El hombre del bocadillo II
Ayer comprobé que el hombre del bocadillo todavía almacena algo de vida en su cuerpo.
Iba yo a tirar la basura y, como siempre, vi a Pablo. Vamos a llamarle así, porque no me parece serio llamar a alguien con la denominación antes mencionada, más cuando ya se va convirtiendo en una persona que veo todos los días.
Pablo, al contrario que años atrás, estaba de pie. Sí, era la primera vez que lo veía cambiar de postura y eso me chocó tremendamente.
Estaba de pie y había abandonado su posición natural: sentado y con un bocadillo en la mano. Tengo que decir que el bocadillo jamás lo suelta de la mano, quizá por miedo a que alguien lo coja, quizá por tener algo en las manos, quizá por sentirse más seguro... aunque me pregunto si no le sudarán las manos teniendo todo el rato el bocadillo agarrado entre sus dedos.
Ayer estaba crecido, fue más osado, se puso de pie y abandonó en el escalón el bocadillo envuelto en papel albal, como si ya no fuera una necesidad para él. Había encontrado algo que le hacía olvidar quién era o qué hacía. Miraba fijamente y con ansiedad hacía uno de los lados de la acera. En ese instante le oí murmurar algo, algo así como: “¡Madre mía!”. Aunque eso lo supuse después, porque en el momento sólo escuché sonidos ininteligibles .
No salía de mi asombro. Pablo había salido de su coma postural y además había recobrado el habla, ya que nunca antes había contestado a mis saludos. Algo que hacía para intentar hacerle reaccionar, nunca lo conseguí. Ni siquiera me miraba.
Miré mientras salía hacía la zona donde se posaban sus ojos, y lo comprendí todo. Parece mentira que siendo hombre no lo hubiera adivinado antes.
Pablo se deleitaba mirando el cuerpo de una mujer que estaba pasado. Era de mediana edad, no muy agraciada de cara, pero seguramente para Pablo era Venus saliendo del mar. Tal vez le llamó la atención su pelo rubio rizado, sus grandes pechos y un culo que hacía ceder más de lo necesario el pantalón vaquero.
No pude más que sonreírme. Aunque aquella imagen, que veo demasiado habitualmente en los hombres no es algo que me agrade. Cuando veo semejante espectáculo siento un poco de vergüenza ajena por ser hombre, al saber que ese comportamiento es muy similar al que puede tener cualquier primate. Si en algo se debería diferenciar el hombre al resto de animales es en su inteligencia y en que debe ser consciente de su realidad.
Puedes ver a una mujer bella por la calle y te puede llamar la atención, puedes mirarla y eso puede ser algo normal, como también les sucede a las mujeres. Pero de ahí a fijar su mirada como un águila cazando a una presa, babeando sólo en pensar que sabor tendrá dicho manjar, y luego el remate final suele ser el silbido o el “tía buena!!”, o cosas peores. En esos casos es donde se diferencia el bagaje cultural de los hombres, aunque he de reconocer que cuando van en grupo se pierden bastante las formas en personas que quizá nunca creyésemos capaces de ciertas cosas.
Pero volviendo a la reacción de Pablo y, sólo en su caso, me alegré en parte de que algo en su triste vida le hiciera disfrutar. Al fin y al cabo era el mejor síntoma de que todavía no estaba muerto del todo.

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