Capítulo I

Capítulo I

 

       

¿Somos libres cuando hablamos de sexo?

Podemos preguntarnos a nosotros mismos o puede surgir en una charla la cuestión de si nuestro modo de pensar, nuestra actitud ante la vida, nuestros patrones de conducta, nuestro carácter y nuestra personalidad están modeladas por la educación que hemos recibido, o si los heredamos y permanecen en su mayor parte fijados desde el nacimiento. 

Voy a soslayar las preguntas que seguirían de una forma natural a las cuestiones sobre el peso que tiene en una persona el ambiente y la herencia. Preguntas como si se puede nacer con una maldad o bondad innata, como piensa la creencia popular, si puede modelarse la conciencia con la formación de la persona o si, por el contrario, nuestra conducta es en última instancia independiente. Cuestiones que terminarían desembocando en planteamientos sobre si somos absolutamente libres de nuestras decisiones y de nuestros actos y, por tanto, siempre responsables de nuestra conducta, o si estamos tan mediatizados por nuestra sangre y nuestros sucesos biográficos que incluso la conducta del delincuente más desalmado puede justificarse.

 Me gustaría dejar aparte estos interrogantes éticos para otras personas y centrarme en temas, quizá de menor calado, pero también quizás de mayor interés práctico. Voy a intentar abordar planteamientos relacionados con el comportamiento en pareja, la conducta sexual, las relaciones del hombre y la mujer, la familia, el instinto, la educación y las actitudes y los prejuicios asociados a estas cuestiones. Las respuestas a estos interrogantes y lo que puede deducirse de ellas puede suscitar puntos de vista pasionales, porque los motivos para decantarse por una u otra toma de postura suelen ser casi siempre motivos basados en los sentimientos y experiencias personales, más que en el razonamiento puro. Mi propuesta es un planteamiento absolutamente desapasionado y sin carga emotiva sobre estas cuestiones y otras preguntas relacionadas para intentar encontrar las respuestas verdaderas, aunque no sean agradables.

 Quizá un observador malicioso podría argumentar que, si uno mismo se puede ofuscar por cuestiones personales en temas tan nucleares como la libertad, en las preguntas sobre algo aún más íntimo y vivencial como es el sexo es posible llegar a conclusiones que sean verdaderamente libres e independientes.

Interesa desacreditar el peso de la herencia

La mayor parte de los sicólogos clásicos hacían hincapié en la importancia de la educación para constituir el individuo. El modo de pensar y el juicio, el carácter, incluso la inteligencia, eran fruto del entorno y la culturización de la persona. La mente era una figura moldeable. Los niños eran sujetos altamente sugestionables y los sucesos de la infancia dejan una impronta indeleble. Esto era políticamente correcto porque apoyaba la idea de que todos nacemos iguales y libres y, además, responsables de nuestros actos. Implicaba además un estímulo a la formación e intervención de la sociedad y del estado en la educación porque los humanos no nacemos justos y solidarios, y es necesario imprimir en las personas unos valores positivos. Esta actitud  era incluso tranquilizadora en ciertos aspectos, porque las conductas o los actos extremos de crueldad eran más fáciles de asimilar cuando podemos atribuirlos en parte a traumas e inadaptaciones.

 Atribuir a lo innato parte de las conductas o capacidades humanas parecía politicamente incorrecto, pues podía acabar con las nociones de libertad y de responsabilidad. Si la mayor parte del peso del comportamiento surgía innatamente, no era modificable, y planeaba sobre esta afirmación el fantasma del determinismo. Si acabamos con la noción de libertad, acabamos con la noción de culpabilidad, con el derecho del estado a juzgar y castigar, y acabamos con el poder coercitivo, que es la base donde se sustenta el estado. Acabaría con el fundamento de cualquier estado de derecho y acabaría también con el estado de economía dirigida o marxista. Sólo podria concebirse un estado anarquista sin coerción y sin poder para los románticos o la ley de la selva para los escépticos.

