Capítulo III

Capítulo III

 

     

¿El comportamiento sexual actual es válido? 

Cenar a solas

Les propongo un juego. Imaginemos una sociedad absolutamente ajena a la humana, con un mundo y una biología distinta. Tratemos de imaginar una sociedad de individuos extraterrestres sin nuestra cultura ni costumbres, y no tratemos de medir sus actitudes con nuestras medidas o usos. Un mundo que contara con unas posibilidades difíciles de imaginar por los seres humanos.

 

Imaginemos un mundo en el que el placer de la comida fuera aún más placentero. Que la degustación de una plato exquisito fuera una experiencia total que los inundara de una sensación absoluta de placer completo. Que la comida ingerida los sumiera en un estado de placer creciente y creciente, que culminara en una sensación maravillosa cuando la ingiriéramos. Que lo describieran como una sensación que recorriera su cuerpo por completo. Que fuera una sensación tan fuerte, que de durar más tiempo fuera capaz de hacerles perder la razón. Que incluso la contemplación de la comida les hiciera recrearse en el futuro goce que les aguarda. Que el mero pensamiento de comer les provocara el equivalente de una sonrisa y un estado de ensoñación agradable. Que la sociedad estuviera pensando la mayor parte del tiempo en cosas relacionadas con la comida y el placer de la degustación.

 

Sigamos con este juego de lo que podría ser. Imaginemos que los inconvenientes de una alimentación desequilibrada no existieran. Que degustar sabrosos manjares no tuviera ninguna repercusión en sobrepesos ni gorduras, porque el cuerpo pudiera adaptarse al ritmo de su apetito. Que la gula no fuera contraproducente para los niveles de colesterol, de triglicéridos o de glucosa. Que el hábito de comer intempestivamente, en vez de ser un factor de riesgo para la arteriosclerosis, la diabetes, las enfermedades coronarias, el infarto cerebral, la artrosis y el resto de estragos que provoca en la salud humana, fuera algo absolutamente recomendable practicar con la mayor frecuencia posible. Que el hábito de ingerir alimento sin tasa fuera recomendado por el equivalente de médicos, educadores, sicólogos, amigos bienintencionados y la sociedad en general. Imaginemos que la comida ni siquiera costara dinero y estuviera a su acceso con la única condición de detenerse y retirarse un momento de un frenético ritmo de vida y de trabajo.

 

Sigamos imaginando este improbable estado de cosas e intentando ponernos dentro de esa sociedad. Imaginemos que este hábito tan recomendable de comer pudiera compartirse, y que el placer de comer aumentara enormemente con la compañía y que al compartirse se convirtiera en algo mucho más agradable y espiritual. Que el compartir mesa con uno o varios semejantes nos hiciera sentirnos más unidos a ellos. Que fuera una buena manera de conocer mejor a alguien. Que los individuos de esta sociedad estuvieran deseando invitarnos y nosotros invitar a los demás. Imaginemos unos individuos para los que compartir mesa con semejantes diferentes enriqueciera enormemente la experiencia de comer y la mejorara en el aspecto placentero y de satisfacción personal. Que la costumbre de variar comensales sirviera como un enriquecimiento a nivel de las experiencias personales

 

Imaginemos que la costumbre de compartir manteles fuera capaz no solo de proporcionar placer sino de mejorar el espíritu. Que fuera capaz de aliviar nuestro ánimo, serenar nuestra ansiedad, prevenir obsesiones, disipar tensiones, eliminar agresividad y otros muchos beneficios. Imaginemos que compartir el placer de la mesa lo mejorarse tanto que produjera algunas veces una auténtica unión personal con el comensal. Que en ciertas ocasiones, compartir esas maravillosas sensaciones fuera algo tan bello e inigualable que nos acercara tanto a nuestro compañero de mesa que, para algunas personas, encontrar el invitado adecuado fuera una auténtica experiencia mística que diera sentido a toda una existencia, y que la posibilidad de encontrar el invitado perfecto fuera un incentivo más añadido al deseo de compartir la comida.

 

Imaginemos que aunque no fuera siempre así, fuera siempre mucho más agradable comer acompañado por el mero placer de la compañía. En este estado de cosas, sería muy difícil pensar que alguien por la experiencia de una mala cena porque el invitado se comportara como un auténtico patán, se negara a sí mismo todas las posibilidades que ofrece el compartir una comida.

