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  01. LOS PRIMEROS CUARENTA AÑOS DE LA IGLESIA
 
  02. LA IGLESIA EN EL MUNDO ANTIGUO
   
  03. LA IGLESIA EN EL MUNDO MEDIEVAL
   
  04. LA IGLESIA EN EL MUNDO MODERNO
   
  05. LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
   
  06. LA IGLESIA Y LA TRANSMISION DE LA FE
   
  07. LA FIESTA CRISTIANA, EXPRESION CELEBRATIVA DE LA FE
   
  08. LOS SACRAMENTOS, SIGNOS VISIBLES DE LA ACCION DE CRISTO EN LA IGLESIA
   
  09. LA IGLESIA Y LA VIDA DE LOS CRISTIANOS
   
  10. EL AMOR, EJE FUNDAMENTAL DE LA EXISTENCIA CRISTIANA
   
  11. LA EUCARISTIA: CELEBRACION DEL AMOR DE CRISTO
   
  12. LA AMISTAD
   
  13. EL PERDON Y LA COMPASION
   
  14. EL MATRIMONIO
   
  15. LA FAMILIA
   
  16. EL CELIBATO APOSTOLICO, AMAR CON TODO EL CORAZON
   
  17. LINEAS FUNDAMENTALES DE LA MORAL DE CONVIVENCIA
   
  18. ESTRUCTURAS PARA LA CONVIVENCIA
   
  19. MORAL DE LA PRODUCCION, DISTRIBUCION Y USO DE LOS BIENES
   
  20. MORAL DE LAS RELACIONES LABORALES
   
  21. MORAL DE LAS RELACIONES POLITICAS
   
  22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ
   
   
   

 

 

22. LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS Y LA CONSTRUCCION DE LA PAZ

La situación en el siglo XX
Naturaleza de la paz
Don de Dios
Obra de la justicia: Derechos humanos
La paz, fruto de la justicia y el amor
La paz de Cristo
La comunidad internacional: el bien común mundial
En el orden económico
En el orden cultural
En el orden social: el crecimiento demográfico
Las discordias entre los pueblos
Sus causas
La guerra
El cristiano, sembrador de paz

 

 

 

 

LA SITUACION EN EL SIGLO XX

Nunca como en los tiempos modernos, seguramente, se ha repetido tanto la palabra paz, Sin embargo, en lo que va de siglo ha habido muchas guerras: la primera guerra mundial, la civil en Rusia, la de Abisinia, la civil de España, la segunda mundial, la de Indochina, la de Argelia, la de Corea, la de Vietnam, la de Biafra, las árabe-judías, las de la América Central, Líbano, las que han dado lugar a las independencias de muchos pueblos que no las habían conseguido con medios pacíficos y todo ello sin contar esa guerra doméstica en casi todas las naciones, que es el terrorismo, etc. Todo esto ha producido en el mundo, en este tiempo, muchísimos muertos y cuantiosísimas pérdidas materiales.

Por otro lado, ha habido grandes esfuerzos entre los hombres para organizar la sociedad de modo que se hiciera posible una paz duradera. Así nació, después de la primera guerra mundial, la Sociedad de Naciones y, después de la segunda, la Organización de las Naciones Unidas. Se firmó por casi todos los países la "Declaración de los derechos del hombre", y un sinfín de políticos y todos los Romanos Pontífices en numerosas alocuciones han pedido incesantemente por la paz. Y, sin embargo, no hay paz. Esta es la realidad.


NATURALEZA DE LA PAZ

"Reemplacemos la violencia y el odio por la confianza y el aprecio", dijo Juan Pablo II en Hiroshima.

El problema de la paz no es un problema técnico, y mucho menos una consecuencia del temor a una loca carrera de armamentos: El "si vis pacem, para bellum" (si quieres la paz, prepara la guerra) será siempre un error. El problema de la paz es, en realidad, un problema de orden moral. La paz no está en la sola prosperidad material, sino en el desarrollo del perfeccionamiento moral de los individuos y de los pueblos.

"La paz es el resultado de muchas actitudes y realidades convergentes; es el resultado de preocupaciones morales, de principios éticos, basados en el mensaje del Evangelio y corroborados por él."

