l
siglo V en Hispania significa, en la habitual ordenación de la historia,
el comienzo de un nuevo periodo al que se da el nombre de Hispania visigoda y
que se extiende desde el año 409, poco más o menos, hasta la entrada
de los árabes en la Península en el año 711. Una mínima
reflexión sobre los hechos nos hace ver, sin embargo, que en casi todo
el siglo la dominación visigótica sobre Hispania es prácticamente
inexistente, ya que la vida del reino visigodo se desarrolla en torno a la zona
sur de la Galia y tiene como centro Tolosa, en tanto que Hispania sigue siendo
una provincia romana sometida, como todas ellas, a una serie de vicisitudes protagonizadas
por pueblos bárbaros, aunque no visigodos. De todas maneras, si bien no
es aceptable la denominación de Hispania visigótica para el siglo
V en concreto, también es verdad que el conocimiento del mismo ayuda a
entender mejor el proceso posterior, en cuanto que la progresiva desvinculación
de Hispania respecto de Roma tiene una decisiva importancia en el asentamiento
del pueblo visigodo en la Península. Por otro lado, la naturaleza de la
invasión visigoda en Hispania, en nada semejante a las primeras invasiones
que la Península sufrió a comienzos del siglo V, se explica en función
de la prolongada vecindad de este pueblo en su sede de la Galia, de su estabilidad
a lo largo de más de medio siglo. La atención que prestaremos, pues,
a este primer período, previo a la instalación del pueblo visigodo
en Hispania, se limitará a los aspectos que consideremos básicos
para la comprensión de la etapa propiamente visigótica, pasando
por alto, en ocasiones, hechos que pueden considerarse decisivos para la historia
de la gens Gothorum en la Galia.
Los
visigodos al servicio de Roma Los
comienzos del siglo V constituyen un momento dificil en casi todas las partes
de Imperio romano. El desplazamiento de pueblos bárbaros en dirección
a Occidente llega a afectar incluso a Hispania, la zona más occidental
del Imperio. Rechazados durante cierto tiempo, en el 409 suevos, vándalos
asdingos y silingos, y alanos irrumpen por los Pirineos. El choque que para los
habitantes de la Península Ibérica supuso su entrada lo registran
las fuentes conservadas de esa época, especialmente la crónica de
Hidacio. Durante dos años, abandonados como provinciales a sus propios
medios de defensa y privados de cualquier ayuda procedente del poder imperial,
los habitantes de Hispania sufren saqueos, asesinatos y pillajes por parte de
los bárbaros. Ya en el 411, y gracias a un acuerdo entre los pueblos invasores,
acuerdo en el que no pareció desempeñar papel alguno el Imperio,
suevos, vándalos y alanos se reparten la Península ocupando cada
uno de ellos una zona. Gallaecia quedó como sede de los vándalos
asdingos bajo el rey Gunderico, y de los suevos, con Hermerico; la Lusitania y
la parte oeste de la Cartaginense pasaron a ser ocupadas por los alanos bajo el
mando de Audax, y la Bética fue atribuida a los vándalos silingos.
De toda la Península quedaba libre la zona oriental de la Cartaginense
y la Tarraconense. La falta de intervención del Imperio a lo largo de este
período se justifica si pensamos en los problemas que Roma tiene planteados
simultáneamente en la propia Italia con la entrada de Alarico, y la coincidente
aparición de usurpadores, factores ambos que hacen necesaria la presencia
de los ejércitos imperiales en puntos distintos.
Irrupción de los bárbaros
en Hispania
A
partir del asentamiento de suevos, vándalos y alanos, Hispania disfruta
de una relativa tranquilidad, hasta el 415, con la aparición en escena
de un nuevo pueblo: el visigodo. El espacio de tiempo transcurrido desde el saqueo
de Roma (410), a manos de Alarico, ha supuesto un cambio en el equilibrio de poderes.
