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13. EL PERDON Y LA COMPASION
Amistad y perdón
Jesucristo predica el perdón y la compasión
Jesús perdona
Jesús se compadece
La Iglesia administra el perdón de Dios
Cómo se realiza el sacramento del perdón
Quién puede perdonar los pecados
Quién puede ser perdonado
Qué da Dios con el perdón
Cómo se celebra el sacramento
Cuándo hay obligación de confesarse
La compasión es un estilo de vida
La compasión de la Iglesia ante el dolor
de sus hijos
El sacramento de la Unción de los enfermos
Características y efectos de este sacramento
AMISTAD Y PERDON
Cuando Jesús dijo a los suyos: "En esto reconocerán
que sois mis discípulos: si tenéis caridad unos con
otros" (Jn. 13, 35) dejó un mandato que señala
claramente a sus seguidores un modo de obrar. Nadie está
excluido del amor de un cristiano, pues se trata de un amor que
sabe perdonar, comprender, convivir en cualquier situación,
incluso en las más difíciles.
La amistad perfecta sólo se puede dar en la vida eterna;
en esta vida, incluso entre los amigos más íntimos,
se dan incomprensiones y ofensas. Si la amistad es honda, el perdón
es rápido y se olvida el agravio o el roce; sí la
amistad es débil, en cambio, cuesta perdonar. Por ello se
puede decir que sólo es posible una amistad honda cuando
se está dispuesto a perdonar siempre. Un hombre que no sabe
perdonar, no sabe amar.
Tanto cuando se perdona como cuando se recibe el perdón,
los lazos de amistad se estrechan. Esto no quiere decir que el amigo
tenga que ser ciego ante los defectos del otro, sino que su amor
le llevará a ayudarle a superarlos. La meta es considerar
a los demás como otro yo y a Cristo -amigo- en los amigos.
Así se puede realizar el ideal cristiano: perdonar siempre.
JESUCRISTO PREDICA EL PERDON Y LA COMPASION
La enseñanza de Jesús en este punto se condensa en
la oración del Padrenuestro: "Perdónanos nuestras
deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores",
No sería lógico recurrir a la misericordia divina
después de haber negado el perdón a otro.
Cuando San Pedro pregunta al Señor: "¿Cuántas
veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí?.¿Hasta
siete veces? Dícele Jesús: No digo yo hasta siete
veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt. 18, 21-22), es
decir, se debe perdonar siempre. Después, Jesús les
expuso la parábola del siervo a quien se le perdona una deuda
muy grande y, sin embargo, él no fue capaz de perdonar una
muy pequeña y por su actitud, que desagrada a Dios y a los
hombres, recibirá un gran castigo. Jesús concluye
la parábola diciendo: "Así hará con vosotros
mi Padre celestial si no perdona cada uno de corazón a su
hermano" (Mt. 18, 35)
En las Bienaventuranzas resume Cristo el modo cómo ha de
actuar el cristiano si quiere alcanzar el perdón de Dios:
"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia" (Mt. 5, 7)
Cuando los discípulos de Juan el Bautista le preguntan sobre
si es el Mesías, Jesús les remitirá a los hechos:
"Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído:
los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los
sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados"
(Lc. 7, 22) Estas curaciones y su cuidado por los necesitados, no
solamente son el cumplimiento de las profecías, sino que
muestran su compasión.
Jesús perdona
Jesús perdona muchas veces los pecados. Dice de sí
mismo que no ha venido a juzgar sino para salvar (cfr. Jn. 12, 47)
De acuerdo con ese amor perdona los pecados del paralítico
de Cafarnaúm y después lo cura para demostrar que
realmente puede perdonar los pecados (cfr. Lc. 5, 17-20) Perdona
a la pecadora diciendo: "están perdonados sus muchos
pecados, porque amó mucho" (Lc. 7, 36-50) También
perdona a la mujer adúltera cuando todos la condenan sin
piedad (Jn. 8, 1-11) El momento más impresionante en que
se manifiesta su perdón es cuando perdona a los que le están
crucificando: "Padre, perdónales porque no saben lo
que hacen" (Lc. 23, 34)
El perdón que Jesús da es siempre principio de una
nueva vida para los perdonados. Es un perdón que reconstruye
la vida del pecador. Restituye al hijo pródigo en su posición
de hijo: "Pronto, traed la túnica más rica y
vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en
sus pies" (Lc. 15, 22)
Jesús se compadece
Nunca cerró el Señor su corazón a las angustias
de los hombres. La mayoría de los milagros que hizo fueron
curaciones, movido por compasión ante el sufrimiento humano.
