CECC - Revista 05 - Desde mi arnés. Travesía del sistema Hundidero - Gato

Desde mi arnés. Travesía del sistema Hundidero - Gato

José Miguel García Matas "Josemi"

Dejando aparte la aventura para encontrar un sitio donde dormir en un paraje donde todo el campo tiene vallas, diré que en esta ocasión me levante con ganas y predisposición a entrar cuanto antes en la cavidad. Ganas que no compartían la mayoría de mis compañeros, así que, sin protestas por mi parte (tampoco era cuestión de fastidiar a nadie), me deje llevar a Montejaque para desayunar y, de paso, perdernos por las calles del pueblo antes de llegar al punto de comienzo de la travesía.

Siguiendo la carretera que lleva de Montejaque a Algodonales, dejamos los coches en una explanada que hay a mano izquierda pasado el Km. 4, enfrente de un pequeño cortijo. También habría sido posible continuar un poco más por la carretera y tomar la siguiente pista a mano izquierda que deja en la misma presa de Montejaque, aunque la verdad es que casi no merece la pena, ya que no tardamos en bajar a la misma más de 10 minutos escasos.

Descargamos el material y Raúl y Alberto, bajaron a dejar un coche en el final de la travesía. Este punto se encuentra en la carretera que une Benaoján con Ronda, al poco de pasar la estación de tren de Benaoján-Montejaque, donde sale una pista a mano izquierda junto a un hotel y un letrero que indica la bajada hacia el mirador de la Cueva del Gato, cueva que se ve perfectamente desde la carretera, siempre que haya luz, claro.

Reunidos todos de nuevo, bajamos hacia la presa de Montejaque, cogiendo la senda que parte del aliviadero de la presa hacia la cueva del Hundidero, que se abre justo debajo de la carretera por la que llegamos. Antes de entrar paramos para ponernos el equipo, los que no nos habíamos puesto el neopreno, y comenzamos a entrar comenzando mis problemas.

Aparte de ser el último en vestirme y comenzar a andar, como de costumbre, mi recién estrenado carburero en modo autopresión no quería encenderse, así que opte por dejar abierto el grifo hasta que cayera el agua suficiente para generar el gas. Según iba alcanzando a Paloma y Alberto, iba oyendo un silbido como de agua a presión, alguna cascada pensaba yo, pero los anteriormente citados me comentaron, no sin cierta preocupación en su rostro, que se veía salir el gas por el quemador de mi casco. Es el momento de encenderlo, pensé al tiempo que giraba el mechero, y efectivamente, tras una explosión seca se encendió la llama de proporciones casi épicas, según comentarios altamente fiables, lo que me hizo pensar que quizás, sólo tal vez, había abierto demasiado el grifo del agua, así que lo bajé a dos vueltas y dejé que bajara la llama mientras alcanzábamos el primer lago, con el primer descenso con cuerda, y el silbido del gas iba apagándose.

Fui el último en bajar, percatándome en seguida que la bajada terminaba dentro del lago, creo que debió influir el hecho de que me mojé. Así que, tras buscar sin éxito un lugar donde hacer pie, comencé a tirar de la cuerda para recuperarla y me acerque a nado hacia la orilla, donde esperaban el resto de los aventureros, arrastrando la cuerda tras de mí. En la orilla comprobé que mi carburero no era el único con ganas de protagonismo, ya que el de Paloma había esparcido algo de su contenido sobre una piedra que estaban lavando con agua apresuradamente. Aproveché tal evento para rebajar mi temperatura corporal dentro del agua, y una vez solventado el pequeño problemilla continuamos la travesía.

