perdón; mas como estaba medio dormido, y ha llamado
usted tan quedo a la puerta de mi habitación, apenas si estaba seguro
de haberlo oído".
Y, entonces, abrí la puerta de par en par, y ¿qué es lo que vi? ¡Las
tinieblas y nada más!
Escudriñando con atención estas tinieblas, durante mucho tiempo quedé
lleno de asombro, de temor, de duda, Soñando con lo que ningún mortal
se ha atrevido a soñar; pero el silencio no fue turbado y la movilidad
no dio ningún signo;lo único que pudo escucharse fue un nombre
murmurado: "¡Leonora!". Era yo el que lo murmuraba y, a su vez,
el eco repitió este nombre: "¡Leonora!". Eso y nada más. Vuelvo a mi
habitación, y sintiendo toda mi alma abrasada, no tardé en oír de nuevo
un golpe, un poco más fuerte que el primero.
"Seguramente - me dije -, hay algo en las persianas de la ventana;
veamos qué es y exploremos este misterio: es el viento, y nada más".
Entonces empujé la persiana y, con un tumultuoso batir de alas, entró
majestuoso un cuervo digno de las pasadas épocas.
El animal no efectuó la menor reverencia, no se paró, no vaciló un
minuto; pero con el aire de un Lord o de una Lady,
se colocó por encima de la puerta de mi habitación; posándose sobre un
busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi alcoba;
se posó, se instaló y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano, por la gravedad de su
continente, y por la severidad de su fisonomía, indujo a mi triste
imaginación
a sonreír; "Aunque tu cabeza - le dije - no tenga plumero, ni cimera,
seguramente no eres un cobarde, lúgubre y viejo cuervo,
viajero salido de las riberas de la noche. ¡Dime cuál es tu nombre
señorial en las riberas de la Noche plutónica!".
El cuervo exclamó: "¡Nunca más!".
Quedé asombrado que ave tan poco amable entendiera
tan fácilmente mi lenguaje, aunque su respuesta no tuviese gran sentido
ni me fuera de gran ayuda, porque debemos convenir en que nunca fue
dado a un hombre ver a un ave por encima de la puerta
de su habitación, un ave o un animal sobre una estatua colocada a la
puerta de la alcoba, y llamándose: ¡Nunca más!
Pero el cuervo, solitariamente posado sobre el plácido busto, no
pronunciaba más que esas palabras, como si en ellas difundiese
su alma entera. No pronunciaba nada más, no movía una pluma, hasta que
comencé a murmurar débilmente: "Otros amigos ya han volado
lejos de mí; hacia la mañana, también él me abandonará como mis
antiguas esperanzas". El pájaro dijo entonces: "¡Nunca más!".
Estremeciéndome al rumor de esta respuesta lanzada con tanta
oportunidad, exclamé: "Sin duda lo que ha dicho constituye todo su
saber,
que aprendió en casa de algún infortunado, a quien la fatalidad ha
perseguido ardientemente, sin darle respiro, hasta que sus canciones no
tuviesen más que un solo estribillo, hasta que el De Profundis de su
esperanza hubiese adoptado este melancólico estribillo:
¡Nunca, nunca, nunca más!".
Pero como el cuervo indujera a mi alma triste a
sonreír de nuevo, acerqué un asiento de mullidos cojines frente al ave,
el busto
y la puerta; entonces, arrellanándome sobre el terciopelo, quise
encadenar las ideas buscando lo que auguraba el pájaro de los
antiguos tiempos, lo que este triste, feo, siniestro, flaco y agorero
pájaro de los antiguos tiempos quería hacerme comprender al repetir sus
¡Nunca más!
De esta manera, soñando, haciendo conjeturas, pero
sin dirigir una nueva sílaba al pájaro, cuyos ardientes ojos me
quemaban ahora hasta
el fondo del corazón, trataba de adivinar eso y más todavía, mientras
mi cabeza reposaba sobre el terciopelo violeta que su cabeza, la de
ella,
no oprimirá ya, ¡ay, nunca más!
Entonces me pareció que el aire se espesaba,
perfumado por invisible incensario balanceado por serafines, cuyos
pasos rozaban la alfombra
de la habitación. "¡Infortunado! - exclamé -, tu dios te ha enviado por
sus ángeles una tregua y un respiro, para que olvides tus tristes
recuerdos de Leonora, ¡Bebe! ¡Oh!, bebe esa deliciosa bebida para que
olvides tus tristes recuerdos de Leonora.
¡Bebe y olvida a la Leonora perdida!". Y el cuervo dijo: "¡Nunca más!".
"¡Profeta! - dije -, ¡ser de desdicha! ¡Pájaro o
demonio, pero al fin profeta! Que hayas sido enviado por el tentador, o
que la tempestad
te haya hecho simplemente caer, naufragar, pero aún intrépido, sobre
esta tierra desierta, en esta habitación que ha sido visitada
por el Horror, dime, te lo suplico, ¿existe un bálsamo para mi terrible
dolor? ¿Existe el bálsamo de Judea? ¡Di, di, te lo suplico!".