Esto es muy notorio en la resurrección del hijo de la viuda
de Naím, pues Jesús, al ver llorar a aquella mujer,
"se compadeció de ella, y le dijo: No llores",
luego resucitó a su hijo (Lc. 7. 11-17) Igualmente, al ver
llorar a María y sus amistades por Lázaro, "se
conmovió hondamente... y lloró Jesús"
(Jn, 11, 35)
Esta compasión no se da sólo ante el dolor de la
enfermedad o la muerte, pues llega a su causa: el pecado. Por eso
lloró sobre Jerusalén ante la dureza de corazón
de los judíos y su incredulidad, y porque sobre ellos y su
Templo sobrevendrán grandes desgracias (Lc. 19, 41-43)
LA IGLESIA ADMINISTRA EL PERDON DE DIOS
Cristo Resucitado dejó a su Iglesia, como regalo de Pascua,
su propio poder de perdonar los pecados: "Y dicho esto, exhaló
su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo;
a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados;
a quienes se los retengáis les quedan retenidos." (Jn.
20, 22-23) En su nombre, los Apóstoles ejercen la misión
de perdonar los pecados (cfr. Hch. 2, 38)
El pecador ofende a Dios con su pecado y al mismo tiempo a todo
el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia; por eso, la Iglesia
reconcilia al pecador con Dios y con ella misma. El primer perdón
lo da con el Bautismo. Los cristianos que luego pecan alcanzan el
perdón por el sacramento de la Penitencia. Este perdón
lo concede la Iglesia generosamente y sólo quedará
cerrada la puerta al perdón cuando no exista verdadero arrepentimiento,
pues el perdón sería ineficaz en aquel que no rechazase
su pecado. Esta potestad de la Iglesia se llama "poder de atar
y desatar" y corresponde a la promesa del Señor: "Todo
cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo; y cuanto
desataréis en al tierra será desatado en el cielo"
(Mt. 18, 18) La Penitencia es el sacramento del perdón.
Cómo se realiza el sacramento del perdón
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"El discípulo de Cristo que, después
del pecado, movido por el Espíritu Santo, acude
al sacramento de la Penitencia, ante todo debe convertirse
de todo corazón a Dios. Esta íntima conversión
del corazón, que incluye la contrición
del pecado y el propósito de una vida nueva,
se expresa por la confesión hecha a la Iglesia,
por la adecuada satisfacción y por el cambio
de vida. Dios concede la remisión de los pecados
por medio de la Iglesia a través del ministerio
de los sacerdotes"
(Ritual de la Penitencia, Praenotanda 6)
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En este texto del Ritual de la Penitencia se ven unas acciones fundamentales,
que, a través de la historia de la Iglesia, se han mantenido
siempre cuando la Iglesia ha administrado el perdón en nombre
de Dios: la cot7trición o conversión del corazón;
la confesión, por la que el hombre se manifiesta pecador
ante Cristo y ante la Iglesia; la satisfacción, pequeña
obra por la que se manifiesta la conversión, y la absolución,
signo del perdón (cfr. Cve, p. 505)
a) La contrición
Entre los actos del penitente, ocupa el primer lugar la contrición
o conversión del corazón, de la que depende la reconciliación
con el Padre. La contrición es un dolor del alma y un detestar
el pecado con propósito de no pecar en adelante. La conversión
es un cambio del corazón; es responder a la llamada de Dios
que nos ama y nos tiende los brazos; es luchar contra todo aquello
que turba el corazón y aleja al cristiano de Dios y de los
hermanos. Así pues, la conversión debe penetrar en
lo más íntimo del hombre para que lo ilumine y lo
vaya conformando cada vez más a Cristo. El dolor es necesario
para recibir el sacramento y no hay que confundirlo con un sentimiento
más o menos intenso, ya que el dolor es un acto de la voluntad.
El dolor de corazón debe reunir las siguientes notas:
1) Interno. No basta con dar señales exteriores, sino que
ha de residir en la voluntad, en el corazón: "Rasgad
vuestros corazones y no vuestros vestidos" (Jn. 2, 13)
2) Sobrenatural. Es decir, ha de estar fundado en motivos sobrenaturales,
como la bondad de Dios, el castigo eterno, etc. No bastan motivos
puramente humanos como la humillación de la falta, el peligro
de desgracias, etcétera.
