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9. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
Actitudes básicas de la existencia cristiana:
fe, esperanza y caridad
La virtud de la fe
La fe es el reconocimiento de Dios en Jesucristo.
La fe es obediencia al Evangelio.
La fe es, a la vez, comunión con la Iglesia.
La fe nos lleva al compromiso total de la vida.
Pecados contra la fe.
La esperanza cristiana
"Cristo, nuestra esperanza"
Lo que esperamos.
Pecados contra la esperanza,
El cristiano y la esperanza.
La virtud de la caridad
El amor a Dios.
El amor al prójimo.
La alegría del cristiano y de la Iglesia
ACTITUDES BASICAS DE LA EXISTENCIA CRISTIANA:
FE, ESPERANZA, CARIDAD
Jesucristo vino al mundo para salvar a todos los hombres.
Después de su Ascensión a los cielos, está
presente en la Iglesia para continuar su obra salvadera.
Durante su vida temporal pidió a los que se encontraron
con El que tuvieran fe. Esto es así porque el inicio de la
nueva vida es la fe; sin fe en la palabra de Jesús no se
aceptaría ni su doctrina ni su Persona.
La fe es la respuesta a la llamada salvadera de Jesús. Sin
embargo, la fe no es un mero acto humano, es también un acto
sobrenatural. Para tener fe es necesaria una ayuda divina interior
al hombre que escucha.
Una vez iniciada la fe, surgirá en el alma una certeza y
una confianza cada vez mayores en lo que se le ha anunciado: es
la esperanza. La fe y la esperanza conducen a amar al testigo que
ha manifestado aquellas verdades y ese nuevo modo de vivir es la
caridad. La fe, la esperanza y la caridad están íntimamente
unidas. Al crecer la caridad o amor a Jesucristo, se producirá
en el hombre una fe más fuerte y una esperanza más
confiada.
Estas virtudes (fuerzas interiores estables) son los medios para
alcanzar la vida eterna. Más aún, hacen posible que
el hombre viva, de algún modo, la vida misma de Dios.
La fe, la esperanza y la caridad constituyen el núcleo de
la respuesta del hombre a Dios, y más en concreto del cristiano
a Jesucristo. Estas tres virtudes se llaman teologales porque tienen
a Dios por objeto.
Por medio de estas tres virtudes se cumplen las palabras de San
Pedro: "nos hizo merced de preciosos y sumos bienes prometidos
para que por ellos os hagáis partícipes de la naturaleza
divina" (2Petr. 1, 4)
La virtud
La repetición de un acto crea en el hombre la disposición
estable para realizar con mayor facilidad dicho acto. Si el acto
es malo esa disposición se llama vicio; si, por el contrario,
el acto es bueno, la disposición se llama virtud.
Virtud es, por tanto, una disposición estable que inclina
al hombre a hacer el bien y evitar el mal.
Cuando el hombre adquiere esa disposición por su propio
esfuerzo repitiendo actos buenos, la virtud así lograda se
llama adquirida o natural.
Pero las potencias naturales del hombre, aun perfeccionadas por
las virtudes naturales, no bastan para que éste pueda actuar
sobrenaturalmente. Es preciso que Dios infunda en el alma unas nuevas
disposiciones, que permitan al hombre adaptar sus potencias naturales
para que puedan hacer actos sobrenaturales. Estas ayudas son: las
virtudes infusas.
prudencia
justicia
naturales morales fortaleza
Virtudes templanza
sobrenaturales fe
o infusas teologales esperanza
caridad
LA VIRTUD DE LA FE
"Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la
fe. Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios,
le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo
libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la
fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda,
junto con el auxilio del Espíritu Santo, que mueve al corazón
y la dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede
a todos gusto en aceptar y creer la verdad. Para que se pueda
comprender cada vez más profundamente la Revelación,
el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con
sus dones."
(DV, 5)
La fe es el reconocimiento de Dios en Jesucristo
La fe es, ante todo, la plena aceptación de Dios. Consiste
en una adhesión del hombre a verdades que superan la capacidad
de su inteligencia, pero que acepta porque se las comunica Dios.
La fe es un don de Dios, pero también es un acto humano
libre. Dios ilumina y eleva al hombre, pero éste debe poner
toda su voluntad en aceptar ese testimonio, y su inteligencia debe
esforzarse para comprender y entender lo más posible.
