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21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
La vida pública en nuestros días
La comunidad política
Su naturaleza
Necesidad de la autoridad
Origen de la autoridad
Diferentes formas legítimas del poder político
Fin de la comunidad política
Noción del bien común
Su contenido
Colaboración de todos en la vida pública
La democracia y sus implicaciones morales
La Iglesia y la comunidad política
El cristiano en la política: espíritu
de servicio
LA VIDA PUBLICA EN NUESTROS DIAS
El hombre, como ya dijo Aristóteles, es un "animal
político". La unidad de origen y la iguidad de naturaleza
imponen al hombre relacionarse con los otros. El hombre no es un
"ser para sí", sino que es un "ser para otro".
En sus relaciones con los demás alcanza el hombre el pleno
desarrollo de su personalidad.
Antiguamente, el hombre podía relacionarse a lo largo de
su vida con muy pocos semejantes, aquellos que pertenecían
a su mismo entorno, que era, por lo demás, muy reducido.
Hoy día, el adelanto en los medios de comunicación,
la posibilidad de trasladarse fácilmente de un lado a otro,
la mayor participación en las tareas comunes, la mayor comunicación
de las ideas, etc., han facilitado la vida pública de los
hombres contemporáneos. Actualmente, el hombre se ha hecho
más "político", más social.
Existe mayor vida pública que antaño; el hombre de
hoy dedica más tiempo a sus relaciones con los demás,
es más "para los demás", y los problemas
de los otros no le son indiferentes. En primer lugar, porque los
conoce a través de la rapidez de los medios de comunicación
y, en segundo lugar, porque puede tener mayor intervención
en su solución.
LA COMUNIDAD POLITICA
"El hombre está naturalmente ordenado a vivir en comunidad
política, porque no pudiendo en la soledad procurarse todo
aquello que la necesidad y el decoro de la vida exigen, como tampoco
lo conducente a la perfección de su ingenio y de su alma,
la providencia de Dios dispuso que el hombre naciera inclinado a
asociarse y unirse a otros, ya en la sociedad doméstica,
ya en la civil, única que le puede proporcionar todo lo que
basta perfectamente para la vida."
(ID, 4)
Su naturaleza
Acerca de la naturaleza de la comunidad política hay que
afirmar que proviene de la misma naturaleza del hombre, pues en
el plan divino sobre éste, la sociedad política es
el medio natural del que el individuo se sirve para alcanzar su
fin, pues la sociedad nace para el hombre y no viceversa, como afirman
los totalitarismos (cfr. DR, 29) La Iglesia condenó como
falsa la doctrina llamada del "pacto social", según
la cual todos los hombres cedían algo de sus derechos que
se acumulaban en quien ostentaba el poder, trasladaban, por así
decir, su voluntad al Estado (cfr. Di. 13)
Necesidad de la autoridad
La sociedad no puede existir, ni siquiera concebirse, sin una autoridad
que promueva la concordia entre las distintas opiniones de los hombres
que la componen y que, haciéndose intérprete del recto
orden, la unifique y ordene hacia la consecución del fin
que esa sociedad se proponga.
Tiene que haber quien diga qué y cómo se han de hacer
las cosas, pues de lo contrario, con tantos pareceres, muchas veces
se quedarían sin hacer. La autoridad es el principio unificador
activo sin cuya presencia la sociedad no puede ser útil al
hombre, pues constituye el vínculo necesario para asegurar
la unión de todos los componentes del cuerpo social.
El Concilio Vaticano II dice a este respecto: "Mas son muchos
y diferentes los hombres que se reúnen en la comunidad política
y que pueden legítimamente inclinarse hacia soluciones diversas.
Por lo tanto, para que, al opinar cada uno a su manera, no se disgregue
la comunidad política, es necesaria una autoridad que dirija
hacia el bien común la actuación de todos los ciudadanos"
(GS, 74)
Origen de la autoridad
En los pueblos antiguos era frecuente la idea de que toda autoridad
tenía algo de divino. La Sagrada Escritura confirma este
sentir de los hombres, tanto en Jn. 19, 1: "No tendrías
ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de
lo alto"; como en las palabras de San Pablo a los Romanos.