Los visigodos, arrianos, se han desplazado hacia Occidente, hacia la Galia, y
Roma se ha recuperado políticamente con la restauración en el poder
del emperador Honorio gracias a su general Constancio. La ocupación de
la región de Burdeos por Ataúlfo, al frente del pueblo visigodo,
es repetida inmediatamente por Constancio. Obligado a abandonar el territorio,
Ataúlfo entra en Hispania en la fecha arriba mencionada, instalándose
eventualmente en la Tarraconense, en Barcelona. Asesinado ese mismo año,
se proclaman sucesores Sigerico y Walía; muere el primero a manos del segundo
y queda éste al frente de su pueblo. El carácter provisional del
asentamiento visigodo en Barcelona es perceptible en la política seguida
por Walía, que en ese mismo año de 415 se pone de nuevo en marcha,
cruzando toda la Península en dirección al sur, con la intención
de llegar a Africa. Tal vez esa decisión fuera consecuencia del problema
de abastecimiento provocado por el bloqueo romano a los puertos del Mediterráneo,
pero no hay que olvidar que esta es ta segunda intentona del pueblo visigodo de
pasar a Africa; la primera había sido protagonizada por Alarico, desde
Sicilia, en el año 410. Y como en el caso de Alarico, tampoco esta vez
se logró. La
situación de los visigodos en el sur de la Península ofrecía
a Roma ciertas ventajas a la hora de ofrecer una alianza (foedus), y el
tratado se firma por ambas partes: Walía se compromete a librar la provincia
de Hispania de los pueblos bárbaros en ella afincados desde el 409, y a
devolver a Gala Placidía, hermana del emperador, en poder de los visigodos
desde el saqueo de Roma; a su vez, Constancio, en nombre del Imperio, se obliga
a facilitar trigo a los visigodos. Durante
dos años, los visigodos, bajo el mando de Walía, se dedican a luchar
contra los bárbaros establecidos en las distintas demarcaciones de la Península;
acaban prácticarnente con los alanos y vándalos silingos, lo cual
suponía la liberación de la Bética, de la Lusitania y de
la parte occidental de la Cartaginense. Quedaban los suevos y los vándalos
asdingos en su reducto de Gallaecia, poco molestos para el poder imperial dada
su colocación extrema. Finalizado su compromiso, los visigodos se retiran
de Hispania en el año 418, para establecerse definitivamente como federados
de Roma en una zona de la Galia, la Aquitania secunda. Escogen corno capital Tolosa. Este
primer contacto de los habitantes de la Hispania romana con los visigodos fue
completamente distinto a la experiencia sufrida con los pueblos bárbaros
anteriores. Pueblo federado del Imperio, su estancia en Hispania está dedicada
fundamentalmente a eliminar a los invasores de años atrás. Y no
sólo eso, sino que cumplida su misión, abandonan la Península
para asentarse en terrenos de la Galia. Han sido meros instrumentos de una vuelta
a la situación previa a las primeras invasiones de Hispania. Es evidente
que los habitantes de la Península podrían haber identificado, en
un primer momento, el poder de Roma y los visigodos. Los
años subsiguientes significan para los visigodos de la Galia un paulatino
incremento de poder, al iniciarse con. Teodorico (418-451) la dinastía
que había de durar en el trono a lo largo de un siglo, hasta la muerte
de Amalarico en el año 531. El poder de Roma se mantiene firme, a pesar
de la muerte de Constancio (420) y de Honorio (423), gracias a la intervención
de Aecio durante el reinado de Valentiniano III. En
la Península Ibérica la presencia de los bárbaros se reduce
exclusivamente a los suevos. En efecto, los vándalos asdingos, después
de una serie de enfrentamientos con los suevos, derivados del mutuo intento de
dominar en Galicia, bajo la presión romana, se instalan en la Bética
(419), lo que acarrea inestabilidad a los habitantes de esa provincia meridional,
sometida ahora a constantes saqueos que repercuten incluso en las zonas limítrofes
de la Cartaginense. La ayuda imperial, llegada con el fin de someter a los vándalos,
fracasa estrepitosamente (422), con lo que los hispanorromanos quedan abandonados
a su propia suerte, faltos del apoyo de las tropas romanas. En el año 429,
tal vez debido al agotamiento de los recursos de esa zona, los vándalos,
acaudillados por Genserico, pasan a Africa.
Los suevos, como ya hemos dicho, no suponían peligro para los intereses
romanos en la Península, dada su colocación geográfica -el
rincón noroccidental- y su escasa representatividad numérica. Pero
a partir de la desaparición de los vándalos de la Bética,
los suevos comienzan un proceso de expansión que les lleva a intervenir
en todas las provincias de Hispania, a excepción de la Tarraconense, enfrentándose
victoriosamente a tropas imperiales (446); todo ello bajo el reinado de su rey
Requila. La ausencia de tropas militares imperiales fijas facilita las victorias
de los suevos, que sólo encuentran la resistencia aislada de los habitantes
del lugar, y esporádicamente la del ejército romano. Es verdad,
no obstante, que esta expansión de los suevos no corresponde en profundidad
a la extensión del territorio ocupado, y dentro de zonas que aparentemente
habían quedado sometidas a los suevos siguen existiendo reductos independientes,
que no dejan de estar controlados por la población autóctona, hecho
que facilitarla más tarde la recuperación de los territorios.
A esta escasa seguridad existente en la Gallaecia, Lusitania, Cartaginense, y
Bética, hay que sumar en la Tarraconense (única donde los suevos
se han mantenido alejados) los robos y violencias atribuidos a los bagaudas. Tales
movimientos campesinos, de innegable cariz social, aun sin excluir su concomitancia
con otros factores, sólo se producen en esta zona de Hispania, coincidiendo
con la aparición de focos similares, los respectivos bagaudas de la Galia.
