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19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE
LOS BIENES
Las riquezas en la Sagrada Escritura
El servicio del hombre, ley fundamental del desarrollo
¿Ser o tener?
Índole comunitaria de la vocación cristiana
Responsabilidad social
Justicia distributivo
Justicia legal
El principio de subsidiariedad
La solidaridad humana y la caridad
La opción cristiana por la solidaridad con
los necesitados
LAS RIQUEZAS EN LA SAGRADA ESCRITURA
Dios creó todas las cosas y las puso bajo el dominio del
hombre (cfr. Gn. 1, 26) Cuando por el pecado entró el desorden
en el mundo, el hombre, en vez de servirse de las riquezas, las
idolatró.
En el Antiguo Testamento es frecuente la llamada de los profetas
recordando la caducidad de los bienes de la tierra, pero, por otro
lado, a veces se prometen como premio a la bondad.
El Señor, en su predicación, enseñó
el peligro que pueden tener las riquezas de ahogar en el corazón
la palabra de Dios (cfr. Mt. 13, 22; Mc. 4, 19; Lc. 8, 14)
San Lucas refiere toda la catequesis de Jesús sobre las
riquezas. Hay una oposición entre Dios y las riquezas y el
cristiano debe poner su confianza en el Señor, donde encontrará
la verdadera seguridad, pues nuestro Padre Dios cuida de sus hijos
(cfr. Lc. 12, 13-34)
El cristiano debe vivir a imitación de Cristo que "siendo
rico, se hizo pobre por vosotros a fin de que vosotros fueseis ricos
en su pobreza" (2Co. 8, 9) La verdadera riqueza del cristiano
está en la pobreza por Cristo.
No son las riquezas materiales lo que Cristo fustigó, sino
a los ricos que, olvidándose del Reino de los Cielos, atesoran
para este mundo, lo cual es una forma de idolatría.
EL SERVICIO DEL HOMBRE, LEY FUNDAMENTAL DEL DESARROLLO
Dijo Dios al hombre en el Paraíso: "Henchíd
la tierra, y enseñoreaos de ella" (Gn. 1, 28), con lo
que le constituyó rey de la creación. Por tanto, todas
las cosas deben estar sometidas al hombre, quien con su inteligencia
va descubriendo las leyes que rigen el universo material y lo va
sometiendo a su voluntad.
Toda la economía y la técnica, con las que se alcanza
el desarrollo económico, deben estar al servicio del hombre
y carecen de valor si no se consideran como medios y se aplican
al bien del hombre a quien deben servir (cfr. PP, 34)
Todo el desarrollo debe estar dirigido a perfeccionar al hombre,
por eso no se puede llamar desarrollo cuando el hombre se envilece
mientras la materia se ennoblece. El servicio del hombre supone
no olvidar su fin último: Dios. De modo que el verdadero
desarrollo del hombre es el que hace posible que pueda practicar
la virtud, que debe ser la principal actividad del hombre.
Para que el desarrollo económico contribuya al bienestar
social, es necesario, en primer lugar, que haya suficiente producción
de toda clase de bienes, porque los bienes son necesarios para el
desarrollo del hombre. No se trata solamente de bienes materiales,
sino también de cultura. Pero tampoco se trata de una producción
máxima, sino de la producción óptima, adecuada
a las verdaderas necesidades de los hombres que forman parte de
esa sociedad, es decir, puesta esa producción al servicio
del hombre (cfr. GS, 64)
El bien común no consiste en la abundancia total de bienes,
sino en que cada uno pueda participar de esos bienes. Se hace, pues,
necesaria una justa y equitativa distribución de esos bienes
de modo que todos puedan participar de esos bienes. No habría
bienestar social si, aunque hubiera muchos bienes producidos, hubiese
masas de hombres que no pudieran gozar de ellos. Esto hace referencia
no sólo a los bienes materiales, sino también a los
bienes del espíritu: educación, cultura, recreo, etcétera.
Tampoco habría bienestar social si los bienes que llegan
a cada hombre no fueran usados rectamente y según las necesidades
del individuo. Malo sería el abuso de ellos empleándolos
contra su fin natural, o el uso de ellos sin la importantísima
virtud de la templanza. Cuando los bienes no se usan rectamente
esclavizan al hombre y le van creando continuamente nuevas necesidades.