3) Universal. No es posible dolerse de haber ofendido a Dios en
una cosa y no en otra que le ofende igualmente. Debe abarcar todos
los pecados mortales cometidos y también los veniales.
4) Sumo. Quiere decir que hay que estar dispuesto a cualquier cosa,
antes que volver a ofender a Dios.
El dolor de los pecados puede ser de dos clases:
a) Contrición. El dolor perfecto o contrición es
el pesar de haber ofendido a Dios porque es infinitamente bueno.
La contrición perfecta, con el deseo del sacramento, reconcilia
con Dios, incluso antes de recibir el sacramento.
b) Atrición. La atrición es un dolor de haber ofendido
a Dios por un motivo sobrenatural, pero distinto de la caridad o
amor a Dios. La atrición es necesaria y suficiente para que
se perdonen los pecados en el sacramento de la Penitencia.
El propósito de no pecar en adelante forma parte de la verdadera
conversión: para que haya verdadero cambio se ha de buscar
que éste sea para siempre. El propósito de no pecar
no excluye tener el temor de que se volverá a pecar a pesar
de no querer.
El propósito ha de ser:
1) Sincero, pues de lo contrario sería un engaño
a Dios.
2) Firme, es decir, una verdadera decisión con voluntad
resuelta de no pecar más. El que exista el temor de volver
a pecar no excluye el propósito firme, ya que el temor es
un acto del entendimiento, mientras que el propósito es un
acto de la voluntad.
3) Eficaz, estando dispuesto el-penitente a evitar todas las ocasiones,
poniendo los medios para no pecar.
b) La confesión, por la que nos reconocemos pecadores ante
Cristo y su Iglesia, no es una mera información al sacerdote,
sino un sentirse pecador delante de Dios representado por su ministro,
que acoge al penitente en nombre de Cristo y la Iglesia.
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"La confesión de las culpas, que nace del
verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios
y de la contrición de los propios pecados, es
parte del sacramento de la Penitencia. Este examen interior
del propio corazón y la acusación externa
debe hacerse a la luz de la misericordia divina. La
confesión, por parte del penitente, exige la
voluntad de abrir su corazón al ministro de Dios;
y por parte del ministro, un juicio espiritual mediante
el cual, como representante de Cristo y en virtud del
poder de las llaves, pronuncia la sentencia de absolución
o retención de los pecados"
(Ritual de la Penitencia)
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La confesión ha de ser:
1) Sencilla, viendo en el sacerdote no al hombre, sino al representante
de Cristo y no tratar de excusarse de los propios pecados.
2) Vocal, ya que se requiere la presencia física del penitente.
3) Humilde, teniendo conciencia de que se es reo de culpa.
4) Discreta, tanto en las palabras que se emplean para acusarse
de los pecados como no mezclando en la confesión a otras
personas, ni directa, ni indirectamente.
5) Ante todo, íntegra. Nota muy especial de la confesión
es la integridad; íntegra quiere decir que hay que acusarse
de todos los pecados mortales no confesados. La omisión voluntaria
de un pecado mortal no confesado hace inválida la confesión
y al mismo tiempo sacrílega. Si se hace por olvido no se
falta a la integridad, ya que ese pecado ha sido perdonado indirectamente;
únicamente existe la obligación, al ser recordado,
de confesarlo la próxima vez que se confiese.
La Iglesia recoge con júbilo al pecador que vuelve, como
el hijo pródigo a la casa del Padre, y se cumple lo que el
propio Jesús había dicho: "Yo os digo que en
el cielo será mayor la alegría por un pecador que
haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan
penitencia" (Lc. 15, 7)
c) La satisfacción es el acto por el que el pecador manifiesta
con obras su deseo de convertirse, de cambiar de vida, y la reparación
de los daños ocasionados a los demás.
No es parte esencial del sacramento el cumplimiento de la penitencia,
pues ya se han perdonado los pecados. Lo que es parte esencial es
la aceptación y el propósito de cumplirla. Para evitar
su olvido, debe cumplirse cuanto antes. La satisfacción debe
ser proporcional a la falta y adecuada a la situación personal
del pecador.