La fe no es nunca una opinión, sino una certeza que se basa
en la sabiduría y veracidad de Dios. Tampoco es un acto irracional
porque Dios, al revelar, proporciona muchos signos que garantizan
que esa palabra es verdaderamente divina.
"Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí
mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad" (DV, 2)
Por eso, el beneficio más grande que Dios ha concedido a
la mente humana en este mundo es el don de la Revelación.
Si la fe es el asentimiento a la palabra divina conocida por la
Revelación, tiene que ser, por tanto, también la aceptación
de la Palabra divina, el Verbo divino, la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad, que se hizo hombre. La fe en Dios es,
por consiguiente, fe en Cristo. Creer en Jesús es el centro
de nuestra fe, porque si se cree en El se acepta todo el conjunto
de su doctrina. La fe que nos salva es la fe en Jesucristo: "A
la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto,
así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para
que todo el que creyere en El tenga la vida eterna. Porque tanto
amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para
que todo el que crea en El no perezca sino que tenga la vida eterna"
(Jn. 3, 14-16)
La fe es obediencia al Evangelio
El Evangelio contiene la vida, los hechos y las palabras (predicación)
de Jesús.
Dios ha querido que los evangelistas, inspirados por el Espíritu
Santo, consignaran por escrito todo aquello referente a Jesucristo
que sirviera a los hombres de todos los tiempos para creer en Jesús.
"Los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios Sacándolo
de su memoria o del testimonio de los que asistieron desde el principio
y fueron ministros de la palabra, lo escribieron para que conozcamos
la verdad de lo que nos enseñaban" (DV, 19)
"Jesucristo, Palabra hecha carne, "hombre enviado a
los hombres" habla las palabras de Dios y realiza la obra
de la salvación que el Padre le encargó. Por eso,
quien ve a Jesucristo, ve al Padre."
(DV, 4)
La fe es, a la vez, comunión con la Iglesia
Por voluntad de Dios la fe cristiana se da en la Iglesia: "El
que a vosotros oye, a Mí me oye" (Lc. 10-16) La verdad
no ha sido revelada a cada uno de los hombres, sino que Jesús
dio toda su verdad a su Iglesia. Es imposible creer en Dios y en
Cristo, y, sin embargo, no creer en la Iglesia, ya que a ella se
le ha concedido por Dios el privilegio de la infalibilidad para
interpretar auténticamente la palabra de Dios: "El oficio
de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o
escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de
la Iglesia, el cual lo ejerce en nombre de Jesucristo" (DV,
10)
La fe nos lleva al compromiso total de la vida
La fe compromete toda la vida del creyente, porque ilumina la inteligencia,
y ésta dirige toda la actuación del hombre. El Concilio
Vaticano II dice: "Cuando Dios revela hay que prestarle la
obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre
y totalmente a Dios" (DV, 4) Dios ha revelado al hombre su
amor. Este puede aceptarlo o no, pero si lo acepta tiene que aceptarlo
con su ser entero, comprometiendo toda su vida y su actuación
concreta.
Podemos resumir así la actitud que debe tener el creyente
respecto de la fe:
a) Procurar adquirir el conocimiento de la verdad revelada, al
menos de las verdades fundamentales.
b) Confesarla, tanto interior como exteriormente, cuando lo exija
el honor de Dios o el provecho propio o del prójimo.
c) Propagarla en virtud del mandato de Cristo a la Iglesia: "Id
y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc. 16, 15) Todos
los fieles tienen la obligación de ser apóstoles,
es decir, de contribuir a la evangelización del mundo.
d) Preservarla en su corazón, poniéndola al abrigo
de dificultades que fácilmente puedan ser evitadas: lecturas
peligrosas, amistades inconvenientes, etcétera.
e) Asentir dócilmente al Magisterio de la Iglesia, que como
Madre cuida de que no sobrevenga peligro alguno a sus hijos.