¿SER 0 TENER?
"Al actuar, el hombre no sólo perfecciona las cosas
y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo" (GS,
35) Si no se da este perfeccionamiento del hombre cada vez, no se
puede hablar de desarrollo, pues desarrollo es ir adquiriendo nuevas
perfecciones o crecer en las que se tienen. Estas perfecciones,
para que enriquezcan al hombre, han de ser estables. "Educar
consiste -dijo Juan Pablo II en la UNESCO- en que el hombre llegue
a ser cada vez más hombre." Que vaya incorporando a
su ser hábitos nuevos o acreciente los ya adquiridos. Estos
hábitos nuevos que perfeccionan se llaman virtudes. El hombre
es más perfecto, cuanto más virtudes tiene. Una actividad
que apartase al hombre de la virtud no sería digna de él.
Las cosas materiales, como son ajenas al hombre, no le perfeccionan,
no le añaden nada a su ser, por eso el hombre no "es"
más porque posea mucho, sino que se trata de que "a
través de todo lo que "tiene", de todo lo que "posee",
sepa "ser" más plenamente hombre" (ibíd.)
Las cosas materiales pueden producir goce al hombre, pero no porque
se goce más, se es más perfecto, sino cuando el gozo
procede del recto uso de las mismas cosas.
En Jesucristo tenemos al "hombre perfecto" al que todos
los hombres, que quieran ser perfectos, deben, mirar. El propio
Cristo dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón"
(Mt. 11, 29), con lo que se presenta libre del afán de poder;
al mismo tiempo dice: "El Hijo del hombre no tiene donde reclinar
la cabeza" (Mt. 8, 20), con lo que se muestra libre del afán
de poseer. La felicidad, perfección suprema en la tierra,
no depende ni del poder ni del poseer, pues nunca el corazón
del hombre se ve lleno con ellos, siempre se apetece más,
porque el tener más no es el fin último del hombre.
Para lograr, por tanto, el bienestar social se trata de que cada
hombre busque ser más hombre en sí. Entonces será
más perfecto, más virtuoso, más hombre para
con los demás, más compasivo, más misericordioso,
sirviéndose como medio de las cosas que tiene.
"Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para que el hombre
sea más hombre, lo encierra como en una prisión desde
el momento en que se convierte en bien supremo, que impide mirar
ya más allá. Entonces los cora7ones se endurecen,
los espíritus se cierran con relación a los demás;
los hombres ya no se unen por la amistad, sino por el interés,
que pronto coloca a unos frente a otros y los desune. La búsqueda,
pues, exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para
el crecimiento del ser."
(PP, 19)
INDOLE COMUNITARIA DE LA VOCACION CRISTIANA
La salvación del hombre es personal, pero Dios ha creado
al hombre para que viva en sociedad y lo salva dentro de una sociedad:
la Iglesia. No por ser su salvación personal puede el cristiano
olvidar a los demás, de quienes debe preocuparse. El hombre
alcanza su perfección personal, la santidad, teniendo en
cuenta a los demás, viviendo con todos ellos la justicia
y la caridad. Por eso, la vocación cristiana incluye siempre
una responsabilidad para con los demás. Cada hombre debe
sentirse responsable de todos los demás.
Responsabilidad social
Todos los hombres han de sentir como propias todas las preocupaciones
de los demás y han de cooperar, cada uno en la medida de
lo posible, a solucionar todos los problemas que a una sociedad
como la actual se le plantean.
"La tarea no es imposible. El principio de solidaridad, en
sentido amplio, debe inspirar la búsqueda eficaz de instituciones
y de mecanismos adecuados" (RH, 16)
Esto no es algo que se logre con una vaga preocupación social,
sino que todos los hombres, sea cual sea el origen social, han de
formarse no sólo como personas cultas, sino también
con un corazón generoso capaz de sentir con los que sufren
(cfr. GS, 31)
No se podrá sentir una verdadera preocupación y responsabilidad
social si cada uno no participa en los esfuerzos comunes. Para que
esto sea una realidad intervienen la justicia distributivo por parte
de los que rigen la comunidad, y la justicia legal por parte de
cada uno de los que forman parte de esa misma comunidad.