A consecuencia de unos primeros ataques interviene el ejército imperial,
con la participación de contingentes visigodos, bajo el mando de Asturio,
y de Merobaudes después (441), que no acaban con el problema. La fecha
de 451, batalla de los Campos Catalaúnicos y derrota de Atila, es de gran
trascendencia para el futuro de Hispania.
Los visigodos y el Gobierno de Roma, que han actuado juntos, se ven libres de
la agobiante preocupación planteada por los hunos, y se encuentran en condiciones
de intervenir enérgicamente en Hispania. La llegada de Teodorico II al
poder en el año 453 marca ese punto. De nuevo la intervención de
los visigodos en la Península Ibérica como federati del Imperio,
va a poner fin a una situación no deseada por la aristocracia hispanorromana:
la ocupación sueva y los ataques de los bagaudas. En el año 454,
Federico, hermano de Teodorico Il, ataja el problema de los bagaudas tarraconenses
en una expedición encaminada a tal fin, y en el 456 el propio Teodorico
II, al frente de un ejército visigodo, derrota a Requiario, sucesor de
Requila, en la batalla del Orbigo, entrando a continuación en Braga y acabando
momentáneamente con el poder suevo. Ahora bien, en esta ocasión
Teodorico II no se retira inmediatamente con su ejército, sino que avanza
en dirección al interior y, después de tornar Mérida, deja
un asentamiento visigodo en la ciudad. Retorna a la Galia en el año 457,
después de finalizada la campaña que comportaba la creación
de una avanzada en Merida. En cualquier caso, la presencia de Federico y Teodorico
II al frente de un ejército visigodo se hace bajo los auspicios del poder
imperial y en nombre del mismo, La finalidad aparentemente perseguida es colocar
a la población hispanorromana en no status anterior al de la entrada
de los bárbaros. Y los posibles abusos cometidos por las tropas son
imputables, oficialmente, al poder imperial. La no intervención en los
asuntos suevos, siempre y cuando persista su localización en el noroeste
de la Península, quizá pudiera explicar que sea precisamente la
aristocracia indígena de la Gallaecia la que ve con menos simpatía
a sus vecinos los visigodos.
El reino visigodo de Tolosa
Los
años siguientes son decisivos en el afianzamiento de relaciones entre la
población de Hispania y los visigodos de la Galia. La muerte de Aecio y
de Valentiniano III (455), la ausencia de un hombre fuerte durante un largo espacio
de tiempo (Mayoriano muere en el año 461) hacen que la figura del monarca
visigodo adquiera mayor relevancia para los pueblos habitantes de la Península
Ibérica: suevos e hispanoromanos. Los suevos procuran granjearse el favor
de los visigodos con el sistema de alianzas matrimoniales, dada su situación
de inferioridad; los hispanorroniados ven en los visigodos la posibilidad de mantener
la situación tardorromana bajo su protección, equivalente a la del
Imperio, ahora demasiado ocupado en problemas internos que afectan a su supervivencia.
Por su parte, los monarcas visigodos se ven a sí mismos como los más
adecuados continuadores del poder imperial virtualmente desaparecido. De
hecho, los visigodos que habían ido ampliando el territorio concedido originalmente
por el Imperio alcanzan con Eurico (466-484) el apogeo de su poder. La Corte de
Tolosa se ha convertido en un centro de atracción incluso para la nobleza
galorrornana; se rige por leyes romanas o provincial-romanas adaptadas y la nobleza
de la Corte mantiene contactos constantes con la cultura romana; en una palabra,
los dirigentes del pueblo visigodo tienen en estos momentos mayores afinidades
con la población de procedencia romana que las habituales en un pueblo
bárbaro de las primeras invasiones. El reinado de Alarico II (484-507),
continuador de la política de su padre Eurico, introduce un nuevo factor
de acercamiento: la tolerancia religiosa frente a los católicos, actitud
común a casi todos los reyes visigodos anteriores a Recaredo. No es de
extrañar, dada esa conjunción de factores, la escasa oposición
a su asentamiento ofrecida, en líneas generales, por los habitantes de
Hispania. Suele tomarse la fecha de la derrota de Vouillé (507) para
datar la penetración en Hispania de los visigodos. Pero no hay que confundir
la venida a Hispania de los dirigentes políticos y militares de los visigodos,
con los asentamientos de carácter popular y militar, de época muy
anterior. Ya hemos hablado de la implantación de godos en Mérida
en el año 456 y de una guarnición visigoda en el 458. D'Abadal piensa
que los asentamientos en Tierra de Campos, reconstruibles a partir de los hallazgos
arqueológicos, pueden datarse en esa misma época. Está registrada
igualmente una penetración masiva de visigodos en el año 494, con
la finalidad de establecerse definitivamente en la Península y cuya localización
no es segura; tal vez esta última fuera provocada por la acentuada presión
de los francos sobre los territorios atlánticos ocupados por los visigodos
en la Galia. Ya en el 472, Eurico había anexionado la Tarraconense al reino
visigodo de Tolosa. De modo paulatino, a partir de mediados del siglo V, la Península
se ha ido cubriendo de enclaves militares en unos casos, populares en otros, que
concebidos originariamente como una posibilidad de expansión del reino
de Tolosa, acabarían convirtiéndose en el definitivo asentamiento
del pueblo visigodo.
