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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

14. EL MATRIMONIO

El amor entre el hombre y la mujer
No está bien que el hombre esté solo
Serán dos una sola carne
El matrimonio es una comunidad de amor
Fuente de la vida
La sexualidad y el matrimonio
El matrimonio es una alianza
El matrimonio cristiano es un sacramento
Los hijos
La fidelidad
La separación y el divorcio


 

 

 

 

 

EL AMOR ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER

Es un hecho que el hombre y la mujer experimentan una atracción mutua. Esta atracción no se limita a la sexualidad, pero ésta es una parte muy importante de ella. La historia humana presenta el matrimonio -unión de un hombre y una mujer para siempre- como la forma ordinaria y natural con la que se realiza esta unión. Existen otras formas de unión, pero no son ordinarias ni naturales; entre éstas encontramos la poligamia -unión de un hombre con varias mujeres-, la poliandria -unión de una mujer con varios hombres- y las uniones inestables. Estas tres últimas formas no satisfacen las exigencias de la naturaleza humana, ni permiten un cuidado normal y adecuado de los hijos.

El matrimonio, en cambio, sí permite conseguir los fines más profundos de la pareja y de los hijos. La unión indisoluble de hombre y mujer hace posible un amor verdadero y fiel. Además, los hijos nacen en el ambiente natural más perfecto, que les permite alcanzar la madurez afectiva, psicológica y social con más facilidad.

No está bien que el hombre esté solo

La soledad es un mal para el ser humano. Dios, al crear al hombre, preparó el modo ordinario para superar esta soledad, y para ello creó a la mujer como compañera del hombre. El hombre y la mujer pueden compenetrarse y perfeccionarse mutuamente.

"No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude"

(Gen. 2, 18)

 

La respuesta de Adán después de la creación de Eva es de alegría.

"Y dijo el hombre: esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne."

(Gen. 2,23)


Serán dos en una sola carne

La soledad del hombre se supera al crear a la mujer y así se hace posible una unión íntima e indisoluble.

"Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne" (Gén. 2, 24)

Esta unión sólo es plena y total en el matrimonio. Las otras uniones posibles son formas degradadas que van contra la voluntad del Creador, y, además, perjudican a la pareja y a los hijos. la poligamia degrada a la mujer e impide que los hijos reciban el amor pleno del padre y la madre. La poliandria -forma poco frecuente- tampoco respeta la dignidad humana. Las uniones inestables producen daños, a veces irreparables, especialmente en los hijos y también en la pareja.

EL MATRIMONIO ES UINA COMUNIDAD DE AMOR

Dios es amor y a creado al ser humano para amar. En el matrimonio, los esposos se unen por amor. Ese amor origina un vínculo que crece en la fidelidad mutua. El egoísmo puede destruir el amor entre el hombre y la mujer; por eso los esposos deben superar las tendencias egoístas que les puedan separar.

El amor hace que los esposos se compenetren, se ayuden y se complementen. El conocimiento producido por el amor enriquece a los esposos y les permite superar los sufrimientos, las penas y las contrariedades de la vida. El amor es más que un sentimiento superficial, es un efecto de la voluntad que supera las bajas pasiones y lleva a la entrega mutua entre el hombre y la mujer.

Fuente de la vida

No existe otro modo natural para engendrar una vida humana que la unión sexual entre hombre y mujer. El matrimonio proporciona el marco de amor verdadero para la transmisión de la vida. El niño nacido en el matrimonio recibe la mejor ayuda posible para crecer y desarrollarse: un padre y una madre que se aman con un amor indisoluble.

Los esposos, al transmitir la vida, se hacen partícipes del poder creador de Dios. A través de ellos dan el primer don que posee el hombre: la vida. Esta vida es humana, es decir, a "imagen y semejanza de Dios" Por ello, el fin principal del matrimonio es engendrar hijos como fruto de un amor fecundo.

"Creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios los creó, los creó varón y hembra. Y echóles su bendición, y dijo: Creced y multiplicaos, y henchid la tierra"
(Gen. 1, 27-28)


LA SEXUALIDAD Y EL MATRIMONIO

"La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el matrimonio y la virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su "ser imagen de Dios"" (FC, 1 l)

La sexualidad la viven los esposos con una donación de sí mismo al otro cónyuge de una manera peculiar, con actos propios y exclusivos. Conviene tener en cuenta que esta sexualidad puede ser vivida de una manera verdadera o de un modo engañoso. Juan Pablo II lo expresa así: La sexualidad "no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en el futuro ya no se donaría totalmente" (FC, 11)

Consecuencia de esta idea sobre la verdad de la sexualidad humana es que "el único "lugar" que hace posible esta donación total es el matrimonio" La definición que se puede dar del matrimonio según estos principios fundamentales es: "Pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo" (FC, 11) Hay que rechazar, por tanto, las teorías que reduzcan el matrimonio a una mera institución social sujeta a cambios arbitrarios por los esposos y, mucho menos, por las autoridades civiles, ya que deformarían o destruirían lo esencial en esta importantísima institución creada por Dios.

