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20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
Sentido teológico y ascético del
trabajo humano
Participación en el poder creador de Dios
Participación en la Redención
Derecho y deber al trabajo
Condiciones del trabajo humano
Derecho a un trabajo digno
Derecho al descanso
Derecho a la libre asociación sindical
El trabajo en la empresa
La empresa, unión de esfuerzos
Participación en la gestión
El salario justo
Distribución del beneficio
Conflictos laborales
El cristiano, defensor de la justicia
SENTIDO TEOLOGICO Y ASCETICO DEL TRABAJO HUMANO
Participación en el poder creador de Dios
Tal vez donde se manifiestan con mayor claridad las relaciones
del hombre y del mundo es en el trabajo, que aparece como una mediación,
como un puente, como un "diálogo activo con la naturaleza
que nos rodea" (Pablo VI, Homilía del 14-11-65)
El hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, ha sido puesto en
el universo con el encargo y mandato de perfeccionarlo y acabarlo.
Al darle al hombre la inteligencia y la libertad le hizo capaz de
ir añadiendo a la materia una serie de perfecciones. Esta
actividad, inteligente y libre, del hombre se llama trabajo. Dios
quiere que el mundo, además de ser para el hombre, sea también
obra del hombre mediante su trabajo.
Evidentemente, el hombre, perfeccionando lo creado, se convierte
en colaborador de Dios. Esta doctrina ha sido enseñada siempre
por la Iglesia. En los últimos tiempos ha sido expuesta por
todos los Papas.
Que el trabajo humano es participar en la obra creadora de Dios,
debe extenderse incluso a esos pequeños quehaceres de todos
los días, siempre que resulten provechosos y en servicio
de la sociedad, empezando por la célula de la sociedad que
es la familia. Es misión de los cristianos, con su apostolado,
que esta espiritualidad cristiana se extienda por todo el mundo
(cfr. LE, 25)
"El trabajo no es una maldición, es una bendición
de Dios que llama al hombre a dominar la tierra y a transformarla,
para que con la inteligencia y el esfuerzo humanos continúe
la obra creadora divina (...) Por ello el trabajo no ha de ser una
mera necesidad, ha de ser visto como una verdadera vocación,
un llamamiento de Dios a construir un mundo nuevo en el que habite
la justicia y fraternidad, anticipo del Reino de Dios, en el que
no habrá ya ni carencias ni limitaciones"
(Juan Pablo II, Jalisco, México, 30-1-79)
El hombre con su inteligencia añade a la materia perfecciones,
y, perfeccionando lo creado, se hace colaborador de Dios.
Participación en la Redención
Que actualmente el trabajo es penoso, es un hecho que enseña
la experiencia diaria, pero que el trabajo como tal no es una consecuencia
ni castigo del pecado original, se sigue con toda evidencia del
hecho de que existía, ya antes de la caída de Adán,
como en la misma Biblia se indica.
Cristo viene a dar un sentido al trabajo del hombre y por eso "trabajó
con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró
con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre"
(GS, 22) Desde entonces la misma fatiga del trabajo humano se convierte
en un medio para expiar los propios pecados y de ayuda a Cristo
en la Redención de todos cuando se une al trabajo de Cristo
y a su sacrificio.
"El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva
en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano
y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad
de participar en el amor a la obra que Cristo ha venido a realizar.
Esta obra de salvación se ha realizado a través del
sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo
en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora
en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la
humanidad. Se muestra verdaderamente discípulo de Jesús
llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que
ha sido llamado a realizar"
(LE, 27)
Por eso no sólo se ha de hablar de la dignidad del trabajo,
sino también de la santidad del trabajo. El trabajo es un
gran instrumento de perfección espiritual y de santificación
para el hombre, porque todo trabajo puede convertirse en un acto
sobrenatural, cuando se ofrece a Dios, siendo entonces fuente de
mérito sobrenatural si se realiza con las debidas disposiciones.