Justicia distributiva
Se llama justicia distributiva a la parte de la justicia que regula
las obligaciones que la autoridad ha de cumplir en la justa distribución
de los honores y cargas.
"Sí, entrando en vuestra asamblea un hombre con anillos
de oro en los dedos y traje magnífico y entrando, asimismo,
un pobre con traje raído, fijáis la atención
en el que lleva el traje magnífico, y le decís: Tú
siéntate aquí con todo honor, y al pobre le decís:
Tú quédate de pie o siéntate en el suelo...,
obráis con acepción de personas, cometéis pecado"
(Sant. 2, 2-9)
Tenemos aquí referido por el Apóstol el pecado que
lesiona la justicia distributiva: la acepción de personas.
Se trata de favorecer a unos en detrimento de otros que tienen más
derecho, no llevados por los méritos de cada uno, sino simplemente
dejándose llevar de la amistad, simpatía, lazos familiares,
etc. Caso concreto y muy extendido son las recomendaciones, donde
se puede tentar al superior para que cometa la injusticia.
Pecado contra esta justicia es el soborno, donde por un dinero
se favorece a uno injustamente. El soborno se puede dar de muchas
formas, algunas de ellas, a veces, difíciles de descubrir.
Justicia legal
Así como la justicia distributiva es propia del que tiene
el cuidado de la comunidad, la justicia legal es propia de los súbditos,
a los que inclina a buscar el bien común de la sociedad,
sobre todo mediante el cumplimiento de las leyes.
Actos propios de este aspecto de la virtud de la justicia son:
1) Colaborar al sostenimiento y acrecentamiento del bien común.
No basta con respetar el orden establecido, sino que es preciso
colaborar positivamente con él, salvo si es injusto, en cuyo
caso hay que resistir. La actuación política según
las posibilidades de cada uno es un deber en conciencia, manifestando,
cuando son consultados en unas elecciones, su opinión sobre
lo que se consulta con el voto en conciencia.
"No es lícito sustraerse al deber electoral cuando
al mismo va unido una profesión de fidelidad a principios
y valores irrenunciables, aunque pueda ser discutible bajo ciertos
aspectos y en algunos casos su perfecta representación (...
) Mucho menos nos parece conforme al deber civil, moral, social
y religioso, y por lo mismo no es tolerable dar la propia adhesión,
sobre todo si es pública, a una expresión política
que, por motivos ideológicos y por experiencia histórica,
sea radicalmente adversa a nuestra concepción religiosa de
la vida."
(Pablo VI, Discurso a la Conferencia Episcopal Italiana,
21-V-76)
Lesiona la justicia legal:
1) No colaborar con el bien común. Es pecado, y a veces
grave, el abstencionismo político, si de esa abstención
resultara que llegasen al poder los enemigos de Dios o se aprobasen
leyes contrarias a la ley de Dios o de la Iglesia. Pero también
peca quien da su voto a quienes van contra Dios. Ejemplo: quienes
sostienen las doctrinas materialistas y ateas del marxismo.
La sociedad, para sufragar sus gastos, recaba de los ciudadanos
el dinero que necesita mediante los Impuestos. Obligación
de los gobernantes, por justicia distributiva, es repartir equitativamente
en todas las cargas fiscales, y es obligación de los ciudadanos,
por justicia legal, pagar los impuestos justos. Para que los impuestos
sean justos tienen que estar dirigidos al bien común.
"Principio fundamental en un sistema tributario que sea conforme
a la justicia y a la equidad, es que las cargas sean completamente
proporcionadas a la capacidad contributiva de los ciudadanos."
(M M, 29)
La capacidad contributiva dependerá del nivel de renta que
tenga el ciudadano, por eso las escalas de tribulación deben
ser ascendentes.
2) No defender el bien común. Todo ciudadano tiene el deber
de defender el bien común defendiendo la sociedad de que
forma parte, tanto de agresores injustos internos (quienes atentan
con leyes injustas, o buscan con medios injustos alcanzar sus fines),
como de los agresores externos que promuevan la guerra.
Por no defender el bien común pecaría quien rehusase
el cooperar a la defensa justa de la sociedad.
