junio 14, 2004

Esperando al metro


El otro día cogí el metro para volver a casa. Tengo que reconocer que no me acabo de acostumbrar a tener que esperar, lo que para mí es demasiado tiempo, a que venga una especie de tren a recogerme. Digo especie, porque ya no hacen trenes como los de antes. Esos trenes verdes, que no tenían aire acondicionado ni calefacción, y en los cuales podías bajar las ventanas y escupir a través de ellas, o sacar la cabeza para notar como el viente te peinaba el pelo, parecía que el tren volase...

Además, las ventanas tenían otra utilidad y era que podías mirar como pasaba el tren desde el andén y jugar a introducir piedras, bombas fétidas, pájaros muertos... lo que se terciase. Sobre todo me acuerdo cuando íbamos a casa de mi abuela, solía ser Navidad, y entonces nos daban las estrenas y nos íbamos corriendo a comprar bombas fétidas, petardos...

Trenes que traqueteaban como Dios manda, y no como los de ahora, que casi ni te enteras. Supongo que como ya no existen los echo de menos, de lo contrario me quejaría de que se pasa mucho calor en ellos y que se mueven mucho. Supongo que tengo ese inconformismo humano de querer retener algo que ya ha pasado.

Mientras esperaba sentando en un banco corrido de mármol se sentó junto a mí una mujer que no era española. Por su aspecto creo tenía que ser sudamericana, me atrevería a decir que era peruana. Empujaba un carrito con una niña.

Me quedé mirando a la niña que jugaba entretenida con un móvil de juguete. Lo cierto es que era una preciosidad de niña, del tipo niña repollo. Morena y gordita.

Observaba a la niña y pensaba, que no entendía como a veces marginamos y mostramos rechazo a personas, como esta niña o su madre... Creo que si todos conviviésemos más con estos niños, desaparecería todo ese rechazo al inmigrante. En ese instante la niña me miró y me cogió con su manita el pantalón.

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junio 04, 2004

La abuela



Últimamente me pasan cosas raras. Bueno, que se muera alguien tampoco es que sea raro, porque todos los días se muere muchísima gente, pero no siempre lo vemos y, por tanto, no estamos acostumbrados a ello. O por lo menos no me resigno a acostumbrarme al ver a nadie morir. Aunque tampoco sé si esa anciana realmente estaba muerta.

Iba el otro día en la moto, y de repente lo presencié todo. Vi como una furgoneta jugaba a patear una anciana en plena avenida. Os aseguro que si hubiera sido una falta lanzada por un futbolista no hubiera podido acabar más que en la escuadra de la portería. Es decir, si a alguien tienen que atropellarlo de la peor manera posible tiene que ser ésta.

Me quedé mirando hipnotizado la escena, porque venía por el otro carril y lo vi, observé como cruzaba una mujer de edada avanzadad por medio de una gran avenida... Me quedé pensando con rabia: pero, ¿dónde va esta mujer por medio de una avenida? no piensa que la pueden atropellar. Para cuando estaba acabando de pensarlo pasó.

Entiendo que cuando nos hacemos mayores volvemos un poco a la infancia, en el sentido de que perdemos los miedos, no somos tan conscientes de lo que hacemos. Es como si cada vez flotásemos un poco más alejados de la superficie de la realidad.

El impacto fue tremendo, pero no hubo sonido de frenazo. El ruido fue seco. El típico sonido de chapa abollándose y deformándose.

La anciana cruzaba corriendo, todo lo que le permitían sus cortas piernas, la avenida. Los coches le pitaban... alguien le gritó, pero nadie pareció advertir a una furgoneta que venía desde atrás a bastante velocidad. Era también lógico que el conductor de la furgoneta tampoco tenía en su campo de visión a la anciana.

Quizás esa persona está pensando ahora que podía haber reducido la velocidad al oír los pitos de los otros coches, que tenía que haber prestado más atención a las luces de freno de los coches que circulaban paralelos a él. Pero nada de eso pasó, simplemente se torció el destino y la luz de una persona se apagó.

