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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

13. EL PERDON Y LA COMPASION

Amistad y perdón
Jesucristo predica el perdón y la compasión
Jesús perdona
Jesús se compadece
La Iglesia administra el perdón de Dios
Cómo se realiza el sacramento del perdón
Quién puede perdonar los pecados
Quién puede ser perdonado
Qué da Dios con el perdón
Cómo se celebra el sacramento
Cuándo hay obligación de confesarse
La compasión es un estilo de vida
La compasión de la Iglesia ante el dolor de sus hijos
El sacramento de la Unción de los enfermos
Características y efectos de este sacramento


 

 

AMISTAD Y PERDON

Cuando Jesús dijo a los suyos: "En esto reconocerán que sois mis discípulos: si tenéis caridad unos con otros" (Jn. 13, 35) dejó un mandato que señala claramente a sus seguidores un modo de obrar. Nadie está excluido del amor de un cristiano, pues se trata de un amor que sabe perdonar, comprender, convivir en cualquier situación, incluso en las más difíciles.

La amistad perfecta sólo se puede dar en la vida eterna; en esta vida, incluso entre los amigos más íntimos, se dan incomprensiones y ofensas. Si la amistad es honda, el perdón es rápido y se olvida el agravio o el roce; sí la amistad es débil, en cambio, cuesta perdonar. Por ello se puede decir que sólo es posible una amistad honda cuando se está dispuesto a perdonar siempre. Un hombre que no sabe perdonar, no sabe amar.

Tanto cuando se perdona como cuando se recibe el perdón, los lazos de amistad se estrechan. Esto no quiere decir que el amigo tenga que ser ciego ante los defectos del otro, sino que su amor le llevará a ayudarle a superarlos. La meta es considerar a los demás como otro yo y a Cristo -amigo- en los amigos. Así se puede realizar el ideal cristiano: perdonar siempre.


JESUCRISTO PREDICA EL PERDON Y LA COMPASION

La enseñanza de Jesús en este punto se condensa en la oración del Padrenuestro: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores", No sería lógico recurrir a la misericordia divina después de haber negado el perdón a otro.

Cuando San Pedro pregunta al Señor: "¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí?.¿Hasta siete veces? Dícele Jesús: No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt. 18, 21-22), es decir, se debe perdonar siempre. Después, Jesús les expuso la parábola del siervo a quien se le perdona una deuda muy grande y, sin embargo, él no fue capaz de perdonar una muy pequeña y por su actitud, que desagrada a Dios y a los hombres, recibirá un gran castigo. Jesús concluye la parábola diciendo: "Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdona cada uno de corazón a su hermano" (Mt. 18, 35)

En las Bienaventuranzas resume Cristo el modo cómo ha de actuar el cristiano si quiere alcanzar el perdón de Dios: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt. 5, 7)

Cuando los discípulos de Juan el Bautista le preguntan sobre si es el Mesías, Jesús les remitirá a los hechos: "Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados" (Lc. 7, 22) Estas curaciones y su cuidado por los necesitados, no solamente son el cumplimiento de las profecías, sino que muestran su compasión.

Jesús perdona

Jesús perdona muchas veces los pecados. Dice de sí mismo que no ha venido a juzgar sino para salvar (cfr. Jn. 12, 47) De acuerdo con ese amor perdona los pecados del paralítico de Cafarnaúm y después lo cura para demostrar que realmente puede perdonar los pecados (cfr. Lc. 5, 17-20) Perdona a la pecadora diciendo: "están perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho" (Lc. 7, 36-50) También perdona a la mujer adúltera cuando todos la condenan sin piedad (Jn. 8, 1-11) El momento más impresionante en que se manifiesta su perdón es cuando perdona a los que le están crucificando: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen" (Lc. 23, 34)

El perdón que Jesús da es siempre principio de una nueva vida para los perdonados. Es un perdón que reconstruye la vida del pecador. Restituye al hijo pródigo en su posición de hijo: "Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies" (Lc. 15, 22)

