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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

6. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE

  La enseñanza de Jesucristo
  La enseñanza de la Iglesia
  El depósito de la Revelación
  La Tradición
  La Sagrada Escritura
  Formulaciones de la fe
  El Magisterio
  Fines del Magisterio
  La Infalibilidad
  Infalibilidad del Romano Pontífice
  Infalibilidad del colegio episcopal
  Fe y herejía
  Fe y teólogos
 

Evolución del dogma a lo largo de la historia





LA ENSEÑANZA DE JESUCRISTO

Jesucristo pide fe a los que le siguen: que crean en El y en lo que El les dice. Creer en Jesús y Creer a Jesús será el primer elemento esencial que les unirá a El y, en consecuencia, les aglutinará entre sí. Hasta el punto de que se llamarán discípulos ("los que aprenden") de Jesús, a quien a su vez llamarán "rabbí", maestro.

Las últimas palabras de Jesús a los discípulos, antes de subir a los cielos, son un mandato a continuar su enseñanza viva: "Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu

Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt. 28, 19-20) En estas palabras se resume la enseñanza que debe perpetuar la Iglesia: una sola fe, unas costumbres santas y unos sacramentos que dan las fuerzas para ser fiel.

En Pedro se concentra al máximo la misión de enseñar la fe, sin posibilidad de error: "Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no desfallezca y tú, a tu vez, una vez convertido, confirma a tus hermanos" (Lc. 22, 32) Jesucristo garantiza que la verdad que enseñó a los primeros discípulos será la misma para los discípulos que vengan después. Por una parte estará con los suyos, por otra parte ruega por Pedro, cabeza de la Iglesia, para que sea fuerte en la fe. Además, envía al Espíritu Santo para que asista a los cristianos en esta tarea tan importante.


LA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA

Los Apóstoles cumplieron el mandato de predicar, que Cristo les había dado. Sus sucesores continuaron esta misión. A lo largo de veinte siglos de Cristianismo, ésta ha sido una faceta importantísima de la actividad de la Iglesia: enseñar las verdades necesarias para salvarse, consecuencia de la misión profético o de enseñanza de Cristo, que es cabeza de la Iglesia.

Al observar las instituciones humanas, es fácil ver cómo, a lo largo de los siglos, van cambiando y perdiendo las ideas originales. Esto es natural y ley de vida. Pero lo admirable de la Iglesia es que, al cabo de veinte siglos, continúa enseñando la misma Doctrina de Jesucristo. De este modo la fe de un cristiano del siglo XX es la misma que la de los Apóstoles.

La explicación de este hecho no se puede encontrar sólo en razones humanas. Dios no podía permitir que la verdadera Iglesia enseñara cosas falsas. Por ello, el Espíritu Santo tiene la misión especialísima de ayudar a los cristianos en este punto tan vital.

Así lo dijo Jesús a los Apóstoles cuando les prometió que enviaría el Espíritu Santo tras su marcha: "Cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hasta la verdad completa" (Jn. 16, 13) La enseñanza de Jesucristo se produjo durante tres años, la asistencia del Espíritu Santo la hace perenne por los siglos, a pesar de la flaqueza de los hombres: "Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho" (Jn. 14, 26)


EL DEPOSITO DE LA REVELACION

Los Apóstoles cumplieron el mandato de Cristo y predicaron en muchos lugares la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador. Los primeros cristianos también cumplieron este mandato y de esta manera la verdad de Jesús ha ido llegando a los hombres, que la han ido transmitiendo de generación en generación. Los Apóstoles indican a sus discípulos que conserven las tradiciones aprendidas. Al poner por escrito parte de la predicación apostólica surgió el Nuevo Testamento.

Dos son los modos como llegan las verdades reveladas a los hombres: la Tradición y la Sagrada Escritura. Ambos modos se complementan y están estrechamente unidos.

La Tradición

En un sentido general, se entiende por tradición el conjunto de conocimientos que una generación transmite a otra. Dios quiso que la palabra de Jesús llegase íntegra y sin deformaciones a todas las generaciones. Además convenía que llegase viva, es decir, aplicable a las circunstancias de cada generación. Esta transmisión viva e íntegra no sería posible si Dios no ayudara de manera especial a la Iglesia. La ayuda que Dios presta a la Iglesia la realiza el Espíritu Santo y se llama asistencia.