Mi boca parecía la de un pez, no podía ni parpadear, casi creo que ni respiraba. Es como si el mundo se hubiera parado durante un instante. Algunos coches se pararon... y de repente... escuche un sonido que me asustó. Era un sonido estridente y continuo. El claxón del coche que circulaba detrás de mí y que me pitaba para que continuase circulando. Como si la cosa no fuera con él. Como si allí no hubiera pasado nada. Como reconocer que hay una ley que dice que hay que seguir, que nada se para por nada ni por nadie. Puse primera, pero la moto se resistía a avanzar, tuve que arrancar de nuevo y esta la moto empezó a moverse con pereza.

En ese momento pensaba que esa abuela, podría ser la mía, que también tendría hijos, nietos, quizás marido... que ya no podrían disfrutar de su compañía, de su conversación, de sus chucherías...

Cuando llegué a mi destino no sabía de que manera había aparecido allí. No recordaba el camino que había atravesado para llegar allí. Supongo que a veces en la vida ponemos el piloto automático, consciente o inconscientemente, y la cruzamos de puntillas sin casi rozar la realidad.

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junio 01, 2004

El infalible Plan V



Una amiga me ha recordado un suceso que pienso que nos ha pasado, al menos una vez, a todos. Sí, es cuando vas al videoclub y tienes que devolver una película que debías haber llevado hace un par de días. ¿Qué no os ha pasado?... ¡Venga, ya! ¿Ni una?
A mí, he de reconocer, que las veces suficientes como para tener una técnica depurada, a partir de ahora la llamaremos plan V, para salir del videoclub sin que me llamen la atención.

Aquí voy a dar algunas pautas para el plan V (de Videoclub): Antes de entrar tienes que ver si el dependiente está atendiendo a otros clientes o si está archivando películas, o incluso, esto es la perfección, está lejos del mostrador.

Como este último supuesto no suele darse, más bien, entras le dices: BUENAS, pero lo dices tranquilo, como si hubieras ido el día anterior a llevar la película, entras firme y decidido mirando de frente, dejas la película en el mostrador, a ser posible lejos del dependiente, y le dices: te dejo la película aquí, es que tengo el coche mal aparcado y dejar en el aire un gracias. Entonces, zas, te das la vuelta y con paso ligero tomas las de San Amaro.

A partir de ahí se pueden tantas variaciones como podamos imaginar, pero el entramado, suele ser éste.

Con la llegada de las nuevas tecnologías, cada vez, es más difícil, porque igual llegas un día a sacar una película y te dicen: oiga, que debe usted 6 euros por un retraso en la entrega de la película. Vale, no hay que ponerse nerviosos, te han pillado, pero todavía puedes salir de allí sin pagar los 6 euros de multa. Con cara de no entender, te quedas mirando al dependiente y le dices: Debe de haber un error, (esa frase nunca falla) yo no he tenido nunca ningún retraso, soy un ciudadano modelo, bla.. bla.. bla.. bli bli...

Si el dependiente te replica: mire usted tuvo la película X (por llamarla de alguna manera, pero no confundir con la denominación de las películas que tienen su propio apartado) tres semanas seguidas, además dijo que tenía el coche mal aparcado y se fue como si tuviera al demonio dentro (hay que depurar la técnica porque el dependiente se ha dado cuenta, mala señal).

Hay que reconocerlo: te han pillado, pero todo no está perdido, si llevas euros sueltos o un billete de 5 euros te podrás volver a escapar (hay que planificar con anterioridad llevar los euros justos para la película o un billete de 5, así no te pillarán desprevenido), terminas diciendo: “umm... ah, es que mi pareja... bla.. bla.. bla.. te lo pago cuando te devuelva la película que ahora no llevo suelto.

Como es lógico sería conveniente que la película que coges ese día la devolviese un amigo tuyo o tu pareja habiéndole enseñado previamente el manual de evasión incluido en el plan V.

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