(Juan Pablo II, Homilía en Drogheda, 29-9-79)


Don de Dios

"La paz es don incomparable de Dios" (Juan XXIII, Rm. del 23-XII-79), y son innumerables las citas de la Sagrada Escritura en que se habla de "la paz de Dios", "el Dios de la paz", etc. La paz no la pueden encontrar los hombres, por tanto, sino cuando su esfuerzo vaya en las líneas generales del orden fijado por Dios. Sin Dios, la paz carece de fundamento sólido, por eso es un error de principio confiar la paz al materialismo moderno, que corrompe al hombre y lo aparta de Dios. Sólo la vuelta a Dios y el reconocimiento de sus derechos, hará que la paz vuelva a los hombres: "la paz de Díos que sobrepuja todo conocimiento. (Fip. 4, 7)

"La paz es obra nuestra: exige nuestra acción decidida y solidaria. Pero es inseparablemente y por encima de todo un don de Dios. Los cristianos deben estar en primera fila entre aquellos que oran diariamente por la paz, deben además educar para orar por la paz. Ellos procurarán orar con María, Reina de la paz"

(Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 8-XII-78)


Obra de la justicia: derechos humanos


"La paz no es la mera ausencia de guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótico, sino que con toda exactitud y propiedad se llama "obra de la justicia" (Ps., 32, 7), por eso, la paz no es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer."
(GS, 78)


La paz impone, por tanto, la primacía del derecho del hombre y, mientras no se respeten estos derechos -y se están violando una y otra vez-, no podrá haber paz entre los hombres. Si justicia es dar a cada uno lo suyo, cuando todos tengan lo que les pertenece, habrá verdadera paz. Pero mientras las injusticias -cuando alguien no tenga lo que le corresponde como hombre- existan entre los pueblos, éstos buscarán reivindicar sus derechos y, si les son negados, se producirán fácilmente situaciones violentas.

La violación de los derechos humanos origina siempre rebeldía. Esto se da de modo más manifiesto cuando se trata del derecho de libertad de conciencia y libertad religiosa, porque los hombres, por defender su fe, están dispuestos incluso a dar su vida.

La paz lleva consigo el establecimiento de un nuevo orden en todos los niveles y ámbitos de las relaciones humanas: la disponibilidad para crear mayor y más justa solidaridad entre los pueblos es la primera condición de la paz. la paz exige el reconocimiento de la ley natural, de la que derivan las normas del ser y del obrar.

"Vosotros sabéis muy bien que todas las sociedades, nacionales o internacionales, serán juzgadas en este campo de la paz por la aportación que hayan dado al desarrollo del hombre y al respeto a sus derechos fundamentales"

(Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo diplomático, México)

La paz, fruto de la justicia y el amor

Servir a la paz es apresurar el día en que todos los pueblos, sin excepción, dejadas a un lado las rivalidades y las contiendas, se unirán en un abrazo fraternal. Pero esto no se logra con la sola justicia, aunque sea absolutamente necesaria, pues ésta no puede -aunque remueva las causas del mal- unir los corazones y las almas. Solamente esta unión de almas y corazones puede hacer que todos los hombres se sientan miembros de la gran familia humana, sintiendo los unos como propias las necesidades y alegrías de los demás.

La paz de Cristo

"La paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo" (Col. 3, 15) El propio Cristo habla de ella "mi paz os doy, no como el mundo la da os la doy yo" (Jn. 14, 27)

"Jesucristo no nos da simplemente la paz. Nos da su paz acompañada de su justicia. El es paz y justicia. Se hace nuestra paz y nuestra justicia. "¿Qué significa esto? Significa que Jesucristo -el Hijo de Dios hecho hombre, el hombre perfecto- perfecciona, restaura y manifiesta en sí mismo la insuperable dignidad que Dios desea dar al hombre desde el principio. El es el único que realiza en sí lo que el hombre debe ser por vocación: el único que está plenamente reconciliado con el Padre, plenamente uno en sí mismo, plenamente entregado a los demás. Jesucristo es la paz viviente y la justicia viviente. ,,Jesucristo nos hace partícipes de lo que El es. Por su Encarnación, el Hijo de Dios se unió en cierta manera con cada ser humano. En lo más profundo de nuestro ser nos ha vuelto a crear; en lo más íntimo nos ha reconciliado con Dios, nos ha reconciliado con nosotros mismos, nos ha reconciliado con nuestros hermanos y hermanas. El es nuestra paz"

(Juan Pablo II, Homilía en el Yankee Stadium, 2-X-79)

En consecuencia para que tenga paz la humanidad debe retornar a Jesucristo y así la paz se hace cristiana. La paz es fruto de la Redención en la que Cristo nos ha liberado trayendo la paz a los hombres, paz que la Iglesia continúa comunicando. Así se irá dando "la paz de Cristo en el Reino de Cristo".