 Para otras personas, acentuar la importancia de lo genético podría terminar justificando que unas personas fueran naturalmente mejores que otras, que determinados grupos de individuos emparentados o razas  fueran mejores que otros y desembocar en el delirio nazi y en la eugenesia, algo que parece inadmisible a priori.

 Por otra parte, la comprobación de la importancia de lo innato frente a lo aprendido es difícil de medir, porque cada indivíduo parece único e irrepetible, y tampoco es posible someterlo a cambios y comparar consecuencias. De cualquier modo, acordarse de lo innato parece una postura incómoda para la sociedad.

Los animales tienen genes que no están mal vistos

En la naturaleza, sin embargo, no es sospechoso aceptar el peso de la herencia y los genes en el comportamiento animal. Un ser vivo va a constituirse por la expresión del conjunto de sus genes. Los genes son el conjunto de instrucciones para la construcción del organismo y el desarrollo de las reacciones bioquímicas que, en definitiva, parecen constituir la vida. Los genes se encarnan en el ADN celular o conjunto de instrucciones diferentes para cada individuo que se repiten en cada célula y van a transmitirse a la descendencia. Para algunos científicos los genes son el mínimo definidor individual. Para otros, como Dawkins en su libro el gen egoista, los genes individuales, con su capacidad para competir entre sí y perpetuarse son los verdaderos protagonistas de la vida y de la evolución.

 Pueden llegar a heredarse a través de los genes en lo que conocemos como instinto, pautas de conducta completas, como la capacidad para fabricar una colmena de las abejas, o  ciertas tendencias que serán perfeccionadas con el aprendizaje, como  la construcción de nidos o el vuelo por los pájaros, e incluso poderse heredar comportamientos y reacciones complejas, como la habilidad innata de los alimoches para romper huevos de aveztruz con piedras, como demostró Rodríguez de la Fuente.

Las habilidades concretas no innatas aprendidas por un individuo puede tener su importancia para la supervivencia y la reproducción del mismo indivíduo, pero para la mayor parte de las especies, estos conocimientos, esta información, sólo quedará recogida en su sistema nervioso central, y no en sus genes, no pasando, por tanto, a los descendientes. Sin embargo, sí puede transmitirse una mejor predisposición a aprender habilidades, a reaccionar de forma general de una manera adecuada.

¿Qué pinta Darwin en todo esto?

La mayor parte de los biólogos aceptan como motor del desarrollo de la vida una teoría de la evolución de Darwin más o menos adaptada. La teoría de la evolución es muy potente y da explicación a bastantes interrogantes sobre la naturaleza. Esta teoría acepta que las especies sufren transformaciones con el transcurso del tiempo, es decir, que evolucionan. La teoría evolutiva aplicada a los individuos explica cómo la supervivencia de los más aptos permite la selección natural de los organismos mejor adaptados. De un individuo a otro de la misma especie hay unas leves diferencias tanto morfológicas como de comportamiento debidas, en parte, a la variabilidad entre los genes. Estas leves diferencias pueden permitir un leve mejoramiento en la búsqueda del alimento, en la dificultad para ser cazado, en la búsqueda de la pareja o en la supervivencia de la prole, por ejemplo, respecto a otras variaciones. Estas variaciones que permiten una ventaja en la supervivencia o en la reproducción de un individuo en concreto serán transmitidas en los genes a los descendientes con mayor preferencia cuanto más beneficiosas sean. De la misma manera, una variación que sea contraproducente para la supervivencia va a conducir a que menos individuos con este gen lleguen a la edad reproductora, y un gen que dificulte la reproducción va a conducir que menos individuos con este gen se reproduzcan con éxito. 

 Este mecanismo de selección natural explica el origen de las especies. Las variaciones que otorgan ventaja a unos genes frente a otros, por un mecanismo aún no del todo comprendido, pueden acentuarse y  terminar dando origen a una especie nueva. Una especie nueva podría surgir cuando su adaptación ha tenido tanto éxito que sus cromosomas han variado para no permitirle cruzarse con la especie de origen y desandar lo andado. La teoría evolutiva es la mejor hipótesis que se ha encontrado para explicar la tremenda biodiversidad de las especies y la adaptabilidad a las transformaciones paulatinas del medio ambiente.

