El hombre del bocadillo
Todas las mañanas cuando salgo de casa siempre hay un hombre de una edad indeterminada con un bocadillo envuelto en papel albal sentado en el patio donde vivo.
Lo cierto es que por las mañanas el sol calienta a esa hora de la mañana de forma agradable, más si hay una leve brisa que te hace que tus facciones de la cara se desperecen. Es, y no lo digo porque pueda disfrutarlo muchas veces, un sitio agradable a ciertas horas. Además hay un escalón lo suficientemente alto para que sea cómodo estar sentado allí, donde hay un asiento inmejorable para ver la vida a tiempo real.
Me costó un tiempo, descubrir a esta persona peculiar, porque a veces salía por el garaje y no pasaba por el patio.
El hombre del bocadillo tendrá entre 45 a 55 años, quizás es más joven pero se le ve castigado, incluso un poco hundido moralmente. No sé que extraño resorte mental hace que venga todos los días a mi patio a sentarse allí, porque cuando vuelvo ya no está.
Tengo curiosidad por saber que puede hacer una persona todos los días en semejante posición durante bastantes horas, otros andarían, aprovecharían su tiempo en ver cosas... él no, se queda allí sentado. Supongo que cuando tiene hambre se come el bocadillo primorosamente envuelto, hecha sus horas y luego se irá a su casa.
Lo cierto es que hace su jornada laboral, ya que los fines de semana, días en los cuales podría observar su particular sedentarismo, no viene a visitarnos.
Sé que si le preguntase dejaría de venir a mi patio, son ese tipo de cosas que percibes. Sucede como con el hielo, si rompes una fina capa de hielo y la coges con la mano, deja de ser hielo y se convierte en agua fría en las manos, poco después el agua se evapora y desaparece cualquier rastro.
Tengo dos ideas respecto a la vida de este hombre. Una es que es una persona que sufre enfermedad mental, su madre que no nada en la abundancia sale a trabajar y ni tiene a nadie con quien dejarlo y tampoco se atreve a dejarlo en casa solo, por lo que le prepara con esmero un bocadillo para almorzar y le dice que se vaya a pasear hasta que ella vuelva a la hora de la comida.
Otra opción es que este señor tiene de profesión ser parado, tiene una edad considerable, por lo que ni es joven, pero tampoco es viejo, por lo que ha visto reiteradamente cerradas las puertas y ventanas para encontrar un trabajo, hundido en su interior, se ha rendido a su coyuntura vital. Todos los días se levanta pronto y le dice a su mujer que va a ver si tiene suerte, pero todos los días vuelve a casa con la misma respuesta: no ha habido suerte.
Cualquier día este hombre dejará de visitar mi patio y nunca sabré si es que ha sido internado en un centro que trata las enfermedades mentales, si por fin encontró trabajo o si el destino le jugó una mala pasada de nuevo y quizá, después de su insulsa vida actual, acertadamente le quitó de en medio.

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