"La verdadera conversión se realiza con la satisfacción
por los pecados, el cambio de vida y la reparación de los
daños. El objeto y cuantía de la satisfacción
debe acomodarse a cada penitente, para que así cada uno repare
el orden que destruyó y sea curado con una medicina opuesta
a la enfermedad que le afligió. Conviene, pues, que la pena
impuesta sea realmente remedio del pecado cometido y, de algún
modo, renueve la vida. Así el penitente, "olvidándose
de lo que queda atrás" (Fil. 3, 13), se injerta de nuevo
en el misterio de la salvación y se encamina de nuevo hacia
los bienes futuros. (Ibíd.)
d) La absolución
El sacramento de la Penitencia ha sido instituido por Nuestro Señor
Jesucristo a modo de juicio, en que el penitente actúa al
mismo tiempo como reo y acusador, y el sacerdote con la misión
de juzgar sobre los pecados cometidos y las disposiciones del penitente.
Por ello tendrá que acabar el juicio con la sentencia. En
el caso normal de ¡a confesión es siempre de absolución,
aunque si el sacerdote no lo ve verdaderamente dispuesto, puede
negarle la absolución.
"Al pecador que manifiesta su conversión al ministro
de la Iglesia en la confesión sacramental, Dios le concede
su perdón por medio del signo de la absolución y así
el sacramento de la Penitencia alcanza su plenitud. En efecto, de
acuerdo con el plan de Dios, según el cual la humanidad y
la bondad del Salvador se han flecho visibles al hombre, Dios quiere
salvarnos y restaurar su alianza con nosotros por medio de signos
visibles.
Así, por medio del sacramento de la Penitencia, el Padre
acoge al hijo que retorna a él, Cristo toma sobre sus hombros
a la oveja perdida y la conduce nuevamente al redil y el Espíritu
Santo vuelve a santificar su templo o habita en él con mayor
plenitud; todo ello se manifiesta al participar de nuevo, o con
más fervor que antes, en la mesa del Señor, con lo
cual estalla un gran gozo en el convite de la Iglesia de Dios por
la vuelta del hijo desde lejanas tierras" (Ibíd.)
El sacerdote absuelve al penitente con estas palabras:
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"Dios, Padre misericordioso, que reconcilió
consigo al mundo por la Muerte y la Resurrección
de su Hijo y derramó el Espíritu Santo
para la remisión de los pecados, te conceda,
por el ministerio de la Iglesia, el perdón y
la paz.
Yo te absuelvo de tus pecados.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo."
(Ritual de la Penitencia)
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Quién puede administrar este sacramento en nombre de Cristo
Sólo puede administrar el sacramento de la Penitencia el
sacerdote, que ha recibido el sacramento del Orden del presbiterado
y que además tiene facultad otorgada por el Ordinario del
lugar donde va a ejercer su ministerio, para absolver de sus pecados
a los fieles de aquella diócesis. Esta facultad puede ejercerla
en cualquier parte, a no ser que se le retire expresamente (cfr.
CIC, 967) En caso de peligro de muerte, cualquier sacerdote puede
absolver en cualquier lugar.
Quién puede recibir este sacramento
Puede recibir el sacramento de la Penitencia todo cristiano que
habiendo llegado a la edad de la discreción haya cometido
algún pecado, sea mortal o venial, y tenga las disposiciones
necesarias.
Para recibirlo fructuosamente se requiere una cierta instrucción
sobre las verdades principales de la fe y sobre lo que es el sacramento
de la Penitencia.
La Iglesia ha indicado frecuentemente, incluso en documentos muy
recientes, la conveniencia de que los niños deben ser iniciados
en el sacramento de la Penitencia antes de hacer su Primera Comunión.
Qué da Dios con el perdón
El sacramento de la Penitencia produce en quien lo recibe válidamente
los siguientes efectos:
1) Devuelve la gracia santificante perdida por el pecado mortal
o la aumenta a quien sólo cometió pecados veniales.
Siendo la pérdida de la gracia el principal efecto del pecado
mortal, será éste el principal efecto del sacramento
de la Penitencia.
2) Quita el pecado y perdona la pena eterna debida a él.
Siendo el pecador reo del infierno por su estado de pecado mortal,
al desaparecer este estado desaparece con él su consecuencia,
el castigo eterno.
3) Disminuye la pena temporal debida por los pecados, que corresponde
a la huella viciosa que dejan en nuestra alma. Por eso es conveniente
reiterar la acusación de los pecados ya absueltos con el
fin de disminuir la pena temporal por ellos merecida.
4) Reviven los méritos, que se habían perdido por
el pecado mortal, de todas las obras buenas que anteriormente se
habían hecho.
5) Confiere la gracia sacramental propia de este sacramento y que
consiste en un derecho a gracias actuales para combatir con éxito
en la lucha contra los pecados o defectos de que se acusa el penitente
en la confesión.