Jesús se compadece

Nunca cerró el Señor su corazón a las angustias de los hombres. La mayoría de los milagros que hizo fueron curaciones, movido por compasión ante el sufrimiento humano. Esto es muy notorio en la resurrección del hijo de la viuda de Naím, pues Jesús, al ver llorar a aquella mujer, "se compadeció de ella, y le dijo: No llores", luego resucitó a su hijo (Lc. 7. 11-17) Igualmente, al ver llorar a María y sus amistades por Lázaro, "se conmovió hondamente... y lloró Jesús" (Jn, 11, 35)

Esta compasión no se da sólo ante el dolor de la enfermedad o la muerte, pues llega a su causa: el pecado. Por eso lloró sobre Jerusalén ante la dureza de corazón de los judíos y su incredulidad, y porque sobre ellos y su Templo sobrevendrán grandes desgracias (Lc. 19, 41-43)


LA IGLESIA ADMINISTRA EL PERDON DE DIOS

Cristo Resucitado dejó a su Iglesia, como regalo de Pascua, su propio poder de perdonar los pecados: "Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos." (Jn. 20, 22-23) En su nombre, los Apóstoles ejercen la misión de perdonar los pecados (cfr. Hch. 2, 38)

El pecador ofende a Dios con su pecado y al mismo tiempo a todo el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia; por eso, la Iglesia reconcilia al pecador con Dios y con ella misma. El primer perdón lo da con el Bautismo. Los cristianos que luego pecan alcanzan el perdón por el sacramento de la Penitencia. Este perdón lo concede la Iglesia generosamente y sólo quedará cerrada la puerta al perdón cuando no exista verdadero arrepentimiento, pues el perdón sería ineficaz en aquel que no rechazase su pecado. Esta potestad de la Iglesia se llama "poder de atar y desatar" y corresponde a la promesa del Señor: "Todo cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo; y cuanto desataréis en al tierra será desatado en el cielo" (Mt. 18, 18) La Penitencia es el sacramento del perdón.

Cómo se realiza el sacramento del perdón

"El discípulo de Cristo que, después del pecado, movido por el Espíritu Santo, acude al sacramento de la Penitencia, ante todo debe convertirse de todo corazón a Dios. Esta íntima conversión del corazón, que incluye la contrición del pecado y el propósito de una vida nueva, se expresa por la confesión hecha a la Iglesia, por la adecuada satisfacción y por el cambio de vida. Dios concede la remisión de los pecados por medio de la Iglesia a través del ministerio de los sacerdotes"

(Ritual de la Penitencia, Praenotanda 6)


En este texto del Ritual de la Penitencia se ven unas acciones fundamentales, que, a través de la historia de la Iglesia, se han mantenido siempre cuando la Iglesia ha administrado el perdón en nombre de Dios: la cot7trición o conversión del corazón; la confesión, por la que el hombre se manifiesta pecador ante Cristo y ante la Iglesia; la satisfacción, pequeña obra por la que se manifiesta la conversión, y la absolución, signo del perdón (cfr. Cve, p. 505)

a) La contrición

Entre los actos del penitente, ocupa el primer lugar la contrición o conversión del corazón, de la que depende la reconciliación con el Padre. La contrición es un dolor del alma y un detestar el pecado con propósito de no pecar en adelante. La conversión es un cambio del corazón; es responder a la llamada de Dios que nos ama y nos tiende los brazos; es luchar contra todo aquello que turba el corazón y aleja al cristiano de Dios y de los hermanos. Así pues, la conversión debe penetrar en lo más íntimo del hombre para que lo ilumine y lo vaya conformando cada vez más a Cristo. El dolor es necesario para recibir el sacramento y no hay que confundirlo con un sentimiento más o menos intenso, ya que el dolor es un acto de la voluntad.

El dolor de corazón debe reunir las siguientes notas:

1) Interno. No basta con dar señales exteriores, sino que ha de residir en la voluntad, en el corazón: "Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos" (Jn. 2, 13)

2) Sobrenatural. Es decir, ha de estar fundado en motivos sobrenaturales, como la bondad de Dios, el castigo eterno, etc. No bastan motivos puramente humanos como la humillación de la falta, el peligro de desgracias, etcétera.

