| 

Fibulas visigodas procedentes
de Merida, siglo VI Museo de Baltimore
Hispania
Visigoda 2ª Parte ay
que advertir que algunos historiadores consideran la política religiosa
de Leovigildo dirigida únicamente a los súbditos visigodos convertidos
al catolicismo, no a los católicos hispanorromanos.
Uno
de los mayores obstáculos que podía haber encontrado la política
de fusión entre hispanorromanos y visigodos lo constituía la diferente
religión profesada por cada uno de los grupos; esto, al mismo tiempo, favorecía
la preeminencia de las jerarquías eclesiásticas católicas
en competencia con los poderes laicos visigodos. Leovigildo concibe la unificación
religiosa bajo el signo del arrianismo, es decir, la conversión de la población
hispanorromana al credo arriano. La convocatoria de un concilio arriano en Toledo
(580) tiene como finalidad tomar medidas para facilitar el paso de los católicos
al arrianismo: no es necesario para ellos el volver a ser bautizados, es suficiente
una imposición de manos, recibir la comunión de manos de un sacerdote
arriano y aceptar de viva voz el símbolo de fe. Simultáneamente
a la adopción de tales medidas se procede a una eliminación consciente
de diferencias externas entre ambas profesiones de fe, lo cual produce un confusionismo
peligroso, aun cuando los resultados en la práctica no fueran espectaculares. Frente
a estas divergencias entre ambas sociedades, diferencias destinadas a desaparecer,
existía una estrecha semejanza en la estructura social de ambas que con
el tiempo demostró ser el mayor riesgo para la conservación del
poder real. Común a visigodos e hispanorromanos es la existencia de una
aristocracia fundiaria y eclesiástica, cúspides de
una organización social basada en el patronazgo (patrocinium). En
efecto, la práctica común en el Bajo Imperio de dar acogida a hombres
armados (buccelariü) como séquito privado a cambio de su manutención,
coincide con instituciones visigodas como las clientelas. Ambas instituciones
evidentemente favorecían las tendencias independentistas de la nobleza
y lesionaban el poder real. La preocupación primordial de los reyes visigodos
a lo largo de la Historia será la necesidad de reforzar el poder de la
realeza. Leovigildo es el primero en adoptar una serie de medidas encaminadas
a ello; manto, diadema y trono; acuñación de moneda independiente,
por primera vez en la historia de los visigodos, con el nombre del monarca; asociación
al trono de sus dos hijos, con la pretensión de asegurar la continuidad. Tal
como estaba previsto, a la muerte de Leovigildo le sucede su hijo Recaredo (586-601).
La política de Recaredo puede considerarse como una prolongación
de la acometida por su padre, Leovigildo, aunque en algunos casos el factor aglutinante
aplicado sea el contrario. Tal vez el fracaso de la política religiosa
de Leovigildo indujo a Recaredo a seguir el procedimiento inverso. En el 587,
un año después de acceder al trono, se convierte al catolicismo;
poco después convoca un concilio arriano que parece tener por finalidad
discutir los puntos de divergencia fundamentales entre arrianismo y catolicismo
y, de manera indirecta, tal vez la persuasión de los obispos arrianos.
Este sínodo
fue seguido de otro arriano-católico. La conversión de Recaredo,
al dejar ver clara su intención a largo plazo, suscitó una serie
de levantamientos, todos anteriores al año 589 -fecha del III Concilio
de Toledo-: en Mérida, en ciertas zonas de la Galia Narbonense, e incluso
en la propia Toledo. Estos pueden interpretarse como movimientos independentistas,
apoyados por la nobleza local, semejantes al de Hermenegildo en el pretexto utilizado;
pero hay que aceptar el supuesto de que, en sus motivaciones profundas, son equivalentes
a las numerosas rebeliones contra el poder real que salpican la historia de la
Hispania visigótica, otra prueba más de la justificada preocupación
de los monarcas visigodos por consolidar su poder. El
proceso iniciado con la conversión de Recaredo culmina con la convocatoria
y celebración del Concilio III de Toledo (589), que por su alcance sobrepasa
el terreno puramente religioso para incidir en cuestiones de caráter político.
