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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

9. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS


Actitudes básicas de la existencia cristiana: fe, esperanza y caridad
La virtud de la fe
La fe es el reconocimiento de Dios en Jesucristo.
La fe es obediencia al Evangelio.
La fe es, a la vez, comunión con la Iglesia.
La fe nos lleva al compromiso total de la vida.
Pecados contra la fe.
La esperanza cristiana
"Cristo, nuestra esperanza"
Lo que esperamos.
Pecados contra la esperanza,
El cristiano y la esperanza.
La virtud de la caridad
El amor a Dios.
El amor al prójimo.
La alegría del cristiano y de la Iglesia


 

ACTITUDES BASICAS DE LA EXISTENCIA CRISTIANA: FE, ESPERANZA, CARIDAD

Jesucristo vino al mundo para salvar a todos los hombres.

Después de su Ascensión a los cielos, está presente en la Iglesia para continuar su obra salvadera.

Durante su vida temporal pidió a los que se encontraron con El que tuvieran fe. Esto es así porque el inicio de la nueva vida es la fe; sin fe en la palabra de Jesús no se aceptaría ni su doctrina ni su Persona.

La fe es la respuesta a la llamada salvadera de Jesús. Sin embargo, la fe no es un mero acto humano, es también un acto sobrenatural. Para tener fe es necesaria una ayuda divina interior al hombre que escucha.

Una vez iniciada la fe, surgirá en el alma una certeza y una confianza cada vez mayores en lo que se le ha anunciado: es la esperanza. La fe y la esperanza conducen a amar al testigo que ha manifestado aquellas verdades y ese nuevo modo de vivir es la caridad. La fe, la esperanza y la caridad están íntimamente unidas. Al crecer la caridad o amor a Jesucristo, se producirá en el hombre una fe más fuerte y una esperanza más confiada.

Estas virtudes (fuerzas interiores estables) son los medios para alcanzar la vida eterna. Más aún, hacen posible que el hombre viva, de algún modo, la vida misma de Dios.

La fe, la esperanza y la caridad constituyen el núcleo de la respuesta del hombre a Dios, y más en concreto del cristiano a Jesucristo. Estas tres virtudes se llaman teologales porque tienen a Dios por objeto.
Por medio de estas tres virtudes se cumplen las palabras de San Pedro: "nos hizo merced de preciosos y sumos bienes prometidos para que por ellos os hagáis partícipes de la naturaleza divina" (2Petr. 1, 4)

La virtud

La repetición de un acto crea en el hombre la disposición estable para realizar con mayor facilidad dicho acto. Si el acto es malo esa disposición se llama vicio; si, por el contrario, el acto es bueno, la disposición se llama virtud.

Virtud es, por tanto, una disposición estable que inclina al hombre a hacer el bien y evitar el mal.

Cuando el hombre adquiere esa disposición por su propio esfuerzo repitiendo actos buenos, la virtud así lograda se llama adquirida o natural.

Pero las potencias naturales del hombre, aun perfeccionadas por las virtudes naturales, no bastan para que éste pueda actuar sobrenaturalmente. Es preciso que Dios infunda en el alma unas nuevas disposiciones, que permitan al hombre adaptar sus potencias naturales para que puedan hacer actos sobrenaturales. Estas ayudas son: las virtudes infusas.

prudencia
justicia
naturales morales fortaleza

Virtudes templanza
sobrenaturales fe
o infusas teologales esperanza
caridad


LA VIRTUD DE LA FE

 

"Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio del Espíritu Santo, que mueve al corazón y la dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad. Para que se pueda comprender cada vez más profundamente la Revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones."
(DV, 5)


La fe es el reconocimiento de Dios en Jesucristo

La fe es, ante todo, la plena aceptación de Dios. Consiste en una adhesión del hombre a verdades que superan la capacidad de su inteligencia, pero que acepta porque se las comunica Dios.

La fe es un don de Dios, pero también es un acto humano libre. Dios ilumina y eleva al hombre, pero éste debe poner toda su voluntad en aceptar ese testimonio, y su inteligencia debe esforzarse para comprender y entender lo más posible.

