abril 13, 2005

Las historias de mi abuelo (2)



En invierno cuando el frío se pega a los huesos, mi abuelo nos reunía junto a un gran fuego y empezaba a contarnos lo que he llamado “sus historias”. Nos hablaba de su infancia, bastante dura la verdad, porque se le murió su madre cuando era muy pequeño, a veces también nos contaba cosas de la guerra civil.

La verdad es que lo pasábamos de miedo, calentándonos cerca del fuego y escuchando al que considerábamos un héroe.

Una tarde nos contó que habían roto las líneas enemigas. Se encontraban eufóricos e iban avanzando con buen ritmo, aunque tenían que ir con mucho cuidado porque podía haber algún emboscado en algún lugar escondido y que les diera matarile a distancia.
Llegaron a un pueblo que estaba abandonado, se notaba que allí la gente había salido por piernas hacía pocos días.

Muchas pertenencias de esas buenas gentes estaban en el suelo, había ropa, zapatos, incluso alguien encontró un reloj.

El capitán decidió que la tropa podría descansar allí, además así se inspeccionaría el pueblo para que no hubiera ningún soldado o civil en el pueblo y les pegase un susto.

El capitán le ordenó a mi abuelo y a los soldados que tenía a su cargo que revisasen el pueblo vivienda por vivienda. La sorpresa fue que en el piso de arriba de una casa encontraron un tesoro para ellos: embutidos puestos a secar. Había morcillas, chorizos, longanizas, salchichón... Todo un banquete para una tropa que guardaba como una joya cualquier mendrugo de pan con moho y las ratas eran la única carne que cataban en muchas semanas, ya que los perros y gatos habían desaparecido hace ya mucho tiempo.

Aquello causó un alboroto, cuando informaron al capitán, éste se mostró desconfiando y afirmó que eso no era un hecho casual, tenía que ser una trampa de los nacionales, por lo que esos embutidos tendrían que estar envenenados.
Mi abuelo le miró y sin medir las consecuencias, azuzado por un hambre de lobo, agarró unas longanizas y empezó a devorarlas, al poco rato los soldados a su cargo le pidieron permiso para hacer lo mismo y comenzaron a comer como si no hubiesen comido en su vida. Todos acabaron comiendo embutido menos el capitán, que seguía mohíno y cauto ante aquella circunstancia. Pasada una hora, el capitán aceptó que si en una hora nadie había tenido retortijones y dolores, podía ser que no estuvieran envenenados.

El capitán pidió a mi abuelo que le hiciera un hueco, reconociendo de esta forma que se había equivocado, por lo que todos pudieron dar cuenta de aquel banquete inesperado, que no pudieron acabar, con lo que tuvieron comida para algún día más, incluso alguno se puso enfermo, pero del atracón.

Por suerte no había ninguna trampa allí y pude disfrutar de mi abuelo y de sus historias durante muchos años.

|
0 comments

abril 11, 2005

Las historias de mi abuelo (1)



Esta mañana no sé porqué me acordé de mi abuelo. Podría haber sido cualquier mañana, pero no, ha sido hoy. Me he levantado, con la idea de mi abuelo en la cabeza. Al salir a la calle buscaba al sol como un poseso, intentando que su calor me quitase el escalofrío que me había causado el viento al traspasar mi alma.

Lo reconozco lo he echado de menos. No me preguntéis porqué, pero siempre he sentido especial unión con las personas mayores y en ello ha influido en que siempre me han hecho cómplice de sus vidas. Tal vez porque he sabido estar en silencio con ellos el suficiente tiempo como para que me abran su alma, tal vez porque siempre he sabido escuchar sus historias y consejos. Algunos ya repetidos hasta la saciedad, mientras el resto de personas se han cansado de escuchar repetidas sus historias, yo nunca me he cansado.

Después de tantos años añoro las historias de mi abuelo, de la mayoría tengo un recuerdo vago, mientras que de otras las recuerdo a la perfección. Si hubiera sabido años atrás lo que sé ahora las hubiera grabado para poder relatar luego un trozo de historia de nuestro país, un trozo de la vida de mi abuelo.

No os lo he dicho, pero mi abuelo era republicano. Vivió la guerra a su manera, afortunadamente la acabó de la mejor manera: vivo y con un cargo militar. De hecho a veces cuando se calentaba las manos frente al fuego, sin darse cuenta adoptaba un gesto militar que nunca pudo evitar.