3) Universal. No es posible dolerse de haber ofendido a Dios en una cosa y no en otra que le ofende igualmente. Debe abarcar todos los pecados mortales cometidos y también los veniales.

4) Sumo. Quiere decir que hay que estar dispuesto a cualquier cosa, antes que volver a ofender a Dios.

El dolor de los pecados puede ser de dos clases:

a) Contrición. El dolor perfecto o contrición es el pesar de haber ofendido a Dios porque es infinitamente bueno. La contrición perfecta, con el deseo del sacramento, reconcilia con Dios, incluso antes de recibir el sacramento.

b) Atrición. La atrición es un dolor de haber ofendido a Dios por un motivo sobrenatural, pero distinto de la caridad o amor a Dios. La atrición es necesaria y suficiente para que se perdonen los pecados en el sacramento de la Penitencia.

El propósito de no pecar en adelante forma parte de la verdadera conversión: para que haya verdadero cambio se ha de buscar que éste sea para siempre. El propósito de no pecar no excluye tener el temor de que se volverá a pecar a pesar de no querer.

El propósito ha de ser:

1) Sincero, pues de lo contrario sería un engaño a Dios.

2) Firme, es decir, una verdadera decisión con voluntad resuelta de no pecar más. El que exista el temor de volver a pecar no excluye el propósito firme, ya que el temor es un acto del entendimiento, mientras que el propósito es un acto de la voluntad.

3) Eficaz, estando dispuesto el-penitente a evitar todas las ocasiones, poniendo los medios para no pecar.

b) La confesión, por la que nos reconocemos pecadores ante Cristo y su Iglesia, no es una mera información al sacerdote, sino un sentirse pecador delante de Dios representado por su ministro, que acoge al penitente en nombre de Cristo y la Iglesia.

"La confesión de las culpas, que nace del verdadero conocimiento de sí mismo ante Dios y de la contrición de los propios pecados, es parte del sacramento de la Penitencia. Este examen interior del propio corazón y la acusación externa debe hacerse a la luz de la misericordia divina. La confesión, por parte del penitente, exige la voluntad de abrir su corazón al ministro de Dios; y por parte del ministro, un juicio espiritual mediante el cual, como representante de Cristo y en virtud del poder de las llaves, pronuncia la sentencia de absolución o retención de los pecados"

(Ritual de la Penitencia)


La confesión ha de ser:

1) Sencilla, viendo en el sacerdote no al hombre, sino al representante de Cristo y no tratar de excusarse de los propios pecados.

2) Vocal, ya que se requiere la presencia física del penitente.

3) Humilde, teniendo conciencia de que se es reo de culpa.

4) Discreta, tanto en las palabras que se emplean para acusarse de los pecados como no mezclando en la confesión a otras personas, ni directa, ni indirectamente.

5) Ante todo, íntegra. Nota muy especial de la confesión es la integridad; íntegra quiere decir que hay que acusarse de todos los pecados mortales no confesados. La omisión voluntaria de un pecado mortal no confesado hace inválida la confesión y al mismo tiempo sacrílega. Si se hace por olvido no se falta a la integridad, ya que ese pecado ha sido perdonado indirectamente; únicamente existe la obligación, al ser recordado, de confesarlo la próxima vez que se confiese.


La Iglesia recoge con júbilo al pecador que vuelve, como el hijo pródigo a la casa del Padre, y se cumple lo que el propio Jesús había dicho: "Yo os digo que en el cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia" (Lc. 15, 7)

c) La satisfacción es el acto por el que el pecador manifiesta con obras su deseo de convertirse, de cambiar de vida, y la reparación de los daños ocasionados a los demás.

No es parte esencial del sacramento el cumplimiento de la penitencia, pues ya se han perdonado los pecados. Lo que es parte esencial es la aceptación y el propósito de cumplirla. Para evitar su olvido, debe cumplirse cuanto antes. La satisfacción debe ser proporcional a la falta y adecuada a la situación personal del pecador.