 

¡Que sociedad más idílica! Pero imaginemos que pasara lo peor en esta sociedad que se nos presenta tan simpática y envidiable. Que por una serie de circunstancias, la infelicidad se empeñara en presentarse ante personas que antes vivían sin complicaciones. Que empezaran a cambiar las actitudes generales respecto a la comida. Que la gente siguiera reconociendo lo maravilloso del acto de comer y de compartir la comida, pero que estos asuntos empezaran a reconocerse como algo vergonzoso. Que todo empezara a cambiar y que los individuos dejaran de compartir mesa con tanta alegría. Que empezara a verse con malos ojos el compartir mantel por el mero hecho de disfrutar. Que cesara la costumbre de compartir de forma generalizada el almuerzo y la cena, sin haber auténticas razones para ello. Que la gente se empeñara en reprimir su tendencia y su necesidad de compartir la mesa, y se produjeran conflictos entre sus anhelos naturales y ese afán voluntario en no admitirlos. Imaginemos que este estado de conflicto interior condujera a vivir con sentimientos de culpa y remordimientos cuando no se pudieran reprimir los actos que antiguamente no eran culpables. Imaginemos que esta contradicción terminara llevando a una drástica reducción de las comidas compartidas. Que este cambio en el comportamiento produjera una disociación entre los anhelos y deseos y las realidades diarias. Que esos anhelos insatisfechos e incluso no admitidos terminaran haciendo surgir tensiones, irritabilidad, conflictos, neurosis y terminar generando violencia.

 

Que triste y odioso final para esta envidiable sociedad. Qué lástima que no conservaran el estado anterior cuando parecían un paraíso. Casi nos apetece ir y amonestarles por haber dejado de pensar como anteriormente. Nos parecen absurdos los nuevos prejuicios, que solo parecen complicarles la vida. No podemos comprender por qué se ha cambiado un sistema que parecía hacerles la existencia más llevadera y agradable por otro que les crea tensiones y les amarga la vida. ¿Porqué abandonar una vida llena de alicientes y excitaciones por otra de remordimiento, tensión y violencia?

 

Para un verdadero ser de otro mundo, que no sería capaz de entender las diferencias entre uno u otro instinto, la sociedad imaginaria antes descrita no les sería más absurda que la sociedad humana actual. Basta cambiar el placer de comer por el placer del sexo, la mesa por la cama, los manteles por las sábanas, la gula por la libido, el invitado a la mesa por el amante, para recomponer un nuevo escenario que nos retrate. He llevado al extremo el cuadro, intentado que nos miremos con una luz nueva, sin las cargas emotivas y llenas de prejuicios que suponen para nosotros el sexo. Tan ideal como nos parezca la sociedad imaginaria cuando vivía su apetito sin yugos, sería de ideal nuestra sociedad si se liberara de sus represiones sexuales.

 

Cada uno de los frenos que todavía hoy mentalmente nos imponemos para vivir la sexualidad ha tenido su razón de ser y su utilidad. Han llegado a ser en otras épocas incluso un instrumento adecuado para el desarrollo humano, pero me parece necesario empezar a plantearnos, en el torbellino de cambios que vivimos, la utilidad de algunos comportamientos en este ámbito, en el mundo actual. Ya hemos revisado y modificado muchos comportamientos y actitudes respecto a la violencia, la competitividad, el afán de dominio, la agresividad, los celos, el maltrato a los niños y las mujeres, la violación, la insolidaridad, el egoísmo, etc. Puede que algunos de estos comportamientos y actitudes tuvieran una razón para que se originaran, pero hoy no son admisibles, y por eso los intentamos erradicar. ¿Porqué detenernos ahora? ¿Por qué no vamos a por todas a conseguir un mundo feliz?

 

 Podemos conformarnos con un mundo comedido y de buenas maneras. Pero podemos conseguir un mundo de personas realizadas en su totalidad. Podemos conformarnos con un mundo en que se erradique lo claramente nocivo, pero podemos alcanzar un mundo de personas sonrientes y no frustradas. Podemos reservar una sexualidad satisfactoria sólo a la gente del espectáculo (condescendiendo por su función de mantenernos entretenidos) y los presidentes (solo si no los pillan) o extenderla al resto de los mortales.

