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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA

La convivencia entre los hombres
La convivencia de los hombres es diálogo
Características de la convivencia humana
Respeto a la persona
En justicia y misericordia
Autoridad y obediencia
Servicio y diálogo
Análisis especial de algunos ámbitos importantes para la convivencia
El medio ambiente
El tráfico
La opción cristiana por el amor y el cuidado de la naturaleza


 

 

 

 

LA CONVIVENCIA ENTRE LOS HOMBRES

Dios dio al hombre en su misma naturaleza la nota esencial de la sociabilidad. No lo creó aislado, es más, "Dijo Díos, el Señor: No es bueno que el hombre esté solo" (Gn. 2, 18), y le dio una compañera, y del amor de ambos fueron surgiendo los hombres que convivían entre ellos. Un conjunto de hombres no es un rebaño, sino que todos los individuos deben relacionarse entre sí, han de convivir con los demás.

La convivencia, como todos los actos del hombre, tiene también una relación con la moralidad. Por eso, cuando la moralidad de una sociedad se debilita, se resquebraja al mismo tiempo la convivencia y disminuye el sentido de la responsabilidad personal.

El Evangelio de Cristo, por engendrar en los hombres una nueva forma de vida, ilumina con su luz la convivencia entre los hombres que habitan un mismo mundo, pues los discípulos de Cristo viven en el mundo con los demás hombres: "No pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal" (Jn. 17, 15), y es en ese mundo donde han de ser sal según el precepto del Maestro (cfr. Mt. 5, 13) Es disolviéndose como la sal entre los demás como podrán dar el buen sabor de Cristo a todas las realidades humanas. No se puede decir que un cristiano viva con plenitud su vocación, si no se esfuerza por mejorar la sociedad en que vive.


LA CONVIVENCIA DE LOS HOMBRES ES DIALOGO

Como el hombre se relaciona con los que convive, se puede señalar como nota fundamental de la convivencia que es ser un diálogo. El cristiano, mediante el diálogo con aquellos con quienes le toca vivir, da el mensaje de Cristo, tanto con su ejemplo como con su palabra, y así facilita la convivencia entre los hombres.

Como el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, ha de buscar en Dios la razón última de su quehacer, pues en El tiene su modelo. Dios es en Sí mismo un diálogo eterno en su misma vida trinitaria. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo dialogan entre sí.

Este diálogo sale de sí y se comunica mediante el Verbo -la Palabra- a toda la creación. Pero de un modo especial este diálogo se extiende al hombre. Dios dialoga con el hombre a través de Dios hecho hombre, Cristo. La Encarnación expresa de modo inefable el diálogo entre Dios y el hombre. El Evangelio es el diálogo de Cristo con los hombres, con los cuales dialoga manifestando cómo Dios ama al hombre, cómo el hombre debe honrar a Dios y cómo han de convivir los hombres entre sí. Se puede decir que el Evangelio es la perfecta ley de convivencia entre los hombres, pues borra la raíz de toda desunión que es el pecado.

CARACTERISTICAS DE LA CONVIVENCIA HUMANA

Respeto a la persona

Dios quiere convivir con los hombres -"habitó entre nosotros"-, pero, sin embargo, no impone a nadie esa convivencia sino que la ofrece a todos para que el que quiera la acepte: "He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno escuchara mi voz y me abriera la puerta, entraré a él y con él cenaré y él conmigo" (Ap. 3, 20) Dios respeta la libertad de cada hombre y el cristiano debe tener también este mismo respeto a la persona en su convivencia con los demás.

El respeto a la persona es norma esencial en la convivencia cristiana, pues sólo así se salvaguardan los derechos personales. En cambio, cuando se actúa por otros criterios y se convierten los hombres en "cosas", se acaba por despreciar a los hombres concretos cuando estorban para el fin que se propone quien actúa de esa manera (cfr. DM, 11)


En justicia y misericordia

El respeto a las personas debe llevar a dar a cada uno lo suyo. Esta es la virtud de la justicia en la que ha de estar basada toda convivencia humana. Cuando se quebranta la justicia surge la violencia en todas sus formas, tanto la violencia física -agresiones, terrorismo, etc.- como la violencia en las ideas, que es la manipulación de muchos por unos pocos. Toda injusticia debe ser solucionada, pero se debe hacer pacíficamente y el recurso a la violencia, en cualquiera de sus formas, siempre es rechazable.

