Almas
de Piedra
"Esta
no pretende ser una aventura excepcional, ni original. Tan
sólo pretende poner a prueba una faceta del ser humano
que muchos hemos perdido. Para ello, he tenido que viajar
años luz, para mostrar aquello por los que algunos
aun luchan..."
Terraplén, siglo L. Nuestros amigos
acaban de ser sacados de un buen lío. Estuvieron
a punto de mezclarse con la materia del espacio, desintegrados
por los contrabandistas a los que deben miles de fénix...
y algo más. Ya una vez trabajasteis para el Conde
Jeremiah Li-Halan, y pensó que aún podía
aprovecharse de sus servicios una última vez.
Conducidos hasta la casa de Aldus Li-Halan,
fueron recibidos por el mismo Duque. Allí les fue
encomendada una misión de rescate. Una expedición
a Grial, planeta a un sólo salto de Terraplén,
había sido secuestrada. El objetivo consistía
en localizar el lugar donde habían sido capturados,
algún lugar en medio de los bosque del abrupto planeta.
La mayor recompensa sería que la casa Li-Halan pagaría
sus deudas.
Un ex-esclavista, ahora mercenario, un
auriga, un ingeniero y un carroñero debían
emprender una búsqueda, sencilla, fácil, hasta
aburrida... Pero no irían solos. A sus espaldas habían
sido asignados un diplomático, de familia noble,
para entablar contacto con el pueblo de Grial y una experimentada
doctora de guerra, para cuidar de la salud de los aventureros.
El viaje transcurrió sin más
problemas de los previstos. Tras un breve descanso en la
estación espacial de Grial, son conducidos a su ciudad
capital, donde serán recibidos y puestos al corriente
de todo lo referente a la misión. El ambiente es
extraño; la gente parece confundida, andan por la
calle como si algo no funcionase, sus ojos parecían
vacíos... como si faltase algo...
En el templo del jefe chamán de
Grial, Shurash, y tras los pertinentes ritos, son conducidos
a una sala, donde el mismo mandatario, acompañado
por su fiel consejero y escolta Orff, siete sacerdotes,
y un hombre alto, totalmente cubierto de gruesos ropajes,
se explica a los recién llegados lo ocurrido en este
lugar y el papel que los "invitados" juegan en
esta historia:
"Hace un año fueron robadas
del templo unas tallas sagradas de madera, muy importantes
para el pueblo, por una persona que intentó extender
una secta, unas ideas contrarias a lo que siempre ha dictado
la religión Gjarti, a la que esta ciudad siempre
ha seguido. Tradicionalmente el chamán más
anciano lega su puesto al hombre más apto para ejercer
el liderazgo de esta religión. Aquella persona, una
mujer, reclamó ser la elegida por los espíritus,
contradiciendo los sagrados preceptos. La mujer fue expulsada,
pero se llevó a varios seguidores que cayeron en
su trampa. Ahora, como burla y desafío, ha robado
uno de los símbolos de nuestra tradición más
ancestral. Varios intentos de recuperación acabaron
con las vidas de decenas de fieles, y pedimos ayuda a la
casa Li-Halan. Enviaron una expedición y también
desapareció. No sabemos si están muertos,
por lo que aún hay esperanza de encontrarlos, a ellos
y a las tallas sagradas, y por supuesto ajusticiar a la
bruja por sus pecados. Para acompañaros en vuestra
búsqueda, ha sido convocado un emisario de templo
de Avestas, que velará por las almas de todos vosotros
y por el cumplimiento de la misión."- El hombre
cubierto asiente. -"Se os dará un solo día
para hacer los preparativos, y partiréis temprano
hacia el lugar donde creemos que se encuentra escondida
esa bruja".
Conducidos a sus aposentos, nuestros amigos notan en la
guardia un gran recelo por los invitados. Son vigilados
en todo momento. Sin lugar a dudas, están siendo
tratados como prisioneros, y utilizados para cumplir una
misión en la que no quieren perder a más de
los suyos, y recurren a personas capaces, pero sin valor
para ellos.