En el año 507, los visigodos son derrotados en Vouillé por los francos
y muere su rey Alarico II. En Narbona, uno de los escasos núcleos de resistencia
a los francos, una parte de la nobleza nombra a Gesaleico (508), ante la corta
edad de Amalarico, sucesor de Alarico. Esto induce a intervenir a Teodorico intento
de proteger los derechos de su nieto Amalarico y de unir esfuerzos con los visigodos
contra la presión franca. Gesaleico pasa a Hispania y allí envía
un ejército Teodorico al mando del general lbbas, que hace huir al monarca
y acaba con el el año 511. A partir de ese momento comienza un período
de la historia visigoda altamente curioso y que, aunque indirectamente, marca
la dirección posterior de la misma: la regencia de Teodorico el Grande,
que se prolonga a lo largo de quince años, hasta el 526. Aun cuando, en
ocasiones, se aplica la denominación de intermedio ostrogodo al período
comprendido por la regencia de Teodorico el Grande y los reinados de Amalarico,
Teudis y Teudiselo, es conveniente estudiar por separado la regencia del rey ostrogodo,
ya que, en muchos aspectos, la política seguida por él refleja una
postura no compartida por los monarcas posteriores. Resulta paradójico
que la etapa propiamente denominada Hispania visigótica comience bajo el
reinado y mandato de un rey ostrogodo.
La
regencia de Teodorico La
derrota infligida por los, francos a los visigodos traslada el centro de gravedad
del poder de estos últimos al noreste de Hispania con el consiguiente acceso
a la Península de numerosos contingentes militares y administrativos, fuerzas
indispensables en la organización. A ello hace referencia D'Abadal al hablar
en esos momentos de una inmigración de tipo militar y aristocrático.
Evidentemente los seniores Gothorum, a la cabeza de un ejército
formado por clientes y esclavos, ocuparían los puntos estratégicos
de la Península, desempeñando casi
siempre en las ciudades puestos de responsabilidad militar. Efectivamente, parece
que Teodorico intentó aplicar en Hispania el mismo sistema que funcionaba
en Italia. Defensor a ultranza de una restauración de la administración
romana, lo cual suponía una estrecha colaboración con la aristocracia
romana del país, mantuvo, sin embargo, la conveniencia de desvincular estas
funciones jurídicas y legales de las puramente militares. La prefectura
del pretorio de las Galias, con sede en Arles, a la que se encomiendan funciones
jurídicas y legales, y que ha sido recreada por Teodorico, se entregó
a un aristócrata romano. El poder militar del reino es confiado a un ostrogodo.
De esta manera se marca un principio de cooperación y arrinisno tiempo
de independencia de esferas. Esta política va acompañada de intentos
de conciliación en materia religiosa y de abundantes matrimonios mixtos,
factores ambos que ayudan a sentar las bases de un entendimiento entre ambas aristocracias:
la visigoda -incluyendo los ostrogodos que la regencia de Teodorico introduce
en la Península- y la hispanorromana. La muerte de Teodorico (526)
plantea la necesidad de resolver ciertos problemas derivados de la separación
del Gobierno itálico e hispánico. Las tropas ostrogodas vuelven
a Italia, el tesoro depositado en Rávena desde el desastre de Vouillé
es devuelto a los visigodos e Hispania queda liberada de la obligación
de proporcionar trigo a Italia. Separado de este modo el Gobierno de Italia e
Hispania, la subida de Amalarico al trono de los visigodos supone la independización
política de los mismos. Es indicativo de tal hecho la creación de
un praefectus Hispaniarum en el año 529 (si es que debemos aceptar
esta fecha), lo que significaba la liberación de la sumisión a la
prefectura de las Galias en Arles. Parece claro que la creación de tal
institución responde al propósito de continuar una política
semejante a la de Teodorico el Grande, si bien concediendo un status especial
al nuevo centro de interés, Hispania, en detrimento de la zona visigoda
del sur de las Galias. Esta política de independización va acompañada
de una aproximación fallida a los francos, que termina con la derrota de
Amalarico a sus manos. Asesinado en la Tarraconense, las tropas visigodas proclaman
rey a Teudis (531-548). Esta derrota de Amalarico coincide con la última
penetración de visigodos en Hispania, pues los que en esta ocasión
no pasaron quedaron definitivamente en la Galia.