Un poco más adelante, llegó el momento de consultar la topo para refrescar la imagen de lo que nos esperaba. Así que me senté en una piedra, me quite el casco para sacar la topo que llevaba dentro y, apoyándolo en mi rodilla izquierda, comencé a cantar nuestra posición. Ya había terminado de cantar y estaba mirando la topo por mi cuenta cuando me percaté de un pequeño resplandor en mi entrepierna. ¡Ostia, hay algo ardiendo! Rápidamente tiré la topo a un lado y comencé a apagar el incendio con la mano derecha mientras que con la izquierda levantaba el casco. Al levantar el casco comenzaron a caer pequeñas gotas de fuego, con lo que me di cuenta que lo que ardía era la cinta del casco. Sofocado el siniestro hice el balance de daños y vi que la cinta de sujeción del casco estaba un poco encogida pero seguía entera, lo que no vi por ninguna parte fue el clip de sujeción. Al apoyar el casco en la pierna, la cinta había quedado hacia arriba con el clip al lado de la llama y este decidió inmolarse. De hecho, las gotas de fuego que vi caer eran del plástico del clip. Salvo el clip y las gotas de fuego que cayeron sobre mi pierna sin que, afortunadamente, quemaran el neopreno (solo quedaron algunas manchas de plástico fundido), no hubo más daños que reseñar y, medio mosqueado por los dos últimos incidentes, recogí la topo y me sujete el casco apretando bien los cierres de la cabeza y haciendo un seudo-nudo en la cinta de sujeción bajo mi cuello.

No me acuerdo si fue en el segundo o tercer pozo donde tuve mi tercer momento de gloria. Este pozo consistía en una rampa que daba paso a una bajada vertical, hasta aquí todo normal, salvo porque la pared estaba extraplomada y había que bajar por el interior de una C. Como había visto que Paloma se había dejado el ocho bloqueado en el extremo de la rampa pensé en colocarme en el borde de misma, echar el cuerpo hacía atrás para que al bajar por el pozo el ocho quedase situado más allá del borde de la rampa, y bajar el cuerpo apoyando las rodillas en el borde y, posteriormente, los pies en el extraplomo ayudándome con la mano izquierda. Hasta las rodillas todo perfecto, pero en cuanto empecé a tantear con el pie derecho la pared para salir de la rampa pegué un resbalón de plusmarquista y me precipité hacia el pozo. Como había tenido la precaución de echar el cuerpo hacia atrás no me pegué la morrada de rigor contra el saliente, en cambio seguí cayendo hasta que la cuerda hizo tope con el susodicho saliente y rematé de cabeza contra la pared al pendulear, ya que, ¡Oh, dioses de la mala leche! Mi mano izquierda había quedado aprisionada casi en el borde del saliente y debajo de la cuerda ¡Yo y mi manía de sujetar la cuerda! Tirando, tirando, conseguí sacar todos los dedos excepto el meñique y su compañero que se negaban a salir, y tampoco conseguía hacer pie en la pared, ya que la muy puñetera resbalaba más que el cerdo engrasado de las fiestas. Ya veía mi futuro esmorrado en el fondo o con dos dedos menos, cuando se acercó Raúl a salvarme. Tras asegurarse y con precaución, fue metiendo el pie debajo de la cuerda y acercándolo hasta mi mano, hasta que llego un momento en el que rebajo la tensión lo suficiente para sacar los dedos, que afortunadamente sólo estaban entumecidos, ni siquiera se me hincharon un poquito. Por otra parte, también di gracias a que no se me cayera el casco cuando impacté con la pared y que el seudo-nudo que hice en la cinta de sujeción aguantara.

Continuamos bajando por pequeños destrepes y atravesando a nado pequeñas galerías inundadas, en algunos destrepes aprovechábamos cuerdas fijas, algunas de ellas con nudos y estribos, y sobre algunas galerías inundadas aparecían restos de pasarelas con cable de acero y piso de madera. De esta parte recuerdo el mayor pozo de la travesía a cuya cabecera accedimos por un corto pasamanos, al bajar por la pared teníamos que dejar a la derecha una barra metálica incrustada en la pared, ya que el pozo continuaba por la izquierda. En cierto momento comenzamos a oír voces y chapoteos más adelante, Raúl y yo íbamos cerrando la marcha. Al alcanzar al grupo de cabeza comenzamos a oír cosas raras del estilo de ¡No bajéis! Mirad si continúa la galería por otra parte y ¡No se puede pasar!

