte de todos los cristianos.
FINES DEL MAGISTERIO
Se pueden concretar en los siguientes:
1.º Hace presente y viva la Palabra de Dios
Por un lado, la Iglesia envía predicadores a todos los sitios
posibles, para que los hombres puedan conocer la doctrina de Cristo.
Por otro lado, "saca de su tesoro cosas nuevas y viejas"
aplicando el Evangelio a las necesidades de los hombres de cada
época.
2.º Conserva y custodia el depósito de la fe
La Iglesia guarda íntegra la doctrina de Cristo, sin quitar
nada ni añadir nada, y sin dejar que nada caiga en el olvido.
Otro modo de defenderla es responder a las dificultades que se
le ponen, condenar los errores o indicar las desviaciones que se
puedan dar.
LA INFALIBILIDAD
La Iglesia no puede equivocarse en materia de fe y moral. Esta
infalibilidad compete al conjunto de la Iglesia porque es Dios mismo
quien la asiste en estas cuestiones. La Iglesia tiene un elemento
divino, que es el que la preserva del error en las cuestiones importantes.
Infalibilidad no quiere decir que la Iglesia pueda añadir
nuevas verdades o nuevas revelaciones a la doctrina de Cristo, sino
que cuando enseña esta doctrina lo hace sin error. Tampoco
quiere decir que conozca perfectamente toda la verdad, sino que
no puede equivocarse cuando enseña la fe y la moral.
Toda la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, goza de
la infalibilidad. Esta realidad se llama "sentido de la fe",
y es como un sentido común de los fieles, que posee la Iglesia
en conjunto como un don divino. Esto es lo que podríamos
llamar infalibilidad pasiva.
"La totalidad de los fieles que tienen la unción del
Espíritu Santo no puede equivocarse cuando cree y esta prerrogativa
peculiar suya la manifiesta mediante el sobrenatural sentido de
la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos
fieles laicos expresan su asentimiento universal en cosas de fe
y de costumbres."
(LG, 12)
El ejercicio activo de la infalibilidad compete principalmente
a la jerarquía eclesiástica, es decir, al Papa y a
los obispos en comunión con el Romano Pontífice. En
cualquiera de sus formas, la infalibilidad responde a la promesa
del Señor a los suyos: "quien a vosotros escucha a mí
me escucha; y a quien a vosotros rechaza a mí me rechaza"
(Lc. 10, 16) Tales palabras no tendrían sentido si Dios no
preservase de error a su Iglesia, pues entonces ésta no sería
la guardiana de la verdad.
Infalibilidad del Romano Pontífice
El Papa es el sucesor de Pedro, y, como Vicario de Cristo en la
tierra, tiene una misión importantísima en la enseñanza
de la fe y las costumbres. Es lógico que Dios lo ayude de
manera especial en su difícil misión. El Papa goza
de la infalibilidad. Esto no quiere decir que todo lo que dice el
Romano Pontífice goce de este don, sino que cuando "proclama
de manera definitiva la doctrina de fe y costumbres", actuando
como Supremo Pastor y doctor de todos los fieles, entonces sus definiciones
son irreformables por sí mismas (cf. LG, 25) Estas definiciones
no necesitan el consentimiento del resto de los obispos o de los
fieles y no pueden ser objeto de apelación a otro tribunal.
Esto es así porque "han sido proclamadas bajo la asistencia
del Espíritu Santo" (LG, 25)
Estas definiciones del Papa se llaman ex cathedra, y deben tener
las siguientes condiciones:
1.º Actuar el Papa como Pastor y Doctor de todos los fieles.
Por lo tanto no será infalible cuando se dirige sólo
a una parte de ellos o actúa a título personal.
2.º Que tenga intención de definir una verdad como
objeto de fe. Para ello suelen usarse algunas determinadas expresiones
como "definición de esta doctrina para ser sostenida
por todos,, o similares.
La infalibilidad del Colegio Episcopal
El conjunto de los obispos unidos al Romano Pontífice forman
un cuerpo o Colegio, que goza también de la gracia de la
infalibilidad. La pueden ejercer unidos en concilios o dispersos
por el mundo. Para que se dé la infalibilidad es necesaria
la aceptación y la proclamación por el Santo Padre.