Pero teniendo el trabajo una importante vertiente social, es decir,
la de ser fuente de relación con los otros hombres, es también
una ocasión para ayudarles a ir al Señor, participando
así en la función salvadera de Cristo perpetuada por
la Iglesia.
"Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta
como una realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito
en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad
santificable y santificadora"
(J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa,
47)
DERECHO Y DEBER AL TRABAJO
a) El deber de trabajar
El trabajo, por su misma naturaleza, une a los hombres, creando
unos vínculos muy íntimos entre aquellos que participan
en una misma actividad profesional. El trabajo tiene siempre una
vertiente social.
Sin el trabajo de las generaciones pasadas y de la presente, la
vida del hombre no sólo no tendría el nivel que tiene
en la actualidad, sino que sería prácticamente imposible.
En la parábola de los talentos queda afirmado para un cristiano
el deber de trabajar y queda condenada la holgazanería, y
San Pablo afirma: "Si alguno no quiere trabajar, que tampoco
coma" (2Tes. 3, 10)
El trabajo es una forma de caridad social pues se es útil
a los demás y se puede ayudar a los menesterosos.
El deber de trabajar brota de distintas fuentes: como medio de
sostener la vida, como perfeccionamiento personal, como miembro
de la sociedad y como precepto impuesto por Dios.
El trabajo es, para la mayoría de los hombres, el único
medio lícito para sostener la propia vida y la de los demás.
Con su trabajo pone al servicio de los demás los bienes producidos.
El hombre tiene el deber de trabajar -aunque no lo necesite para
comer- como medio para conseguir la perfección personal -natural
y sobrenatural- a la que ha sido llamado por Dios. Esto se hace,
no solamente porque evitando la ociosidad se evitan muchos vicios,
sino porque con el trabajo cada uno se hace hombre (cfr. LE, 10)
Gracias al trabajo el hombre se hace a sí mismo porque construye
su personalidad y la pone al servicio de los demás.
El hombre es un ser social que vive en una sociedad y recibe bienes
de esa sociedad, a la que debe prestar también su colaboración.
La equidad pide que, a cambio de lo que hacen los demás por
él todos los días, haga también él algo
diariamente por los demás. El hombre ocioso no puede pensar
que está en paz con la sociedad. Es un parásito de
ella.
En la Sagrada Escritura aparece explícito el precepto de
trabajar dado por Dios al hombre. Los pasajes del Génesis
(1, 26-28) tienen un valor especial en la manifestación de
la voluntad divina respecto al trabajo del hombre (cfr. LE, 4) En
el Nuevo Testamento queda patente en San Pablo: "Y a que procuréis
vivir en paz, atendáis a las cosas propias y trabajéis
con vuestras manos, conforme os tenemos ordenado" (l Tes .
4, 11)
b) El derecho a trabajar
Como a todo deber corresponde un derecho, si todo hombre tiene el
deber de trabajar, debe tener también el derecho a encontrar
un trabajo con que ganarse la vida: Si existe el deber personal
del trabajo impuesto por la naturaleza, existe también el
derecho natural de cada individuo para tener un trabajo como medio
de proveer a su propia vida y a la de sus hijos (cfr. LE, 18)
El derecho a trabajar es un derecho natural derivado del derecho
a la vida; del derecho que tiene cada individuo a buscar su propia
perfección; y de poder cumplir el mandato de Dios, y debe
ser reconocido como uno de los derechos fundamentales del hombre.
En la "Declaración universal de los derechos humanos"
(10-XII-48) se recoge en el artículo 23, 1.
La posibilidad de que todos los hombres puedan realizar el derecho
a trabajar es uno de los elementos fundamentales del orden social.
