CECC - Revista 05 - Por Pirineos sin un duro

Por Pirineos sin un duro

Tania Jimenez

Parece que todas las singladuras están destinadas a gente con ganas…y que no se raje cuando los planes están listos. Ese ha sido el caso esta vez; cuando propuse entre los colegas de la uni unos días andando por Pirineos, todos estaban animados y encantados con el viaje, pero cuando las cosas estaban ya montadas, que si uno no tenía plata, que si otro no estaba para andar, que si la matrícula…me vi montando otro viaje en solitario, y no me apetecía. Por suerte, en el último momento un amigo dijo que se venía, pero por una semana, y comenzamos a montar el tinglado de veras. Entre oleadas de gente varia que si sí y que si no, terminamos quedando en la Casa Encendida para armarnos una excursión desde Pamplona hasta Lleida. Y todo con los exiguos fondos que restaban del verano,… y sin coche.
Pues bien, llegado el momento, nos cogimos un autobús en Avenida de América que nos depositó tras cuatro horas y media en Pamplona, desde donde salía otro bus a Orbaizeta, pequeño pueblito lindante con la selva de Iratí. En teoría, teníamos pensado verla esa tarde más o menos bien, lo que no sabíamos es que son 15.000 ha de hayedo, y tiene mil caminos que recorrer…fuimos hasta el embalse de Irabia, unas cuatro horas de camino por bosque, muy recomendable. Y a la vuelta, ya anocheciendo, pasaba por la pista un jeep, y echándole morro preguntamos a las ocupantes (que terminaron siendo las guardas forestales) si nos acercaban hasta el pueblo, que no nos apetecía andar. Dicho y hecho, en 20 minutos nos habían acercado, y estábamos buscando un sitio para dormir. No llevábamos tienda de campaña, solo los sacos y la funda de vivac, y aunque nos ofrecieron el frontón del pueblo (al lado de una casa con tintes ocupas y animación musical constante), nos fuimos al lado del río, a la huerta del tío Manolo. Primera noche en el monte, con una ligera brisilla que gracias a mi saco no importunó mucho, pero que al otro amigo le dejó tieso de frío (para algo debía servir llevar 3 kilos más de peso que él en materia durmiente).
Al día siguiente, volvíamos a Pamplona para coger otro bus y ver cuánto podíamos acercarnos a Ordesa y Monte Perdido. En teoría, si íbamos a Jaca había autobuses desde allí, lo que no sabíamos es que estaban reorganizando las rutas y que solo pasa un bus diario, que ya habíamos perdido. Total, que lo máximo que pudimos acercarnos fue a Bisecas, vía Sabiñáñigo, y ahí optamos por el remedio de los pobres: patear por carretera para acercarnos más a destino y probar suerte en autostop. Llevábamos una horita, casi anocheciendo y la carretera empezaba a empinarse para subir un puerto, y paró un Renault R5 con cuatro mañicos: no sé como cupimos, porque ellos también venían de hacer marcha, el caso es que nos metimos los dos con los dos macutos casi tan grandes como nosotros en la parte de atrás, con dos maños y más mochilas. Y así hasta Torla, donde nos acomodamos en una praderita muy cercana al camping del Río Ara. De nuevo di las gracias a mi saco por ser tan gordo y pesado (aunque mi espalda no opinase lo mismo).
Tercer día marchando, hicimos algo muy típico: subir a Góriz desde la pradera de Ordesa. Poco os voy a contar, una subida muy conocida, muy bonita y con mogollón de edelweiss, cosa que como biologuillos nos dejó encantados. Y resto de la tarde, fotosintetizando al sol, hasta la hora de dormir, cuando nos dolieron los 11 euros por pernocta casi tanto como el frío que hacía fuera. Y aun tuve decencia y narices para darme una ducha… de agua “fresquita”. El refugio estaba lleno, el buen tiempo se notaba, e incluso coincidimos con un grupo catalán de espeleología, que iban a la brecha de Rolando y a la sima de Marboré, creo.