"No hay autoridad que no venga de Dios; y las que hay, por
Dios han sido establecidas" (13, 1)
Al afirmar el origen divino de la autoridad política se está
afirmando implícitamente la existencia de Dios, que es el
firme cimiento de todo el orden civil. Por eso, cuando la autoridad
se aparta de Dios se aparta de su origen. Cuando el hombre niega
a Dios y se proclama a sí mismo dueño de todos sus
actos, cae a veces en la anarquía, o en formas de convivencia
que rebajan su dignidad.
De aquí se deduce que se debe obedecer en conciencia a la
autoridad como depositaria de la voluntad de Dios: "Es preciso
someterse no sólo por temor al castigo, sino por conciencia"
(Rom. 13, 5), de este modo la obediencia a quien legítimamente
manda es un acto virtuoso y meritorio, que no lo es cuando se obedece
solamente por temor al castigo.
León XIII decía que a la autoridad la dignidad le
venía de "ser imagen de la majestad divina" (DI,
16) y "participación del poder infinito" (RN, 26)
Este origen divino de la autoridad determina también su límite:
todo lo que se oponga a la ley divina, natural o positiva, ya que
"hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Act.
4, 19)
Diferentes formas legítimas del poder
político
Que el poder tenga un origen divino no implica tampoco cómo
puede llegar un hombre a ostentar ese poder. Se trata de ver cómo
comunica Dios a los jefes de la sociedad el derecho de gobernar
en su nombre y de imponer sus decisiones a la conciencia de los
hombres.
"Del hecho de que la autoridad proviene de Dios no debe en
modo alguno deducirse que los hombres no tengan derecho a elegir
los gobernantes de la nación, establecer la forma de gobierno
y determinar los procedimientos y los límites en el ejercicio
de la autoridad."
(PT, 52)
FIN DE LA COMUNIDAD POLITICA
"La comunidad política nace, pues, para buscar el bien
común: en él encuentra su justificación plena
y su sentido, y de él recibe su jurídico ordenamiento
primitivo y peculiar" (GS, 74)
Noción del bien común
Bien común "es el conjunto de condiciones de la vida
social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus
miembros, el logro más pleno y más fácil de
la propia perfección" (GS, 26)
El bien común es, en esencia, una realidad propia de la
sociedad en cuanto tal, que hace posible a sus miembros la existencia
plenamente humana. De aquí se deduce que el fin de la sociedad
sea el bien común, que hace posible el bien propio de cada
uno de los miembros.
"La prosecución del bien común constituye la
razón misma de ser de los poderes públicos, los cuales
están obligados a procurarlo, reconociendo y respetando sus
elementos esenciales y seguir los postulados de las respectivas
situaciones históricas."
(PT, 54)
Se trata aquí del bien común terciporal ya que existe
también el bien común último que es Dios. La
prosecución de este -bien común último no corresponde
a la sociedad civil sino a la Iglesia, pero porque el bien común
temporal ha de tener presente el último, es por lo que la
Iglesia tiene, en ocasiones, que decir su palabra sobre el bien
común temporal. Para que se dé el bien común
tienen que darse unas condiciones sociales externas: paz social
entre todos los componentes de la sociedad; seguridad en el ejercicio
de los derechos: "El bien común al que la autoridad
sirve en el Estado se realiza sólo cuando todos los ciudadanos
están seguros de sus deberes." (Juan Pablo II, RH, 17)
De ahí que la meta sea la máxima libertad e independencia
para los individuos y asociaciones, aunque siempre sometidas al
mayor bien de la colectividad; y con ello una suficiente producción
de bienes unida a su justa distribución.
Los elementos constitutivos del bien común serán:
1) Un orden económico que facilite la base material;
2) Un orden jurídico que garantice los derechos de los individuos
como personas;
3) Un sistema educativo que permita a todos disfrutar de los bienes
de la cultura y tengan, por una mayor formación, una mayor
responsabilidad;
4) Un orden espiritual y moral que facilite a los hombres su relación
con su fin último, que es Dios.
Su contenido
Se puede afirmar que hoy día todo el contenido del bien
común está en que se reconozcan y garanticen los derechos
fundamentales del hombre. A veces, en nombre del bien común
-que se confunde con el bien de un grupo identificado con el Estado-
se han atropellado derechos fundamentales del hombre. El contenido
del bien común es que se viva el espíritu de la "Declaración
de los derechos del hombre" y no sólo que se acepte
su letra (cfr. RH, 17), pues hay gobiernos, que habiendo suscrito
la citada declaración, atropellan ignominiosamente la dignidad
del hombre.
