EL BUEN SAMARITANO

EL BUEN SAMARITANO

 

Éste es uno de los pasajes más conocidos de la Biblia. De hecho, cuando alguien hace una obra de caridad, tal como dar una limosna, ayudar a una familia en sus penurias económicas, dar trabajo a alguien... se dice de él que es un "buen samaritano". Sin embargo, releyendo esta parábola, el Señor, viéndolo con los ojos del espíritu, he podido ver, con la mente de Cristo, un sentido nuevo, más profundo, que nos indica el camino que debe seguir todo discípulo de Cristo.

En el Evangelio de Lucas, en su capítulo 10.25-37, se nos presenta a un religioso que está conversando con Jesús. Sin embargo, en su corazón recela, aunque reconoce en Él su autoridad, pues intenta probarle.

"Y he aquí un intérprete de la Ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás."

Ya hemos dicho que el interlocutor es un hombre de religión, alguien que conoce las Escrituras y que intenta ser buena persona, cumplidor de la Ley, que cree en Dios y quiere salvarse. Él está seguro de estar haciendo lo correcto ante Dios y, pregunta a Cristo, para ver si la respuesta del Señor se ajusta a la Palabra de Dios. Conociendo Jesús lo que de verdad intenta hacer este hombre, deja que él mismo responda lo que, efectivamente, viene en la Ley.

"Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?"

Con esta pregunta, el hombre está cuestionando si hay que amar a todos los hombres, ya que pregunta ¿quién es mi prójimo?. La tradición judía expresa que el prójimo es alguien de su propio pueblo o un extranjero que se convierte al judaísmo y convive con ellos, formando parte de Israel (Levítico 19.18, 33-34). Un pagano, un extranjero de otra religión, no es considerado, por este hombre, como su prójimo y, por tanto, según él, no tiene obligación legal de amarle como a sí mismo. Sin embargo, se hace de nuevas, esperando que Jesús entre de lleno en la cuestión, haciendo la pregunta: y ¿quién es mi prójimo?.

"Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto."

Hay que resaltar que Jesús no dice de qué nacionalidad es el hombre. Es de suponer que fuese judío, puesto que iba de Jerusalén a Jericó, pero el Señor, premeditadamente, no lo especifica, dejando la puerta abierta a toda la humanidad. ¿Quiénes eran los ladrones que despojan a esta persona?. Cristo llama ladrones en varias ocasiones a los dirigentes de las religiones, que se enseñorean de las almas y someten a las personas a servidumbre espiritual. Tenemos un ejemplo en el siguiente pasaje: "Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones" (Mateo 21.12-13). Éstos dejan al hombre vacío, sin fuerza para continuar en su camino, es decir, medio muerto, despojado y sin posibilidad de tener relación directa con Dios.

"Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo."

Cristo hace referencia a los "maestros" e intérpretes de la Ley. Los hombres de religión, los dirigentes, que en teoría, guían al pueblo, sepulcros blanqueados. ¿Cómo iban ellos a asistir al hombre si sus compañeros eran los que le habían despojado?

"Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia"

Ahora nos presenta un nuevo personaje. Especifica su nacionalidad, ya que los samaritanos eran considerados por los judíos como extranjeros, paganos, despreciables. Recuerda el pasaje donde Cristo le pide agua a una samaritana, como ella le responde: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí" (Juan 4.9). Por supuesto, un judío, que aquí representa a todo hombre de religión, no va a considerar a un samaritano como un Sacerdote u hombre de Dios. Sin embargo, el Señor nos presenta, precisamente, este nuevo Sacerdocio. Un hombre normal, que no descendía de Jerusalén a Jericó, como el sacerdote litúrgico, es decir, alejándose de la ciudad de Dios (Jerusalén) hacia el mundo (Jericó), sino que iba de camino, posiblemente en dirección contraria, del mundo a Dios, hacia la Jerusalén espiritual, hacia Sión. "El camino de la vida es hacia arriba al entendido, para apartarse del Seol abajo." (Proverbios 15.24)

Este hombre de Dios se acerca al herido y siente la Misericordia del Señor, se apena de su situación y ahora veremos qué hace para salvarlo.

"y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él."

Lo primero que hace es entrar en contacto con él, curar sus heridas con aceite y vino, es decir, el mensaje de Salvación del Mesías, como su sangre nos lava de nuestros pecados y nos devuelve la vida, ungiéndonos con su aceite, que es el Espíritu Santo. Una vez que realiza esta primera cura, le pone en su cabalgadura, ya que aún este hombre está débil y no es capaz de andar por si mismo: "Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo" (Gálatas 6.2); lo lleva al mesón, que es la presencia de Dios, pues sabemos que Él es nuestro descanso, y allí cuida de él, dándole el alimento necesario para reponer sus fuerzas en el Señor.

"Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese."

Si el mesón es la presencia de Dios, es obvio quien es el mesonero. Llama la atención que el samaritano pague al Señor por las bendiciones de sus cuidados. Evidentemente no se trata de un pago material, mucho menos económico. Tanto los dos denarios como los gastos a pagar a su vuelta, representan la promesa, por parte del samaritano a Dios, de que va a ofrecerse en garantía, haciendo sacrificios agradables a Él, amando a ese hombre como a si mismo, dando su vida espiritual por su ahora hermano en Cristo, orando por él en la confianza de que Dios derramará su Sabiduría y Amor en este nuevo hijo de Dios. También hemos de darnos cuenta, que este nuevo Sacerdote comprende que no puede interferir en la relación entre Dios (Mesonero) y su hijo (huésped), y que él ya ha cumplido su misión y lo deja en manos del Señor, que a través de su Espíritu Santo, que ya mora en él, fortalecerá su alma para que pueda afrontar el camino (Cristo) en su libertad: "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí." (Juan 14.6).

"¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?"

Date cuenta que, al principio de la parábola, el intérprete de la Ley pregunta quién es su prójimo y, al final de la misma, Jesús le ha dado la vuelta a la pregunta, contestándole quién fue el prójimo del hombre. Lo importante no es pensar a quién tienes obligación de ayudar, sino saber que debes ayudar a cualquiera, pero una ayuda espiritual, para que conozca al Señor, se entregue a Él y ande libre en el Camino. Esto no quiere decir que, si tiene necesidad de algo en este mundo, ropa, alimento, dinero... no se lo des. Por supuesto que hay que satisfacer las necesidades materiales, pero no podemos quedarnos sólo en ellas.

Veamos ahora la respuesta del religioso:

"Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo."

Todo hombre de Dios, que ha nacido de nuevo en Él, se convierte en Sacerdote del Dios Altísimo y tiene la obligación de predicar su Palabra, Ofrecer sacrificios agradables a Dios: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos." (1ª de Juan 3.16), ya que esto, y no otra cosa, es amar al prójimo como a nosotros mismos.