| Por
Pilar Azcárate Aguilar-Amat Centro de Estudios Históricos (CSIC)
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589, año de resonancias especiales en la historia de la España visigótica,
fue testigo de la conversión oficial del pueblo godo al catolicismo. Se
trata de un acontecimiento cuya significación rebasa con mucho los limites
de lo estrictamente político y espiritual, para convertirse -dice J. Fontaine-
en un auténtico problema de civilización que, como tal, hubo de
repercutir hondamente
en todos los órdenes de la existencia. También,
cómo no, en el de las manifestaciones culturales y artísticas que
no son, a fin de cuentas, sino un puntual reflejo de la sociedad que las produce.
La adopción de la fe católica influyó de dos maneras distintas
en el mundo de la educación y la cultura. Asi, para que aquélla
no quedara reducida a un mero acto político, simbólico y formal,
se hizo necesario fomentar la instrucción religiosa de los nuevos fieles.
A tal impulso responde la creación de buen número de escuelas y
tal im pulso iba a repercutir necesariamente en el progreso intelectual de la
nobleza visigoda, minoria para la cual constituyó la conversión
un factor decisivo de romanización. Esto por un lado, Por otro, los
años de calma y prosperidad que siguieron inmediatamente a la unidad política
y religiosa favorecieron una eclosión cultura¡ sin precedentes, en
un clima de revalorización de la cultura antigua, cuyo máximo adalid
fue San lsidoro de Sevilla. Gracias a la brillante producción literaria
escrita en estos años, la Hispania visigótica -se insiste una y
otra vez pudo arrogarse el papel de conservadora de la cultura clásica.
Expresión ésta que autores como M. Díaz y Diaz prefieren
sustituir por la más oportuna de erudición clásica, en tanto
en cuanto a las grandes figuras de la Antigüedad sólo se accede por
vías indirectas y su obra no se valora sino en función del potencial
servicio a la ciencia cristiana.
La
instrucción: escuelas y bibliotecas Hablar
de instrumentos y sistemas educativos en la época que nos ocupa es tarea
ardua debido a la escasez de fuentes. Pero existe un hecho incuestionable que
en su día señalara P. Riché y es que, enmarcado en las fronteras
de una nueva civilización intelectual, el periodo isidoriano -siglo VII-
representa un puente tendido entre la educación antigua y la educación
medieval. Comenzando por el fenómeno escolar, durante los siglos VI
y VII no parecen haber existido escuelas de carácter oficial, estatales
o municipales. Sólo las hubo vinculadas con instituciones eclesiásticas,
y orientadas por tanto -no única, pero sí prioritariamente- a la
formación del clero. Respecto a centros parroquiales apenas disponemos
de más noticia que una escueta alusión en el concilio emeritense
del año 666. Mayor, mucha mayor implantación alcanzaron las escuelas
episcopales, a cuya constitución venían instando desde antiguo los
sucesivos concilios. Son, en efecto, los padres del II Concilio de Toledo (527)
los artífices de lo que J. Fontaine ha llamado acta de nacimiento de las
escuelas episcopales, al prescribir en el Canon I respecto a los jóvenes
oblatos que ... una vez tonsurados y confiados al ministerio de los elegidos,
sean educados en la casa de la iglesia bajo la inspección del obispo y
por una persona encargada especialmente de ellos. Ulteriores concilios se
encargarían a continuación de ir regulando el funcionamiento de
las escuelas diocesanas. Se conminó primero al futuro clérigo a
abandonar las ocupaciones seculares. Y en el curso del IV Concilio de Toledo que
presidiera San lsidoro en el año 633 fueron dictadas tres medidas relevantes:
la adjudicación a cada estudiante de lo que hoy llamaríamos un tutor;
la obligatoriedad para cualquier presbítero de haber pasado por una escuela
episcopal antes de su ordenación; y la exhortación a los obispos
para mantener centros escolares en sus diócesis. La enseñanza
impartida en estas escuelas tenían un marcado carácter profesional
y se orientaba al correcto ejercicio de las funciones pastorales, articulándose
en torno a unas cuantas disciplinas: gramática, canto, liturgia, dogma,
patrística y estudios bíblicos. Materias que se van aprendiendo
en sucesivas etapas -hoy hablaríamos de niveles de enseñanza-, cada
una de las cuales aseguraba la capacitación para recibir una de las órdenes
sacras (lectorado, subdiaconado, diaconado y presbiteriado). La pregunta que
surge inmediatamente es si tenían cabida también las enseñanzas
seculares, pregunta de difícil solución al no existir acuerdo entre
los especialistas: P. Riché niega categóricamente tal posibilidad,