Si se vive la justicia se dará la solidaridad entre todos los hombres. Cuando el hombre se considera como uno más entre los otros, desea para los demás los bienes que desea para sí mismo y se une a ellos para conseguir el bien común.

Si el hombre tal y como lo creó Dios pudo faltar a la justicia pecando, mucho más después del pecado original que introdujo, además de la limitación propia de la naturaleza creada, el desorden fruto del pecado (cfr. DM, 12) Por eso no basta con vivir la justicia en las relaciones humanas. En el Viejo Testamento se propone la Ley y vivir la Ley es vivir en justicia, es ser santo. En el Nuevo Testamento, Cristo predicó el amor y lo puso como distintivo de sus discípulos en el "mandamiento nuevo" (Jn. 13, 14) El cristiano debe hacer presente en su convivencia con los demás a Dios en cuanto amor y misericordia, haciéndose como San Pablo: "todo para todos, para salvarlos a todos. (l Co. 9, 22) La superación de la ley del Talión por otra más perfecta, la de Cristo, es el fin que debe buscar el cristiano en su convivencia con los hombres.

El clima en que debe moverse la convivencia cristiana es la amistad con todos. Amistad que llevará a comprender y, fundamentalmente, a servir. La convivencia debe afrentarse como un servicio a los demás a ejemplo de Cristo que no vino a ser servido, sino a servir (cfr. Mt. 20, 28) Este espíritu de servicio deben tenerlo tanto los que conviven como quienes organizan la convivencia. La autoridad es un acto de servicio. Este servicio debe hacerse afablemente, quitando todo trato orgulloso o polémica ofensiva.

Autoridad y obediencia

Para una sana convivencia hace falta que haya quien la organice y vigile. Una sociedad sin autoridad es semejante a un cuerpo muerto que se descompone. La autoridad la forman los gobernantes legítimos, que deben trabajar para el bien común de la sociedad en la que ejercen su gobierno.

a) La autoridad debe estar sometida al orden moral

El hecho de que la autoridad sea necesaria no quiere decir que pueda ser arbitraria, pues entonces degeneraría en tiranía. Dado que humanamente ocupa el máximo rango de la escala social, evitará la tiranía y la arbitrariedad cuando reconozca la autoridad superior de la ley moral.

"La autoridad, sin embargo, no puede considerarse exenta de sometimiento a otra superior. Más aún, la autoridad consiste en la facultad de mandar según la recta razón. Por ello, se sigue evidentemente que su fuerza obligatoria procede del orden moral que tiene a Dios como primer principio y último fin."

(PT, 47)


b) La autoridad puede obligar en conciencia

El camino por el que cualquier autoridad conoce el orden moral, aunque no sea cristiana, es la recta razón. Precisamente por la ley moral es por la que puede obligar en conciencia a los súbditos, al menos en las cuestiones más importantes, y no sólo por la coacción externa de la fuerza policial.

Cuando la autoridad respeta el orden moral y a la persona humana, obliga incluso interiormente, es decir, en conciencia. Si no fuera por el orden moral nadie tendría derecho a obligar en conciencia a los demás, porque todos los hombres son esencialmente iguales. Sólo Dios puede obligar en conciencia y juzgar en lo más íntimo del corazón humano.

"Los gobernantes, por tanto, sólo pueden obligar en conciencia al ciudadano cuando su autoridad está unida a la de Dios."

(PT, 49)

Si se olvidase la recta razón y el orden moral en el ejercicio de la autoridad, sólo se podría obligar externamente y recurriendo a la violencia, lo cual es una injusticia.

c) Se debe obedecer a la autoridad legítima

Obedecer a los gobernantes no es sometimiento sino colaboración en la consecución del bien común de la sociedad. El ambiente óptimo social se da cuando los gobernantes y los gobernados colaboran y dialogan en la solución de los problemas sociales.