Los Apóstoles, para que se conservara siempre vivo y entero el Evangelio en la Iglesia, nombraron como sucesores suyos a los obispos, dejándoles a su cargo el Magisterio. El Espíritu Santo asiste de manera especial a los obispos para que puedan realizar su misión. Con estas ayudas, toda la Iglesia crece en la comprensión de los misterios divinos. El Concilio Vaticano 1 ha expresado así esta doctrina: "Esta revelación sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal declarada por el santo Concilio de Trento, se contiene en los libros escritos y en las tradiciones no escritas que, recibidas por los Apóstoles de boca del mismo Cristo o por los mismos Apóstoles bajo la inspiración del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros transmitidas como de mano en mano" (Del Filius, Denz. 1787)

La Tradición se dice "no escrita", no en cuanto no se contiene en ninguna obra, sino en cuanto no ha sido escrita por inspiración divina; los principales instrumentos por los que se ha conservado la Tradición divina son las profesiones de la fe, la sagrada liturgia, los escritos de los Padres, las Actas de los mártires, la práctica de la Iglesia y los monumentos arqueológicos.

Los criterios para saber si determinada doctrina pertenece o no a la verdadera Tradición oral son principalmente los siguientes:

1. Coincidencia con el Magisterio ordinario de la Iglesia extendida por todo el orbe.

2. Consentimiento moralmente unánime de los Santos Padres, testigos de la Tradición.

Conviene aclarar que se llama Santos Padres a aquellos autores de los primeros siglos de la Iglesia que, por su proximidad a los orígenes y santidad, tienen mayor autoridad. Para que un escritor eclesiástico pueda ser considerado Padre de la Iglesia, debe reunir cuatro requisitos: doctrina eminente, santidad de vida, antigüedad y reconocimiento por parte de la Iglesia.

Entre las funciones más importantes de la Tradición podemos enumerar las siguientes:

a) Dar a conocer cuáles son los libros inspirados y cuáles no.
b) Predicar de manera viva y actualizada la doctrina de Cristo.
c) Conservar íntegra esta doctrina preservándola del error.

"Las verdades reveladas por Dios para la salvación de todos los pueblos gracias a la bondad divina, se conservaron siempre íntegras y fueron transmitidas a todas las generaciones."
(DV, 7)


La Sagrada Escritura

Dios, al revelar las verdades necesarias para la salvación, ha querido que se consignasen por escrito además de por la Tradición oral. La Sagrada Escritura, unida a la Tradición, nos transmite de modo inmutable la palabra del mismo Dios. El Concilio Vaticano II declara que: "La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo" (DV, 11) Por lo tanto, el modo cómo Dios hace llegar su palabra a los hombres es a través de la Inspiración que el Espíritu Santo realiza a los autores de estos libros. Cada uno de estos autores usa sus talentos y facultades con libertad y según su -modo de ser, pero al estar inspirados por el Espíritu Santo, el autor principal de la Sagrada Escritura es el mismo Dios.

La Sagrada Escritura es fuente principalísima para que la Iglesia pueda formular la fe. Pero nunca se puede aislar de la Tradición, con la que forma un conjunto indisolublemente unido y que es el que contiene el depósito sagrado de la palabra de Dios que posee la Iglesia. Del mismo modo que no se puede prescindir de la Sagrada Escritura, tampoco se puede prescindir de la Tradición, en cuyo seno se ha formado y se entiende aquella.

La divina Revelación está exclusivamente contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición y terminó definitivamente con la muerte del último Apóstol (C. Trento)

Formulaciones de la fe

De la Sagrada Escritura y la Tradición, con una intervención magisterial de la Iglesia, a la que nos referiremos más adelante, muy pronto se sacaron fórmulas muy breves que compendiaban algunas de las principales verdades de la fe. Las más antiguas reciben el nombre de presímbolos.

Cuando estas formulaciones se han desarrollado y completado de modo que expresan la fe de la Iglesia en lo sustancial, se llaman símbolos o credos. Un ejemplo lo constituye el símbolo de Nicea-Constantinopla que se recita algunos días en la Santa Misa.

Esos símbolos son resúmenes de la exposición sistemática de la fe, que constituye el cuerpo de doctrina que debe creer un fiel cristiano. A esto se llama Doctrina cristiana.