que defiende en cambio Garcia Villada, mientras que J. Fontaine alberga dudas
y no se pronuncia con rotundidad. Lo que sí es seguro es que en las
escuelas de los monasterios se atendió a la cultura profana, a la que tuvieron
acceso al menos las mentes más privilegiadas, aunque no como el objetivo
básico de una instrucción centrada, desde luego, en los estudios
bíblicos y la literatura ascética. Estos centros de saber conocieron
un notable desarrollo desde el último tercio de¡ siglo vi, auspiciado,
seguramente, por una caterva de monjes refugiados de Africa y capitaneados por
el célebre Donato. A él se debe la fundación de¡ monasterio
servitano en las proximidades de Valencia: un cenobio cuya escuela destacó
en la época, como también las de Dumio (Braga), Mérida y
Sevilla. De la calidad de la enseñanza impartida en estos monasterios
dan idea hechos como que San lsidoro se educara en uno de ellos, el sevillano;
que tanto él como su hermano mayor Leandro hubieran sido monjes antes de
acceder al episcopado, igual que lo fueron obispos de la talla intelectual de
un Renovatus de Mérida o San Martín de Braga; y que, en definitiva,
los monasterios se configuran como la cantera de donde procede lo más granado
del clero no sólo regular sino también secular. Circunstancias todas
que en ocasiones han llevado a sobrevalorar las excelencias de la escuela monástico
frente a la episcopal: una enseñanza -dicen algunos- más teórica
e intelectual en la primera, de tipo técnico y profesional en los centros
diocesanos. Pero la realidad es otra. Ni en unos ni en otros hubo nunca planes
de estudio fijos ni criterios pedagógicos únicos, de manera que
el rendimiento depende única y exclusivamente de las capacidades personales
de maestros y alumnos, no del sistema educativo. Dicho esto, conviene hacer
una breve referencia al papel de la corte de Toledo como lugar de formación
e irradiación cultural, que lo fue, y mucho. Allí se educaban los
jóvenes aristócratas destinados a las carreras administrativa y
de leyes. Pero, sobre todo, debió de imperar en la capital del reino un
clima de exaltación intelectual y de auténtico amor por la cultura,
ambiente que explica la sucesión de reyes ilustrados en el curso de la
séptima centuria: así, especialmente, Sisebuto (612-621), también
Chindasvinto y su hijo Recesvinto. Otro medio de formación, al margen
de los centros escolares y de carácter más personal, eran las bibliotecas.
Mejor surtidas en autores cristianos que paganos, casi todas las noticias al respecto
-ciertamente exiguas- nos las proporciona la correspondencia de Braulio, obispo
de Zaragoza en la primera mitad del siglo VII y acreditado bibliófilo.
La relación de bibliotecas coincide básicamente con la de centros
educativos de prestigio. Entre las monásticas parecen haber sobresalido
las de los cenobios agaliense (Toledo), servitano (Valencia), caulieino (Mérida)
y dumiense (Braga). En cuanto a bibliotecas diocesanas, en el siglo VI descollaba
la de Cartagena, primacia que en la siguiente centuria disputarían Sevilla,
Toledo y Zaragoza. En la capital debió de haber además alguna biblioteca
especializada en libros jurídicos y temas cancillerescos, sin olvidar la
ubicada en palacio. Tenemos, finalmente, documentada alguna biblioteca de propiedad
privada, como la de un tal conde Laurentius y la de cierto presbitero llamado
Emiliano. Cultura
literaria: Isidoro de Sevilla Desde
aproximadamente el año 550, la Hispania visigótica conoce un lento
resurgimiento cultura¡ que tendrá como expresión más
acabada el llamado renacimiento isidoriano. Se trata, en efecto, de un período
renovador, coincidente grosso modo con la séptima centuria y caracterizado
por el florecimiento de una rica literatura, de contenido fundamentalmente religioso,
que testimonia dos actitudes nuevas cuales son el amor por la erudición
y el interés por la cultura antigua. En el establecimiento, como ha
escrito P. Riché, de la paz entre cristianismo y literatura profana cupo
la máxima responsabilidad a San Isidoro, al cual define por su parte Fontaine
-y no en balde- como príncipe de las letras latino-cristianas en la España
del siglo VII, Hombre polifacético, donde los haya, desarrolló una
incansable actividad pastoral, política y cultural a lo largo de sus más
de setenta años de vida, haciéndose acreedor de los juicios más
halagüeños ya desde sus mismos dias: Gloria de Hispania y pilar de
la Iglesia, le llamó su discípulo Braulio; y Doctor egregio de nuestro
siglo, los padres del Concilio VIII de Toledo (653). Toda la obra del obispo
hispalense, vasta y diversa, responde a planteamientos didácticos y pastorales.