El principio de subsidiariedad
La solidaridad entre los individuos es el motor principal del bien
común, pero cuando los individuos no quieren participar en
esta labor común, la autoridad debe intervenir.
La autoridad, como suprema gestora del bien común, en esta
intervención puede incurrir en dos peligros: el peligro de
no intervenir -propio del liberalismo- o el de intervenir en todo
-propio de los totalitarismos.
La norma que debe alumbrar a la autoridad en su intervención
es el principio de subsidiariedad (cfr. OA, 35; MM, g), que se apoya
en tres puntos o afirmaciones básicas: 1) La autonomía
del individuo y las asociaciones privadas que creen los ciudadanos
y de los organismos menores de derecho público (ayuntamientos,
corporaciones, etc.) 2) La ayuda que el organismo superior debe
siempre prestar al inferior para que éste cumpla sus fines.
3) La supletoriedad, para que cuando el individuo u organismo inferior
no pueda hacer algo, no se quede sin hacer, sino que lo haga el
organismo superior.
LA SOLIDARIDAD HUMANA Y LA CARIDAD
En la doctrina social cristiana no se puede separar solidaridad
humana de caridad. Esto, tanto en las relaciones entre los individuos
como en las de éstos con la sociedad, como en las de las
sociedades entre sí.
La solidaridad humana y la caridad se integran y hacen posible
y más fácil la vida social.
a) De los individuos entre sí
La solidaridad humana toma su esencia de que el hombre es persona
y al mismo tiempo es social. Esto significa un recíproco
estar unidos y obligados unos con otros. Así, debe rechazarse
en la organización de la sociedad humana tanto el individualismo,
que prescinde de la naturaleza social, como el colectivismo, que
prescinde de la persona individual.
La solidaridad de los individuos entre sí, en primer lugar,
viene impuesta y dictada por la igualdad de la naturaleza racional
de todos los hombres (cfr. SP, 18); en segundo lugar, porque todos
los hombres están llamados a un fin sobrenatural que es gozar
de Dios. La unidad del género humano brilla plenamente en
la obra de Cristo, que redimió a todos los hombres y quiso
participar en la solidaridad humana, santificando las relaciones
entre los hombres (cfr. SP, 18-19)
Y, finalmente, porque la obligación de promover todos juntos
el bien común hace necesarias las relaciones de solidaridad,
ya que el bien común de una sociedad no es obra de un solo
individuo, sino de todos los que forman parte de esa sociedad. Este
espíritu de solidaridad debe ser como el eje del orden social
natural. Pero para que haya este espíritu de solidaridad
cada uno de los hombres debe aportar generosamente su colaboración
para crear un orden colectivo ciudadano, en que tanto los derechos
como los deberes se ejerciten cada vez con mayor diligencia y utilidad
(cfr. PT, 31)
b) De los individuos y de la sociedad
Esta solidaridad no debe darse solamente entre los individuos entre
sí, sino que éstos deben tener también conciencia
de que forman parte de una sociedad con la que tienen que sentirse
solidarios. De otro lado, por parte de estas sociedades tienen que
darse las condiciones que faciliten a cada hombre el sentirse miembro
de ellas, de manera que sus voces sean no solamente oídas
sino escuchadas.