LA COMUNIDAD INTERNACIONAL: EL BIEN COMUN MUNDIAL

La sociedad política -el Estado- es una sociedad completa y perfecta, y, por tanto, soberana. El conjunto de la humanidad, en cambio, no puede ser considerada como sociedad porque no está sometida a una única autoridad política. No obstante, dé esto no se sigue el que esté prohibido aspirar a una organización internacional de Estados que, sin renunciar a su soberanía ni tratar de hacer de la humanidad una sociedad política perfecta, asegure al género humano esa unión que piden, no sólo la fraternidad humana, sino también las mutuas exigencias de una solidaridad cada vez más estrecha de todas las naciones de la tierra.

Así como las comunidades políticas de cada pueblo se caracterizaban por la búsqueda del bien común de sus respectivos súbditos, la búsqueda del bien común mundial será la razón de ser de la comunidad internacional. Este bien común mundial es un postulado natural y afecta a toda la familia humana y está ligado al bien común de cada pueblo "porque el bien común de la propia nación no puede ciertamente separarse del bien propio de toda la familia humana" (PT, 98)

Este bien común mundial exige un orden que garantice la convivencia. Este orden no puede ser puramente material, sino que exige un orden moral que ha de tener en Dios su fundamento, pues si se prescinde de El las leyes morales pierden toda su fuerza y los mismos medios, que servirían para elevar el nivel de la humanidad, pueden convertirse, al margen de la moral, en agentes destructores de la misma humanidad.

Esta cooperación internacional debe darse en tres órdenes principalmente: en el económico, en el cultural y en el social.

En el orden económico

El problema del nivel económico tiene importancia transcendental, porque sin un equilibrio económico entre los pueblos es imposible una paz estable. Desgraciadamente, todavía hoy se observa que hay pueblos que viven en la abundancia y despilfarran y otros que viven en la miseria más absoluta.

Para solventar este problema se puede hacer prestando ayudas de urgencia con las que los pueblos que abundan, acudan en ayuda de los que en un momento, por catástrofes, malas cosechas, etc., pasen necesidad. Esto lo exige la justicia y el sentimiento de humanidad.

Pero las ayudas de urgencia son insuficientes. Hay que acudir a la raíz del problema eliminando las causas de la indigencia. Se debe promover un verdadero desarrollo económico con inversiones de capital por parte de los países ricos, que puedan elevar el rendimiento de sus recursos económicos, pero sin que esto suponga un nuevo colonialismo económico que lleve a estos pueblos pobres a perder su independencia económica.

A esto debe ayudar la equidad en las relaciones comerciales, de manera que no ocurra que los pueblos ricos se hagan cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres (cfr. PP, 56-57)

Estas ayudas deben ser proporcionadas por sociedades particulares que lleven sus iniciativas, por organismos locales y estatales y por los organismos internacionales, que deben promover y encauzar estas ayudas a los pueblos necesitados.

En el orden cultural

Teniendo en cuenta que la cultura es lo que verdaderamente actúa como motor en el desarrollo de los pueblos, se debe fomentar -dentro de una verdadera cooperación internacional- la elevación cultura¡ de los pueblos más atrasados. "Porque el hambre de cultura no es menos deprimente que el hambre de alimentos" (PP, 35)

Para ello debe fomentarse que, al principio, acudan los ciudadanos más capacitados de estos países menos desarrollados a universidades donde adquieran la preparación suficiente para luego promover, en sus países de origen, escuelas elementales y medias y nuevas universidades. Es muy importante que se promuevan las condiciones sanitarias e higiénicas para desarraigar enfermedades endémicas que tienen su origen, a veces, en una cultura muy primitiva y rudimentaria o, sencillamente, en falta de cultura.

