La abuela
Últimamente me pasan cosas raras. Bueno, que se muera alguien tampoco es que sea raro, porque todos los días se muere muchísima gente, pero no siempre lo vemos y, por tanto, no estamos acostumbrados a ello. O por lo menos no me resigno a acostumbrarme al ver a nadie morir. Aunque tampoco sé si esa anciana realmente estaba muerta.
Iba el otro día en la moto, y de repente lo presencié todo. Vi como una furgoneta jugaba a patear una anciana en plena avenida. Os aseguro que si hubiera sido una falta lanzada por un futbolista no hubiera podido acabar más que en la escuadra de la portería. Es decir, si a alguien tienen que atropellarlo de la peor manera posible tiene que ser ésta.
Me quedé mirando hipnotizado la escena, porque venía por el otro carril y lo vi, observé como cruzaba una mujer de edada avanzadad por medio de una gran avenida... Me quedé pensando con rabia: pero, ¿dónde va esta mujer por medio de una avenida? no piensa que la pueden atropellar. Para cuando estaba acabando de pensarlo pasó.
Entiendo que cuando nos hacemos mayores volvemos un poco a la infancia, en el sentido de que perdemos los miedos, no somos tan conscientes de lo que hacemos. Es como si cada vez flotásemos un poco más alejados de la superficie de la realidad.
El impacto fue tremendo, pero no hubo sonido de frenazo. El ruido fue seco. El típico sonido de chapa abollándose y deformándose.
La anciana cruzaba corriendo, todo lo que le permitían sus cortas piernas, la avenida. Los coches le pitaban... alguien le gritó, pero nadie pareció advertir a una furgoneta que venía desde atrás a bastante velocidad. Era también lógico que el conductor de la furgoneta tampoco tenía en su campo de visión a la anciana.
Quizás esa persona está pensando ahora que podía haber reducido la velocidad al oír los pitos de los otros coches, que tenía que haber prestado más atención a las luces de freno de los coches que circulaban paralelos a él. Pero nada de eso pasó, simplemente se torció el destino y la luz de una persona se apagó.
Mi boca parecía la de un pez, no podía ni parpadear, casi creo que ni respiraba. Es como si el mundo se hubiera parado durante un instante. Algunos coches se pararon... y de repente... escuche un sonido que me asustó. Era un sonido estridente y continuo. El claxón del coche que circulaba detrás de mí y que me pitaba para que continuase circulando. Como si la cosa no fuera con él. Como si allí no hubiera pasado nada. Como reconocer que hay una ley que dice que hay que seguir, que nada se para por nada ni por nadie. Puse primera, pero la moto se resistía a avanzar, tuve que arrancar de nuevo y esta la moto empezó a moverse con pereza.
En ese momento pensaba que esa abuela, podría ser la mía, que también tendría hijos, nietos, quizás marido... que ya no podrían disfrutar de su compañía, de su conversación, de sus chucherías...
Cuando llegué a mi destino no sabía de que manera había aparecido allí. No recordaba el camino que había atravesado para llegar allí. Supongo que a veces en la vida ponemos el piloto automático, consciente o inconscientemente, y la cruzamos de puntillas sin casi rozar la realidad.


0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home