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17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
La convivencia entre los hombres
La convivencia de los hombres es diálogo
Características de la convivencia humana
Respeto a la persona
En justicia y misericordia
Autoridad y obediencia
Servicio y diálogo
Análisis especial de algunos ámbitos
importantes para la convivencia
El medio ambiente
El tráfico
La opción cristiana por el amor y el cuidado
de la naturaleza
LA CONVIVENCIA ENTRE LOS HOMBRES
Dios dio al hombre en su misma naturaleza la nota esencial de la
sociabilidad. No lo creó aislado, es más, "Dijo
Díos, el Señor: No es bueno que el hombre esté
solo" (Gn. 2, 18), y le dio una compañera, y del amor
de ambos fueron surgiendo los hombres que convivían entre
ellos. Un conjunto de hombres no es un rebaño, sino que todos
los individuos deben relacionarse entre sí, han de convivir
con los demás.
La convivencia, como todos los actos del hombre, tiene también
una relación con la moralidad. Por eso, cuando la moralidad
de una sociedad se debilita, se resquebraja al mismo tiempo la convivencia
y disminuye el sentido de la responsabilidad personal.
El Evangelio de Cristo, por engendrar en los hombres una nueva
forma de vida, ilumina con su luz la convivencia entre los hombres
que habitan un mismo mundo, pues los discípulos de Cristo
viven en el mundo con los demás hombres: "No pido que
los saques del mundo, sino que los preserves del mal" (Jn.
17, 15), y es en ese mundo donde han de ser sal según el
precepto del Maestro (cfr. Mt. 5, 13) Es disolviéndose como
la sal entre los demás como podrán dar el buen sabor
de Cristo a todas las realidades humanas. No se puede decir que
un cristiano viva con plenitud su vocación, si no se esfuerza
por mejorar la sociedad en que vive.
LA CONVIVENCIA DE LOS HOMBRES ES DIALOGO
Como el hombre se relaciona con los que convive, se puede señalar
como nota fundamental de la convivencia que es ser un diálogo.
El cristiano, mediante el diálogo con aquellos con quienes
le toca vivir, da el mensaje de Cristo, tanto con su ejemplo como
con su palabra, y así facilita la convivencia entre los hombres.
Como el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, ha de
buscar en Dios la razón última de su quehacer, pues
en El tiene su modelo. Dios es en Sí mismo un diálogo
eterno en su misma vida trinitaria. El Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo dialogan entre sí.
Este diálogo sale de sí y se comunica mediante el
Verbo -la Palabra- a toda la creación. Pero de un modo especial
este diálogo se extiende al hombre. Dios dialoga con el hombre
a través de Dios hecho hombre, Cristo. La Encarnación
expresa de modo inefable el diálogo entre Dios y el hombre.
El Evangelio es el diálogo de Cristo con los hombres, con
los cuales dialoga manifestando cómo Dios ama al hombre,
cómo el hombre debe honrar a Dios y cómo han de convivir
los hombres entre sí. Se puede decir que el Evangelio es
la perfecta ley de convivencia entre los hombres, pues borra la
raíz de toda desunión que es el pecado.
CARACTERISTICAS DE LA CONVIVENCIA HUMANA
Respeto a la persona
Dios quiere convivir con los hombres -"habitó entre
nosotros"-, pero, sin embargo, no impone a nadie esa convivencia
sino que la ofrece a todos para que el que quiera la acepte: "He
aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno escuchara mi
voz y me abriera la puerta, entraré a él y con él
cenaré y él conmigo" (Ap. 3, 20) Dios respeta
la libertad de cada hombre y el cristiano debe tener también
este mismo respeto a la persona en su convivencia con los demás.
El respeto a la persona es norma esencial en la convivencia cristiana,
pues sólo así se salvaguardan los derechos personales.
En cambio, cuando se actúa por otros criterios y se convierten
los hombres en "cosas", se acaba por despreciar a los
hombres concretos cuando estorban para el fin que se propone quien
actúa de esa manera (cfr. DM, 11)
En justicia y misericordia
El respeto a las personas debe llevar a dar a cada uno lo suyo.
Esta es la virtud de la justicia en la que ha de estar basada toda
convivencia humana. Cuando se quebranta la justicia surge la violencia
en todas sus formas, tanto la violencia física -agresiones,
terrorismo, etc.- como la violencia en las ideas, que es la manipulación
de muchos por unos pocos. Toda injusticia debe ser solucionada,
pero se debe hacer pacíficamente y el recurso a la violencia,
en cualquiera de sus formas, siempre es rechazable.
