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16.EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
Amor perfecto
El celibato apostólico
Matrimonio y celibato
El celibato sacerdotal
El Orden sacerdotal
El sacramento del Orden
La Iglesia, comunidad estructurada
La vida religiosa
Los laicos y el celibato apostólico
EL AMOR PERFECTO
"El hombre no puede vivir sin amor -dice Juan Pablo II-. El
permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está
privada de sentido si no se revela el amor, si no se encuentra con
el amor, sí no lo experimenta y lo hace propio, si no participa
en él vivamente" (RH, 10) Tanto querer como ser querido
es vital en el ser humano.
Por eso es conveniente caminar hacia el amor pleno y total. Cuando
Jesús explicó a sus discípulos los deberes
unidos al amor matrimonial -respeto a la mujer, indisolubilidad
del matrimonio, etc.-, éstos dijeron: "si tal es la
condición del hombre con la mujer, no conviene casarse"
(Mt. 19, 10) Es que aún no habían comprendido el amor
que Cristo predicaba. Jesucristo, ante sus dudas, les abre un horizonte
aún más amplio y generoso, pues les dice que algunos
incluso se privarán del amor matrimonial santo por un amor
a Dios más pleno: "No todos entienden esto, sino aquellos
a quienes les ha sido dado."
El amor a Cristo, a su Iglesia y a todos los hombres se expresa
más plenamente aún que en el matrimonio, a través
de la virginidad o de la castidad perfecta, cuando ésta es
elegida por amor al Reino de los Cielos.
Si esta renuncia al amor humano nace del amor a Cristo y a los
hombres, es un camino de auténtica madurez humana y de verdadera
libertad, como lo muestra la vida de tantos santos y fieles que,
viviendo de esta forma, se entregaron plenamente a promover el progreso
humano y cristiano. Hoy, cuando el erotismo crece de manera que
se olvida el amor genuino entre los seres humanos, una vida de renuncia
al amor matrimonial, elegida por el Reino de Cristo, es una llamada
a la sublimidad del amor fiel.
Pío XII llamó a la virginidad y al celibato apostólico:
"Uno de los tesoros más preciosos que Cristo ha dejado
en herencia a su Iglesia" (25-111-1954)
EL CELIBATO APOSTOLICO
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"La perfecta y perpetua continencia por amor del
Reino de los Cielos, recomendada por Cristo Señor,
aceptada de buen grado y laudablemente guardada en el
decurso del tiempo y aun en nuestros días por
no pocos fieles, ha sido siempre altamente estimada
por la Iglesia... "
(PO, 16)
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Por el celibato apostólico, los que lo aceptan se convierten
en signo vivo del mundo futuro en que los resucitados ya no tomarán
maridos ni mujeres (cfr. Lc. 20, 35-36) Tiene características
concretas: es don de Dios; hace que se le ame con corazón
indiviso; y se ha de aceptar por amor al Reino de los Cielos y a
los demás.
a) Es un don de Dios
Vivir la castidad en cualquier estado es siempre un don de Dios
y de manera especial esto sucede en el celibato apostólico.
Es lógico que cuando Dios pide algo a los hombres les dé
las gracias convenientes para cumplirlo. La castidad es más
que decir no a los impulsos de la carne, que se pueden refrenar
por motivos naturales, es principalmente decir sí a los impulsos
del amor de Dios, y esto tiene que hacerse con la ayuda del Espíritu
Santo.
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" ... destaca el precioso don de la divina gracia,
concedido a algunos por el Padre, para que se consagren
a solo Dios ... "
(LG, 42)
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b) Con corazón indiviso
San Pablo, en el capítulo 7 de la Primera Carta a los Corintios,
expone cómo los casados deben buscar también agradar
a sus cónyuges respectivos, mientras que los célibes
sólo buscan agradar a Dios. Los que han recibido el don de
la castidad se deben sólo al Señor y así se
dedican a las actividades apostólicas con cuerpo y alma,
cosa difícil de compaginar con los deberes conyugales. De
esta manera, el celibato apostólico es un manantial extraordinario
de espiritual fecundidad en el mundo (cfr. LG, 42)
c) Por el Reino de los Cielos
Al exponer Jesucristo la doctrina sobre el matrimonio cristiano,
los discípulos se extrañaron y dijeron: "Si tal
es la condición del hombre con la mujer, no conviene casarse.