La fe no es nunca una opinión, sino una certeza que se basa en la sabiduría y veracidad de Dios. Tampoco es un acto irracional porque Dios, al revelar, proporciona muchos signos que garantizan que esa palabra es verdaderamente divina.

"Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad" (DV, 2)

Por eso, el beneficio más grande que Dios ha concedido a la mente humana en este mundo es el don de la Revelación.

Si la fe es el asentimiento a la palabra divina conocida por la Revelación, tiene que ser, por tanto, también la aceptación de la Palabra divina, el Verbo divino, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre. La fe en Dios es, por consiguiente, fe en Cristo. Creer en Jesús es el centro de nuestra fe, porque si se cree en El se acepta todo el conjunto de su doctrina. La fe que nos salva es la fe en Jesucristo: "A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en El tenga la vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca sino que tenga la vida eterna" (Jn. 3, 14-16)

La fe es obediencia al Evangelio

El Evangelio contiene la vida, los hechos y las palabras (predicación) de Jesús.

Dios ha querido que los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, consignaran por escrito todo aquello referente a Jesucristo que sirviera a los hombres de todos los tiempos para creer en Jesús. "Los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios Sacándolo de su memoria o del testimonio de los que asistieron desde el principio y fueron ministros de la palabra, lo escribieron para que conozcamos la verdad de lo que nos enseñaban" (DV, 19)


"Jesucristo, Palabra hecha carne, "hombre enviado a los hombres" habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre."
(DV, 4)


La fe es, a la vez, comunión con la Iglesia

Por voluntad de Dios la fe cristiana se da en la Iglesia: "El que a vosotros oye, a Mí me oye" (Lc. 10-16) La verdad no ha sido revelada a cada uno de los hombres, sino que Jesús dio toda su verdad a su Iglesia. Es imposible creer en Dios y en Cristo, y, sin embargo, no creer en la Iglesia, ya que a ella se le ha concedido por Dios el privilegio de la infalibilidad para interpretar auténticamente la palabra de Dios: "El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejerce en nombre de Jesucristo" (DV, 10)

La fe nos lleva al compromiso total de la vida

La fe compromete toda la vida del creyente, porque ilumina la inteligencia, y ésta dirige toda la actuación del hombre. El Concilio Vaticano II dice: "Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios" (DV, 4) Dios ha revelado al hombre su amor. Este puede aceptarlo o no, pero si lo acepta tiene que aceptarlo con su ser entero, comprometiendo toda su vida y su actuación concreta.

Podemos resumir así la actitud que debe tener el creyente respecto de la fe:

a) Procurar adquirir el conocimiento de la verdad revelada, al menos de las verdades fundamentales.

b) Confesarla, tanto interior como exteriormente, cuando lo exija el honor de Dios o el provecho propio o del prójimo.

c) Propagarla en virtud del mandato de Cristo a la Iglesia: "Id y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc. 16, 15) Todos los fieles tienen la obligación de ser apóstoles, es decir, de contribuir a la evangelización del mundo.

d) Preservarla en su corazón, poniéndola al abrigo de dificultades que fácilmente puedan ser evitadas: lecturas peligrosas, amistades inconvenientes, etcétera.

e) Asentir dócilmente al Magisterio de la Iglesia, que como Madre cuida de que no sobrevenga peligro alguno a sus hijos.

Pecados contra la fe

Se quebranta este compromiso de amor: o porque se niegue el hombre a recibir la fe, o porque una vez recibida la abandone. En el primer caso tendremos la infidelidad y en el segundo la herejía, la apostasía y el cisma.

a) Se llama infidelidad a la carencia de fe en un sujeto que no ha recibido el Bautismo. La infidelidad, si es culpable, una vez oída la predicación del Evangelio, es decir, estando suficientemente instruido, es un pecado gravísimo, que según las palabras de Cristo cierra la puerta del cielo: "El que no creyere, se condenará" (Mc. 16, 16)

b) Se llama herejía al error voluntario y pertinaz de un bautizado contra alguna verdad de la fe católica. Es un pecado muy grave.

c) Apostasía es el abandono total de la fe cristiana. No se requiere para ser apóstata el pasarse a una religión no cristiana, basta con abandonar la fe y caer en la incredulidad. Es pecado gravísimo.

d) Se llama cismático a aquel que rehúsa someterse al Sumo Pontífice se niega a tener comunicación con los demás miembros de la Iglesia.


