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10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
Dios es amor en sí mismo
La creación es obra del amor de Dios
El mandato divino del amor
Los diez mandamientos.
Leyes basadas en el amor.
Una carta de libertad.
No he venido a suprimir, sino a cumplir.
El amor a Dios, primero y principal mandamiento
El amor a Dios.
Las faltas de amor a Dios
La idolatría
El mandamiento del amor al prójimo
El amor que Cristo enseña
Amor misericordioso
Faltas de amor al prójimo
El mandamiento nuevo, estilo de vida en la Iglesia
DIOS ES AMOR EN SI MISMO
"Dios es amor" Esta frase es, en San Juan, la cumbre
de la revelación sobre Dios ( 1 Jn. 1, 7-8) .
Dios es amor primeramente en Sí mismo. Esa es su vida íntima,
que nos es desconocida, pero que a través del testimonio
de Jesucristo se puede conocer, aunque de modo imperfecto.
En primer lugar, el Padre ama al Hijo con amor eterno. Con este
mismo amor ama el Padre al Verbo encarnado, Jesucristo: "El
Padre ama al Hijo y ha puesto en sus manos todas las cosas"
(Jn. 3, 35)
El Hijo ama a su vez al Padre, desde toda la eternidad. Así
lo proclama cuando dice: "Para que el mundo conozca que yo
amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre,
así hago" (Jn. 14, 31)
De este íntimo amor del Padre y del Hijo procede el Espíritu
Santo. De esta manera, la vida íntima de Dios, que se realiza
en la vida trinitaria, es una vida amorosa. Esta vida amorosa se
derrama a los hombres a través del Dios-Hombre.
"Con todo, aunque conocemos esta verdad (que Dios es amor)
gracias a la encarnación de Dios, la afirmación
es mucho más profunda. Dios es amor con anterioridad al
hombre y al mundo creado. Esto sólo es posible porque "Dios
no es solitario". En Dios mismo es posible el amor, ya que
son tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y en el
seno de estas tres personas vive pletórico el amor divino"
(Bplic, t. 2, p. 577)
LA CREACION ES OBRA DEL AMOR DE DIOS
La creación entera es muestra del amor de Dios. Dios es
amor en Sí mismo y ha querido comunicar ese amor creando
a los demás seres. No puede haber otro motivo de la creación,
porque siendo Dios perfecto, no tiene necesidad de nada.
El hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios y, por eso,
es capaz de entender y amar. El fin de la vida humana está
en conocer y amar a Dios. El que ama a Dios "es nacido de Dios"
(Jn. 1, 7-8) y, por tanto, hijo de Dios. San Juan llega a decir:
"el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor"
(ibíd.)
La verdadera vocación del hombre consiste en entrar en la
gran corriente del amor, pasando de ser amado por Dios, a amar a
su vez a Dios y a lo que Dios ama.
EL MANDATO DIVINO DEL AMOR
Dios, en el Sinaí, establece una Alianza con el pueblo que
había elegido. Le dice que será un reino de sacerdotes
y una nación santa. Para poder ser santos, deben cumplir
lo que Dios les enseña y para ello les marca un camino: El
Decálogo.
La ley es interior al hombre porque lo más interior que
éste tiene es su dependencia de Dios. De ahí surge
la tendencia innata de todo hombre al bien y, en definitiva, a los
mandamientos de la ley natural. Aunque el hombre luego se engañe,
siempre conservará la tendencia interior al bien que coincide
con la ley promulgada por Dios. Para que su pueblo, con el que había
hecho la Alianza, no se engañase, Dios le hizo conocer los
preceptos de la ley natural de un modo claro, promulgándolos.
Los diez mandamientos
A los diez mandamientos se les llama "Decálogo".
La Biblia ofrece dos presentaciones del "Decálogo".
Una en el libro del Éxodo y otra en el libro del Deuteronomio.
Las dos recogen los mismos mandamientos y el mismo orden, pero emplean
algunas palabras diferentes. La Iglesia, en su catequesis, siguió
la costumbre de transmitir una presentación breve del "Decálogo".
Los mandamientos de la Ley de Dios son diez
El primero, amarás a Dios sobre todas las cosas.