"La primera y fundamental preocupación de todos y cada
uno de los hombres de gobierno, políticos, dirigentes de
sindicatos y dueños de empresa debe ser ésta: dar
trabajo a todos"
(Juan Pablo II, en el estadio de Mortimbi en Sao Paulo,
3-VII-80)
El derecho a trabajar es un derecho derivado del deber de trabajar,
y es uno de los derechos fundamentales del hombre, y el que todos
puedan ejercitarlo es un elemento importantísimo para la
paz social.
CONDICIONES DEL TRABAJO HUMANO
Como el trabajo es para el hombre y no al contrario, resulta que
hay que tener en cuenta varios aspectos en ese trabajo. Primero,
que el trabajo ha de ser digno del hombre. Segundo, que el hombre
no es una máquina y necesita descansar. Y tercero, que el
hombre como ser social puede asociarse con los demás en asociaciones
laborales.
Derecho a un trabajo digno
El trabajo, para estar de acuerdo con la dignidad del hombre, debe
reunir también ciertas condiciones de dignidad, porque procede
inmediatamente de la persona (cfr. GS, 67)
Se atenta contra la dignidad del trabajo cuando: se le considera
solamente como instrumento de producción; no se realiza con
unas condiciones higiénicas y de moralidad que no envilezcan
a los trabajadores; no es de acuerdo con la edad y el sexo, teniendo
que abandonar la madre las obligaciones familiares.
Resumiendo, se puede decir que las condiciones del trabajo deben
ser tales que permitan que el trabajador se realice como persona.
"El trabajo es un bien del hombre (...) Y no es sólo
un bien "útil" o "para disfrutar", sino
un bien "digno", es decir, que corresponde a la dignidad
del hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta (...)
porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la
naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que
se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto
sentido se hace más hombre"
(LE, 9)
Derecho al descanso
El derecho al descanso es necesario porque el hombre debe reponer
las fuerzas desgastadas por el trabajo diario, y porque debe tener
también un honesto esparcimiento divirtiéndose -es
decir, apartándose de lo de todos los días-. También
lo es para mirar por la unidad familiar, que exige que los padres
convivan con los hijos para poder educarlos.
Pero como el hombre tiene también un destino sobrenatural
y debe dar a Dios el culto debido, necesita también un tiempo
para el cumplimiento de estos deberes (cfr. MM, 67)
"Otro sector relativo a las prestaciones es el vinculado con
el derecho al descanso; se trata ante todo de regular el descanso
semana], que comprenda al menos el domingo y además un reposo
más largo, es decir, las llamadas vacaciones una vez al año
o eventualmente varias veces por períodos más breves"
(Ibíd., 19)
Derecho a la libre asociación sindical
"Sobre la base de todos estos derechos, junto con la necesidad
de asegurarlos por parte de los mismos trabajadores, brota aún
otro derecho, es decir, el derecho a asociarse; esto es, a formar
asociaciones o uniones que tengan como finalidad la defensa de los
intereses vitales de los hombres empleados en las diversas profesiones"
(LE, 20)
El derecho a la libre asociación proviene de la tendencia
natural del hombre -ser social- a unirse con los demás para
alcanzar más fácilmente la satisfacción de
sus apetencias.
Este derecho debe ser tutelado por el Estado, pero sin inmiscuirse
en la autonomía de las asociaciones que nazcan como consecuencia
del ejercicio de este derecho (cfr. RN, 43) Por esta misma razón
deben mantenerse estas asociaciones al margen de intereses políticos
ajenos a la misma vida laboral.
El ejercicio libre de este derecho ha sido siempre un elemento
muy importante para reivindicar los justos derechos de los trabajadores.
La experiencia histórica enseña que las organizaciones
de este tipo son un elemento indispensable de la vida social.
EL TRABAJO EN LA EMPRESA
La empresa es la unidad de producción de bienes y servicios
que afluyen a la sociedad. Debe, por tanto, estar orientada al bien
común.
