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14. EL MATRIMONIO
El amor entre el hombre y la mujer
No está bien que el hombre esté solo
Serán dos una sola carne
El matrimonio es una comunidad de amor
Fuente de la vida
La sexualidad y el matrimonio
El matrimonio es una alianza
El matrimonio cristiano es un sacramento
Los hijos
La fidelidad
La separación y el divorcio
EL AMOR ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER
Es un hecho que el hombre y la mujer experimentan una atracción
mutua. Esta atracción no se limita a la sexualidad, pero
ésta es una parte muy importante de ella. La historia humana
presenta el matrimonio -unión de un hombre y una mujer para
siempre- como la forma ordinaria y natural con la que se realiza
esta unión. Existen otras formas de unión, pero no
son ordinarias ni naturales; entre éstas encontramos la poligamia
-unión de un hombre con varias mujeres-, la poliandria -unión
de una mujer con varios hombres- y las uniones inestables. Estas
tres últimas formas no satisfacen las exigencias de la naturaleza
humana, ni permiten un cuidado normal y adecuado de los hijos.
El matrimonio, en cambio, sí permite conseguir los fines
más profundos de la pareja y de los hijos. La unión
indisoluble de hombre y mujer hace posible un amor verdadero y fiel.
Además, los hijos nacen en el ambiente natural más
perfecto, que les permite alcanzar la madurez afectiva, psicológica
y social con más facilidad.
No está bien que el hombre esté
solo
La soledad es un mal para el ser humano. Dios, al crear al hombre,
preparó el modo ordinario para superar esta soledad, y para
ello creó a la mujer como compañera del hombre. El
hombre y la mujer pueden compenetrarse y perfeccionarse mutuamente.
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"No está bien que el hombre esté
solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude"
(Gen. 2, 18)
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La respuesta de Adán después de la creación
de Eva es de alegría.
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"Y dijo el hombre: esto es hueso de mis huesos
y carne de mi carne."
(Gen. 2,23)
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Serán dos en una sola carne
La soledad del hombre se supera al crear a la mujer y así
se hace posible una unión íntima e indisoluble.
"Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre,
se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne"
(Gén. 2, 24)
Esta unión sólo es plena y total en el matrimonio.
Las otras uniones posibles son formas degradadas que van contra
la voluntad del Creador, y, además, perjudican a la pareja
y a los hijos. la poligamia degrada a la mujer e impide que los
hijos reciban el amor pleno del padre y la madre. La poliandria
-forma poco frecuente- tampoco respeta la dignidad humana. Las uniones
inestables producen daños, a veces irreparables, especialmente
en los hijos y también en la pareja.
EL MATRIMONIO ES UINA COMUNIDAD DE AMOR
Dios es amor y a creado al ser humano para amar. En el matrimonio,
los esposos se unen por amor. Ese amor origina un vínculo
que crece en la fidelidad mutua. El egoísmo puede destruir
el amor entre el hombre y la mujer; por eso los esposos deben superar
las tendencias egoístas que les puedan separar.
El amor hace que los esposos se compenetren, se ayuden y se complementen.
El conocimiento producido por el amor enriquece a los esposos y
les permite superar los sufrimientos, las penas y las contrariedades
de la vida. El amor es más que un sentimiento superficial,
es un efecto de la voluntad que supera las bajas pasiones y lleva
a la entrega mutua entre el hombre y la mujer.
Fuente de la vida
No existe otro modo natural para engendrar una vida humana que
la unión sexual entre hombre y mujer. El matrimonio proporciona
el marco de amor verdadero para la transmisión de la vida.
El niño nacido en el matrimonio recibe la mejor ayuda posible
para crecer y desarrollarse: un padre y una madre que se aman con
un amor indisoluble.
Los esposos, al transmitir la vida, se hacen partícipes
del poder creador de Dios. A través de ellos dan el primer
don que posee el hombre: la vida. Esta vida es humana, es decir,
a "imagen y semejanza de Dios" Por ello, el fin principal
del matrimonio es engendrar hijos como fruto de un amor fecundo.
"Creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios
los creó, los creó varón y hembra. Y echóles
su bendición, y dijo: Creced y multiplicaos, y henchid la
tierra"
(Gen. 1, 27-28)
LA SEXUALIDAD Y EL MATRIMONIO
"La Revelación cristiana conoce dos modos específicos
de realizar integralmente la vocación de la persona humana
al amor: el matrimonio y la virginidad. Tanto el uno como la otra,
en su forma propia, son una concretización de la verdad más
profunda del hombre, de su "ser imagen de Dios""
(FC, 1 l)
La sexualidad la viven los esposos con una donación de sí
mismo al otro cónyuge de una manera peculiar, con actos propios
y exclusivos. Conviene tener en cuenta que esta sexualidad puede
ser vivida de una manera verdadera o de un modo engañoso.
Juan Pablo II lo expresa así: La sexualidad "no es algo
puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo
de la persona en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente
humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el
hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta
la muerte. La donación física total sería un
engaño si no fuese signo y fruto de una donación en
la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión
temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir
de otra manera en el futuro ya no se donaría totalmente"
(FC, 11)
Consecuencia de esta idea sobre la verdad de la sexualidad humana
es que "el único "lugar" que hace posible
esta donación total es el matrimonio" La definición
que se puede dar del matrimonio según estos principios fundamentales
es: "Pacto de amor conyugal o elección consciente y
libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima
de vida y amor, querida por Dios mismo" (FC, 11) Hay que rechazar,
por tanto, las teorías que reduzcan el matrimonio a una mera
institución social sujeta a cambios arbitrarios por los esposos
y, mucho menos, por las autoridades civiles, ya que deformarían
o destruirían lo esencial en esta importantísima institución
creada por Dios.
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"Pero está totalmente fuera de los límites
de la libertad del hombre la naturaleza del matrimonio,
de tal suerte que si alguien ha contraído ya
matrimonio se halla sujeto a sus leyes y propiedades
esenciales. Por obra, pues, del matrimonio, se juntan
y se funden las almas aún antes y más
estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto
pasajero de los sentidos o del espíritu, sino
con una determinación firme y deliberada de las
voluntades; y de esta unión de las almas surge,
porque así lo ha establecido Dios, un vínculo
sagrado e inviolable."
(Pío XII, Casti Connubii, 3)
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"El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran
todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto,
fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del
espíritu y de la voluntad-; mira a una unidad profundamente
personal que, más allá de la unión en una sola
carne, conduce a no hacer más que un solo corazón
y una sola alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación
recíproca definitiva y se abre a la fecundidad" (cfr.
HV, 9)
(FC, 13)
EL MATRIMONIO ES UNA ALIANZA
San Pablo llama al matrimonio "gran misterio" porque
es una alianza tan fuerte y verdadera que simboliza y es signo de
la Nueva Alianza de Dios con los hombres, realizada por Cristo en
la Redención. La Iglesia es el fruto de la salvación
obrada por Jesucristo. La unión de Cristo con la Iglesia
es también una comunidad de amor y de vida a un nivel espiritual.
Cristo es la cabeza de la Iglesia. La Iglesia está sujeta
a Cristo, y éste da su vida por la Iglesia, la alimenta,
la purifica y santifica haciendo de los miembros de la Iglesia miembros
de su propio Cuerpo de un modo místico.
El matrimonio cristiano simboliza la unidad de Cristo con la Iglesia,
y el amor indisoluble que les une. La santidad de la Iglesia es
producto de esa unión. El matrimonio cristiano supera al
matrimonio natural porque recibe la santidad y la gracia de Cristo
que lo enaltece y purifica.
"Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor,
porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de
la Iglesia y salvador de su cuerpo.
"Y como la Iglesia está sujeta a Cristo, así
las mujeres a sus maridos en todo.
"Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo
amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla,
purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra,
a fin de presentarse a sí gloriosa, sin mancha o arruga o
cosa semejante, sino santa e intachable.
"Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo.
El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, y nadie aborrece
jamás su propia carne, sino que la alimenta y la abriga,
como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
""Por esto dejará el hombre a su padre y a su
madre y se unirá a su mujer y serán dos en una carne."
Gran misterio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la
Iglesia."
(Ef. 5, 22-23)
Juan Pablo II expresa así este gran misterio: "El matrimonio
de los bautizados se convierte así en el símbolo real
de la nueva y eterna Alianza, sancionada por la sangre de Cristo.
El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón
y hace al hombre y la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó.