El segundo, no tomarás el nombre de Dios en vano.
El tercero, santificarás las fiestas.
El cuarto, honrarás a tu padre y a tu madre.
El quinto, no matarás.
El sexto, no cometerás actos impuros.
El séptimo, no hurtarás.
El octavo, no dirás falsos testimonios ni mentirás.
El noveno, no consentirás pensamientos ni deseos impuros.
El décimo, no codiciarás los bienes ajenos.
Estos diez mandamientos se encierran en dos:
Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo
como a ti mismo.
Leyes basadas en el amor
"Para comprender hoy el relato de los diez mandamientos, tenemos
que tener en cuenta algunas cosas:
- Esta "Ley" fue dada a unos hombres con fe en un Dios
que les había elegido y librado de la esclavitud. Es decir,
que se les había revelado en su historia.
- Los diez mandamientos van expresados de manera directa y muy
viva: tú no matarás; tú no robarás;
tú no codiciarás. También hoy Dios nos dirige
estas palabras cuando las meditamos o las oímos leer.
- Pero no hay que olvidar que los diez mandamientos son una ley
para la comunidad. Nos hablan de las relaciones con Dios y con los
otros. Están iluminados por una fe, que todos comparten,
y por el amor, que es el alma de la Alianza.
- Los diez mandamientos no dicen todo. Son orientaciones profundas
para la relación del hombre con Dios y con sus semejantes;
no son un catálogo completo o un programa hecho.
- El objetivo de la formulación negativa es lograr que el
pueblo consagrado a Dios "no obre" como los pueblos que
no le conocen.
Una carta de libertad
Israel es un pueblo de hombres que han sido liberados para poder
servir al Señor. Por tanto los mandamientos, situados en
el corazón de la Alianza, son unos mensajes de liberación.
Este es su sentido.
Israel vio, desde el comienzo, en los mandamientos, un medio para
comulgar con la voluntad de Dios, y por tanto para amarle (Bplic,
t. 1, p. 70-71)
La Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, hace suya la Alianza del antiguo
Pueblo de Dios (cfr. 1 Pt. 2, 9) y sigue proponiendo el Decálogo
para alcanzar también la nueva Alianza que Dios hace con
el cristiano por la Sangre de Cristo. Cristo propuso en el Sermón
de la Montaña la doctrina que llevaría a su plenitud
la Ley del Sinaí.
No he venido a suprimir, sino a cumplir
El pueblo de Israel recibió los diez mandamientos como una
señal del amor de Dios. No se quejó de las obligaciones
que imponían. Es verdad que desobedeció. Pero aceptó
que estas "diez palabras" le juzgaran y le corrigieran.
Jesús llevó a "plenitud" la Ley del Sinaí,
como puede verse, por ejemplo, en las palabras que recoge San Mateo
en el sermón del monte. No cabe duda de que el Evangelio
resume la ley cuando transmite estos dos preceptos: "Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás
a tu prójimo como a ti mismo."
Hoy, la Iglesia, al transmitir estas diez Palabras que llama "los
diez mandamientos" de Dios, entiende que deben seguir realizando
la obra de la liberación que tuvieron en la vida de la Alianza
(ibíd.)
EL AMOR A DIOS, PRIMERO Y PRINCIPAL MANDAMIENTO
El amor a Dios
"Escucha, ¡oh, Israel!: El Señor Dios nuestro
es el solo Señor. Amarás al Señor Dios tuyo
con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas"
(Dt. 6, 4-5)
Jesucristo confirmó este mandamiento a la pregunta de un
doctor de la Ley: "Maestro: ¿Cuál es el mandamiento
principal de la Ley? El le respondió: Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda
tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento" (Mt. 22,
36-38)
Estos textos bíblicos exigen un amor sumo a Dios. ¿Puede
exigirse el amor como un deber moral? Si se trata de un afecto sentimental
no se puede exigir porque es involuntario, pero si se trata de una
decisión voluntaria y libre, sí que puede ser objeto
de una obligación moral. Este amor efectivo se manifiesta
en una orientación fundamental o una actitud interna que
adopta el hombre de orientar su vida a Dios. Esto se da aún
más plenamente en el cristiano, que recibe de Dios una ayuda
para amarlo: la gracia.