Pecados contra la fe
Se quebranta este compromiso de amor: o porque se niegue el hombre
a recibir la fe, o porque una vez recibida la abandone. En el primer
caso tendremos la infidelidad y en el segundo la herejía,
la apostasía y el cisma.
a) Se llama infidelidad a la carencia de fe en un sujeto que no
ha recibido el Bautismo. La infidelidad, si es culpable, una vez
oída la predicación del Evangelio, es decir, estando
suficientemente instruido, es un pecado gravísimo, que según
las palabras de Cristo cierra la puerta del cielo: "El que
no creyere, se condenará" (Mc. 16, 16)
b) Se llama herejía al error voluntario y pertinaz de un
bautizado contra alguna verdad de la fe católica. Es un pecado
muy grave.
c) Apostasía es el abandono total de la fe cristiana. No
se requiere para ser apóstata el pasarse a una religión
no cristiana, basta con abandonar la fe y caer en la incredulidad.
Es pecado gravísimo.
d) Se llama cismático a aquel que rehúsa someterse
al Sumo Pontífice se niega a tener comunicación con
los demás miembros de la Iglesia.
LA ESPERANZA CRISTIANA
"Cristo, nuestra esperanza" (l Tim.
1, 1)
La esperanza del cristiano es, sobre todo, una confianza sin límite
en la promesa de Dios cumplida en Jesucristo. La esperanza es una
fuerza interior que mueve al hombre a desear ardientemente la meta,
que es la vida eterna.
San Pablo, en la primera epístola a Timoteo, llama a Cristo
-nuestra esperanza". Con esto quiere decir que es a Cristo
a quien debemos los méritos sobrenaturales que podemos alcanzar
personalmente y que contamos con su ayuda para poder realizar lo
que su seguimiento nos exige: "Sabed que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo" (Mt. 8, 20)
Pero, además, es la única esperanza, ya que "ningún
otro nombre debajo del cielo es dado a los hombres para salvarnos"
(Act. 4, 12)
El fundamento de la esperanza es la promesa de Cristo y la bondad
de Dios; por eso, la esperanza tiene como nota característica
la certeza de conseguir el fin apoyados en la ayuda de Dios, que
no puede faltar, según las promesas hechas por Jesucristo.
La esperanza adquiere, con la venida de Cristo, un matiz nuevo.
Es la esperanza en la implantación de su reino que se incoa
en la tierra y se perfecciona en el cielo.
Lo que esperamos
El objeto de la esperanza teologal es doble: Dios y los medios
para alcanzarlo.
En primer lugar, es Dios el objeto que esperamos; fuera de El no
hay felicidad posible. La esperanza nos presenta a Dios como el
bien para nosotros. Sabemos que es Dios quien tiene que dar los
medios para alcanzar la felicidad eterna, y es, fiado en su promesa
y no por los propios medios, cómo el hombre va a alcanzar
esta meta de su vida.
Siendo el hombre peregrino por la tierra, un ser esencialmente
débil y sometido al error y al pecado, necesita de una certidumbre
para luchar y vencer en la lucha. Esta certidumbre en la ayuda de
Dios es la que le hace luchar en medio de la incertidumbre que le
da su naturaleza. Por tanto, la virtud de la esperanza es necesaria
para poder salvarse. Es necesario el acto de la virtud de la esperanza
sobre todo en las dificultades que sobrevienen al hombre en la búsqueda
de su felicidad eterna.
Esta virtud es solamente necesaria para el hombre en su condición
de peregrino, ya que ni en el cielo ni en el infierno cabe la esperanza:
unos, porque ya gozan de Dios, y los otros, porque saben que lo
han perdido.
Pecados contra la esperanza
Siendo la esperanza una mezcla de certidumbre por la promesa divina
y de incertidumbre por la debilidad humana, cuando uno de estos
elementos se tenga fuera de los limites que le marca la fe, tendremos
dos formas de pecar contra la esperanza: por no considerar la certidumbre
de la promesa divina -desesperación-, o por no considerar
la incertidumbre de la naturaleza humana -presunción.
El cristiano y la esperanza
El hombre cristiano espera la felicidad definitiva en la otra vida
y confía, sobre todo, en la ayuda de Dios. Pero no por eso
se desentiende de la vida presente. Por el contrario, debe ocuparse
como el que más de las cosas de este mundo: justicia, trabajo,
progreso, etc. El cristiano sabe que el mundo es bueno, porque lo
hizo Dios, aunque no es la meta última para el hombre.
En consecuencia, vivir la esperanza lleva al optimismo, a la alegría,
a la paz interior y al esfuerzo noble por colaborar con Dios en
el perfeccionamiento de la creación. Los problemas y las
dificultades se ven como obstáculos que se han de superar,
como el deportista se enfrenta con el obstáculo que debe
superar para conquistar el triunfo. Incluso la muerte, a la luz
de la esperanza, es para el cristiano no el fin, sino un paso en
el camino.