El fin inmediato de la empresa es la producción de bienes
necesarios al hombre y a la sociedad, pero sólo una concepción
materialista de la vida puede poner como fin exclusivo de la misma
la producción material. La empresa debe ser un elemento donde
el hombre se perfeccione, de ahí que una recta concepción
de la empresa debe basarse en la dignidad humana de los que en ella
trabajan. Cualquier otro fundamento que no sea la dignidad humana,
hará que la empresa se vuelva en contra del propio hombre
y del mismo orden social. la empresa, como toda la economía,
debe estar al servicio del hombre (cfr. MM, 13)
La empresa, unión de esfuerzos
Dos son los elementos de que dispone el hombre para la producción
económica: el capital y el trabajo. Ambos son absolutamente
necesarios, de tal manera que el uno sin el otro no conseguirían
su fin.
Debe verse, por tanto, la empresa como una unión de esfuerzos
para la consecución de un fin común. Pensar que debe
existir oposición entre ambos es un mal grave para toda la
sociedad. Debe, por el contrario, existir una colaboración
entre los elementos que constituyen la empresa porque concurren
a un mismo fin. Esta colaboración debe tener una manifestación
jurídica adecuada, que puede ser varia.
Participación en la gestión
Si la empresa es una unión de esfuerzos, ha de haber una
participación activa de todos los que la constituyen -propietarios,
administradores, técnicos y trabajadores- incluida también
la gestión de aquélla. Una decisión mal tomada
o irresponsable ocasiona perjuicios a todos los componentes. De
este modo tiene el trabajador un cauce para poder expresar su iniciativa
personal y su responsabilidad. Esto se debe hacer también
en la esfera de la economía nacional cuando una decisión
política pueda tener repercusiones en los trabajadores. Entonces
deberá consultarse antes con los legítimos representantes
del mundo laboral, de modo que todos los protagonistas de la vida
económica tengan la posibilidad efectiva de participar libre
y activamente en la elaboración y control de las decisiones
que les afectan, en todos los niveles (cfr. Juan Pablo II, Sao Paulo,
3-VII-80)
Pueden darse muy distintas formas de participación, que
vendrán aconsejadas según las características
propias de cada empresa. Estas formas pueden ir desde la simple
información sobre la marcha de ésta, pasando por distintos
grados de participación del trabajador en la dirección
de la empresa, hasta ir introduciendo -dentro de lo que permitan
las circunstancias- elementos del contrato de sociedad en el contrato
de trabajo de modo que se mejore así la condición
general del trabajador (cfr. Pío XII, Rm. 11-111-51)
El que el trabajador pueda participar según su capacidad
en la gestión de la empresa no excluye el papel decisivo
que en una empresa tiene el empresario, que es como el artista inspirado
o el inventor genial.
"Una concepción humana de la empresa debe, sin duda,
salvaguardar la autoridad y la necesaria eficacia de la unidad de
dirección; pero no puede reducir a sus colaboradores de cada
día a la condición de simples silenciosos ejecutores,
sin posibilidad alguna de hacer valer su experiencia, enteramente
pasivos respecto a las decisiones que dirigen su actividad."
(M M, 1 7)
El salario justo
Es necesario que el trabajo tenga una compensación en quien
lo realiza que le permita vivir con dignidad. El trabajo puede retribuirse
de muy distintas maneras, pero la más frecuente es el salario.
En la Sagrada Escritura se habla de salario cuando Labán
contrata a Jacob (Gn. 29, 15); de que no se debe retener el salario
del trabajador (cfr. Eccli. 34, 27); y esto ni siquiera un solo
día (cfr. Lv. 19, 13) Jesús confirmó el derecho
del trabajador a su salario (cfr. Mt. 10, 10; Lc. 10, 7) Acerca
de la cuantía, la Sagrada Escritura no dice nada, sin embargo,
al hablar de un "derecho" hace referencia a la justicia,
por lo que se deduce que el salario deberá ser "justo"
Si se considera la parábola del amo que contrata jornaleros
(Mt. 20, 1-15) se ve que el criterio sobre el salario no proviene
tan sólo del trabajo realizado, sino también de las
necesidades del trabajador, que teniendo voluntad de trabajar no
llega -por alguna circunstancia- a ganarse lo suficiente. Comparando
Mt. 10, 10 y Lc. 10, 7, se llega a la conclusión de que el
salario debe ser suficiente para el sustento. Por eso el buen patrono
da a todos sus trabajadores lo que necesitan para vivir dignamente.