Y el cuervo dijo: "¡Nunca más!".
"¡Profeta! - dije -, ¡ser de desdicha! ¡Pájaro o
demonio, pero al fin profeta! Por el cielo que se extiende sobre
nuestras cabezas,
por ese Dios que ambos adoramos, di a esta alma llena de dolor si en el
lejano paraíso podrá abrazar a una santa joven,
a quien los ángeles llaman Leonora. Abrazar a una preciosa y radiante
joven a quien los ángeles llaman Leonora".
El cuervo dijo: "¡Nunca más!".
"¡Que esta palabra sea la señal de nuestra separación
pájaro o demonio! - grité irguiéndome -. Vuelve a la tempestad,
a las riberas de la Noche plutónica; no dejes aquí una sola pluma negra
como recuerdo de la falsedad que tu alma
ha proferido. Deja mi soledad inviolada. Abandona ese busto colocado
encima de la puerta. Retira tu pico de mi
corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta". El cuervo dijo:
"¡Nunca más!".
Y el cuervo, inmutable, continúa instalado allí,
sobre el pálido busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi
habitación,
y sus ojos se parecen a los ojos de un demonio que sueña; y la luz de
la lámpara, cayendo sobre él, proyecta su sombra en el suelo;
y mi alma, fuera del círculo de esta sombra que yace flotante sobre el
suelo, no podrá volver a elevarse.
¡Nunca más!

La llave de plata
de H.P. Lovecraft
Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años,
perdió la llave de la puerta de los sueños. Anteriormente había
compaginado la insulsez de la vida cotidiana con excursiones nocturnas
a extrañas y antiguas ciudades situadas más allá del espacio, y a
hermosas e increíbles regiones de unas tierras a las que se llega
cruzando mares etéreos. Pero al alcanzar la edad madura sintió que iba
perdiendo poco a poco esta capacidad de evasión, hasta que finalmente
le desapareció por completo. Ya no pudieron hacerse a la mar sus
galeras para remontar el río Oukranos, hasta más allá de las doradas
agujas de campanario de Thran, ni vagar sus caravanas de elefantes a
través de las fragantes selvas de Kled, donde duermen bajo la luna,
hermosos e inalterables, unos palacios de veteadas columnas de marfil.
Había leído mucho acerca de cosas reales, y había hablado con demasiada
gente. Los filósofos, con su mejor intención, le habían enseñado a
mirar las cosas en sus mutuas relaciones lógicas, y a analizar los
procesos que originaban sus pensamientos y sus desvaríos. Había
desaparecido el encanto, y había olvidado que toda la vida no es más
que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se
dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales y las
engendradas por sueños que sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún
motivo para considerar las unas por encima de las otras. La costumbre
le había atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo
que es tangible y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que
sus ingenuas figuraciones eran insulsas y pueriles, y más absurdas aún,
puesto que los soñadores se empeñan en considerarlas llenas de sentido
e intención, mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de
la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse
ni interesarse por la existencia ni por las súplicas de unos espíritus
fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la
oscuridad.
Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían
explicado el funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo
desaparecido del mundo. Cuando se lamentó y sintió deseos imperiosos de
huir a las regiones crepusculares donde la magia moldeaba hasta los más
pequeños detalles de la vida, y convertía sus meras asociaciones
mentales en paisaje de asombrosa e inextinguible delicia, le encauzaron
en cambio hacia los últimos prodigios de la ciencia, invitándole a
descubrir lo maravilloso en los vórtices del átomo y el misterio en las
dimensiones del cielo. Y cuando hubo fracasado, y no encontró lo que
buscaba en un terreno donde todo era conocido y susceptible de medida
según leyes concretas, le dijeron que le faltaba imaginación y que no
estaba maduro todavía, ya que prefería la ilusión de los sueños al
mundo de nuestra creación física.
De este modo, Carter había intentado hacer lo que los demás,
esforzándose por convencerse de que los sucesos y las emociones de la
vida ordinaria eran más importantes que las fantasías de los espíritus
más exquisitos y delicados. Admitió, cuando se lo dijeron, que el dolor
animal de un cerdo apaleado, o de un labrador dispéptico de la vida
real, es más importante que la incomparable belleza de Narath, la
ciudad de las cien puertas labradas, con sus cúpulas de calcedonia, que
él recordaba confusamente de sus sueños; y bajo la dirección de tan
sabios caballeros fomentó laboriosamente su sentido de la compasión y
de la tragedia.
De cuando en cuando, no obstante, le resultaba inevitable considerar
cuán triviales, veleidosas y carentes de sentido eran todas las
aspiraciones humanas, y cuán contradictoriamente contrastaban los
impulsos de nuestra vida real con los pomposos ideales que aquellos
dignos señores proclamaban defender. Otras veces miraba con ironía los
principios con los cuales le habían enseñado a combatir la
extravagancia y artificiosidad de los sueños; porque él veía que la
vida diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y
artificiosa, y muchísimo menos valiosa a este respecto, debido a su
escasa belleza y a su estúpida obstinación en no querer admitir su
propia falta de razones y propósitos. De este modo, se fue convirtiendo
en una especie de amargo humorista, sin darse cuenta de que incluso el
humor carece de sentido en un universo estúpido y privado de cualquier
tipo de autenticidad.