COLABORACION DE TODOS EN LA VIDA PUBLICA
Colaborar en la vida pública no es tan sólo lo que
hacen los que con una vocación política toman parte
activa en la política de la nación. Colaborar es una
misión de todos los ciudadanos. A la vida pública
contribuyen: la Iglesia, el Estado e instituciones intermedias y
todos los ciudadanos.
- La Iglesia tiene el deber de llevar un acento humano y cristiano
a la civilización de los hombres de hoy, marcando el camino
seguro para reconstruir la convivencia social a la luz de Cristo.
- El Estado debe cooperar: garantizando los derechos de los ciudadanos
y favoreciendo la responsabilidad de cada uno, para lo cual debe
mantenerse dentro de los límites que marca el principio de
subsidiariedad: respetando las iniciativas privadas; favoreciendo
los organismos de convivencia y asociaciones privadas; y vigilando
para que la economía vaya encaminada a favorecer a todos,
pero especialmente a los más necesitados.
- Los ciudadanos deberán renovar su conciencia de responsabilidad
contribuyendo cada uno según sus capacidades. Esto lo harán
cumpliendo cada uno con su trabajo lo más perfectamente posible;
ejerciendo el deber y el derecho a votar en conciencia y libremente
para promover aquellas leyes encaminadas al bien común o
evitar las que atenten al bien de la sociedad.
"A los seglares les corresponde el considerar como obligación
suya el establecimiento del orden temporal; conducidos por la ley
del Evangelio y por la mente de la Iglesia y unidos por la caridad
cristiana, han de actuar directamente y en forma precisa; deben
cooperar como ciudadanos con todos los demás con su competencia
profesional y siempre con su propia responsabilidad; han de buscar
en todas partes y en todo la justicia del Reino de Dios."
(AA, 7)
LA DEMOCRACIA Y SUS IMPLICACIONES MORALES
Muchas son las formas en que las sociedades pueden organizarse
para conseguir el bien común. Juan XXIII, en la encíclica
Pacem in terris, hacía notar que en la época moderna
se pone de manifiesto la tendencia a redactar en forma concisa y
clara los derechos fundamentales del hombre en unos textos jurídicos
llamados constitución.
En la mayoría de las constituciones se acepta como forma
de gobierno la democracia. Este concepto, tal como hoy se entiende,
está fundado en la radical igualdad de todos los hombres.
Para que una democracia funcione hay que tener en cuenta que lo
verdadero no depende nunca de una consulta electoral, sino de la
misma naturaleza de las cosas. De una consulta depende lo que en
un momento se crea conveniente por los consultados. Lo conveniente
es aleatorio, es decir, puede serio hoy y dejar de serio más
tarde.
Por parte de quienes se presentan a la elección hay que
notar que deben actuar con sinceridad, exponiendo la verdad de lo
que piensan hacer y limitando su actuación a aquello para
lo que fueron elegidos.
Los consultados deben emitir su voto con una conciencia bien formada
sobre la decisión que deben tomar y de la que luego serán
responsables. Para formar bien la conciencia deberán tener
siempre presente que todo el ordenamiento jurídico que va
a regir la vida de la comunidad debe estar sometido al orden moral.
Todos los ciudadanos tienen el deber y el derecho a participar
activamente en la vida pública. Esto lo harán según
los modos marcados por la autoridad, y esta participación
puede obligar en conciencia para conseguir el bien común.
Por otra parte, el diálogo constante entre los gobernados
y los gobernantes impide que el poder se aísle de los problemas
reales y que se renueve y rejuvenezca continuamente la autoridad
(cfr. PT, 73-74)
LA IGLESIA Y LA COMUNIDAD POLITICA
La Iglesia es la defensora de todos los valores genuinos del hombre.
Ha sido siempre la defensora del hombre, al que ha dado siempre
un valor transcendente, recordando con ello el deber que tiene todo
hombre por su propia naturaleza creada, de dar a Dios la adoración
que sólo El se merece. Ha defendido la primacía social
del hombre frente al individualismo liberal y ha sido la que ha
salvado el verdadero valor de la persona humana, defendiendo la
justa y digna libertad del hombre frente a los totalitarismos degradantes.