(Mt. 19, lo) A ello respondió el Maestro que no todos entendían
esto. De hecho, hay quienes se ven imposibilitados para el matrimonio
por defecto de la propia naturaleza, otros por la violencia de los
hombres, mientras que otros se abstienen voluntariamente a causa
del Reino de los Cielos.
Por ello no se pueden incluir en la bendición divina aquellos
que se abstienen del matrimonio, o por demasiado amor propio, o
con el fin de escapar a las cargas que supone la vida matrimonial.
La razón primaria del celibato apostólico y lo que
hace de él un acto sumamente agradable a Dios, es que se
asuma para dirigirse únicamente a las cosas divinas, poniendo
en ellas la mente y todo el corazón en un acto de amor supremo.
De este modo se querrá en todas las cosas agradar a Dios,
pensando en El constantemente y consagrándole por completo
cuerpo y espíritu para bien de toda la Iglesia, a la que
con mayor libertad se puede servir (cfr. Pío XII, Sacra Virgínitas)
d) Se acepta para los demás
"En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien
común" (l Co. 12, 7) El don del Espíritu que
es el celibato apostólico se otorga también para el
bien común. El amor a Dios que hace posible el celibato se
extiende a todos los demás, por eso el célibe por
amor a Dios puede poner su vida al servicio de los hermanos. El
célibe es verdaderamente "el hombre para los demás".
No se podría llamar celibato apostólico si no fuera
por su especial dedicación a las tareas apostólicas.
MATRIMONIO Y CELIBATO
El apóstol San Pablo confirma de modo explícito la
superioridad del celibato sobre el matrimonio (cfr. lCor. 7, 25-40)
y el Concilio de Trento lo declaró en forma solemne dogma
de fe. Lo que no quiere decir, sin embargo, que cualquier célibe
sea mejor que todo hombre casado, ni que el sumo aprecio por el
celibato implique menosprecio por el matrimonio. Sólo quien
aprecie el matrimonio en su plena grandeza puede confesar una estima
superior todavía por el celibato, que aparece, entonces,
con todo su esplendor.
La elección del celibato no implica ignorancia o desprecio
del afecto humano, sino que supone, por el contrario, una elevación
incluso del amor humano. El amor bebido en su más puro manantial
-Dios- es exigente y hace, en quien se siente llamado por Dios al
celibato, más profundo y amplio el sentido de responsabilidad
y educa en él una plenitud y delicadeza de sentimientos que
lo enriquecen sobreabundantemente (cfr. Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus,
50-56)
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"¡Bendito sea el amor humano! Pero a mí
el Señor me ha pedido más. Y esto lo afirma
la teología católica: entregarse por amor
del Reino de los Cielos sólo a Jesús y,
por Jesús, a todos los hombres es algo más
sublime que el amor matrimonial, aunque el matrimonio
sea un sacramento y sacramentum magnum."
(J. Escrivá de Balaguer, Amigos
de Dios, 184)
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Hay que decir, de todas maneras, que lo más perfecto para
cada persona es hacer aquello que Dios le pide. Y en todos los estados
se puede alcanzar la santidad o plenitud cristiana.
EL CELIBATO SACERDOTAL
Teniendo en cuenta todas las características del celibato
apostólico, se ve cuán conveniente es para aquellos
que van a ejercer en la Iglesia el sacerdocio ministerial. La misión
del sacerdote está totalmente identificada con la misión
de Cristo, que se entregó plenamente a su cumplimiento, y
así el sacerdote, por el celibato, se entrega en alma y cuerpo
a la misión que Cristo le encomienda, con una total disponibilidad.
Jesucristo fue célibe y el celibato para recibir el sacerdocio
viene de muy antiguo en la Iglesia latina.
Cuando la Iglesia exige el celibato como requisito para el sacerdocio,
no lo hace pensando que sea la única forma para santificarse
los sacerdotes, sino que piensa que es la mejor manera de ejercer
esa forma de servicio a la comunidad, que es el sacerdocio ministerial,
para la edificación de toda la Iglesia.