LA VIRTUD DE LA CARIDAD
El amor a Dios
Dice el Señor en la Escritura Sagrada: "Amarás
al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el
alma y con todas las fuerzas. Estos mandamientos que hoy te doy,
consérvalos en el corazón. Se los repetirás
a tus hijos, hablarás de ellos cuando estés sentado
en tu casa, cuando vayas por la calle, cuando te acuestes y cuando
te levantes" (Deut. 6, 5)
En la Escritura Santa se repite la palabra todo. Y es justo: Dios
es demasiado grande, merece demasiado El de nosotros para que podamos
echarle apenas unas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón.
El, Dios, es un bien infinito y en poseerlo consistirá nuestra
felicidad eterna. Por eso hemos de amarlo sobre todas las cosas.
No sería justo decir: "O Dios o el hombre". Deben
amarse "Dios y el hombre"; pero no se debe amar al hombre
más que a Dios o contra Dios y ni siquiera igual que a Dios.
El amor a Dios es prevalente, pero no exclusivo.
Un ejemplo bonito: La Biblia declara a Jacob santo y amado por
Dios. Lo presenta empleando siete años en conquistar a Raquel
como mujer; "y le parecen pocos aquellos años -tanto
era su amor por ella-" (Gén. 29, 20) Jacob ama a Raquel
con todas sus fuerzas, y con todas sus fuerzas ama a Dios; pero
no por ello ama a Raquel como a Dios, ni a Dios como a Raquel. Ama
a Dios como su Dios, sobre todas las cosas y más que a sí
mismo; ama a Raque¡ como a su mujer sobre todas las otras
mujeres y como a sí mismo. Ama a Dios con amor absoluto y
a Raquel con un amor distinto, que no es contrario al otro ni lo
estorba (cfr. Juan Pablo I, 27-9-78)
El amor al prójimo
La primera consecuencia del amor a Dios es el amor al prójimo.
San Juan es clarísimo en esta afirmación, pues dice:
"El que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que
ame a Dios, a quien no ve" (l Jn. 4, 20)
El amor a Dios y el amor al prójimo, en el Cristianismo,
son como "hermanos gemelos". A algunas personas es fácil
amarlas, a otras es difícil; no nos son simpáticas,
nos han ofendido y hecho mal; sólo si amamos a Dios en serio
podremos llegar a amarlas, en cuanto hijas de Dios y porque El me
lo manda (cfr. Juan Pablo 1, ibíd.)
La raíz del amor al prójimo es porque Dios lo ama,
y el cristiano debe seguir a Dios. Además, Jesucristo nos
dio un motivo más decisivo: el que realiza una acción
buena con los demás, la realiza con el mismo Cristo.
Por eso, después de enumerar algunas de las obras de misericordia
realizadas por los que son juzgados, dice: "lo que hicisteis
con uno de estos hermanos míos más pequeños,
conmigo lo hicisteis" (Mt. 25, 40)
LA ALEGRIA DEL CRISTIANO Y DE LA IGLESIA
La doctrina de Cristo es doctrina de alegría y el permanecer
en su amor es la fuente de la alegría (cfr. Jn. 15, 10)
La alegría de Cristo irrumpe en el mundo con su venida,
y así lo anunciaron los ángeles a los pastores (cfr,
Lc. 2, 10-11) El encuentro con Cristo resucitado a quien creían
muerto definitivamente, llena de alegría a los discípulos
(cfr. Jn. 20, 20), e incluso en medio de las persecuciones mantienen
esa alegría, porque al contemplar la vida de Jesús
se dan cuenta de que el Señor les llama a una dicha grande
superando todas las penalidades de la vida presente. Así
lo dice San Pedro: "Por lo cual os alegráis, aunque
ahora tengáis que entristeceros un poco, en las diversas
tentaciones, para que vuestra fe... aparezca digna de alabanza,
gloria y honor en la revelación de Jesucristo, a quien amáis
sin haberío visto, en quien ahora creéis sin verle,
y os regocijáis con una alegría inefable y gloriosa"
(1 Pe. 1, 6-9)
San Pablo invita constantemente a la alegría: "Alegraos
siempre en el Señor; os lo repito de nuevo, alegraos"
(Fip. 4, 4) Se alegra incluso en sus propios sufrimientos, porque
tienen para él un sentido: "lo que le falta a la Pasión
de Cristo" (Col. 1, 24)
Los Apóstoles sienten la alegría de ir esparciendo
la Buena Nueva, la doctrina salvadera, y así lo manifiestan.