 La teoría de la evolución puede llegar a explicar cada una de las características de las especies y su comportamiento. La evolución explica incluso el sentido del sexo y, a mi entender, el sentido de la muerte. La reproducción sexual potencia las diferencias, pues crea individuos que son mezcla al azar de los genes de sus progenitores. Una reproducción por partenogénesis, división o reproducción asexual no permite sino réplicas clonadas del progenitor, incapaces de incorporar variaciones que respondan a un entorno cambiante. Un entorno cambiante también explica la muerte, que sería la generación sucesiva de descendientes con variaciones que puedan dar respuesta a situaciones diferentes. Los progenitores no sobreviven porque ya han realizado su función de tener éxito en un medio ambiente específico y transmitir su genes de éxito. No pueden cambiar más y deben dejar el turno a la siguiente generación. Una siguiente generación que es como un lanzamiento de dados de la naturaleza, que no sabe qué número será el afortunado en la siguiente tirada y prefiere jugar a varios números antes que apostarlo todo al número que ha sido premiado anteriormente. Esta mezcla de sexo y muerte, de eros y tanatos, puede parecer cruel, pero se muestra como la opción más operativa para los seres más desarrollados.

¿Se puede aplicar el evolucionismo a los humanos?

Sin embargo, la aplicación generalizada y sin excepciones de la evolución al ser humano no está consensuada y  puede ser, como hemos visto, un asunto espinoso. Algunos autores razonan que no se puede aplicar la teoría evolutiva sin restricciones a los humanos, porque no sufren una presión selectiva de igual modo que los animales. En la naturaleza impera la ley del más fuerte y, en la civilización, los humanos somos capaces del altruismo y de ayudar al menos apto, lo que nos diferencia de la crueldad ciega que domina el reino animal. Otra razón por la que no podría haber selección natural ni adaptación en los humanos, es porque las persona son capaces de adaptar el medio a su conveniencia, en vez de adaptarse al medio.

 Otros argumentan que no puede operar en el intelecto la evolución, pues poseemos el “espíritu”, que no se encarna en lo biológico, que no se hereda y que no está sujeto a los cambios o selecciones. El cuerpo humano puede sufrir selección y evolución, pero el espíritu es único e intransferible.

 Por último, se encuentran los que oponen a la teoría evolucionista la teoría creacionista, esgrimiendo que el hombre y las especies fueron creadas de la nada y son inmutables porque así le fue revelado al género humano por Dios en la biblia. En Estados Unidos hay estados donde hay propuestas para eliminar la teoría de la evolución de los libros de texto y sustituirla por el creacionismo.

 Para todos los anteriores puntos de vista, el elemento sicológico humano sería incapaz de heredarse y, por tanto, de poder sufrir una selección natural. Los genes, es decir,  lo innato o heredado, serían incapaces de influir en el comportamiento o en las actitudes. Esto es un hecho que además, de forma no evidente, halaga la singularidad y la vanidad humanas.

¿Se puede excluir del evolucionismo a los humanos?

La función de la ciencia es intentar comprender y dominar los fenómenos observables concretos. Pero la mente humana funciona mejor si enmarca los hechos concretos y las leyes físicas en el ámbito de ideas más generales. La ciencia trabaja mejor con teorías totalizadoras. No se trata de imponer dogmas ni postulados preconcebidos, sino aplicar hipótesis de trabajo que faciliten la explicación de los hechos. Una teoría nos sirve cuando explica una serie de sucesos mejor que las demás. Cuando surge otra que es capaz de unificar más leyes aisladas, se asume. Esto ha sucedió repetidas veces, como cuando la teoría de la relatividad sustituyó a la ley de la gravedad y a la geometría euclidiana o lineal, o cuando Cajal explicó que la transmisión de neurona a neurona podía sustituir a los espíritus animales como causa de la contracción muscular y el movimiento.

