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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA

Dios es amor en sí mismo
La creación es obra del amor de Dios
El mandato divino del amor
Los diez mandamientos.
Leyes basadas en el amor.
Una carta de libertad.
No he venido a suprimir, sino a cumplir.
El amor a Dios, primero y principal mandamiento
El amor a Dios.
Las faltas de amor a Dios
La idolatría
El mandamiento del amor al prójimo
El amor que Cristo enseña
Amor misericordioso
Faltas de amor al prójimo
El mandamiento nuevo, estilo de vida en la Iglesia


 

 

DIOS ES AMOR EN SI MISMO

"Dios es amor" Esta frase es, en San Juan, la cumbre de la revelación sobre Dios ( 1 Jn. 1, 7-8) .
Dios es amor primeramente en Sí mismo. Esa es su vida íntima, que nos es desconocida, pero que a través del testimonio de Jesucristo se puede conocer, aunque de modo imperfecto.

En primer lugar, el Padre ama al Hijo con amor eterno. Con este mismo amor ama el Padre al Verbo encarnado, Jesucristo: "El Padre ama al Hijo y ha puesto en sus manos todas las cosas" (Jn. 3, 35)

El Hijo ama a su vez al Padre, desde toda la eternidad. Así lo proclama cuando dice: "Para que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago" (Jn. 14, 31)

De este íntimo amor del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo. De esta manera, la vida íntima de Dios, que se realiza en la vida trinitaria, es una vida amorosa. Esta vida amorosa se derrama a los hombres a través del Dios-Hombre.


"Con todo, aunque conocemos esta verdad (que Dios es amor) gracias a la encarnación de Dios, la afirmación es mucho más profunda. Dios es amor con anterioridad al hombre y al mundo creado. Esto sólo es posible porque "Dios no es solitario". En Dios mismo es posible el amor, ya que son tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y en el seno de estas tres personas vive pletórico el amor divino"

(Bplic, t. 2, p. 577)


LA CREACION ES OBRA DEL AMOR DE DIOS

La creación entera es muestra del amor de Dios. Dios es amor en Sí mismo y ha querido comunicar ese amor creando a los demás seres. No puede haber otro motivo de la creación, porque siendo Dios perfecto, no tiene necesidad de nada.

El hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios y, por eso, es capaz de entender y amar. El fin de la vida humana está en conocer y amar a Dios. El que ama a Dios "es nacido de Dios" (Jn. 1, 7-8) y, por tanto, hijo de Dios. San Juan llega a decir: "el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor" (ibíd.)

La verdadera vocación del hombre consiste en entrar en la gran corriente del amor, pasando de ser amado por Dios, a amar a su vez a Dios y a lo que Dios ama.


EL MANDATO DIVINO DEL AMOR

Dios, en el Sinaí, establece una Alianza con el pueblo que había elegido. Le dice que será un reino de sacerdotes y una nación santa. Para poder ser santos, deben cumplir lo que Dios les enseña y para ello les marca un camino: El Decálogo.

La ley es interior al hombre porque lo más interior que éste tiene es su dependencia de Dios. De ahí surge la tendencia innata de todo hombre al bien y, en definitiva, a los mandamientos de la ley natural. Aunque el hombre luego se engañe, siempre conservará la tendencia interior al bien que coincide con la ley promulgada por Dios. Para que su pueblo, con el que había hecho la Alianza, no se engañase, Dios le hizo conocer los preceptos de la ley natural de un modo claro, promulgándolos.

Los diez mandamientos

A los diez mandamientos se les llama "Decálogo".

La Biblia ofrece dos presentaciones del "Decálogo". Una en el libro del Éxodo y otra en el libro del Deuteronomio. Las dos recogen los mismos mandamientos y el mismo orden, pero emplean algunas palabras diferentes. La Iglesia, en su catequesis, siguió la costumbre de transmitir una presentación breve del "Decálogo".


Los mandamientos de la Ley de Dios son diez

El primero, amarás a Dios sobre todas las cosas.
El segundo, no tomarás el nombre de Dios en vano.
El tercero, santificarás las fiestas.
El cuarto, honrarás a tu padre y a tu madre.
El quinto, no matarás.
El sexto, no cometerás actos impuros.
El séptimo, no hurtarás.
El octavo, no dirás falsos testimonios ni mentirás.
El noveno, no consentirás pensamientos ni deseos impuros.
El décimo, no codiciarás los bienes ajenos.