En el Concilio III de Toledo se procede a la reglamentación de la periodicidad
de los concilios provinciales, a los que se concede carácter administrativo,
ya que admiten en su seno a altos funcionarios civiles a fin de que acepten las
normas propuestas por los obispos sobre materia fiscal, previa deliberación.
Se produce, por consiguiente, una interacción entre las dos esferas: la
civil y la eclesiástica, concediéndose la nobleza eclesiástica
atribuciones de carácter civil y otorgando a la persona del monarca competencias
sobre aspectos eclesiásticos: potestad de convocatoria de los concilios
y necesidad de que sean conformadas por él las medidas no religiosas tomadas
en los mismos, requisito sin el cual no adquieren validez. Uno
de los primeros actos, después de la conversión oficial al catolicismo
de Recaredo en dicho Concilio, consiste en devolver a la Iglesia católica
los bienes confiscados por Leovigildo, posiblemente con la intención de
encontrar apoyo en la jerarquía eclesiástica católica, enormemente
influyente. No obstante, durante el reinado de Recaredo sigue manteniéndose
una tendencia, acentuada con el paso del tiempo: los levantamientos en contra
de la Monarquía, síntoma del fallo de la política real que
pretende imponerse sobre la nobleza. Tenemos noticias concretas sobre la rebelión
del dux Argimundo, aristócrata visigodo, dominada por Recaredo.
El paso del arrianismo al catolicismo no supone el cese de las hostilidades con
los francos. A pesar de los reiterados esfuerzos de paz por parte de Recaredo,
con resultados positivos en el caso de Childeberto, la ofensiva fundamental se
produce en el año 589. Está encabezada por Gontrán y se concreta
en un ataqtie sobre parte de la Galia Narbonense. Dado que la conversión
privada de Recaredo al catolicismo data de dos años antes, no pueden atribuirse
motivaciones religiosas a la ofensiva. La derrota de los francos es completa y
hay que considerar este encuentro como el final de los intentos francos por recuperar
esa zona del territorio galo. Por lo que se refiere a las relaciones con los bizantinos
establecidos en la zona costera sur, único reducto todavía no dominado
por los visigodos en tiempos de Recaredo, las intervenciones fueron escasas desde
el punto de vista militar y un tanto problemáticas desde el punto de vista
religioso, en función de las supuestas atribuciones de una y otra zona
sobre puntos concretos de la Cartaginense. El
reinado de Recaredo, pese a los levantarnientos de principios, el del dux
Argimundo y la intervención contra los francos, puede considerarse, en
líneas generales, pacífico.
La sucesión al trono
La
sucesión de Recaredo se realizó bajo el signo de la rebelión
interna y del derrocamiento: Liuva II, hijo natural de Recaredo, fue destituido
al cabo de año y medio de reinado por Witerico (603-610), a su vez, derrocado
y asesinado siete años después. Todo ello nos habla de una intensificación
dentro de la nobleza de la política de facciones. El
reinado de Witerico se caracteriza por los intentos de aplicar una política
enérgica, tanto en el terreno de los contlictos exteriores como interiores.
Aprovechándose de que Bizancio tenía planteados problemas de envergadura
en la parte oriental del Imperio con los persas, y en la occidental con los lombardos
en Italia, lanza ofensivas contra el territorio bizantino en Hispania. En política
interior representa una reacción frente a la llevada por Recaredo, considerada
favorable a la nobleza, por cuanto ataca a ciertos sectores de la misma y limita,
por lo general, sus prerrogativas. Esto podría justificar el malestar creciente
que desembocaría en su asesinato. En
el año 610 sube al trono Gundemaro, quizá apoyado por el sector
de la nobleza que ha eliminado a Witerico. Su reinado sólo abarca dos años.