Si se vive la justicia se dará la solidaridad entre todos
los hombres. Cuando el hombre se considera como uno más entre
los otros, desea para los demás los bienes que desea para
sí mismo y se une a ellos para conseguir el bien común.
Si el hombre tal y como lo creó Dios pudo faltar a la justicia
pecando, mucho más después del pecado original que
introdujo, además de la limitación propia de la naturaleza
creada, el desorden fruto del pecado (cfr. DM, 12) Por eso no basta
con vivir la justicia en las relaciones humanas. En el Viejo Testamento
se propone la Ley y vivir la Ley es vivir en justicia, es ser santo.
En el Nuevo Testamento, Cristo predicó el amor y lo puso
como distintivo de sus discípulos en el "mandamiento
nuevo" (Jn. 13, 14) El cristiano debe hacer presente en su
convivencia con los demás a Dios en cuanto amor y misericordia,
haciéndose como San Pablo: "todo para todos, para salvarlos
a todos. (l Co. 9, 22) La superación de la ley del Talión
por otra más perfecta, la de Cristo, es el fin que debe buscar
el cristiano en su convivencia con los hombres.
El clima en que debe moverse la convivencia cristiana es la amistad
con todos. Amistad que llevará a comprender y, fundamentalmente,
a servir. La convivencia debe afrentarse como un servicio a los
demás a ejemplo de Cristo que no vino a ser servido, sino
a servir (cfr. Mt. 20, 28) Este espíritu de servicio deben
tenerlo tanto los que conviven como quienes organizan la convivencia.
La autoridad es un acto de servicio. Este servicio debe hacerse
afablemente, quitando todo trato orgulloso o polémica ofensiva.
Autoridad y obediencia
Para una sana convivencia hace falta que haya quien la organice
y vigile. Una sociedad sin autoridad es semejante a un cuerpo muerto
que se descompone. La autoridad la forman los gobernantes legítimos,
que deben trabajar para el bien común de la sociedad en la
que ejercen su gobierno.
a) La autoridad debe estar sometida al orden moral
El hecho de que la autoridad sea necesaria no quiere decir que
pueda ser arbitraria, pues entonces degeneraría en tiranía.
Dado que humanamente ocupa el máximo rango de la escala social,
evitará la tiranía y la arbitrariedad cuando reconozca
la autoridad superior de la ley moral.
"La autoridad, sin embargo, no puede considerarse exenta de
sometimiento a otra superior. Más aún, la autoridad
consiste en la facultad de mandar según la recta razón.
Por ello, se sigue evidentemente que su fuerza obligatoria procede
del orden moral que tiene a Dios como primer principio y último
fin."
(PT, 47)
b) La autoridad puede obligar en conciencia
El camino por el que cualquier autoridad conoce el orden moral,
aunque no sea cristiana, es la recta razón. Precisamente
por la ley moral es por la que puede obligar en conciencia a los
súbditos, al menos en las cuestiones más importantes,
y no sólo por la coacción externa de la fuerza policial.
Cuando la autoridad respeta el orden moral y a la persona humana,
obliga incluso interiormente, es decir, en conciencia. Si no fuera
por el orden moral nadie tendría derecho a obligar en conciencia
a los demás, porque todos los hombres son esencialmente iguales.
Sólo Dios puede obligar en conciencia y juzgar en lo más
íntimo del corazón humano.
"Los gobernantes, por tanto, sólo pueden obligar en
conciencia al ciudadano cuando su autoridad está unida a
la de Dios."
(PT, 49)
Si se olvidase la recta razón y el orden moral en el ejercicio
de la autoridad, sólo se podría obligar externamente
y recurriendo a la violencia, lo cual es una injusticia.
c) Se debe obedecer a la autoridad legítima
Obedecer a los gobernantes no es sometimiento sino colaboración
en la consecución del bien común de la sociedad. El
ambiente óptimo social se da cuando los gobernantes y los
gobernados colaboran y dialogan en la solución de los problemas
sociales.
"La obediencia a las autoridades públicas no es, en
modo alguno, sometimiento de hombre a hombre, sino, en realidad,
un acto de culto a Dios, creador solícito de todo, quien
ha ordenado que las relaciones de la convivencia humana se regulen
en el orden que El mismo ha establecido; por otra parte, al rendir
a Dios la debida reverencia el hombre no se humilla, sino más
bien se eleva y ennoblece, ya que servir a Dios es reinar."
