prologo - Relaciones España Francia

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Prólogo de José María Solé Mariño

Me pide mi amigo Luis Español unas líneas de introducción a un texto que —hay que decirlo ya de entrada— tiene unos contenidos infinitamente más amplios que lo que su título pueda sugerir. No se queda el autor de este tan breve como enjundioso texto en el Camino, y valga el término en el doble sentido que se le quiera dar. Por el contrario, va mucho más allá, ahondando en muchos de los referentes tradicionalmente consagrados de nuestro pasado.


El Camino Francés, el Camino de Santiago, constituyó el cordón umbilical que unía a la España cristiana con la Europa más civilizada durante largos siglos de oscuridad. Cabría preguntarse a qué tipo de viejísimo complejo de inferioridad responde el rechazo a admitir esta realidad más que flagrante. ¿Supone acaso algún desdoro o menosprecio hacia lo propio reconocer la benéfica —también siempre interesada, por supuesto—influencia de vecinos más desarrollados?


Tradicionalmente nadie, entre nosotros, ha tenido vergüenza o reparo de algún tipo en admitir una admiración o incluso un manifiesto deslumbramiento ante la capacidad técnica alemana, la creatividad artística italiana, el confort inglés, la relamida belleza del paisaje suizo o la gran literatura rusa, por poner algunos ejemplos variados. Y, ¿qué decir de la generalizada fascinación ante unos Estados Unidos en alza tras 1945?


Todo esto aparecía como políticamente correcto, siempre que alguien no hiciese una expresa alabanza o diese una muestra de especial interés o admiración por algo francés. Entonces, la caverna nacional volvía a ponerse a rugir y a lanzar todas sus excrecencias, más que revenidas, sobre el mal vecino, el permanente traidor, su insoportable sentimiento de superioridad, su sempiterno menosprecio por el vecino del Sur...


Muy pocos y escogidos se han tomado el trabajo de comprender el profundo drama de los ilustrados españoles del XVIII, cuando el país se vio arrastrado por el vendaval napoleónico. Ellos —tan escasos en número, tan débiles en realidad— apoyaban con todas las dificultades las ideas de necesaria reforma de estructuras que el país precisaba dramáticamente. Y tuvieron la desgraciada suerte de coincidir en muchas cosas con quienes invadieron, mataron, arrasaron y saquearon. Todo parecía venir a dar la razón a los cavernícolas, que al otro lado del Pirineo solamente querían ver el mal y a los malos.


El fracaso final del limitado y precario reformismo ilustrado en España fue así una clara victoria de la regresión. El rechazo a lo francés se alzaba como desafiante seña de identidad de una España que seguía hundida en el oscurantismo, regodeándose en él y mirándose en inmóviles y pútridas aguas encharcadas.


Cuando en el siglo XIX comenzaron a venir por aquí los viajeros europeos, atraídos por la pervivencia de formas de vida que sus países estaban ya arrumbando, se admitió con alegría de charanga y pandereta a los tan injustamente admirados ingleses, a los fríos alemanes, a los italianos, tan simpáticos ellos... Todos eran bien recibidos y sus opiniones vertidas en libros escritos a su regreso a casa eran tenidas en cuenta con satisfacción, como agradeciendo aquella muestra de interés.


Por el contrario, el ceño y el enfurruñamiento se manifestaban cuando el testimonio venía de un viajero francés. Entonces, era la ocasión propicia de afirmar que solamente venían por aquí a hacer sentir su superioridad, a señalar con absoluta impertinencia todos los defectos que podían encontrar, que desdichadamente eran muchos. Incluso los más casposos castizos adoradores de la fiesta de los toros se sentían molestos al comprobar el interés o curiosidad de los malditos gabachos por tan innoble espectáculo. Y ¿qué decir de las siempre temerosas y acomplejadas clases medias urbanas, siempre buscando en el rostro o en los testimonios de los vecinos ese menosprecio tan temido como necesitado?


Luis Español reconstruye aquí, en breves y densas páginas plenas de informaciones e interpretaciones, toda una prolongada trayectoria de relaciones entre los dos países, definidas por la mutua influencia, que solamente una voluntaria y más que interesada cerrazón es capaz de negar.


¿Quién, a estas alturas, puede seguir teniendo miedo de todo lo que significan —o pueden significar— los principios que la Revolución que cambió el mundo fue capaz de resumir en tres palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad?


¿A quién, si es honrado y tiene al menos dos dedos de frente, le puede parecer un peligro la persistencia de unos principios que van mucho más allá de ámbitos políticos, para convertirse en referencias morales de valor universal y perfectamente válidos a día de hoy?


Porque no hace mucho, desde supremas instancias, se nos quería hacer dar la espalda a una realidad física y cultural que es la nuestra. Rechazar aquello que tiene que servir como elemento primordial de referencia, para mirar a guías para quienes solamente somos una pequeña pieza a instrumentar cuando interesa y a ignorar después.


Acaso ningún espacio peninsular tenga la capacidad que posee Galicia para servir de observatorio de esta realidad que es el permanente intercambio. Los pueblos y los puertos gallegos han sido escenario de masivos trasvases de población que han lanzado a millares de personas al otro lado del Océano. Sí, es muy fuerte, profunda y absolutamente innegable la vocación ultramarina de Galicia, pero su propia relevancia en todos los órdenes no debe hacer olvidar que, siglos antes de que el mundo se abriese a los nuevos horizontes atlánticos, este extremo occidental de Europa se alzó como punto de encuentro de influencias procedentes de latitudes varias del Viejo Continente.


Galicia recibía caminantes del Camino en sus tramos finales y más esperanzados, pero también abría sus ciudades y villas marítimas a la permanente presencia de personas y mercaderías procedentes de un Norte continental dinámico y cada vez más activo.


Y otra vez volvería a repetirse el esquema de la interesada instrumentación de los hechos. Si el conservadurismo mal entendido rechazaba las aportaciones francesas en beneficio del mantenimiento de esquemas tradicionales más que obsoletos, ahora se imponía de nuevo el conocido complejo y se “olvidaba” esta larga y estrecha relación de Galicia con el Norte europeo, en beneficio del fácil canto a la morriña de los esforzados emigrantes en tierras americanas.


Quiero recordar ahora aquellas largas tardes de fines de los años cincuenta por el puerto de mi ciudad, La Coruña, viendo cómo se marchaban transatlánticos repletos de tan ansiosos como ilusionados emigrantes, despedidos desde el muelle por emocionados deudos. Eran seres que configuraban una realidad gallega de muy altos alcances en distancia. Pero, al lado de aquello, siempre había allí atracados barcos ingleses, alemanes y franceses; holandeses, escandinavos e incluso rusos, a pesar de la época. Toda una presencia de la Europa nórdica que en tan gran medida contribuyó a configurar la mentalidad de los habitantes de estas ciudades portuarias siempre abiertas.


Es en esta línea de una adecuada valoración de la profunda europeidad de Galicia, en la que tan gran papel desempeñó el elemento francés, donde quiero emplazar este sabroso ensayo de Luis Español, absolutamente recomendable para el lector reflexivo, dispuesto tanto a enfrentarse a inesperadas sorpresas, como al directo y honrado disfrute de la buena literatura.


 José María Solé Mariño


Día del Libro de 2005