Para lograr esto, junto con el capital necesario para el desarrollo, se deben enviar técnicos y especialistas que enseñen con generosidad y formen sin egoísmos a los nativos que así, al cabo de un tiempo, podrán sustituirlos.

En el orden social: crecimiento demográfico

Dios dio la tierra al hombre para uso de todos y ha puesto en el mundo bienes suficientes para todos. Sin embargo, se dan desequilibrios en la repartición de la tierra y la población que sostiene, pues mientras hay zonas muy pobladas con pocas tierras que cultivar, hay, por el contrario, vastas extensiones en otras zonas del mundo que, o no están cultivadas, o lo están insuficientemente.

Se plantea, por este motivo, en algunos países el problema demográfico. No se trata de reducir la población y gastar para ello ingentes sumas de dinero en planificación familiar, sino en emplear ese dinero, y más si hace falta, en proporcionar a todos lo necesario. No se trata, en frase de Pablo VI, de no invitar a la mesa de la humanidad a nuevos comensales, sino en buscar alimentos para todos donde los haya. Se trata de traer más alimentos a la mesa.

El recurso a métodos anticonceptivos es gravemente inmoral, y más cuando los realizan organismos internacionales como una condición para ayudar económicamente.

Una forma de solucionar en parte el problema es fomentar una equitativa libertad de emigración e inmigración, que promueva el desarrollo de otras zonas despobladas y poco desarrolladas. Es, por tanto, justo que se respete el derecho a la emigración, pues todos los hombres son libres para buscar su alimento y el de su familia donde quiera que lo haya; es, por tanto, una exigencia natural del hombre. Sería injusto que países donde existen recursos sin explotar cierren sus puertas a hombres que pueden ponerlos en explotación, aumentando de este modo, al mismo tiempo, la riqueza del país que los acoge: "De esta suerte, las naciones que dan y los Estados que reciben, contribuirán a la par al incremento del bienestar humano y al progreso de la cultura humana"

(Pío XII, Rm. 1-6-41)


LAS DISCORDIAS ENTRE PUEBLOS

Sus causas

Siempre en la historia de la humanidad se han dado discordias entre los pueblos como consecuencia de distintos intereses. Múltiples son las causas de estas desavenencias. Entre ellas cabrían destacar:

a) Como causa más amplia y general estará el que cuando por afán de poder o poseer se conculquen las libertades de los pueblos y los derechos humanos.

b) Los nacionalismos exacerbados que aíslan a los pueblos y les llevan despreciar a los demás.

c) El racismo, cuando no da el trato conveniente a las minorías étnicas y pretende determinar la superioridad de una raza que domine.

d) Las diferencias económicas entre unos y otros, que engendran la envidia y la subversión.

En el fondo de todas las discordias está siempre el pecado de los hombres. Para solucionar estos conflictos debe darse siempre el diálogo abierto entre los que se sienten ofendidos y los presuntos ofensores. Este diálogo debe ser abierto a la rectificación, de lo contrario no tendría ningún efecto.

Un diálogo donde la generosidad de unos venga a cubrir las necesidades de otros. Para dilucidar estas cuestiones se creó, en 1945, la Organización de las Naciones Unidas, donde, en presencia de todos sus miembros, se discuten los problemas que afectan a determinados pueblos. El inconveniente que tiene es que, al no haber una autoridad universal con fuerza coactiva, no se pueden imponer las decisiones, sobre todo a los más fuertes.

La guerra

La última fase del diálogo entre los pueblos en discordia es la guerra, que es el conjunto de actos de violencia realizados por un Estado contra otro, o de un grupo de pueblos contra otro grupo.

La doctrina católica sobre la guerra ha tenido varias etapas, y no porque hayan cambiado los principios morales que las sostenían, los cuales no pueden cambiar por estar fundados en el quinto mandamiento: "No matarás", sino porque ha cambiado la naturaleza y el modo de hacerse la guerra.

Siempre la Iglesia ha considerado como ¡lícita la guerra ofensiva o de agresión y la licitud de la defensiva, ya que el grupo injustamente atacado tiene el deber -y no sólo el derecho- de defenderse, especialmente si se trata de valores importantes.

El Concilio Vaticano li, en la Constitución Gaudium et spes, después de afirmar en el número 79 la licitud de la guerra defensiva, añade a continuación una restricción que reduce la licitud de la guerra defensiva a aquellas de ámbito geográfico muy reducido y con armamentos de los llamados convencionales. Los males de una guerra con las armas modernas serían tan graves, que difícilmente harían que se guardase el principio de la proporcionalidad entre ofensa y defensa.

