CECC - Revista 05 - ROCAS ROJAS, GIGANTES, ESPECIAS Y TÉ

ROCAS ROJAS, GIGANTES, ESPECIAS Y TÉ

Carlos Mayordomo y Carlos Farled

Carlos Mayordomo y Carlos Farled, del 24-9 al 4-10 del 2004

Aquí andamos, en un pequeño pueblo bereber en el corazón del Atlas, bien
cenados, bien tumbados y bien sequitos. Pero el camino hasta aquí no ha sido
fácil, y Halcón viajes no lo contempla en sus ofertas.
Pero... ¿que dónde estamos? Pues en casa de Ibrahim, un guía que nos ha
cedido el piso de arriba de su casa junto con un buen plato de Tajín y un
desayuno, todo por 140 dirham, o lo que es lo mismo, 14 euros. Está bien,
¿no?
Y... ¿que cómo hemos llegado hasta aquí? Hostia, esto ya es más largo. Todo
empezó meses atrás en forma de idea difusa sobre un gran viaje en el que
superar e incluso reventar nuestras propias metas lejos del patrio
territorio. Entonces hablábamos de Cerdeña, y también de Marruecos, entre
otros muchos lugares. Me ahorraré los detalles de esos meses previos, las
decisiones, los preparativos, las pegas... y así la historia se traslada a
hace ahora una semana exacta, cuando dos pintas cargados con unos macutos
que parecían guardaespaldas de tochos entraron en la estación sur decididos
a coger un bus nocturno dirección a Algeciras. Un viaje más o menos apacible
que nos depositó hechos unos harapos soñolientos en el puerto principal del
norte del estrecho. Cogimos entonces un ferry con el que cambiar de
continente un rato, y de este modo amaneció el sábado en Ceuta, que es
parecido a un pueblo pero con legionarios, y el oxígeno que se respira va
mezclado con un intenso aroma a trapicheos. Allí teníamos dos opciones:
cambiar moneda (de trapicheo) en las agencias de viajes, o cambiar moneda
(de aún más trapicheo) en el mercado negro -los bancos no tienen dirhams,
marruecos prohíbe la exportación oficial de moneda-. Optamos por la primera
opción, y nos subimos en un bus rumbo a la frontera
¡Ah! ¡La frontera! Otro mundo, amigos. Lo primero es comprar tabaco, whisky
y de todo para canjear, y después de eso, claro está, cruzarla. La policía
española parecía contenta de nuestra marcha porque no nos hicieron ni puto
caso, pero creo que la administración marroquí no nos quería en su país, y
por eso nos hicieron esperar, esperar, y esperar. Tras el sello del
pasaporte entran en acción los policías, que van ralentizando la marcha
hasta pasar finalmente el duro trámite aduanero.
Por fin los macutos con patas entran en marruecos. Curioso: tanto si hablas
español como si no, todo el mundo sabe que tú eres español. Allí había como
100 taxis junto a la desolación más absoluta, y eso nos forzó a negociar el
viaje a Tánger en uno de ellos. Comienza la puja: 10 euros cada uno. No, 5.
5 poco, 8. no, 6. 6 poco, amigo, vale; pues 7. Hecho. Así funciona todo
aquí, el precio baja mientras que aumente el tiempo de negociación y el
desdén del comprador. El taxi nos lleva a Tánger a nosotros y a dos
simpáticos cristianos protestantes que aprovechan el cubículo para
ofrecernos la salvación eterna. Les explicamos que tanta salvación nos queda
grande y nos apeamos en la estación de tren.
La locomotora es indescriptible, pero el tren está bien. Nosotros, como
somos europeos, pues vamos en primera, a lo pijo, que se note. Allí
entablamos conversación con las primeras personas de Marruecos, y
aprovechamos para hacer un buen trato con un pintas en la compra del pedrolo
de hachís reglamentario.
Al atardecer llegamos a Méquinez y nos buscamos un hotel baratito donde
reposar nuestros cuerpos de molienda. Cenamos junto con dos alemanes como
animales, y a la vuelta al hotel nos enteramos de que nuestro autobús solo
sale una vez al día, y eso será dentro de 3/4 de hora. Sin regateos, nos
toca pagar el hotel por la noche completa, pero es igual. Al poco nos
encontramos camino de los puertos que cruzan el Atlas hacia la vertiente
sur, segundo día de empalme, rotos, durmiendo como podemos. De vez en cuando
vemos los montes y los bosques a la luz de la luna, y las carreteras de
mierda sobre el precipicio por las que taxis, autobuses, camiones, coches,
motos, carros, bicis y personas con carretilla circulan sin ley ni
conocimiento. Tal vez por el sueño y por las generosas propuestas que nos
hacen desde el propio autobús decidimos seguir hasta Rissani, el final de la
carretera y el comienzo de las dunas. Nos han prometido cena y cama en una
jaima por 2.50 euros, y solo nos desviamos unos 70 kilómetros de nuestro
recorrido. Llegamos allí al alba y somos abordados por multitud de ofertas y
contraofertas, pero nos mantenemos fieles a esas tarifas iniciales.
Nos vamos con esos muchachos a tomar el té: esto significa negociación,
trato, acuerdo, compraventa y cambio. Entonces nos descubren el pastel:
paseo en camello y noche en el desierto por... ¡650 dirham! ¡que puta
locura! Casi nos descojonamos en su cara. Perdimos ipso facto interés por el
desierto, eso hizo que el precio fuera bajando: 500, 450, 400, 350, ¿tenéis
tabaco, whisky para cambiar? ¿no?, 300, 250, 200... aquí casi accedemos,
pero tenemos ya la mosca detrás de la oreja y desconfiamos. Además, el té
nos ha despertado y ¡Hemos recordado nuestros objetivos!
Pero... ¡cómo! ¿no os los hemos dicho todavía? Tomad asiento: nuestra
apuesta se dirigiría en primer lugar a las abruptas gargantas de roca roja
del Todra, escondidas en la zona meridional del Gran Atlas, y a su emblema,
el Pilar de Couchant, un coloso de 300 metros del que tan sólo teníamos un
raquítico dibujo que más que un croquis parecía una abstracción. Sobre
equipamiento, reuniones, estado de la roca, orientación, longitud de los
largos y cien mil factores más sólo teníamos suposiciones. En segundo lugar
pensabamos subirnos a la chepa del más gigante de los gigantes del Atlas, el
Jbel Toubkal, con sus 4165 metros, y pulverizar así nuestras ansias de
rascacielo, que se tasaban en los 3404 metros del Aneto en mi caso, y en los
4100 del Aiguille du Midi, en el caso de Carlos (ojo, en teleférico, ¡así
cualquiera llega a los 4000!)