Las historias de mi abuelo (2)
En invierno cuando el frío se pega a los huesos, mi abuelo nos reunía junto a un gran fuego y empezaba a contarnos lo que he llamado “sus historias”. Nos hablaba de su infancia, bastante dura la verdad, porque se le murió su madre cuando era muy pequeño, a veces también nos contaba cosas de la guerra civil.
La verdad es que lo pasábamos de miedo, calentándonos cerca del fuego y escuchando al que considerábamos un héroe.
Una tarde nos contó que habían roto las líneas enemigas. Se encontraban eufóricos e iban avanzando con buen ritmo, aunque tenían que ir con mucho cuidado porque podía haber algún emboscado en algún lugar escondido y que les diera matarile a distancia.
Llegaron a un pueblo que estaba abandonado, se notaba que allí la gente había salido por piernas hacía pocos días.
Muchas pertenencias de esas buenas gentes estaban en el suelo, había ropa, zapatos, incluso alguien encontró un reloj.
El capitán decidió que la tropa podría descansar allí, además así se inspeccionaría el pueblo para que no hubiera ningún soldado o civil en el pueblo y les pegase un susto.
El capitán le ordenó a mi abuelo y a los soldados que tenía a su cargo que revisasen el pueblo vivienda por vivienda. La sorpresa fue que en el piso de arriba de una casa encontraron un tesoro para ellos: embutidos puestos a secar. Había morcillas, chorizos, longanizas, salchichón... Todo un banquete para una tropa que guardaba como una joya cualquier mendrugo de pan con moho y las ratas eran la única carne que cataban en muchas semanas, ya que los perros y gatos habían desaparecido hace ya mucho tiempo.
Aquello causó un alboroto, cuando informaron al capitán, éste se mostró desconfiando y afirmó que eso no era un hecho casual, tenía que ser una trampa de los nacionales, por lo que esos embutidos tendrían que estar envenenados.
Mi abuelo le miró y sin medir las consecuencias, azuzado por un hambre de lobo, agarró unas longanizas y empezó a devorarlas, al poco rato los soldados a su cargo le pidieron permiso para hacer lo mismo y comenzaron a comer como si no hubiesen comido en su vida. Todos acabaron comiendo embutido menos el capitán, que seguía mohíno y cauto ante aquella circunstancia. Pasada una hora, el capitán aceptó que si en una hora nadie había tenido retortijones y dolores, podía ser que no estuvieran envenenados.
El capitán pidió a mi abuelo que le hiciera un hueco, reconociendo de esta forma que se había equivocado, por lo que todos pudieron dar cuenta de aquel banquete inesperado, que no pudieron acabar, con lo que tuvieron comida para algún día más, incluso alguno se puso enfermo, pero del atracón.
Por suerte no había ninguna trampa allí y pude disfrutar de mi abuelo y de sus historias durante muchos años.