El Concilio Vaticano II dice:
"Para que todos los ciudadanos se sientan impulsados a participar
en la vida de los diferentes grupos que integran el grupo social,
es necesario que encuentren en dichos grupos valores que los atraigan
y los dispongan a ponerse al servicio de los demás"
(GS, 31)
c) De las naciones entre sí
"El deber de solidaridad, que está vigente entre las
personas, vale también para los pueblos (...) Cada pueblo
debe producir más y mejor a fin de, por un lado, poder ofrecer
a sus conciudadanos un nivel de vida verdaderamente humano, y, por
otro, contribuir también, al mismo tiempo, al desarrollo
solidario de la humanidad"
(PP, 48)
La solidaridad entre todos los pueblos viene, en primer lugar, de
su unidad de origen y de tener todos un destino común, pues
de la primera pareja proceden todos, y aunque se separaron voluntariamente
de Dios, no dejó Este de considerarlos como hijos que estaban
destinados a reunirse un día nuevamente en su amistad, y
así lo afirma San Pablo cuando dice: "Dios sacó
de un mismo tronco el linaje de los hombres, para que habitasen
toda la faz de la tierra, fijando la duración de su existencia
y los límites de la habitación de cada pueblo, para
que buscasen al Señor" (Act. 17. 26-27) (cfr. SP, 18;
MM, 58)
LA OPCION CRISTIANA POR LA SOLIDARIDAD CON LOS NECESITADOS
Nada mejor para manifestar cuál debe ser el comportamiento
de un cristiano que citar las palabras de Juan Pablo II en Recife
(Brasil) el 7-VII-80: "En esa parábola (se refiere a
la del pobre Lázaro y el rico epulón), Cristo no condena
al rico porque es rico, o porque viste lujosamente. Condena duramente
al rico que no tiene en consideración la situación
de penuria del pobre Lázaro, que solamente desea alimentarse
de las migajas que caen de la mesa del festín. Cristo no
condena la simple posesión de bienes materiales. Sino que
sus palabras más duras se dirigen contra quienes usan su
riqueza de manera egoísta, sin preocuparse del prójimo
a quien le falta lo necesario.
"Con estas palabras Cristo se coloca al lado de la dignidad
humana, del lado de aquellos cuya dignidad no es respetada, del
lado de los pobres. "Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt. 5, 3) Sí;
bienaventurados los pobres de bienes materiales que conservan, en
cambio, su dignidad humana (...), los que por causa de Cristo tienen
una especial sensibilidad por su hermano o su hermana que se hallan
necesitados (...), los que saben despegarse de sus posesiones o
de su poder, para colocarlos al servicio de los necesitados (...)
El cristiano, para comportarse como tal, debe vivir: la templanza
o moderación en la producción de bienes, se debe huir
del producir indiscriminadamente, creando primero las necesidades
y luego producir el bien; la justicia y la caridad en la distribución
de los mismos, de tal manera que los bienes producidos lleguen al
mayor número posible de hombres; y el espíritu de
pobreza evangélico en el uso de los que vengan a sus manos
de manera que nunca se ponga el corazón en los bienes materiales:
-Si las riquezas abundaran, no queráis poner el corazón"
(Ps, 61, 1 l)
Así, no es lo más concorde al espíritu cristiano
la carrera desorbitado en la producción de bienes de consumo,
bastantes de los cuales no serían necesarios. Del mismo modo,
no parece éticamente recto que se bombardee a los hombres,
a través de una publicidad casi ilimitada, con la incitación
a consumir esos productos. Y esto es más grave cuando pesa
sobre la humanidad la escandalosa herida del hambre de dos tercios
de los seres humanos.
También clama al cielo que mientras unos disfrutan y consumen
sin límite, existan otros hombres que carecen de lo más
elemental. Esto no es más que la manifestación práctica
de una actitud del alma cuyo nombre es egoísmo.
El comportamiento cristiano debe estar presidido por la sobriedad
en el uso de los bienes y la disposición de ayudar a los
hermanos necesitados. Y nunca servirá de disculpa el pensamiento
de que cada uno puede resolver sólo en muy pequeña
parte los problemas del hambre y la pobreza en el mundo. Por eso
la Iglesia y otras instituciones exhortan a los hombres a dar de
lo que tienen, de modo especial en determinados días y con
diversos fines.
El cristiano debe vivir la templanza en la producción de
bienes; la justicia y la caridad en la distribución de aquellos,
y el desprendimiento en el uso de los que le correspondan.
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VOCABULARIO
Riqueza: La riqueza
ha sido vista como un símbolo de la bendición
de Dios que es el que la otorga. Sin embargo, las riquezas
nunca deben acumularse en provecho propio sino hacerlas
fructificar en favor de la comunidad. Los riesgos de
las riquezas son: la avaricia, la opresión del
pobre, la dureza de corazón, el apego excesivo
y el olvido de Dios. (Cve, p. 259.)
Codicia: Deseo de posesión
sin límites de los bienes creados, que arrastra
a apoderarse de bienes ajenos. A este entregarse a los
bienes creados como supremo fin. San Pablo lo llama
idolatría. (Cve, p. 365.)