"Pero está totalmente fuera de los límites de la libertad del hombre la naturaleza del matrimonio, de tal suerte que si alguien ha contraído ya matrimonio se halla sujeto a sus leyes y propiedades esenciales. Por obra, pues, del matrimonio, se juntan y se funden las almas aún antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así lo ha establecido Dios, un vínculo sagrado e inviolable."

(Pío XII, Casti Connubii, 3)

"El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación recíproca definitiva y se abre a la fecundidad" (cfr. HV, 9)
(FC, 13)


EL MATRIMONIO ES UNA ALIANZA

San Pablo llama al matrimonio "gran misterio" porque es una alianza tan fuerte y verdadera que simboliza y es signo de la Nueva Alianza de Dios con los hombres, realizada por Cristo en la Redención. La Iglesia es el fruto de la salvación obrada por Jesucristo. La unión de Cristo con la Iglesia es también una comunidad de amor y de vida a un nivel espiritual. Cristo es la cabeza de la Iglesia. La Iglesia está sujeta a Cristo, y éste da su vida por la Iglesia, la alimenta, la purifica y santifica haciendo de los miembros de la Iglesia miembros de su propio Cuerpo de un modo místico.

El matrimonio cristiano simboliza la unidad de Cristo con la Iglesia, y el amor indisoluble que les une. La santidad de la Iglesia es producto de esa unión. El matrimonio cristiano supera al matrimonio natural porque recibe la santidad y la gracia de Cristo que lo enaltece y purifica.

"Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia y salvador de su cuerpo.

"Y como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo.

"Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentarse a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable.

"Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, y nadie aborrece jamás su propia carne, sino que la alimenta y la abriga, como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

""Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán dos en una carne." Gran misterio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia."
(Ef. 5, 22-23)


Juan Pablo II expresa así este gran misterio: "El matrimonio de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada por la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a que está ordenado interiormente: la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz" (FC, 13)


EL MATRIMONIO CRISTIANO ES UN SACRAMENTO

Entre los cristianos no puede haber verdadero matrimonio que no sea sacramento. El matrimonio es tan importante a los ojos de Dios que ha querido elevarlo a la dignidad de sacramento, es decir, es signo sensible y eficaz de la gracia divina. Los esposos cristianos reciben de Cristo la gracia para realizar la gran misión de ser una "iglesia doméstica" El matrimonio, por tanto, es fortalecido para poder realizar la salvación en el ámbito del amor entre el hombre y la mujer, y, además, santificar a los hijos.

La dignidad del matrimonio cristiano es tan grande que es camino de santidad. Los cuerpos de los esposos son parte de la materia de este sacramento, como el agua lo es del Bautismo y el pan y el vino lo son de la Eucaristía. Los ministros de este sacramento son los mismos contrayentes cuando se dan el mutuo consentimiento ante el testigo de la Iglesia, que es el sacerdote. El consentimiento origina un vínculo que, siempre que no falte algún requisito esencial, no puede ser disuelto por ninguna autoridad humana.

La institución matrimonial no es un simple papeleo añadido al amor de los esposos, sino que garantiza ese amor y lo fortalece con la gracia de Cristo que va unida al sacramento. "En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble" (FC, 13)


"El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerles en la sublime misión de la paternidad y de la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios"

(GS, 48)


Los hijos

"La institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación" (FC, 14)

Ya vimos que el matrimonio es una comunidad de vida, por ello es importante recalcar que el amor matrimonial debe ser fecundo y abierto a la vida. Esta responsabilidad es grande y una de las manifestaciones más claras de que el amor es verdadero y no egoísta. Los esposos deben juzgar con recta conciencia el número de hijos que desean tener. La generosidad es una característica fundamental de esta responsabilidad. Ciertamente, el pecado puede llevar a los esposos a negar la fecundidad del matrimonio, por eso es importante que los esposos sean conscientes de que el fin principal del matrimonio es tener hijos. La fecundidad es un signo de amor verdadero y santo. Juan Pablo II lo expresa así: "los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y la madre" (FC, 14)

"El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres... Entre los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente"
(GS, 50)


La fidelidad

El amor en el matrimonio no es un simple sentimiento superficial, sino que es un acto de amor fiel. No hay verdadero amor si se excluye la fidelidad. El matrimonio es para siempre, por ello el vínculo es indisoluble y está por encima de cualquier dificultad.