El celibato sacerdotal no frustra la paternidad natural que todo
hombre puede sentir. Juan Pablo II dice:
"El sacerdote renuncia a la paternidad y a la maternidad que
es propia de los esposos, busca otra paternidad y casi otra maternidad,
recordando las palabras del Apóstol sobre los hijos que él
engendra con dolor. Ellos son hijos de su espíritu, hombres
encomendados por el Buen Pastor a sus cuidados. Estos hombres son
muchos, más numerosos que los que puede abrazar una simple
familia humana" (12-1V-1979)
La Iglesia tiene el derecho de poder escoger sus ministros de entre
aquellos hombres que le ofrezcan la mayor posibilidad de ejercer
mejor la misión que se les va a encomendar. Esto no va en
contra de la libertad de los hombres de contraer matrimonio, sino
que la Iglesia ve en quienes aceptan el celibato un signo de que
es Dios quien los llama a su servicio. Por eso, solamente confiere
el sacramento del Orden a los que libremente manifiestan su aceptación
de la ley del celibato.
EL ORDEN SACERDOTAL
La Iglesia, Pueblo de Dios, es un pueblo sacerdotal en que todos
los miembros participan diversamente del sacerdocio de Cristo. La
misión del sacerdote es unir a los hombres con Dios, ofreciendo
oraciones y sacrificios. Cristo es el Sacerdote Sumo y Eterno, que
se ofrece a Sí mismo como Víctima perfecta para la
salvación de los hombres.
Todos los fieles por el Bautismo, que los inserta en Cristo, participan
del sacerdocio de Jesucristo. Este es el sacerdocio común
de los fieles. Por él participan en la edificación
de la Iglesia ofreciendo a Dios su oración, su vida santa
en medio del mundo para la santificación de los hombres (cfr.
LG, 10)
Para servir a todo el pueblo de Dios, Cristo envía a unos
hombres con una misión concreta: Dar a los demás las
cosas que miran a Dios, ofrecer el sacrificio de Cristo y compadecerse
de los ignorantes (instruyéndoles) y extraviados (volviéndolos
al camino) (cfr. Hb. 5, 1-3), y para ello les confiere el sacerdocio
ministerial (ministro quiere decir servidor) La misión del
sacerdocio ministerial es hacer visible a Cristo en medio del Pueblo
de Dios, renovando las palabras y gestos del Señor.
El sacerdocio ministerial difiere del sacerdocio común de
los fieles no sólo en grado sino esencialmente, pues dentro
del fin común de edificar la Iglesia, tiene un fin específico
que consiste en administrar los sacramentos, guiar al Pueblo de
Dios y enseñar en nombre de Cristo.
El sacramento del Orden
Para cumplir su misión, Cristo los reviste de un carácter
especial mediante el sacramento del Orden.
El Concilio de Trento definió, frente a los reformadores,
la existencia en la Iglesia de un sacerdocio ministerial -distinto
del sacerdocio de los fieles- por institución divina. Los
textos del Nuevo Testamento atestiguan cómo se otorgaba una
potestad especial por medio de una ceremonia sensible que consistía
en la imposición de las manos y la oración.
Cristo instituyó en la Ultima Cena este sacramento al decir
a los Apóstoles: "Haced esto en memoria mía."
El sacramento se realiza por la imposición de las manos
del ministro, según la tradición de la Iglesia desde
la época apostólica, acompañada de las palabras
que declaran la significación de esa imposición de
manos y que se refieren a las funciones propias de cada uno de los
tres órdenes.
Solamente el obispo puede administrar este sacramento, ya que sólo
él tiene la plenitud del sacerdocio.
Únicamente el varón bautizado puede recibir válidamente
la ordenación sin que esto suponga discriminación
para la mujer, pues así lo determinó Nuestro Señor.
Este sacramento imprime en el alma del que lo recibe un carácter
que hace que el sacerdote pueda actuar "en la persona de Cristo",
de ahí la gran veneración que merecen siempre todos
los sacerdotes, y da las gracias necesarias para cumplir las funciones
propias del estado sacerdotal: predicar la palabra de Dios; realizar
el culto a Dios principalmente a través del Santo Sacrificio
de la Misa y la oración; y transmitir la vida divina por
medio de los sacramentos. A la vez moverán a los fieles cristianos
a trabajar con todas sus fuerzas en la construcción de la
ciudad terrena en justicia y caridad y no como quien manda, sino
como servidores de toda la comunidad (cfr. l Pe. 5, 1-4)
LA IGLESIA, COMUNIDAD ESTRUCTURADA
Todos los miembros del Pueblo de Dios tienen la misma dignidad:
la de hijos de Dios, pero no todos desempeñan las mismas
funciones. Del mismo modo que en el cuerpo, aunque todos los órganos
son el cuerpo, sin embargo, cada uno tiene su función.