Nos encontrábamos en un destrepe que terminaba en una galería inundada, que, a los 10 metros aproximadamente, parecía terminar sin continuación. En la mente de todos aparecía claramente el recuerdo de haber leído algo sobre pasar por un sifón, que en estío se podía pasar por un estrecho y corto paso que sobresalía unos 20 cm. sobre el agua, así como el de un camino alternativo superior haciendo el mico por los restos de las pasarelas metálicas. Sea como fuere, Alberto y Carlos, decían haber estado al fondo de la galería y comentaban no haber encontrado ningún paso, sin embargo, me encontraba yo con ganas de nadar un poco y, no puedo negar que la idea de pasar por el sifón me atraía. Por otra parte, pensaba que mi cupo de mala suerte para esta cueva ya lo había agotado, recuérdense mis anteriores experiencias con el gas, el casco y la cuerda. Así que sin pensármelo media vez, me tiré al agua y fui nadando hacia el final de la galería. Al llegar allí comencé a pensar que me había pasado de listo, por la derecha parecía haber un hueco, más o menos amplio, que sin embargo se veía claramente que no continuaba. Por la izquierda, se veía un agujerín oscuro que un poco más adelante se ensanchaba, pero tampoco parecía continuar. Así que allí estaba yo, mirando tontamente el agujero de la izquierda mientras desde atrás me preguntaban que veía y Paloma comenzaba a venir nadando hacia mí, cuando tuve una iluminación, nunca mejor dicho, y se me ocurrió encender el frontal para iluminar el agujero. ¡Es notable como cambian las cosas cuando se iluminan! Tras el pequeño ensanchamiento del agujerín, se veía un nuevo estrechamiento tras el que aparecía una sala mucho más amplía. Todavía tenía la duda de si aquello continuaría, pero ya estaba seguro de que pasar, pasaba. Así que, aprovechando que Paloma ya estaba a mi lado, le pase la saca que llevaba a la espalda y comencé a pasar quedándome en el primer ensanchamiento, a menos de un metro de la entrada, para recuperar mi saca y la de Paloma, mientras el resto de la expedición nos alcanzaba a nado. Pasado el segundo estrechamiento, accedí a una sala inundada más amplia que la galería anterior que, girando hacia la derecha, terminaba en una pequeña playa.

Obviamente, nos habíamos pasado el camino alternativo que debía conducir a la misma sala en la que me encontraba. Este debe encontrarse subiendo por la pared derecha antes de bajar a la galería inundada del sifón, ya que por la derecha de la sala hay una pequeña galería sin continuación aparente, pero por cuya parte superior se ven los restos de una pasarela que continúa por la izquierda de la sala con respecto a la playa por la que llegamos.

Seguimos por la galería, andando y nadando a partes iguales aproximadamente. El agua en algunas de las zonas inundadas tenía cierto color marrón y en otras había sedimentos en la superficie. También pasamos por alguna zona en la que hacíamos pie sobre depósitos de lodo mientras que los restos de la pasarela metálica nos acompañaban durante todo el camino.

Por fin llegamos a una zona seca donde Alberto, Paloma y Carlos se demoraron un poco mientras Raúl y yo continuábamos para terminar, casi inmediatamente, en la “Sala de los Gours”. Bueno, hay que verla, en cierto modo me recordaba a ciertas fotos de promoción turística donde se ven una serie de marmitas blancas con agua, unas encima de otras, en alguna parte del Mediterráneo, y aunque aquí no se veía el mar, estaban igual de blancas salvo en una de ellas donde algún aprendiz de cromañón había impreso sus manos. La otra atracción turística del lugar es un “grabado” de 1924 ¡Que siga siendo el único!

Todos reunidos de nuevo, nos percatamos de que ya llevábamos casi, o sin casi, tres horas dentro de la cueva y apenas habíamos comenzado. Descartamos la idea de realizar la travesía en cuatro horas y media, elucubramos sobre si veríamos la luz del Sol al salir y acordamos parar a comer en la “Plaza de Toros” que, según todos los indicios, debía estar bastante cerca.