Cómo se celebra el sacramento
El nuevo Ritual de la Penitencia presenta tres formas distintas
de celebración:
a) Reconciliación de un solo penitente.
b) Reconciliación de varios penitentes con confesión
y absolución individual. Esta celebración manifiesta
más claramente el aspecto comunitario de la penitencia.
c) Reconciliación de muchos penitentes con confesión
y absolución general, para casos excepcionales.
En cualquiera de estas formas, el sacramento de la reconciliación
se celebra según el ritmo siguiente: El sacerdote acoge al
penitente o penitentes. Se lee un pasaje de la Palabra de Dios,
por la que el Señor da luz para reconocer las faltas propias
y conducir a la conversión. El penitente o penitentes confiesan
sus pecados, aceptan la acción o acciones para la satisfacción
y reciben la absolución, Por fin, dan gracias por el perdón
alcanzado y el sacerdote los despide en la paz del Señor.
Toda celebración del sacramento de la reconciliación
y, especialmente, la celebración comunitaria de la penitencia
es una fiesta que nos hace redescubrir juntos la alegría
del perdón, de la reconciliación con Dios. A través
de ella, damos gracias a Dios, que nos purifica y nos devuelve la
alegría de su salvación. Miramos el futuro, nuestra
vida y a los demás de forma nueva: "Lo viejo pasó,
todo se ha hecho nuevo" (2Co. 5, 17) (Cve, p. 507)
Rito:
1. Ritos iniciales.
2. Liturgia de la Palabra.
3 Confesión de los pecados por parte del penitente. Imposición
de la penitencia. Acto de contrición. Absolución.
4. Ritos conclusivos.
Cuándo hay obligación de confesarse
La Iglesia, que es madre, desea que el pecador, separado de Dios
por el pecado, reanude la vida de gracia y unión con Dios
confesando los pecados mortales.
Existe la obligación de hacerlo, una vez llegado al uso
de razón, al menos una vez al año (cfr. CIC, 989)
y también si se quiere comulgar, pues nadie debe recibir
la Comunión con conciencia de pecado mortal si se puede confesar
antes (cfr. CIC, 916)
En peligro de muerte, todo cristiano debe prepararse para presentarse
delante de Dios y, si tiene conciencia de pecado mortal, debe confesarse.
Quien no tenga pecados mortales no estaría obligado a confesarse,
pues los pecados veniales se perdonan también de otras formas,
pero la Iglesia recomienda la confesión de los pecados veniales
(cfr. CIC, 988, 2), y como medio para progresar en la virtud recomienda
la confesión frecuente.
Doctrina del Código de Derecho Canónico
(1983) sobre la confesión sacramental
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La confesión individual e íntegra y la absolución
constituyen el único modo ordinario con el que un fiel
consciente de que está en pecado grave se reconcilia
con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física
o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación
se puede tener también por otros medios.
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961
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§ 1. No puede darse la absolución
a varios penitentes a la vez sin previa confesión individual
y con carácter general a no ser que: |
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1.0
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Amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o
los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión
de cada penitente; |
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2.0
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haya una necesidad grave, es decir, cuando, teniendo en
cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores
para oír debidamente la confesión de cada uno
dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes,
sin culpa por su parte, se verían privados durante
notable tiempo de la gracia sacramento¡ o de la sagrada
comunión; pero no se considera suficiente necesidad
cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo
de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder
en una gran fiesta o peregrinación.
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| 962 |
§ 1, Para que un fiel reciba válidamente la absolución
sacramento¡ dada a varios a la vez, se requiere no sólo
que esté debidamente dispuesto, sino que se proponga
a la vez hacer en su debido tiempo confesión individual
de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias
no ha podido confesar de ese modo.
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| 963 |
(...) aquel a quien se le perdonan pecados graves con una
absolución general, debe acercarse a la confesión
individual lo antes posible, en cuanto tenga ocasión,
antes de recibir otra absolución general, de no interponerse
causa justa.
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En el preámbulo de las "Normas pastorales" (16-VI-72)
se recuerda la doctrina tridentina, en especial la que se refiere
a la integridad de la confesión, esto es, a la necesidad
por derecho divino de confesar al sacerdote todos y cada uno de
los pecados mortales y las circunstancias que cambian su especie,
que el penitente recuerde tras un diligente examen de conciencia.