Jesucristo eligió a los doce Apóstoles para que continuaran
la misión que El había recibido del Padre: "Como
el Padre me ha enviado, así también os envío
yo" (Jn. 20, 21) De entre ellos eligió a Pedro para
que fuera la cabeza visible de la Iglesia. Pedro estableció
su sede en Roma.
Los Apóstoles fueron nombrando sucesores y poniéndolos
al frente de las Iglesias particulares, para que continuaran la
misión recibida de Cristo. Estos fueron los obispos, todos
ellos en unión con el sucesor de San Pedro en la sede de
Roma. Los obispos se ayudaban de los presbíteros y diáconos.
Se ve, por tanto, que la Iglesia ha sido siempre una comunidad
estructurada: el Romano Pontífice, los obispos, los presbíteros
y los diáconos.
Al frente de toda la comunidad eclesial está el Romano Pontífice,
también llamado Sumo Pontífice y Papa o Padre universal.
El Papa es el Vicario de Cristo en la tierra y guía a toda
la Iglesia universal de manera infalible con la autoridad recibida
del mismo Jesucristo. En unión con él para hacer cabeza
en las Iglesias particulares están los obispos, que tienen
la plenitud del sacerdocio y que gobiernan sus Iglesias en unión
y dependencia del Romano Pontífice, que es quien los nombra
y les da la misión.
Sobre el Romano Pontífice y todos los obispos, formando
un colegio, recae toda la responsabilidad de la misión recibida
de Cristo de salvar a los hombres y edificar su Iglesia.
Los presbíteros dependen de los obispos en el ejercicio
de su función, pero están unidos con ellos en el honor
del sacerdocio.
Los diáconos ayudan a los presbíteros en la liturgia
y en el ministerio de la Palabra y la caridad..
LA VIDA RELIGIOSA
Desde los principios de la Iglesia hubo hombres y mujeres que se
propusieron seguir con mayor libertad a Cristo mediante la práctica
de los consejos evangélicos, e imitarle de manera más
directa: son los religiosos. Estos, con una gran variedad de formas,
llevan una vida consagrada a Dios (PC, l) Se llaman consejos evangélicos
a la castidad ofrecida a Dios o celibato consagrado, la pobreza
y la obediencia. Aunque todos los fieles deben vivir en su estado
el espíritu de estos consejos, los religiosos los viven con
unas características propias, pues hacen votos públicos
o solemnes y suelen hacer vida en común en conventos o monasterios.
La búsqueda de la perfección en la vida religiosa
se realiza en un apartamiento del mundo -aunque ello no sea obstáculo
para que muchos realicen muchos trabajos y obras de caridad en el
mundo-, y es un testimonio oficial y público de que la vida
futura y celestial es superior y meta de la terrenal.
Los religiosos no pertenecen a la jerarquía de la Iglesia,
pero se integran indudablemente en su vida y en su organización.
Los frutos de santidad que han realizado los religiosos a lo largo
de los siglos son innumerables. Muchos hombres y mujeres han alcanzado
la santidad en estos caminos y bastantes de ellos han sido canonizados
o beatificados. A su sombra muchos fieles han encontrado a Dios,
y han sido un fuerte baluarte para la conservación y difusión
de la cultura en el mundo.
LOS LAICOS Y EL CELIBATO APOSTOLICO
La dedicación a Dios viviendo el celibato no se reduce a
las formas consagradas: sacerdocio y vida religiosa; también
es un camino accesible a los laicos. Las características
de esta vocación es vivir una entrega plena a Dios en medio
del mundo y del trabajo ordinario. El celibato apostólico
se vivió de esta manera en los mismos orígenes de
la Iglesia; más tarde lo vivieron hombres y mujeres, que
se llamaron "ascetas" y "vírgenes". En
los tiempos actuales, el Espíritu Santo ha infundido su llamada
a muchísimas personas de toda condición para santificar
el mundo sin ser mundanos (cfr. Jn. 17, 15) Su objetivo es hacer
presente a la Iglesia en el mundo a través de su trabajo
profesional.