El momento llega. Cargan en el trasbordador
todo lo pertrechado y parten hacia el este, más allá
de las altas montañas que todas las mañanas
descubren el sol azulado, que año tras año
ilumina menos los corazones de todos los seres de Grial.
Una vez sobrepasada la cordillera, abajo se expande el bosque
más grande que ninguno de los presentes había
visto en su vida. En algún lugar debía estar
el escondite de esa mujer y sus seguidores. Tras varios
minutos sobrevolando una maraña verde, sin resquicios
para posar la nave, divisaron un claro, donde había
un poblado. No dudaron un momento en elegir ese lugar para
comenzar el rastreo.
Las casa estaban hechas de manera muy artesanal,
aprovechando los materiales que el entorno les había
dado. Los recién llegados no parecieron ser bienvenidos;
tras una primera reacción de ocultación ante
los intrusos, poco a poco parecían seguir los pasos
de nuestros protagonistas. Supervisando detenidamente el
terreno, se detectaba en el suelo rastros de desplazamiento
de ruedas o surcos de objetos muy pesados que habían
sido movidos a otro lugar.
El aire era limpio, el sol lo iluminaba
todo. Los rastros llevaban hacia un sendero que se perdía
en la profundidad del bosque, entre los enormes árboles.
Había que actuar. La escolta del diplomático
y los dos guerreros de Shurash se quedaron para proteger
la nave. El resto, los siete restantes, dentro de un vehículo
blindado, siguieron el rastro. Al cabo de unos minutos se
empezaron a encontrar pedazos de naves arrojados por entre
los árboles, naves medio desarmadas, cubiertas de
musgo y enredaderas.
Una piedra cruzó el camino, rompiendo
el silencio con un silbido, y a esta le siguieron muchas
más. Evidentemente, no gustaba su presencia en el
lugar. La comunicación con la nave era constante,
para asegurarse de que nadie estaba en peligro. Poco a poco
el camino se hacía más intransitable, pero
las pedradas habían dejado de sonar. Hubo un momento
en el que tuvieron que abandonar el vehículo, quedando
el diplomático, el ingeniero y el auriga a su cargo.
La doctora, el carroñero, el avestita y el mercenario
siguieron, armados hasta los dientes y con sus escudos energéticos
preparados. Unos metros más allá localizaron
una pequeña nave Li-Halan, y el diplomático
fue informado del hallazgo. Curiosamente no olía
a nada en absoluto, pero el ambiente se hacía cada
vez más difícil de respirar, y tuvieron que
ponerse las máscaras de aire. El terreno comenzó
a descender. Los árboles se elevaban cada vez más,
haciendo que desde el cielo pareciese terreno totalmente
plano.
Los sensores detectaron movimiento cercano.
Los inquilinos de este bosque habían salido a recibirles.
Unas criaturas medio monos, medio reptiles, cayeron sobre
los exploradores, que tuvieron que derribar a unos cuantos,
hasta que el resto huyó. Una aparición, una
joven acurrucándose para curar a una de esas criaturas,
pareció ser vista por uno de ellos, pero igual que
apareció, al avisar a sus compañeros, volvió
a desaparecer. Quisieron localizar el camino de vuelta,
pero habían perdido el rastro tras el ataque, y el
localizador parecía haber sufrido un golpe y había
dejado de funcionar. Ante las dos alternativas, vagar hasta
encontrar el vehículo, o seguir descendiendo, eligieron
ésta última opción. Al final de la
pendiente, parecía haber más luz que en los
alrededores. Según se acercaban, podían distinguir
los reflejos de un río. Lo siguieron en dirección
ascendente, hasta que comenzaron a escuchar el sonido del
agua de una cascada que alimentaba a un pequeño lago.