(PT, 50)
Servicio y diálogo
No basta con que en una sociedad haya una autoridad y que trabaje
bien por la feliz convivencia de sus súbditos; para lograrlo,
debe tener siempre presente quien manda, que la autoridad es un
acto de servicio a los súbditos y la mejor forma de lograrlo
es con un diálogo entre gobernantes y súbditos.
La tiranía es una deformación de la autoridad, que
hace imposible la pacífica convivencia, porque el tirano
prescinde de que su deber y finalidad es servir al pueblo.
Existen muchos modos para facilitar el diálogo entre gobernantes
y gobernados, pero tiene un especial valor el que entre el ciudadano
y el Estado se den entes intermedios que hagan, por ser más
pequeños, conocer mejor el querer social de los individuos
concretos de esa colectividad.
ANALISIS ESPECIAL DE ALGUNOS AMBITOS IMPORTANTES PARA LA CONVIVENCIA
El medio ambiente
Antes de crear Dios al hombre a su imagen y semejanza haciéndole
rey de la creación, creó el hábitat donde el
hombre tendría que vivir.
En la narración bíblica se pueden distinguir: una
fase de preparación y otra de ornamentación. La primera
comprende tres días y la segunda otros tres. Al final de
cada día dice el autor sagrado: "Y vio Dios que era
bueno" y cuando termina toda la obra dice: "Y vio que
era muy bueno". Dios, en su infinita Sabiduría, creó
un perfecto equilibrio entre todos los seres, lo que se llama equilibrio
ecológico. En este equilibrio todos los seres son necesarios
para la feliz pervivencia del hombre.
Tema importante es la actitud que el hombre debe tener ante la
naturaleza, a la que debe dirigirse como dueño y custodio,
que es como le puso Dios, pero no como explotador y destructor sin
ningún límite moral ni de razón.
El hombre, con su inteligencia, ha conseguido en nuestros tiempos
un adelanto como nunca en el dominio de la naturaleza, pero han
surgido consecuencias secundarias, que, de no ser evitadas, pueden
destruir todo el equilibrio y poner en peligro incluso la subsistencia
del hombre, cuando el hábitat llegase a ser inadecuado para
la vida humana.
Aquí surge la importancia de cuidar "la casa de la
humanidad". Entre todos se ha de procurar y es una obligación
moral, que esta casa sea lo más agradable posible, tal y
como Dios la creó.
En el hábitat del hombre se pueden distinguir: el inmediato,
es decir, la ciudad en que vive y el lugar en que descansa; y otro
remoto, que es todo el planeta. Cuidar de este segundo será
propio de organismos internacionales que deberán cuidar de
que no "muera el mar", no se contamine la atmósfera,
etc. Pero a todo hombre le corresponde cuidar de que sea habitable
su propio entorno. Atentar contra este entorno será algo
moralmente malo, porque perjudica al hombre y va contra los planes
de Dios.
El tráfico
Uno de los avances más espectaculares de nuestro tiempo
es la facilidad y la velocidad de los transportes y con ello las
comunicaciones. En las sociedades desarrolladas, y en muchas subdesarrolladas,
el uso del automóvil se ha generalizado haciéndose
masivo.
Ahora bien, es fácil un mal uso de este estupendo medio
técnico. Las impresionantes estadísticas de accidentes
automovilísticos, con su secuela de muertos y heridos, así
lo demuestran. Muchos de estos accidentes son fortuitos, pero otros
son fruto de la imprudencia y de la irresponsabilidad.
El Papa Juan XXIII emitió un juicio moral sobre este tema
que dice: "Con relación al uso y al abuso de los derechos
de la carretera hay, pues, un misterio de vida y muerte que compromete
la responsabilidad de cada hombre, responsabilidad a la que ninguno
puede sustraerse. Precisamente las leyes civiles de la convivencia
humana refuerzan la gran ley de no matar, que resplandece en el
Decálogo de todos los tiempos y para todos es sagrado el
precepto del Señor."
(9-VIII-1961)
En consecuencia, se puede decir que infringir las leyes de tráfico
es un pecado contra el quinto mandamiento, por imprudencia temeraria.