El origen ostrogodo de Teudis no es tan significativo como su enraizamiento en
la Península Ibérica. Llegado con las tropas ostrogodas enviadas
por Teodorico el Grande, a él le fue confiado el mando militar. El es ejemplo
de esa proliferación de matrimonios mixtos a que antes hacíamos
referencia. Casado con una riquísima aristócrata hispanorromana,
es claro que su posición se ve reafirmada por ese hecho. Con él
desaparece la praefectura Hispaniarum. creada por Amalarico. Sin embargo,
no hay razones para pensar que la supresión de ésta u otras instituciones
romanas se deba a una decidida presión del monarca, sino a consecuencia
de un proceso interno de progresiva inadecuación entre instituciones y
realidades, proceso que se prolonga durante un período muy largo. Desde
otro punto de vista, la supresión de la praefectura Hispaniarum
podría interpretarse corno el resultado de la tendencia a eliminar el esquema
dualista impuesto por Teodorico, que comportaba la separación de poderes
administrativo y militar según grupos étnicos: esto no excluye que,
en un primer momento, la desaparición del dualismo revierta en beneficio
del pueblo godo. La política de fusión de intereses en el interior
está apoyada por la actitud defensiva ante cualquier posible injerencia
del exterior, sea de francos por el norte o de bizantinos por el sur. Las amenazas
de invasión franca por la Tarraconense es cortada por Teudis en el 541;
el peligro de un ataque de los bizantinos, que desde el año 534 ocupan
Africa, intenta conjurarlo conquistando de nuevo Ceuta (548). ya tomada por los
bizantinos -acción que acaba en derrota para los visigodos-, y penetrando
en la Bética, hasta ese momento libre del dominio visigodo. En realidad,
el territorio ocupado de hecho por los visigodos se reduce hasta el momento a
la Tarraconense, y a diversos enclaves en la Cartaginense y la Lusitania. Con
la creación de nuevas guarniciones en la Bética, Teudis pretende
crear núcleos de resistencia en la zona sur de Hispania, limítrofe
de Africa, e integrar paulatinamente ese territorio al reino visigodo. Teudis
es asesinado en el 540. Teudiselo, también ostrogodo, le sucede por poco
tiernpo, y a su vez es asesinado en el año 549.
Tipos visigodos a comienzos
del siglo V (pulsando
encima se vera más grande)
Bizantinos
y suevos
El
siguiente lapso de tiempo Ocupado por los reinados de Agila y Atanagildo constituye
una de las fases más caóticas de la España visigoda (549-567);
es una época de tanteos, de avance hacia el interior de la Península
y de desplazamiento de los centros vitales, de conversión de provincias
enteras al nuevo régimen de poder. Uno de los ejemplos más claros
de ese difícil proceso de adaptación lo constituye la Bética. Al
desplazarse el centro político desde el norte hacia Mérida, los
visigodos entran en contacto permanente con los habitantes de la provincia Bética.
Esta es la región que menos había sufrido la invasión bárbara
del 409, ni en su primera oleada (los vándalos silingos fueron en seguida
eliminados por las tropas visigodas, y los asdingos, más tarde, también
pasaron pronto a Africa), ni en las subsiguientes incursiones de los visigodos.
En consecuencia, los hispanorromanos de ese territorio hablan adquirido ciertos
hábitos de independencia en cada una de las ciudades, ya que éstas
actuaban corro núcleos administrativos no sometidos a instancias superiores.
El concepto de provincia, vacío de contenido a estas alturas, se mantenía
sólo nominalmente y las dificultades ofrecidas por ¡as ciudades a
su integración efectiva en el reino visigodo no eran fácilmente
superables, produciéndose esporádicos brotes de rebeldía. La
elección de Agila (549) en Sevilla estuvo apoyada por una facción
de la nobleza. Durante los dos años siguientes, Agila se ve obligado a
emprender una campaña destinada a reducir Córdoba, pero esta ciudad
logra imponerse al ejército visigodo (551) y Agila debe retirarse a Mérida.
Que solo una porción de la nobleza sostenga a Agila está confirmado
por el hecho de que en el año 522 la propia Sevilla se rebele contra él
en favor de Atanagildo, a quien apoya evidentemente otra facción distinta.