Muchos laicos no serán llamados por Dios al celibato apostólico,
pero ello no quiere decir que estén excluidos de la llamada
a la santidad. Todos en la Iglesia, sacerdotes, religiosos y laicos,
han de buscar la santidad en su estado, pues a todos dijo el Señor:
"Sed perfectos porque mi Padre celestial es perfecto"
(Mt. 5, 48)
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VOCABULARIO
Carisma: Gracia particular
otorgada por el Espíritu Santo a una persona
o comunidad para la edificación y provecho de
la Iglesia. Los carismas son diversos y todos necesarios
para la construcción de la comunidad cristiana
y el servicio a todos los hombres. La caridad es el
mayor de los carismas. (Cve, p. 429.)
Vocación: Llamada.
Encuentro de Dios con el hombre invitándole a
participar en la Salvación, manifestación
de lo que Dios quiere de una persona concreta. Toda
vocación espera una respuesta. Jesús llama
a sus discípulos a seguirle en su vida. (Ibid.)
Laicado: Etimológicamente,
el término "laico" procede de la palabra
griega "laos" (pueblo), empleado habitualmente
para designar al Pueblo de Dios, distinguiéndolo
de las "naciones" o pueblos paganos. Por tanto,
"laicado" designa la condición de los
laicos, es decir, de los miembros de la Iglesia en general,
a excepción de los sacerdotes o miembros del
orden sagrado, y de los religiosos. Laicos o seglares
son los fieles cristianos, en cuanto incorporados a
Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios
y participantes de la función salvadera de Cristo
(Ibid)
Sacerdocio común:
Es la participación de todos los bautizados en
el sacerdocio único de Cristo. El sacerdocio
común lo ejercen, pues, todos aquellos que, en
el Espíritu, permanecen unidos a Cristo y viven
como hijos de Dios. Los cristianos son consagrados como
sacerdocio real y nación santa para ofrecer hostias
espirituales en todas sus obras y para dar testimonio
de Cristo en todo el mundo. Este sacerdocio común
también se llama sacerdocio bautismal. (Cve,
p. 523.)
Sacerdocio ministerial:
Es la participación en el sacerdocio único
de Cristo propia de aquellos que han recibido el Sacramento
del Orden. Aunque el sacerdocio común de los
fieles y el sacerdocio ministerial difieren no sólo
en grado, sino esencialmente, se ordenan, sin embargo,
el uno al otro. Los que reciben el sacerdocio ministerial
son los obispos y los presbíteros. (Ibid.)
Obispos: Son los sucesores
de los apóstoles. Por ello reciben y poseen la
plenitud del sacramento del orden o del sacerdocio ministerial.
En la persona del Obispo, puesto al frente de una diócesis
o Iglesia particular, el Señor Jesucristo, Pastor
supremo de nuestras almas, se hace presente en medio
de los fieles. (Ibid.)
Presbíteros:
Colaboradores inmediatos de los Obispos, de los que
son hermanos y amigos más queridos, reciben y
poseen también verdaderamente el sacerdocio ministerial,
aunque en un segundo grado o en dependencia de los Obispos,
a los que reconocen y deben obedecer como Padres. (Ibid.)
Diáconos: Es
el grado inferior de la Jerarquía de la Iglesia,
a la que se incorporan por la imposición de manos,
y que reciben no propiamente en orden al sacerdocio,
sino al Ministerio o servicio. Son oficios propios del
diácono: presidir la celebración del bautismo,
distribuir la Eucaristía, presidir el sacramento
del matrimonio y bendecir a los esposos en nombre de
la Iglesia, llevar el viático a los moribundos,
leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir en
la fe al pueblo, etc. (Ibid,)
Virginidad: Integridad
corporal de la persona que no ha tenido trato sexual.
Célibe: Es la
persona que no ha contraído matrimonio.
Celibato sacerdotal:
Es un don peculiar de Dios, mediante el cual los ministros
sagrados pueden unirse más fácilmente
a Cristo con un corazón entero y dedicarse con
mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres.
(CIC., c. 277.)
Castidad: Es la virtud
moral, parte de la de la templanza, que inclina prontamente
y con alegría a moderar el uso de la facultad
generativa, según la razón iluminada por
la fe. "Que sepa cada uno de vosotros usar de su
cuerpo santa y honestamente, no abandonándose
a las pasiones, como hacen los paganos, que no conocen
a Dios." (1 Tes. 4, 3-5)
Estado religioso: La
vida religiosa, como consagración total de la
persona, manifiesta el desposorio admirable establecido
por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura. De
este modo el religioso consuma la plena donación
de sí mismo como sacrificio ofrecido a Dios,
por el que toda su existencia se hace culto continuo
a Dios en la caridad. El testimonio público que
han de dar los religiosos les lleva a vivir apartados
del mundo según el espíritu de cada instituto.