El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a que está
ordenado interiormente: la caridad conyugal, que es el modo propio
y específico con que los esposos participan y están
llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la
cruz" (FC, 13)
EL MATRIMONIO CRISTIANO ES UN SACRAMENTO
Entre los cristianos no puede haber verdadero matrimonio que no
sea sacramento. El matrimonio es tan importante a los ojos de Dios
que ha querido elevarlo a la dignidad de sacramento, es decir, es
signo sensible y eficaz de la gracia divina. Los esposos cristianos
reciben de Cristo la gracia para realizar la gran misión
de ser una "iglesia doméstica" El matrimonio, por
tanto, es fortalecido para poder realizar la salvación en
el ámbito del amor entre el hombre y la mujer, y, además,
santificar a los hijos.
La dignidad del matrimonio cristiano es tan grande que es camino
de santidad. Los cuerpos de los esposos son parte de la materia
de este sacramento, como el agua lo es del Bautismo y el pan y el
vino lo son de la Eucaristía. Los ministros de este sacramento
son los mismos contrayentes cuando se dan el mutuo consentimiento
ante el testigo de la Iglesia, que es el sacerdote. El consentimiento
origina un vínculo que, siempre que no falte algún
requisito esencial, no puede ser disuelto por ninguna autoridad
humana.
La institución matrimonial no es un simple papeleo añadido
al amor de los esposos, sino que garantiza ese amor y lo fortalece
con la gracia de Cristo que va unida al sacramento. "En virtud
de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados
uno a otro de la manera más profundamente indisoluble"
(FC, 13)
"El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se
rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción
salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges
a Dios y ayudarlos y fortalecerles en la sublime misión de
la paternidad y de la maternidad. Por ello los esposos cristianos,
para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados
y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud,
al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu
de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan
cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación,
y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios"
(GS, 48)
Los hijos
"La institución misma del matrimonio y el amor conyugal
están ordenados a la procreación y educación
de la prole, en la que encuentran su coronación" (FC,
14)
Ya vimos que el matrimonio es una comunidad de vida, por ello es
importante recalcar que el amor matrimonial debe ser fecundo y abierto
a la vida. Esta responsabilidad es grande y una de las manifestaciones
más claras de que el amor es verdadero y no egoísta.
Los esposos deben juzgar con recta conciencia el número de
hijos que desean tener. La generosidad es una característica
fundamental de esta responsabilidad. Ciertamente, el pecado puede
llevar a los esposos a negar la fecundidad del matrimonio, por eso
es importante que los esposos sean conscientes de que el fin principal
del matrimonio es tener hijos. La fecundidad es un signo de amor
verdadero y santo. Juan Pablo II lo expresa así: "los
cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más
allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente
de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis
viva e inseparable del padre y la madre" (FC, 14)
"El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por
su propia naturaleza a la procreación y educación
de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente
del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios
padres... Entre los cónyuges que cumplen de este modo la
misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención
muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan
con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente"
(GS, 50)
La fidelidad
El amor en el matrimonio no es un simple sentimiento superficial,
sino que es un acto de amor fiel. No hay verdadero amor si se excluye
la fidelidad. El matrimonio es para siempre, por ello el vínculo
es indisoluble y está por encima de cualquier dificultad.
La fidelidad matrimonial excluye cualquier otra unión entre
hombre y mujer, como el adulterio o el divorcio. Esas nuevas uniones
son graves pecados que van contra la voluntad de Dios y contra el
amor verdadero. En una forma del ritual matrimonial se expresa admirablemente
esta característica del matrimonio: "N., ¿quieres
recibir a N. como esposo (o esposa) y prometes serle fiel en las
alegrías y en las penas, en 'la salud y en la enfermedad
y, así, amarle y respetarle todos los días de su vida?,,
A lo que contestan los esposos: "Sí, quiero" La
existencia de dificultades, penas, enfermedades, etc., no deben
debilitar la fidelidad, sino fortalecerla convirtiéndose
así el amor en algo más fuerte que la misma muerte.