Desde la consideración de su política exterior responde a un esquema
a partir de ahora muy frecuente: a continuación de un monarca que aplica
una política rigurosa y enérgica contra la nobleza, intentando salir
del círculo vicioso que representan las concesiones exigidas por ella para
prestar su apoyo al rey, surge otro monarca de política filonobiliaria.
Este parece ser el caso de Gundemaro, que fallece de muerte natural. Durante
su reinado se promulga un decreto por el que se reconoce a Toledo la categoría
de metrópoli de la provincia Cartaginense y no de la Carpetania, tal como
se le venía titulando, cuestión aparentemente religiosa, pero de
raíces mucho más amplias. Se traslucen aquí las repercusiones
en el terreno religioso de un problema político. El poder bizantino va
debilitándose progresivamente en la Península hasta llegar un momento
en que es posible darle el carácter de ilegítimo desde el punto
de vista de la administración eclesiástica, aun cuando haya que
seguir aceptando la presencia real de contingentes bizantinos. Contra ellos y
contra los vascones dirige algunas expediciones Gundemaro, mientras procura llevar
una política amistosa con los francos. La
figura de Sisebuto (612-621) destaca por su acusado intervencionismo en los asuntos
eclesiásticos, participando decididamente en el nombramiento de obispos;
también es conocida su colaboración activa en la literatura de la
época, tanto en calidad de autor corno de protector. Por otra parte, en
los primeros años de su reinado impone una política religiosa ferozmente
antijudía. Este último punto, que suele atribuirse a planteamientos
de carácter ideológico, no excluye, sin embargo, la intervención
de otros factores. Resulta interesante comprobar que la actitud de casi todos
los monarcas que adoptan medidas en contra de los judíos suele ser favorable
a la nobleza. A
la primera parte de su reinado corresponden también sus campañas
contra los bizantinos (recupera Málaga) y contra los pueblos insurrectos
del norte de Hispania: vascones y rucones. Como en el caso de sus antecesores,
esta actitud coincide con una Política de amistad con los francos, virtuales
y poderosos enemigos. La
asociación al trono de su hijo Recaredo II no dio los resultados apetecidos
de continuidad, ya que murió a los pocos dias. Al nombramiento del nuevo
monarca Suintila (621-631) se procedió por elección. Su puesto de
dux Prouinciae durante el reinado anterior es característica que se
repetirá con relativa frecuencia en los monarcas elegidos a partir de ahora.
Siguiendo la política de Sisebuto pretende conseguir la unidad territorial.
Para ello apunta a los mismos frentes que Sisebuto: los vascones y los bizantinos.
El momento para atacar a estos últimos era favorable, ya que el Imperio
estaba totalmente abocado a la solución de los problemas planteados por
los persas en oriente y la península itálica. Suintila es, pues,
el primer rey visigodo que logra imponer teóricamente su poder sobre la
Península entera, al expulsar definitivamente a los bizantinos del sur
de la misma. En cuanto a la campaña contra los vascones, que hacían
frecuentes incursiones sobre la Tarraconense, son también favorables a
los visigodos. Suintila, además, parece haber organizado un sistema de
líneas defensivas sobre la parte oriental del territorio ocupado por los
vascones, en el cual destaca la plaza fuerte de Ologicus. Toda esta actividad
militar hay que situarla en los primeros años de su reinado. Basándose
en un retrato de Suintila altamente elogioso en la versión larga de las
Historias de Isidoro de Sevilla, se han intentado reconstruir las tendencias de
este monarca en política interna. El hecho de que Isidoro pueda ser considerado
representante de la nobleza eclesiástica induce a pensar que las grandes
alabanzas que dedica a Suintila deben coincidir con un período de su reinado
presidido por la política filonobiliaria. El que este tipo de política
no sea susceptible de extenderse a todo su reinado parecen confirmarlo las actas
del Concilio de Toledo celebrado en el año 633, durante el reinado de su
sucesor, en el que los obispos reunidos señalan que el rey había
procedido a la confiscación de bienes eclesiásticos; otras fuentes
también nos hablan del mal trato inferido por Suintila a los nobles. Conjugar
estos dos tipos de noticias, en principio contradictorias, equivale a aceptar
dos etapas en el gobierno de Suintila: la inicial, favorable a la aristocracia,
y la siguiente, que podríamos llamar autoritaria si damos al término
el valor de refuerzo del. poder real; esta última Postura, dada la configuración
de la sociedad, llevaba a un enfrentamiento con la nobleza de modo inevitable.