La primera característica del amor a Dios es que ha de ser
sumo, porque por ser Dios infinitamente amable, hay que amarlo todo
lo que se pueda.
La segunda nota que ha de tener es ser interno, es decir, no basta
con cumplir unos formalismos externos. De esto se queja Jesús:
"Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón
está lejos de Mí" (Mt. 15, 8); Dios pide la entrega
del corazón: "Dame, hijo mío, tu corazón"
(Prov. 23, 26)
Al mismo tiempo, el amor a Dios ha de ser activo, ha de manifestarse
en obras. Un amor sin obras sería insincero según
las palabras de San Juan: "No amemos de palabra y con la lengua,
sino de obras y de verdad" (l Jn. 3, 18)
El amor a Dios debe ocupar todas las facultades del hombre. Debe
ser el hombre entero quien ame a Dios.
Frutos del amor a Dios serán el gozo, por la posesión
del bien supremo, y la paz del alma, por la ausencia de cualquier
inquietud producida por el deseo de las cosas terrenas.
Las faltas de amor a Dios
Toda falta de amor admite diversos grados, desde el odio hasta
la indiferencia. Respecto a Dios, las faltas de amor desviarán
más o menos del bien eterno que es Dios. Si la gravedad es
suficiente pueden llegar a constituir pecados graves.
El odio a Dioses, sin duda, la acción más grave y
perversa que puede hacer el hombre. Este pecado es difícil
que se dé en estado puro entre los hombres, porque requiere
un grado de conciencia y de rebeldía contra Dios que no tiene
fácil explicación entre los humanos. Sin embargo,
es posible, y se ha dado o se da en algunas personas.
Todos los demás pecados tienen una dosis de enemistad con
Dios, no tanto porque se diga que Dios es malo u odioso, sino porque
se prefieren las cosas creadas al Creador. Entonces la idea de Dios
estorba al pecador que no puede pecar sin sentir la responsabilidad
de la conciencia ante Dios.
El olvido de Dios es uno de los pecados más frecuentes entre
los hombres. A causa de él se desentienden éstos del
amor debido a Dios. Tiene su manifestación en el desagrado
por las cosas de Dios. Más que un pecado actual es un estado
de pecado y es causa de otros muchos, en especial del de indiferencia
religiosa.
La idolatría
En el texto del Deuteronomio se prohíbe ir detrás
de otros dioses. Este era para el pueblo judío el más
grave y abominable de todos los pecados: la idolatría. La
Sagrada Escritura habla con severidad extrema de este pecado y del
castigo que trae consigo y era considerado como una aberración.
Hoy podríamos afirmar que entre los hombres civilizados casi
no se dan idólatras en sentido estricto, es decir, quienes
afirmen ser Dios alguna criatura, pero lo que es muy frecuente es
ver a muchos fabricarse sus ídolos: el dinero, el placer,
el poder, etc., a los que se podría decir que adoran, abandonando,
por ellos, los caminos del Señor. También puede haber
ídolos en la juventud: la moto, el deporte, el grupo musical,
etc. Todo lo que, por amarse desordenadamente, aparte del Señor.
EL MANDAMIENTO DEL AMOR AL PROJIMO
"Amarás al prójimo como a ti mismo"
(Mt., 22, 39)
El mandamiento del amor al prójimo (segundo gran mandamiento)
es semejante al primero.
La Sagrada Escritura enseña constantemente que el amor al
prójimo ha de tener como fundamento el amor a Dios, pues
éste lleva a amar lo que Dios ama: a imitar el amor que Dios
tiene a todos.
El motivo más alto para amar a los demás es ver a
Dios en ellos. Por la inteligencia se puede ver que son seres creados
y queridos por Dios. Además, por la fe se puede conocer que
son hijos de Dios. Ambas realidades constituyen el fundamento de
la fraternidad humana y cristiana. Al ver en ellos hijos de Dios
y hermanos nuestros, el cristiano debe acercarse a ellos y ayudarles.