Es -dice Fontaine- como si nuestro autor hubiera querido ser la conciencia cristiana
de la España de su tiempo. Pragmatismo, carácter enciclopédico
y variedad serían, en suma, los rasgos definitorios de esta abundante producción
literaria, de la cual sólo podemos mencionar unos cuantos títulos. Entre
los de carácter histórico ocupa el lugar preeminente la Historia
de los godos, con su celebérrimo Laus Hispaniae. Contenido filosófico
tienen, entre otros, el Libro de la naturaleza de las cosas y el Libro del universo.
Sobre temas teológicos, escrituristicos o exegéticos versan las
Sentencias -especie de manual de doctrina y dogma-, los Sinónimos, de orientación
cuasimística, los Proemios y las Alegonás. De la pluma de San lsidoro
salió además una exitosa Regla de monjes, as¡ como sendos
libros De las diferencias sobre asuntos gramaticales; ciencia ésta cuyos
métodos están tan presentes en la obra isidoriana que Fontaine la
atribuye un carácter pangramatical. Y falta por hablar de la obra maestra
de este sevillano universal, aquélla donde plasma mejor su enorme erudición
enciclopédica: las Etimologlás. A partir de la interpretación
etimológica de un sinfin de vocablos y con el soporte de reconocidas autoridades,
tanto cristianas como profanas, se condensan en veinte libros todas las ramas
del saber de la época, desde el trivíum y el quadrivium -las artes
liberales- hasta cuestiones geográficas, teológicas, lingüísticas,
cientificas y antropológicas. Una obra, desde luego excepcional, que por
si sola justificaría el prestigio de quien se convirtió en el escritor
más leido hasta el Renacimiento y -alguien ha dicho- el instructor de Occidente.
Pero volvamos al escenario hispánico para ocuparnos someramente de las
siguientes generaciones de escritores e intelectuales, influidos todos por el
magisterio -directo o no- de lsidoro, e injustamente ensombrecidos a veces por
la figura del maestro. En Toledo hubo dos focos culturales de primera magnitud:
el monasterio de Agali, cantera de literatos que serían al tiempo obispos,
como Eugenio, el Astrónomo, e lidefonso, al cual se deben varias obras
poéticas y teológicas; en segundo lugar, la propia escuela catedralicia,
de la cual son dignos representantes Eugenio, el Poeta, y Julián, escritor
polifacético y notable al que se ha llegado a definir (M. Diaz y Díaz)
como segundo Isidoro. Zaragoza fue otro activo centro cultura¡, donde
cabe destacar la obra de dos ocupantes sucesivos de la silla episcopal: Braulio,
del que más arriba se hizo mención; y Tajón, en cuyo haber
está el haber completado las Sentencias de San ¡sidoro. Manifestaciones
y tendencias artísticas Por
último, una escueta alusión a la literatura ascética, que
florecería con fuerza en el norte de la Península durante la segunda
mitad del siglo vi¡ y de la cual son dignos cultivadores: Fructuoso de Braga,
autor de dos peculiares regias monásticas (Regula monachorum y Regula communís)
y Valerio del Bierzo, también infatigable fundador de monasterios, que
escribió varios opúsculos de carácter ascético y haglográfico.
El episodio de la conversión se configura en el terreno de¡ arte,
igual que en el de la cultura, como una referencia cronológica de primer
orden. Hasta entonces asistimos, en efecto, a la decadencia de¡ estilo romano
provincial, que se va llenando de influjos extraños, principalmente bizantinos.