Estos diez mandamientos se encierran en dos:
Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Leyes basadas en el amor

"Para comprender hoy el relato de los diez mandamientos, tenemos que tener en cuenta algunas cosas:

- Esta "Ley" fue dada a unos hombres con fe en un Dios que les había elegido y librado de la esclavitud. Es decir, que se les había revelado en su historia.

- Los diez mandamientos van expresados de manera directa y muy viva: tú no matarás; tú no robarás; tú no codiciarás. También hoy Dios nos dirige estas palabras cuando las meditamos o las oímos leer.

- Pero no hay que olvidar que los diez mandamientos son una ley para la comunidad. Nos hablan de las relaciones con Dios y con los otros. Están iluminados por una fe, que todos comparten, y por el amor, que es el alma de la Alianza.

- Los diez mandamientos no dicen todo. Son orientaciones profundas para la relación del hombre con Dios y con sus semejantes; no son un catálogo completo o un programa hecho.

- El objetivo de la formulación negativa es lograr que el pueblo consagrado a Dios "no obre" como los pueblos que no le conocen.

Una carta de libertad

Israel es un pueblo de hombres que han sido liberados para poder servir al Señor. Por tanto los mandamientos, situados en el corazón de la Alianza, son unos mensajes de liberación. Este es su sentido.

Israel vio, desde el comienzo, en los mandamientos, un medio para comulgar con la voluntad de Dios, y por tanto para amarle (Bplic, t. 1, p. 70-71)

La Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, hace suya la Alianza del antiguo Pueblo de Dios (cfr. 1 Pt. 2, 9) y sigue proponiendo el Decálogo para alcanzar también la nueva Alianza que Dios hace con el cristiano por la Sangre de Cristo. Cristo propuso en el Sermón de la Montaña la doctrina que llevaría a su plenitud la Ley del Sinaí.

No he venido a suprimir, sino a cumplir

El pueblo de Israel recibió los diez mandamientos como una señal del amor de Dios. No se quejó de las obligaciones que imponían. Es verdad que desobedeció. Pero aceptó que estas "diez palabras" le juzgaran y le corrigieran.

Jesús llevó a "plenitud" la Ley del Sinaí, como puede verse, por ejemplo, en las palabras que recoge San Mateo en el sermón del monte. No cabe duda de que el Evangelio resume la ley cuando transmite estos dos preceptos: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a tu prójimo como a ti mismo."

Hoy, la Iglesia, al transmitir estas diez Palabras que llama "los diez mandamientos" de Dios, entiende que deben seguir realizando la obra de la liberación que tuvieron en la vida de la Alianza (ibíd.)

EL AMOR A DIOS, PRIMERO Y PRINCIPAL MANDAMIENTO

El amor a Dios

"Escucha, ¡oh, Israel!: El Señor Dios nuestro es el solo Señor. Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt. 6, 4-5)

Jesucristo confirmó este mandamiento a la pregunta de un doctor de la Ley: "Maestro: ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? El le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento" (Mt. 22, 36-38)
Estos textos bíblicos exigen un amor sumo a Dios. ¿Puede exigirse el amor como un deber moral? Si se trata de un afecto sentimental no se puede exigir porque es involuntario, pero si se trata de una decisión voluntaria y libre, sí que puede ser objeto de una obligación moral. Este amor efectivo se manifiesta en una orientación fundamental o una actitud interna que adopta el hombre de orientar su vida a Dios. Esto se da aún más plenamente en el cristiano, que recibe de Dios una ayuda para amarlo: la gracia.

La primera característica del amor a Dios es que ha de ser sumo, porque por ser Dios infinitamente amable, hay que amarlo todo lo que se pueda.

La segunda nota que ha de tener es ser interno, es decir, no basta con cumplir unos formalismos externos. De esto se queja Jesús: "Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de Mí" (Mt. 15, 8); Dios pide la entrega del corazón: "Dame, hijo mío, tu corazón" (Prov. 23, 26)

Al mismo tiempo, el amor a Dios ha de ser activo, ha de manifestarse en obras. Un amor sin obras sería insincero según las palabras de San Juan: "No amemos de palabra y con la lengua, sino de obras y de verdad" (l Jn. 3, 18)

El amor a Dios debe ocupar todas las facultades del hombre. Debe ser el hombre entero quien ame a Dios.