Cuando la autoridad de la Iglesia, cumpliendo la misión que Cristo le confió de proponer la verdad revelada, afirma, de modo explícito y definido, una verdad, se llama dogma.

Además de estas formulaciones que se deben aceptar como enseñanzas infalibles, hay otras que no tienen ese carácter:

1. Catecismo. Breves exposiciones para la enseñanza mínima de la fe. Tienen gran importancia. Necesitan de la aprobación de los obispos y de la Santa Sede.

2. Predicación habitual. Es el paso siguiente en la evangelización de los fieles. Tiene una gradación lógica desde el Papa a los sacerdotes. La autoridad eclesiástica concede licencias para que la predicación sea correcta. El predicador habla en nombre de Cristo y debe exponer la doctrina de la Iglesia y no teorías propias.

3. Opinión unánime de los teólogos. Los teólogos no forman parte de la jerarquía como tales, por lo tanto no tienen una ayuda comparable a la de la jerarquía para sus estudios y sus escritos. De todos modos, cuando son unánimes en algún punto, tiene gran valor su opinión, que se llama teológicamente cierta.

4. Cuestiones discutidas. Son aquellas que no afectan directamente a la fe y permiten variadas opiniones. Su validez vendrá de la fuerza de los argumentos de cada opinión. Sería un error considerar cada opinión como doctrina de la Iglesia. Además, se debe tener en cuenta la diferente autoridad de los distintos doctores. Sólo unos pocos han recibido este título oficial de la Iglesia.


EL MAGISTERIO

La Iglesia ha recibido de Cristo el mandato de enseñar a los hombres las verdades necesarias para salvarse. Estas verdades las toma de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Cuando la Iglesia en su Magisterio interpreta la palabra de Dios, su interpretación es auténtica, es decir, tiene idéntico valor que si el mismo Jesús explicase su palabra a los hombres de cada generación. San Vicente de Lerins decía que la misión de la Iglesia en su Magisterio es "cuidar decididamente que mantengamos lo que ha sido creído siempre y en todas partes por todos".

Atendiendo a la autoridad que imparte estas enseñanzas y al grado de asentimiento que exigen, podemos distinguir los siguientes modos de ejercer el Magisterio:

a) Infalible. Carece de error y lleva consigo una exigencia absoluta de fe por parte de los católicos. Son infalibles:

1. El Magisterio episcopal universal: es el ejercido por el conjunto de los obispos, en comunión con el Papa.

2. El Magisterio extraordinario y solemne: viene propuesto y ejercido por dos fuentes distintas: el Concilio ecuménico con el Papa, o bien el Papa solo, cuando habla ex cathedra.

b) Ordinario. Responde a la necesidad, siempre presente, de iluminar con la doctrina de Cristo las distintas situaciones humanas. Puede ser reformable, y exige asentimiento y obediencia en grados diversos. A su vez, puede ser:

1. Magisterio episcopal ordinario: es el de cada obispo en su diócesis, a la que gobierna por derecho divino. Su enseñanza obliga en su diócesis, y exige de los cristianos docilidad y obediencia.

2. Magisterio papal ordinario: tanto en sus manifestaciones orales como escritas (principalmente las encíclicas), exige aceptación rendida por parte de todos los cristianos.


FINES DEL MAGISTERIO

Se pueden concretar en los siguientes:


1.º Hace presente y viva la Palabra de Dios

Por un lado, la Iglesia envía predicadores a todos los sitios posibles, para que los hombres puedan conocer la doctrina de Cristo. Por otro lado, "saca de su tesoro cosas nuevas y viejas" aplicando el Evangelio a las necesidades de los hombres de cada época.

2.º Conserva y custodia el depósito de la fe

La Iglesia guarda íntegra la doctrina de Cristo, sin quitar nada ni añadir nada, y sin dejar que nada caiga en el olvido.

Otro modo de defenderla es responder a las dificultades que se le ponen, condenar los errores o indicar las desviaciones que se puedan dar.


LA INFALIBILIDAD

La Iglesia no puede equivocarse en materia de fe y moral. Esta infalibilidad compete al conjunto de la Iglesia porque es Dios mismo quien la asiste en estas cuestiones. La Iglesia tiene un elemento divino, que es el que la preserva del error en las cuestiones importantes.