"La verdadera conversión se realiza con la satisfacción por los pecados, el cambio de vida y la reparación de los daños. El objeto y cuantía de la satisfacción debe acomodarse a cada penitente, para que así cada uno repare el orden que destruyó y sea curado con una medicina opuesta a la enfermedad que le afligió. Conviene, pues, que la pena impuesta sea realmente remedio del pecado cometido y, de algún modo, renueve la vida. Así el penitente, "olvidándose de lo que queda atrás" (Fil. 3, 13), se injerta de nuevo en el misterio de la salvación y se encamina de nuevo hacia los bienes futuros. (Ibíd.)


d) La absolución

El sacramento de la Penitencia ha sido instituido por Nuestro Señor Jesucristo a modo de juicio, en que el penitente actúa al mismo tiempo como reo y acusador, y el sacerdote con la misión de juzgar sobre los pecados cometidos y las disposiciones del penitente. Por ello tendrá que acabar el juicio con la sentencia. En el caso normal de ¡a confesión es siempre de absolución, aunque si el sacerdote no lo ve verdaderamente dispuesto, puede negarle la absolución.

"Al pecador que manifiesta su conversión al ministro de la Iglesia en la confesión sacramental, Dios le concede su perdón por medio del signo de la absolución y así el sacramento de la Penitencia alcanza su plenitud. En efecto, de acuerdo con el plan de Dios, según el cual la humanidad y la bondad del Salvador se han flecho visibles al hombre, Dios quiere salvarnos y restaurar su alianza con nosotros por medio de signos visibles.

Así, por medio del sacramento de la Penitencia, el Padre acoge al hijo que retorna a él, Cristo toma sobre sus hombros a la oveja perdida y la conduce nuevamente al redil y el Espíritu Santo vuelve a santificar su templo o habita en él con mayor plenitud; todo ello se manifiesta al participar de nuevo, o con más fervor que antes, en la mesa del Señor, con lo cual estalla un gran gozo en el convite de la Iglesia de Dios por la vuelta del hijo desde lejanas tierras" (Ibíd.)

El sacerdote absuelve al penitente con estas palabras:

"Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la Muerte y la Resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.
Yo te absuelvo de tus pecados.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo."

(Ritual de la Penitencia)


Quién puede administrar este sacramento en nombre de Cristo

Sólo puede administrar el sacramento de la Penitencia el sacerdote, que ha recibido el sacramento del Orden del presbiterado y que además tiene facultad otorgada por el Ordinario del lugar donde va a ejercer su ministerio, para absolver de sus pecados a los fieles de aquella diócesis. Esta facultad puede ejercerla en cualquier parte, a no ser que se le retire expresamente (cfr. CIC, 967) En caso de peligro de muerte, cualquier sacerdote puede absolver en cualquier lugar.

Quién puede recibir este sacramento

Puede recibir el sacramento de la Penitencia todo cristiano que habiendo llegado a la edad de la discreción haya cometido algún pecado, sea mortal o venial, y tenga las disposiciones necesarias.

Para recibirlo fructuosamente se requiere una cierta instrucción sobre las verdades principales de la fe y sobre lo que es el sacramento de la Penitencia.

La Iglesia ha indicado frecuentemente, incluso en documentos muy recientes, la conveniencia de que los niños deben ser iniciados en el sacramento de la Penitencia antes de hacer su Primera Comunión.

Qué da Dios con el perdón

El sacramento de la Penitencia produce en quien lo recibe válidamente los siguientes efectos:

1) Devuelve la gracia santificante perdida por el pecado mortal o la aumenta a quien sólo cometió pecados veniales. Siendo la pérdida de la gracia el principal efecto del pecado mortal, será éste el principal efecto del sacramento de la Penitencia.

2) Quita el pecado y perdona la pena eterna debida a él. Siendo el pecador reo del infierno por su estado de pecado mortal, al desaparecer este estado desaparece con él su consecuencia, el castigo eterno.

3) Disminuye la pena temporal debida por los pecados, que corresponde a la huella viciosa que dejan en nuestra alma. Por eso es conveniente reiterar la acusación de los pecados ya absueltos con el fin de disminuir la pena temporal por ellos merecida.