Producción: Es
la transformación de unas materias primas, mediante
el trabajo del hombre en las empresas, en bienes aptos
para el consumo en la sociedad.
Sociedad de consumo:
Una forma de vida actual caracteriza la que hace unos
años ha sido llamada "sociedad de consumo".
Comienza ésta allí donde acaba la satisfacción
de las necesidades elementales y nos afanamos por lo
superfluo. Se crean nuevas necesidades que se hacen
ver como imprescindibles, pero que son realmente superfluas.
Pasan a segundo plano valores realmente importantes.
Por tener más, el hombre prefiere ser menos,
no acierta a establecer una relación adecuada
con las cosas. Se deja esclavizar por ellas. (Cve, p.
200.)
Ídolos: La Sagrada
Escritura llama ídolos o dioses falsos a las
realidades creadas en que el hombre pretende encontrar
equivocadamente el sentido de la vida. Por ejemplo el
dinero, la comodidad, el placer, el dominio sobre los
demás... (Cve, p. 49.)
Esclavitud: Liberados
por Dios de la opresión de los egipcios los israelitas
descubrirán, poco a poco, que existe para los
hombres, desde Adán, una esclavitud interior
aun más dura y humillante: la del pecado, de
la cual sólo podemos ser liberados por un Nuevo
Moisés, el Hijo de Dios, que ha venido para salvarnos.
(ibid.)
Pobre: Es aquel que
se halla oprimido, humillado bajo el peso de una miseria
actual o permanente: carencia de bienes y medios necesarios
para vivir, enfermedad, prisión, marginación,
opresión. En el Antiguo Testamento, el Deuteronomio
considera que la existencia de los pobres en Israel
es un hecho escandaloso y dicta una serie de medidas
para hacer entender a los propietarios que son únicamente
arrendatarios de Dios y que todos los israelitas son
hermanos. Más tarde, los profetas enseñan
al pueblo el sentido espiritual de la pobreza: es pobre
el que confía su vida plenamente a la voluntad
de Dios, entregándose hasta el final en las manos
divinas. Cristo será el pobre de Dios por excelencia,
que se complacerá en amar privilegiadamente a
quienes, en su pobreza material, se reconocen débiles
e indigentes ante Dios. (Cve, p. 73.)
Pobreza: Es la virtud
que consiste en estar desprendido de los bienes materiales
por amor al Reino de los cielos. La pobreza de espíritu
consiste no en no tener, sino en estar desprendido.
(Cfr. Josemaría Escrivá de Balaguer, CAMINO,
n. 632.)
Derecho de propiedad:
Es el derecho a participar en los bienes materiales,
en cuanto son instrumentos del amor y del desarrollo
de la persona humana. La propiedad es un don que Dios
confía al individuo o a la familia para que,
sirviéndose de los bienes en provecho propio,
del prójimo y de la comunidad, llegue a su fin
natural y sobrenatural. La propiedad privada no constituye
para nadie un derecho incondicional y absoluto. (Cve,
p. 365.)
Marxismo: Es una concepción
del mundo radicalmente materialista que excluye toda
idea de Dios y de los valores espirituales y morales.
Niega la libertad del individuo, que -según ellos-
vienen determinados por la existencia social. Defiende
la lucha de clases. El marxismo es diametralmente opuesto
al cristianismo y ha sido reiteradamente condenado por
la Iglesia.
Renta "per cápita":
Es la parte de todo el producto nacional, es decir,
de todo lo producido, que corresponde a cada individuo.
Es un número abstracto que indica el nivel de
vida de un país.
Impuesto: Son las cargas
económicas con que cada individuo debe acudir
para financiar el gasto público del que todos
se benefician.
Principio de subsidiariedad:
Según este principio "no se puede quitar
a los individuos y darlo a la comunidad lo que ellos
pueden realizar con su propio esfuerzo e industria y
así tampoco es justo quitar a las comunidades
menores y dárselo a una sociedad mayor, lo que
ellas pueden hacer o proporcionar" (QA. n. 79.)