En los primeros días de esta servidumbre, se refugió en la fe mansa y
santurrona que sus padres le habían inculcado con ingenua confianza, ya
que le pareció que de ella nacían místicos senderos que le ofrecían
alguna posibilidad de evadirse de esta vida. Sólo una observación más
cuidadosa le hizo comprender la falta de fantasía y de belleza, la
rancia y prosaica vulgaridad, la gravedad de lechuza y las grotescas
pretensiones de inquebrantable fe que reinaban de manera aplastante y
opresiva entre la mayor parte de quienes la profesaban; o le hizo
sentir plenamente la torpeza con que trataban de mantenerla viva, como
si aún fuera el intento de una raza primordial por combatir los
terrores de lo desconocido. A Carter le aburría la solemnidad con que
la gente trataba de interpretar la realidad terrenal a partir de viejos
mitos, que a cada paso eran refutados por su propia ciencia
jactanciosa. Y esta seriedad inoportuna y fuera de lugar mató el
interés que podía haber sentido por las antiguas creencias, de haberse
limitado a ofrecer ritos sonoros y expansiones emocionales con su
auténtico significado de pura fantasía.
Pero cuando comenzó a estudiar a los filósofos que habían derribado los
viejos mitos, los encontró aún más detestables que quienes los habían
respetado. No sabían esos filósofos que la belleza estriba en la
armonía, y que el encanto de la vida no obedece a regla alguna en este
cosmos sin objeto, sino únicamente a su consonancia con los sueños y
los sentimientos que han modelado ciegamente nuestras pequeñas esferas
a partir del caos. No veían que el bien y el mal, y la felicidad y la
belleza, son únicamente productos ornamentales de nuestro punto de
vista, que su único valor reside en su relación con lo que por azar
pensaron y sintieron nuestros padres; y que sus características, aun
las más sutiles, son diferentes en cada raza y en cada cultura. En
cambio, negaban todas estas cosas rotundamente, o las explicaban
mediante los instintos vagos y primitivos que todos compartimos con las
bestias y los patanes; de este modo, sus vidas se arrastraban
penosamente por el dolor, la fealdad y el desequilibrio; aunque, eso
sí, henchidas del ridículo orgullo de haber escapado de un mundo que en
realidad no era menos sólido que el que ahora les sostenía. Lo único
que habían hecho era cambiar los falsos dioses del temor y de la fe
ciega por los de la licencia y de la anarquía.
Carter apenas gozaba de estas modernas libertades, porque resultaban
mezquinas e inmundas a su espíritu amante de la belleza única; por otra
parte, su razón se rebelaba contra la lógica endeble mediante la cual
sus paladines pretendían adornar los brutales impulsos humanos con la
santidad arrebatada a los ídolos que acababan de deponer. Veía que la
mayor parte de la gente, como el mismo clero desacreditado, seguía sin
poder sustraerse a la ilusión de que la vida tiene un sentido distinto
del que los hombres le atribuyen, ni establecer una diferencia entre
las nociones de ética y belleza, aun cuando, según sus descubrimientos
científicos, toda la naturaleza proclama a los cuatro vientos su
irracionalidad y su impersonal amoralidad. Predispuestos y fanáticos
por las ilusiones preconcebidas de justicia, libertad y conformismo,
habían arrumbado el antiguo saber, las antiguas vías y las antiguas
creencias; y jamás se habían parado a pensar que ese saber y esas vías
seguían siendo la única base de los pensamientos y de los criterios
actuales, los únicos guías y las únicas normas de un universo carente
de sentido, de objetivos estables y de hitos fijos. Una vez perdidos
estos marcos artificiales de referencia, sus vidas quedaron privadas de
dirección y de interés, hasta que finalmente tuvieron que ahogar el
tedio en el bullicio y en la pretendida utilidad de las prisas, en el
aturdimiento y en la excitación, en bárbaras expansiones y en placeres
bestiales. Y cuando se hallaron hartos de todo esto, o decepcionados, o
la náusea les hizo reaccionar, entonces se entregaron a la ironía y a
la mordacidad, y echaron la culpa de todo al orden social. Jamás
lograron darse cuenta de que sus principios eran tan inestables y
contradictorios como los dioses de sus mayores, ni de que la
satisfacción de un momento es la ruina del siguiente. La belleza serena
y duradera sólo se halla en los sueños; pero este consuelo ha sido
rechazado por el mundo cuando, en su adoración de lo real. arrojó de sí
los secretos de la infancia.
En medio de este caos de falsedades e inquietudes, Carter intentó vivir
como correspondía a un hombre digno, de sentido común y buena familia.