4) Reviven los méritos, que se habían perdido por el pecado mortal, de todas las obras buenas que anteriormente se habían hecho.

5) Confiere la gracia sacramental propia de este sacramento y que consiste en un derecho a gracias actuales para combatir con éxito en la lucha contra los pecados o defectos de que se acusa el penitente en la confesión.

Cómo se celebra el sacramento

El nuevo Ritual de la Penitencia presenta tres formas distintas de celebración:

a) Reconciliación de un solo penitente.

b) Reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución individual. Esta celebración manifiesta más claramente el aspecto comunitario de la penitencia.

c) Reconciliación de muchos penitentes con confesión y absolución general, para casos excepcionales.

En cualquiera de estas formas, el sacramento de la reconciliación se celebra según el ritmo siguiente: El sacerdote acoge al penitente o penitentes. Se lee un pasaje de la Palabra de Dios, por la que el Señor da luz para reconocer las faltas propias y conducir a la conversión. El penitente o penitentes confiesan sus pecados, aceptan la acción o acciones para la satisfacción y reciben la absolución, Por fin, dan gracias por el perdón alcanzado y el sacerdote los despide en la paz del Señor.

Toda celebración del sacramento de la reconciliación y, especialmente, la celebración comunitaria de la penitencia es una fiesta que nos hace redescubrir juntos la alegría del perdón, de la reconciliación con Dios. A través de ella, damos gracias a Dios, que nos purifica y nos devuelve la alegría de su salvación. Miramos el futuro, nuestra vida y a los demás de forma nueva: "Lo viejo pasó, todo se ha hecho nuevo" (2Co. 5, 17) (Cve, p. 507)


Rito:

1. Ritos iniciales.

2. Liturgia de la Palabra.

3 Confesión de los pecados por parte del penitente. Imposición de la penitencia. Acto de contrición. Absolución.

4. Ritos conclusivos.


Cuándo hay obligación de confesarse

La Iglesia, que es madre, desea que el pecador, separado de Dios por el pecado, reanude la vida de gracia y unión con Dios confesando los pecados mortales.

Existe la obligación de hacerlo, una vez llegado al uso de razón, al menos una vez al año (cfr. CIC, 989) y también si se quiere comulgar, pues nadie debe recibir la Comunión con conciencia de pecado mortal si se puede confesar antes (cfr. CIC, 916)

En peligro de muerte, todo cristiano debe prepararse para presentarse delante de Dios y, si tiene conciencia de pecado mortal, debe confesarse.

Quien no tenga pecados mortales no estaría obligado a confesarse, pues los pecados veniales se perdonan también de otras formas, pero la Iglesia recomienda la confesión de los pecados veniales (cfr. CIC, 988, 2), y como medio para progresar en la virtud recomienda la confesión frecuente.

Doctrina del Código de Derecho Canónico (1983) sobre la confesión sacramental

960

La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede tener también por otros medios.

961

§ 1. No puede darse la absolución a varios penitentes a la vez sin previa confesión individual y con carácter general a no ser que:

1.0

Amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente;

2.0

haya una necesidad grave, es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramento¡ o de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación.

962

§ 1, Para que un fiel reciba válidamente la absolución sacramento¡ dada a varios a la vez, se requiere no sólo que esté debidamente dispuesto, sino que se proponga a la vez hacer en su debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias no ha podido confesar de ese modo.

963

(...) aquel a quien se le perdonan pecados graves con una absolución general, debe acercarse a la confesión individual lo antes posible, en cuanto tenga ocasión, antes de recibir otra absolución general, de no interponerse causa justa.

En el preámbulo de las "Normas pastorales" (16-VI-72) se recuerda la doctrina tridentina, en especial la que se refiere a la integridad de la confesión, esto es, a la necesidad por derecho divino de confesar al sacerdote todos y cada uno de los pecados mortales y las circunstancias que cambian su especie, que el penitente recuerde tras un diligente examen de conciencia.

