"Antes me gustaba estar en mi habitación sola, pensando en Jesús... ahora mi habitación es la calle" |
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POR
AMOR DE LOS "CRUCIFICADOS" DE LA TIERRA TRAS LAS HUELLAS DE SAN
FRANCISCO Y
DE ANNA FIORELLI LAPINI
Anna Fiorelli Lapini no es una figura del pasado. Su testimonio cristiano, su estilo de vida, sus opciones, la hacen más que nunca actual. Contemporánea nuestra y de todos los hombres y mujeres que toman el Evangelio en serio, sin hacerlo a su medida y lo viven -como Francisco de Asís- enteramente y sin compromisos. Para conocer a Anna Fiorelli Lapini y a su familia vamos a recorrer juntos un breve tramo del camino, el espacio de esta web. Dejaremos que hablen los hechos, los acontecimientos de ayer y de hoy, y descubriremos juntos la actualidad de un modo de ser cristiano que encuentra en Anna Fiorelli Lapini un punto de referencia para afrontar el presente y sus dificultades con el mismo espíritu de fe y de caridad concretas. |
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UNA FIGURA ORIGINAL
Antes de trazar brevemente la historia de Anna Fiorelli Lapini, hay que decir cuáles son los aspectos originales de su testimonio cristiano. Son muchos los caminos para alcanzar la santidad, para vivir el amor de Dios y de los hermanos, y esta variedad es una riqueza para toda la Iglesia. Anna ha diseñado uno que tiene la ventaja de ser sencillo, accesible a todos los que quieran vivir el Evangelio de Jesús siguiendo el ejemplo de Francisco: de su humildad, de su pobreza, y de su compasión por todos los pobres y abandonados. Mujer del pueblo, Anna conoce de modo inmediato la realidad concreta y se deja llevar por su intuición. El contacto continuo y natural con las fatigas y las penas de la gente constituye para ella un punto seguro de referencia. Sus decisiones nacen más de la experiencia que de la reflexión. Su oración brota de un corazón lleno de amor; prefiere las expresiones llenas de confianza de la devoción popular y, a 1a vez, hunde sus raíces en la Eucaristía como centro y culmen de la, vida cristiana. No hay nada que a sus ojos aparezca como demasiado temerario. Creer en el Espíritu significa para ella afrontar situaciones difíciles con ánimo límpido y sincero guiada sólo por el amor; está segura que Dios hará su parte. Incluso la vida comunitaria que propone a sus hermanas está inspirada en el buen sentido y en la sabiduría que brotan del Evangelio. Pero dejemos que hable ella misma: "Hijas mías, tres son las cosas que no podéis olvidar: la CARIDAD, que es la Madre, la Reina de todas las Virtudes, la OBEDIENCIA y la HUMILDAD". Anna no pide sacrificios inútiles y sobre todo trata de evitar la búsqueda de una mortificación que no esté vinculada a la aceptación de la voluntad de Dios. Buscar esta voluntad abandonándose confiadamente en la Providencia, afrontar con serenidad las dificultades con el fin de socorrer y de ayudar a los hermanos más abandonados, estar con gusto en compañía de los "crucificados" y de los "pobres" de la tierra: he aquí el camino que hay que recorrer para vivir como discípulos fieles del Señor Jesús. |
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UNA FAMILIA NUMEROSA. UNA CHICA DE BUEN CORAZÓNEra un día de primavera, el 27 de mayo de 1809, cuando en una casa de la calle Malcontenti en Florencia, nació Anna, la quinta hija de Giuseppe Fiorelli y de Rosalinda Pecorai. La familia crecerá en los años siguientes hasta completar el número de once hijos, cuatro varones y siete mujeres. Los padres, Giuseppe y Rosalinda, eran dos florentinos sencillos, sin casas ni posesiones, pero con el santo temor de Dios. Se ganaban la vida trabajando duramente: Giuseppe como barbero en un negocio de la plaza San Florencia, mientras Rosalinda se ocupaba de la numerosa familia y, para ayudar al marido, trabajaba como modista. Anna creció en una familia humilde y religiosa, que rezaba unida y cuidaba de los pobres, de los enfermos y de todos los que se encontraban en dificultad. Cuando,
como las otras jóvenes de su edad, se planteó
el problema de encontrar un trabajo para ayudar a la familia, Anna eligió
la actividad de lavar encajes: un oficio que aprendió de una mujer del
pueblo particularmente hábil. Pero ¿qué sueños alimentaba para su futuro Anna Fiorelli Lapini? Se sentía inclinada hacia la vida religiosa. Había elegido como confesor a un cura santo, Antonio Tajuti, capellán de las Capuchinas, en quien, quizás precisamente por esta razón, creyó encontrar apoyo para su proyecto de entrar a formar parte de esta comunidad. Cuando se decidió a formular esta petición, obtuvo como respuesta un seco no. Naturalmente no se desanimó y, una vez obtenido el apoyo de unos religiosos, no dudó en dirigirse a otros lugares. Pero la respuesta no fue diferente. Lo que la apartaba de la vida religiosa era su constitución física considerada algo frágil, y también el problema del ajuar: un gasto que su familia ciertamente no podía soportar. “¡Encontraré yo un convento que cueste menos!” se le escapó un día a Anna: Si no podía entrar en un convento, podía por lo menos abrazar a partir de aquel momento las opciones de la vida religiosa: el silencio que predispone a la contemplación, una mortificación rigurosa y un espíritu vigilante y ardiente en la oración. Sin embargo, su constitución física, que ciertamente no era fuerte, sufrió un duro golpe y su salud se fue deteriorando, quizás por el desencanto o, tal vez, por las muchas privaciones. Después de frecuentes ataques de tos, un día tuvo un vómito de sangre. Entendieron enseguida la gravedad del asunto. Sus condiciones empeoraron rápidamente tanto que se le administró la Unción de enfermos y se prepararon a lo peor. Pero el padre de Anna, que no se había resignado, se dirigió a la imagen de San Felipe Neri, que se encontraba en la habitación y se puso a gritar: "Y ¿qué os ha hecho mi hija para que me la quitéis? ¡La quiero conmigo, la quiero conmigo!". Anna ya parecía casi muerta en cambio, inesperadamente sobrevino la recuperación y, después de una larga convalecencia, la curación. |