Esta infalibilidad tiene dos cauces:
a) Magisterio episcopal universal
"Aunque cada uno de los obispos no goce de por sí de
la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando
dispersos por el orbe, pero manteniendo el vínculo de comunión
entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente
en materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha
de ser sostenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente
la doctrina de Cristo" (LG, 25)
b) El Concilio ecuménico
Cuando los obispos se reúnen en concilio, su palabra tiene
aún más fuerza que en el caso anterior. Son maestros
de fe y costumbres. Cuando definen alguna verdad hay que considerara
como de fe.
El Concilio no está sobre el Romano Pontífice, pues
necesita ser convocado y aprobado por él. Las herejías
conciliaristas del tiempo del Cisma de Occidente negaban este punto,
y por eso fueron ocasión de desunión en vez de serio
de unión.
FE Y HEREJIA
Las enseñanzas de la Iglesia deben recibirse con fe. Dar
fe es aceptar como verdadero lo que se conoce gracias al testimonio
o enseñanza del que sabe, en este caso Dios mismo por medio
de Jesucristo. La certeza que proporciona la fe depende de la certeza
del que enseña. La fe cristiana tendrá entonces una
certeza total. El camino por el que Dios hace que llegue su palabra
a los hombres es la Iglesia. El que cree en la enseñanza
de la Iglesia cree en Jesucristo. El que la rechaza, rechaza la
verdad del Señor.
Cuando la Iglesia enseña algo como dogmático se le
debe una adhesión plena, no por la fuerza de los argumentos,
sino porque tiene la ayuda de Dios. Si se rechaza la enseñanza
dogmática se incurre en herejía. Conviene distinguir
herejía de error o ignorancia. Sólo hay herejía
cuando se es consciente de que hay oposición a la doctrina
de la Iglesia y no se quiere rectificar este error.
La herejía es un gravísimo pecado que separa de Dios
y de la Iglesia. Esto es así tanto cuando existe una condena
de la Iglesia, como cuando queda sólo en la conciencia, pues
imposibilita la unión con Dios y la comunión viva
con los demás miembros de la Iglesia.
Cuando la enseñanza de la Iglesia no es dogmática,
se le debe prestar obediencia, atención y estudio, aunque
cabe que en algunos casos se piense de otra manera. De todas maneras,
la autoridad del Magisterio ordinario de la Iglesia es muy superior,
en general, al de los demás, sean teólogos o simples
fieles. Sería una muestra de mala voluntad poner a la misma
altura el Magisterio ordinario de los obispos o del Papa con las
teorías del último escritor de moda.
FE Y TEOLOGOS
El estudio de la teología es de gran importancia en la Iglesia.
Su papel es complementario al de los Pastores de la Iglesia. Mediante
la investigación teológico, guiada por la fe viva,
deben enseñar con profundidad la doctrina de la Iglesia con
fidelidad a la Palabra de Dios. Esto es especialmente importante
en un tiempo en el que la extensión de todos los estudios
requiere una preparación muy cuidadosa. En la historia de
la Iglesia ha sido fecundísima la aportación de muchísimos
teólogos: Santo Tomás de Aquino, San Agustín,
San Alberto Magno, San Buenaventura y muchos más. En muchos
terrenos de la ciencia y de la cultura han ocupado y ocupan lugares
de primerísima fila.
No conviene olvidar, sin embargo, que los teólogos no tienen
más autoridad que los obispos, aunque hayan realizado muchos
estudios. En el origen de algunas herejías están uno
o varios teólogos que han preferido sus propios juicios al
Magisterio de la Iglesia y se han equivocado.
EVOLUCION DEL DOGMA A LO LARGO DE LA HISTORIA
Las verdades creídas por la Iglesia en el siglo XX son sustancialmente
las mismas que en la Iglesia del siglo 1. La Revelación divina
terminó con la muerte del último Apóstol. A
lo largo de estos veinte siglos la Iglesia ha custodiado y transmitido
fielmente el "depósito de la fe".