Cuando sus sueños fueron palideciendo por la edad y su sentido del
ridículo, no los pudo sustituir por ninguna creencia; pero su amor por
la armonía le impidió apartarse de los senderos propios de su raza y
condición. Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y
suspiraba porque ningún escenario le parecía enteramente real, porque
cada vez que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos
tejados, o las primeras luces del anochecer en las plazoletas
solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba
los países etéreos que ya no podía encontrar. Viajar era sólo una
burla; ni siquiera la Guerra Mundial le conmovió gran cosa, aunque
participó en ella desde el principio en la Legión Extranjera de
Francia. Durante cierto tiempo trató de buscar amigos, pero no tardó en
darse cuenta de que todos ellos eran groseros, banales y monótonos, y
demasiado apegados a las cosas terrenales. Se alegraba vagamente de no
tener trato con sus familiares, porque ninguno le habría sabido
comprender, excepto, quizá, su abuelo y su tío abuelo Christopher; pero
hacía tiempo que ambos habían muerto.
Entonces comenzó a escribir libros de nuevo, cosa que no hacía desde
que los sueños le habían abandonado. Pero tampoco encontró en ello
ninguna satisfacción ni desahogo, porque aún sus pensamientos eran
demasiado mundanos, y no podía pensar en cosas hermosas, como antes.
Los destellos de humor irónico echaban abajo los alminares fantasmales
que su imaginación erigía, y su terrenal aversión por todo lo
inverosímil marchitaba las flores más delicadas y fascinantes de sus
maravillosos jardines. La religiosidad convencional que adjudicaba a
sus personajes los impregnaba de un sentimentalismo empalagoso, en
tanto que el mito del realismo y de la necesidad de pintar
acontecimientos y emociones vulgarmente humanos, degradaban toda su
elevada fantasía, convirtiéndola en un fárrago de alegorías mal
disimuladas y superficiales sátiras de la sociedad. Así, sus nuevas
novelas alcanzaron un éxito que jamás habían conocido las de antes;
pero al comprender cuán insulsas debían ser para agradar a la vana
muchedumbre, las quemó todas y dejó de escribir. Eran unas novelas
triviales y elegantes, en las que se sonreía educadamente de los
propios sueños que apenas si describía por encima; pero se dio cuenta
de que eran artificiosas y falsas, y carecían de vida.
Después de estos intentos se dedicó a cultivar el ensueño deliberado, y
ahondó en el terreno de lo grotesco y de lo excéntrico, como buscando
un antídoto contra los anteriores lugares comunes. Estos campos no
tardaron, sin embargo, en poner de manifiesto su pobreza y su
esterilidad; y pronto se dio cuenta de que las habituales creencias
ocultistas son tan escasas e inflexibles como las científicas, aunque
desprovistas de toda verosimilitud. La estupidez grosera, la
superchería y la incoherencia de las ideas no son sueños, ni ofrecen a
un espíritu superior ninguna posibilidad de evadirse de la vida real.
Así, pues, Carter compró libros aun más extraños, y buscó escritores
más profundos y terribles, de fantástica erudición; se sumergió en los
arcanos menos estudiados de la conciencia, ahondó en los profundos
secretos de la vida, de la leyenda y de la remota antigüedad, y
aprendió cosas que le dejaron marcado para siempre. Decidió vivir a su
modo y amuebló su casa de Boston de forma que pudiera armonizar con sus
cambios de humor. Consagró una habitación a cada uno de ellos, y las
pintó con los colores adecuados, disponiendo en ellas los libros
convenientes y dotándolas de objetos y aparatos que le proporcionasen
las sensaciones requeridas en cuanto a luz, calor, sonidos, sabores y
aromas.
Una vez oyó hablar de un hombre al cual, allá en el Sur, le rehuían y
le temían todos por las cosas blasfemas que leía en arcaicos libros y
en tabletas de arcilla que había conseguido traer clandestinamente de
la India y de Arabia. Y fue a visitarlo, y vivió con él, y compartió
sus estudios durante siete años, basta que una noche les sorprendió el
horror en un viejo cementerio desconocido, del que, de los dos que
habían entrado, sólo uno regresó. Entonces volvió a Arkham, la ciudad
terrible y embrujada de Nueva Inglaterra, donde habían vivido sus
antepasados, y allí hizo experiencias en la oscuridad, entre sauces
venerables y ruinosos tejados, que le hicieron sellar para siempre
ciertas páginas del diario de uno de sus predecesores, de una
mentalidad excepcionalmente tenebrosa. Pero estos horrores sólo le
llevaron hasta los límites de la realidad; y no pudiendo traspasarlos,
no llegó a la auténtica región de los sueños por la que él había vagado
durante su juventud. De este modo, cuando cumplió los cincuenta años,
perdió toda esperanza de paz o de felicidad, en un mundo demasiado
atareado para percibir la belleza y demasiado intelectual para tolerar
los sueños.
Habiendo comprendido al fin la fatalidad de todas las cosas reales,
Carter pasó sus días en soledad, recordando con añoranza los sueños
perdidos de su juventud. Consideró que era una estupidez seguir
viviendo de esa manera, y por mediación de un sudamericano, conocido
suyo, consiguió una poción muy singular, capaz de sumirle sin
sufrimiento en el olvido de la muerte. La desidia y la fuerza de la
costumbre, no obstante, le hicieron aplazar esta decisión, y siguió
languideciendo sin resolverse a poner fin a su vida, y vagando por el
mundo de sus recuerdos. Quitó las extrañas colgaduras de las paredes y
volvió a arreglar la casa como en sus primeros años de juventud: repuso
las cortinas purpúreas, los muebles victorianos y todo lo demás.