Esta lucha interna entre facciones adquiere unas dimensiones especiales en virtud
de la petición de ayuda a Bizancio hecha por Atanagildo. Esta no se hace
esperar y los bizantinos, al mando de Liberio y unidos a Atanagildo, derrotan
a su rival, Agila, en Sevilla. Pero a partir de ese momento el ejército
imperial va ocupando toda la zona costera del sureste, desde la desembocadura
del Guadalete, aproximadamente, hasta bastante al norte de Cartagena, aprovechándose
de las luchas intestinas que todavía dividen a los visigodos: Atanagildo
en Sevilla y Agila en Mérida. El peligro evidente que supone la expansión
de los bizantinos en la Península es una llamada de atención a los
visigodos que, tras asesinar a Agila se pasan a Atanagildo (555). La rapidez
con que se llevó a cabo la ocupación bizantina y las dificultades
que ofreció Sevilla cuando Atanagildo intentó recuperarla después
de su conquista por los bizantinos son indicio de que la población de la
Hispania meridional, en términos generales, no vio con malos ojos la llegada
de los imperiales. La existencia de un pacto previo entre Atanagildo y Justiniano,
cuyo contenido ignoramos, no fue obstáculo para que los visigodos, unidos
ya bajo el mando de Atanagildo, se dirigieran contra los bizantinos. Pese a recuperar
algunas plazas, no consiguieron, sin embargo, arrojarlos de Hispania, quedando
constituida en la parte sur una provincia bizantina. Desplazados del norte
voluntariamente. desalojados por los bizantinos de la parte sur, con Atanagildo
los visigodos fijan la residencia regia en Toledo: su situación y excelentes
comunicaciones permiten dominar equilibradamente todo el territorio peninsular.
Hasta el final de la monarquía visigoda, Toledo se mantendrá como
sede central del reino. La
excesiva y exclusiva atención concedida por los visigodos a los problemas
de la España meridional favoreció durante esta época la expansión
de los suevos por las zonas limítrofes a los territorios que ocupaban.
Sin embargo, la parte noreste permanece en calma gracias a las buenas relaciones
con el poder merovingio, que ve en los bizantinos un enemigo, al igual que los
visigodos, y unen fuerzas con ellos siguiendo el sistema de las alianzas matrimoniales:
Sigeberto I, rey de Austrasia (561-575), contrae matrimonio con Bruquilda, hija
de Atanagildo; Chilperico, rey de Neustria (561-584), se casa con otra hija de
Atanagildo, Galesuinta. Cabe
suponer que a la muerte de Atanagildo, en el 568, los sucesivos asentamientos
visigodos en sus zonas de origen (Tierra de Campos, Alto Ebro y Rioja) y sus guarniciones
de carácter militar en puntos de la Tarraconense, Cartaginense y Lusitania,
se mantenían sin problemas. Ahora bien, la Bética, no acostumbrada
a la sumisión a los bárbaros; la Gallaecia, donde había un
equilibrio especial entre la población galaica y los suevos; la Cantabria,
tradicionalmente reacia a acatar imposiciones de poder, y la zona bizantina, sometida
a los imperiales, eran territorios independientes del poder visigodo. Con todo,
y a pesar de la evidente heterogeneidad del panorama, puede hablarse hasta cierto
punto de una Hispania visigótica, apoyándonos en el traslado de
la capitalidad a Toledo y en el hecho de que dentro de la Península los
visigodos constituyen un pueblo que se extiende sobre la zona más amplia
y con una política de ocupación más coherente. No es obstáculo
su corto número -se han evaluado en unos 200.000-, pues aún así
superaban netamente a bizantinos y suevos.
Unificación territorial
El
siguiente rey visigodo que se alza con el poder parece significar un retroceso
en el proceso de ocupación de Hispania, ya que es proclamado en Narbona
por los visigodos habitantes del territorio galo: Liuva. Significativamente, Liuva
circunscribe su poder a la Galia Narbonense y, asociando al trono a su hermano
Leovigildo, le encomienda el control
de la Hispania Citerior. Es perceptible todavía la indecisión entre
los dos posibles centros de gravedad del reino, indicio de una Hispania visigótica
aún en formación. Leovigildo se casa con Gosvinta, viuda de Atanagildo,
y ejerce su influencia al sur de los Pirineos, basada en gran medida en su numerosa
clientela personal y en la adquirida a raíz de su matrimonio. Continúa
la capital en la ciudad elegida por Atanagildo: Toledo. Los dos problemas
fundamentales que se le plantean a Leovigildo son los derivados de la naturaleza
de las relaciones internas y de la situación del pueblo visigodo con respecto
a los otros pueblos existentes en España. Se impone la necesidad de fortalecer
el poder central a fin de atajar cualquier posible escisión de la nobleza
goda y evitar situaciones como la tan reciente entre Agila y Atanagildo; mas también