En torno a la caída de agua colgaban unos nidos construidos
sobre la roca, que, por su tamaño, podrían
cobijar a seres humanos. Afortunadamente, la expedición
aun no había sido descubierta...
Rodearon con cuidado el lugar y comenzaron a ver personas
deambular por la zona. El lugar parecía un santuario.
Cerca de ahí había más casas de aspecto
semejante. El jefe del grupo estimó que ya habían
encontrado el lugar y podían informar de su posición
por las indicaciones de las que disponían. Regresando
sobre sus pasos, unos hombres ataviados sin ningún
orden, pero armados con lanzas, les detuvieron. Detrás
suyo les apuntaban con primitivos arcos. Aunque la superioridad
de sus armas posibilitaba la huida, la doctora anunció
que ella y el diplomático tenían órdenes
de no matar a nadie, a menos que sus vidas corrieran peligro.
Ellos eran un señuelo, y pronto vendrían a
sacarles de ahí. Aún no habían encontrado
a las personas que estaban buscando, y no tenían
certeza de la localización de las tallas que andaban
buscando. Los hombres armados con lanzas y arcos mostraban
gran temor ante los intrusos, y una voz les ordenó
escoltar a los recién llegados a algún lugar.
Sin ofrecer resistencia, fueron dirigidos
hasta un grupo de hombres vestidos igualmente con ropas
descuidadas, pero que se distinguían de los nativos,
como si pareciesen más civilizados. Paradógicamente,
no había mujeres ni niños. Los cuatro invitados
fueron recibidos con un saludo en terrano, idioma que no
habían escuchado por parte de las gentes de este
lugar hasta el momento. Quienes les hablaban, sabían
qué es lo que habían venido a buscar. Les
pidieron que dejaran las armas, y así hicieron. Aunque
ellos estaban ahora cautivos, el diplomático y el
técnico tenían la posición exacta,
y podían mandar a las fuerzas de Shurash y de los
Li-Halan, sobre los secuestradores, y acabar con ellos.
Pero cuál fue la sorpresa, que varios
de los que se dirigían ahora hacia nuestros exploradores
se declararon como miembros de la antigua expedición,
diciendo que habían visto a la diosa Gjarti, y habían
renunciado a su misión. El avestita no les creía,
pues sabía que todo eso era resultado del encantamiento
de la mujer que andaban buscando. En un determinado momento
de la conversación, paseando alrededor de un mirador
que daba al lago, el avestita agarró a uno de los
traidores y le hirió con una daga que ocultaba entre
sus ropajes, siendo reducido por los guardias con sus afiladas,
aunque rústicas lanzas. La doctora se ofreció
a curar las heridas, pidiendo perdón por la agresión,
y prometiendo que tratarían de comunicar su postura
a la casa Li-Halan. Tras proporcionarle un suero que tenía
ubicado en cápsulas en su cinturón, el hombre
confiesa que ellos ya han intentado comunicarse, pero no
han obtenido respuesta aprobatoria por parte de la casa.
Cuando la situación se calmó,
al cabo de unos minutos, el herido comienza a sentirse mal
y a convulsionarse. Es llevado al interior de una caseta,
y unos nativos atacan a la mujer, ante lo que el mercenario,
el explorador y el avestita reaccionan protegiéndola.
Los nativos comienzan a agitarse, murmurar e increpar en
su lengua a los intrusos, y especialmente a la mujer, a
la que parece que culpan de los dolores de su hermano. Al
cabo de unos momentos, se oyen ruidos dentro de la caseta,
y un hombre sale trastabilleando, con un brazo amputado
y sangrando por todos lados, gritando de dolor y de terror.
El poblado se agita a causa de la sorpresa y el pánico,
y entre el desconcierto, los prisioneros son atacados, activando
los escudos de energía que les protegen de las flechas
y las lanzas. Huyen hacia cualquier dirección, ocultándose
entre los árboles.
El cielo empezó a ser cubierto por
sombras, que se hicieron paso entre los árboles desintegrándolos.