Frutos del amor a Dios serán el gozo, por la posesión del bien supremo, y la paz del alma, por la ausencia de cualquier inquietud producida por el deseo de las cosas terrenas.

Las faltas de amor a Dios

Toda falta de amor admite diversos grados, desde el odio hasta la indiferencia. Respecto a Dios, las faltas de amor desviarán más o menos del bien eterno que es Dios. Si la gravedad es suficiente pueden llegar a constituir pecados graves.

El odio a Dioses, sin duda, la acción más grave y perversa que puede hacer el hombre. Este pecado es difícil que se dé en estado puro entre los hombres, porque requiere un grado de conciencia y de rebeldía contra Dios que no tiene fácil explicación entre los humanos. Sin embargo, es posible, y se ha dado o se da en algunas personas.

Todos los demás pecados tienen una dosis de enemistad con Dios, no tanto porque se diga que Dios es malo u odioso, sino porque se prefieren las cosas creadas al Creador. Entonces la idea de Dios estorba al pecador que no puede pecar sin sentir la responsabilidad de la conciencia ante Dios.

El olvido de Dios es uno de los pecados más frecuentes entre los hombres. A causa de él se desentienden éstos del amor debido a Dios. Tiene su manifestación en el desagrado por las cosas de Dios. Más que un pecado actual es un estado de pecado y es causa de otros muchos, en especial del de indiferencia religiosa.

La idolatría

En el texto del Deuteronomio se prohíbe ir detrás de otros dioses. Este era para el pueblo judío el más grave y abominable de todos los pecados: la idolatría. La Sagrada Escritura habla con severidad extrema de este pecado y del castigo que trae consigo y era considerado como una aberración. Hoy podríamos afirmar que entre los hombres civilizados casi no se dan idólatras en sentido estricto, es decir, quienes afirmen ser Dios alguna criatura, pero lo que es muy frecuente es ver a muchos fabricarse sus ídolos: el dinero, el placer, el poder, etc., a los que se podría decir que adoran, abandonando, por ellos, los caminos del Señor. También puede haber ídolos en la juventud: la moto, el deporte, el grupo musical, etc. Todo lo que, por amarse desordenadamente, aparte del Señor.


EL MANDAMIENTO DEL AMOR AL PROJIMO

 

"Amarás al prójimo como a ti mismo"
(Mt., 22, 39)


El mandamiento del amor al prójimo (segundo gran mandamiento) es semejante al primero.

La Sagrada Escritura enseña constantemente que el amor al prójimo ha de tener como fundamento el amor a Dios, pues éste lleva a amar lo que Dios ama: a imitar el amor que Dios tiene a todos.

El motivo más alto para amar a los demás es ver a Dios en ellos. Por la inteligencia se puede ver que son seres creados y queridos por Dios. Además, por la fe se puede conocer que son hijos de Dios. Ambas realidades constituyen el fundamento de la fraternidad humana y cristiana. Al ver en ellos hijos de Dios y hermanos nuestros, el cristiano debe acercarse a ellos y ayudarles. La parábola del buen samaritano es un ejemplo de cómo hay que acercarse al necesitado actuando como prójimo. "Ve y haz tú lo mismo" (Lc. 10, 36)

Así se dice en el Levítico: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lev. 19, 18); este prójimo era para los israelitas cualquier hombre, pues según se ve en la Escritura Santa: "si un extranjero viene a morar contigo en nuestra tierra, no lo molestéis. Al inmigrante que mora con vosotros lo consideraréis como indígena y lo amarás como a ti mismo" (Lev. 19, 33-34) Este amor al prójimo viene prescrito no sólo en actos, sino que debe proceder de una actitud interior:

"Nadie piense mal en su corazón contra el prójimo" (Zac. 7, 10)

Hay que darse cuenta de que el Nuevo Testamento introduce una novedad en el amor al prójimo. El mismo Jesucristo lo llamó "mandamiento nuevo": "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros: así como yo os he amado, amaos también los unos a los otros. En esto conocerán todos los hombres que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn. 13, 34-35)

La ley de Cristo establece, por tanto, un nivel muy superior de amor al prójimo de lo que había mandado y enseñado el Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, el amor al prójimo se considera una condición imprescindible del amor a Dios:

"Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve. Y nosotros tenemos de El este precepto, que quien ama a Dios ame también a su hermano" (1 Jn. 4, 20-21) Pero de aquí no se puede deducir la recíproca: que amando sólo al prójimo se ama también a Dios. El amor al prójimo como a uno mismo es la consecuencia de amar a Dios de modo absoluto.