La guerra moderna debe ser evitada, pues es un procedimiento inmoral para reparar una injusticia internacional. El mejor sistema para evitarla es recurrir al desarme, pero no solamente al de armamentos, sino a la abolición de las armas del odio, de la codicia y del afán inmoderado de prestigio. El desarme, si ha de ser completo, debe llegar en verdad hasta las mismas conciencias (cfr. PT, 113-116)


"Toda acción bélica que, sin discriminación alguna, pretende la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra el mismo hombre, que se debe condenar con toda firmeza y sin vacilación alguna.(...) Mas para que esto no suceda ya en el futuro, los obispos de toda la tierra, congregados juntos, piden con insistencia a los gobernantes todos (...)consideren tan grande responsabilidad ante Dios y ante la humanidad."

(GS, 80)


EL CRISTIANO, SEMBRADOR DE PAZ

A pesar de la aspiración de los pueblos a la paz, y de las innumerables iniciativas tomadas para conseguirlo, el mundo actual es un semillero de guerras por todas partes, de violencia y de tensiones. Nuestro mundo parece caracterizarse por esas múltiples tensiones y discordias a todos los niveles: en las familias, en los diversos grupos sociales y económicos, en naciones enteras y, finalmente, en el género humano, reducido a dos bloques opuestos y fuertemente armados.

La libertad humana es capaz de engendrar paz, justicia y prosperidad, pero, de hecho, también es el origen de las injusticias, los enfrentamientos y las guerras. Todos los conflictos podrían ser superados si los hombres actuaran con buena voluntad, aunque la solución de los problemas técnicos fuese difícil o casi imposible.

La Iglesia quiere la paz de las almas y su salvación eterna. Pero también quiere la paz terrena y la reconciliación entre los hombres. La Iglesia sabe que la inclinación al mal que existe en todo hombre, procedente del pecado original, se agrava con los pecados personales y ejerce su influjo en las mismas estructuras sociales, que están, en cierto modo, marcadas por el pecado del hombre.

Conociendo las causas, el remedio se presenta más claro. Se trata de remediar el pecado primeramente en el corazón del hombre, y después superar el influjo del pecado en las estructuras sociales. Si se siguiese el camino opuesto no sería posible alcanzar la paz y la reconciliación.

Cuando los hombres -o al menos gran parte de ellos- viven reconciliados con Dios, poseen la paz de Dios en sus almas. En consecuencia, sus actividades son actividades de paz y de justicia. Al extenderse esta actitud a todos los ámbitos del actuar humano, se supera la lógica del enfrentamiento por la lógica de la solidaridad y del diálogo. De esta manera, cuando surjan problemas y conflictos será más fácil la solución porque la actitud es de diálogo, de reconciliación y de búsqueda de soluciones.

El profeta Isaías (9, 6) llama al Mesías "Príncipe de la paz". Los cristianos saben que solamente con Cristo los hombres tendrán paz.

El desarme, problema ético

Desearía añadir una última consideración: la producción y la posesión de armamentos son la consecuencia de una crisis ética que corroe a la sociedad en todas sus dimensiones: política, social y económica. La paz, lo he repetido muchas veces, es el resultado del respeto a los principios éticos. El verdadera desarme, aquel que garantizará la paz entre los pueblos, no se realizará sino con la solución de esta crisis ética. De modo que si los esfuerzos de reducción de los armamentos y el posterior desarme total no van acompañados de forma paralela par un enderezamiento ético, están destinados de antemano al fracaso.

Intentar volver a poner nuestro mundo en su sitio, eliminar de él la confusión de los espíritus engendrada por la mera búsqueda de intereses y de privilegios o por la defensa de pretensiones ideológicas: ésta es la tarea absolutamente prioritaria si se desea llegar a progresar en la lucha por el desarme. Si no, nos quedaremos en falsas apariencias.

Pues la verdadera causa de nuestra inseguridad se encuentra en una crisis profunda de la humanidad. Vale la pena, a través de la sensibilización de las conciencias en lo absurdo de la guerra, crear las condiciones materiales y espirituales que disminuyan las desigualdades clamorosas y que den a todos un mínimo de espacio para la libertad de espíritu.