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Madre Teresa: "Los pobres son un tesoro"
"Un día me encontré un anciano, lleno de heridas,
dentro de un sumidero. Le recogí y le llevé a nuestra
casa. Antes de morirse, me dijo: "vivía como un animal,
pero ahora voy a morir como un ángel". Esta es una de
las varias anécdotas que la Madre Teresa relató en
su alocución en Fátima, desde donde nos hizo una súplica:
"Portaos bien con los pobres. Dadles también de lo que
vosotros precisáis y no sólo de lo que tenéis
en abundancia", publicaba recientemente el Diirio de Noticias,
de Lisboa.
"Son casi las dos cuando la Madre Teresa entra en la explanada,
sigue diciendo el diario antes citado, del Santuario. Va muy recogida,
indiferente a cualquier tipo de publicidad. Pero al ver a un paralítico
se para, le toma sus manos, y se las besa mientras le sonríe.
"El futuro que tenéis por delante -les dice a los jóvenes-
es de esperanza y de alegrías; pero también de sufrimiento.
Aprended el camino de la pobreza, porque la pobreza libera, da alegría
y paz. Y hoy más que nunca, precisamos de esta alegría.
"Las obras de amor son de paz. Me encontré una vez
a un niño en Calcuta que tenía hambre. Le di un pedazo
de pan. Empezó a comer migaja a migaja. Cuando le comenté
que el pan era suyo, que se lo podía comer todo, me respondió
con ojos tristes: "Madre, tengo miedo de volver a tener hambre
cuando se haya acabado el pan". Los pobres son un tesoro. También
ellas tienen hambre de Dios. Están privados de dignidad,
de respeto y de la alegría de sentirse queridos. No rechacéis
a los pobres, fueron sus últimas palabras"
Gastos en juego: unos dos billones anuales
Madrid. - Los españoles gastaron el año pasado en
juegos legales, excluidas las máquinas tragaperras, 619.757
millones de pesetas, según datos oficiales conocidos por
Europa Press. Esta cantidad representa un 3,14 por ciento del Producto
Interior Bruto y un 17,6 por ciento del ahorro nacional bruto. Si
se suma lo de las tragaperras, que se estima en billón y
medio, la cifra total puede superar los dos billones.
La mayor partida de ese gasto corresponde al bingo, con 282.769
millones de pesetas. En lotería se jugaron 234.247 millones;
en los cupones de ciegos, 38.977; en las quinielas 48.369 y en otras
diversiones de azar, 15.395 millones de pesetas.
En los últimos ocho años, las cantidades destinadas
por los españoles al juego legal casi se han multiplicado
por nueve, pues en 1974 ascendía a 74.854 millones de pesetas.
En este período, la lotería ha sido relegada a un
segundo plano, al desbordarse el bingo.
El porcentaje sobre el Producto Interior Bruto fue el año
pasado prácticamente dos veces y media mayor que en el 74,
en que suponía un 1,47 por ciento. Del mismo modo, la parte
del ahorro nacional bruto gastada en juego pasó del 5,95
por ciento en 1974 al 17,76 por ciento ya señalado; es decir,
se multiplicó por tres.
Miles de hombres en el mundo sufren hambre y
miseria
Los pueblos atenazados por el hambre llaman, de manera dramática,
a los pueblos que viven en la opulencia. En España la media
de vida es, aproximadamente, de 72 años; en Honduras y Guatemala
es de 49, y en el Tchad (África) no llega a 37.
De cada 100 personas que mueren al día en la india, 40 son
niños y la causa de la muerte de casi todos es el hambre
o la mala alimentación.
La tasa de mortalidad infantil en Brasil es del 93,3 por 1.000;
en el Perú y en el Ecuador, del 105,6 por 1.000.
En 1974 se calcula que unas 100.000 personas murieron en Etiopía
a causa de la sequía.
Y entre tanto...
En 1974 los españoles gastamos en las quinielas una media
de 460 pesetas por habitante.
En 1975, la media que cada español aportó a la Campaña
contra el Hambre en el Mundo fue de 7,80 pesetas...
(Cve, p. 259)
El tener, no es el fin último
El Papa Pablo VI decía en la Encíclica Populorum
Progressio: "El tener más, lo mismo para los pueblos
que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento
es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más
hombre, lo encierra como en una prisión desde el momento
en que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más
allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus
se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés,
que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse. La avaricia
es la forma más evidente de un subdesarrollo moral"
(n. 19)
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