"Os escribo esto, para que vuestra alegría sea colmada"
(l Jn. 1, 4)
A la alegría se opone la tristeza que tiene su origen, o
en la pereza espiritual, o en la soberbia. El cristiano nunca debe
perder la alegría, mientras tiene a Dios consigo: "El
Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
temeré?,, (Sal. 26, l) En efecto, Dios es la fuente de la
alegría y no los bienes exteriores. Cuando se pone la alegría
en algo exterior y esto se pierde, se pierde la alegría.
Sólo el pecado debe producir la tristeza del discípulo,
que pone en Dios el origen de toda su alegría.
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VOCABULARIO
Fe: Ante todo es la
plena aceptación de Dios, tal como El se nos
revela o da a conocer. Esta actitud de fe se caracteriza
por la confianza en Dios y por una adhesión personal
a Cristo, revelador del Padre y Salvador de los hombres.
Aceptar a Cristo 1 quiere decir aceptar su Evangelio,
sus enseñanzas y vivir según su Espíritu,
en comunión con la fe de la Iglesia. (Cve, p.
300)
Esperanza: Es la seguridad
de alcanzar los bienes prometidos por el Señor,
confianza sin límites en la promesa de Dios.
Se apoya en el Señor, que con su Resurrección
ha vencido el pecado y la muerte y que nos da seguridad
en medio de las dificultades y las Pruebas. (ibíd.)
Caridad: Amor. Es el
más excelente de todos los dones de Dios. En
el Nuevo Testamento aparece con especial relieve el
amor con que Dios nos ama. Dios es Amor. Este amor de
Dios se manifiesta en Cristo. El amor y servicio a Cristo
ha de expresarse y concretarse en el amor y servicio
a los hermanos. (ibíd.)
Infieles: Infieles son
los que no tienen el Bautismo ni creen en Jesucristo,
o porque creen y adoran falsas divinidades, como los
idólatras, o porque, aun admitiendo al único
verdadero Dios, no creen en Cristo Mesías, ni
como venido ya en la persona cae Jesucristo ni como
que ha de venir: tales son los mahometanos y otros semejantes.
Herejes: Herejes son
los bautizados que rehúsan con pertinacia creer
alguna verdad revelada por Dios y enseñada como
de fe por la Iglesia católica; por ejemplo, los
arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los
protestantes.
Apóstatas: Apóstatas
son los que abjuran, esto es, niegan con acto externo
la fe católica que antes profesaban.
Cismáticos: Cismáticos
son los cristianos que, sin negar explícitamente
ningún dogma, se separan voluntariamente de la
Iglesia de Jesucristo, esto es, de sus legítimos
Pastores.
Excomulgados: Excomulgados
son aquellos que por faltas gravísimas son castigados
por el Papa o por el 0bispo con la pena de excomunión,
en cuya virtud son, como indignos, separados del cuerpo
de la Iglesia, que espera y desea su conversión.
Cielo: Por su grandeza
y hermosura el firmamento es utilizado en la Biblia
para simbolizar la morada de Dios. En el tiempo de Jesús,
para evitar el uso del nombre de Dios los judíos
utilizaban la palabra "cielo","los cielos"
(Reino de los cielos = Reino de Dios)
Entre los cristianos ha servido para designar el encuentro
definitivo del hombre con Dios. Estar en el cielo =
Estar con Dios. Hacia el cielo se orienta la esperanza
cristiana. Los justos estarán con Cristo en el
cielo, o bien, ante el trono de Dios. El cielo es la
comunión de vida con las tres divinas personas.
