Esperando al metro
El otro día cogí el metro para volver a casa. Tengo que reconocer que no me acabo de acostumbrar a tener que esperar, lo que para mí es demasiado tiempo, a que venga una especie de tren a recogerme. Digo especie, porque ya no hacen trenes como los de antes. Esos trenes verdes, que no tenían aire acondicionado ni calefacción, y en los cuales podías bajar las ventanas y escupir a través de ellas, o sacar la cabeza para notar como el viente te peinaba el pelo, parecía que el tren volase...
Además, las ventanas tenían otra utilidad y era que podías mirar como pasaba el tren desde el andén y jugar a introducir piedras, bombas fétidas, pájaros muertos... lo que se terciase. Sobre todo me acuerdo cuando íbamos a casa de mi abuela, solía ser Navidad, y entonces nos daban las estrenas y nos íbamos corriendo a comprar bombas fétidas, petardos...
Trenes que traqueteaban como Dios manda, y no como los de ahora, que casi ni te enteras. Supongo que como ya no existen los echo de menos, de lo contrario me quejaría de que se pasa mucho calor en ellos y que se mueven mucho. Supongo que tengo ese inconformismo humano de querer retener algo que ya ha pasado.
Mientras esperaba sentando en un banco corrido de mármol se sentó junto a mí una mujer que no era española. Por su aspecto creo tenía que ser sudamericana, me atrevería a decir que era peruana. Empujaba un carrito con una niña.
Me quedé mirando a la niña que jugaba entretenida con un móvil de juguete. Lo cierto es que era una preciosidad de niña, del tipo niña repollo. Morena y gordita.
Observaba a la niña y pensaba, que no entendía como a veces marginamos y mostramos rechazo a personas, como esta niña o su madre... Creo que si todos conviviésemos más con estos niños, desaparecería todo ese rechazo al inmigrante. En ese instante la niña me miró y me cogió con su manita el pantalón.