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EL MATRIMONIO. ESPOSA DE GIOVANNI LAPINIEn frente de la casa de los Fiorelli vivía la familia de los Lapini: tenían una hija, Nunziata, y un hijo, Giovanni, que tenía dos años más que Anna. El padre, Francesco, era peluquero y había enseñado al hijo su profesión. Pero, éste, alto y de buena presencia, había crecido un tanto “alocado”. Tenía buen corazón, pero se dejaba fácilmente convencer por las malas compañías: así había empezado a jugar dilapidando en poco tiempo su dinero, además de frecuentar asiduamente tabernas y otros lugares de encuentro. Cuando tenía alrededor de veinte años se había alistado como soldado entre los granaderos, creyendo que allí podría llevar una vida despreocupada y libre. Naturalmente, como vivía en Florencia estaba frecuentemente en su casa. Así un día se dio cuenta que Anna ya se había hecho mayor, se enamoró de ella y decidió pedirla como esposa. Fueron los padres de él los que propusieron el matrimonio a los Fiorelli. Estos, aunque conocían la índole disoluta del futuro yerno, se encontraron en una situación difícil: ¿Cómo podían rechazar la propuesta de sus vecinos? Es inútil decir cuál fue la sorpresa de Anna cuando le comunicaron la petición de matrimonio. Al principio hizo todo lo que pudo para enfriar las negociaciones, esperando que Giovanni se olvidara de ella. Consultó incluso a su confesor que la invitó a obedecer a sus padres y le mostró cómo podía santificarse incluso en el camino del matrimonio. Cuando los Lapini volvieron a repetir la petición, los Fiorelli y Anna aceptaron. El 18 de febrero de 1833 se celebraron las bodas, en la iglesia de San Giuseppe. |
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VIDA MATRIMONIALAnna
fue acogida con benevolencia y con afecto en casa de los suegros, donde
los recién casados fueron a vivir. Para ganarse el corazón de su marido,
Anna se mostró una esposa llena de cariño y de comprensión y aceptaba
aparecer a su lado bella y elegante: para Giovanni era importante. Pero,
no por esto descuidó la oración diaria: su esposo la dejaba libre para
seguir su espíritu de piedad y Anna iba a menudo a la Iglesia de las Capuchinas
donde se detenía largos ratos orando ante una imagen de Jesús muerto. El cambio de Giovanni fue, sin embargo, sólo aparente. Después de los primeros tiempos volvió a la vida disipada de siempre: regresaba a casa tarde, gastaba el poco dinero que ganaba en las tabernas y frecuentaba compañías poco recomendables. La peluquería que el padre le había cedido, fracasaba de día en día; para proveer a los gastos cotidianos, Anna se vio obligada a vender las cosas más necesarias, recurriendo a su dote. Por si esto no era suficiente, también los Lapini se le pusieron en contra, reprochándole no haber sido capaz de llevar a cabo el milagro que esperaban, que su hijo Giovanni cambiara su forma de vida. |
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ENFERMEDAD Y MUERTE DEL MARIDO¿Cómo reaccionaba Anna ante esta condición tan difícil que se había creado y de la que sin duda no tenía culpa? Se entregaba a Dios y repetía las mismas palabras que Samuel: “Habla, Señor, que tu sierva escucha”. Se impuso penitencias y rezos prolongados. Se propuso santificarse a sí misma y convertir al marido. Iba a menudo a la Iglesia de Santa Cruz y se quedaba allí durante mucho tiempo ante una imagen de San Francisco recibiendo los estigmas. Cuando murió su padre, Anna se encontró aún más sola con su dolor, pero no se desanimó. Efectivamente había recibido, precisamente en ese período, el alivio de una palabra sabia e iluminada, la de Padre Borghi, un franciscano que había ido a predicar a Florencia, al que había abierto su corazón y que la había animado invitándola a mirar el futuro con gran confianza. Una vez conocido en profundidad el deseo de seguir el camino de San Francisco que Anna guardaba en su corazón desde hacía mucho tiempo, le aconsejó que entrara en la Tercera Orden, cosa que Anna hizo sin dudar y con gran alegría. Sus jornadas continuaron en la oración, en el trabajo cotidiano de los encajes y en la asistencia a los enfermos, pero su corazón se había llenado de una paz y de una serenidad inmensas. Para adecuarse también en el aspecto externo a la familia franciscana, Anna decidió llevar un vestido modesto, de color semejante al hábito. Los acontecimientos que se le habían anunciado llegaron en el tiempo establecido. Hacia el final del carnaval Giovanni Lapini fue –como de costumbre- a divertirse con unos compañeros a Le Cascine (parque público de Florencia). Era un día frío de principio de febrero y estaba nevando. Empezaron a tirarse bolas de nieve y Giovanni, completamente absorto en el juego, ni se dio cuenta de que estaba sudando. Así contrajo una grave bronquitis, que empeoró después con sus continuos excesos e intemperancias, obligándole a guardar cama. Durante esta enfermedad su mujer le veló noche y día, negándose a abandonarle en el hospital público. Obviamente la situación no era nada fácil; a la enfermedad, agravada por la hidropesía que también sufrió Giovanni, se añadían las precarias condiciones económicas: Anna ahora vivía en la estrechez. Pero entre los muchos sufrimientos se presentó finalmente esa esperanza que estaba custodiando desde hacía mucho tiempo. Ante los buenos ejemplos y los cuidados atentos de su mujer, Giovanni tomó finalmente la decisión esperada: “Tú que eres tan buena y tienes tantos méritos ante Dios, tienes que convertirme”. Y así Giovanni, el desenfrenado, de índole buena pero débil, que la había hecho sufrir mucho, aceptó confesarse y recibió los Sacramentos. Murió el 24 de marzo de 1842. Anna Fiorelli Lapini se quedó viuda. |
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“¿QUÉ
HARÁ JESÚS DE MI?”