La parábola del buen samaritano es un ejemplo de cómo
hay que acercarse al necesitado actuando como prójimo. "Ve
y haz tú lo mismo" (Lc. 10, 36)
Así se dice en el Levítico: "Amarás a
tu prójimo como a ti mismo" (Lev. 19, 18); este prójimo
era para los israelitas cualquier hombre, pues según se ve
en la Escritura Santa: "si un extranjero viene a morar contigo
en nuestra tierra, no lo molestéis. Al inmigrante que mora
con vosotros lo consideraréis como indígena y lo amarás
como a ti mismo" (Lev. 19, 33-34) Este amor al prójimo
viene prescrito no sólo en actos, sino que debe proceder
de una actitud interior:
"Nadie piense mal en su corazón contra el prójimo"
(Zac. 7, 10)
Hay que darse cuenta de que el Nuevo Testamento introduce una novedad
en el amor al prójimo. El mismo Jesucristo lo llamó
"mandamiento nuevo": "Un mandamiento nuevo os doy:
que os améis unos a otros: así como yo os he amado,
amaos también los unos a los otros. En esto conocerán
todos los hombres que sois mis discípulos, si os tenéis
amor los unos a los otros" (Jn. 13, 34-35)
La ley de Cristo establece, por tanto, un nivel muy superior de
amor al prójimo de lo que había mandado y enseñado
el Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, el amor al prójimo
se considera una condición imprescindible del amor a Dios:
"Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano,
miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible
que ame a Dios a quien no ve. Y nosotros tenemos de El este precepto,
que quien ama a Dios ame también a su hermano" (1 Jn.
4, 20-21) Pero de aquí no se puede deducir la recíproca:
que amando sólo al prójimo se ama también a
Dios. El amor al prójimo como a uno mismo es la consecuencia
de amar a Dios de modo absoluto.
En caso de que se ame verdaderamente, desinteresadamente, al prójimo
sin amar a Dios, ese amor al prójimo no sustituye al amor
a Dios; no basta para que el hombre cumpla con su fin primordial.
Por eso es errónea la reducción de la religión
a un puro humanitarismo o filantropía. Considerar, por ejemplo,
que la Iglesia tiene como principal misión resolver problemas
humanos, es reducir su fin a una tarea meramente humana, que fácilmente
lleva a reducir la religión a la política.
El amor que Cristo enseña
"Yo os he dado ejemplo para que vosotros hagáis también
como yo he hecho" (Jn. 13, 15)
El amor que Cristo nos enseña tiene unas características
especiales. Es universal y se manifiesta en obras.
a) Es universal
El amor se extiende a todo lo que es de Dios.
La primera criatura con la que se debe tener amor es con uno mismo.
El amor ordenado a uno mismo es recto cuando se somete el amor propio
al amor divino, queriendo para uno todo aquello que Dios quiere.
Sigue el prójimo, entendiendo por prójimo todos aquellos
semejantes que tienen una relación con uno. Lógicamente,
habrá que mostrar una mayor caridad para con aquellos que
estén más próximos a uno mismo: los padres,
hermanos, parientes, amigos, compañeros de trabajo, etcétera.
El amor de Dios se extiende también hacia los pecadores,
no en cuanto pecadores, sino en cuanto hombres. Dios quiere que
el pecador se convierta y viva (Ez. 33, 1 1 ) ; por eso se debe
extender la caridad hacia ellos, manifestada en un pedir a Dios
su conversión. Se debe odiar el pecado, pero nunca al pecador,
de manera que el trato con ellos (salvando siempre el peligro de
perversión para uno mismo) y la oración por ellos
los atraiga al recto camino.
También hay que amar, a los enemigos, no en cuanto enemigos,
sino en cuanto hombres capaces de lograr la eterna bienaventuranza.
El amor a los enemigos es tina de las enseñanzas del cristianismo:
"Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y
calumnian para que seáis hijos de vuestro Padre, que está
en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos y llover
sobre justos y pecadores" (Mt. 5, 43-45)
A lo primero que nos tiene que llevar el amor al enemigo es a perdonar,
porque Cristo supo pronunciar en la cruz palabras de perdón:
"Jesús decía: Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen" (Lc. 23, 34)
También hacia el universo hay que extender el amor, ya que
todo él es obra de Dios y es amado por El. El amor a las
plantas y a los animales entra dentro del ámbito del amor
cristiano, siempre que no se convierta en un amor desordenado de
manera que pase por delante del amor debido a nuestros semejantes.