La Iglesia sólo ha condenado aquellos regímenes políticos
en que el hombre no es tratado como tal y ella, con su experiencia
milenaria pero sobre todo por la ayuda del Espíritu Santo,
tiene el conocimiento suficiente para detectar cuando se atropella
la dignidad del hombre y se perjudica, por lo tanto, la convivencia
humana. La Iglesia convive y coopera en todos los demás regímenes
políticos, para bien de todos los ciudadanos, que lo son
de la ciudad terrena y de la celeste.
EL CRISTIANO EN LA POLITICA: ESPIRITU DE SERVICIO
El cristiano que debe seguir a Cristo, aprende del divino Maestro
que "no vino a ser servido sino a servir" (Mt. 20, 28),
y ve en toda su vida un acto de servicio a los demás.
Sirve a los demás desde cualquier puesto que ocupe en la
sociedad, tanto si es llamado a ejercer la autoridad, como en los
puestos más humildes de aquélla. En un mundo en que
la ambición de poder para medrar personalmente es la regla
por la que se mueven muchos hombres, el cristiano tiene que dar
ejemplo de servicio, y en un mundo de ambiciones personalistas,
dar ejemplo de abnegación y ayuda a los demás. El
amor al prójimo tiene que llevarle a ayudar a los demás,
sin egoísmos ambiciosos, ni cómodas inhibiciones.
Por otra parte, el cristiano debe sentirse responsable de los derechos
de Dios y de la Iglesia y defenderlos, ya que esta tarea no es exclusiva
de los obispos y sacerdotes.
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VOCABULARIO
Política: Es
el arte de gobernar a los pueblos y conservar el orden
y las buenas costumbres para alcanzar el bien común.
Derechos humanos: Son
aquellos derechos que nacen de la misma naturaleza del
hombre, de su ser personal, y que, por eso, son universales,
inviolables e inalienables. (Cfr. PT, n. g.)
Estado: Es la sociedad
completa y perfecta, compuesta por grupos intermedios,
ordenada a la realización del bien común
de los individuos.
Nación: Unidad
moral que resulta de una unidad de raza, lengua, cultura
y tradiciones, y que tiene la voluntad efectiva de convivir.
Comunidad autonómica:
Es el territorio cuyos habitantes se rigen por leyes
propias, aunque sometidos en ciertos asuntos a las decisiones
del gobierno central.
Régimen político:
Es el modo como, a través de las leyes propias,
se gobierna un pueblo.
Ordenamiento jurídico:
Es el conjunto de todas las leyes que tienen vigencia
en una sociedad y por las cuales se rige.
Constitución:
Ley fundamental por la que se gobierna un estado y garantiza
así el cumplimiento de los derechos y deberes
de todos los ciudadanos.
Democracia: Es el sistema
de gobierno en el que el pueblo elige a sus propios
gobernantes.
Compromiso cristiano:
Acción en la cual los discípulos de Cristo,
movidos por su Espíritu y llenos de amor cristiano,
se ponen al servicio de sus hermanos, de todos los hombres
para construir un mundo de paz y justicia, donde se
viven las bienaventuranzas. Así contribuyen a
la plenitud del Reino de Dios. (Cve, p. 625.)
Paz: Es la concordia
y buena correspondencia de unos con otros. la paz es
el don más grande que tienen los pueblos.
Guerra: Lucha armada
entre dos países, o grupos de países,
para intentar solucionar sus mutuos problemas. La guerra,
por sus terribles secuelas, debe ser siempre evitada.
Terrorismo: Forma moderna
de guerra por la que por la sucesión de actos
de violencia para infundir miedo en la sociedad, se
busca derrocar un régimen político o imponer
una determinada postura social. Nunca se debe recurrir
a la violencia para solucionar problemas.
Colonización:
Es la acción que un pueblo organizado ejerce
sobre otro subdesarrollado, ya ocupando su territorio,
o bien tomando a su cargo la administración del
país. Puede haber colonizaciones solapadas en
las que un país pierde su independencia, no de
derecho, pero sí de hecho.
Crecimiento demográfico:
Se llama así al incremento de la población
de un país, bien por un aumento de natalidad,
o bien por un aumento de la inmigración.