Infalibilidad no quiere decir que la Iglesia pueda añadir nuevas verdades o nuevas revelaciones a la doctrina de Cristo, sino que cuando enseña esta doctrina lo hace sin error. Tampoco quiere decir que conozca perfectamente toda la verdad, sino que no puede equivocarse cuando enseña la fe y la moral.

Toda la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, goza de la infalibilidad. Esta realidad se llama "sentido de la fe", y es como un sentido común de los fieles, que posee la Iglesia en conjunto como un don divino. Esto es lo que podríamos llamar infalibilidad pasiva.

"La totalidad de los fieles que tienen la unción del Espíritu Santo no puede equivocarse cuando cree y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sobrenatural sentido de la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos hasta los últimos fieles laicos expresan su asentimiento universal en cosas de fe y de costumbres."
(LG, 12)

El ejercicio activo de la infalibilidad compete principalmente a la jerarquía eclesiástica, es decir, al Papa y a los obispos en comunión con el Romano Pontífice. En cualquiera de sus formas, la infalibilidad responde a la promesa del Señor a los suyos: "quien a vosotros escucha a mí me escucha; y a quien a vosotros rechaza a mí me rechaza" (Lc. 10, 16) Tales palabras no tendrían sentido si Dios no preservase de error a su Iglesia, pues entonces ésta no sería la guardiana de la verdad.

Infalibilidad del Romano Pontífice

El Papa es el sucesor de Pedro, y, como Vicario de Cristo en la tierra, tiene una misión importantísima en la enseñanza de la fe y las costumbres. Es lógico que Dios lo ayude de manera especial en su difícil misión. El Papa goza de la infalibilidad. Esto no quiere decir que todo lo que dice el Romano Pontífice goce de este don, sino que cuando "proclama de manera definitiva la doctrina de fe y costumbres", actuando como Supremo Pastor y doctor de todos los fieles, entonces sus definiciones son irreformables por sí mismas (cf. LG, 25) Estas definiciones no necesitan el consentimiento del resto de los obispos o de los fieles y no pueden ser objeto de apelación a otro tribunal. Esto es así porque "han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo" (LG, 25)

Estas definiciones del Papa se llaman ex cathedra, y deben tener las siguientes condiciones:

1.º Actuar el Papa como Pastor y Doctor de todos los fieles. Por lo tanto no será infalible cuando se dirige sólo a una parte de ellos o actúa a título personal.

2.º Que tenga intención de definir una verdad como objeto de fe. Para ello suelen usarse algunas determinadas expresiones como "definición de esta doctrina para ser sostenida por todos,, o similares.

La infalibilidad del Colegio Episcopal

El conjunto de los obispos unidos al Romano Pontífice forman un cuerpo o Colegio, que goza también de la gracia de la infalibilidad. La pueden ejercer unidos en concilios o dispersos por el mundo. Para que se dé la infalibilidad es necesaria la aceptación y la proclamación por el Santo Padre. Esta infalibilidad tiene dos cauces:

a) Magisterio episcopal universal

"Aunque cada uno de los obispos no goce de por sí de la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser sostenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo" (LG, 25)

b) El Concilio ecuménico

Cuando los obispos se reúnen en concilio, su palabra tiene aún más fuerza que en el caso anterior. Son maestros de fe y costumbres. Cuando definen alguna verdad hay que considerara como de fe.

El Concilio no está sobre el Romano Pontífice, pues necesita ser convocado y aprobado por él. Las herejías conciliaristas del tiempo del Cisma de Occidente negaban este punto, y por eso fueron ocasión de desunión en vez de serio de unión.


FE Y HEREJIA

Las enseñanzas de la Iglesia deben recibirse con fe. Dar fe es aceptar como verdadero lo que se conoce gracias al testimonio o enseñanza del que sabe, en este caso Dios mismo por medio de Jesucristo. La certeza que proporciona la fe depende de la certeza del que enseña. La fe cristiana tendrá entonces una certeza total. El camino por el que Dios hace que llegue su palabra a los hombres es la Iglesia. El que cree en la enseñanza de la Iglesia cree en Jesucristo. El que la rechaza, rechaza la verdad del Señor.

Cuando la Iglesia enseña algo como dogmático se le debe una adhesión plena, no por la fuerza de los argumentos, sino porque tiene la ayuda de Dios. Si se rechaza la enseñanza dogmática se incurre en herejía. Conviene distinguir herejía de error o ignorancia. Sólo hay herejía cuando se es consciente de que hay oposición a la doctrina de la Iglesia y no se quiere rectificar este error.