El respeto y amor a la naturaleza es una parte de lo que Cristo
enseñó.
b) Se manifiesta en obras
"Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra
y de verdad" (l Jn. 3, 18)
El amor cristiano es un amor que se manifiesta en obras. No basta
con decir que se ama, sino que hay que hacer obras de amor.
La parábola del buen samaritano (Lc. 10, 30-37) es el ejemplo,
puesto por el mismo Jesús, de cómo ha de ser el amor
con obras. No repara en que se trate de un samaritano, pueblo odiado
por los judíos, sino simplemente de que se trata de alguien
que remedia la necesidad. Con ello el Señor enseña
que todo necesitado es nuestro prójimo.
"Si Yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor
y Maestro, también habéis de lavaros los pies unos
a otros" (Jn. 13, 14)
Frutos del amor al prójimo son las obras de misericordia,
que se ejercitan, de modo singular, cuando el cristiano practica:
la limosna y la corrección fraterna, es decir, cuando de
algún modo se da al prójimo.
Limosna es el acudir a solucionar las necesidades, espirituales
o materiales, en que el prójimo puede encontrarse.
Se entiende por corrección fraterna a la advertencia hecha
al prójimo en privado para apartarle de un pecado o de una
ocasión de pecado. Se está obligado a ella por ley
divina y por ley natural. "Sí pecara tu hermano contra
ti, ve y corrígele a solas" (Mt. 18, 15)
Una forma excelente del amor al prójimo es procurar su acercamiento
a Cristo, el Salvador. Esta forma de manifestar el amor se llama
apostolado.
Amor misericordioso
"Esta revelación del amor es definida también
misericordia, y tal revelación tiene en la historia del hombre
una forma y un nombre: se llama Jesucristo" (Juan Pablo II,
RH, 9)
Cristo, al revelarnos que Dios es amor, ha revelado también
una característica muy importante del amor divino: es misericordioso.
Oh, Dios, que manifiestas tu omnipotencia con el perdón
y la misericordia: infunde siempre sobre nosotros tu gracia...
(Colecta del domingo XXVI, del año)
Si los cristianos hemos de amar como Dios nos ama, el amor al prójimo
debe estar lleno de misericordia. Si el cristiano se siente pecador
y espera la misericordia divina, debe mostrar para los demás
hombres, para sus defectos y errores, entrañas de misericordia,
pues sólo los misericordiosos alcanzarán misericordia.
Misericordia significa lo mismo que compasión. Compadecerse
es sufrir porque alguno sufre, estar cercano a él, comprender
su pesar y su dolor.
Que Dios es misericordioso significa, ante todo, que ama a los
hombres. Por ello no le son indiferentes sus sufrimientos sino que
actúa para aliviarlos.
Como el mayor mal que puede sufrir el hombre es estar alejado de
Dios, la misericordia divina se manifiesta ante todo como perdón
del pecador. Dios perdona la ofensa hecha a El mismo por el hombre.
Es el grado máximo de misericordia que cabe.
Dios también desea apartar del hombre el dolor y el sufrimiento.
Esto queda bien patente en el Evangelio al contemplar la vida de
Cristo. Pero no siempre le es conveniente al hombre que le quite
el dolor y el sufrimiento y por eso sigue habiéndole en el
mundo.
Las obras de misericordia
Las espirituales son éstas:
La primera, enseñar al que no sabe.
La segunda, dar buen consejo al que lo necesita.
La tercera, corregir al que yerra.
La cuarta, perdonar las injurias.
La quinta, consolar al triste.
La sexta, sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
La séptima, rogar a Dios por los vivos y difuntos.
Las corporales son éstas:
La primera, visitar y cuidar a los enfermos.
La segunda, dar de comer al hambriento.
La tercera, dar de beber al sediento.
La cuarta, dar posada al peregrino.
La quinta, vestir al desnudo.
La sexta, redimir al cautivo.
La séptima, enterrar a los muertos.