No ha cambiado la doctrina, y tampoco cambia sustancialmente la
disciplina según la cual la confesión individual e
íntegra, y la absolución también individual,
siguen siendo no sólo el modo ordinario sino el único
modo ordinario de reconciliación con Dios y con la Iglesia,
salvo que una imposibilidad física o moral excuse de este
modo de confesión.
Se entiende por imposibilidad física: una enfermedad extrema,
falta de tiempo ante un peligro inminente, imposibilidad de hablar,
ignorancia u olvido inculpable. La imposibilidad moral se refiere
al peligro de quebrantar el sigilo sacramental, peligro de escándalo
o pecado para el penitente o confesor, grandes escrúpulos
de conciencia, peligro de graves daños que amenazan verosímilmente,
peligro de infamia del todo extrínseca a la confesión.
En todos estos casos hay obligación de suplir la parte omitida,
cuando desaparecen las circunstancias que lo autorizaron.
La insuficiencia de confesores y la circunstancia de que los penitentes
se vean forzosamente privados de la gracia sacramental o de la sagrada
comunión, deben verificarse conjuntamente.
La reunión de grandes masas de fieles para celebraciones
penitenciales no justifica per se la absolución colectiva.
Los fieles convocados, en cualquier caso, han podido confesarse
antes o pueden hacerlo después. Ninguna obligación
ni necesidad existe en hacerlo ese día y a esa hora. En el
caso de que no hubiera suficientes confesores, se confiesan los
penitentes que puedan, y los restantes en otro momento o día.
"En la vida de la Iglesia no se puede dar la absolución
colectiva como opción pastoral normal ni como medio para
afrontar cualquier situación difícil. Está
permitido solamente en situaciones extraordinarias de necesidad
grave (...) Tiene "un carácter absolutamente excepcional".
(Pablo VI, Discurso de 20-1V-1978. (Comentario de la edición
de la Universidad de Navarra.)
LA COMPASION ES UN ESTILO DE VIDA
No es comprensible un cristiano verdadero que no se compadezca
de los sufrimientos humanos. El Concilio Vaticano II dice, muy acertadamente:
"Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su
corazón" (GS, 1) Esto es así porque un seguidor
de Cristo debe tener los mismos sentimientos que tenía su
Maestro.
La caridad lleva a ser generoso y, por tanto, a dar ayuda económica
o humana al que la necesite. Pero hay una forma más elevada
aún que es "comprender" Ciertamente, "Más
que en "dar", la caridad está en "comprender""
(J. Escrivá de Balaguer, Camino, 463) El que ama intenta
ponerse en el lugar del que sufre y acompañarle. La justicia
es necesaria, pero se queda corta cuando falta el amor. El amor
valora a cada persona como alguien único. Cuando el dolor
es insuperable, la caridad aporta el único consuelo válido
que es acompañar al que sufre.
Esta actitud es vivir una fe coherente. El apóstol Santiago
decía a este respecto: "¿Qué le aprovecha,
hermanos míos, a uno decir: Yo tengo te, si uno no tiene
obras? ¿Podrá salvarle la fe? Si el hermano o la hermana
están desnudos y carecen del alimento cotidiano, y alguno
de vosotros le dijere: Id en paz, que podáis calentaras y
hartaros, pero no le diereis con qué satisfacer la necesidad
de su cuerpo, ¿qué provecho les vendría?"
(Sant. 2, 14-16) A lo largo de la historia se han promovido muchas
obras de misericordia en la Iglesia siguiendo estas palabras. Además,
la promoción de la justicia social ha sido una constante
cristiana. Tener un corazón abierto a las miserias humanas,
sentir compasión del prójimo, es lo que se llama misericordia.
Cristo ha revelado a los hombres a Dios, rico en misericordia.
LA COMPASION DE LA IGLESIA ANTE EL DOLOR DE SUS HIJOS
Cristo, por medio de su Iglesia, se encuentra con el creyente también
en medio de la enfermedad, llevándole el consuelo en esa
situación crítica de su vida con un gesto fraternal,
que evoca la acción de una persona atenta a la prueba por
la que pasa el enfermo. Esto lo hace por medio del sacramento de
la Unción, esbozado en el Evangelio (Mc. 6, 13) y proclamado
por el apóstol Santiago: "¿Está enfermo
alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia
y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo,
en el nombre del Señor. Y la oración de te salvará
al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido
pecado, lo perdonará" (Sant. 5, 14-15) Así, por
la fe, robustecida por el sacramento de la Unción, el dolor
pierde su carácter más duro de desesperación
y se vuelve signo de esperanza, pues es la Iglesia entera representada
por su ministro quien está al lado del enfermo.