La fidelidad matrimonial excluye cualquier otra unión entre hombre y mujer, como el adulterio o el divorcio. Esas nuevas uniones son graves pecados que van contra la voluntad de Dios y contra el amor verdadero. En una forma del ritual matrimonial se expresa admirablemente esta característica del matrimonio: "N., ¿quieres recibir a N. como esposo (o esposa) y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en 'la salud y en la enfermedad y, así, amarle y respetarle todos los días de su vida?,, A lo que contestan los esposos: "Sí, quiero" La existencia de dificultades, penas, enfermedades, etc., no deben debilitar la fidelidad, sino fortalecerla convirtiéndose así el amor en algo más fuerte que la misma muerte.

La separación y el divorcio

Después del pecado original no le fue fácil al hombre cumplir con la voluntad de Dios sobre el matrimonio uno e indisoluble abierto a los hijos con generosidad. Por ello, desde muy antiguo se dieron situaciones desviadas. Una muy característica fue el repudio aceptado en la ley mosaica. En el repudio el hombre podía despedir a la mujer, si había motivos suficientes, obteniendo un libelo de las autoridades. Jesucristo desautorizó expresamente esta práctica: "¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio y despedirla? Él les respondió: Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así. Sin embargo os digo: cualquiera que repudie a su mujer -a no ser por fornicación- y se una con otra comete adulterio" (Mt. 19, 7-9) La doctrina es clara: los hombres habían ido oscureciendo su inteligencia y su voluntad hasta llegar a un desprecio y abuso grande del matrimonio querido por Dios; Moisés corrigió algo este punto impidiendo la libre despedida de la mujer por capricho del hombre y exigiendo causas suficientes, además de un libelo de repudio. Pero este arreglo aún era insuficiente y Jesucristo vino a restablecer la situación originaria.

Ciertamente existen situaciones penosas en que la vida en común se puede hacer insoportable para los esposos. Pero ello no es suficiente para destruir el vínculo matrimonial como si fuese un contrato más, porque el vínculo está por encima de la voluntad de los contrayentes y de cualquier autoridad humana. Para estas situaciones la Iglesia permite la separación legal, pero prohíbe un nuevo matrimonio. Si se da una nueva unión, ésta es equivalente a un adulterio.

En algunos países se permite el divorcio civil. El católico debe saber que este divorcio civil no tiene validez en su conciencia, y, por tanto, siguen casados indisolublemente los primeros esposos. Un nuevo matrimonio realizado por un divorciado es inválido.

La Iglesia atiende maternalmente a los que sufren esta plaga del divorcio, especialmente a la parte inocente, pero no puede permitir que los que hayan sido culpables y, además, intenten recibir los sacramentos, sin solucionar su situación, lo hagan. Incluso al acercarse al sacramento de la Penitencia deben estar dispuestos a regularizar su situación ante Dios y la conciencia. Mucho menos se les debe permitir acudir a la Eucaristía. Todo ello no obsta para que se les trate con la máxima caridad.

VOCABULARIO

Matrimonio: Es la unión permanente, perpetua y exclusiva de un varón y una mujer para engendrar y educar unos hijos.

Matrimonio civil: Es el realizado ante un magistrado civil según las leyes civiles y con vigor únicamente a efectos civiles. Para un cristiano, casarse solamente por lo civil es un pecado gravísimo, que excluye de poder recibir los sacramentos.

Unidad: Es la propiedad esencial del matrimonio por la que la unión marital se ha de dar entre un solo hombre y una sola mujer.

Poligamia: Es el régimen familiar en el que se permiten varios vínculos simultáneos. Si es de un hombre con varias mujeres se llama poliginia, y si es de una mujer con varios hombres, se llama poliandria. La Iglesia rechaza la poligamia como opuesta a la paz de los esposos, al bien de los hijos y a la primitiva institución del matrimonio; cuando se trata de la poliandria es, además, opuesta a la ley natural por quedar incierta la paternidad.

Concubinato: Es el estado en que viven un hombre y una mujer que llevan vida marital sin estar legítimamente unidos en matrimonio.

Adulterio: Cualquier relación sexual de un hombre y una mujer cuando al menos uno está casado con otro.

Indisolubilidad: Es la propiedad esencial del matrimonio por la que el vínculo establecido por los cónyuges permanece para siempre, de tal manera que sólo la muerte puede romperlo.