LA ESPERANZA CRISTIANA

"Cristo, nuestra esperanza" (l Tim. 1, 1)

La esperanza del cristiano es, sobre todo, una confianza sin límite en la promesa de Dios cumplida en Jesucristo. La esperanza es una fuerza interior que mueve al hombre a desear ardientemente la meta, que es la vida eterna.

San Pablo, en la primera epístola a Timoteo, llama a Cristo -nuestra esperanza". Con esto quiere decir que es a Cristo a quien debemos los méritos sobrenaturales que podemos alcanzar personalmente y que contamos con su ayuda para poder realizar lo que su seguimiento nos exige: "Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt. 8, 20)

Pero, además, es la única esperanza, ya que "ningún otro nombre debajo del cielo es dado a los hombres para salvarnos" (Act. 4, 12)

El fundamento de la esperanza es la promesa de Cristo y la bondad de Dios; por eso, la esperanza tiene como nota característica la certeza de conseguir el fin apoyados en la ayuda de Dios, que no puede faltar, según las promesas hechas por Jesucristo.

La esperanza adquiere, con la venida de Cristo, un matiz nuevo. Es la esperanza en la implantación de su reino que se incoa en la tierra y se perfecciona en el cielo.

Lo que esperamos

El objeto de la esperanza teologal es doble: Dios y los medios para alcanzarlo.

En primer lugar, es Dios el objeto que esperamos; fuera de El no hay felicidad posible. La esperanza nos presenta a Dios como el bien para nosotros. Sabemos que es Dios quien tiene que dar los medios para alcanzar la felicidad eterna, y es, fiado en su promesa y no por los propios medios, cómo el hombre va a alcanzar esta meta de su vida.

Siendo el hombre peregrino por la tierra, un ser esencialmente débil y sometido al error y al pecado, necesita de una certidumbre para luchar y vencer en la lucha. Esta certidumbre en la ayuda de Dios es la que le hace luchar en medio de la incertidumbre que le da su naturaleza. Por tanto, la virtud de la esperanza es necesaria para poder salvarse. Es necesario el acto de la virtud de la esperanza sobre todo en las dificultades que sobrevienen al hombre en la búsqueda de su felicidad eterna.

Esta virtud es solamente necesaria para el hombre en su condición de peregrino, ya que ni en el cielo ni en el infierno cabe la esperanza: unos, porque ya gozan de Dios, y los otros, porque saben que lo han perdido.

Pecados contra la esperanza

Siendo la esperanza una mezcla de certidumbre por la promesa divina y de incertidumbre por la debilidad humana, cuando uno de estos elementos se tenga fuera de los limites que le marca la fe, tendremos dos formas de pecar contra la esperanza: por no considerar la certidumbre de la promesa divina -desesperación-, o por no considerar la incertidumbre de la naturaleza humana -presunción.

El cristiano y la esperanza

El hombre cristiano espera la felicidad definitiva en la otra vida y confía, sobre todo, en la ayuda de Dios. Pero no por eso se desentiende de la vida presente. Por el contrario, debe ocuparse como el que más de las cosas de este mundo: justicia, trabajo, progreso, etc. El cristiano sabe que el mundo es bueno, porque lo hizo Dios, aunque no es la meta última para el hombre.

En consecuencia, vivir la esperanza lleva al optimismo, a la alegría, a la paz interior y al esfuerzo noble por colaborar con Dios en el perfeccionamiento de la creación. Los problemas y las dificultades se ven como obstáculos que se han de superar, como el deportista se enfrenta con el obstáculo que debe superar para conquistar el triunfo. Incluso la muerte, a la luz de la esperanza, es para el cristiano no el fin, sino un paso en el camino.