"La obediencia a las autoridades públicas no es, en modo alguno, sometimiento de hombre a hombre, sino, en realidad, un acto de culto a Dios, creador solícito de todo, quien ha ordenado que las relaciones de la convivencia humana se regulen en el orden que El mismo ha establecido; por otra parte, al rendir a Dios la debida reverencia el hombre no se humilla, sino más bien se eleva y ennoblece, ya que servir a Dios es reinar."

(PT, 50)

Servicio y diálogo

No basta con que en una sociedad haya una autoridad y que trabaje bien por la feliz convivencia de sus súbditos; para lograrlo, debe tener siempre presente quien manda, que la autoridad es un acto de servicio a los súbditos y la mejor forma de lograrlo es con un diálogo entre gobernantes y súbditos.

La tiranía es una deformación de la autoridad, que hace imposible la pacífica convivencia, porque el tirano prescinde de que su deber y finalidad es servir al pueblo.

Existen muchos modos para facilitar el diálogo entre gobernantes y gobernados, pero tiene un especial valor el que entre el ciudadano y el Estado se den entes intermedios que hagan, por ser más pequeños, conocer mejor el querer social de los individuos concretos de esa colectividad.


ANALISIS ESPECIAL DE ALGUNOS AMBITOS IMPORTANTES PARA LA CONVIVENCIA

El medio ambiente

Antes de crear Dios al hombre a su imagen y semejanza haciéndole rey de la creación, creó el hábitat donde el hombre tendría que vivir.

En la narración bíblica se pueden distinguir: una fase de preparación y otra de ornamentación. La primera comprende tres días y la segunda otros tres. Al final de cada día dice el autor sagrado: "Y vio Dios que era bueno" y cuando termina toda la obra dice: "Y vio que era muy bueno". Dios, en su infinita Sabiduría, creó un perfecto equilibrio entre todos los seres, lo que se llama equilibrio ecológico. En este equilibrio todos los seres son necesarios para la feliz pervivencia del hombre.

Tema importante es la actitud que el hombre debe tener ante la naturaleza, a la que debe dirigirse como dueño y custodio, que es como le puso Dios, pero no como explotador y destructor sin ningún límite moral ni de razón.

El hombre, con su inteligencia, ha conseguido en nuestros tiempos un adelanto como nunca en el dominio de la naturaleza, pero han surgido consecuencias secundarias, que, de no ser evitadas, pueden destruir todo el equilibrio y poner en peligro incluso la subsistencia del hombre, cuando el hábitat llegase a ser inadecuado para la vida humana.

Aquí surge la importancia de cuidar "la casa de la humanidad". Entre todos se ha de procurar y es una obligación moral, que esta casa sea lo más agradable posible, tal y como Dios la creó.

En el hábitat del hombre se pueden distinguir: el inmediato, es decir, la ciudad en que vive y el lugar en que descansa; y otro remoto, que es todo el planeta. Cuidar de este segundo será propio de organismos internacionales que deberán cuidar de que no "muera el mar", no se contamine la atmósfera, etc. Pero a todo hombre le corresponde cuidar de que sea habitable su propio entorno. Atentar contra este entorno será algo moralmente malo, porque perjudica al hombre y va contra los planes de Dios.

El tráfico

Uno de los avances más espectaculares de nuestro tiempo es la facilidad y la velocidad de los transportes y con ello las comunicaciones. En las sociedades desarrolladas, y en muchas subdesarrolladas, el uso del automóvil se ha generalizado haciéndose masivo.

Ahora bien, es fácil un mal uso de este estupendo medio técnico. Las impresionantes estadísticas de accidentes automovilísticos, con su secuela de muertos y heridos, así lo demuestran. Muchos de estos accidentes son fortuitos, pero otros son fruto de la imprudencia y de la irresponsabilidad.

El Papa Juan XXIII emitió un juicio moral sobre este tema que dice: "Con relación al uso y al abuso de los derechos de la carretera hay, pues, un misterio de vida y muerte que compromete la responsabilidad de cada hombre, responsabilidad a la que ninguno puede sustraerse. Precisamente las leyes civiles de la convivencia humana refuerzan la gran ley de no matar, que resplandece en el Decálogo de todos los tiempos y para todos es sagrado el precepto del Señor."