La separación y el divorcio
Después del pecado original no le fue fácil al hombre
cumplir con la voluntad de Dios sobre el matrimonio uno e indisoluble
abierto a los hijos con generosidad. Por ello, desde muy antiguo
se dieron situaciones desviadas. Una muy característica fue
el repudio aceptado en la ley mosaica. En el repudio el hombre podía
despedir a la mujer, si había motivos suficientes, obteniendo
un libelo de las autoridades. Jesucristo desautorizó expresamente
esta práctica: "¿Por qué entonces Moisés
mandó dar el libelo de repudio y despedirla? Él les
respondió: Moisés os permitió repudiar a vuestras
mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al
principio no fue así. Sin embargo os digo: cualquiera que
repudie a su mujer -a no ser por fornicación- y se una con
otra comete adulterio" (Mt. 19, 7-9) La doctrina es clara:
los hombres habían ido oscureciendo su inteligencia y su
voluntad hasta llegar a un desprecio y abuso grande del matrimonio
querido por Dios; Moisés corrigió algo este punto
impidiendo la libre despedida de la mujer por capricho del hombre
y exigiendo causas suficientes, además de un libelo de repudio.
Pero este arreglo aún era insuficiente y Jesucristo vino
a restablecer la situación originaria.
Ciertamente existen situaciones penosas en que la vida en común
se puede hacer insoportable para los esposos. Pero ello no es suficiente
para destruir el vínculo matrimonial como si fuese un contrato
más, porque el vínculo está por encima de la
voluntad de los contrayentes y de cualquier autoridad humana. Para
estas situaciones la Iglesia permite la separación legal,
pero prohíbe un nuevo matrimonio. Si se da una nueva unión,
ésta es equivalente a un adulterio.
En algunos países se permite el divorcio civil. El católico
debe saber que este divorcio civil no tiene validez en su conciencia,
y, por tanto, siguen casados indisolublemente los primeros esposos.
Un nuevo matrimonio realizado por un divorciado es inválido.
La Iglesia atiende maternalmente a los que sufren esta plaga del
divorcio, especialmente a la parte inocente, pero no puede permitir
que los que hayan sido culpables y, además, intenten recibir
los sacramentos, sin solucionar su situación, lo hagan. Incluso
al acercarse al sacramento de la Penitencia deben estar dispuestos
a regularizar su situación ante Dios y la conciencia. Mucho
menos se les debe permitir acudir a la Eucaristía. Todo ello
no obsta para que se les trate con la máxima caridad.
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VOCABULARIO
Matrimonio: Es la unión
permanente, perpetua y exclusiva de un varón
y una mujer para engendrar y educar unos hijos.
Matrimonio civil: Es
el realizado ante un magistrado civil según las
leyes civiles y con vigor únicamente a efectos
civiles. Para un cristiano, casarse solamente por lo
civil es un pecado gravísimo, que excluye de
poder recibir los sacramentos.
Unidad: Es la propiedad
esencial del matrimonio por la que la unión marital
se ha de dar entre un solo hombre y una sola mujer.
Poligamia: Es el régimen
familiar en el que se permiten varios vínculos
simultáneos. Si es de un hombre con varias mujeres
se llama poliginia, y si es de una mujer con varios
hombres, se llama poliandria. La Iglesia rechaza la
poligamia como opuesta a la paz de los esposos, al bien
de los hijos y a la primitiva institución del
matrimonio; cuando se trata de la poliandria es, además,
opuesta a la ley natural por quedar incierta la paternidad.
Concubinato: Es el estado
en que viven un hombre y una mujer que llevan vida marital
sin estar legítimamente unidos en matrimonio.
Adulterio: Cualquier
relación sexual de un hombre y una mujer cuando
al menos uno está casado con otro.
Indisolubilidad: Es
la propiedad esencial del matrimonio por la que el vínculo
establecido por los cónyuges permanece para siempre,
de tal manera que sólo la muerte puede romperlo.
Divorcio: Es el acto
por el que un juez civil separa a dos casados, otorgándoles
la posibilidad de poder contraer un nuevo matrimonio.
Este acto no es válido ante Dios y el nuevo matrimonio
tendría valor sólo ante la ley civil,
pero no ante Dios.
Separación: Consiste
en la suspensión de los derechos y deberes conyugales,
permaneciendo el vínculo, es decir, sin que ninguno
de los cónyuges pueda contraer nuevo matrimonio.
La separación es una situación no deseable,
pero a veces puede ser el remedio para situaciones de
grave daño para los cónyuges o los hijos.
Declaración de nulidad:
Es el acto judicial de la autoridad eclesiástica
competente, por el cual, después de un juicio
pertinente, se declara que un matrimonio, tenido por
válido, no lo fue en el momento de contraerlo.
La Iglesia no anula el matrimonio válido, sino
que declara que fue nulo el matrimonio contraído.