LA VIRTUD DE LA CARIDAD

El amor a Dios

Dice el Señor en la Escritura Sagrada: "Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Estos mandamientos que hoy te doy, consérvalos en el corazón. Se los repetirás a tus hijos, hablarás de ellos cuando estés sentado en tu casa, cuando vayas por la calle, cuando te acuestes y cuando te levantes" (Deut. 6, 5)

En la Escritura Santa se repite la palabra todo. Y es justo: Dios es demasiado grande, merece demasiado El de nosotros para que podamos echarle apenas unas migajas de nuestro tiempo y de nuestro corazón.

El, Dios, es un bien infinito y en poseerlo consistirá nuestra felicidad eterna. Por eso hemos de amarlo sobre todas las cosas. No sería justo decir: "O Dios o el hombre". Deben amarse "Dios y el hombre"; pero no se debe amar al hombre más que a Dios o contra Dios y ni siquiera igual que a Dios. El amor a Dios es prevalente, pero no exclusivo.

Un ejemplo bonito: La Biblia declara a Jacob santo y amado por Dios. Lo presenta empleando siete años en conquistar a Raquel como mujer; "y le parecen pocos aquellos años -tanto era su amor por ella-" (Gén. 29, 20) Jacob ama a Raquel con todas sus fuerzas, y con todas sus fuerzas ama a Dios; pero no por ello ama a Raquel como a Dios, ni a Dios como a Raquel. Ama a Dios como su Dios, sobre todas las cosas y más que a sí mismo; ama a Raque¡ como a su mujer sobre todas las otras mujeres y como a sí mismo. Ama a Dios con amor absoluto y a Raquel con un amor distinto, que no es contrario al otro ni lo estorba (cfr. Juan Pablo I, 27-9-78)

El amor al prójimo

La primera consecuencia del amor a Dios es el amor al prójimo. San Juan es clarísimo en esta afirmación, pues dice: "El que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve" (l Jn. 4, 20)

El amor a Dios y el amor al prójimo, en el Cristianismo, son como "hermanos gemelos". A algunas personas es fácil amarlas, a otras es difícil; no nos son simpáticas, nos han ofendido y hecho mal; sólo si amamos a Dios en serio podremos llegar a amarlas, en cuanto hijas de Dios y porque El me lo manda (cfr. Juan Pablo 1, ibíd.)

La raíz del amor al prójimo es porque Dios lo ama, y el cristiano debe seguir a Dios. Además, Jesucristo nos dio un motivo más decisivo: el que realiza una acción buena con los demás, la realiza con el mismo Cristo.

Por eso, después de enumerar algunas de las obras de misericordia realizadas por los que son juzgados, dice: "lo que hicisteis con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt. 25, 40)


LA ALEGRIA DEL CRISTIANO Y DE LA IGLESIA

La doctrina de Cristo es doctrina de alegría y el permanecer en su amor es la fuente de la alegría (cfr. Jn. 15, 10)

La alegría de Cristo irrumpe en el mundo con su venida, y así lo anunciaron los ángeles a los pastores (cfr, Lc. 2, 10-11) El encuentro con Cristo resucitado a quien creían muerto definitivamente, llena de alegría a los discípulos (cfr. Jn. 20, 20), e incluso en medio de las persecuciones mantienen esa alegría, porque al contemplar la vida de Jesús se dan cuenta de que el Señor les llama a una dicha grande superando todas las penalidades de la vida presente. Así lo dice San Pedro: "Por lo cual os alegráis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco, en las diversas tentaciones, para que vuestra fe... aparezca digna de alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo, a quien amáis sin haberío visto, en quien ahora creéis sin verle, y os regocijáis con una alegría inefable y gloriosa" (1 Pe. 1, 6-9)

San Pablo invita constantemente a la alegría: "Alegraos siempre en el Señor; os lo repito de nuevo, alegraos" (Fip. 4, 4) Se alegra incluso en sus propios sufrimientos, porque tienen para él un sentido: "lo que le falta a la Pasión de Cristo" (Col. 1, 24)