Con el paso del tiempo, casi llegó a alegrarse de haber diferido su
determinación, ya que sus recuerdos de juventud y su ruptura con el
mundo hicieron que la vida y sus sofisterías le pareciesen muy
distantes e irreales, tanto más cuanto que a ello se añadió un toque de
magia y esperanza que ahora empezaba a deslizarse en sus descansos
nocturnos. Durante años, en sus noches de ensueño, sólo había visto los
reflejos deformados de las cosas cotidianas, tal como las veían los más
vulgares soñadores; pero ahora comenzaba a vislumbrar de nuevo el
resplandor de un mundo extraño y fantástico, de una naturaleza confusa
aunque pavorosamente inminente, que adoptaba la forma de escenas
nítidas de sus tiempos de niñez y le hacía recordar hechos y cosas
intranscendentes, largo tiempo olvidados. A menudo se despertaba
llamando a su madre y a su abuelo, cuando hacía ya un cuarto de siglo
que ambos descansaban en sus tumbas.
Luego, una noche, su abuelo le recordó la llave. Aquel sabio de cabeza
encanecida, con la misma apariencia de vida que en sus buenos tiempos,
le habló larga y seriamente de su rancia estirpe y de las extrañas
visiones que habían tenido aquellos hombres refinados y sensibles que
eran sus antepasados. Le habló del cruzado de ojos llameantes, y de los
crueles secretos que éste aprendió de los sarracenos durante el tiempo
que lo tuvieron en cautiverio; del primer sir Randolph Carter, que
estudió artes mágicas en tiempos de la reina Isabel. Asimismo, le habló
de Edmund Carter, que estuvo a punto de ser ahorcado con las brujas de
la ciudad de Salem, y que había guardado en una caja una gran llave de
plata que había recibido de manos de sus mayores. Antes que Carter
despertara, su etéreo visitante le dijo dónde encontraría la caja y que
se trataba de un cofrecillo de prodigiosa antigüedad, cuya tosca tapa,
tallada en madera de roble, no había abierto mano alguna desde hacía
doscientos años.
Entre el polvo y las sombras del desván lo encontró, remoto y olvidado
en el último cajón de una enorme cómoda. El cofrecillo era como de un
pie cuadrado, y tenía unos bajorrelieves góticos tan tenebrosos, que no
se extrañó de que nadie se hubiera atrevido a abrirlo desde los tiempos
de Edmund Carter. No sonó nada dentro al sacudirlo, pero despidió
místicos perfumes de especias olvidadas. Lo de que contenía una llave
no era, sin duda alguna, más que una oscura leyenda. Ni siquiera el
padre de Randolph Carter había sabido nunca que existiese tal
cofrecillo. Estaba reforzado con tiras de hierro herrumbroso y no
parecía haber medio alguno de abrir su imponente cerradura. Carter
tenía el vago presentimiento de que dentro encontraría la llave de la
perdida puerta de los sueños, pero su abuelo no le había dicho una sola
palabra de cómo y dónde usarla.
Un viejo criado suyo forzó la tapa esculpida; y al hacerlo, las
horribles caras les miraron desde la madera ennegrecida. En el
interior, un pergamino descolorido envolvía una enorme llave de plata
deslustrada, labrada con misteriosos arabescos; pero no había allí
explicación legible de ninguna clase. El pergamino era voluminoso, y
estaba cubierto de extraños jeroglíficos pertenecientes a una lengua
desconocida, trazados con un antiguo junco. Carter reconoció en ellos
los mismos caracteres que había visto en cierto rollo de papiro que
perteneciera al terrible sabio del Sur, el que desapareció una noche en
determinado cementerio de remota antigüedad. Aquel hombre se estremecía
siempre que consultaba el rollo, y Carter tembló ahora también.
Pero limpió la llave y la conservo esa noche a su lado, metida en su
aromático estuche de roble viejo. Entre tanto, sus sueños se fueron
haciendo más vívidos y, aunque en ellos no aparecía ninguna de aquellas
extrañas ciudades, ni los increíbles jardines de sus viejos tiempos,
fueron adquiriendo un significado definido cuya finalidad no dejaba
lugar a dudas. Era llamado en sueños desde un pasado remoto, y se
sentía arrastrado por las voluntades unidas de todos sus antepasados
hacia alguna fuente oculta y ancestral. Entonces comprendió que debía
penetrar en el pasado y confundirse con las viejas cosas; y día tras
día pensó en las colinas del norte, donde se hallan la encantada ciudad
de Arkham y el impetuoso Miskatonic, y la rústica y solitaria morada de
su familia.
