septiembre 28, 2005

Mi memoria blogueril desaparece



Desde hace un tiempo he detectado que mi memoria blogueril está desapareciendo... O lo que es lo mismo que los archivos donde se van almacenando los posts has desaparecido electrónicamente.
Afortunadamente si existen copias de dichos comentarios, así que tendré que llamar a un mecánico blogueril para que arregle mis cañerías, porque se están obstruyendo los posts y quién sabe lo que podrá pasar...
La verdad es que espero salir de estas obras virtuales bien parado, porque suelo seguir la fórmula que dice: "si algo funciona mejor no tocarlo", porque ya sabemos lo que suele suceder.
Ya aviso que voy a aventurarme a hacerme la reforma yo solo de momento, por lo que si mi página desaparece del mapa no os preocupéis. Querrá decir que he metido la pata y que momentáneamente desaparece un tiempo, aunque afortunadamente no supondrá que invernaré, ya que podré postear en vuestros blogs.
Y por cierto, perdonar aquellos que hayáis intentando ver mi baúl de los recuerdos, pero se ve que, de momento, están protegidos... o algo así...
Desearme suerte para la reforma, quien sabe igual tirando ese tabique de allá se me queda un comedor más grande para recibir las visitas.

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septiembre 21, 2005

El hombre del bocadillo II

Ayer comprobé que el hombre del bocadillo todavía almacena algo de vida en su cuerpo.
Iba yo a tirar la basura y, como siempre, vi a Pablo. Vamos a llamarle así, porque no me parece serio llamar a alguien con la denominación antes mencionada, más cuando ya se va convirtiendo en una persona que veo todos los días.

Pablo, al contrario que años atrás, estaba de pie. Sí, era la primera vez que lo veía cambiar de postura y eso me chocó tremendamente.

Estaba de pie y había abandonado su posición natural: sentado y con un bocadillo en la mano. Tengo que decir que el bocadillo jamás lo suelta de la mano, quizá por miedo a que alguien lo coja, quizá por tener algo en las manos, quizá por sentirse más seguro... aunque me pregunto si no le sudarán las manos teniendo todo el rato el bocadillo agarrado entre sus dedos.

Ayer estaba crecido, fue más osado, se puso de pie y abandonó en el escalón el bocadillo envuelto en papel albal, como si ya no fuera una necesidad para él. Había encontrado algo que le hacía olvidar quién era o qué hacía. Miraba fijamente y con ansiedad hacía uno de los lados de la acera. En ese instante le oí murmurar algo, algo así como: “¡Madre mía!”. Aunque eso lo supuse después, porque en el momento sólo escuché sonidos ininteligibles .

No salía de mi asombro. Pablo había salido de su coma postural y además había recobrado el habla, ya que nunca antes había contestado a mis saludos. Algo que hacía para intentar hacerle reaccionar, nunca lo conseguí. Ni siquiera me miraba.
Miré mientras salía hacía la zona donde se posaban sus ojos, y lo comprendí todo. Parece mentira que siendo hombre no lo hubiera adivinado antes.

Pablo se deleitaba mirando el cuerpo de una mujer que estaba pasado. Era de mediana edad, no muy agraciada de cara, pero seguramente para Pablo era Venus saliendo del mar. Tal vez le llamó la atención su pelo rubio rizado, sus grandes pechos y un culo que hacía ceder más de lo necesario el pantalón vaquero.

No pude más que sonreírme. Aunque aquella imagen, que veo demasiado habitualmente en los hombres no es algo que me agrade. Cuando veo semejante espectáculo siento un poco de vergüenza ajena por ser hombre, al saber que ese comportamiento es muy similar al que puede tener cualquier primate. Si en algo se debería diferenciar el hombre al resto de animales es en su inteligencia y en que debe ser consciente de su realidad.

Puedes ver a una mujer bella por la calle y te puede llamar la atención, puedes mirarla y eso puede ser algo normal, como también les sucede a las mujeres. Pero de ahí a fijar su mirada como un águila cazando a una presa, babeando sólo en pensar que sabor tendrá dicho manjar, y luego el remate final suele ser el silbido o el “tía buena!!”, o cosas peores. En esos casos es donde se diferencia el bagaje cultural de los hombres, aunque he de reconocer que cuando van en grupo se pierden bastante las formas en personas que quizá nunca creyésemos capaces de ciertas cosas.

Pero volviendo a la reacción de Pablo y, sólo en su caso, me alegré en parte de que algo en su triste vida le hiciera disfrutar. Al fin y al cabo era el mejor síntoma de que todavía no estaba muerto del todo.

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septiembre 15, 2005

El hombre del bocadillo



Todas las mañanas cuando salgo de casa siempre hay un hombre de una edad indeterminada con un bocadillo envuelto en papel albal sentado en el patio donde vivo.

Lo cierto es que por las mañanas el sol calienta a esa hora de la mañana de forma agradable, más si hay una leve brisa que te hace que tus facciones de la cara se desperecen. Es, y no lo digo porque pueda disfrutarlo muchas veces, un sitio agradable a ciertas horas. Además hay un escalón lo suficientemente alto para que sea cómodo estar sentado allí, donde hay un asiento inmejorable para ver la vida a tiempo real.