La
asistencia dada al marido y las muchas pruebas que tuvo que superar
durante los años parecieron debilitar aún más su salud: por eso su
hermano Orlando la acogió en su casa, para sostenerla y protegerla. Anna
seguía rezando con ardor y se preguntaba: “¿Qué hará Jesús de
mí?”. Cuando el hermano se casó (1844), Anna no quiso ser un
peso para él y tomó la decisión de ir a vivir por su cuenta alquilando
una casa pequeña de tres habitaciones en las afueras de San Miniato. Allí
le pareció haber encontrado el paraíso porque podía gozar de un bien
deseado largamente, la soledad, y vivir más recogida en Dios, en la
penitencia y en la oración. Empezó a frecuentar más asiduamente la
Iglesia del Monte de las Cruces y a dedicar mucho tiempo a la práctica
del Vía Crucis.
Allí encontró incluso a su confesor, el padre Giovanni Grisostomo de
Florencia. Esta decisión de ir a vivir por su cuenta nos revela un aspecto importante de la personalidad de Anna: la “mujer del pueblo” dispuesta al sacrificio y a aceptar las situaciones difíciles, es también una mujer emprendedora, que no duda a la hora de tomar sus decisiones y no tiene miedo de vivir de manera autónoma, sin la protección de la familia de origen. En la época en que vivía, se necesitaba mucho coraje para llevar a cabo tal elección y también para buscar una manera tan personal de abrazar la vida religiosa. En vez de buscar la seguridad y la tranquilidad de un Convento, de una familia ya estructurada, Anna prefiere arriesgarse para trazar un camino nuevo: la providencia se ocupará del resto. Viuda con sólo 33 años, con una situación económica muy difícil, Anna no duda en afirmar su independencia de manera decidida, aceptando todos los riesgos. No busca protección y asume la responsabilidad de su propia vida. Pero, ¿cuál era el origen de esta actitud suya? En Anna hay una manera muy concreta y digna de vivir su experiencia cristiana, una actitud franca y espontánea cuando tiene que afrontar situaciones difíciles, que nace claramente también de una conciencia femenina nueva. |
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UNA PEQUEÑA FAMILIAAlgunos campesinos del lugar empezaron a confiarle sus hijas para que las Instruyera y les diera una educación sencilla y humilde, inspirada por principios cristianos, que las convirtiera en buenas amas de casa, esposas y madres de familia sabias. Las dificultades no faltaban, pero existía la ayuda de muchas personas buenas: la de los vecinos Padres Franciscanos, la de unos benefactores y también la ayuda preciosa de Elisabetta Marrini, una mujer de treinta años, terciaria franciscana que se había ido a vivir con ella. A ellas se añadió más tarde Angela Becchi. Así nació la vida de una pequeña “familia religiosa”. Las tres mujeres se levantaban por la mañana muy temprano para acudir a la Misa en la Iglesia del Monte de las Cruces y recorrer el Vía Crucis. Cuando volvían a casa, empezaban a llegar las chicas que se quedaban hasta la tarde -excepto para la comida del mediodía que cada una hacía en su casa. De las tres mujeres aprendieron manualidades que le resultarían muy útiles, como coser y lavar los encajes. Cada
vez más la casa se revelaba demasiado pequeña para acoger tanto a Anna
con sus compañeras, como a las chicas, cuyo número seguía creciendo. Así
cambiaron de casa. Eligieron una más grande que se encontraba cerca de
una antigua cruz, en la subida que llevaba a la iglesia de San Miniato.
Cuando supo la noticia, Angela Becchi dijo: “Pero Anna, ¿cómo podrás
pagar un alquiler de 24 escudos, si ya tenemos dificultad en pagar éste
que es de 18?”. Pero Anna le contestó prontamente: “¡Qué
poca fe tienes tú! ¿Qué crees, que la Providencia no existe?”.