Faltas de amor al prójimo
El odio al prójimo es un grave pecado contra el mandamiento
de Jesucristo. La envidia es la tristeza por el bien ajeno al considerarlo
mal propio. La envidia es causa de muchos pecados.
La discordia es la disensión de las voluntades que no quieren
unirse en favor del bien de Dios o del prójimo. Nace del
desordenado amor propio.
La contienda es el altercado o discusión violenta. Se opone
a la paz y nace también del desordenado amor propio.
La riña es una refriega entre personas privadas a base de
golpes o heridas. Es una pequeña guerra entre particulares.
El culpable es el agresor y no el que se defiende justamente.
Una especial atención merece el pecado de escándalo.
Se llama escándalo a todo dicho o hecho menos recto que proporcionen
al prójimo ocasión de pecado. Se ha dicho menos recto
porque si el acto es bueno y es la malicia del prójimo quien
ve en ello ocasión de pecado, no sería verdaderamente
escándalo. El escándalo es un pecado grave, de la
misma gravedad que el pecado a que induce, y su gravedad debe medirse
por la mayor o menor posibilidad que tiene el prójimo de
caer en el pecado. Además, por lesionar la justicia, obliga
a la restitución, es decir, a reparar el escándalo.
El propio Cristo juzgó duramente el escándalo (cfr.
Mt. 18, 6-9)
EL MANDAMIENTO NUEVO, ESTILO DE VIDA EN LA IGLESIA
"Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida,
porque amamos a los hermanos" (1 Jn. 3, 14)
El amor cristiano al hermano en la fe es un amor social sobrenatural
que configura la comunidad a la manera de una familia. El encuentro
entre los hermanos se realiza siempre en el ámbito de la
familia de los hijos de Dios, cuya madre es la Iglesia. Por eso,
el amor mutuo entre los cristianos ha sido siempre el estilo de
vida en la Iglesia.
Como ya se dijo, el cumplimiento de la Ley no es algo rígido
o estático. El discípulo de Cristo está llamado
a una vida moral alta. No se trata de evitar el mal, sino de hacer
el bien lo más abundantemente posible: La ley del cristiano
es una llamada a la santidad. Esto significa carencia de imperfección,
pero sobre todo significa amor al bien, es decir, amor a Dios.
La llamada divina a la santidad exige mucho más que ser
humanamente buenos: ser sobrenaturalmente buenos participando de
la bondad divina, que es la única que merece tal nombre:
"¿por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino
sólo Dios" (Lc. 18, 19)
El ideal de la santidad tiene su modelo en Aquel en quien se dan
todas las perfecciones, porque es amor. Por tanto, este ideal está
en el mismo Dios: "Sed santos, porque santo soy yo, Yavé,
vuestro Dios" (Lev. 19, 3) Los hombres, creados a imagen y
semejanza de Dios, tienen que asemejarse a El en la santidad: "Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt. 5,
48)
Para que este ideal fuera asequible a los mortales, Dios se hizo
hombre, para que en el Hombre-Dios tuviesen un ejemplo vivo a quien
imitar. Esta es la razón por la que Cristo dice: "Aprended
de Mí" (Mt. 11, 19), y lo que de un modo más
eminente destaca en Cristo es su amor.
Todo el resumen de la santidad está en el amor: "el
que no ama permanece en la muerte" (l Jn. 3, 14), y este amor
se ha de manifestar en obras: "No amemos de palabra ni de lengua,
sino de obra y de verdad" (l Jn. 3, 18) Pero a ello están
obligados no sólo los cristianos, sino todos los hombres,
ya que el primero y principal mandamiento no tiene límite
en extensión: "con todo tu corazón, con toda
tu alma, con toda tu mente" (Mt. 22, 37), y obliga a todos.
Todos los hombres están obligados a amar a Dios de esta forma,
y eso es la santidad o perfección que reside en el amor.
"Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier
estado o condición, están llamados a la plenitud de
la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta
santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la
sociedad terrena."
(LG, 40)
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VOCABULARIO
Misericordioso: Misericordiosos
son los que aman en Dios y por amor de Dios a su prójimo,
se compadecen de sus miserias así espirituales
como corporales y procuran aliviarlas según su
fuerza y estado.
