La edad de la inocencia (I)
Últimamente me estoy aficionando a observar a los niños. A veces estoy tomando una cerveza y me quedo contemplando la típica escena familiar que se produce tres mesas más allá de donde estoy. Un día vi a un niño, aproximadamente de unos 6 ó 7 años y con unos rasgos bastante definidos. Ese día me quedé mirándole fijamente a la cara, intentando retener en lo posible su rostro.
El cuerpo de un niño cambia enormemente con el paso de los días, meses, si es pequeño, años si es más mayor. Su cara puede crecer, así como su nariz, sus orejas, incluso puede poblarse de granos, tener barba y más frondosidad en sus cejas... pero siempre mantiene unos rasgos que le caracterizan.
Es justo eso lo que buscaba ese día, memorizar sus facciones, para que cuando crezca pueda reconocerle. Sí, quiero acordarme de quien es para evitar que, dentro de 10, 15 años, pueda evitar que me atropelle con su moto o coche, o que me tropiece con él y me pegue una paliza con su pandilla de descerebrados en un ataque de locura transitoria o en una demostración de quien tiene los dos bultos más grandes en la entrepierna.
Ese niño ya no tiene infancia. Me pregunto con tristeza en qué momento de su corta vida pudo perderla. Observó ese rostro descompuesto de odio, esa mirada calculadora, esas manos agarrotadas de la ira más profunda... esa persona en potencia tiene ácido sulfúrico en su venas, 24 válvulas de inyección por corazón y carece de cualquier mínimo sentimiento humano. El cuadro general quedó aderezado con un: “Papá, eres un hijoputa”.


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