Y con voz más baja añadió: “¡Verás, cuando lleguemos a ser
doce y luego sesenta!” |
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LA FAMILIA CRECEY efectivamente algunas chicas pidieron formar parte del grupo de Anna Fiorelli Lapini. Entre las primeras recordamos a Erminia del Lungo y Ottavia Sorbi. La vida que llevaban era extremadamente sencilla: rezaban juntas el Oficio de la Virgen María, hacían media hora de meditación y después recitaban algunas oraciones. No tenían capilla y cuando rezaban en casa una cómoda servía de altar. Para la Misa y el Vía Crucis acudían a la Iglesia del Monte de las Cruces. Seguían cuidando de las chicas, asistiendo a los enfermos y pidiendo la limosna para ayudar a los pobres. Anna era más una madre que una maestra: era siempre la primera que se ofrecía cuando había que realizar las labores más duras o las tareas más humillantes, sabía persuadir con el ejemplo y la palabra. No tardaron en manifestárselos frutos de este trabajo ardiente e intenso, de este amor a Dios y al prójimo, cultivado en la discreción y en los cuidados asiduos a los pobres. Donde no eran eficaces las palabras y las exhortaciones de muchos, alcanzaba sus frutos la santidad y la dulzura de Anna. Fue el caso de un joven, estudiante de música, que se llamaba Fedele y vivía en el mismo edificio que Anna. Enfermó de tuberculosis y, aunque veía cercana la muerte, no quería que ningún cura se le acercara. Anna logró abrir una brecha en su corazón, tanto que el joven un día preguntó por ella. No se sabe qué se dijeron los dos, pero es cierto que a partir de aquel momento Anna fue admitida a la cabezera del joven y comenzó a cuidarlo, exhortándolo a pensar en la vida eterna. Fedele se confesó y comulgó varias veces antes de morir y afrontó la muerte con ánimo sereno. Cuando era necesario Anna no renunciaba incluso a ser audaz, con tal de conducir de nuevo a una persona al buen camino. Especialmente sobre los jóvenes disolutos tenía una particular influencia. Su actitud y sus palabras los hacían enmendar conduciéndolos de nuevo a la práctica cristiana. |
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UNA CARIDAD “ESPECIAL”Las maneras de Anna no estaban inspiradas más que por un amor lleno de compasión y de generosidad. Y justamente su ausencia de cálculos y respetos humanos, la acercaban a los que sufrían. Sentían que Anna compartía sus sufrimientos. Los gestos que hacía eran sinceros, inspirados por su gran sensibilidad. Precisamente por esta razón producían un gran efecto y tocaban el ánimo. Anna terminó convirtiéndose en una figura conocida y popular en el barrio. Cuando pasaba por la calle, las personas la saludaban, otros se hacían los encontradizos y querían hablar con ella. ¿Y cómo podía ser de otro modo? ¿Cuántas veces había logrado restablecer la paz entre las familias en discordia? ¿Cuántas veces se la había visto socorrer a los pobres y a los enfermos y abrirles la puerta de la confianza en la Providencia? |
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UNA DECISIÓN IMPORTANTEEl grupo sigue creciendo y todas trabajan: Anna lava los encajes, Elisabetta plancha, Angela Becchi cose y juntas pasan la jornada rezando, educando a las niñas con el trabajo manual y asistiendo a los enfermos. En agosto de 1844 se trasladan a la casa Ciolli, cerca del crucifijo. El crecimiento de la familia crea en Anna preocupación e incertidumbre: su proyecto inicial era el de llevar una vida solitaria y contemplativa, mientras que ahora se encuentra en la necesidad de organizar un grupo que sigue creciendo. Anna había reflexionado durante largo tiempo y había pedido consejo. ¿Qué era lo que Dios le estaba pidiendo a través de los acontecimientos? Reveló sus pensamientos al cura de San Leonardo en Acetri, Don Pietro Motelatici. El hombre de Dios la dejó que hablara, y luego con gran serenidad y determinación le dio su consejo; “En el nuevo camino que se le abría por delante tenía que reconocer la obra de la Providencia: la vida contemplativa era hermosa y buena. ¿Pero no era tal vez la cosa mejor poner cercana la vida activa, o sea la ayuda al prójimo, y vivir las dos? ¿Cada muchacha que se apartaba del mal, gracias a una buena educación, no era quizás una familia salvada?” Ante estas palabras Anna encontró sin duda una luz: ¿No era por este camino caracterizado por la donación completa de sí mismo a Dios y a los demás por el que quería guiarse a sí misma y a la familia que iba creciendo a su alrededor? Así con un gesto que parecía un tanto temerario, adquirió la "Fantina" al precio de sesenta escudos. Una tarde de agosto de 1846, después de haber comido en casa de su hermano Orlando, Anna y sus cínco compañeras de trabajo se fueron de dos en dos para no llamar la atención. Una vez llegadas a su vieja casa, Anna cogió una cruz y se dirigió hacía la nueva morada. No entraban en una mansión suntuosa, sino en, una casa pobre y desnuda. y lo que llevaban encima era todo lo que poseían. Pero las seis mujeres se sentían aquella noche las más felices del mundo, porque eran conscientes de que estaban haciendo algo grande y porque las guiaba una gran confianza en Dios. |