Los Apóstoles sienten la alegría de ir esparciendo la Buena Nueva, la doctrina salvadera, y así lo manifiestan. "Os escribo esto, para que vuestra alegría sea colmada" (l Jn. 1, 4)

A la alegría se opone la tristeza que tiene su origen, o en la pereza espiritual, o en la soberbia. El cristiano nunca debe perder la alegría, mientras tiene a Dios consigo: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?,, (Sal. 26, l) En efecto, Dios es la fuente de la alegría y no los bienes exteriores. Cuando se pone la alegría en algo exterior y esto se pierde, se pierde la alegría. Sólo el pecado debe producir la tristeza del discípulo, que pone en Dios el origen de toda su alegría.

VOCABULARIO

Fe: Ante todo es la plena aceptación de Dios, tal como El se nos revela o da a conocer. Esta actitud de fe se caracteriza por la confianza en Dios y por una adhesión personal a Cristo, revelador del Padre y Salvador de los hombres. Aceptar a Cristo 1 quiere decir aceptar su Evangelio, sus enseñanzas y vivir según su Espíritu, en comunión con la fe de la Iglesia. (Cve, p. 300)

Esperanza: Es la seguridad de alcanzar los bienes prometidos por el Señor, confianza sin límites en la promesa de Dios. Se apoya en el Señor, que con su Resurrección ha vencido el pecado y la muerte y que nos da seguridad en medio de las dificultades y las Pruebas. (ibíd.)

Caridad: Amor. Es el más excelente de todos los dones de Dios. En el Nuevo Testamento aparece con especial relieve el amor con que Dios nos ama. Dios es Amor. Este amor de Dios se manifiesta en Cristo. El amor y servicio a Cristo ha de expresarse y concretarse en el amor y servicio a los hermanos. (ibíd.)

Infieles: Infieles son los que no tienen el Bautismo ni creen en Jesucristo, o porque creen y adoran falsas divinidades, como los idólatras, o porque, aun admitiendo al único verdadero Dios, no creen en Cristo Mesías, ni como venido ya en la persona cae Jesucristo ni como que ha de venir: tales son los mahometanos y otros semejantes.


Herejes: Herejes son los bautizados que rehúsan con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia católica; por ejemplo, los arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los protestantes.

Apóstatas: Apóstatas son los que abjuran, esto es, niegan con acto externo la fe católica que antes profesaban.

Cismáticos: Cismáticos son los cristianos que, sin negar explícitamente ningún dogma, se separan voluntariamente de la Iglesia de Jesucristo, esto es, de sus legítimos Pastores.

Excomulgados: Excomulgados son aquellos que por faltas gravísimas son castigados por el Papa o por el 0bispo con la pena de excomunión, en cuya virtud son, como indignos, separados del cuerpo de la Iglesia, que espera y desea su conversión.

Cielo: Por su grandeza y hermosura el firmamento es utilizado en la Biblia para simbolizar la morada de Dios. En el tiempo de Jesús, para evitar el uso del nombre de Dios los judíos utilizaban la palabra "cielo","los cielos" (Reino de los cielos = Reino de Dios)
Entre los cristianos ha servido para designar el encuentro definitivo del hombre con Dios. Estar en el cielo = Estar con Dios. Hacia el cielo se orienta la esperanza cristiana. Los justos estarán con Cristo en el cielo, o bien, ante el trono de Dios. El cielo es la comunión de vida con las tres divinas personas. (Cve, p. 661)

Alfa y Omega: Primera y última letras del alfabeto griego. El libro del Apocalipsis designa a Dios y a Jesucristo, su Hijo, con este título: el Alfa y Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin de todo. De esta manera se anunciaba plásticamente a los primeros cristianos, sometidos a persecución y hostilidad, que es Dios quien pronuncia la primera y la última palabra, y que pueden y deben mantenerse firmes en la fe. (Cve, p. 635)