La intendencia de comidas iba en función de lo que pudiera cargar cada uno, el infiernillo y algo de pasta, arroz, fruta… como no podía ser mucho, íbamos comprando de pueblito en pueblito, y después de subir a Góriz, el siguiente destino era Bielsa, subiendo hasta el collado de Añisclo y bajando por Pineta. Lo que nadie nos había dicho (y no vimos en el mapa) es que la bajada a Pineta era un desnivel de 1200 metros en apenas 5 cm de mapa, que si no me salen mal las cuentas son 2 km. La muete, vamos, aunque con un paisaje de aúpa, y acompañados por marmotas y chovas. Casi llegando a Bielsa, nos paró un galleguiño con otro Renault R5 (larga vida a ese coche), que iba también de travesía montañera, y nos acercó a Aínsa, pueblo grande donde “seguro” que había buses. Lo que no caímos al llegar era que al día siguiente era domingo, con lo que sí, había dos buses diarios, pero no ese día. Optamos de nuevo por carretera y manta, para acercarnos lo más posible a Castejón de Sos, siguiente “pueblo grande”. Resulta curioso que los coches que suelen parar son de los que más solera tienen, por decir algo suave, pero a la salida de Aínsa, vemos estupefactos como un Mondeo nos paró en medio de la carretera: un matrimonio cuyo hijo también estaba recorriéndose Piri en las mismas circunstancias se apiadó de nosotros, y nos acercó al cruce de Campo, a unos 15 km de Castejón de Sos, donde ya pensábamos dormir. Al entrar en el pueblo, ya con las frontales, un coche nos pregunta a dónde íbamos: otro gallego, con un curro de lujo para un biólogo (haciendo el inventario forestal español), que nos terminó de acercar a Castejón. Un día de mucha suerte, no sé si fueron cerca de 70 km o más de autostop.
El siguiente destino era Aigües Tortes y el lago Saint Maurici, en Lleida. Para variar, en Castejón de Sos no había buses: la gente nos decía que el gobierno los tenía olvidados, que los jóvenes se iban, que ahí la vida era dura… nos esperaban cerca de 35 km hasta Pont de Suert, pueblo leridano cercano a Boi, una de las entradas al Parque Nacional. Y de nuevo la suerte jugó a nuestro favor: un bombero nos subió el puerto hasta Laspaúles, lo más duro de la carretera, y empezamos a andar por un valle tan bonito que casi daba igual que fuera por asfalto. A mitad de camino, con un sol de justicia, oímos una vocecita que decía: “venid, venid…” era el río, que nos llamaba a tomarnos un baño muy muy necesario, al menos para la higiene (y algo menos para la decencia, por aquello de no llevar bañador). Los últimos 5 km hasta el Pont de Suert nos los hizo un belga con un coche muy… cuco. Y de Pont, los autobuses que no pasan, todo cerrado por ser domingo… y 20 km hasta Boi. A mitad del camino, estaba ya hasta las narices de carretera, y justo al llegar a Barrera, donde secretamente había pensado pararme y decir “hasta aquí he llegado, 30 km bueno, pero 40 en un día me parece demasiado”, nos para un Ford Fiesta pequeñín con un punki a bordo, y directos a Boi. La noche la pasamos en el parking de un hotel (la puerta estaba abierta), y a las siete de la mañana nos mudamos a un parquecito, por si acaso le daba a alguno por entrar…
No sé si conocéis esa zona, la del valle de Boi y Taull, es muy linda, merece la pena. Para subir al parque, o con “vehículo propi” o pagando un jeep-taxi, 4 euros por persona y trayecto, ahora eso sí, que te suben y bajan cuando a ellos les viene bien, no cuando quieres tú… Ese día, nos dejaron en la plataforma, a una hora y media del refugio. La primera indicación que vimos ponía: “Morrano, 2h”. y para allá que fuimos, por el susodicho barranco, hasta el primer estany, el de Ribeira. El paisaje es precioso, todo granito, como la Pedriza pero con mucha más agua y más bosque. Los valles están muy próximos los unos a los otros, y decidimos cruzarnos un par de collados e ir visitándolos desde arriba: cruzamos a los estanys Major y Xico, de ahí a un colladito de 2700 metros para ver los estanys de Cubieso, Eixerola y Mariolo y de ahí a los estanys de Dellui, donde enlazamos a la pista que llevaba al Refugio del Estany Llong. Una matada de día, llegamos al refugio a las nueve y cuarto, como dos zombis. El precio de este es mucho más razonable, 6 eurazos a no federados y 5 y poco con carné joven, asín que molt be, y la gente que lleva el refugio es muy maja, una “sutil” diferencia con la de Góriz.
El último día pensaba que no iba a poder dar ni dos pasos, y sin embargo, nos subimos a Portarró, a un mirador para ver el lago Sant Maurici, y luego a los estanys de Corticelles, en total seis horitas de marcha, taxi a Boi y autostop en coche ska hasta Pont. Y sí, ahí me lavé el pelo en una fuentecilla, comimos y fuimos a dormir a la parada de los buses, que el nuestro a Lleida salía a las seis y media de la mañana.
Poco más hay que contar. En Lleida estuvimos un par de horas, de Lleida a Zaragoza y de Zaragoza a Madrid, y hasta ahí llegó nuestra singular escapada a Pirineos.