(9-VIII-1961)


En consecuencia, se puede decir que infringir las leyes de tráfico es un pecado contra el quinto mandamiento, por imprudencia temeraria. Esto es así tanto cuando el perjudicado es uno mismo como cuando lo son otras personas. Si los efectos son graves, estas imprudencias se deben considerar como pecado grave. Por otra parte, es muy frecuente que las imprudencias en este terreno se produzcan por irreflexión o por desprecio a la vida, de ahí que sea importante considerar con claridad la conexión de la moralidad con las leyes del tráfico. Su infracción debe ser considerada como ponerse en ocasión próxima de pecar, que ya es pecado en sí misma, ya que pone en peligro la propia vida o la de otros.


LA OPCION CRISTIANA POR EL AMOR Y EL CUIDADO DE LA NATURALEZA

Al comienzo de la Sagrada Escritura dice el Génesis (2, 15): "Tomó, pues, Yavé Dios al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo labrase y cuidase". Antes ha dicho que el hombre ha de "dominar la tierra y someterla" (1, 28) y que todo es para alimento del hombre.

El hombre es, por tanto, el ser principal de la creación terrestre. Todo lo demás se ordena a él.

Precisamente por eso, el hombre debe "cuidar" de la creación material que tiene a su alrededor. No debe, por tanto, maltratar la creación como si no tuviera valor y pudiera someterla a su capricho. En el relato de la creación se termina diciendo cada día que Dios vio que todo lo que había hecho era bueno.

Dos razones principales hay para que el hombre ame la naturaleza y la cuide:

1.º La creación es obra de Dios. No la ha hecho el hombre y, por tanto, no le pertenece como para usarla a su antojo. La Sagrada Escritura enseña repetidamente que también las criaturas materiales dan gloria a Dios, aunque no tengan inteligencia. También bendicen a Dios y proclaman la grandeza del Creador el Sol, la Luna y los otros astros; los montes, las aguas y los vientos; el fuego y la nieve; los mares y los ríos... (cfr. Dan. 3, 57 ss.; Sal. 103 y 148; etc.) Por eso, el cristiano tendrá respeto por todas esas cosas que ha hecho Dios.

2.º Porque si el hombre usa mal de la creación, es decir, si abusa de ella, será él el perjudicado porque la resistencia de lo creado no es ilimitada.

Hoy día, los científicos más sensatos y responsables hacen continuas llamadas acerca del peligro que existe de que se llegue a un deterioro de la naturaleza irreversible y tan grave que haga difícil la propia subsistencia humana (por ejemplo, el aumento de dióxido de carbono en la atmósfera-por la excesiva combustión de hidrocarburos, que influye en el clima; el peligro de una guerra nuclear, que dudosamente dejaría espacios habitables en la Tierra, etc.)

Por tanto, el cristiano debe enseñar con su conducta que el abuso de la naturaleza es un pecado, es decir, una infracción del orden querido por Dios, del que hay que arrepentirse y convertirse.

VOCABULARIO

Convivencia: El hombre, por su naturaleza social, debe vivir en compañía de otros y así alcanzar juntos el bien temporal y eterno.

Diálogo: Es la conversación clara y abierta, llena de confianza en la que dos o más personas alternativamente manifiestan con prudencia sus ideas o afectos, con el fin de hallar la verdad.

Justicia: Es la virtud que inclina la voluntad a dar constantemente a cada uno lo que le pertenece estrictamente, tanto individual como socialmente.

Misericordia: Virtud que hace al hombre compadecerse del dolor o del infortunio ajenos, llevándole a poner los medios para solucionarlo.

Solidaridad: Palabra derivada de sólido y que indica la cohesión que debe haber entre los hombres y los pueblos por su unidad de origen y por la común Redención llevada a cabo por Cristo en la Cruz.