Desde el año 589, con la unidad política y religiosa como telón
de fondo, comenzaba una nueva etapa en la creación artística, la
de madurez y la de mayor originalidad. As¡, paralelamente a la evolución
de unas formas que se van haciendo cada vez más personales, el arte visigodo
se convierte en un estilo aúrico y oficial. Arte de corte en cuyo seno
se desarrollan, al decir de P. Paloi, las tendencias hispanorromanas tardías
que cabe calificar propiamente de visigóticas. Quizá como una reacción
frente al esplendor de la cultura bizantina, sugiere J. Fontaine, que se trata
de emular utilizando los medios de la cultura occidental subsistente, En cualquier
caso, y contra lo que tradicioralmerite se había venido manteniendo, nadie
duda hoy en día que el arte visigodo -nos referimos en sentido estricto
al gastado a partir de¡ siglo vi¡- hunde sus raíces en la sociedad
hispánica, no en la germánica. Con una sola excepción: la
orfebrería y las artes industriales, donde la tradición germánica
o bárbara -en definitiva, no clásica- será un compo^ nente
no único pero si dominante. Al lado de esta dualidad de inspiraciones,
entre las convencionalmente llamadas artes mayores y menores, destacamos como
rasgos sobresalientes de la estética visigoda la plasticidad, una clara
tendencia ornamental, el gusto por las formas geometrizantes y abstractas, la
escasa figuración y lo que Fontaine denomina la técnica de la reutilización,
es decir, el aprovechamiento sistemático e incluso la imitación
de materiales antiguos.
Arquitectura y ornamentación
Partiendo
de que la escultura estuvo siempre en función de la arquitectura, en la
cual se integra plenamente sin alcanzar un desarrollo autónomo, juzgamos
más oportuno hablar de ornamentación o de elementos decorativos
que de manifestaciones escultóricas propiamente dichas. En cuanto a la
pintura, apenas se conservan restos, aunque percibimos claras influencias pictóricas
en algunos relieves -caso de los capiteles de San Pedro de la Nave y sobre todo
en la posterior miniatura mozárabe. Tampoco queda en pie construcción
alguna de carácter civil, sólo unas pocas iglesias levantadas en
el curso de¡ siglo vii y ubicadas todas en la mitad septentrional de la
Península. De sus hermanas de¡ sur nos hablan las fuentes históricas
y literarias; y nos habla, con mucha mayor elocuencia, una serie de elementos
materiales que si han subsistido, desde inscripciones y restos arqueológicos
hasta fragmentos esculpidos. Gracias a ellos es posible reconstruir, al menos,
los estilos y modas ornamentales que imperaron en esos otros grandes focos de
creación artística, respecto a los cuales distinguen los especialistas
cuatro áreas o, si se prefiere, cuatro escuelas fundamentales: - Levantina,
caracterizada por un estilo escultórico plano y lineal. Meridional
(Córdoba y Sevilla), con tenderi era al clasicismo y a la densidad decorativa
Occidental (Mérida, Córdoba y Braga), quizás el más
personal de todos los estilos, desde luego el más refinado y e de influencias
bizanti nas más manif estas. Toledana, bastante relacionada con la
anterior y caracter zada por e desarrollo de motivos vegetales dentro de una clara
vocación natu ralista. Señaladas ta es peculiaridades, no conviene,
s n embargo, exagerar las diferencias. Porque, por encima de las mismas, se observa
una homogeneidad básica y se aprecia sobre todo una evolución semejante:
retroceso por doquier de lo figurativo ante lo geométrico-abstracto, presencia
ya en la segunda mitad de¡ siglo v de las formas propiamente visigóticas,
esto es, de tradición romana local tardía; y aparición, como
producto de la propia dinámica histórica, de un arte de carácter
oficial, Dicho en otras palabras, la corte de Teledo acabará imponiendo
y exportando sus criterios y modas estéticos. Centrándonos ahora
en el análisis de las manifestaciones arquitectónicas. debemos insistir
en el corto número de edificios conservados, ninguno para los años
anteriores al 650: período respecto al cual sólo cabe, asegurar
la persistencia de estructuras tradicionales paleocristianas, sir) elementos autóctonos.
Para la época posterior, la de la morarqu;a católica de Toledo,
el arte menurnental ofrece algunos rasgos característicos: - Utilización
de un bello aparejo de sillares cuidadosamente labrados, aparejo cuyas excelencias
cantara San lsidoro en las Etimologías, contraponiendo esta técnica
more gothico con la realizada more gallicano, imperante a la sazón en los
demás reinos germánicos. - Empleo del arco de herradura con
una prolongación de la curva equivalente a un tercio del radio, distinto
por tanto al musulmán y considerado por los expertos como el elemento más
original de la arquitectura visigótica. - Frecuente uso de bóvedas.
- Inexistencia de ábsides semicirculares, al menos en el exterior.
- Variedad de plantas: basilicales, centrales con transepto, cruciformes.