El sacramento de la Unción de los enfermos
Es el sacramento instituido por el mismo Cristo, para conferir
al enfermo en peligro de muerte la salud del alma y, a veces, la
del cuerpo en virtud de la unción con óleo (aceite)
bendito y la oración del sacerdote.
Aunque puede uno efectivamente salvarse sin recibirlo, se ha de
procurar con todo esmero y diligencia que los enfermos lo reciban
cuando están en la plenitud de sus facultades. Y es síntoma
de poco espíritu cristiano y un pecado el descuidarlo, por
un falso temor de asustar al enfermo, que necesita, por encima de
todo, la ayuda espiritual que da el sacramento.
Características y efectos de este sacramento
Para administrar este sacramento ha de utilizarse aceite de oliva
u otro aceite vegetal bendecido por el obispo en la Misa Crismal
o en caso de necesidad por el mismo sacerdote que lo administra.
Se hacen tres unciones: en la frente y en cada mano, y se dicen
las palabras por las que se pide a Dios la gracia propia del sacramento.
Sólo pueden administrarlo los sacerdotes y pueden recibirlo
los bautizados con uso de razón que empiecen a estar en peligro
de muerte por la enfermedad o por vejez y que tengan intención,
al menos implícita, de recibirlo. Este sacramento otorga
al enfermo la gracia del Espíritu Santo, que le conforta
y robustece contra las tentaciones del enemigo, de tal modo que
pueda no sólo soportar sus males, sino luchar contra ellos,
alcanzando, incluso, la salud del cuerpo si le conviene para su
salvación. Le concede asimismo el perdón de los pecados
si no pudiera confesarlos.
Para el momento de la muerte, la Iglesia dispone que se reciba
la Eucaristía a modo de Viático y recomienda que se
recen las oraciones llamadas recomendación del alma, y se
reciba la bendición papal que tiene concedida indulgencia
plenaria con remisión de toda la pena debida por los pecados.
Rito de la Unción de los enfermos
1. Ritos iniciales.
2. Liturgia de la Palabra.
3. Liturgia del sacramento. Bendición del óleo (si
es necesario) u oración sobre él.
Santa Unción.
4. Conclusión del rito.
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VOCABULARIO
Penitencia: Es el sacramento
instituido por Jesucristo para perdonar los pecados
cometidos después del bautismo.
Examen de conciencia:
Es una diligente averiguación de los pecados
que se han cometido desde la última confesión
bien hecha.
Contrición: El
dolor de los pecados consiste en un pesar y sincero
aborrecimiento de la ofensa hecha a Dios.
Propósito de enmienda:
El propósito consiste en una firme resolución
de nunca más pecar y de poner todos los medios
necesarios para evitarlo.
Confesión: La
confesión de los pecados consiste en una acusación,
distinguiendo los pecados, de todos aquellos cometidos
desde la última confesión para que el
confesor nos de la absolución y nos ponga la
penitencia.
Satisfacción:
Satisfacción o penitencia son aquellas oraciones
u otras buenas obras que el confesor impone al penitente
en expiación de sus pecados.
Absolución: Es
la sentencia que el sacerdote pronuncia en nombre de
Jesucristo para perdonar los pecados al penitente.
Unción de los enfermos:
Por este sacramento la Iglesia encomienda los fieles
gravemente enfermos al Señor, doliente y glorificado,
para que los alivie y los salve. (CIC. c. 998.)
Viático: Literalmente,
significaría provisión para el viaje.
Es el sacramento de la Eucaristía dado a los
moribundos, que se disponen a realizar su tránsito
de este mundo al otro. (Cve., p. 515.)
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Juan Pablo II, homilía 30-V-82, en Liverpool
La Iglesia es siempre reconciliadora
También por su naturaleza misma, la Iglesia es siempre reconciliadora,
procurando para los demás, el don que ella misma ha recibido,
el don de haber sido perdonada y hecha una con Dios. Y realiza eso
de diferentes modos, pero especialmente, mediante los sacramentos,
y en particular a través de la Penitencia. En este consolador
sacramento, conduce a cada uno de los fieles a Cristo; y, a través
del ministerio de -la Iglesia, Cristo mismo nos depara perdón,
fortaleza y misericordia. Mediante este sacramento, altamente personal,
Cristo continúa encontrándose con los hombres y mujeres
de nuestro tiempo. Restaura la unidad donde hay división,
derrama su luz donde reina la oscuridad, y concede una esperanza
y una alegría que el mundo nunca podría dar. Mediante
este sacramento, la Iglesia proclama al mundo las infinitas riquezas
de la misericordia que ha derrumbado las barreras que nos separaban
de Dios y de los demás.