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Rito del matrimonio
El sacerdote pregunta a los esposos:
- N. y N., ¿venís a contraer Matrimonio sin ser
coaccionados, libre y voluntariamente?
R: Sí, venimos libremente (u otra respuesta adecuada)
- ¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente
durante toda la vida?
R: Sí, estamos decididos.
- ¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable
y amorosamente los hijos, y a educarlos según la ley de
Cristo y de su Iglesia?
R: Sí, estamos dispuestos.
Consentimiento
El sacerdote invita a los esposos a expresar su consentimiento,
diciéndoles:
Así, pues, ya que queréis contraer santo Matrimonio
unid vuestras manos, y manifestad vuestro consentimiento ante
Dios y su Iglesia.
Primera fórmula
Los esposos unen su mano derecha y dicen:
El esposo: Yo, N., te quiero a ti, N., como esposa y me entrego
a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas,
en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.
La esposa: Yo N., te quiero a ti, N., como esposo y me entrego
a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas,
en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.
Segunda fórmula
Los esposos unen su mano derecha y dicen:
El esposo: N., ¿quieres ser mi mujer? la esposa: Sí,
quiero.
La esposa: N., ¿quieres ser mi marido?
El esposo: Sí, quiero.
El esposo: N., yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente
durante toda mi vida.
La esposa: N., yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente
durante toda mi vida.
Tercera fórmula
los esposos unen su mano derecha y responden a las preguntas del
sacerdote:
El sacerdote: N., ¿quieres recibir a N., como esposa, y
prometes serie fiel en las alegrías y en las penas, en la
salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos
los días de tu vida? El esposo: Sí, quiero.
El sacerdote: N., ¿quieres recibir a N., como esposo, y prometes
serie fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y
en la enfermedad, y, así, amarle y respetarle todos los días
de tu vida? La esposa: Sí, quiero.
Cristo bendice y enriquece el amor humano
"El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución
social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas:
es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento
grande en Cristo Y en la iglesia, dice San Pablo, y, a la vez, e
inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para
siempre, porque -queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo
es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús,
que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle,
transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la
tierra."
(J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa,
23.)
Juan Pablo II expresaba con fuerza la actitud
a tomar ante una sociedad que se descristianiza:
"Reaccionaremos cada vez que la vida humana esté amenazada.
Cuando el carácter sagrado de la vida antes del nacimiento
sea atacado, nosotros reaccionaremos para proclamar que nadie tiene
derecho jamás a destruir la vida antes del nacimiento. Cuando
se habla de un niño como una carga, o cuando se le considera
como un medio para satisfacer una necesidad emocional, nosotros
intervendremos para insistir en que cada niño es un don único
e irrepetible de Dios, que tiene derecho a una familia unida en
el amor.
"Cuando la institución del matrimonio esté abandonada
al egoísmo o reducida a un acuerdo temporal y condicional
que se puede restringir fácilmente nosotros reaccionaremos
afirmando la indisolubilidad del vínculo matrimonial.
(Discurso 7-X-79)
El matrimonio, vocación sobrenatural
"El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución
social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas:
es una auténtica vocación sobrenatural, Sacramento
grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo y, a la vez o inseparablemente,
contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos
o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo
sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade
el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando
toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra"
(J. Escrivá de Balaguer. Es Cristo que pasa,
n. 23.)
La familia, comunidad de amor y vida
En el matrimonio, un hombre y una mujer, se comprometen mutuamente,
mediante un inquebrantable lazo de total y mutua entrega. Una unión
total de amor. Amor, que no es una emoción pasajera o un
apasionamiento temporal, sino una decisión libre y responsable
de unirse por completo, en los momentos buenos y en los malos, al
propio cónyuge. Es el don de uno mismo al otro. Es un amor
digno de ser proclamado a los ojos de todo el mundo. Es incondicional.
Ser capaces de tal amor, exige una cuidadosa preparación
desde la primera infancia hasta el día de la boda. Requiere
el continuo apoyo de la Iglesia y de la sociedad a lo largo de su
desarrollo.
El amor del esposo y de la esposa en el plan de Dios, va más
allá de uno mismo: se genera nueva vida; nace una familia.
La familia es una comunidad de amor y de vida, un hogar en el que
los hijos son acompañados hasta la madurez.
(Juan Pablo II, discurso 31-V-82 en York)
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