Ley de talión: Es aquella ley que hace sufrir al delincuente un daño igual al que causó: "Ojo por ojo, diente por diente"

Autoridad: Es el principio unificador activo de la sociedad, ya que constituye el vínculo necesario para asegurar la unión del cuerpo social. Sin su presencia la sociedad no puede alcanzar su fin.

Tirano: Es aquel que ejerce el gobierno de una sociedad sin otra ley que su voluntad personal.

Obediencia: Adhesión libre al mandato de una persona. Respuesta positiva a la Palabra de Dios. El Señor prefiere la obediencia de corazón a los sacrificios. Cristo se hizo obediente hasta la muerte. Con su obediencia nos ha liberado. (Cve, p. 335.)

Mundo: Conjunto de la creación, ofrecido por Dios al hombre para que lo transforme y perfeccione, perfeccionándose a sí mismo. El mundo es el teatro de la historia humana, con los afanes, fracasos y victorias del hombre.
Los cristianos creemos que el mundo, fundado y conservado por el amor del Creador, está esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero que, mediante la muerte y resurrección de Jesucristo, ha sido liberado y nosotros estamos llamados a transformarlo para que se cumpla en plenitud el plan de Dios. (Cve. p. 451.)


El hombre amenazado

Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias direcciones y varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del planeta en el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente industriales, sino tan bien militares, el desarrollo de la técnica no controlada ni encuadrada en un plan a radio universal y auténticamente humanístico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. El hombre parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo. En cambio era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como "dueño" y "custodio" inteligente y noble, y no "como explotador" y "destructor" sin ningún reparo.

(RH, 15)

Todo ser humano es persona

En toda convivencia 'humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia de libre albedrío y que, por tanto, e¡ hombre tiene por sí mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto.

Si, por otra parte, consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna.

(PT, 9-1 0)

¡Abandonad la violencia!

Todo el mundo quiere plena libertad en todos los campos del comportamiento humano, y se ofrecen modelos de moralidad en nombre de una supuesta libertad. Cuando la fibra moral de una nación se debilita, cuando disminuye el sentido de la responsabilidad personal, entonces queda abierta la puerta a la justificación de la injusticia, a la violencia en todas sus formas y a la manipulación de muchos por parte de pocos (...) Pero el Cristianismo no nos manda que cerremos los ojos a difíciles problemas humanos. No nos impide ver las injusticias sociales e internacionales.

Lo que el Cristianismo nos prohíbe es buscar soluciones a estas situaciones por caminos del odio, del asesinato de personas indefensas, con métodos terroristas. Y diría más: el Cristianismo comprende y reconoce la noble y justa lucha por la justicia, pero se opone decididamente a fomentar el odio y a provocar la violencia y la lucha por sí misma.

(Juan Pablo II, 25-1X-79, en Dublín)


Técnica y ética

El progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica, exige un desarrollo proporciona¡ de la moral y de la ética. Mientras tanto, este último parece, por desgracia, haberse quedado atrás. Por esto, este progreso, por lo demás tan maravilloso en el que es difícil no descubrir también auténticos signos de la grandeza del hombre que nos han sido revelados en sus gérmenes creativos en las páginas del Libro del Génesis, en la descripción de la creación, no puede menos de engendrar múltiples inquietudes. La primera inquietud se refiere a la cuestión esencial y fundamental: ¿este progreso, cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, "más humana"? ¿la hace más "digna del hombre? No puede dudarse de que, bajo muchos aspectos, la haga así. No obstante esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente por lo que se refiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y a los más débiles, más disponible a dar y prestar ayuda a todos.

(RH, 15)


¿Progreso o amenaza?

Consiguientemente, si nuestro tiempo, el tiempo de nuestra generación, el tiempo que se está acercando al final del segundo milenio de nuestra era cristiana, se nos revela como tiempo de gran progreso, aparece también como tiempo de múltiples amenazas para el hombre, de las que la Iglesia debe hablar a todos los hombres de buena voluntad y en torno a las cuales debe mantener siempre un diálogo con ellos. En efecto, la situación del hombre en el mundo contemporáneo parece distante tanto de las exigencias objetivas del orden moral, como de las exigencias de la justicia o aún más del amor social.

(RH, 16)