Catequesis de Juan Pablo I sobre la fe

He aquí lo que es la fe: Rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Esto no siempre es fácil. Agustín contó el itinerario de su fe. Especialmente en las últimas semanas fue terrible; leyéndole se siente su alma como estremecerse y retorcerse en conflictos interiores. Acá, Dios que lo llama e insiste; y, allá, las antiguas costumbres, "Viejas amigas -escribe-; me tiraban dulcemente de mi vestido de carne y me decían: "Agustín, ¿cómo?, ¿nos abandonas? Mira que no podrás ya hacer esto, no podrás ya hacer aquello otro, ¡y para siempre!" ¡Difícil! Me encontraba -dice- en el estado de uno que está en el lecho por la mañana. Le dicen: "Fuera, Agustín, levántate." Yo, a mi vez, decía: "Sí, pero más tarde, todavía un poquito." Finalmente, el Señor me dio un empujón, me echó fuera. Así, pues, no hay que decir: Sí, pero... ; sí, pero más tarde. Hay que decir: ¡Señor, sí! ¡Ahora mismo! Esto es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero ¿quién dice este sí? Quién es humilde y se fía completamente de Dios"

Mi madre me decía cuando era mayorcito: De pequeño estuviste muy malo: tuve que llevarte de un médico a otro y velar noches enteras, ¿me crees? ¿Cómo habría yo podido decir: Madre, no te creo? Pero sí que creo, creo lo que me dices, mas te creo especialmente a ti. Y así ocurre con la fe. No se trata sólo de creer lo que Dios ha revelado, sino a El, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho por nuestro amor. Es difícil, asimismo, aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos especies: Algunas, agradables; otras, molestas a nuestro espíritu.

Por ejemplo, es placentero sentir que Dios tiene tanta ternura con nosotros, más ternura incluso que una madre tiene para con sus hijitos, según dice Isaías. ¡Qué agradable y espontáneo es esto!

Con otras verdades, por el contrario, se siente fatiga. Dios debe castigar; justamente, si yo resisto. El corre en derecha hacia mí, me suplica que me convierta, y yo digo: ¡No! Casi soy yo el que le obliga a castigarme. Esto no es agradable. No obstante, es verdad de fe. Y existe una última dificultad, la Iglesia. San Pablo pregunta: ¿Quién eres, Señor? -Soy Jesús, a quien tú persigues. Una luz, un relámpago ha atravesado su mente. No persigo a Jesús ni siquiera lo conozco; persigo, por el contrario, a los cristianos. Se ve que Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia son lo mismo: indivisible, inseparable. (Juan Pablo I, Catequesis sobre la fe)

Catequesis sobre la esperanza

Dante en su "Paraíso" (cantos 24, 25 y 26) se imagina presentarse a un examen de cristianismo. Funcionaba una comisión con sus borlas. "¿Tienes fe?" -le pregunta primero San Pedro. "¿Tienes esperanza?" -continúa Santiago. "¿Tienes caridad?" -acaba San Juan. "Sí -responde Dante- "tengo fe, tengo esperanza, tengo caridad"; lo demuestra y es aprobado por unanimidad. He dicho que es obligatoria: No por esto la esperanza es fea o dura; por el contrario, quien la vive viaja en un clima de confianza y de abandono, diciendo con el salmista: "Señor, tú eres mi roca, mi escudo, mi fortaleza, mi refugio, mi lámpara, mi pastor, mi salvación. Aunque acampase contra mí un ejército, no temerá mi corazón; y si se levanta contra mí la batalla, aun entonces estoy confiado"

Diréis: ¿No es exageradamente entusiasta este salmista? ¿Es posible que a él le salgan todas las cosas a derechas? No; no le han ido bien siempre. Sabe también él, y lo dice, que los malos con frecuencia son afortunados, y los buenos, oprimidos. Se ha lamentado de ello también con el Señor; ha llegado a decir: "¿Por qué duermes, Señor? ¿Por qué callas? Despierta, escúchame, Señor." Pero su esperanza ha permanecido firme, inquebrantable.