No ha cambiado la doctrina, y tampoco cambia sustancialmente la disciplina según la cual la confesión individual e íntegra, y la absolución también individual, siguen siendo no sólo el modo ordinario sino el único modo ordinario de reconciliación con Dios y con la Iglesia, salvo que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión.

Se entiende por imposibilidad física: una enfermedad extrema, falta de tiempo ante un peligro inminente, imposibilidad de hablar, ignorancia u olvido inculpable. La imposibilidad moral se refiere al peligro de quebrantar el sigilo sacramental, peligro de escándalo o pecado para el penitente o confesor, grandes escrúpulos de conciencia, peligro de graves daños que amenazan verosímilmente, peligro de infamia del todo extrínseca a la confesión. En todos estos casos hay obligación de suplir la parte omitida, cuando desaparecen las circunstancias que lo autorizaron.

La insuficiencia de confesores y la circunstancia de que los penitentes se vean forzosamente privados de la gracia sacramental o de la sagrada comunión, deben verificarse conjuntamente.

La reunión de grandes masas de fieles para celebraciones penitenciales no justifica per se la absolución colectiva. Los fieles convocados, en cualquier caso, han podido confesarse antes o pueden hacerlo después. Ninguna obligación ni necesidad existe en hacerlo ese día y a esa hora. En el caso de que no hubiera suficientes confesores, se confiesan los penitentes que puedan, y los restantes en otro momento o día.

"En la vida de la Iglesia no se puede dar la absolución colectiva como opción pastoral normal ni como medio para afrontar cualquier situación difícil. Está permitido solamente en situaciones extraordinarias de necesidad grave (...) Tiene "un carácter absolutamente excepcional". (Pablo VI, Discurso de 20-1V-1978. (Comentario de la edición de la Universidad de Navarra.)

LA COMPASION ES UN ESTILO DE VIDA

No es comprensible un cristiano verdadero que no se compadezca de los sufrimientos humanos. El Concilio Vaticano II dice, muy acertadamente: "Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (GS, 1) Esto es así porque un seguidor de Cristo debe tener los mismos sentimientos que tenía su Maestro.

La caridad lleva a ser generoso y, por tanto, a dar ayuda económica o humana al que la necesite. Pero hay una forma más elevada aún que es "comprender" Ciertamente, "Más que en "dar", la caridad está en "comprender"" (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 463) El que ama intenta ponerse en el lugar del que sufre y acompañarle. La justicia es necesaria, pero se queda corta cuando falta el amor. El amor valora a cada persona como alguien único. Cuando el dolor es insuperable, la caridad aporta el único consuelo válido que es acompañar al que sufre.

Esta actitud es vivir una fe coherente. El apóstol Santiago decía a este respecto: "¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: Yo tengo te, si uno no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen del alimento cotidiano, y alguno de vosotros le dijere: Id en paz, que podáis calentaras y hartaros, pero no le diereis con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué provecho les vendría?" (Sant. 2, 14-16) A lo largo de la historia se han promovido muchas obras de misericordia en la Iglesia siguiendo estas palabras. Además, la promoción de la justicia social ha sido una constante cristiana. Tener un corazón abierto a las miserias humanas, sentir compasión del prójimo, es lo que se llama misericordia. Cristo ha revelado a los hombres a Dios, rico en misericordia.


LA COMPASION DE LA IGLESIA ANTE EL DOLOR DE SUS HIJOS

Cristo, por medio de su Iglesia, se encuentra con el creyente también en medio de la enfermedad, llevándole el consuelo en esa situación crítica de su vida con un gesto fraternal, que evoca la acción de una persona atenta a la prueba por la que pasa el enfermo. Esto lo hace por medio del sacramento de la Unción, esbozado en el Evangelio (Mc. 6, 13) y proclamado por el apóstol Santiago: "¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia y que recen sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de te salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido pecado, lo perdonará" (Sant. 5, 14-15) Así, por la fe, robustecida por el sacramento de la Unción, el dolor pierde su carácter más duro de desesperación y se vuelve signo de esperanza, pues es la Iglesia entera representada por su ministro quien está al lado del enfermo.