- Presencia de elementos típicamente hispánicos; así, el
transepto en edificios cruciformes, las tribunas cerca del pórtico, dependencias
en los brazos del crucero, predominio de espacios íntimos y oscuros, etc,
Las iglesias visigóticas que han llegado hasta nuestros días se
concentran, básicamente, en dos áreas geográficas: el noroeste
peninsular y Castilla la Vieja. San Fructuoso de Montelios (Braga) descuella,
por su originalidad, en el sector galaico-portugués, con su planta cruciforme,
su decoración típicamente visigótica y su afinidad exterior
con el mausoleo de Gala Placidia en Rávena. Planta de cruz griega tiene
asimismo la iglesia de Santa Comba de Bando (Orense), de pequeñas dimensiones
y con un interior sumamen te austero Ambos edificios conforman una buena muestra
del estilo arquitectónico de la zona donde se ubican, caracterizado por
a conjunción de influencias orientales con la tradición local: estilo
de gran sobriedad decorativa que, como afirma Fontaine, permitirá entender
mejor el nacimiento del arte asturiano. En el sector castellano-leonés,
precisamente en los llamados Campos Góticos, encontramos sendas iglesias
dignas de mención. San Juan de Baños (Palencia), fundada por Recesvinto
en el año 661, fue en su día considerada como ¡a iglesia más
original y española por H, Schiunk. De planta basílica¡, sobrecoge
por la extrema sencillez tanto de estructuras cuanto de ornamentación,
En cuanto a la cripta de San Antolin de la catedral palentina, levantada hacia
el año 672, presenta nitidas influencias sirias, llegadas vía norte
de Africa y podría muy bien tratarse en opinión de J. Fontaine de
un martyrlum, en ese caso, el único conservado de la época
visigotica. Pero las grandes obras maestras del arte me numental visigótico,
las más personales y porfec tas técnicamente, son las glesias de
San Pedro de la Nave (Zamora) y Quintanilla de las Viñas (Burgos). En la
primera de ellas son de destacar lo novedoso de sus soluciones constructivas y,
más que nada, a decoración escuitórica. Unos releves de gran
belleza donde se percibe la mano de dos maestros, uno de los cuales el autor de
los tamosísimos capiteles historiados hace gala de una perfección
técnica poco común en la época. Por último, Quintanilla
de las Viñas, el monumento más tardío construido por arquitectos
visigodos, por cuanto data de las postrimerías del siglo
VII o incluso de principios del VIII, Sólo se conservan, sin embargo, el
crucero y la cabecera de la iglesia, soportes respectivos de una decoración
reseñable por su calidad y belleza.
Artes industriales: orfebrería y metalurgia
Tradicionalmente
se daba por bueno el origen germánico de las artes menores visigóticas,
entendiendo por tales tanto la orfebrería como una variada gama de objetos
litúrgicos y de uso personal realizados en metal: armas, fíbulas.
broches y hebillas de cinturón... Tales tesis germanistas tienden en la
actualidad a ser revisadas, aceptándose desde luego la tradición
germánica pero no como fuente de inspiración única sino en
coexistencia con, al menos, otras dos corrientes: por un lado, las influencias
bizantinas, más patentes conforme avanzamos en el tiempo; y, a su lado,
destacar la supervivencia de determinados elementos hispanorromanos. Pues
bien, esta conjunción de técnicas y tendencias es patente en la
serie de piezas -sobre todo fíbulas y broches- descubiertos en cementerios
como los de Castiitierra (Segovia) y Carpio del Tajo (Toledo). En cambio, los
objetos litúrgicos (vasos, patenas, incesiarios, jarras) testimonian mayores
influjos bizantinos e incluso coptos, orientales en definitiva. Y, por fin,
la orfebrería, que debió alcanzar un gran desarrollo en la corte
toledana y en la cual los artesanos visigodos se revelaron como auténticos
maestros. Aunque, desgraciadamente, son escasas las muestras conservadas.
Destacan por su elegancia, belleza y perfección técnica los tesoros
de Guarrazar y Torredonjimeno. El primero procede de la provincia de Teledo, destacando
en él las coronas votivas y, en particular, la de Recesvinto. Similar en
cuanto al contenido es el conjunto de Torredonjimeno, descubierto en la provincia
jienense e integrado por objetos votivos, coronas y cruces, tratándose
en ambos casos de piezas de oro con piedras preciosas, perlas y vidrios incrustados.
Aquí ponemos el punto final a este recorrido, por fuerza rápido,
sobre el arte visigodo. Arte de síntesis, arte receptivo a múltiples
influencias, pero arte de raíces fundamentalmente hispánicas y arte,
en suma, de gran originalidad creativa. |


San Isidoro de Sevilla

Iglesia de San Juan de Baños
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