En caso de que se ame verdaderamente, desinteresadamente, al prójimo sin amar a Dios, ese amor al prójimo no sustituye al amor a Dios; no basta para que el hombre cumpla con su fin primordial. Por eso es errónea la reducción de la religión a un puro humanitarismo o filantropía. Considerar, por ejemplo, que la Iglesia tiene como principal misión resolver problemas humanos, es reducir su fin a una tarea meramente humana, que fácilmente lleva a reducir la religión a la política.

El amor que Cristo enseña

"Yo os he dado ejemplo para que vosotros hagáis también como yo he hecho" (Jn. 13, 15)

El amor que Cristo nos enseña tiene unas características especiales. Es universal y se manifiesta en obras.

a) Es universal

El amor se extiende a todo lo que es de Dios.
La primera criatura con la que se debe tener amor es con uno mismo.
El amor ordenado a uno mismo es recto cuando se somete el amor propio al amor divino, queriendo para uno todo aquello que Dios quiere.

Sigue el prójimo, entendiendo por prójimo todos aquellos semejantes que tienen una relación con uno. Lógicamente, habrá que mostrar una mayor caridad para con aquellos que estén más próximos a uno mismo: los padres, hermanos, parientes, amigos, compañeros de trabajo, etcétera.

El amor de Dios se extiende también hacia los pecadores, no en cuanto pecadores, sino en cuanto hombres. Dios quiere que el pecador se convierta y viva (Ez. 33, 1 1 ) ; por eso se debe extender la caridad hacia ellos, manifestada en un pedir a Dios su conversión. Se debe odiar el pecado, pero nunca al pecador, de manera que el trato con ellos (salvando siempre el peligro de perversión para uno mismo) y la oración por ellos los atraiga al recto camino.

También hay que amar, a los enemigos, no en cuanto enemigos, sino en cuanto hombres capaces de lograr la eterna bienaventuranza. El amor a los enemigos es tina de las enseñanzas del cristianismo: "Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y calumnian para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos y pecadores" (Mt. 5, 43-45)

A lo primero que nos tiene que llevar el amor al enemigo es a perdonar, porque Cristo supo pronunciar en la cruz palabras de perdón:

"Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc. 23, 34)

También hacia el universo hay que extender el amor, ya que todo él es obra de Dios y es amado por El. El amor a las plantas y a los animales entra dentro del ámbito del amor cristiano, siempre que no se convierta en un amor desordenado de manera que pase por delante del amor debido a nuestros semejantes. El respeto y amor a la naturaleza es una parte de lo que Cristo enseñó.


b) Se manifiesta en obras

"Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad" (l Jn. 3, 18)

El amor cristiano es un amor que se manifiesta en obras. No basta con decir que se ama, sino que hay que hacer obras de amor.

La parábola del buen samaritano (Lc. 10, 30-37) es el ejemplo, puesto por el mismo Jesús, de cómo ha de ser el amor con obras. No repara en que se trate de un samaritano, pueblo odiado por los judíos, sino simplemente de que se trata de alguien que remedia la necesidad. Con ello el Señor enseña que todo necesitado es nuestro prójimo.

"Si Yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros los pies unos a otros" (Jn. 13, 14)

Frutos del amor al prójimo son las obras de misericordia, que se ejercitan, de modo singular, cuando el cristiano practica: la limosna y la corrección fraterna, es decir, cuando de algún modo se da al prójimo.

Limosna es el acudir a solucionar las necesidades, espirituales o materiales, en que el prójimo puede encontrarse.

Se entiende por corrección fraterna a la advertencia hecha al prójimo en privado para apartarle de un pecado o de una ocasión de pecado. Se está obligado a ella por ley divina y por ley natural. "Sí pecara tu hermano contra ti, ve y corrígele a solas" (Mt. 18, 15)

Una forma excelente del amor al prójimo es procurar su acercamiento a Cristo, el Salvador. Esta forma de manifestar el amor se llama apostolado.