Importancia del sacramento de la penitencia
Este día de Pentecostés, cuando la Iglesia proclama
el acto reconciliador de Cristo y el poder de su Espíritu
Santo, me dirijo a todos los fieles del país, y a todos los
otros miembros de la Iglesia que pueden oír mi voz o leer
mis palabras: queridos, demos la mayor importancia al sacramento
de la Penitencia en nuestras propias vidas. Luchemos por salvaguardar
lo que describí en mi primera encíclica como el "derecho
de Cristo a encontrarse con cada uno de nosotros en aquel momento-clave
de la vida del alma, que es el momento de la conversión y
del perdón" (RH, 20)
Antes del primer Pentecostés, Jesús dijo a sus discípulos:
"Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis
los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis,
les quedan retenidos" (Jn. 20, 23) Estas palabras de nuestro
Salvador nos recuerdan el don fundamental de nuestra redención:
el don del perdón de nuestros pecados y de vernos reconciliados
con Dios. La remisión de los pecados es un don totalmente
libre e inmerecido, una novedad de vida que nunca podríamos
merecer, Dios nos lo concede por su misericordia. Como escribió
San Pablo: "Mas todo esto viene de Dios, que por Cristo nos
ha reconciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación"
(2Cor. 5, 18)
No hay pecado que no pueda ser perdonado, si nos acercamos al trono
de la misericordia, con un corazón contrito y humillado.
Ningún mal es más poderoso que la infinita misericordia
de Dios. Al hacerse hombre, Jesús entró completamente
dentro de nuestra experiencia humana, incluso hasta el punto de
sufrir el final y más cruel efecto del poder del pecado:
la muerte de cruz. Realmente se hizo uno como nosotros en todo,
menos en el pecado. Pero el mal, a pesar de todos sus poderes, no
venció. Muriendo, Cristo destruyó nuestra muerte;
resucitando, restauró nuestra vida; en sus heridas hemos
sido curados, y nuestros pecados perdonados. Por este motivo, cuando
el Señor se apareció a sus discípulos tras
la Resurrección, les mostró sus manos y su costado.
Quería que viesen que se había conseguido la victoria;
que viesen que El, Cristo resucitado, había transformado
los signos del pecado y de la muerte en símbolos de esperanza
y de vida.
Con su victoria en la cruz, Jesucristo nos conquistó el
perdón de nuestros pecados y la reconciliación con
Dios. Estos son los dones que Cristo nos ofrece cuando da el Espíritu
Santo a la Iglesia, pues dijo a los Apóstoles: "Recibid
el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados,
les quedan perdonados" (Jn. 20, 23) Mediante el poder del Espíritu
Santo, la Iglesia continúa la obra de Cristo de reconciliar
al mundo consigo. A través de todas las épocas, la
Iglesia, sigue siendo la comunidad de los que han sido reconciliados
con Dios, la comunidad de quienes han recibido la reconciliación
deseada por Dios Padre y conseguida con el sacrificio de su amado
Hijo.
(Juan Pablo II, homilía 30-V-82, en Liverpool)
La Unción de los enfermos aprovecha a la persona en su totalidad
Somos conscientes de que la Unción de los enfermos aprovecha
a la persona en su totalidad. Hallamos demostrado este punto en
los textos litúrgicos de la celebración sacramental:
"Que este óleo sea un remedio para todos los que son
ungidos con él; los sane en el cuerpo, en el alma y en el
espíritu, y los libre de toda aflicción".
La unción es, por tanto, fuente de fortaleza tanto para
el alma como para el cuerpo. La oración de la Iglesia pide
que sea perdonado el pecado y todo resto de pecado (cf. DS, 1969)
Implora también por el restablecimiento de la salud, pero
siempre, para que la salud corporal aumente la unión con
Dios mediante el aumento de la gracia. En su enseñanza sobre
este sacramento, la Iglesia confirma la verdad contenida en nuestra
primera lectura de Santiago: "¿,Alguno entre vosotros
enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren
sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre
del Señor, y la oración de fe salvará al enfermo,
y el Señor le hará levantarse, y los pecados que hubiere
cometido le serán perdonados" (Sant. 5, 14-15)
(Juan Pablo II, homilía 28-V-82, en Londres)
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