De la “Sala de los Gours” a la “Plaza de Toros” la galería estaba seca, por lo que progresábamos a buen ritmo a pesar de que iba yo en cabeza. Casi sin darnos cuenta llegamos a la zona, inundada según la topo, que precedía al coso taurino. Y digo según la topo, porque el agua se había cansado de esperarnos dejando la galería llena de lodo. Los primeros pasos no fueron muy difíciles, meter el pie hasta el tobillo, la otra pierna hasta la rodilla y así, hasta llegar por encima del muslo (para quien no lo sepa mido 192 cm. de estatura). Como de costumbre en estas aventuras, comenzaron los comentarios jocosos que habitualmente preceden a la risa floja, risa que, también habitualmente, viene seguida de titánicos esfuerzos por salir de una situación apurada que no lo parecía tanto. Al ir en cabeza me había separado del resto lo suficiente como para que, cuando pude escapar de la trampa de barro por la izquierda de la galería, pudiera darme la vuelta y ver al resto luchando denodadamente por escapar del barro cual arbolillos azotados por el viento. Intentando no descojonarme (es malo para la salud) les animé a que me siguieran y continué avanzando hacia una nueva zona enlodada que, debido a la práctica y a su menor profundidad, pasé con menos problemas que la primera.

Al final de la misma se me unió Raúl, y continuamos hacia el final de la “Plaza de Toros” que ya habíamos alcanzado, sentándonos sobre una piedra esperando al resto para comer. Estos llegaron con más o menos barro por encima de la cintura, pero llegaron.

Después de limpiarnos un poco y devorar la comida, continuamos el camino sintiéndonos un poco más espeleólogos. Al poco de andar llegamos nuevamente a una zona con un charquito de agua donde nos quitamos un poco el barro, podíamos haber seguido sin parar porque al poco volvimos a entrar en una zona con galerías inundadas en las que comenzamos a nadar nuevamente.

Iba yo nadando en cabeza con Raúl a mi izquierda, cuando se oyó como un disparo y el golpeteo de una piedrecilla en la parte izquierda de la galería al tiempo que bajaba un poco la luz. La boquilla de mi quemador que ha saltado, dijo Raúl tranquilamente, y por la tranquilidad con que lo dijo cualquiera hubiera pensado que era una práctica normal de las boquillas, como la caída de la hoja en otoño o los atascos en hora punta. Apaciguada la alarma suscitada entre los esforzados expedicionarios, continuamos nadando hasta una zona seca donde se aprovechó para carburar, reponer la boquilla y llenar de agua el depósito de mi carburero, cuya llama comenzaba a declinar.

En estas estábamos, cuando reparamos en una curiosa formación que se encontraba junto a nosotros, habíamos alcanzado la “Sala de la Gran Estalagmita” sin darnos cuenta. Divagando sobre la relatividad del tiempo y la percepción del entorno nos encontrábamos Carlos y yo frente a Raúl, cuando la boquilla de su quemador decidió explorar por su cuenta el techo de la cavidad partiendo con un gran estruendo y fogonazo incluido. Mientras Carlos recuperaba la vista le indique a Raúl, que el gas de su carburero seguía ardiendo, creo que ya se había dado cuenta porque, casi sin dejarme terminar la frase, ya me estaba indicando solícitamente que se lo apagara, cosa que hice rápidamente de un soplido.

Como ya no le quedaban más boquillas a Raúl, decidimos suspender los fuegos de artificio y continuar hacia el “Cabo de las Tormentas”, que alcanzamos poco después tras superar fácilmente una presa en medio de la galería. Sólo por pasar por aquí ya merece la pena la travesía, se trata de la zona de galería inundada más larga y amplia de todas las que atravesamos, con espléndidas formaciones en todo su zigzagueante recorrido. Por el techo de la misma aún se ven los restos de la pasarela metálica y en sus paredes se aprecia hasta donde llega el agua en época de lluvias. Al principio de la misma también atravesamos una zona, o dos (no estoy seguro), donde soplaba el viento en la dirección de nuestra marcha. En fin, no íbamos con la boca abierta porque entraba el agua.