Amor misericordioso

"Esta revelación del amor es definida también misericordia, y tal revelación tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llama Jesucristo" (Juan Pablo II, RH, 9)

Cristo, al revelarnos que Dios es amor, ha revelado también una característica muy importante del amor divino: es misericordioso.


Oh, Dios, que manifiestas tu omnipotencia con el perdón y la misericordia: infunde siempre sobre nosotros tu gracia...
(Colecta del domingo XXVI, del año)


Si los cristianos hemos de amar como Dios nos ama, el amor al prójimo debe estar lleno de misericordia. Si el cristiano se siente pecador y espera la misericordia divina, debe mostrar para los demás hombres, para sus defectos y errores, entrañas de misericordia, pues sólo los misericordiosos alcanzarán misericordia.

Misericordia significa lo mismo que compasión. Compadecerse es sufrir porque alguno sufre, estar cercano a él, comprender su pesar y su dolor.

Que Dios es misericordioso significa, ante todo, que ama a los hombres. Por ello no le son indiferentes sus sufrimientos sino que actúa para aliviarlos.

Como el mayor mal que puede sufrir el hombre es estar alejado de Dios, la misericordia divina se manifiesta ante todo como perdón del pecador. Dios perdona la ofensa hecha a El mismo por el hombre. Es el grado máximo de misericordia que cabe.

Dios también desea apartar del hombre el dolor y el sufrimiento. Esto queda bien patente en el Evangelio al contemplar la vida de Cristo. Pero no siempre le es conveniente al hombre que le quite el dolor y el sufrimiento y por eso sigue habiéndole en el mundo.


Las obras de misericordia

Las espirituales son éstas:

La primera, enseñar al que no sabe.
La segunda, dar buen consejo al que lo necesita.
La tercera, corregir al que yerra.
La cuarta, perdonar las injurias.
La quinta, consolar al triste.
La sexta, sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
La séptima, rogar a Dios por los vivos y difuntos.

Las corporales son éstas:

La primera, visitar y cuidar a los enfermos.
La segunda, dar de comer al hambriento.
La tercera, dar de beber al sediento.
La cuarta, dar posada al peregrino.
La quinta, vestir al desnudo.
La sexta, redimir al cautivo.
La séptima, enterrar a los muertos.


Faltas de amor al prójimo

El odio al prójimo es un grave pecado contra el mandamiento de Jesucristo. La envidia es la tristeza por el bien ajeno al considerarlo mal propio. La envidia es causa de muchos pecados.

La discordia es la disensión de las voluntades que no quieren unirse en favor del bien de Dios o del prójimo. Nace del desordenado amor propio.

La contienda es el altercado o discusión violenta. Se opone a la paz y nace también del desordenado amor propio.

La riña es una refriega entre personas privadas a base de golpes o heridas. Es una pequeña guerra entre particulares. El culpable es el agresor y no el que se defiende justamente.

Una especial atención merece el pecado de escándalo. Se llama escándalo a todo dicho o hecho menos recto que proporcionen al prójimo ocasión de pecado. Se ha dicho menos recto porque si el acto es bueno y es la malicia del prójimo quien ve en ello ocasión de pecado, no sería verdaderamente escándalo. El escándalo es un pecado grave, de la misma gravedad que el pecado a que induce, y su gravedad debe medirse por la mayor o menor posibilidad que tiene el prójimo de caer en el pecado. Además, por lesionar la justicia, obliga a la restitución, es decir, a reparar el escándalo. El propio Cristo juzgó duramente el escándalo (cfr. Mt. 18, 6-9)


EL MANDAMIENTO NUEVO, ESTILO DE VIDA EN LA IGLESIA

"Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos" (1 Jn. 3, 14)

El amor cristiano al hermano en la fe es un amor social sobrenatural que configura la comunidad a la manera de una familia. El encuentro entre los hermanos se realiza siempre en el ámbito de la familia de los hijos de Dios, cuya madre es la Iglesia. Por eso, el amor mutuo entre los cristianos ha sido siempre el estilo de vida en la Iglesia.

Como ya se dijo, el cumplimiento de la Ley no es algo rígido o estático. El discípulo de Cristo está llamado a una vida moral alta. No se trata de evitar el mal, sino de hacer el bien lo más abundantemente posible: La ley del cristiano es una llamada a la santidad. Esto significa carencia de imperfección, pero sobre todo significa amor al bien, es decir, amor a Dios.