Bajo la lívida luz del otoño, Carter emprendió el viejo camino a través
de un mágico panorama de colinas onduladas y de prados cercados de
piedra, y atravesó el valle lejano de laderas cubiertas de bosque,
recorrió la serpeante carretera, pasó junto a las abrigadas granjas y
bordeó los meandros cristalinos del Miskatonic, cruzado aquí y allá por
rústicos puentecillos de madera o de piedra. En una de sus curvas vio
el grupo de olmos gigantescos donde había desaparecido misteriosamente
uno de sus antepasados hacía ciento cincuenta años, y se estremeció al
sentir el viento que soplaba de modo significativo entre sus troncos.
Luego apareció la casa solitaria y ruinosa del viejo Goody Fowler, el
brujo, con sus ventanucos endemoniados y su gran tejado que descendía
casi hasta el suelo por la parte de atrás. Pisó el acelerador al pasar
por delante, y no moderó la marcha hasta haber coronado la colina donde
había nacido su madre, y los padres de su madre, en un blanco y viejo
caserón que todavía conservaba su imponente aspecto desde la carretera,
colgado sobre un paisaje trágico y maravilloso de rocosas pendientes y
valles verdeantes, en cuyo horizonte se divisaban los lejanos
campanarios de Kingsport, y aún más allá se adivinaba la presencia de
un mar arcaico y henchido de sueños.
Luego vino la ladera de monte bajo donde se alzaba la mansión que
Carter no había visitado desde hacía cuarenta años. Caía ya la tarde
cuando llegó al pie del lugar, y a mitad de camino se detuvo a
contemplar la extensa comarca dorada y celestial, inundada por la luz
sesgada del sol poniente. Toda la fantasía y el anhelo de sus sueños
recientes parecían encarnar en este paisaje apacible y extraño que le
sugería la ignorada soledad de otros planetas. Recorrió con la mirada
el tapiz desierto de los prados que se estremecía entre tapias
derruidas y mágicos macizos de bosque que destacaban por encima del
ondulado perfil de las colinas, y el valle espectral, poblado de
árboles, que se precipitaba entre sombras hacia los húmedos bordes de
los riachuelos cuyas aguas sollozaban al discurrir gorgoteantes entre
hinchadas y retorcidas raíces.
Algo le dijo que su automóvil no pertenecía a este universo, así que lo
dejó junto al límite del bosque y, metiéndose la enorme llave en el
bolsillo de la chaqueta, siguió subiendo a pie por la cuesta. Se
internó en lo profundo del bosque, aun a sabiendas de que el edificio
estaba en lo alto de una loma totalmente despejada de árboles, excepto
por el norte. Se preguntó qué aspecto ofrecería la casa, puesto que
estaba vacía y abandonada, en parte por culpa suya, desde la muerte de
su extraño tío abuelo Christopher, ocurrida hacía treinta años. Durante
su niñez había pasado largas temporadas allí, y había descubierto
extrañas maravillas en los bosques que se extendían al otro lado del
huerto.
Las sombras se hicieron más densas a su alrededor, porque la noche
estaba cerca. A su derecha, se abrió entre los árboles un calvero, de
suerte que, durante un momento, pudo distinguir leguas y leguas de
praderas bañadas de luz crepuscular. y al fondo, el campanario de la
Congregación, que se alzaba sobre la Colina Central de Kingsport.
Arrebolados con el último resplandor del día, los cristales redondos de
las lejanas ventanitas parecían despedir llamaradas del fuego. Sin
embargo, al sumergirse de nuevo en las sombras, recordó de pronto, con
un sobresalto, que esta visión fugaz no podía proceder sino de algún
trasfondo de su memoria infantil, ya que hacía mucho tiempo que la
iglesia había sido derruida para construir en su lugar el Hospital de
la Congregación. Había leído la noticia con interés, ya que el
periódico hablaba además de las extrañas galerías o pasadizos que se
habían encontrado en la roca, bajo sus cimientos.
A través de su confusión, le pareció oír una voz aflautada, y al
reconocer su acento familiar después de tantos años, sintió un nuevo
escalofrío. Benjiah Corey, el antiguo criado de su tío Christopher, era
ya un anciano en aquella época lejana de su niñez en que venía a pasar
temporadas enteras al viejo caserón. Ahora tendría más de ciento
cincuenta años; pero aquella voz cascada no podía ser de nadie más.
Carter no pudo distinguir lo que decía, pero el tono era inconfundible
y obsesionante. ¡Quién iba a decir que el «Viejo Benjy» aún estaba
vivo!
-¡Señorito Randy! ¡Señorito Randy! ¿Dónde estás? ¿Quieres matar de un
disgusto a tu tía Martha? ¿No te dijo que no te alejaras de la casa
cara a la noche, y que volvieras antes de oscurecer? ¡Randy! ¡Ran...dyyy!
En mi vida he visto un chiquillo que le guste tanto corretear por el
bosque; se pasa el día merodeando por esa maldita caverna de
serpientes... ¡Eh, Ran...dyyy!