Maravillados, extasiados… [ponga aquí su adjetivo epatante favorito]… Continuamos la marcha adentrándonos en la “Galería del Aburrimiento”. Esta zona seca se caracteriza por alternar los sembrados de piedras con los caos de bloques, no puedo hablar por el resto, pero a mí me pareció un eficaz rompepiernas. Tanto, que en cierto momento de especial agotamiento, solicité ponerme en cabeza para ralentizar la marcha del grupo, ya que estaba viendo que era incapaz de seguir su ritmo.

En esta zona vimos alguna cuerda que bajaba de una galería superior y nos pasamos sin ver la galería que, partiendo hacia la derecha por dos posibles caminos, termina en un sifón. Este desvío está, según la topo, antes de pasar por el “Lago 1100”, lago que tampoco recuerdo haber visto por ningún sitio. Medio mosqueado andaba yo pensando si no nos habríamos metido en la galería ciega, cuando alcanzamos por fin la “Sala de las Dunas”, no es que lo supiéramos realmente, pero dada la gran acumulación de arena en la misma estábamos bastante seguros.

Pasada esta última sala se supone que hay zonas en las que se bifurca el camino, no es que lo niegue, es que no las vi. A estas alturas el único carburero que recuerdo en funcionamiento era el de Paloma que venia tras de mí, yendo el resto con luz eléctrica en una zona donde la respiración producía fácilmente vaho, lo que me era ciertamente molesto para ver el camino (recuérdese que yo iba en cabeza) aunque Raúl me adelantó un par de veces. En esta zona también tuvimos que destrepar algunos resaltes, y en un punto tuvimos que trepar por la derecha de la galería para poder continuar bajando.

Como no hay mal que 100 años dure, ni cristiano que lo aguante, llegamos por fin a una zona donde, después de bajar entre piedras, había un amago de continuación frustrado a la izquierda, y una galería inundada a la derecha a la que sólo se podía acceder saltando. Esta galería inundada parecía no tener tampoco continuación, pero era la única salida lógica, así que tras parecerme ver que la misma hacía un giro a la izquierda más adelante, me acerque a un saliente desde donde al sentarme tocaba el agua con los pies y me deje caer. Tras una breve y reparadora inmersión volví a la superficie con un suspiro de satisfacción y me alejé nadando, mientras escuchaba como alguno había decidido saltar alegremente.

Tras el recodo de la galería se accedía a una sala más amplia cortada por un pequeño muro que pasamos por la derecha, tras pasarlo llegamos rápidamente a la boca de la “Cueva del Gato”, donde, para poner el broche final a la travesía resbalé al pisar una piedra, haciéndome polvo la alegría del momento y el poder completar una cueva sin un rasguño. Maldiciéndome en arameo, me levante y me dirigí a una pequeña presa situada al lado de la salida desde donde, después de remolonear un rato y casi ocho horas de travesía, salimos al exterior, de noche, por supuesto.

Al lugar donde estaban los coches llegamos en cinco minutos, así que tras recoger el material y cambiarnos sin limpiar el carburero, permití al resto de mis compañeros que me esperasen sentados dentro del coche mientras terminaba de recoger mis cosas. Luego fuimos a recoger el primer coche y dormimos en un albergue, pero eso es ya otra historia.


Resumen de la actividad
· Travesía del sistema Hundidero - Gato siguiendo la galería principal. 4.500 m de desarrollo y -162 m de desnivel.
· Entrada el sábado 25/09/2004 a las 14:20 horas por la “Cueva del Hundidero” (Montejaque, Málaga)
· Salida el sábado 25/09/2004 a las 22:10 horas por la “Cueva del Gato” (Benaoján, Málaga)
· Participaron alegremente Raúl Fernández, Carlos Mateo, Paloma Núñez Lagos, Alberto Duque y José Miguel García Matas “Josemi”