En un mundo en el que la comunicación es tan rápida como generalizada, no se puede seguir tolerando la existencia simultánea de personas superalimentadas y de desnutridos sin que nazca el resentimiento y sin que éste lleve a la violencia. Por otra parte, el espíritu tiene también sus derechos primordiales e inalienables y es justo que los reclame en los países donde le falta el espacio para vivir serenamente según sus propias convicciones. Yo invito a todos los que combaten por la paz a comprometerse en esta lucha por la eliminación de las verdaderas causas de la inseguridad de los hombres, uno de cuyos efectos es la terrible carrera de armamentos.

Cambiar F-1 sentido de la tendencia actual de la carrera de armamentos lleva consigo, por consiguiente, una lucha paralela en dos frentes: por un lado, una lucha inmediata y urgente de los gobiernos para reducir progresiva y equitativamente los armamentos; por otro, una lucha más paciente, pero no menos necesaria, a nivel de la conciencia de los pueblos para enrolarse en la causa ética de la inseguridad generadora de violencia, es decir, las desigualdades materiales y espirituales de nuestro mundo.

Sin prejuicios de ninguna clase, unamos todas nuestras fuerzas racionales y espirituales de hombres de Estado, de ciudadanos, de responsables religiosos para matar la violencia y el odio y buscar los caminos de la paz.

(Juan Pablo II, mensaje a la II asamblea especial de la O.N.U. para el desarme, 7-VI-82)


Solidaridad sin fronteras

La solidaridad humana debe manifestarse, entonces, para venir en ayuda de las víctimas y de los países que no pueden hacer frente de pronto a tantas urgencias y cuya economía puede quedar arruinada. Es una cuestión de justicia internacional, sobre todo para con los países que con tanta frecuencia se ven afectados por esos siniestros, mientras que otros se encuentran en condiciones geográficas o climáticas que, en comparación, puede decirse que son privilegiadas. Es también una cuestión de caridad para todos aquellos que consideren que todo hombre y toda mujer es un hermano y una hermana cuyos sufrimientos deben ser llevados y compartidos entre todos. La solidaridad, en la justicia y en la caridad, no debe conocer ni fronteras ni límites.

(Juan Pablo II, Homilía en Uagadugu, 10-5-80.)


Las siglas que en los textos se citan son referidas a los documentos del Concilio Vaticano II y a la Biblia de la. B.A.C. 

DOCUMENTO

SIGLA
AD GENTES, Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia AG
APOSTOLICAM ACTUOSITATEM, Decreto sobre el apostolado de los laicos AA
CHRISTUS DOMINUS, Decreto sobre el oficio pastoral de los obispos CHD
DEL VERBUM, Constitución dogmática sobre la divina Revelación DV
DIGNITATIS HUMANAE, Declaración sobre la libertad religiosa DH
GAUDIUM ET SPES, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual GS
GRAVISSIMUM EDUCATIONIS, Declaración sobre la educación cristiana GE
INTER MIRIFICA, Decreto sobre los medios de comunicación social IM
LUMEN GENTIUM, Constitución dogmática sobre la Iglesia LG
NOSTRA AETATE, Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas NA
OPTATAM TOTIUS, Decreto sobre la formación sacerdotal OT
ORIENTALIUM ECCLESIARUM, Decreto sobre las Iglesias orientales Católicas OE
PERFECTAE CARITATIS, Decreto sobre la renovación de la vida religiosa PC
PRESBYTERORUM ORDINIS, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros PO
SACROSANCTUM CONCILIUM, Constitución sobre la Sagrada liturgia SC
UNITATIS REDINTEGRATIO, Decreto sobre el ecumenismo UR
LEON XIII  
Rerum novarum RN
Diuturnum illud DI
Immortale Del ID
PIO XI  
Divini illius Magistri DIM
Quadragesimo anno OA
Divini Redemptoris DR
Casti connubii CC
PIO XII  
Summi pontificatus SP
Sacra virginitas SV
JUAN XXIII  
Pacem in terris PT
Mater et Magistra MM
PABLO VI  
Ecclesiam suam ES
Populorum progressio PP
Octogesima adveniens OA
JUAN PABLO II  
Redemptor hominis RH
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