Dirá alguno: Pero ¿si yo soy un pobre pecador? Le respondo, como respondía a una señora desconocida que se había confesado conmigo hace muchos años. Estaba desanimada, porque -decía- había tenido una vida moralmente borrascosa. ¿Puedo preguntarle -dije- cuántos años tiene? -Treinta y cinco-. ¡Treinta y cinco! Pero usted puede vivir otros cuarenta o cincuenta y hacer todavía mucho bien. Entonces, arrepentida como está, en vez de pensar en el pasado, proyéctese hacia el porvenir y renueve, con la ayuda de Dios, su vida. Cité en aquella ocasión a San Francisco de Sales, que habla de "nuestras queridas imperfecciones". Expliqué: Dios detesta los defectos, porque son defectos. De otra parte, no obstante, en un cierto sentido, ama los defectos en cuanto le dan ocasión a Él de mostrar su misericordia y, a nosotros, de permanecer humildes y de entender y sufrir las flaquezas del prójimo.


Para terminar, querría apuntar a una esperanza que algunos han proclamado cristiana y, sin embargo, es cristiana sólo hasta en cierto punto. Me explico: en el Concilio voté, yo también, el "Mensaje al Mundo" de los Padres Conciliares. Decíamos en él: la tarea principal de divinizar no exime a la Iglesia de la de humanizar. Voté la Gaudium et Spes; me conmoví y entusiasmé cuando salió la Populorum Progressio. Pienso que el Magisterio de la Iglesia no insistirá jamás bastante presentando y recomendando la solución de los grandes problemas de la libertad, de la justicia, de la paz, del desarrollo; y los seglares católicos nunca se batirán suficientemente para resolver estos problemas. Es, sin embargo, erróneo afirmar que la liberación política, económica y social coincide con la salvación en Jesucristo, que el Regnum Dei (el Reino de Dios) se identifica con el Regnum hominis (el Reino del hombre), que Ubi Lenin ibi Jerusalem (donde Lenin, allí Jerusalem)
(Juan Pablo I)

Catequesis sobra la caridad

"Dios mío, os amó con todo el corazón y por encima de cualquier cosa, infinito bien y eterna felicidad nuestra y, por vuestro amor, amo a mi prójimo como a mí mismo y perdono las ofensas recibidas. ¡Oh, Señor, que yo os ame cada vez más!" Es una oración conocidísima y tejida con frases bíblicas. Me la enseñó mi madre. La recito varias veces al día, también ahora, y voy a tratar de explicársela palabra por palabra, como haría un catequista de Parroquia. (... ) Amar significa viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado. Dice la Imitación de Cristo: El que ama "currit, volat, leatatur", corre, vuela y goza.

El amor a Dios es también un viaje misterioso: es decir, yo no me pongo en movimiento si no es Dios quien toma la iniciativa. "Nadie -dijo Jesús- puede venir a mí, si el Padre no lo llama" (Juan, 6, 44) Se preguntaba San Agustín: ¿Y, entonces, la libertad humana? Dios, que ha querido y hecho tal libertad, sabe cómo respetarla, aun llevando los corazones a donde El quiere. Dios no sólo tira de ti de forma que tú consientas, sino hasta de modo que disfrutes de ser arrastrado.
(Juan Pablo I)
Juan Pablo I, Catequesis sobre la caridad

Amar a Dios es, pues, un viajar con el corazón hacia Dios. Se trata de un viaje bellísimo. De muchacho, me quedaba extasiado ante los viajes descritos por Julio Verne (Veinte mil leguas bajo el mar, De la Tierra a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días, etc.) Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes. Puede verse en la vida de los santos. (...)
El viaje lleva consigo también algunos sacrificios; pero no deben arredrarnos. Jesús está en la Cruz: ¿quieres besarle? No tienes más que agacharte sobre la Cruz y dejar que te pinche alguna de sus espinas de la corina que el Señor tiene sobre su cabeza. No puedes hacer lo que hizo el bueno de San Pedro, que se apresuró a gritar "viva Jesús" en el Monte Tabor, donde reinaba la alegría, pero que ni siquiera se asomó por el Calvario junto a Jesús, donde había riesgo y dolor.