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UNA NUEVA ENERGÍADespués de los momentos de duda y de indecisión, llegaron para Anna días nuevos. Quienes estaban a su lado la encontraban transformada. Era difícil reconocer en ella la mujer enfermiza: libre de las angustias que la habían agobiado, concentrada en la nueva responsabilidad que la esperaba, absorta por un gran proyecto de solidaridad hacia los pobres, Anna se había convertido en otra persona. Infundía energía y animaba también a sus compañeras a donarse con generosidad, sin tener miedo del cansancio. El trabajo, por otra parte, ciertamente no faltaba. Las chicas acogidas en la Fantina fueron pronto más de un centenar. Había que cuidar de su formación, pero también había que ocuparse del sostenimiento de la casa. Esto era particularmente importante para Anna: ganarse la vida con su trabajo era una exigencia irrenunciable. A estas tareas debla añadirse incluso otra que abre una fase interesante en la espiritualidad de esta Fundadora. Humilde y concreta, sencilla y decidida, sentía también la necesidad de una instrucción que se centraba en dominar con seguridad la lectura y la escritura, y esto quiso para sí misma y para sus compañeras, y también para las chicas que habían acogido. Tal actividad fue asegurada por una cierta Sofía Genda, que por algún tiempo vivió en la Fantina. Sin embargo las acciones concretas no eran suficientes: lo que guiaba y apoyaba tanta laboriosidad era el amor a Dios, que concentraba su contemplación en Cristo Crucificado y, sus estigmas, signo del sufrimiento de todos los hombres y las mujeres del tiempo. La entrada en la nueva casa no sólo había multiplicado las fatigas sino que había aumentado también el fervor: todas las noches las hermanas rezaban los Maitines y, por la mañana, después de las oraciones comunes, acudían a la Misa a la Iglesia del Monte de las Cruces. |
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UN AMOR SIN LÍMITESCuando el corazón está lleno de compasión y de ternura hacia las personas humilladas y sufridas, los ojos logran captar incluso lo que se escapa a las personas distraídas o a los que se preocupan sólo de sí mismos. Anna no limitaba su solidaridad a las chicas pobres, que necesitaban una sólida preparación a la vida, una educación cristiana, una instrucción y el aprendizaje de un trabajo. Había otras mujeres marginadas que pedían ayuda y ante las que no era posible fingir indiferencia. Eran las prostitutas que, por necesidad, renunciaban a su dignidad y no encontraban apoyo en nadie. Existía sin embargo la posibilidad de arrancarlas de la calle: sólo había que proporcionarles una casa, un trabajo en una buena familia y proveer –por lo menos al principio- a sus necesidades. ¡Cuántas veces el dinero recogido en la colecta diaria terminaba en los bolsillos de una de aquellas jóvenes, para evitar que volviese al peligro! Precisamente en relación con estas mujeres, ella, la mujer del pueblo, de corazón grande, no dudaba en manifestar también un gran cariño y una ternura desmedida. Sin preocuparse de lo que diría la gente. Y además de éstas había otras mujeres pobres, abandonadas, que vivían en la miseria, desesperadas, incapaces de hacer frente a sus necesidades y a las de su familia. Y además cuántos enfermos, necesitados de asistencia, a veces maleados por las dificultades y los sufrimientos, sin ninguno que se ocupara de ellos, que los asistiera y les diera el consuelo de una buena palabra, de esas que llegan directamente al corazón. Todo esto revela una opción de campo bien precisa: Anna y sus compañeras quedan entre el pueblo, en las zonas más pobres y abandonadas, precisamente por esto viven en un barrio de las afueras de la ciudad. Su casa no es un tranquilo convento a donde no llegan los ecos de los conflictos y de las angustias del tiempo, todo lo contrario. Salen al camino, por las calles y se hacen cargo de muchas penas: su casa se convierte en el refugio de tantas personas que ya no pueden más, que esperan algo y a alguien. Y todo esto con sencillez, sin pedir para sí mismas las comodidades de una vida segura, sino aceptando el riesgo de dar sin pensar en sí mismas, contando sólo con la Providencia. “Esposas de un Dios Crucificado” que hay que contemplar en la oración, pero que hay que reconocer y confortar en los muchos pobres que les venían al encuentro y pedían ayuda. |
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UNA ACOGIDA ALEGRELa Fantina permitía a Anna lo que no había podido hacer hasta ese momento a causa de los espacios reducidos. Era un lugar en el que podía vivir de forma concreta el amor por los pobres y la decisión de vivir una pobreza feliz, siguiendo las huellas de Francisco de Asís. Las huérfanas, las hijas pobres de los campesinos, las mujeres dispuestas a vivir en comunidad según el espíritu de la Tercera Orden Franciscana, las chicas caídas en la prostitución se habían convertido en “sus predilectas en Cristo”. Estas formas de pobreza y de necesidad no escondían sólo degradación o culpa. Anna sabía descubrir en ellas tanta inocencia a cultivar y tanta fragilidad que necesitaba ayuda y perdón. La Fantina se convertía en el centro operativo de esta gran obra, cotidiana y escondida, pero tan beneficiosa para mucha gente pobre. La casa era un punto de referencia porque allí había un grupo de hermanas que –bajo la guía atenta y sabia de Anna- eran el alma de esta actividad. Y era también un lugar donde saciar, curar y ofrecer amparo a muchas personas. Pero ¿qué era lo que empujaba a esas mujeres del pueblo a hacer tanto bien, sin pensar en los riesgos y en los cansancios que tenían que afrontar? Las guiaba la contemplación del Cristo Crucificado, de los signos de su Pasión que mostraban hasta qué punto amaba a todas las criaturas. |