La herejía es un gravísimo pecado que separa de Dios y de la Iglesia. Esto es así tanto cuando existe una condena de la Iglesia, como cuando queda sólo en la conciencia, pues imposibilita la unión con Dios y la comunión viva con los demás miembros de la Iglesia.

Cuando la enseñanza de la Iglesia no es dogmática, se le debe prestar obediencia, atención y estudio, aunque cabe que en algunos casos se piense de otra manera. De todas maneras, la autoridad del Magisterio ordinario de la Iglesia es muy superior, en general, al de los demás, sean teólogos o simples fieles. Sería una muestra de mala voluntad poner a la misma altura el Magisterio ordinario de los obispos o del Papa con las teorías del último escritor de moda.


FE Y TEOLOGOS

El estudio de la teología es de gran importancia en la Iglesia. Su papel es complementario al de los Pastores de la Iglesia. Mediante la investigación teológico, guiada por la fe viva, deben enseñar con profundidad la doctrina de la Iglesia con fidelidad a la Palabra de Dios. Esto es especialmente importante en un tiempo en el que la extensión de todos los estudios requiere una preparación muy cuidadosa. En la historia de la Iglesia ha sido fecundísima la aportación de muchísimos teólogos: Santo Tomás de Aquino, San Agustín, San Alberto Magno, San Buenaventura y muchos más. En muchos terrenos de la ciencia y de la cultura han ocupado y ocupan lugares de primerísima fila.

No conviene olvidar, sin embargo, que los teólogos no tienen más autoridad que los obispos, aunque hayan realizado muchos estudios. En el origen de algunas herejías están uno o varios teólogos que han preferido sus propios juicios al Magisterio de la Iglesia y se han equivocado.


EVOLUCION DEL DOGMA A LO LARGO DE LA HISTORIA

Las verdades creídas por la Iglesia en el siglo XX son sustancialmente las mismas que en la Iglesia del siglo 1. La Revelación divina terminó con la muerte del último Apóstol. A lo largo de estos veinte siglos la Iglesia ha custodiado y transmitido fielmente el "depósito de la fe".

Sería un error pensar que la fe de la Iglesia está sujeta a las mismas leyes de cambio y evolución que las ciencias humanas. Las verdades de la fe tienen su origen en Dios que las reveló para que se salven los hombres de todos los tiempos. Ahora bien, esto no quiere decir que el conocimiento de la verdad divina o su exposición no pueda progresar en la Iglesia. De hecho, en el transcurso de los siglos se ha ido dando una exposición cada vez más clara, explícita y precisa de la fe, y una comprensión más profunda y más exacta por parte de los creyentes.

El criterio para saber si el progreso es verdadero o falso está en la homogeneidad, es decir, en la continuidad. Las nuevas formulaciones deben respetar los dogmas de la fe expresándoles "en el mismo sentido y en la misma sentencia", aunque profundicen más en algún aspecto.

VOCABULARIO

Doctrina cristiana: Exposición sistemática de todas las verdades que se han de creer.

Pre-símbolos: Fórmulas muy breves que compendiaban algunas de las verdades de fe.

Símbolo: Formulario de la fe, p. ej.: El símbolo de los Apóstoles.

Catecismo: Libro doctrinal breve que expone de modo completo toda la doctrina cristiana. Necesitan la aprobación de los obispos y de la Santa Sede.

Tradición: Conjunto de doctrina y reglas de vida transmitidas de modo oral desde Cristo y los Apóstoles. Tiene la asistencia del Espíritu Santo para que se transmita sin error.

Dogma: Verdad revelada por Dios y propuesta por la Iglesia a la creencia de los fieles.

Romano Pontífice: Es el sucesor de San 'Pedro en la cátedra de Roma, Vicario de Jesucristo y cabeza visible de la Iglesia.

Obispos: Son los pastores de los fieles, puestos por el Espíritu Santo para gobernar la Iglesia de Dios en las sedes que se les encomiendan, con dependencia del Romano Pontífice.