La llamada divina a la santidad exige mucho más que ser humanamente buenos: ser sobrenaturalmente buenos participando de la bondad divina, que es la única que merece tal nombre: "¿por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios" (Lc. 18, 19)

El ideal de la santidad tiene su modelo en Aquel en quien se dan todas las perfecciones, porque es amor. Por tanto, este ideal está en el mismo Dios: "Sed santos, porque santo soy yo, Yavé, vuestro Dios" (Lev. 19, 3) Los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios, tienen que asemejarse a El en la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt. 5, 48)

Para que este ideal fuera asequible a los mortales, Dios se hizo hombre, para que en el Hombre-Dios tuviesen un ejemplo vivo a quien imitar. Esta es la razón por la que Cristo dice: "Aprended de Mí" (Mt. 11, 19), y lo que de un modo más eminente destaca en Cristo es su amor.

Todo el resumen de la santidad está en el amor: "el que no ama permanece en la muerte" (l Jn. 3, 14), y este amor se ha de manifestar en obras: "No amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad" (l Jn. 3, 18) Pero a ello están obligados no sólo los cristianos, sino todos los hombres, ya que el primero y principal mandamiento no tiene límite en extensión: "con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente" (Mt. 22, 37), y obliga a todos. Todos los hombres están obligados a amar a Dios de esta forma, y eso es la santidad o perfección que reside en el amor.


"Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena."
(LG, 40)

VOCABULARIO

Misericordioso: Misericordiosos son los que aman en Dios y por amor de Dios a su prójimo, se compadecen de sus miserias así espirituales como corporales y procuran aliviarlas según su fuerza y estado.

Creador: Dícese propiamente de Dios, que sacó el conjunto de todas las cosas que existen, de la nada.

Latría: Culto debido a Dios exclusivamente.

Idolatría: Pecado según el cual se rinde a ídolos (o a "sombras") el culto que sólo se debe dar a Dios,

Yahve: Nombre que el Señor se da a sí mismo. Significa el que existe siempre y para siempre; el que actuando en favor de Israel está presente en su pueblo.

Decálogo: Término que significa "las diez palabras". Significa, por tanto, el conjunto de los diez mandamientos inscritos en las tablas de la ley y promulgados por el Señor. Contiene la fe fundamental de la Alianza.

Ley: Ordenación de la razón dirigida al bien común y promulgada por quien -tiene el cuidado de la comunidad.

Ley eterna: Es el plan de la Sabiduría divina por el que dirige todas las acciones y movimientos de las criaturas al bien común de todo el universo.

Ley natural: Participación de la ley eterna en al criatura racional.


Ley positiva divina: La que procede de la libre e inmediata determinación de Dios, comunicada y promulgada al hombre por la divina revelación en orden al fin sobrenatural.

Los mandamientos de la Ley de Dios: Los mandamientos de la Ley de Dios tienen este nombre porque el mismo Dios los ha impreso en el alma de todo hombre, los promulgó en la antigua Ley sobre el monte Sinaí, grabados en dos Tablas de piedra, y Jesucristo los ha confirmado en la Ley nueva.


El perdón

"El mundo de los hombres puede hacerse cada vez más humano, si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al Evangelio. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es, además, la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los unos contra los otros"
(DM, 14)

"¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado;
oh prado de verduras
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura"

(San Juan de la Cruz)

El error actual más corriente es considerar las normas éticas como fruto de una mayoría social, en contraposición a las leyes internas que rigen la naturaleza humana. Una mayoría social nunca da una norma ética, lo que produce es la moda. Y entre moda y ética hay una gran diferencia. Por ejemplo, no es lo mismo que la moda dicte el vestir de vaqueros a que la moda insista en el uso de anticonceptivos. El llevar vaqueros no implica un deber ético, porque no afecta a la naturaleza del hombre, mientras que el uso de anticonceptivos sí, ya que el hombre y la mujer están ordenados a traer hijos al mundo, y por muy libres que sean, no deben actuar contra su propia naturaleza. Este sí es un problema ético y moral. Y para definirlo no sirve para nada la mayoría; no es solamente un problema social. Está también muy extendido el considerar la moral y la ética como fruto de la educación. De tal manera que, dicen, cambiando la educación puede cambiar la moral. ¡Qué falacia! Cambiando la educación se puede manipular la persona, se la puede destrozar y aniquilar su naturaleza enseñándole normas de comportamiento inhumanas. En ese caso ya no trataríamos con hombres, sino con subproductos adulterados, algo parecido al aceite de colza, que siendo aceite y pareciéndole, mata.