hay que acabar con los distintos grupos que coexisten en la Península y
que impiden la unidad territorial. Supuesta la consecución de estos dos
objetivos, se plantea a los visigodos el aspecto crucial de la conquista: las
relaciones con la población hispanorromana. En este sentido puede decirse
que los reinados de Leovigildo, Recaredo y Liuva III, que abarcan los afios 569
al 603, forman una unidad. Dedicado el reinado del primero a la resolución
de los dos primeros puntos: actividad exterior y reorganización interna,
el periodo de Recaredo significa la aplicación de una solución a
las relaciones con los hispanorromanos. Empecemos
por lo que se refiere a la sumisión de los pueblos coexistentes en Hispania
con los visigodos, sobre lo cual disponemos de abundantes datos. La etapa anterior
del reino visigodo no arroja noticias sobre las actividades de los suevos. Hay
que suponer una progresiva integración de los mismos en la Gallaecia que,
a mediados del siglo VI, Con la conversión de los suevos al catolicismo,
alcanzará su culmen. La confusión de noticias en torno a ese punto
concreto deriva de los distintos datos ofrecidos por Gregorio de Tours e Isidoro
de Sevilla; el primero sitúa la conversión en torno al año
550 con Cariarico, e Isidoro de Sevilla sobre el 570 con Teodomiro, aunque ambos
coinciden en atribuir el papel central a Martin de Braga. La opción por
la primera fecha explicarla la influencia de bizantinos y francos en la conversión
al catolicismo, interesados en apoyar a los suevos frente a los visigodos en estos
momentos, aunque tampoco la admisión de la segunda posibilidad excluye
este apoyo. La presencia de la figura de Martín de Braga, anteriormente
relacionado con Bizancio y actualmente con los francos, avalan el supuesto. La
iglesia de Gallaecia se reestructura en los Concilios de los años 561 y
572 impulsados por el mismo Martín de Braga y se agrupa en torno a dos
sedes: Lugo al norte y Braga al sur. Ya hemos hablado, por otra parte, del virtual
estado de independencia de las ciudades de la Bética, de la provincia bizantina
al sur y de la situación de constante rebeldía en la región
cántabro-vascona. Los primeros años del reinado de Leovigildo,
asociado a su hermano Liuva, están dedicados a la sumisión de los
habitantes de la Bética no sometidos a Bizancio, y a hostigar la zona costera
bizantina. Desde el 570 al 573, año de la muerte de Liuva y fecha en que
todo el poder queda unificado en Leovigildo, éste dirige campañas
contra Córdoba y ciudades cercanas. Inmediatamente después de la
muerte de Liuva, hace consortes del reino a sus dos hijos: Herrnenegildo y Recaredo,
y es justo en ese momento cuando se produce un cambio de frente y Leovigildo se
dirige contra los suevos, que parecen haber iniciado una política expansionista
bajo Teodomiro (561-570) y Miro (570-585). Si la zona de mayor solidez del poder
visigodo se centra en torno a Mérida y Toledo, es evidente que la expansión
de los suevos en dirección sur suponía un grave peligro. El proceso
de contraataque de Leovigildo consiste en cortar toda posible expansión
por el este, conquistando y sometiendo los territorios indígenas limítrofes:
Sabaria posiblemente por el sureste y Cantabria por el noreste -hay que pensar
en el peligro franco-, evitando de
ese modo la existencia de una tierra de nadie. La zona sur del dominio suevo era
fácilmente controlable desde Mérida. En el año 575, y después
de haber cortado cualquier posible apoyo a los suevos, el ataque se hace más
directo, y se centra en una de las regiones que hasta cierto punto podían
ser consideradas independientes en el territorio suevo, los aregenses.
Con el sometimiento
de ese territorio, el dominio suevo quedaba cortado en dos y la existencia de
varios frentes simultáneos dificultaba sus posibilidades defensivas. El
rey Miro solicita una tregua en el 577 y esto permite a Leovigildo reemprender
la campaña del sur, interrumpida por la ofensiva contra los suevos.
El ataque en el sur se enfoca esta vez sobre una parte hispanorromana hasta ahora
independiente: la Orospeda, que linda con la zona bizantino por el noreste. Su
conquista, unida a la ocupación de Medina Sidonia y Córdoba, significa
cercar a los bizantinos por ese ángulo. A partir de este momento, las guarniciones
visigodas se extienden a lo largo de la línea demarcadora de los territorios
bizantinos. Este aislamiento de suevos y bizantinos constituye el primer paso
de la desaparición definitiva de ambos dominios. Se trata, a todas luces,
de una acción conjunta, no aislada, ya que, como dijimos, suevos bizantinos
y francos mantienen relaciones amistosas frente a la Monarquía visigoda.