Esto es así tanto cuando el perjudicado es uno mismo como
cuando lo son otras personas. Si los efectos son graves, estas imprudencias
se deben considerar como pecado grave. Por otra parte, es muy frecuente
que las imprudencias en este terreno se produzcan por irreflexión
o por desprecio a la vida, de ahí que sea importante considerar
con claridad la conexión de la moralidad con las leyes del
tráfico. Su infracción debe ser considerada como ponerse
en ocasión próxima de pecar, que ya es pecado en sí
misma, ya que pone en peligro la propia vida o la de otros.
LA OPCION CRISTIANA POR EL AMOR Y EL CUIDADO DE LA NATURALEZA
Al comienzo de la Sagrada Escritura dice el Génesis (2,
15): "Tomó, pues, Yavé Dios al hombre y lo puso
en el jardín del Edén para que lo labrase y cuidase".
Antes ha dicho que el hombre ha de "dominar la tierra y someterla"
(1, 28) y que todo es para alimento del hombre.
El hombre es, por tanto, el ser principal de la creación
terrestre. Todo lo demás se ordena a él.
Precisamente por eso, el hombre debe "cuidar" de la creación
material que tiene a su alrededor. No debe, por tanto, maltratar
la creación como si no tuviera valor y pudiera someterla
a su capricho. En el relato de la creación se termina diciendo
cada día que Dios vio que todo lo que había hecho
era bueno.
Dos razones principales hay para que el hombre ame la naturaleza
y la cuide:
1.º La creación es obra de Dios. No la ha hecho el
hombre y, por tanto, no le pertenece como para usarla a su antojo.
La Sagrada Escritura enseña repetidamente que también
las criaturas materiales dan gloria a Dios, aunque no tengan inteligencia.
También bendicen a Dios y proclaman la grandeza del Creador
el Sol, la Luna y los otros astros; los montes, las aguas y los
vientos; el fuego y la nieve; los mares y los ríos... (cfr.
Dan. 3, 57 ss.; Sal. 103 y 148; etc.) Por eso, el cristiano tendrá
respeto por todas esas cosas que ha hecho Dios.
2.º Porque si el hombre usa mal de la creación, es
decir, si abusa de ella, será él el perjudicado porque
la resistencia de lo creado no es ilimitada.
Hoy día, los científicos más sensatos y responsables
hacen continuas llamadas acerca del peligro que existe de que se
llegue a un deterioro de la naturaleza irreversible y tan grave
que haga difícil la propia subsistencia humana (por ejemplo,
el aumento de dióxido de carbono en la atmósfera-por
la excesiva combustión de hidrocarburos, que influye en el
clima; el peligro de una guerra nuclear, que dudosamente dejaría
espacios habitables en la Tierra, etc.)
Por tanto, el cristiano debe enseñar con su conducta que
el abuso de la naturaleza es un pecado, es decir, una infracción
del orden querido por Dios, del que hay que arrepentirse y convertirse.
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VOCABULARIO
Convivencia: El hombre,
por su naturaleza social, debe vivir en compañía
de otros y así alcanzar juntos el bien temporal
y eterno.
Diálogo: Es la
conversación clara y abierta, llena de confianza
en la que dos o más personas alternativamente
manifiestan con prudencia sus ideas o afectos, con el
fin de hallar la verdad.
Justicia: Es la virtud
que inclina la voluntad a dar constantemente a cada
uno lo que le pertenece estrictamente, tanto individual
como socialmente.
Misericordia: Virtud
que hace al hombre compadecerse del dolor o del infortunio
ajenos, llevándole a poner los medios para solucionarlo.
Solidaridad: Palabra
derivada de sólido y que indica la cohesión
que debe haber entre los hombres y los pueblos por su
unidad de origen y por la común Redención
llevada a cabo por Cristo en la Cruz.
Ley de talión:
Es aquella ley que hace sufrir al delincuente un daño
igual al que causó: "Ojo por ojo, diente
por diente"
Autoridad: Es el principio
unificador activo de la sociedad, ya que constituye
el vínculo necesario para asegurar la unión
del cuerpo social. Sin su presencia la sociedad no puede
alcanzar su fin.
Tirano: Es aquel que
ejerce el gobierno de una sociedad sin otra ley que
su voluntad personal.
Obediencia: Adhesión
libre al mandato de una persona. Respuesta positiva
a la Palabra de Dios. El Señor prefiere la obediencia
de corazón a los sacrificios. Cristo se hizo
obediente hasta la muerte. Con su obediencia nos ha
liberado. (Cve, p. 335.)
Mundo: Conjunto de la
creación, ofrecido por Dios al hombre para que
lo transforme y perfeccione, perfeccionándose
a sí mismo. El mundo es el teatro de la historia
humana, con los afanes, fracasos y victorias del hombre.