Creador: Dícese
propiamente de Dios, que sacó el conjunto de
todas las cosas que existen, de la nada.
Latría: Culto
debido a Dios exclusivamente.
Idolatría: Pecado
según el cual se rinde a ídolos (o a "sombras")
el culto que sólo se debe dar a Dios,
Yahve: Nombre que el
Señor se da a sí mismo. Significa el que
existe siempre y para siempre; el que actuando en favor
de Israel está presente en su pueblo.
Decálogo: Término
que significa "las diez palabras". Significa,
por tanto, el conjunto de los diez mandamientos inscritos
en las tablas de la ley y promulgados por el Señor.
Contiene la fe fundamental de la Alianza.
Ley: Ordenación
de la razón dirigida al bien común y promulgada
por quien -tiene el cuidado de la comunidad.
Ley eterna: Es el plan
de la Sabiduría divina por el que dirige todas
las acciones y movimientos de las criaturas al bien
común de todo el universo.
Ley natural: Participación
de la ley eterna en al criatura racional.
Ley positiva divina:
La que procede de la libre e inmediata determinación
de Dios, comunicada y promulgada al hombre por la divina
revelación en orden al fin sobrenatural.
Los mandamientos de la Ley
de Dios: Los mandamientos de la Ley de Dios tienen
este nombre porque el mismo Dios los ha impreso en el
alma de todo hombre, los promulgó en la antigua
Ley sobre el monte Sinaí, grabados en dos Tablas
de piedra, y Jesucristo los ha confirmado en la Ley
nueva.
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El perdón
"El mundo de los hombres puede hacerse cada vez más
humano, si en todas las relaciones recíprocas que plasman
su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan
esencial al Evangelio. El perdón atestigua que en el mundo
está presente el amor más fuerte que el pecado.
El perdón es, además, la condición fundamental
de la reconciliación, no sólo en la relación
de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas
relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se eliminase el
perdón, sería solamente un mundo de justicia fría
e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría
sus propios derechos respecto a los demás; así los
egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el
hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana
en un sistema de opresión de los más débiles
por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente
de los unos contra los otros"
(DM, 14)
"¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado;
oh prado de verduras
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura;
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura"
(San Juan de la Cruz)
El error actual más corriente es considerar las normas éticas
como fruto de una mayoría social, en contraposición
a las leyes internas que rigen la naturaleza humana. Una mayoría
social nunca da una norma ética, lo que produce es la moda.
Y entre moda y ética hay una gran diferencia. Por ejemplo,
no es lo mismo que la moda dicte el vestir de vaqueros a que la
moda insista en el uso de anticonceptivos. El llevar vaqueros no
implica un deber ético, porque no afecta a la naturaleza
del hombre, mientras que el uso de anticonceptivos sí, ya
que el hombre y la mujer están ordenados a traer hijos al
mundo, y por muy libres que sean, no deben actuar contra su propia
naturaleza. Este sí es un problema ético y moral.
Y para definirlo no sirve para nada la mayoría; no es solamente
un problema social. Está también muy extendido el
considerar la moral y la ética como fruto de la educación.
De tal manera que, dicen, cambiando la educación puede cambiar
la moral. ¡Qué falacia! Cambiando la educación
se puede manipular la persona, se la puede destrozar y aniquilar
su naturaleza enseñándole normas de comportamiento
inhumanas. En ese caso ya no trataríamos con hombres, sino
con subproductos adulterados, algo parecido al aceite de colza,
que siendo aceite y pareciéndole, mata.
Qué gran lección nos dieron Adán y Eva. No
hicieron caso a las leyes que les dictó nuestro Creador,
pero reconocieron su pecado. Lo peor hubiera sido que después
de comer el fruto prohibido su soberbia les hubiese llevado a considerarse
legisladores del universo, usurpando en sus sueños delirantes
una función que exclusivamente compete a Dios.
Esa fue la respuesta del tentador, en la que cayeron, pero no se
rebelaron como víboras dando coces contra el aguijón.