Revelación: Es la manifestación de Dios, bien a través de las cosas creadas (se tendría la revelación natural) o bien mediante su palabra o hechos aceptados por la fe (se tiene entonces la Revelación sobrenatural)

Jerarquía: Término procedente del griego. Significa el orden sagrado de las cosas o de las personas. En un sentido amplio señala la ordenación de los servicios o ministerios de la Iglesia en diversos grados, subordinados unos a otros. Estrictamente. Jerarquía de la Iglesia son el Papa y los obispos en comunión con él. En el sentido tradicional de la palabra, llamamos a la Iglesia Pueblo jerarquizado no refiriéndonos a un orden estático de dignidades y de funciones, sino a que en todo el cuerpo de los fieles la vida se comunica de unos miembros a otros, teniendo cada uno su función y ordenada responsabilidad (cve, p. 421)

Colegio episcopal: Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio apostólico, de modo análogo se unen entre sí e! Papa, sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los Apóstoles. Se llama colegialidad episcopal a la responsabilidad en común y a la cooperación activa de todos los obispos con el Papa en la tarea de apacentar al Pueblo de Dios (ibíd.)

Concilio: Asamblea o reunión extraordinaria de obispos en comunión con el Papa o con su aprobación, a fin de decidir en común sobre problemas transcendentales para la Iglesia dentro de una región, de un país, de un continente o del mundo entero (ibíd.)

Concilio ecuménico: Es la asamblea universal de Obispos, unidos entre sí y unidos al Papa, el cual la preside por sí mismo o mediante delegados (ibíd.)

Magisterio: Quiere decir la función que tiene la Iglesia, y especialmente su jerarquía, de anunciar perpetuamente la Palabra de Dios en su nombre. De ahí la necesidad que tiene de escuchar, custodiar, explicar e interpretar fielmente, con la asistencia del Espíritu Santo, esa palabra de Dios (ibíd.)

Conferencia episcopal: Es el conjunto de los obispos de una nación o territorio que, de manera ordinaria, ejercen corresponsablemente su cargo pastoral y promueven en una nación o territorio el mejor servicio de la Iglesia. Se llaman Asambleas Plenarias a las reuniones celebradas por todos los obispos que pertenecen a una Conferencia Episcopal (ibíd.)



Los apóstoles y sus sucesores, transmisores del Evangelio

Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos, se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo nuestro Señor, plenitud de la Revelación (cf. 2Cor. 1, 20 y 3,16-/ cf. 4, 6), mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadera y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos; el Evangelio prometido por los profetas, que El mismo cumplió y promulgó con su boca. Este mandato se cumplió fielmente, pues los Apóstoles con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo.

Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, dejándoles su cargo en el Magisterio. Esta Tradición, con la Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como Él es (cf. Jn. 3, 2) (D. V. 7)

Lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, debe necesariamente durar siempre por obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos. -Nadie duda, antes bien, todos los siglos saben que el santo y beatísimo Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano; y, hasta el tiempo presente y siempre, sigue viviendo y preside y ejerce el juicio en sus sucesores", los obispos de la Santa Sede Romana, por El fundada y consagrada por su sangre. De donde se sigue que quienquiera sucede a Pedro en esta cátedra, ése, según la institución de Cristo mismo, recibe el primado de Pedro sobre toda la Iglesia. "Permanece, pues, la disposición de la verdad, y el bienaventurado Pedro, permaneciendo en la fortaleza de piedra que recibiera no abandona el timón de la Iglesia que una vez empuñara."

Por esta causa, fue "siempre necesario que" a esta Romana Iglesia, "por su más poderosa principalidad, se uniera toda la Iglesia, es decir, cuantos fieles hay, de dondequiera que sean", a fin de que en aquella Sede de la que dimanan todos -los derechos de la venerable comunión", unidos como miembros en su cabeza, se trabaran en un solo cuerpo.

Si alguno dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal: o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema.

(Conc. Vat. 1. Const. Pastor aeternus)

Mutua relación entre Tradición y Escritura.

La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La Tradición recibe la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación. Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza acerca de todo lo revelado. Y así ambas se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción (DV, g)

Y, en efecto, la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un descubrimiento filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino confiada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada. En consecuencia, también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido bajo pretexto en nombre de una más y profunda inteligencia. "Crezca, pues, y mucho e intensamente progrese la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, ora de cada hombre particular, ora de toda la Iglesia universal, según la etapa propia de cada época y de cada tiempo; pero solamente en su propio género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia..

Conc. Vat. 1. Const. Pastor aeternus