Qué gran lección nos dieron Adán y Eva. No hicieron caso a las leyes que les dictó nuestro Creador, pero reconocieron su pecado. Lo peor hubiera sido que después de comer el fruto prohibido su soberbia les hubiese llevado a considerarse legisladores del universo, usurpando en sus sueños delirantes una función que exclusivamente compete a Dios.

Esa fue la respuesta del tentador, en la que cayeron, pero no se rebelaron como víboras dando coces contra el aguijón. Tuvieron un poco de humildad: aceptaron su culpa, y no se metieron donde no les llamaban. ¡Qué gran lección para muchos hombres de ahora!
(Rev. Mundo Cristiano, n., 245, -Editorial")


El himno de la caridad

Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará.

Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.
(l Cor. 13, 1-3)


Comentario de la Biblia para la iniciación cristiana t. 2, pág. 41 5

Pablo advierte a los corintios del peligro que corren de dejarse engañar por las apariencias. Lo extraordinario del Cristianismo no está en las manifestaciones prodigiosas o en el poder de hacer milagros. Lo extraordinario del Cristianismo consiste en que un hombre ordinario sea capaz de amar con sencillez, humildad y perseverancia.

El amor cristiano puede parecer una falta de personalidad a quienes consideran que la hombría consiste en la "dignidad" y en no aguantar las ofensas sin exigir reparación. Puede incluso parecer despreciable.
Frente a esa manera pagana de ver las relaciones humanas, Pablo describe el ideal cristiano de la caridad. La caridad es un amor que se manifiesta en pequeños detalles, en gestos muy concretos. Un amor que se pone en actitud de servicio, es decir, que invita a los demás a pedir favores. Se puede contar con él. Un amor desinteresado y gratuito que renuncia a sus propios derechos, a tomarse la justicia por su mano, y se dirige precisamente a aquellos que no le devolverán nada: los pobres y los enemigos. Un amor que evita las palabras y los gestos ofensivos. Un amor que busca la verdad y la acepta, incluso si la encuentra en los propios enemigos. Al final de este himno prodigioso recuerda San Pablo que el amor "disculpa, se fía, espera y aguanta sin límites". Significativa progresión: ya es mucho disculpar siempre, es decir, silenciar, no tener en cuenta, cuando nos sentimos tan inclinados a ver mala intención en los demás. ("Piensa mal y acertarás", corre con frecuencia como moneda buena entre bastantes cristianos.)

Pero supone, todavía más, creer en los otros siempre, es decir, fiarse de ellos, darles la confianza de antemano sin sospechar malas intenciones nunca. Puede suceder que nos tengamos que rendir a la evidencia del mal. Entonces -recuerda San Pablo- el amor espera sin límites, es decir, tiene la seguridad de que lo que hoy no es posible, mañana puede ser una realidad. Semejante actitud condena a quienes dicen de cualquier hombre hundido "no hay nada que hacer con él" ¿Por qué con nuestra poca confianza y capacidad de perdón herimos en el hombre -en los niños sobre todo- la posibilidad de resurgir y enmendarse.

Pero el amor puede dar aún una muestra mayor de su profundidad.

Cuando la esperanza del cambio se ve defraudada una y otra vez, el amor cristiano no se hunde, no se desanima: aguanta sin límites. Imita la paciencia misma de Dios, porque sabe que el amor nunca falla y que llegará un día en que brille con todo su esplendor lo que ahora permanece todavía oculto en el corazón del hombre. Si no tenemos amor, no somos nada.

Canción a la viña del amigo
"Mi amigo tenía una viña
en fértil collado.
La entrecavó, la descantó
y plantó buenas cepas,
construyó en medio una atalaya
y cavó un lagar.
Y esperó que diese uvas
pero dio agrazones.

Pues ahora, habitantes de Jerusalén,
hombres de Judá,
por favor, sed jueces
entre mí y mi viña.
¿Qué más cabía hacer por mi viña
que yo no lo haya hecho?
¿Por qué esperando que diera uvas,
dio agrazones?" (Is. 5, 1-4)