Para lograr una justa determinación del salario habrá
que considerar: a) las necesidades del trabajador; b) su rendimiento
económico; c) la situación de la empresa; d) el bien
común.
a) Las necesidades del trabajador
El salario debe permitir a los trabajadores un nivel de vida digno
para que sean capaces de hacer frente a sus responsabilidades familiares,
de modo que el salario del cabeza de familia permita su digna subsistencia
sin que se haga necesaria otra ayuda. Otra cosa es que ayuden, con
un trabajo adecuado, al mejor mantenimiento de la familia. Se debe
llegar al salario familiar para que las mujeres no se vean obligadas
a trabajar fuera de casa por razones económicas, sino que
es necesario que la familia pueda vivir convenientemente, incluso
cuando la madre se dedica plenamente a ella (cfr. OA, 32)
b) Atendiendo a su rendimiento
Es decir, debe contemplarse la aportación del trabajo a
la producción del producto. Son condenables tanto las retribuciones
insuficientes que explotan al trabajador, como las excesivas por
trabajos sin importancia que no las merecen. Atender al rendimiento
económico es fundamental para una verdadera justicia, ya
que facultades diferentes son acreedoras a retribuciones diferentes
(cfr. RN, 14)
c) La situación de la empresa
Sería injusto exigir un salario tan elevado que pusiera
en peligro la subsistencia de la empresa misma, dejando sin trabajo
a todos los que forman parte de ella. Pero no toda situación
mala de la empresa justifica un salario más bajo que el justo.
No lo es cuando la situación procede de un mal equipo directivo,
que debe sustituirse, o de un sistema impositivo mal establecido,
que debe subsanarse (cfr. OA, 33)
d) El bien común
Deben considerarse como exigencias del bien común en esta
materia: dar ocupación al mayor número de trabajadores;
evitar que se constituyan categorías de trabajadores privilegiados,
que actuarían frente al conjunto como grupos de presión
perjudicando a los demás; y mantener una adecuada proporción
entre salarios y coste de la vida, ajustando a éste los salarios
cada vez que sea necesario (cfr. OA, 34)
En lo referente a la justa retribución del salario, debe
la autoridad velar para que se cumpla la justicia, preocupándose
de los más débiles, ya que de otra manera es insostenible
la paz social de la que el Estado es el guardián.
Distribución del beneficio
Cuando por razones de la ley del mercado, el precio de venta supera
al coste total del producto -coste en que deben ser incluidas las
justas retribuciones del trabajo, del capital y del empresario-
y se produce un beneficio adicional, éste, que se ha producido
por el esfuerzo común de toda la empresa, debe ser repartido
también entre todos los que han contribuido a crearlo. Por
eso, "la justicia social prohíbe que una clase excluya
a otra de la participación en los beneficios. (QA, 25) Tanto
la doctrina liberal -que atribuye todo el beneficio al capital-,
como el marxismo -que atribuye toda la plusvalía al trabajo
exclusivamente- deben ser rechazados como injustos.
Esta participación en los beneficios puede permitir al trabajador
-que recibe ya un salario suficiente- ir formando con su ahorro
un capital con el que podrá acceder a ser propietario de
una parte de la empresa en que trabaja. Con esto se habría
roto el antagonismo capitalista-trabajador, sostenido por los marxistas
para seguir manteniendo la lucha de clases (cfr. LE, 11)
Conflictos laborales
Los conflictos laborales pueden surgir cuando alguna de las partes
-trabajadores o patronos- se siente lesionada en sus derechos por
culpa de la otra parte.