Los cristianos creemos que el mundo, fundado y conservado
por el amor del Creador, está esclavizado bajo
la servidumbre del pecado, pero que, mediante la muerte
y resurrección de Jesucristo, ha sido liberado
y nosotros estamos llamados a transformarlo para que
se cumpla en plenitud el plan de Dios. (Cve. p. 451.)
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El hombre amenazado
Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos,
tiene varias direcciones y varios grados de intensidad. Parece que
somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación
de la tierra, del planeta en el cual vivimos, exige una planificación
racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotación para
fines no solamente industriales, sino tan bien militares, el desarrollo
de la técnica no controlada ni encuadrada en un plan a radio
universal y auténticamente humanístico, llevan muchas
veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan
en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. El hombre
parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente natural,
sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato
y consumo. En cambio era voluntad del Creador que el hombre se pusiera
en contacto con la naturaleza como "dueño" y "custodio"
inteligente y noble, y no "como explotador" y "destructor"
sin ningún reparo.
(RH, 15)
Todo ser humano es persona
En toda convivencia 'humana bien ordenada y provechosa hay que
establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona,
esto es, naturaleza dotada de inteligencia de libre albedrío
y que, por tanto, e¡ hombre tiene por sí mismo derechos
y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia
naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales
e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto.
Si, por otra parte, consideramos la dignidad de la persona humana
a la luz de las verdades reveladas por Dios hemos de valorar necesariamente
en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han
sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos
de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna.
(PT, 9-1 0)
¡Abandonad la violencia!
Todo el mundo quiere plena libertad en todos los campos del comportamiento
humano, y se ofrecen modelos de moralidad en nombre de una supuesta
libertad. Cuando la fibra moral de una nación se debilita,
cuando disminuye el sentido de la responsabilidad personal, entonces
queda abierta la puerta a la justificación de la injusticia,
a la violencia en todas sus formas y a la manipulación de
muchos por parte de pocos (...) Pero el Cristianismo no nos manda
que cerremos los ojos a difíciles problemas humanos. No nos
impide ver las injusticias sociales e internacionales.
Lo que el Cristianismo nos prohíbe es buscar soluciones
a estas situaciones por caminos del odio, del asesinato de personas
indefensas, con métodos terroristas. Y diría más:
el Cristianismo comprende y reconoce la noble y justa lucha por
la justicia, pero se opone decididamente a fomentar el odio y a
provocar la violencia y la lucha por sí misma.
(Juan Pablo II, 25-1X-79, en Dublín)
Técnica y ética
El progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización
de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la
técnica, exige un desarrollo proporciona¡ de la moral
y de la ética. Mientras tanto, este último parece,
por desgracia, haberse quedado atrás. Por esto, este progreso,
por lo demás tan maravilloso en el que es difícil
no descubrir también auténticos signos de la grandeza
del hombre que nos han sido revelados en sus gérmenes creativos
en las páginas del Libro del Génesis, en la descripción
de la creación, no puede menos de engendrar múltiples
inquietudes. La primera inquietud se refiere a la cuestión
esencial y fundamental: ¿este progreso, cuyo autor y fautor
es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos
sus aspectos, "más humana"? ¿la hace más
"digna del hombre? No puede dudarse de que, bajo muchos aspectos,
la haga así. No obstante esta pregunta vuelve a plantearse
obstinadamente por lo que se refiere a lo verdaderamente esencial:
si el hombre, en cuanto hombre, en el contexto de este progreso,
se hace de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente,
más consciente de la dignidad de su humanidad, más
responsable, más abierto a los demás, particularmente
a los más necesitados y a los más débiles,
más disponible a dar y prestar ayuda a todos.
(RH, 15)
¿Progreso o amenaza?
Consiguientemente, si nuestro tiempo, el tiempo de nuestra generación,
el tiempo que se está acercando al final del segundo milenio
de nuestra era cristiana, se nos revela como tiempo de gran progreso,
aparece también como tiempo de múltiples amenazas
para el hombre, de las que la Iglesia debe hablar a todos los hombres
de buena voluntad y en torno a las cuales debe mantener siempre
un diálogo con ellos. En efecto, la situación del
hombre en el mundo contemporáneo parece distante tanto de
las exigencias objetivas del orden moral, como de las exigencias
de la justicia o aún más del amor social.
(RH, 16)
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