 

¿Que esta visión es sólo una utopía irrealizable? ¿que la sociedad no puede cambiar sus hábitos sexuales sin que se rompa en mil pedazos? De nuevo, no deberíamos apresurarnos a sacar conclusiones a priori sino que deberíamos realizar un análisis exhaustivo.

¿La libertad sexual destruiria la sociedad?

El discurso de que la humanidad no debe dejarse arrastrar por la lujuria es tan antigua como difundida. Legisladores, pensadores, filósofos, fundadores de religiones, padres y educadores siempre se han empeñado en advertirnos de lo peligroso que es abandonarnos a nuestros instintos. Y posiblemente, tenían razón. Los desórdenes y el caos se hubieran apoderado de las sociedades antiguas si no hubiera estado tan mal visto desear a la mujer de tu prójimo. Sobre todo cuando la costumbre era que recién salidas de la pubertad las mujeres ya fueran propiedad de un prójimo. Y el seducir a una doncella con propósitos poco serios también era perjudicial. No había métodos anticonceptivos, y esas relaciones conducían a que la comunidad o la familia patriarcal se viera cargada con una joven madre desamparada y su prole. Estas prácticas podían ser tan destructivas u onerosas que las comunidades que las permitían tenían serias desventajas con respecto a las comunidades o sociedades que las reprendían. Y la supervivencia de unas sociedades sobre otras en las condiciones tan duras de la antigüedad podía depender de mínimas ventajas para desequilibrar una inestable balanza a su favor, como permitir o no estas costumbres. Así que no solamente desde el interior, sino desde los gobernantes se imponía el establecimiento de un mismo tipo de moral tradicional.

 

Y aunque se pueda terminar admitiendo que hoy todas esas actitudes morales no son estrictamente necesarias para la buena marcha de la sociedad y los individuos, también hay que hacerse la pregunta crucial de si estamos sicológicamente preparados para un cambió tan drástico de actitudes en materia sexual sin que se produzcan contradicciones y conflictos interiores peores que los que resolvería. Se puede responder que no, que no estamos preparados para admitir que la mujer exprese por fin libremente su sexualidad, que no podemos podemos ignorar la anterior vida sexual de una pareja actual, que no podemos  aprender a levantar nuestras barreras sin el temor de ser el perdedor de una aventura amorosa, que no podemos vivir nuestra sexualidad sin la omnipresente dictadura de mantener nuestra buena reputación, que no podemos vivir una ruptura amorosa sin que haya un vencedor y un perdedor, que sólo podemos concebir el amor como una competencia feroz por llevarse la mejor presa, que no somos capaces de aceptar la infidelidad sin vivirlo como un drama castrante.

 

Una verdadera libertad sexual no excluye los compromisos personales ni el romanticismo

Sin embargo, ante nosotros tenemos ya una comunidad humana que ya expresa su sexualidad de una forma mucho menos crispada, más abierta y desinhibida. Y no es una comunidad atrasada aislada en una remota isla. Se trata de la comunidad homosexual de los paises occidentales. Y los homosexuales comparten todos los prejuicios mentales y riesgos emocionales de los heterosexuales: Puden ser tímidos o atrevidos en sus relaciones, pueden enamorarse, tener una pareja estable e incluso desear compartir toda una vida con una persona, pueden desenamorarse y desengañarse, pueden reprimirse su sexualidad, sublimarla o prostituirla, pueden  padecer sentimientos de culpa, o atormentarles los celos o pueden tener amores platónicos o competir por el objeto de deseo, y pueden engañar y ser infieles o comprometerse en sus relaciones.