Randolph Carter se paró en la densa oscuridad y se restregó los ojos
con la mano. Era muy extraño. Algo no andaba bien. Se encontraba en un
paraje donde no debía estar; se había extraviado en unos lugares muy
apartados, adonde no debía haber ido, y ahora era imperdonablemente
tarde. No había mirado la hora en el reloj del campanario de Kingsport,
aun cuando podía haberla visto fácilmente con su catalejo de bolsillo;
pero sabía que su retraso era algo muy extraño y sin precedentes. No
estaba seguro de haberse traído consigo el catalejo, y se metió la mano
en el bolsillo de la blusa para cerciorarse. No, no lo traía; pero en
cambio llevaba una llave de plata que había encontrado en alguna parte,
dentro de una caja. Tío Chris le dijo una vez algo muy raro acerca de
una arqueta cerrada donde había una llave, pero tía Martha le hizo
callar bruscamente, diciendo que no debía contar historias de ese
género a un muchacho que ya tenía la cabeza demasiado llena de
quimeras. Entonces intentó recordar exactamente dónde había encontrado
la llave, pero todo era muy confuso. Se preguntó si no sería en el
desván de su casa de Boston, y se acordó vagamente de haber sobornado a
Parks con el sueldo de media semana para que le ayudara a abrir la
caja, y guardara silencio después; pero al evocar la escena, la cara de
Parks le resultó muy extraña, como si las arrugas de innumerables años
hubieran hecho presa de pronto en el vivo y menudo cockney.
-¡Ran. . . dyyy ! ¡Ran... dyyy! ¡Eh! ¡Eh! ¡Randy!
Una linterna oscilante apareció por la curva oscura, y el viejo Benjiah
se arrojó sobre la silueta silenciosa y perpleja de Carter.
-¡Maldito crío, ahí estabas tú! ¿No tienes lengua en la boca, que no
contestas? ¡Hace media hora que te estoy llamando, y me has tenido que
oír hace rato! ¿Es que no sabes que tu tía Martha está la mar de
preocupada por tu culpa? ¡Espera y verás, cuando se lo diga a tu tío
Chris! ¡Deberías saber que estos bosques no son lugar a propósito para
andar por ahí a estas horas! Te puedes tropezar con cosas malas, de las
que nada bueno puedes esperar, como mi abuelo sabía muy bien antes que
yo. ¡Vamos, señorito Randy, o Hanna no nos guardará la cena!
De este modo, Carter se vio arrastrado cuesta arriba, hacia donde
brillaban fascinantes las estrellas a través de los altos ramajes
otoñales. Y oyeron ladrar a los perros, y vieron la luz amarillenta de
las ventanas tras la última revuelta del camino, y contemplaron el
parpadeo de las Pléyades por encima del calvero donde se erguía un gran
tejado negro contra el agonizante crepúsculo de poniente. Tía Martha
estaba en el umbral, y no regañó demasiado al pequeño tunante cuando
Benjiah lo hizo entrar. Demasiado bien sabía por tío Chris que estas
cosas eran propias de los Carter. Randolph no le enseñó la llave, sino
que cenó en silencio y sólo protestó cuando llegó la hora de acostarse.
El solía soñar mejor despierto, y por otra parte, quería utilizar la
llave aquella.
A la mañana siguiente, Randolph se levantó temprano, y habría echado a
correr hacia la arboleda de arriba, si su tío Chris no le hubiera
cogido, obligándole a sentarse a desayunar. Impaciente, paseó la mirada
a su alrededor, por aquella estancia de suelo inclinado, por la
alfombra andrajosa, por las descubiertas vigas del techo y por los
pilares angulares, y sólo sonrió cuando las ramas del huerto arañaron
los cristales de la ventana del fondo. Los árboles y las colinas
estaban allí cerca, a su lado, y constituían las puertas de aquel reino
intemporal que era su verdadera patria.
Luego, cuando le dejaron libre, se tentó el bolsillo de la blusa para
ver si tenía la llave; y al ver que sí, cruzó el huerto y echó hacia
arriba, por donde el monte se elevaba hasta por encima del calvero. El
suelo del bosque estaba tapizado de musgo y de misterio. Los grandes
peñascos cubiertos de líquenes se erguían vagamente, bajo la luz
difusa, como enormes monolitos druidas entre los troncos inmensos y
retorcidos de un bosque sagrado. A mitad de su ascenso, Randolph cruzó
un torrente cuyas cascadas, un poco más abajo, cantaban misteriosos
sortilegios a los faunos escondidos, a los egipanes y a las dríadas.
Luego llegó a la extraña cueva que se abría en la falda del monte, a la
temible Caverna de las Serpientes que la gente del campo solía rehuir,
y de la que pretendía mantenerle alejado Benjiah. La cueva era
profunda, más profunda de lo que cualquiera habría sospechado, porque
Randolph había descubierta una hendidura en el rincón más profundo y
oscuro, que daba acceso a otra gruta más grande aún: a un espacio
secreto y sepulcral cuyas graníticas paredes daban la impresión de
haber sido trabajadas por un ser inteligente. Esta vez entró reptando,
como en las demás ocasiones, y alumbrándose con las cerillas que había
cogido del cuarto de estar, y se deslizó por la grieta del final con
una ansiedad inexplicable para sí mismo. No sabía por qué razón se
aproximó a la pared del fondo con tanta resolución, ni por qué sacó
instintivamente la gran llave de plata. Pero siguió adelante; y cuando,
aquella noche, regresó excitado a casa, no dio ninguna explicación por
su tardanza, ni prestó la más mínima atención a la regañina que se ganó
por haber ignorado totalmente la llamada de cuerno que anunciaba la
comida de mediodía.