Me costó un tiempo, descubrir a esta persona peculiar, porque a veces salía por el garaje y no pasaba por el patio.

El hombre del bocadillo tendrá entre 45 a 55 años, quizás es más joven pero se le ve castigado, incluso un poco hundido moralmente. No sé que extraño resorte mental hace que venga todos los días a mi patio a sentarse allí, porque cuando vuelvo ya no está.
Tengo curiosidad por saber que puede hacer una persona todos los días en semejante posición durante bastantes horas, otros andarían, aprovecharían su tiempo en ver cosas... él no, se queda allí sentado. Supongo que cuando tiene hambre se come el bocadillo primorosamente envuelto, hecha sus horas y luego se irá a su casa.
Lo cierto es que hace su jornada laboral, ya que los fines de semana, días en los cuales podría observar su particular sedentarismo, no viene a visitarnos.
Sé que si le preguntase dejaría de venir a mi patio, son ese tipo de cosas que percibes. Sucede como con el hielo, si rompes una fina capa de hielo y la coges con la mano, deja de ser hielo y se convierte en agua fría en las manos, poco después el agua se evapora y desaparece cualquier rastro.

Tengo dos ideas respecto a la vida de este hombre. Una es que es una persona que sufre enfermedad mental, su madre que no nada en la abundancia sale a trabajar y ni tiene a nadie con quien dejarlo y tampoco se atreve a dejarlo en casa solo, por lo que le prepara con esmero un bocadillo para almorzar y le dice que se vaya a pasear hasta que ella vuelva a la hora de la comida.

Otra opción es que este señor tiene de profesión ser parado, tiene una edad considerable, por lo que ni es joven, pero tampoco es viejo, por lo que ha visto reiteradamente cerradas las puertas y ventanas para encontrar un trabajo, hundido en su interior, se ha rendido a su coyuntura vital. Todos los días se levanta pronto y le dice a su mujer que va a ver si tiene suerte, pero todos los días vuelve a casa con la misma respuesta: no ha habido suerte.

Cualquier día este hombre dejará de visitar mi patio y nunca sabré si es que ha sido internado en un centro que trata las enfermedades mentales, si por fin encontró trabajo o si el destino le jugó una mala pasada de nuevo y quizá, después de su insulsa vida actual, acertadamente le quitó de en medio.

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septiembre 05, 2005

Una mujer se ha desnudado delante de mí



Voy a contar lo que he visto y lo que intuyo que ha pasado. En primer lugar, tengo que decir que era una mujer muy hermosa, morena, con grandes ojos marrones, sí, ese marrón que parece entre un color miel y almendra...

Antes de seguir tengo que aclarar a los morbosos que no se ha desnudado físicamente delante de mí en medio de la calle, es decir se ha desnudado emocionalmente delante de mí y de todos los que pasaban por la calle en ese momento.

Ella estaba sentada en un banco llorando como si le hubieran robado el más preciado de sus tesoros. No era un llanto desgarrador, ni histérico, era un llanto silencioso, sincero, largo y muy triste, ese llanto sólo lo puede tener alguien que sufre mucho y que está reprimido.

Ante esa imagen he de reconocer que me he quedado cohibido. Estaba andando y me ha perturbado ver allí semejante situación. He mirado para un lado, para el otro, incluso para atrás, pero para las personas que caminaban por allí parecía un hecho de lo más normal del mundo. Nadie ha cambiado su semblante, ni siquiera ha habido un gesto ni de asombro, pena, asco... nada, absolutamente nada, como si allí no hubiera un ser humano con el alma desgarrándosele en ese instante.

Después de unos segundos, que han parecido minutos, porque sorprenderme ante este esa indolencia de la sociedad, en España se desangra una persona en la calle y nadie se pararía un segundo para ayudarle.

Inmediatamente he tenido curiosidad por saber que podía estar pasando por su cabeza en ese momento o mejor dicho cuál era el motivo real de esas gotas saladas que resbalaban por su mejilla y que caían limpias para terminar mojando sus manos, su vestido...

En ese momento se ha quedado mirándome fijamente y se ha tapado con vergüenza su rostro, durante un momento, para luego volver a decirme con el rostro que no era asunto mío y que nada podía hacer frente a ese llanto.

Entonces ha llegado un hombre, se ha sentado al lado de ella como si no fuera la cosa con él. Me ha visto pasar sin detener la vista en mí y ha encendido tranquilo un cigarrillo, sin que fuera extraño ver a su lado a una mujer llorando de su misma raza. No intentó consolarla, no la tocó, simplemente fumaba observando sin interés alrededor.

En ese intervalo de tiempo he rebobinado la película en mi cabeza y he visto a un hombre humillar a una mujer por despecho, porque es lo normal en su país o porque la noche anterior estuvo calentando otra cama que no era la conyugal...

Así he pintando el cuadro yo, aunque seguramente otras personas habrían escenificado un guión diferente.

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