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NO "JESUITINAS" SINO "ESTIGMATINAS"Una obra tan preciosa y difundida no podía pasar desapercibida a las Autoridades 1ocales. Tanto más que el grupo de Anna recibía toda la estima y la admiración del pueblo que las sentía cercanas en sus dificultades. En los círculos intelectuales de la época y entre los burgueses, sobre todo entre los que se habían adherido a los ideales mazzianianos, se había difundido una actitud de fuerte hostilidad hacia la Compañía de Jesús. Tal actitud tenía orígenes muy lejanos. Se había empezado atribuyendo a los Jesuitas una actitud de laxismo y de condescendencia y se había terminado por achacarles todas las tramas políticas y religiosas. Así no faltó quien vio en la obra decidida y organizada de las compañeras de Anna Fiorelli Lapini la larga mano de los Jesuitas en tierra toscana y no dudó en difundir sobre ellas sospechas y motivos de persecución. En particular estas personas deploraban el éxito que tenía su actividad, sobre todo entre la gente pobre. Les parecía imposible que a guiarlas fuera una mujer pobre del pueblo, falta de cultura y de apoyos importantes, y por ello atribuyeron todo a una dirección oculta y sabia: Los Jesuitas. Anna y sus compañeras tuvieron que afrontar así una prueba importante. Fueron objeto de una campaña de prensa hábilmente orquestada para echar sobre ellas descrédito e incluso no faltaron malhechores que llevaron a cabo actos de intimidación. Todo tuvo su culmen en la petición de comparecencia ante :el Comisario del Gran Duque de Toscana. Anna no se dejó asustar para nada. Se presentó como “una pobre viuda que intentaba recoger huérfanas por espíritu de caridad”. Añadiendo que "las fuentes ocultas de sus rentas eran sus propios brazos y los de sus hijas que para vivir trabajaban día y noche". Rehusó la acusación de estar inspiradas y apoyadas por la Compañía de Jesús, al menos que esto no quisiera decir que también ellas querían seguir a Jesús, lo que era verdad. Lo que tendría que haber sido un terrible interrogatorio se convirtió en un encuentro franco y sincero. El Comisario no pudo sino tomar cuenta de la sabiduría y la seguridad con que Anna había contestado a sus preguntas. "No jesuitinas, sino Estigmatinas" solía responder Anna a cuantos intentaban descubrir algo oculto en su vida y en la de sus compañeras. Gracias a Dios gozaban de toda una red de ayudas y de apoyos entre los religiosos -como los Franciscanos del Monte de las Cruces, los Escolapios, los Hospitalarios- e incluso entre los laicos. No faltaban hombres y mujeres que conquistados por su testimonio, iban a la Fantina para llevar una ofrenda generosa y marcharse enseguida. Sin embargo esto no quiere decir que la vida fuese fácil. Anna iba a la ciudad a pedir limosna todos los días, pero a menudo distribuía una gran parte del dinero que recogía por la calle, movida a compasión por tantas situaciones de necesidad. Sus compañeras compartían con ella la comida pobre y austera. Pero lo que las sostenía era la certeza de “hacer !a voluntad de Dios". Lo que estaban llevando a cabo no era un proyecto construido por ellas, sino lo que Dios había ido dando a entender poco a poco a Anna, que no dejaba de desahogarse ante la estatua de Jesús muerto que había logrado recobrar de la Iglesia de las Capuchinas. “Yo quería una cosa, y me habéis obligado a hacer otra” solía decir a Jesús con franqueza. Y cuando le tocaba ir a Florencia para proveer a los pobres y buscar dinero, a veces se le escapaba: “Señor, sabíais que yo quería vivir retirada, y me obligáis a moverme como una bandera sobre el campanario de Santa Cruz. Pero hágase tu voluntad”. |
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UN DISEÑO QUE TOMA CONSISTENCIADespués de las experiencias determinantes de la Fantina llegó el momento de concretar la opción tomada, dando forma a la familia religiosa que iba creciendo de día en día. Ya en los años precedentes el pequeño grupo de mujeres se había beneficiado de los consejos y de la ayuda de válidos guías espirituales que había encontrado entre los padres franciscanos. Entre ellos estaban el P. Giuseppe Vigezzi, el P. Michelangelo Luisi de S. Cruz, el P. Giovanni Crisóstomo Pastellini y el P. Atanasio Squillani del Monte de las Cruces. Fue precisamente este último quien la condujo a vivir un momento muy importante de su vida. Con el tiempo ellas se habían reconocido como consagradas a Jesús, y en particular a Jesús Crucificado, siguiendo el estilo y la espiritualidad de San Francisco de Asís. Pero esta conciencia tenía que encontrar también un signo exterior, un punto de referencia, un reconocimiento . Es lo que ocurrió el 18 de mayo de 1850, víspera de Pentecostés. Con la aprobación del Arzobispo de Florencia, vistieron un hábito marrón remendado de viejas túnicas que los frailes del Monte de las Cruces ya no usaban y decidieron llamarse "Pobres Hijas de los Sagrados Estigmas de San Francisco", o -más popularmente -"Estigmatinas". ¿Cuál era la orientación de su vida? ¿Qué se comprometían a hacer estas siete mujeres: Anna Fiorelli Lapini, Elisabetta Marrini, Angela Becchi, Erminia del Lungo, Ottavia