Se trata, entonces, de restablecer la justicia por medio de un
diálogo constructivo para que las partes se avengan a un
compromiso que satisfaga los derechos de ambas.
Otras veces, en cambio, se recurre a medios que pueden quebrantar
la justicia y que no pueden ser empleados indiscriminadamente. -Por
más que sucesivamente recurran a la misma idea de justicia,
sin embargo la experiencia demuestra que otras fuerzas negativas,
como son el rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la
delantera a la justicia. En tal caso el ansia de aniquilar al enemigo,
de limitar su libertad y hasta de imponerle una dependencia total,
se convierte en el motivo fundamental de la acción; esto
contrasta con la esencia de la justicia, la cual tiende por naturaleza
a establecer la igualdad y la equiparación entre las partes
en conflicto. Esta especie de abuso de la idea de justicia y la
alteración práctica de ella atestiguan hasta qué
punto la acción humana puede alejarse de la misma justicia,
por más que se haya emprendido en su nombre" (DM, 12)
Los paros voluntarios -huelgas- deben ser evitados por el daño
que hacen a todos, a la sociedad entera, cuya inmensa mayoría
de -miembros no tienen nada que ver con el conflicto planteado entre
una determinada empresa y sus trabajadores. Únicamente pueden
ser toleradas como mal menor cuando se hayan agotado todas las demás
vías de solución. Lo mismo puede decirse de los cierres
patronales -lock out- que pueden ser aún más perjudiciales
pues pueden convertirse en medios de presión de los más
fuertes sobre los más débiles.
Las huelgas por motivos ajenos a las razones laborales serán
moralmente injustas y muy difícilmente pueden tener justificación.
EL CRISTIANO, DEFENSOR DE LA JUSTICIA
"Siguiendo las huellas de tal enseñanza (se refiere
a la doctrina social católica) procede la educación
y formación de las conciencias humanas en el espíritu
de la justicia" (DM, 12)
El cristiano, a quien Dios llama continuamente a la construcción
de un mundo nuevo, donde se incoe el Reino de Dios por medio de
Jesucristo, no puede olvidar que el Reino de Cristo tiene que ser
un "reino de justicia, de amor y de paz". Por tanto, debe
buscar que haya paz, la cual no es posible sin justicia y amor.
Debe por ello amar la justicia pero teniendo siempre en cuenta que
además de la justicia que manda dar lo estricto, debe reinar
también la caridad que lleva a excederse en el amor al prójimo,
sea quien sea.
Para ello el cristiano no tiene que recurrir a ninguna ideología
política, sino que lo debe hacer en función de su
vocación cristiana. Su adscripción a alguna ideología
le ayudará a hacerlo, como ayuda siempre al hombre el asociarse
con otros, pero esto siempre y cuando esa ideología no sostenga
puntos -bastaría uno sólo- incompatibles con la fe
cristiana.
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VOCABULARIO
Trabajo: Es la colaboración
en la obra creadora y salvadera del Señor. Dios
quiso que todo hombre trabajara para dominar la tierra.
En manos del malvado, el trabajo es fuente de injusticia
y de división. El Magisterio de la Iglesia insiste
en la necesidad de participar y colaborar en el mundo
del trabajo, estableciendo en él unas relaciones
de justicia y de fraternidad (Cve, p. 229) San Pablo
estimulaba a sus comunidades a un trabajo cotidiano
y constante. El trabajo salvaguarda la libertad personal,
quien no trabaja se encuentra en vergonzosa dependencia
de otros. El trabajo asimismo proporciona los medios
para practicar la caridad. Todo trabajo humano debe
poder desarrollarse en condiciones que no perjudiquen
la salud de quien lo realiza y éste tiene derecho
a ser retribuido dignamente por su trabajo. (Cve, p.
365.)