El sacramento de la Unción de los enfermos

Es el sacramento instituido por el mismo Cristo, para conferir al enfermo en peligro de muerte la salud del alma y, a veces, la del cuerpo en virtud de la unción con óleo (aceite) bendito y la oración del sacerdote.

Aunque puede uno efectivamente salvarse sin recibirlo, se ha de procurar con todo esmero y diligencia que los enfermos lo reciban cuando están en la plenitud de sus facultades. Y es síntoma de poco espíritu cristiano y un pecado el descuidarlo, por un falso temor de asustar al enfermo, que necesita, por encima de todo, la ayuda espiritual que da el sacramento.

Características y efectos de este sacramento

Para administrar este sacramento ha de utilizarse aceite de oliva u otro aceite vegetal bendecido por el obispo en la Misa Crismal o en caso de necesidad por el mismo sacerdote que lo administra. Se hacen tres unciones: en la frente y en cada mano, y se dicen las palabras por las que se pide a Dios la gracia propia del sacramento.

Sólo pueden administrarlo los sacerdotes y pueden recibirlo los bautizados con uso de razón que empiecen a estar en peligro de muerte por la enfermedad o por vejez y que tengan intención, al menos implícita, de recibirlo. Este sacramento otorga al enfermo la gracia del Espíritu Santo, que le conforta y robustece contra las tentaciones del enemigo, de tal modo que pueda no sólo soportar sus males, sino luchar contra ellos, alcanzando, incluso, la salud del cuerpo si le conviene para su salvación. Le concede asimismo el perdón de los pecados si no pudiera confesarlos.

Para el momento de la muerte, la Iglesia dispone que se reciba la Eucaristía a modo de Viático y recomienda que se recen las oraciones llamadas recomendación del alma, y se reciba la bendición papal que tiene concedida indulgencia plenaria con remisión de toda la pena debida por los pecados.

Rito de la Unción de los enfermos

1. Ritos iniciales.

2. Liturgia de la Palabra.

3. Liturgia del sacramento. Bendición del óleo (si es necesario) u oración sobre él.
Santa Unción.

4. Conclusión del rito.

VOCABULARIO


Penitencia: Es el sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del bautismo.

Examen de conciencia: Es una diligente averiguación de los pecados que se han cometido desde la última confesión bien hecha.

Contrición: El dolor de los pecados consiste en un pesar y sincero aborrecimiento de la ofensa hecha a Dios.

Propósito de enmienda: El propósito consiste en una firme resolución de nunca más pecar y de poner todos los medios necesarios para evitarlo.

Confesión: La confesión de los pecados consiste en una acusación, distinguiendo los pecados, de todos aquellos cometidos desde la última confesión para que el confesor nos de la absolución y nos ponga la penitencia.

Satisfacción: Satisfacción o penitencia son aquellas oraciones u otras buenas obras que el confesor impone al penitente en expiación de sus pecados.

Absolución: Es la sentencia que el sacerdote pronuncia en nombre de Jesucristo para perdonar los pecados al penitente.

Unción de los enfermos: Por este sacramento la Iglesia encomienda los fieles gravemente enfermos al Señor, doliente y glorificado, para que los alivie y los salve. (CIC. c. 998.)

Viático: Literalmente, significaría provisión para el viaje. Es el sacramento de la Eucaristía dado a los moribundos, que se disponen a realizar su tránsito de este mundo al otro. (Cve., p. 515.)

 

Juan Pablo II, homilía 30-V-82, en Liverpool

La Iglesia es siempre reconciliadora

También por su naturaleza misma, la Iglesia es siempre reconciliadora, procurando para los demás, el don que ella misma ha recibido, el don de haber sido perdonada y hecha una con Dios. Y realiza eso de diferentes modos, pero especialmente, mediante los sacramentos, y en particular a través de la Penitencia. En este consolador sacramento, conduce a cada uno de los fieles a Cristo; y, a través del ministerio de -la Iglesia, Cristo mismo nos depara perdón, fortaleza y misericordia. Mediante este sacramento, altamente personal, Cristo continúa encontrándose con los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Restaura la unidad donde hay división, derrama su luz donde reina la oscuridad, y concede una esperanza y una alegría que el mundo nunca podría dar. Mediante este sacramento, la Iglesia proclama al mundo las infinitas riquezas de la misericordia que ha derrumbado las barreras que nos separaban de Dios y de los demás.