De hecho, el estaba muy orgulloso de haber podido aportar su granito de arena a la República, aunque luego no sirviera para nada y a la mayoría de sus compañeros se los pasarán a cuchillo. Vio morir a muchos, conoció muchas atrocidades, también pasó miedo, y no sólo durante la contienda, sino en la posguerra cuando algún conocido que no lo quería bien lo quiso denunciar.

Afortunadamente su personalidad afable y risueña siempre le granjeó amigos y uno de ellos resultó ser un cargo de la antigua Falange JONS y le dijo “si vuelves a tener problemas no tengas reparo en acudir a mí siempre que te haga falta, para eso están los amigos”. Desde entonces su corazón vivió un poco más relajado, hasta que le llegó la hora.

Eran amigos de antes de la guerra, sólo que se equivocaron de bando, pero como suele decirse los verdaderos amigo se demuestran en los buenos y malos momentos. Un amigo siempre será un amigo, independientemente de cómo la vida cambie.

|
0 comments

abril 07, 2005

Soy un etarra



He de reconocer que siempre me ha costado agachar la cabeza ante cualquier autoridad, ya sea paterna, materna, estatal... etc.

Siempre me ha costado aceptar según que normas. Sobre aquellas que no consideraba lógicas. Sí, puede parecer una actitud un poco chulesca, pero creo que como dicen los actores no doy el perfil de chulo.

Tampoco creo que doy en el papel de Rebelde sin causa. No, tampoco daría ese perfil, sinceramente. No estoy contra todo y todos. Asumo que deben existir unas normas en beneficio de la convivencia entre todos.

Seguramente, muchos os hayáis sorprendido de leer el título del post. No. Os vuelvo a contestar: No, no soy un etarra, pero si he sentido durante unos instantes lo que puede llegar a sentir un etarra ante un policía nacional.

El otro día iba en la moto, cuando me topé con un control policial. Tal vez mi manera de actuar denotó algo que no era lo que parecía. Intenté evitar el control, no porque tuviera nada que ocultar, sino porque tenía prisa, e quise evitar perder ese tiempo precioso. Y remarcó intenté evitarlo. Hice un movimiento con la moto, pero luego pensé que intentar huir de esta situación, sería una idea desafortunada. Efectivamente así fue, pero ya no había remedio.

Mi gesto no debió de gustar, evidentemente, al policía. Antes de llegar ya intuí que iba a pasar algo. Ese algo era yo, mi actitud había generado sospechas en los policías, que me esperaban con pistola en ristre y con la cara de menos amigos que he visto en mi vida.

Mientras el policía que había delante me hacía parar. Nunca me había fijado que algo tan sencillo como dar el alto podría impresionarme tanto. Tal vez nunca nadie me había apuntado con una pistola. Por un instante pensé este loco me pega un tiro.

Quizá todavía me sorprende la anécdota, pero nunca había sentido tal peso de la autoridad en todo mi vida, al menos con tanta realidad.

Me impresionó la cara del policía que me estaba parando. Sus gestos. Su mano en alto. Mientras mantenía su cuerpo rígido, sin mover ni un ápice ningún músculo. Luego pensé que era, porque seguramente, él quizás también estaba nervioso, aunque en un primer momento me pareció que tenía delante a “Termineitor”.

Cuando paré, hice un gesto de chulería, lo reconozco, como diciendo: ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho ahora?

"Termineitor”, me dijo: “Sin movimientos bruscos, súbete la visera del casco”. ¡Vaya! Pensé y si ahora me pongo a hacer el tonto, qué pasaría si mi cuerpo no respondiese y me diera un arranque involuntario de risa, y si hubiera salido corriendo. ¿El amigo de “Termineitor” me hubiera disparado? Nunca lo sabré.

Subí mi visera, pregunté: ¿Pasa algo agente?. “Termineitor” se humanizó y hizo un gesto a su compañero para que bajara su arma. El se relajo, yo tardé unos minutos en hacerlo.

Reflexionando posteriormente pensaba que sólo me había mirado un instante de segundo. Para mí fue eterno, hasta que "Termineitor" reaccionó, pero ni siquiera me hizo quitarme el casco. ¿Y si mis ojos hubieran parecido culpables? De hecho me sentí culpable, no sé porqué, pero así me sentí.

Dándole vueltas al tema, mientras iba con la moto como si fuera a pisar todos los huevos del mundo, intenté analizar como era posible que sólo por mis ojos “Termineitor” hubiera sabido que no era quien ellos buscaban.

Ahora creo con más fuerza todavía en la frase: “los ojos son el espejo del alma”.

|
0 comments