Equidad: Es la virtud
que tiende en general a hacer cumplir la ley en su espíritu
según la voluntad del legislador, aunque se pase
por encima de la letra de la ley o a veces se vaya en
contra de ella. La equidad corrige los efectos de una
concepción literal de los derechos y deberes
y se opone directamente al formalismo y al fariseísmo,
que sólo ve en la ley su materialidad y no su
espíritu.
Ocio: Es la diversión
u ocupación reposada para descanso de otras tareas.
Es necesario que el trabajador tenga un tiempo de ocio
para reponer las fuerzas, dar a sus sentidos un honesto
esparcimiento, mirar por la unidad familiar y cumplir
sus deberes religiosos. (Cfr. MM, 250.)
Sindicato: Son aquellas
asociaciones laborales que, en virtud del derecho natural
de asociación, realizan los trabajadores o los
patronos para representar y defender sus propios intereses.
Empresa: Es la comunidad
integrada por el capital y el trabajo que, bajo la dirección
del empresario, tiene como fin la producción
de determinados bienes o servicios a la sociedad.
Capital: Es el conjunto
de bienes: materias primas, máquinas e instalaciones,
que entran en una producción ulterior como causa
material.
Salario: Es la retribución
cierta, inmediata y determinada previamente, que el
trabajador recibe por poner su trabajo al servicio de
la empresa.
Participación en beneficios:
Se entiende por esto el régimen establecido por
la ley o por acuerdos particulares, según el
cual todos los trabajadores de una empresa, que reúnan
las condiciones requeridas, tienen derecho a percibir
una parte segura de los beneficios netos de la empresa
en razón de su propio trabajo.
Cogestión: Es
el sistema social por el que los trabajadores son llamados
a participar en la gestión de la empresa junto
con el capital. Es una consecuencia de ser la empresa
una comunidad de intereses en la que todos se verían
afectados por las decisiones tomadas.
Huelga: Es el abandono
del trabajo por parte de los trabajadores organizados,
para la consecución de fines económicos,
sociales o políticos.
Cierre patronal: Es
la interrupción del empleo de los trabajadores
por parte de la empresa para la consecución o
defensa de sus propios intereses.
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El evangelio del trabajo
La proclamación más exhaustiva del Evangelio del
trabajo la hizo Jesús, el Hijo de Dios hecho hambre, sometido
al duro esfuerzo. El dedicó gran parte de su vida terrena
al trabajo de artesano e incorporó el mismo trabajo a su
obra de salvación.
El hombre es, en cuanto persona, el centro de la creación,
porque sólo él ha sido creado a imagen y semejanza
de Dios... El trabajo tiene en sí una fuerza que puede dar
vida a una comunidad: la solidaridad.
Por su misma dinámica intrínseca la empresa está
llamada a realizar, bajo vuestro impulso, una función social
-que es profundamente ética-: la de contribuir al perfeccionamiento
del hombre, de cada hombre, sin ninguna discriminación; creando
las condiciones que hacen posible un trabajo en el que, a la vez
que se desarrollan las capacidades personales, se consiga una producción
eficaz y razonable de bienes y servicio, y se haga al obrero consciente
de trabajar realmente "en algo propio"
La empresa es, por tanto, no solamente un organismo, una estructura
de producción, sino que debe transformarse en comunidad de
vida, en un lugar donde el hombre convive y se relaciona con sus
semejantes; y donde el desarrollo personal no sólo es permitido
sino fomentado. El enemigo principal de la concepción cristiana
de la empresa, ¿no es quizás un cierto funcionalismo
que hace de la eficacia el postulado único e inmediato de
la producción y del trabajo?
Las relaciones de trabajo son, ante todo, relaciones entre seres
humanos y no pueden medirse con el único método de
la eficacia. Vosotros mismos, queridos empresarios presentes, si
queréis
que vuestra actividad profesional sea coherente con vuestra fe,
no os conforméis con que "las cosas marchen", que
sean eficaces, productivas y eficientes; sino buscad más
bien que los frutos de la empresa redunden en beneficio de todos
por medio de la promoción humana global y el perfeccionamiento
personal de aquellos que trabajan a vuestro lado y colaboran con
vosotros.
