LA COMUNICACIÓN CON DIOS

 

El otro día, hablando con mi madre, le comenté que el Señor me había dicho cómo actuar en una determinada situación. Ella, incrédula y, sorprendentemente enfadadísima, afirmó que yo no podía oír a Dios y que, por lo tanto, Él no podía indicarme qué hacer. Por un momento me quedé extrañada ante una reacción tan radical, pero luego recordé un hecho similar que me aconteció muchos años atrás, el cual quiero ahora referir porque creo que explicará claramente el problema de mi madre, su falta de diálogo y comunicación con Dios, a pesar de ser ella una persona que se considera cristiana.

Cuando tenía 14 o 15 años, estudiando, en la clase de religión, la relación que tenía el pueblo judío con Dios y cómo este pueblo interpretaba su historia como "una relación entre Dios y él", recuerdo que pensé que, en la actualidad, habíamos perdido ese tipo de conexión, y que ya no interpretábamos los acontecimientos históricos, que a cada cual le ocurrían en su vida, según el parámetro de relación con Dios. Pondré un ejemplo: Cuando el pueblo judío logra salir de Egipto, sabe que es Dios quien lo libera; cuando cruza el mar Rojo, es Dios quien abre las aguas; cuando cae derrotado ante sus enemigos, es porque ha hecho lo malo ante Dios y es Dios quien lo derrota y castiga... El Antiguo Testamento era, por tanto, la historia del pueblo judío vista desde el ángulo de su relación con Dios. Sin embargo, cuando me salía mal un examen, era porque había tenido mala suerte, o me había puesto nerviosa... pero nunca se me había ocurrido pensar que Dios tuviera algo que ver en eso. Recuerdo que medité varios meses sobre esta cuestión y me di cuenta que Dios no formaba parte de la cotidianeidad de mi vida. Le rezaba cada día, pero sin obtener ni esperar respuesta. Salvo en cuestiones muy importantes, no le consultaba si hacer o no cualquier cosa, sino que obraba según mi propio saber y entender. Dios estaba en el Cielo, fuera de mi alcance y sólo recurría a Él en los casos de verdadera necesidad, cuando ya había agotado todos mis recursos racionales. Pienso que esto mismo les ocurre a muchos de los que se consideran cristianos, y voy a tratar de explicar el por qué y cómo se puede solucionar este problema para llegar a tener una comunicación fluida, directa, continua y diáfana con Dios.

Creo que tendríamos que empezar por definir los conceptos clave, como son comunicación, relación y diálogo. Según la "Real Academia de la Lengua":

COMUNICACIÓN: Trato, correspondencia entre dos o más personas.

DIÁLOGO: Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos.

RELACIÓN: Conexión, correspondencia, trato, comunicación de una persona con otra.

Estos términos significan, en todos los casos, correspondencia entre dos o más personas. No puede haber comunicación, diálogo ni relación entre una persona y si misma, ni la vía para establecer esta correspondencia puede tener, por tanto, una sola dirección, sino que ha de ser bidireccional.

Aquí está el verdadero fallo de muchas personas, le oran a Dios, no estableciendo un diálogo con Él, sino hablando ellas solas sin esperar su respuesta. Recitan innumerables "letanías" y oraciones aprendidas de memoria, a una velocidad, en muchos casos de vértigo, sin que la propia persona sepa lo que está diciendo, y mucho menos espere escuchar si esto agrada o no a Dios. Quien así obra cree que no importa lo que le está diciendo a Dios sino el número de veces que lo repita y el tiempo que le dedique a este menester.

Traslademos esta actuación a un ámbito cotidiano; imaginemos que vamos a comprar a un establecimiento y en vez de decir una sola vez y claramente lo que queremos, una frase del tipo "deseo un kilo de arroz, por favor", farfulláramos ininteligiblemente "desdeukildarroporfo" más de cincuenta, cien o más veces. ¿Cuál creemos que sería la reacción del tendero?, ¿nos entendería?, ¿creería que estamos de broma?.

Esto mismo es lo que yo, y muchos hombres y mujeres de buena voluntad, hemos hecho durante toda nuestra vida en el terreno espiritual. ¿De verdad creemos que esta práctica agrada a Dios?. El propio Señor nos advierte sobre cómo hablar con el Padre, con tranquilidad, meditando lo que le decimos y pedimos, esperando su respuesta y confiando en Él.

El tendero simboliza a Dios, cuando nosotros le pedimos algo, si es su voluntad, si es bueno para nosotros, Él siempre está dispuesto a dárnoslo, no nos lo vende sino que nos lo regala, pero hemos de pedírselo bien: "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido." (Juan 16.24), lo cual implica hacerlo tal y como Nuestro Señor Jesucristo nos enseña, hablando claramente con el Padre, en un diálogo íntimo con Él: "Pero tú, cuando te pongas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. Y al orar, no hablen sólo por hablar como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras. No sean como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de que se lo pidáis" (Mateo 6.5-8), sin utilizar discursos ni frases grandiluocuentes y vacías, utilizando siempre como intermediario a Jesucristo y confiando en que siempre que lo que pidamos sea conforme al Padre, Él nos lo concederá: "Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1ª de Timoteo 2.5), "Y aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará" (Juan 16.23), "Jesús le dice: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí." (Juan 14.6).

Si la oración es el medio más eficaz de comunicarse con Dios, y aniquilamos ese medio, haciéndolo ineficaz por ininteligible, estamos incomunicados con Él, puesto que algo estamos haciendo mal. La consecuencia de esta incomunicación es que no oigamos ni sintamos la respuesta de Dios a nuestro ruego, puesto que, Dios si sabe lo que queremos sin necesidad de que se lo pidamos, pero necesita que hagamos oración, para que nosotros sepamos lo que Él nos responde.

Por medio de la oración, Dios nos forma, da crecimiento espiritual, estamos receptivos a oírlo, aprendemos a discernir lo que es o no de Él, desligándolo de nuestro propio concepto de lo bueno o lo malo, tenemos los ojos abiertos, evitando dormirnos espiritualmente y tomamos fuerza para resistir en la tentación del maligno, además de conseguir mercedes para nuestros semejantes. "La oración eficaz del justo puede mucho" (Santiago 5.16), "orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos" (Efesios 6.18).

Una forma, complementaria a la oración, de comunicarnos con el Señor, es hacer presente en nuestra vida su Evangelio. Esto significa usar a Cristo como el camino o vehículo de comunicación con el Padre. Para llevar a cabo con éxito esta empresa es necesario conocer las Escrituras, pedirle al Padre su Espíritu que nos lleve a toda Verdad y ante cada acto concreto de nuestra vida, buscar qué haría Cristo en nuestra situación y llevarlo a cabo. "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto." (Juan 14.6-7).

Como conclusión diremos que quien no toma a Cristo como el ascensor que le lleva al Padre, no tiene comunicación con Él, por mucho que le ore. Jesús es el único medio o intermediario entre Dios y los hombres. Nadie llega al Padre sino por Él. Quien usa de otra persona o santidad para llegar al Padre, es como quien utiliza una carretera cortada que nunca conduce a la meta. Por tanto, nuestra oración y diálogo con Dios tiene que establecerse utilizando el medio conductor que es Cristo. Utilizando el símil de una conversación telefónica, el hilo telefónico entre los dos interlocutores es Cristo. Si alguien prescinde o corta ese hilo, está impidiendo la conversación, diálogo o comunicación.