Hoy coinciden todos los parientes lejanos de
Randolph Carter en que, cuando éste tenía diez años, ocurrió algo que
despertó su imaginación. Su primo Ernest B. Aspinwall, de Chicago, es
diez años mayor que él, y recuerda muy bien el cambio operado en el
muchacho después del otoño de 1883. Randolph había contemplado paisajes
fantásticos, como nadie los ha contemplado en la vida; pero más
extraños aún eran algunos de los poderes que mostró en relación con
cosas muy reales. Parecía, en suma haber adquirido el don singular de
la profecía, y a veces reaccionaba de un modo extraño ante cosas que,
pese a carecer totalmente de importancia en aquel momento, justificaban
más tarde sus singulares actitudes. En el curso de los decenios
subsiguientes, a medida que se inscribían nuevos inventos, nuevos
nombres y nuevos acontecimientos en el libro de la historia, la gente
podía recordar sorprendida cómo Carter se había referido años antes a
cosas que de algún modo, pero inequívocamente, se relacionaban con
ellos. El mismo no comprendía sus propias palabras, ni sabía por qué
ciertas cosas le producían determinada emoción, aunque suponía que ello
era debido seguramente a algún sueño que a la sazón no lograba
recordar. A principios de 1897, cuando cierto viajero mencionó el
pueblo francés de Belloy-en-Santerre, se puso pálido, y sus amigos lo
recordaron después porque, en 1916, durante la Guerra Mundial, recibió
en ese pueblo una herida que estuvo a punto de costarle la vida.
Los parientes de Carter hablan a menuda de todo esto, porque él ha
desaparecido recientemente. Su viejo criado, el menudo Parks, que
durante muchos años había soportado con paciencia sus extravagancias,
fue el último que le vio aquella mañana en que cogió el coche y se fue
con una llave que acababa de encontrar. Parks le había ayudado a sacar
la llave del antiguo cofrecillo que la contenía, y se sentía
singularmente impresionado por los grotescos relieves que adornaban
dicha arqueta, y por alguna otra causa que no le era posible referir.
Cuando Carter se marchó, dejó dicho que iba a los alrededores de Arkham
a visitar la comarca de sus antepasados.
A mitad de la cuesta del Monte del Olmo, por la carretera que va hacia
las ruinas de la morada solariega de los Carter, encontraron el coche
cuidadosamente aparcado en la cuneta. Dentro encontraron un cofrecillo
de aromática madera, adornado con unos relieves que llenaron de pavor a
los campesinos que dieron con el vehículo. Este cofrecillo contenía tan
sólo un pergamino, cuyos caracteres no pudieron descifrar ni lingüistas
ni paleógrafos. La lluvia había borrado las huellas de sus pasos, pero
parece que la policía de Boston podría haber dicho mucho sobre el
desorden que reinaba entre las vigas derrumbadas de la mansión de los
Carter. Era, según dijeron, como si alguien hubiera andado revolviendo
entre las ruinas recientemente. Encontraron, algo más allá, un pañuelo
blanco de bolsillo entre las rocas del bosque, pero no pudieron
demostrar que pertenecía al desaparecido.
Entre los herederos de Randolph Carter se habla de repartir sus bienes,
pero yo pienso oponerme firmemente a ello porque no creo que haya
muerto. Existen repliegues en el tiempo y en el espacio, en la fantasía
y en la realidad, que sólo un soñador puede adivinar; y, por lo que sé
de Carter, creo que lo que ha sucedido es que ha descubierto un medio
de atravesar estos nebulosos laberintos. Si volverá o no alguna vez, es
cosa que no puedo afirmar. El buscaba las perdidas regiones de sus
sueños y sentía nostalgia por los días de su niñez. Después encontró
una llave, y me inclino a creer que logró utilizarla para sus extraños
fines.
Se lo preguntaré cuando le vea, porque espero encontrarlo en cierta
ciudad soñada que ambos solíamos frecuentar. Se dice en Ulthar, comarca
que se extiende al otro lado del río Skai, que un nuevo rey ocupa el
trono de ópalo de Ilek-Vad; la ciudad fabulosa de infinitos torreones
que se asienta en lo alto de los acantilados de cristal que dominan ese
mar crepuscular donde los Gnorri, seres barbudos con aletas natatorias,
construyen sus singulares laberintos; y creo que sé cómo interpretar
este rumor. Ciertamente, espero con impaciencia el momento de
contemplar esa gran llave de plata, porque en sus misteriosos arabescos
pueden estar simbolizados todos los designios y secretos de un cosmos
ciegamente impersonal.