 Cuando se aplica la teoría evolucionista a los humanos, llegamos a encontrar respuestas a dilemas complicados. Cuando insistimos en excluir de la evolución al género humano, se hace complicado encontrar respuestas que no lleven directamente al plano de las creencias personales y la subjetividad. Es decir, cuando acudimos a lo trascendental para responder a una pregunta simple, estamos respondiendo a una pregunta con una respuesta que requiere a su vez de una explicación aún más complicada, como definir o encontrar el espíritu, o fundamentar la existencia de una realidad onmipotente invisible y ajena al universo presente.

 Pero lo peor del caso es que estas respuestas o soluciones trascendentales son casi tantas como sujetos que las asumen, debido a ese matiz de subjetividad de las creencias personales, haciendo imposible un consenso de trabajo. Hay un arco iris de ideas que abarcan desde el establecer la creación del mundo hace 4.000 años hasta la infusión gradual del alma humana a una especie antropomorfa. Y esta construcción de teorías para justificar una idea concreta preconcebida no es una actitud elegante ni honesta intelectualmente, y muchas veces provoca sonoras retractaciones institucionales posteriores cuando ya no puede manternerse una idea contra viento y marea.

 Cuando pretendemos aplicar solo parcialmente la evolución a los humanos argumentando que estamos incluidos de forma incompleta en la selección natural por ser capaces de practicar el altruismo y modificar el medio, estamos olvidando la explicación más sencilla y obligándonos a encontrar una solución más rebuscada. La defensa de los débiles y el uso de utensilios no son exclusivos del hombre, y pueden ser explicados como comportamientos complejos seleccionados por el beneficio que aportan. En muchas especies de primates los machos son capaces de proteger del ataque de depredadores a hembras y crías con las que no están emparentadas. La contradicción que supone para el instinto de supervivencia afrontar un mayor riesgo individual se explica porque para el grupo en general otorga mayores oportunidades de supervivencia. De esta manera, las manadas cuyor miembros portan genes que predisponen a las acciones desinteresadas para la defensa de la manada tienen más posibilidades de tener éxito que las manadas en las que se produce siempre una huida ciega. Estos grupos y los genes de sus individuos tenderán a transmitirse con preponderancia sobre otros genes que predispongan a comportamiento menos altruistas.

 De hecho, como veremos más adelante, muchas conductas que consideramos como genuinamente humanas pueden explicarse con facilidad como adaptaciones evolutivas. Evidentemente, podemos intentar explicarlo todo en el marco de considerar lo humano como singular e irrepetible. Pero seguimos dando respuestas que oscurecen el cuadro en lugar de iluminarlo y eligiendo soluciones rebuscadas, poco claras y complicadas. Y la naturaleza se empeña en demostrar que suele preferir el camino más corto y la solución más sencilla.

El peso de la herencia en las personas

Incontables argumentos avalan la teoría de que no sólo nuestro físico sino nuestra inteligencia, nuestras actitudes, nuestros prejuicios y buena parte de nuestro comportamiento han sido esculpidos por la selección natural y son, por tanto, innatos. Según estos presupuestos, la mente humana sería un sistema que se ha ido construyendo para resolver los problemas con los que nuestros antecesores se han enfrentado durante millones de años, como la comprensión  y el dominio de situaciones, objetos, animales, y el trato con otras personas.

 A finales de los años 40’, los primeros occidentales se encontraron con los habitantes primitivos de Papua-Nueva Guinea. Estos pobladores se habían mantenido aislados de la civilización y permanecido en una cultura preneolítica con ritos de antropofagia, ausencia de agricultura, existencia de un pensamiento mágico y un primitivismo asombrosos. Sin embargo, había gran cantidad de acervo cultural compartido en personas tan alejadas. Los gestos conversacionales podían ser entendidos sin dificultad tanto en un sentido como en otro. Los signos de la afirmación y negación, las gesticulaciones para la risa, el asombro, la incredulidad, el aburrimiento o la incomprensión eran idénticos para ambas culturas. Si el que se pudieran compartir estados de ánimo entre seres separados durante más de 40.000 años era ya asombroso, mucho más asombroso era la conservación de la literalidad del gesto en sí.

