Capítulo II

Capítulo II

 

       

Como condiciona nuestra naturaleza nuestro comportamiento como hombres y como mujeres

El sexo es un incentivo reproductor en la naturaleza

La naturaleza a veces se nos presenta como extraordinariamente cruel y despiadada. Es capaz de dominar con mano de hierro el comportamiento animal y hacer que la manada de renos en emigración abandone a los enfermos o débiles que los salmones tengan un ciclo vital que los obligue a morir depués de desovar para ser usados como fuente de nutrientes para la fertilización del río y que la expectativa de supervivencia de la siquiente generación se mejore, que la araña o la mantis religiosa coma al macho que la fertiliza que ya sólo puede ser útil a sus descendientes como alimento para la hembra. La naturaleza no regala nada. Si alguna estrategia se muestra beneficiosa para la supervivencia de la especie, abandona al individuo. Los leones macho, cuando llegan a una nueva manada, matan a las crías asegurando que exclusivamente los descendientes con sus genes recibirán su protección.

No podemos saber que experimentan las especies más sencillas. Probablemente son dominadas por completo por su instinto. La especies más complejas parecen gozar practicando el sexo. Después de un duelo territorial, los elefantes marinos y otros mamíferos suelen montar a una hembra y los monos practican el autoerotismo en sitaciones de tensión. Pero el sexo no es un regalo gratuito, ni siquiera cuando parece que suaviza y hace agradable la vida. No lo es ni siquiera en las especies donde no es un instinto de dominación o de competencia cruel.  Es una estrategia más de la naturaleza. En todos los casos son caminos para incentivar el comportamiento reproductor. Los animales superiores necesitan comer pero pueden ser selectivos cuando hay abundancia, lo que implica la existencia de satisfacción. Es como funciona el mundo natural para recompensar las conductas benficiosas. Refuerzos positivos y refuerzos negativos. Gozo y dolor. Un zarpazo o un golpe significa dolor y un alimento es agradable hasta hacer relamerse de gusto.

Las aves que se emparejan de por vida y parecen encontrar consuelo y camaradería en esta unión no lo hacen gratuitamente. Su conducta se ha esculpido por la selección natural porque sus crías nacen tan necesitadas de cuidados que no podrían sobrevivir sin la atención constante de los dos progenitores.

  ¿No podría explicar la larga infancia de los niños la tendencia de los humanos a emparejarse de forma prolongada? Esta conducta monogámica es muy diferente de la mayoría de los mamíferos. Podemos explicar este comportamiento porque el hombre es portador de valores eternos. Pero también podemos explicarlo  porque es una estrategia más adecuada para la supervivencia de los humanos en general y en particular.

Estrategias reproductivas en la naturaleza

En los animales más simples como los insectos, los descendientes son abandonados a su suerte o se les procura un entorno lo más apropiado posible. Pero en la mayoría de las especies más complejas, casi siempre es la hembra la que se ocupa de sacar en solitario adelante a la progenie y los machos tienen una función muy limitada en la reproducción. Se limitan a aportar sus genes a la próxima generación y protege un territorio de la intrusión otros machos. En escasas ocasiones, intentan o consiguen proteger al grupo de los depredadores o de tribus rivales.

 Ciervos, cebras, osos, comadrejas, leones, tiburones, orcas, focas, atunes, no se caracterizan por unos amorosos cuidado paternales. Pero no debemos enjuiciar estos ni otros comportamientos. Ni los leones son fieros, ni las hienas cobardes, ni las abejas laboriosas, ni los zorros astutos, ni los buitres repulsivos, ni los elefantes rencorosos. Es absurdo aplicarles valores humanos. Son y actúan según su naturaleza. Se comportan con unas pautas de comportamieto que les han proporcionado supervivencia y éxito como especie, o por lo menos perdurar hasta la llegada del hombre a sus hábitats. Que el ciervo se ocupe exclusivamente de mantener su territorio libre de otros machos competidores  y de mantener dentro a la manada de hembras tiene una lógica interna. Asegura que las hembras serán fecundadas por los individuos más vigorosos, procurando el máximo de salud posible a la siguiente generación.  Que los leones sean los primeros en comer las piezas cobradas por las hembras y los cachorros los últimos puede parecer injusto, pero consigue que los encargados de defender la manada y su integridad estén en el mejor estado posible. Unos leones débiles serían una invitación a los leones que merodean esperando su oportunidad para que los destronaran y mataran a todos los cachorros. Con esto se perdería más. Peor la vida del león tampoco es fácil. Es expulsado adolescente de su propia manada y tiene que vagar esperando su oportunidad. Está mal dotado para la caza y tiene pocas posibilidades de sobrevivir si no encuentra una manada propia. Debe conseguir su manada con violencia, desafiando a otro u otros machos y pagando con su vida si pierde. Y después, su reinado es efímero sin un momento de relajación. Solo unos cuantos meses que coinciden con su plenitud vital. Será destronado violentamente, a su vez por un rival al acecho. Y siempre llega ese rival más fuerte, lo que significará su muerte o el destierro hasta el fin de sus días.

 Pero, repito, ningún animal merece nuestra aprobación o reproche. Sólo nuestro asombro o admiración. Se dedican a representar el papel que la naturaleza les depara. Desde el humilde escarabajo pelotero que abona la pradera africana hasta el cocodrilo que ahoga  y devora al ñú que estaba completando la hazaña de su migración, han conseguido coordinarse armoniosamente con el resto de los elementos naturales. No posee más mérito la constante atención y cuidados de toda una manada de lobos a la camada de la pareja dominante que el cuco que deposita su huevo en un nido ajeno.

 Es en este contexto etológico donde deberíamos situarnos para deducir que la estrategia de los machos que intentan competir con otros machos e intentan propagar su simiente copulando con el máximo número posible de hembras y dejando el resultado bajo la responsabilidad de la hembra es la correcta. Es la correcta porque ha servido a su especie para tener éxito. También es correcta el cuidado bajos ojos humano solicitos de las parejas de águilas a sus aguiluchos, no porque pueda enternecernos sino porque se ha mostrado útil y adecuada . Como también es correcta la estrategia que impera en la sociedad de las hormigas, donde todo un ejército de hembras obreras estériles se ocupa de atender solicitamente a la reina. No es una sociedad injusta o alienada. Sólo si somos lo suficientemente pueblerinos para para invertarnos fábulas con animales buenos y malos y creérnoslas puede parecernos loable o impropia una sóla acción animal.

 Las parejas humanas suelen unirse monogamamente durante largos periodos de tiempo y colaboran ambos en la crianza de los hijos. ¿hasta que punto esta conducta es una convención social o una exigencia de nuestra naturaleza o una contradicción con nuestros instintos nativos? Intentaremos analizarlo