Importancia del sacramento de la penitencia

Este día de Pentecostés, cuando la Iglesia proclama el acto reconciliador de Cristo y el poder de su Espíritu Santo, me dirijo a todos los fieles del país, y a todos los otros miembros de la Iglesia que pueden oír mi voz o leer mis palabras: queridos, demos la mayor importancia al sacramento de la Penitencia en nuestras propias vidas. Luchemos por salvaguardar lo que describí en mi primera encíclica como el "derecho de Cristo a encontrarse con cada uno de nosotros en aquel momento-clave de la vida del alma, que es el momento de la conversión y del perdón" (RH, 20)

Antes del primer Pentecostés, Jesús dijo a sus discípulos: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn. 20, 23) Estas palabras de nuestro Salvador nos recuerdan el don fundamental de nuestra redención: el don del perdón de nuestros pecados y de vernos reconciliados con Dios. La remisión de los pecados es un don totalmente libre e inmerecido, una novedad de vida que nunca podríamos merecer, Dios nos lo concede por su misericordia. Como escribió San Pablo: "Mas todo esto viene de Dios, que por Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación" (2Cor. 5, 18)

No hay pecado que no pueda ser perdonado, si nos acercamos al trono de la misericordia, con un corazón contrito y humillado. Ningún mal es más poderoso que la infinita misericordia de Dios. Al hacerse hombre, Jesús entró completamente dentro de nuestra experiencia humana, incluso hasta el punto de sufrir el final y más cruel efecto del poder del pecado: la muerte de cruz. Realmente se hizo uno como nosotros en todo, menos en el pecado. Pero el mal, a pesar de todos sus poderes, no venció. Muriendo, Cristo destruyó nuestra muerte; resucitando, restauró nuestra vida; en sus heridas hemos sido curados, y nuestros pecados perdonados. Por este motivo, cuando el Señor se apareció a sus discípulos tras la Resurrección, les mostró sus manos y su costado. Quería que viesen que se había conseguido la victoria; que viesen que El, Cristo resucitado, había transformado los signos del pecado y de la muerte en símbolos de esperanza y de vida.

Con su victoria en la cruz, Jesucristo nos conquistó el perdón de nuestros pecados y la reconciliación con Dios. Estos son los dones que Cristo nos ofrece cuando da el Espíritu Santo a la Iglesia, pues dijo a los Apóstoles: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados" (Jn. 20, 23) Mediante el poder del Espíritu Santo, la Iglesia continúa la obra de Cristo de reconciliar al mundo consigo. A través de todas las épocas, la Iglesia, sigue siendo la comunidad de los que han sido reconciliados con Dios, la comunidad de quienes han recibido la reconciliación deseada por Dios Padre y conseguida con el sacrificio de su amado Hijo.

(Juan Pablo II, homilía 30-V-82, en Liverpool)


La Unción de los enfermos aprovecha a la persona en su totalidad

Somos conscientes de que la Unción de los enfermos aprovecha a la persona en su totalidad. Hallamos demostrado este punto en los textos litúrgicos de la celebración sacramental: "Que este óleo sea un remedio para todos los que son ungidos con él; los sane en el cuerpo, en el alma y en el espíritu, y los libre de toda aflicción".

La unción es, por tanto, fuente de fortaleza tanto para el alma como para el cuerpo. La oración de la Iglesia pide que sea perdonado el pecado y todo resto de pecado (cf. DS, 1969) Implora también por el restablecimiento de la salud, pero siempre, para que la salud corporal aumente la unión con Dios mediante el aumento de la gracia. En su enseñanza sobre este sacramento, la Iglesia confirma la verdad contenida en nuestra primera lectura de Santiago: "¿,Alguno entre vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor le hará levantarse, y los pecados que hubiere cometido le serán perdonados" (Sant. 5, 14-15)

(Juan Pablo II, homilía 28-V-82, en Londres)