Alguien me persigue...
He de reconocer que el otro día sentí un latigazo de abatimiento. Algo rápido, pero penetrante... y parte de él se ha quedado dentro de mí.
Supongo que hay cosas que por mucho que pretendas que no te afecten te acaban afectando. También es cruel decirlo, pero por muchos palos que te lleves, por mucho que veas el dolor cerca de ti, tienes que seguir adelante.
Digo todo esto porque me enteré hace nada de que un amigo de la adolescencia cree que alguien le persigue.
Hacía años que no lo veía, pero busqué huecos para quedar con él, lo noté raro al principio, pero confieso que hacía tanto que no nos veíamos que pensé: todos cambiamos algo.
Ahora sé que ha cambiado algo, algo o todo, pero no por la edad, sentí una tristeza solidaria, porque no acabó de comprender el problema. Lo peor de todo es que no sé si éstas cosas tienen solución real. Los temas mentales son una lucha entre uno y su propio yo, la peor batalla que puede existir, porque siempre hay heridos.
Después de pensar en la posibilidad de la veracidad de los comentarios de mi amigo, vamos a llamarlo E, tras muchas horas compartidas, sé fehacientemente que nadie le persigue. Es él mismo el que se persigue. Que paradoja, es su peor enemigo, porque todo está en su mente, y es un veneno que él se autodosifica y lo está matando despacio y sin ruido, lentamente. Es una autodestrucción, sólo que no existe como nos dice nuestra imaginación: un botón rojo, con clave y con llaves que girar.
Su reto, casi insuperable, sin que el mismo lo sepa o sí, quien sabe, es que su otro yo consiga el código que desbloquee su mente.