Hay que añadir las campañas contra los pueblos del norte, especialmente
los vascones: a contenerlos va dirigida la creación de un limes
con guarniciones visigóticas en ciudades como Amaya y Victoriaco, fundada
por Leovigildo. De todos modos, bajo dominio bizantino quedaba, aunque rodeada
de enclaves visigóticos, la zona costera del sur ya mencionada. Con estas
limitaciones hay que entender la provincia de la Bética cuando las
fuentes nos dicen que Leovigildo en el año 579 se la entregó a su
hijo Hermenegildo para que la gobernara. Las razones que llevaron a Leovigildo
a adoptar tal medida no son claras, ya que una de las habituales explicaciones
que se nos dan del hecho: enfrentamiento entre Ingunda, católica franca,
mujer de Hermenegildo, y Gosvinta, arriana, mujer de Leovigildo, por sí
sola no parece suficiente. Sea como fuere, Hermenegildo se asienta en Sevilla
como gobernador, haciendo a la ciudad capital de la Bética, se convierte
al catolicismo y toma el título de rey con poder sobre la provincia que
le había sido encomendada en calidad de gobernador, lo cual supone la independización
con respecto a Toledo. La rebelión se extiende, Hernienegildo solicita
ayuda de sus vecinos los bizantinos y va internándose en dirección
a Mérida, punto fuerte desde siempre del poder visigodo. La intervención
decisiva de Leovigildo se demora bastante, y sólo en el 582 toma Mérida,
aísla a Hermenegildo de apoyo bizantino y le pone sitio en Sevilla. Hermenegildo
solicita auxilio del rey suevo, que fracasa en su intento de socorrerle, y al
fin se rinde en Córdoba, a donde. había escapado. Prisionero en
Valencia durante un año, pasa después a Tarragona, donde es asesinado
(583). Nuevamente la zona donde se ha producido el levantamiento contra el poder
central ha sido la Bética. Además, y esto era muy importante, seguían
existiendo amplias posibilidades de escisión entre los propios visigodos
que exigían reforzar el poder central a cualquier precio, refrenando las
tendencias independentistas de la aristocracia. La última fase del
proceso emprendido por Leovigildo, tendente a la unificación territorial
(sólo parcialmente conseguida por él), es inmediata. Los intentos
de Hermenegildo de recabar ayuda de bizantinos y suevos y las posibles convivencias
entre esos dos pueblos suponían un peligro real sin lugar a dudas. El reino
suevo, convertido al catolicismo desde mediados del siglo VI (hay que recordar
que el reino visigodo continúa siendo arriano), había intentado
apoyar la rebelión de Hermenegildo, y seguía manteniendo relaciones
con Bizancio. La muerte del rey Miro supuso el final del reino suevo. Amparándose
en la existencia de un conflicto sucesorio, Leovigildo invade la Gallaecia en
el año 585 y se anexiona el reino de los suevos. La Gallaecia quedaba convertida
en una provincia del reino visigodo. Durante los últimos años
del reinado de Leovigildo, después de sofocada la rebelión de Hermenegildo,
y tal vez como reacción a la muerte de Ingunda en el exilio, se producen
enfrentamientos con los francos; es Recaredo el encargado de cortar los intentos
de penetración en territorio visigodo, incluso haciendo incursiones en
zona franca. Esta situación de peligrosidad en la frontera de Septimania
se prolonga hasta el reinado de Recaredo.
 España
visigoda en la época de Leovigildo (pulsando
encima se verá más grande)
Unidad
interna Estas
actividades debían ir paralelas a la resolución de los conflictos
internos suscitados por la organización de la sociedad visigoda y tardorromana,
y la condición de pueblo invasor de la gens Gothorum. Los visigodos
se habían asentado en la Península Ibérica sobre la población
existente a su llegada y ello comportaba una elección o bien el mantenimiento
del dualismo (siguiendo la pauta marcada por la política del reino ostrogodo
y aplicada superficialmente en Hispania durante la regencia de Teodorico el Grande)
o la fusión con la población hispanorromana. Dos indicios de la
adopción de esta última medida por Leovigildo son perceptibles en
su actividad legisladora y en su política religiosa. Una de las leyes derogadas
por Leovigildo en su tarea de adaptación del antiguo Código de Eurico
y del Breviario de Alarico Il, que dio como resultado el Codex Reuisus,
es precisamente la que prohibe los matrimonios mixtos entre visigodos e hispanorromanos;
esta derogación no pierde significado por el hecho de que en la práctica
no se aplicara la ley, ya que la derogación no sólo implica la aceptación
de un hecho consumado, sino la supresión voluntaria de cualquiera de las
posibles trabas secundarias, que podrían derivarse de la aplicación
de una ley existente. En ese mismo sentido hay que valorar la reforma administrativa;
las funciones civiles y militares de los comites ciuitatis se extienden
a toda la población de cada territorio acabando con la disociación
de los poderes civiles y militares, aun cuando los comites ciuitatis estén
subordinados al dux prouinciae en torno al cual está montado el
sistema militar. La política que deja ver algunos aspectos de su actividad
legisladora tiene su confirmación en los intentos de unificación
religiosa realizados por Leovigildo, aun partiendo del hecho de su ineficacia.
Continua en la siguiente pág.
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