Sería un error pensar que la fe de la Iglesia está
sujeta a las mismas leyes de cambio y evolución que las ciencias
humanas. Las verdades de la fe tienen su origen en Dios que las
reveló para que se salven los hombres de todos los tiempos.
Ahora bien, esto no quiere decir que el conocimiento de la verdad
divina o su exposición no pueda progresar en la Iglesia.
De hecho, en el transcurso de los siglos se ha ido dando una exposición
cada vez más clara, explícita y precisa de la fe,
y una comprensión más profunda y más exacta
por parte de los creyentes.
El criterio para saber si el progreso es verdadero o falso está
en la homogeneidad, es decir, en la continuidad. Las nuevas formulaciones
deben respetar los dogmas de la fe expresándoles "en
el mismo sentido y en la misma sentencia", aunque profundicen
más en algún aspecto.
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VOCABULARIO
Doctrina cristiana:
Exposición sistemática de todas las verdades
que se han de creer.
Pre-símbolos:
Fórmulas muy breves que compendiaban algunas
de las verdades de fe.
Símbolo: Formulario
de la fe, p. ej.: El símbolo de los Apóstoles.
Catecismo: Libro doctrinal
breve que expone de modo completo toda la doctrina cristiana.
Necesitan la aprobación de los obispos y de la
Santa Sede.
Tradición: Conjunto
de doctrina y reglas de vida transmitidas de modo oral
desde Cristo y los Apóstoles. Tiene la asistencia
del Espíritu Santo para que se transmita sin
error.
Dogma: Verdad revelada
por Dios y propuesta por la Iglesia a la creencia de
los fieles.
Romano Pontífice:
Es el sucesor de San 'Pedro en la cátedra de
Roma, Vicario de Jesucristo y cabeza visible de la Iglesia.
Obispos: Son los pastores
de los fieles, puestos por el Espíritu Santo
para gobernar la Iglesia de Dios en las sedes que se
les encomiendan, con dependencia del Romano Pontífice.
Revelación: Es
la manifestación de Dios, bien a través
de las cosas creadas (se tendría la revelación
natural) o bien mediante su palabra o hechos aceptados
por la fe (se tiene entonces la Revelación sobrenatural)
Jerarquía: Término
procedente del griego. Significa el orden sagrado de
las cosas o de las personas. En un sentido amplio señala
la ordenación de los servicios o ministerios
de la Iglesia en diversos grados, subordinados unos
a otros. Estrictamente. Jerarquía de la Iglesia
son el Papa y los obispos en comunión con él.
En el sentido tradicional de la palabra, llamamos a
la Iglesia Pueblo jerarquizado no refiriéndonos
a un orden estático de dignidades y de funciones,
sino a que en todo el cuerpo de los fieles la vida se
comunica de unos miembros a otros, teniendo cada uno
su función y ordenada responsabilidad (cve, p.
421)
Colegio episcopal: Así
como, por disposición del Señor, San Pedro
y los demás Apóstoles forman un solo Colegio
apostólico, de modo análogo se unen entre
sí e! Papa, sucesor de Pedro y los obispos, sucesores
de los Apóstoles. Se llama colegialidad episcopal
a la responsabilidad en común y a la cooperación
activa de todos los obispos con el Papa en la tarea
de apacentar al Pueblo de Dios (ibíd.)
Concilio: Asamblea o
reunión extraordinaria de obispos en comunión
con el Papa o con su aprobación, a fin de decidir
en común sobre problemas transcendentales para
la Iglesia dentro de una región, de un país,
de un continente o del mundo entero (ibíd.)
Concilio ecuménico:
Es la asamblea universal de Obispos, unidos entre sí
y unidos al Papa, el cual la preside por sí mismo
o mediante delegados (ibíd.)
Magisterio: Quiere decir
la función que tiene la Iglesia, y especialmente
su jerarquía, de anunciar perpetuamente la Palabra
de Dios en su nombre. De ahí la necesidad que
tiene de escuchar, custodiar, explicar e interpretar
fielmente, con la asistencia del Espíritu Santo,
esa palabra de Dios (ibíd.)