 Una de las razones por las que sabemos el peso de lo heredado es por las asombrosas semejanzas de conductas y actitudes que tienen entre sí los gemelos univitelinos o idénticos, auténticos clones de sus hermanos, cuando son educados por separado. Estos gemelos podían coincidir en el estilo de ropa, profesión, nivel social, e incluso su pareja sentimental podía tener asombrosas coincidencias

 Aún más sorprendente es el hallazgo de que en algo aparentemente tan moldeable e influenciable como es el cociente de inteligencia (CI) se halle tan condicionado por las cualidades innatas. La existencia de la adopción permite el compartir un ambiente familiar a niños no emparentados con sus padres, lo que puede ayudar a diferenciar el peso que tiene el entorno y el peso de lo heredado.

 Según el proyecto realizado en Colorado por Plomin  con 200 niños adoptados, esto se realizó comparando las semejanzas en el aprendizaje de grupos de niños con tres tipos de familias diferentes. Los tres grupos están formados por niños adoptados y padres adoptivos, niños adoptados y sus padres biológicos y niños conviviendo con sus padres biológicos. Hasta mediada la infancia la capacidad espacial y verbal de los niños adoptados guardan una correlación o parecido con  los padres biológicos equivalente al que guardan los niños no adoptados que se utilizaron como comparación con los padres biológicos. Sin embargo, el nivel obtenido por los niños adoptados no se correlacionaba con los niveles de los padres adoptivos ni siquiera a esta edad. Había, además un hecho inesperado: las capacidades de los hijos adoptados se va pareciendo con el andar del tiempo cada vez más a los padres biológicos en vez de a los padres adoptivos. Según se deduce de estos estudios, cuando se llega a los 16 años, lo innato o genético puede explicar hasta un 40% de las capacidades espaciales y un 50% de las habilidades verbales medidas en los test de inteligencia habituales. El mayor parecido con los padres adoptivos al principio de la infancia puede explicarse por ejercer una mayor influencia al constituir la mayor parte del entorno de los niños de este grupo de edad.

 Incluso algo tan elaborado como es el lenguaje humano parece crecer en un sustrato preparado específicamente. Gracias a los estudios de Chomsky y Pinker hemos descubierto que los niños tienen una predisposición innata para comprender y desarrollar el lenguaje en general. Los niños tienen la facultad innata para aplicar de forma no aprendida las reglas de la sintaxis. De hecho, al comenzar su aprendizaje del lenguaje, tienden a caer sistemáticamente en ciertos errores, como aplicar instintivamente las reglas gramaticales habituales en situaciónes incorrectas, como el caso de los verbos irregulares (inducí en lugar de induje).

La sicología evolutiva y la sociobiología

La posibilidad de que las diversas facultades mentales y las pautas principales del comportamiento humano puedan explicarse como una adaptación y derivarse de la evolución ha sido tomada en consideración por la denominada sicología evolutiva. También está relacionada la sociobiología, que estudia la influencia de los genes en el comportamiento social.

 La sicología evolutiva es una ciencia nueva y muy controvertida, porque si no es bien comprendida nos dibuja un desalentador panorama de individuos controlados por sus genes. No deberíamos asustarnos. La verdad debería ser lo más tranquilizador. Lo innato no nos condiciona absolutamente y no debe ser tomado como una justificación para un comportamiento más cómodo.

 La sociobiología fue impulsada por Edward Wilson en los 70, y puede ser ahora mejor aceptada que en aquel momento, en que todo lo que sonara a genes caía en entredicho por la cercanía de la 2ª guerra mundial y los horrores descubiertos en los campos de concentración.