Sorbi, Angela Ragionieri y María Donati? ¿A través de qué caminos habían llegado a aquel momento trascendente? Una respuesta a estas preguntas y un esquema preciso del itinerario recorrido y de los objetivos que se proponían, la encontramos en el Testamento de Anna: "El primer fin que Jesús me inspiró en la fundación del Instituto fue el de acoger a tantas chicas pobres, deseosas de consagrarse a Dios en los monasterios donde las rechazaban sólo porque no tenían la dote necesaria... El segundo fin fue el de hacer renacer el espíritu de San Francisco con la práctica de la pobreza y de la humildad... El tercero fue el de ofrecer al mundo un ejemplo de penitencia, de mortificación, con el testimonio de la alegría y de la paz que se puede experimentar incluso sufriendo y haciendo penitencia. Además renovar en los fieles el espíritu de los primeros cristianos, y ofreceros a vosotras, mis hermanas queridas, todos los medios para vuestra santificación y perfección evangélica". Pero ¿por qué un vínculo tan preciso y concreto con los Estigmas de San Francisco? Porque cada una de ellas, como solía decir Anna, se comprometía a "representar, en la medida de lo posible para una criatura humana, un Jesucristo Crucificado", y esto siguiendo "las huellas de San Francisco, que Dios hizo semejante a sí de manera muy singular, imprimiendo milagrosamente sobre su cuerpo la última señal, o sea la huella de sus llagas gloriosas, mediante los Sagrados Estigmas, que es el grado máximo de conformidad de un mortal, sobre esta tierra, con el hombre-Dios crucificado". Aquella víspera de Pentecostés fue un día inolvidable para esas siete mujeres que ya formaban una sola familia. Lo pasaron, como dicen las crónicas, alimentándose sólo de pan y agua y velando juntas hasta el amanecer del día de Pentecostés, sin descansar ni salir de la capilla. |
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SE ENSANCHA EL RADIO DE ACCIÓNMientras se profundizaba y se delineaba con más precisión el proyecto de las Estigmatinas, se ensanchaba su radio de acción. Una llamada determinante fue la que llegó de Borgo San Lorenzo, capital del Mugello, a unos 20 Km. de Florencia. Allí se les pidió a las hermanas que se ocuparan de la formación de las jóvenes. Pero la Madre no quiso ir a escondidas: tenían que salir al descubierto y declarar sus intenciones. No es fácil obtener el reconocimiento legal de esta nueva familia, como tampoco el permiso para llevar el hábito que las calificaba como religiosas. Sin embargo Anna no tuvo ningún temor: habla con el Gran Duque y obtiene la aprobación y la bendición del Arzobispo. Poco importa si, sobre todo al principio, los medios eran pocos ya veces llega a la nueva casa cuando la cena había terminado y se queda en ayunas. Es más, precisamente en estas situaciones sentía en el corazón aquella "perfecta alegría" que San Francisco había evocado ante frate Leone. "¡Esto sí que es un convento de San Francisco!" se le escapó en una ocasión de este tipo. Después de Borgo San Lorenzo llegaron otras peticiones: Fiesole, Montecarlo cerca de Lucca, y después "el Pórtico" cerca de la Cartuja de Florencia, entre la gente de Galluzzo. Se trataba de un viejo monasterio, dedicado a María, Madre de Dios. Por falta de vocaciones, las monjas que lo ocupaban se habían visto obligadas a cerrar, y había pasado a las Estigmatinas. Cuando éstas entraron, el 29 de julio de 1852, un centenar de jóvenes estaban esperándolas... y también la "Superiora Generar". Se trataba de una estatua de madera que representaba a María con Jesús en los brazos: fue colocada en el coro, en el lugar reservado a la superiora y Anna dijo que aquella era la verdadera "Superiora General de la Congregación". A partir de ese momento la familia de las Estigmatinas conoció un crecimiento impresionante, hasta seguir las cifras de las novicias que tomaron el hábito en los siguientes años: doce al final de 1852, once en enero de 1853, y luego en rápida sucesión, seis en mayo, trece en septiembre y doce en diciembre. Crecían también las comunidades: Figline, Rovezzano, Siena... |
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LA APROBACIÓN DEL PAPAAnna
Fiorelli Lapini veía a su familia crecer, comprometida en la lucha
cotidiana por rescatar de la indigencia, de la pobreza moral y material
tantas mujeres jóvenes, por asistir a tantos enfermos, y se preguntaba
naturalmente qué pasaría después de su muerte. Hasta aquel momento había
seguido adelante con gran determinación y se había contentado con la
aprobación del Arzobispo y el apoyo de frailes sabios y generosos. Pero
ahora buscaba un reconocimiento que diera estabilidad a su Instituto, una
consistencia mayor a su intención ya sus opciones. Y esto sólo podía
llegar con la bendición y la aprobación del Papa. Siete
veces y con grandes dificultades Madre Lapini fue a Roma para hablar con
el Papa de la época, Pío IX. El primer encuentro tuvo lugar en enero de
1854, después vinieron otros. En Florencia y en Siena, por ejemplo, donde
el Papa había ido, no dudó en detenerse precisamente para hablar con Sor
Anna, después de haberla reconocido entre la muchedumbre que flanqueaba
su paso. Quizás sean suficientes estos episodios para hacer comprender la
estima que el papa sentía por ella y por su Obra, una estima que se concretó,
mientras Anna aún estaba en vida, con el primer reconocimiento público