Tuvieron un poco de humildad: aceptaron su culpa, y no se metieron
donde no les llamaban. ¡Qué gran lección para
muchos hombres de ahora!
(Rev. Mundo Cristiano, n., 245, -Editorial")
El himno de la caridad
Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los
ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal
que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener
el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el
saber; podría tener fe como para mover montañas; si
no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo
lo que tengo y aún dejarme quemar vivo, si no tengo amor,
de nada me sirve. El amor es paciente, afable; no tiene envidia;
no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta;
no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin
límites, espera sin límites, aguanta sin límites.
El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará.
¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?,
se acabará.
Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía;
pero cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará. Cuando
yo era niño, hablaba como un niño, sentía como
un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un
hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos confusamente
en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora
limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En
una palabra quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La
más grande es el amor.
(l Cor. 13, 1-3)
Comentario de la Biblia para la iniciación cristiana t. 2,
pág. 41 5
Pablo advierte a los corintios del peligro que corren de dejarse
engañar por las apariencias. Lo extraordinario del Cristianismo
no está en las manifestaciones prodigiosas o en el poder
de hacer milagros. Lo extraordinario del Cristianismo consiste en
que un hombre ordinario sea capaz de amar con sencillez, humildad
y perseverancia.
El amor cristiano puede parecer una falta de personalidad a quienes
consideran que la hombría consiste en la "dignidad"
y en no aguantar las ofensas sin exigir reparación. Puede
incluso parecer despreciable.
Frente a esa manera pagana de ver las relaciones humanas, Pablo
describe el ideal cristiano de la caridad. La caridad es un amor
que se manifiesta en pequeños detalles, en gestos muy concretos.
Un amor que se pone en actitud de servicio, es decir, que invita
a los demás a pedir favores. Se puede contar con él.
Un amor desinteresado y gratuito que renuncia a sus propios derechos,
a tomarse la justicia por su mano, y se dirige precisamente a aquellos
que no le devolverán nada: los pobres y los enemigos. Un
amor que evita las palabras y los gestos ofensivos. Un amor que
busca la verdad y la acepta, incluso si la encuentra en los propios
enemigos. Al final de este himno prodigioso recuerda San Pablo que
el amor "disculpa, se fía, espera y aguanta sin límites".
Significativa progresión: ya es mucho disculpar siempre,
es decir, silenciar, no tener en cuenta, cuando nos sentimos tan
inclinados a ver mala intención en los demás. ("Piensa
mal y acertarás", corre con frecuencia como moneda buena
entre bastantes cristianos.)
Pero supone, todavía más, creer en los otros siempre,
es decir, fiarse de ellos, darles la confianza de antemano sin sospechar
malas intenciones nunca. Puede suceder que nos tengamos que rendir
a la evidencia del mal. Entonces -recuerda San Pablo- el amor espera
sin límites, es decir, tiene la seguridad de que lo que hoy
no es posible, mañana puede ser una realidad. Semejante actitud
condena a quienes dicen de cualquier hombre hundido "no hay
nada que hacer con él" ¿Por qué con nuestra
poca confianza y capacidad de perdón herimos en el hombre
-en los niños sobre todo- la posibilidad de resurgir y enmendarse.
Pero el amor puede dar aún una muestra mayor de su profundidad.
Cuando la esperanza del cambio se ve defraudada una y otra vez,
el amor cristiano no se hunde, no se desanima: aguanta sin límites.
Imita la paciencia misma de Dios, porque sabe que el amor nunca
falla y que llegará un día en que brille con todo
su esplendor lo que ahora permanece todavía oculto en el
corazón del hombre. Si no tenemos amor, no somos nada.
Canción a la viña del amigo
"Mi amigo tenía una viña
en fértil collado.
La entrecavó, la descantó
y plantó buenas cepas,
construyó en medio una atalaya
y cavó un lagar.
Y esperó que diese uvas
pero dio agrazones.
Pues ahora, habitantes de Jerusalén,
hombres de Judá,
por favor, sed jueces
entre mí y mi viña.
¿Qué más cabía hacer por mi viña
que yo no lo haya hecho?
¿Por qué esperando que diera uvas,
dio agrazones?" (Is. 5, 1-4)
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