(Cfr. CIC. c. 607.)
Instituto religioso:
Es una sociedad en la que los miembros, según
el derecho propio, emiten votos públicos perpetuos
o temporales que han de renovarse y viven vida fraterna
en común. (Cfr. CIC, c. 607.)
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Llamados, consagrados, enviados
Esta triple dimensión explica y determina vuestra conducta
y vuestro estilo de vida. Estáis "puestos aparte";
"segregados", pero "no separados" (Presbyterorum
ordinis, 3) Así os podéis dedicar plenamente a la
obra que se os va a confiar: el servicio de vuestros hermanos.
Comprended, pues, que la consagración que recibís
os absorbe totalmente, os dedica radicalmente, hace de vosotros
instrumentos vivos de la acción de Cristo en el mundo, prolongación
de su misión para gloria del Padre.
A ello responde vuestro don total al Señor. El don total
que es compromiso de santidad. Es la tarea interior de "imitar
lo que tratáis", como dice la exhortación del
Pontifical Romano de las ordenaciones. Es la gracia y el compromiso
de la imitación de Cristo, para reproducir en vuestro ministerio
y conducta esa imagen grabada por el fuego del Espíritu.
Imagen de Cristo sacerdote y víctima, de redentor crucificado.
En este contexto de entrega total, de unión a Cristo y de
comunión con su dedicación exclusiva y definitiva
a la obra del Padre, se comprende la obligación del celibato.
No es una limitación, ni una frustración. Es la expresión
de una donación plena, de una consagración peculiar,
de una disponibilidad absoluta. Al don que Dios otorga en el sacerdocio,
responde la entrega del elegido con todo su ser, con su corazón
y con su cuerpo, con el significado esponsal que tiene, referido
al amor de Cristo y a la entrega total a la comunidad de la Iglesia,
el celibato sacerdotal.
El alma de esta entrega es el amor. Por el celibato no se renuncia
al amor, a la facultad de vivir y significar el amor en la vida;
el corazón y las facultades del sacerdote quedan impregnados
con el amor de Cristo, para ser en medio de los hermanos el testigo
de una caridad pastoral sin fronteras.
(Juan Pablo II, homilía 8-XI-82, en Valencia)
Las religiosas de clausura
La vida contemplativa ha ocupado y seguirá ocupando un puesto
de honor en la Iglesia. Dedicada a la plegaria y al silencio, a
la adoración y a la penitencia desde el claustro, "vuestra
vida está escondida con Cristo en Dios" (Col. 3, 3)
Esa vida consagrada es el desarrollo y tiene su fundamento en el
don recibido en el bautismo. En efecto, por este sacramento, Dios,
que nos eligió en Cristo "antes de la constitución
del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante El
en caridad" (Ef. 1, 4), nos libró del pecado y nos incorporó
a Cristo y a su Iglesia, para que "vivamos una vida nueva"
(Rom. 6, 41)
Esa vida nueva ha fructificado en vosotras en el seguimiento radical
de Jesucristo a través de la virginidad, la obediencia y
la pobreza, que es el fundamento de la vida contemplativo. El es
el centro de vuestra vida, la razón de vuestra existencia:
"Bien de todos los bienes y Jesús mío",
como resumía Santa Teresa (Libro de la Vida, 21, 5)
La experiencia del claustro hace todavía más absoluto
este seguimiento hasta identificar la vida religiosa con Cristo:
"Nuestra vida es Cristo" (Moradas quintas, 2, 4), decía
Santa Teresa haciendo suyas las exhortaciones de San Pablo (cfr.
Col. 3, 3) Este ensimismamiento de la religiosa con Cristo constituye
el centro de la vida consagrada y el sello que la identifica como
contemplativo.
En el silencio, en el marco de la vida humilde y obediente, la
vigilante espera del Esposo, se convierte en amistad pura y verdadera:
"Puedo tratar como con un amigo, aunque es el Señor."
(Libro de la vida, 37, 5) Y este trato asiduo, de día y de
noche, es la oración, quehacer primordial de la religiosa
y camino indispensable para su identificación con el Señor:
"comienzan a ser siervos del amor... los que siguen por este
camino de oración al que tanto nos amó" (cfr.
Libro de la vida, 11, l)
(Juan Pablo II. Ávila, 1-XI-82)
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