(Cve, p. 661)
Alfa y Omega: Primera
y última letras del alfabeto griego. El libro
del Apocalipsis designa a Dios y a Jesucristo, su Hijo,
con este título: el Alfa y Omega, el Primero
y el Ultimo, el Principio y el Fin de todo. De esta
manera se anunciaba plásticamente a los primeros
cristianos, sometidos a persecución y hostilidad,
que es Dios quien pronuncia la primera y la última
palabra, y que pueden y deben mantenerse firmes en la
fe. (Cve, p. 635)
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Catequesis de Juan Pablo I sobre la fe
He aquí lo que es la fe: Rendirse a Dios, pero transformando
la propia vida. Esto no siempre es fácil. Agustín
contó el itinerario de su fe. Especialmente en las últimas
semanas fue terrible; leyéndole se siente su alma como estremecerse
y retorcerse en conflictos interiores. Acá, Dios que lo llama
e insiste; y, allá, las antiguas costumbres, "Viejas
amigas -escribe-; me tiraban dulcemente de mi vestido de carne y
me decían: "Agustín, ¿cómo?, ¿nos
abandonas? Mira que no podrás ya hacer esto, no podrás
ya hacer aquello otro, ¡y para siempre!" ¡Difícil!
Me encontraba -dice- en el estado de uno que está en el lecho
por la mañana. Le dicen: "Fuera, Agustín, levántate."
Yo, a mi vez, decía: "Sí, pero más tarde,
todavía un poquito." Finalmente, el Señor me
dio un empujón, me echó fuera. Así, pues, no
hay que decir: Sí, pero... ; sí, pero más tarde.
Hay que decir: ¡Señor, sí! ¡Ahora mismo!
Esto es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero ¿quién
dice este sí? Quién es humilde y se fía completamente
de Dios"
Mi madre me decía cuando era mayorcito: De pequeño
estuviste muy malo: tuve que llevarte de un médico a otro
y velar noches enteras, ¿me crees? ¿Cómo habría
yo podido decir: Madre, no te creo? Pero sí que creo, creo
lo que me dices, mas te creo especialmente a ti. Y así ocurre
con la fe. No se trata sólo de creer lo que Dios ha revelado,
sino a El, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho
por nuestro amor. Es difícil, asimismo, aceptar algunas verdades,
porque las verdades de la fe son de dos especies: Algunas, agradables;
otras, molestas a nuestro espíritu.
Por ejemplo, es placentero sentir que Dios tiene tanta ternura
con nosotros, más ternura incluso que una madre tiene para
con sus hijitos, según dice Isaías. ¡Qué
agradable y espontáneo es esto!
Con otras verdades, por el contrario, se siente fatiga. Dios debe
castigar; justamente, si yo resisto. El corre en derecha hacia mí,
me suplica que me convierta, y yo digo: ¡No! Casi soy yo el
que le obliga a castigarme. Esto no es agradable. No obstante, es
verdad de fe. Y existe una última dificultad, la Iglesia.
San Pablo pregunta: ¿Quién eres, Señor? -Soy
Jesús, a quien tú persigues. Una luz, un relámpago
ha atravesado su mente. No persigo a Jesús ni siquiera lo
conozco; persigo, por el contrario, a los cristianos. Se ve que
Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia son lo
mismo: indivisible, inseparable. (Juan Pablo I, Catequesis sobre
la fe)
Catequesis sobre la esperanza
Dante en su "Paraíso" (cantos 24, 25 y 26) se
imagina presentarse a un examen de cristianismo. Funcionaba una
comisión con sus borlas. "¿Tienes fe?" -le
pregunta primero San Pedro. "¿Tienes esperanza?"
-continúa Santiago. "¿Tienes caridad?" -acaba
San Juan. "Sí -responde Dante- "tengo fe, tengo
esperanza, tengo caridad"; lo demuestra y es aprobado por unanimidad.
He dicho que es obligatoria: No por esto la esperanza es fea o dura;
por el contrario, quien la vive viaja en un clima de confianza y
de abandono, diciendo con el salmista: "Señor, tú
eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara,
mi pastor, mi salvación. Aunque acampase contra mí
un ejército, no temerá mi corazón; y si se
levanta contra mí la batalla, aun entonces estoy confiado"
Diréis: ¿No es exageradamente entusiasta este salmista?
¿Es posible que a él le salgan todas las cosas a derechas?
No; no le han ido bien siempre. Sabe también él, y
lo dice, que los malos con frecuencia son afortunados, y los buenos,
oprimidos. Se ha lamentado de ello también con el Señor;
ha llegado a decir: "¿Por qué duermes, Señor?
¿Por qué callas? Despierta, escúchame, Señor."
Pero su esperanza ha permanecido firme, inquebrantable.