Habían llegado los refuerzos. Destruyeron algunas
casas y tomaron posesión del lugar. Cuando todo estaba
ya controlado, los exploradores regresaron y fueron recibidos
por la guardia Li-Halan, felicitándoles por su labor.
Habían encontrado el escondite de la secta, y habían
encontrado a los desaparecidos. Ahora quedaba encontrar
las tallas.
Subiendo más aún el río,
otra cascada daba al manantial del río. Junto a él,
un increíble monumento natural, fuera de toda concepción
arquitectónica humana, parecía ser una catedral
o un templo exento de artificialidad. Incluso, fijándose
bien, parecía moverse ligeramente, como si estuviera
vivo. En el centro, un altar, y sobre él, unas pequeñas
estatuillas, aparentemente de madera, que fueron rápidamente
relacionadas con las tallas que andaban buscando.
Al entrar en el recinto, la voz de una
joven les detiene:
"Deteneos, pobres ignorantes. Aquello
que queréis llevaros no desea abandonar este lugar.
No quiere caer en malas manos, y por ello debéis
iros... sin ellas."
El capitán de las fuerzas Li-Halan,
prevenido ante cualquier intento de embrujo, desoye la advertencia
y manda a sus hombres hacerse con las tallas. A pocos metros
del lugar donde éstas descansan, se interpone en
su camino una criatura, mitad mujer, mitad felino, que bufa
a los hombres y, ante los disparos de éstos, salta
sobre ellos, esquivando el ataque, y los desgarra, uno a
uno. Su agilidad superaba la capacidad de cualquier ser
vivo conocido. La voz de la mujer vuelve a advertir a los
soldados: "Me duele tener que causar daño, pero
no puedo permitir que os llevéis a nuestros antepasados..."
Esto último apenas imperceptible debido a los disparos
blaster que la mujer-gata esquivaba. "No sigáis.
No hagáis más daño. Iros antes de que
sea demasiado tarde...", lloraba la voz. A pesar de
su increíble destreza, finalmente la escurridiza
guardiana es impactada, cayendo en seco sobre el suelo,
y dejando paso al altar donde las tallas estaban colocadas.
Habían caído 8 soldados fuertemente armados,
de los 12 que habían subido hasta ahí. Uno
de los supervivientes metió las tallas rápidamente
en una bolsa que habían traído para la ocasión,
pero cuando se volvieron para salir del cada vez más
tétrico lugar, se encontraron con que las tallas
que acababan de meter en la bolsa les cortaba el paso. La
bolsa, ahora... ¡estaba vacía!
El miedo recorrió las venas de los
soldados. Sin intentar encontrar una explicación
para lo que acababa de ocurrir, intentaron encontrar otra
salida, pero, allá donde iban, las tallas les tapaba
la escapatoria, no eran de más de medio metro de
alto, pero su simple presencia, inexpresiva y amenazadora,
causaba terror. Intentaron destruirlas, pero según
las hacían pedazos, varios pasos más alante,
volvían a estar ahí. Mientras las miraban,
aterrados, no se movían en absoluto, pero cada vez
que apartaban la mirada, las tallas volvían a aparecer
más cerca...
Al cabo de varios intentos, los soldados
que quedaban, al borde de un ataque de histeria, se encontraron
ante la única salida que el edificio viviente les
dejó: un precipicio hacia el vacío. Las el
viento se estrellaba contra el muro de roca bajo sus pies.
Las tallas, a cada momento, parecían estar más
cerca... Tres de ellos, antes de que las tallas acabasen
por arrojarles, se tiraron voluntariamente. El último,
llorando de terror. No tuvo valor... e intentó gritar...
pero nada salió de su garganta.
Fin
de este posible final...
Pero ya sabéis todos cómo son los juegos de
rol... nadie sabe cómo acabarán.
Guillermo
Velasco, La Forja, Villalba, 9-3-2002, 4:18 de la madrigada.
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