oficial, en el decreto del 23 de julio de 1855 y luego el 20 de mayo de
1856. Más
tarde recibieron una aprobación primero temporal (29 de agosto de 1864) y
después definitiva (19 de septiembre de 1888) y también las
Constituciones, es decir las normas |
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EN
LOS DÍAS DEL CÓLERA: "Vamos; nos toca a nosotras"
Anna
Fiorelli Lapini consideraba parte de su vocación una presencia continua y
atenta en medio de los pobres y los enfermos, los abandonados y los
rechazados. Por esto la calle le era familiar, la calle que recorría
cotidianamente para hacer la colecta y cuidar de sus
"predilectas", la calle en la cual se paraba para rezar o para
comer su pan, ya se tratase de la hora del rezo o de la comida. Cuando
llegó el momento terrible del cólera, en 1854, ¿Podía echarse atrás una
familia religiosa que no desdeñaba mezclarse con la gente pobre y con sus
penas? Anna y sus hermanas se encontraron implicadas en una obra heroica
de socorro y de solidaridad. La
terrible enfermedad se había propagado por toda Toscana, a pesar de los
123 hospitales que se habían abierto en todo el Gran Ducado. La compañía
de la Misericordia, en la que muchos jóvenes se habían comprometido,
desarrollaba una espléndida labor. Pero todo ello era sólo una gota de
agua en medio del desastre causado por la epidemia. Anna comprendió que
en aquel momento se le pedía, a ella ya su familia, un testimonio
heroico. Pero no quiso obligar a nadie, reunió a todas sus Hermanas y les
dijo: "Vamos, nos toca a nosotras. En este grave momento yo quisiera
que todas vosotras os volcárais en socorrer al prójimo. Pero nuestra
vida estará en peligro, y por tanto no quiero obligar a nadie. Quién
quiera tomar parte en esta acción y alcanzar un mérito tan grande dé el
paso adelante". Las Hermanas tomaron una decisión casi unánime: un
gran número de "Estigmatinas" dio aquel paso que significaba la
disponibilidad incluso a perder la vida para atender al prójimo. Anna
escogió las que le parecían más adecuadas y las distribuyó en los tres
lazaretos. Pidió
a su familia religiosa que hiciera todo lo posible para que aquellos
lugares de dolor se convirtieran en lugares de serenidad, en los cuales
eran curados los enfermos y respetados los muertos. Ella fue la primera en
dar ejemplo de una caridad a toda prueba. Apenas llegaba en litera un
enfermo, lo acogía y lo ponía en la cama, se ocupaba del aseo, y de las
demás necesidades, incluso las más humildes y repugnantes. Además no se
contentaba con ocuparse del cuerpo, quería salvar el alma, le hacía
percibir a cada enfermo, incluso a los más desesperados y angustiados, la
posibilidad de acercarse a Dios. ¿Quién
podría narrar todos los episodios heroicos de aquellas jornadas intensas
y dramáticas? Era una especie de "prueba del fuego" que la
nueva familia religiosa estaba atravesando. ¿No eran los
"crucificados" de aquel momento los pobres enfermos del cólera,
y los "estigmas" que tenían que venerar y medicar no eran sus
llagas? |
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EL MOMENTO DEL PASO
De
aquellos días dificiles llegó a las "Pobres Hijas" un nuevo
impulso. El radio de acción se ensanchaba sin medida, llegaba al Lazio, a
Umbría, a Abruzzo a la Campania... y la Madre no se sustraía a la tarea
de visitar las nuevas Fundaciones, de animar, de velar sobre el espíritu
que animaba las Hermanas, de asegurar a cada una de ellas una palabra
fuerte y sabia, nutrida de Evangelio y de una gran confianza en la
Providencia. Precisamente con este propósito aceptó más de una vez
realizar un viaje por Italia, afrontando toda incomodidad y dificultad,
para contribuir a la realización de aquel proyecto tan querido para ella. Después
de algunos años del cólera, llegó también para Anna el momento del
"paso". Enferma de cáncer, había decidido vivir en la humildad
y en la soledad los últimos días de su enfermedad. Sin cargos, en
pobreza, aceptando cualquier casa donde la obediencia la colocase. Al
final de 1859 entendió claramente que la muerte no estaba lejana. Fue
acompañada al Pórtico el 3 de enero de 1860 y allí, durante tres meses
vivió serenamente su propio Vía Crucis, padeciendo dolores lacerantes y
terribles. Cuando ya no era capaz de contener los gemidos, se disculpaba
con las Hermanas presentes: habría querido ofrecer todo en silencio a su
Señor crucificado. ¡Cuántas
veces había recorrido junto a Jesús el camino que lleva al Gólgota! ¡Cuántas
veces había contemplado con amor y ternura sus llagas! Ahora había
llegado el momento en que aquel camino resultaba ser el suyo, aquellos
dolores eran sus dolores. Anna
Fiorelli Lapini supo recorrer aquel camino con amor hasta encontrar la
verdadera paz. Se
apagó así, en la serenidad y el silencio, con el consuelo de los Santos
Sacramentos, la noche del "domingo in albis" de 1860. Era el 15
de abril: ocho días después de la Fiesta de Pascua comenzaba su Pascua
eterna. Terminaba
así su peregrinación terrena esta mujer del pueblo, valiente y
determinada, concreta y llena de generosidad, ella que había dejado
escrito: "Nuestro santo Francisco dice que tenemos que amar más de
lo que una madre ama a sus hijos". Durante tres meses sus estigmas
habían sido su enfermedad, pero había vencido la lucha contra el mal:
había llegado para ella el tiempo de la gloria. |
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