Dirá alguno: Pero ¿si yo soy un pobre pecador? Le
respondo, como respondía a una señora desconocida
que se había confesado conmigo hace muchos años. Estaba
desanimada, porque -decía- había tenido una vida moralmente
borrascosa. ¿Puedo preguntarle -dije- cuántos años
tiene? -Treinta y cinco-. ¡Treinta y cinco! Pero usted puede
vivir otros cuarenta o cincuenta y hacer todavía mucho bien.
Entonces, arrepentida como está, en vez de pensar en el pasado,
proyéctese hacia el porvenir y renueve, con la ayuda de Dios,
su vida. Cité en aquella ocasión a San Francisco de
Sales, que habla de "nuestras queridas imperfecciones".
Expliqué: Dios detesta los defectos, porque son defectos.
De otra parte, no obstante, en un cierto sentido, ama los defectos
en cuanto le dan ocasión a Él de mostrar su misericordia
y, a nosotros, de permanecer humildes y de entender y sufrir las
flaquezas del prójimo.
Para terminar, querría apuntar a una esperanza que algunos
han proclamado cristiana y, sin embargo, es cristiana sólo
hasta en cierto punto. Me explico: en el Concilio voté, yo
también, el "Mensaje al Mundo" de los Padres Conciliares.
Decíamos en él: la tarea principal de divinizar no
exime a la Iglesia de la de humanizar. Voté la Gaudium et
Spes; me conmoví y entusiasmé cuando salió
la Populorum Progressio. Pienso que el Magisterio de la Iglesia
no insistirá jamás bastante presentando y recomendando
la solución de los grandes problemas de la libertad, de la
justicia, de la paz, del desarrollo; y los seglares católicos
nunca se batirán suficientemente para resolver estos problemas.
Es, sin embargo, erróneo afirmar que la liberación
política, económica y social coincide con la salvación
en Jesucristo, que el Regnum Dei (el Reino de Dios) se identifica
con el Regnum hominis (el Reino del hombre), que Ubi Lenin ibi Jerusalem
(donde Lenin, allí Jerusalem)
(Juan Pablo I)
Catequesis sobra la caridad
"Dios mío, os amó con todo el corazón
y por encima de cualquier cosa, infinito bien y eterna felicidad
nuestra y, por vuestro amor, amo a mi prójimo como a mí
mismo y perdono las ofensas recibidas. ¡Oh, Señor,
que yo os ame cada vez más!" Es una oración conocidísima
y tejida con frases bíblicas. Me la enseñó
mi madre. La recito varias veces al día, también ahora,
y voy a tratar de explicársela palabra por palabra, como
haría un catequista de Parroquia. (... ) Amar significa viajar,
correr con el corazón hacia el objeto amado. Dice la Imitación
de Cristo: El que ama "currit, volat, leatatur", corre,
vuela y goza.
El amor a Dios es también un viaje misterioso: es decir,
yo no me pongo en movimiento si no es Dios quien toma la iniciativa.
"Nadie -dijo Jesús- puede venir a mí, si el Padre
no lo llama" (Juan, 6, 44) Se preguntaba San Agustín:
¿Y, entonces, la libertad humana? Dios, que ha querido y
hecho tal libertad, sabe cómo respetarla, aun llevando los
corazones a donde El quiere. Dios no sólo tira de ti de forma
que tú consientas, sino hasta de modo que disfrutes de ser
arrastrado.
(Juan Pablo I)
Juan Pablo I, Catequesis sobre la caridad
Amar a Dios es, pues, un viajar con el corazón hacia Dios.
Se trata de un viaje bellísimo. De muchacho, me quedaba extasiado
ante los viajes descritos por Julio Verne (Veinte mil leguas bajo
el mar, De la Tierra a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días,
etc.) Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes.
Puede verse en la vida de los santos. (...)
El viaje lleva consigo también algunos sacrificios; pero
no deben arredrarnos. Jesús está en la Cruz: ¿quieres
besarle? No tienes más que agacharte sobre la Cruz y dejar
que te pinche alguna de sus espinas de la corina que el Señor
tiene sobre su cabeza. No puedes hacer lo que hizo el bueno de San
Pedro, que se apresuró a gritar "viva Jesús"
en el Monte Tabor, donde reinaba la alegría, pero que ni
siquiera se asomó por el Calvario junto a Jesús, donde
había riesgo y dolor.
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