Sé que la realidad socioeconómica es por su misma
naturaleza bastante compleja, hasta el punto de parecer difícilmente
gobernable en los momentos de crisis agudas, sobre todo cuando adquiere
proporciones planetarias. Sin embargo, es precisamente en tales
situaciones cuando conviene dejarse guiar por un gran sentido de
justicia y por una total confianza en Dios. En los tiempos difíciles
y duros para todos -como son los de las crisis económicas-
no se puede abandonar a su suerte a los obreros, sobre todo a los
que -como los pobres, los inmigrantes- sólo tienen sus brazos
para mantenerse. Conviene recordar siempre un principio importante
de la Doctrina Social Cristiana: "la jerarquía de valores,
el sentido profundo del trabajo mismo exigen que el capital esté
en función del trabajo y no el trabajo en función
del capital" (Laborem exercens, 23)
Y ahora, al finalizar nuestro encuentro, quiero deciros una última
palabra, queridos hermanos obreros y queridos empresarios de España:
¡Sed solidarios!
(Juan Pablo II, en Barcelona, 7-XI-82)
Solidaridad del cristiano en el trabajo
A pesar de que los problemas actuales parecen enormes, no hay razón
para que nos resignemos. Este mundo -también el mundo en
su situación actual- nos ha sido encomendado por Dios como
tarea. Y nuestra fe cristiana contiene muchos motivos y principios
que nos llevan a esforzarnos por llevar a cabo esa tarea correctamente.
Las primeras páginas de la Biblia -la descripción
de la obra de la creación constituyen en cierto sentido el
primer evangelio del trabajo. El hombre fue creado a imagen de Dios
y por su trabajo participa en la obra del Creador. Esto no se refiere
sólo a los trabajos extraordinarios. Los hombres y mujeres
que cuidan de su sustento mediante el trabajo cotidiano pueden estar
justamente convencidos de que en ese trabajo continúan la
obra del Creador.
La evolución de los problemas sociales en la industria y
en la economía ha impelido cada vez con más fuerza
a los trabajadores, hacia una acción común, hacia
la solidaridad. Los obreros y obreras han ido abriendo caminos mediante
una acción común y se han liberado de situaciones
de envilecimiento y opresión. Ellos crearon los presupuestos
de una existencia más digna, de una vida en justicia y libertad.
En esta tarea, los trabajadores cristianos encontraron también
energía y estímulo especialmente en la doctrina social
de la Iglesia.
La solidaridad cristiana vive del "para" no del "contra"
La acción solidaria pretende superar el sufrimiento innecesario
producido por los hombres o por la naturaleza. Al hacerlo se vuelve
también, ante todo, contra aquellos que pueden estar interesados
en el mantenimiento de ese estado de injusticia o de ausencia de
salvación. Pero, en último término, el impulso
a la acción no deberá nacer del "contra",
que puede conducir a una nueva opresión, sino del "para"
liberador. En di caso de Jesús vemos que El no evita el enfrentamiento
con los hacedores del mal y los sostenedores de la injusticia. Pero
su objetivo es la conversión de los pecadores, no su destrucción;
su objetivo es la vida, no la muerte. El objetivo de la solidaridad
de los trabajadores no debería ser tampoco la victoria, el
triunfo o el predominio, sino la ayuda, el mejoramiento y el entendimiento.
Así pues, si vosotros os fusionáis solidariamente
para construir un mundo más justo, más digno del hombre,
estaréis al servicio de la vida. La voluntad salvífica
de Dios lo abarca todo, El quiere que tengamos vida y que la tengamos
en abundancia.
(Juan Pablo II, 12-XI-83)
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