Conferencia episcopal:
Es el conjunto de los obispos de una nación o
territorio que, de manera ordinaria, ejercen corresponsablemente
su cargo pastoral y promueven en una nación o
territorio el mejor servicio de la Iglesia. Se llaman
Asambleas Plenarias a las reuniones celebradas por todos
los obispos que pertenecen a una Conferencia Episcopal
(ibíd.)
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Los apóstoles y sus sucesores, transmisores
del Evangelio
Dios quiso que lo que había revelado para salvación
de todos los pueblos, se conservara por siempre íntegro y
fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo nuestro Señor,
plenitud de la Revelación (cf. 2Cor. 1, 20 y 3,16-/ cf. 4,
6), mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres
el Evangelio como fuente de toda verdad salvadera y de toda norma
de conducta, comunicándoles así los bienes divinos;
el Evangelio prometido por los profetas, que El mismo cumplió
y promulgó con su boca. Este mandato se cumplió fielmente,
pues los Apóstoles con su predicación, sus ejemplos,
sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían
aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu
Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles
y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje
de la salvación inspirados por el Espíritu Santo.
Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en
la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los
obispos, dejándoles su cargo en el Magisterio. Esta Tradición,
con la Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en que la Iglesia
peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día
en que llegue a verlo cara a cara, como Él es (cf. Jn. 3,
2) (D. V. 7)
Lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran
pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol
Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, debe necesariamente
durar siempre por obra del mismo Señor en la Iglesia que,
fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación
de los siglos. -Nadie duda, antes bien, todos los siglos saben que
el santo y beatísimo Pedro, príncipe y cabeza de los
Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica,
recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor
Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano; y, hasta
el tiempo presente y siempre, sigue viviendo y preside y ejerce
el juicio en sus sucesores", los obispos de la Santa Sede Romana,
por El fundada y consagrada por su sangre. De donde se sigue que
quienquiera sucede a Pedro en esta cátedra, ése, según
la institución de Cristo mismo, recibe el primado de Pedro
sobre toda la Iglesia. "Permanece, pues, la disposición
de la verdad, y el bienaventurado Pedro, permaneciendo en la fortaleza
de piedra que recibiera no abandona el timón de la Iglesia
que una vez empuñara."
Por esta causa, fue "siempre necesario que" a esta Romana
Iglesia, "por su más poderosa principalidad, se uniera
toda la Iglesia, es decir, cuantos fieles hay, de dondequiera que
sean", a fin de que en aquella Sede de la que dimanan todos
-los derechos de la venerable comunión", unidos como
miembros en su cabeza, se trabaran en un solo cuerpo.
Si alguno dijere que no es de institución de Cristo mismo,
es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos
sucesores en el primado sobre la Iglesia universal: o que el Romano
Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo
primado, sea anatema.
(Conc. Vat. 1. Const. Pastor aeternus)
Mutua relación entre Tradición
y Escritura.
La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas
y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal,
corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la palabra de
Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu
Santo. La Tradición recibe la Palabra de Dios, encomendada
por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y
la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados
por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y
la difundan fielmente en su predicación. Por eso la Iglesia
no saca exclusivamente de la Escritura la certeza acerca de todo
lo revelado. Y así ambas se han de recibir y respetar con
el mismo espíritu de devoción (DV, g)
Y, en efecto, la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha
sido propuesta como un descubrimiento filosófico que deba
ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino confiada a la Esposa
de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada
e infaliblemente declarada. En consecuencia, también hay
que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas
que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás
hay que apartarse de ese sentido bajo pretexto en nombre de una
más y profunda inteligencia. "Crezca, pues, y mucho
e intensamente progrese la inteligencia, ciencia y sabiduría
de todos y de cada uno, ora de cada hombre particular, ora de toda
la Iglesia universal, según la etapa propia de cada época
y de cada tiempo; pero solamente en su propio género, es
decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia..
Conc. Vat. 1. Const. Pastor aeternus
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