 

La comunidad homosexual es un ejemplo ideal de cómo podrían vivirse las relaciones sexuales entre hombres y mujeres si no estuviéramos aplastados bajo el peso de la inercia de nuestros propios prejuicios. Los homosexuales, por muchas razones, encaran las relaciones interpersonales de una manera muy diferente de la heterosexual. Pueden tener relaciones frecuentes con otras personas. Algunas encuestas muestran que un varón joven homosexual puede tener, aproximadamente, 200 compañeros sexuales diferentes por año. Pueden buscar el sexo solo por diversión, como algo agradable o divertido por sí mismo, pero también pueden buscar el sexo por muchas otras razones. Pueden practicar el sexo huyendo de sus problemas personales, para buscar la compañía de otro ser humano, para  calmar su ansiedad para huir de la soledad o incluso solo para fomentar una amistad y unirse más a alguien. Y esto sucede a pesar de su estigmatización por el resto de la sociedad, que les obliga a disimular muchas veces su tendencia sexual y de la epidemia de SIDA, que les golpea con preferencia. Y sin embargo, la mayoría de los homosexuales no cae en la degradación personal que les auguraban los defensores de la moral tradicional. La mayoría vive anodinamente, encuentran y conservan un empleo e incluso encuentran una estabilidad emocional y una pareja. Los conflictos sicológicos que pueden padecer no son debidos a su mayor número de relaciones sexuales, sino que se derivan de conflictos personales surgidos por no asumir su propia condición o por la discriminación de que son objetos por parte de la sociedad.

 

Y me gustaría subrayar el aspecto más importante de sus actitudes. Mientras practican una sexualidad tan abigarrada, siguen siendo capaces de enamorarse y siguen buscando la persona adecuada. La mayoría de ellos admite que la sexualidad es mucho más satisfactoria cuando se vive con la persona amada. Y es que se debe entender que una verdadera libertad sexual no mata ni el romanticismo ni la pareja.

 

Los hombres y mujeres de una sociedad más liberal, lo mismo que los homosexuales, aunque se relacionaran y practicaran sexo por diversión, dinero solidaridad, amistad, aburrimiento, soledad, deseo de calor humano o por huir del estés, por la naturaleza humana, seguirían buscando su media naranja, se enamorarían y algunos se prometerían fidelidad y se casarían. Incluso creo que, posiblemente, se comprometieran más libremente, aunque no creo que dejaran de divorciarse. 

 

También es posible que hubiera parejas que quisieran vivir su relación de forma diferente, eligiendo el intercambio de parejas, la autonomía, la comuna, etc. Estas opciones ya existen y son practicadas, y solo crean tensiones si son impuestas por una parte.

¿Cómo vivirían sus relaciones las parejas en una sociedad promiscua?

Las parejas, como las personas son únicas y cada una puede surgir de una motivación diferente. La causa más cotidiana es tan simple como el amor. Pero incluso en las parejas más enamoradas puede planear la sombra de la duda. La duda de parte del hombre de que si hubiera sido un conquistador rodeado de mujeres por todas partes, hubiera elegido de todas maneras a su actual compañera. La duda por parte de la mujer de la absoluta devoción de su compañero y de su compromiso y fidelidad si se presentara una rival importante. Curiosamente, de la forma en que está organizada la sociedad actual, estas preguntas no tienen respuesta, y en una sociedad profundamente promiscua, si. Y no es una contradicción.

 

Detengámonos a pensar que sucedería cuando esta misma pareja se encontrara bajo otras condiciones muy diferentes. Que sucedería si se encontraran en una sociedad que viviera más libremente la sexualidad.

 

Para el protagonista masculino de este futurible, en una sociedad construida de tal modo, ya tendría colmadas de sobra sus ansias de buscar y compartir experiencias sexuales con mujeres diferentes. Hubiera tenido multiples relaciones con mujeres que sólo hubieran practicado el sexo con él por diversión o por su insistencia, pero que no estarían interesadas en emprender un proyecto vital conjunto. Estas mujeres habrían sido experiencias pasajeras en su vida. Si se encontrara entonces con esa misma mujer de la que se enamoró en esa otra sociedad menos utópica, no solo surgiría en él el amor sin la sombra de la duda sembrada por la imposibilidad de contrastar su relación. También surgiría en él un sentimiento de tranquilidad y de agradecimiento por haber sido el afortunado de la elección de su esposa.

 

Con respecto a la protagonista de la historia en esta sociedad utópica, la mujer también se enamoraría de su hombre por las mismas razones porque lo haría en la sociedad actual, pero tendría sin duda una mayor seguridad en su compañero, que pudiendo relacionarse con imnumerables mujeres ha preferido establecer un compromiso con ella.