Emigración: Es
el abandono del propio país para irse a establecer
en otro, bien temporal, bien definitivamente. Es un
derecho natural del hombre que debe ser tutelado.
Sociedad de Naciones:
Organismo internacional creado por la paz de Versalles
(1919) que se proponía asegurar la paz y la justicia
entre las naciones miembros de la organización.
Organización de las
Naciones Unidas: Organismo internacional creado
el 26 de junio de 1945 por las cincuenta naciones firmantes
de la Carta de S. Francisco. Consta de diversos organismos.
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Honestidad en la vida política
Sí, en definitiva, la mejor respuesta a la violencia política
es siempre y en todas partes un tipo de sociedad donde las leyes
son justas, donde el Gobierno hace el máximo esfuerzo para
satisfacer las legítimas necesidades de la población
y donde los ciudadanos pueden, en seguridad y en paz, vivir juntos
y construir su propio futuro y el de sus compatriotas.
Una sociedad así requiere con toda certeza una enorme honestidad
a todos los niveles, como ya he mencionado.
Por parte de los dirigentes, lo primero. Pues, sin esta probidad
de carácter en los líderes políticos, todo
acto de gobierno enseguida se hace sospechoso y deteriora la atmósfera
social. No hay necesidad de insistir: esta honradez, esta lealtad,
este desprendimiento se refieren no sólo a los Gobiernos,
sino también a los parlamentarios, a los funcionarios de
las diversas instituciones, y también en particular, a las
personas comprometidas de un modo u otro en el campo de la información.
Los ciudadanos tienen derecho, en efecto, a la honradez de sus responsables;
tienen derecho a la verdad, a una verdad libre de alteración
y de manipulación. Las mentiras, las insinuaciones tendenciosas,
las afirmaciones erróneas desgarran la sociedad y preparan
el terreno, a corto o largo plazo, para la acción absolutamente
absurda de los terroristas.
Esta obra capital y permanente de saneamiento y funcionabilidad
de las esferas dirigentes de toda nación al servicio del
pueblo, a pesar de las incomprensiones, las críticas o las
violencias injustificadas, lleva consigo grandes exigencias de tenacidad
y sangre fría, que son admirables y podrían incluso
desanimar a aquellos que consagran generosamente a esta tarea sus
talentos y su vida. Lo sabemos, la palabra "desánimo"
no es digna del hombre, y aún menos del cristiano. En los
días que siguieron al suceso del 13 de mayo y en el transcurso
de mi larga convalecencia, medité mucho sobra el misterio
del mal, de su expansión tan contagiosa a veces, pero también
-y me ayudaron a ello el número incalculable de testimonios
de simpatía que recibí- sobre el misterio más
asombroso aún de la solidaridad de los hombres en el bien,
en la construcción y reconstrucción de una sociedad
y de una civilización fundada sobre el amor y el compartir.
Y me venía a la memoria la frase tan repetida del Apóstol
Pablo: "No te dejes vencer del mal, antes vence el mal con
el bien" (Rom. 12, 21)
(Juan Pablo II, alocución a la unión
mundial demócrata-cristiana, 18-11-82)
Actuación política del cristiano
Los cristianos deben tener conciencia de la vocación particular
y propia que tienen en la comunidad política; en virtud de
esta vocación están obligados a dar ejemplo de sentido
de responsabilidad y de servicio al bien común; así
demostrarán también con los hechos cómo pueden
armonizarse la autoridad y la libertad, la iniciativa personal y
la necesaria solidaridad del cuerpo social, las ventajas de la unidad
combinada con la provechosa diversidad. El cristiano debe reconocer
la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes
y debe respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente
su manera de ver. Los partidos políticos deben promover todo
lo que a su juicio exige el bien común; nunca, sin embargo,
está permitido anteponer intereses propios al bien común.
Hay que prestar gran atención a la educación cívica
y política, que hoy día es particularmente necesaria
para el pueblo, y sobre todo para la juventud, a fin de que todos
los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la
comunidad política. Quienes son, pueden llegar a ser capaces
de ejercer ese arte tan difícil y tan noble que es la política,
prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del
propio interés y de toda ganancia vena¡. Luchen con
integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión,
contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un
solo partido político; conságrense con sinceridad
y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política,
al servicio de todos.
(GS, 75)
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