Divorcio: Es el acto por el que un juez civil separa a dos casados, otorgándoles la posibilidad de poder contraer un nuevo matrimonio. Este acto no es válido ante Dios y el nuevo matrimonio tendría valor sólo ante la ley civil, pero no ante Dios.

Separación: Consiste en la suspensión de los derechos y deberes conyugales, permaneciendo el vínculo, es decir, sin que ninguno de los cónyuges pueda contraer nuevo matrimonio. La separación es una situación no deseable, pero a veces puede ser el remedio para situaciones de grave daño para los cónyuges o los hijos.

Declaración de nulidad: Es el acto judicial de la autoridad eclesiástica competente, por el cual, después de un juicio pertinente, se declara que un matrimonio, tenido por válido, no lo fue en el momento de contraerlo. La Iglesia no anula el matrimonio válido, sino que declara que fue nulo el matrimonio contraído.


Rito del matrimonio

El sacerdote pregunta a los esposos:

- N. y N., ¿venís a contraer Matrimonio sin ser coaccionados, libre y voluntariamente?

R: Sí, venimos libremente (u otra respuesta adecuada)

- ¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente durante toda la vida?

R: Sí, estamos decididos.

- ¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?

R: Sí, estamos dispuestos.


Consentimiento

El sacerdote invita a los esposos a expresar su consentimiento, diciéndoles:

Así, pues, ya que queréis contraer santo Matrimonio unid vuestras manos, y manifestad vuestro consentimiento ante Dios y su Iglesia.

 


Primera fórmula

Los esposos unen su mano derecha y dicen:

El esposo: Yo, N., te quiero a ti, N., como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

La esposa: Yo N., te quiero a ti, N., como esposo y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

Segunda fórmula

Los esposos unen su mano derecha y dicen:

El esposo: N., ¿quieres ser mi mujer? la esposa: Sí, quiero.

La esposa: N., ¿quieres ser mi marido?

El esposo: Sí, quiero.

El esposo: N., yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida.

La esposa: N., yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente durante toda mi vida.


Tercera fórmula

los esposos unen su mano derecha y responden a las preguntas del sacerdote:

El sacerdote: N., ¿quieres recibir a N., como esposa, y prometes serie fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida? El esposo: Sí, quiero.
El sacerdote: N., ¿quieres recibir a N., como esposo, y prometes serie fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarle y respetarle todos los días de tu vida? La esposa: Sí, quiero.


Cristo bendice y enriquece el amor humano

"El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo Y en la iglesia, dice San Pablo, y, a la vez, e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra."

(J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, 23.)

Juan Pablo II expresaba con fuerza la actitud a tomar ante una sociedad que se descristianiza:

"Reaccionaremos cada vez que la vida humana esté amenazada. Cuando el carácter sagrado de la vida antes del nacimiento sea atacado, nosotros reaccionaremos para proclamar que nadie tiene derecho jamás a destruir la vida antes del nacimiento. Cuando se habla de un niño como una carga, o cuando se le considera como un medio para satisfacer una necesidad emocional, nosotros intervendremos para insistir en que cada niño es un don único e irrepetible de Dios, que tiene derecho a una familia unida en el amor.

"Cuando la institución del matrimonio esté abandonada al egoísmo o reducida a un acuerdo temporal y condicional que se puede restringir fácilmente nosotros reaccionaremos afirmando la indisolubilidad del vínculo matrimonial.

(Discurso 7-X-79)


El matrimonio, vocación sobrenatural

"El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural, Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo y, a la vez o inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra"

(J. Escrivá de Balaguer. Es Cristo que pasa, n. 23.)


La familia, comunidad de amor y vida

En el matrimonio, un hombre y una mujer, se comprometen mutuamente, mediante un inquebrantable lazo de total y mutua entrega. Una unión total de amor. Amor, que no es una emoción pasajera o un apasionamiento temporal, sino una decisión libre y responsable de unirse por completo, en los momentos buenos y en los malos, al propio cónyuge. Es el don de uno mismo al otro. Es un amor digno de ser proclamado a los ojos de todo el mundo. Es incondicional.

Ser capaces de tal amor, exige una cuidadosa preparación desde la primera infancia hasta el día de la boda. Requiere el continuo apoyo de la Iglesia y de la sociedad a lo largo de su desarrollo.

El amor del esposo y de la esposa en el plan de Dios, va más allá de uno mismo: se genera nueva vida; nace una familia. La familia es una comunidad de amor y de vida, un hogar en el que los hijos son acompañados hasta la madurez.

(Juan Pablo II, discurso 31-V-82 en York)