Sintomático de esta segunda etapa se considera la asociación de
su hijo Ricimero al poder. Si la reconstrucción de los hechos es válida,
las consecuencias de adoptar medidas contrarias a la nobleza no se hicieron esperar
mucho. En el 631, en la Galia Narbonense se produce un levantamiento encabezado
por Sisenando, dux de la provincia, apoyado por los francos; al igual que
diez años antes Suintila, es nombrado rey por elección después
de haber pasado a Hispania y de haber sitiado y tomado Zaragoza, donde se encontraba
Suintila y su familia, que se entregaron. La proclamación de Sisenando
como monarca (631-636), resultado de un acto ilegal frente al poder real, necesitaba
un apoyo, que no adquirirá hasta la Celebración del Concilio IV
de Toledo (633). El lapso de tiempo transcurrido desde el nombramiento (631) y
la celebración del Concilio dos años más tarde hacen buscar
una justificación al retraso. El hallazgo de una moneda en la zona de Mérida
con la leyenda Ludila rex sugiere la posibilidad de que después
del 631 se produjera en el sur algún levantamiento contra Sisenando; se
ha querido explicar que la rebelión fuese en el sur acudiendo a la recuperación
por Suintila de los territorios ocupados por los bizantinos y a su posible reparto
entre sus lideles; éstos mantendrían un foco de descontento que
acabaría en el enfrentamiento a Sisenando. A favor de esta hipótesis
apunta que el movimiento se produjera a comienzos del reinado. Sólo la
reducción de ese núcleo rebelde permitiría la convocatoria
del Concilio. La inestabilidad del poder real era bien conocida por Sisenando:
él mismo había derrocado a Suintila, y, como hemos visto, hay indicios
para pensar que otros habían intentado lo mismo con él. Era urgente
la creación de una normativa y, tanto o más, su aceptación
por la nobleza. Estas dos rinalidades cumple el Concilio IV de Toledo. El rey
debe ser elegido por los obispos y la aristocracia laica, y deben jurarle fidelidad;
puesto que la legitimidad del rey está basada en la elección y juramento
posterior de fidelidad al elegido, todo aquel que atente contra el rey incurre
en sacrilegio. La participación de los obispos en la elección conduce
tal vez a un progresivo intervencionismo del rey en los nombramientos episcopales.
Al mismo tiempo se adoptan una serie de medidas restrictivas del poder real, impidiéndole
actuar como juez único en causas capitales y civiles. Es evidente el contenido
marcadamente político del Concilio, aunque se incluyen algunos puntos de
carácter eclesiástico, como la unificación del rito en toda
Hispania, y matizaciones sobre la aplicación en las normas de Sisebuto
referidas a los judíos. Nada
más se conoce sobre el reinado de Sisenando, pero el hecho de que falleciera
de muerte natural en el año 636 suscita la idea de que logró mantener
el favor de la nobleza en parte.
Feudalización visigoda
El
clima de inseguridad perceptible a través de las disposiciones tomadas
en el IV Concilio de Toledo no es exclusivo del reinado de Sisenando, ni hay que
atribuirlo solamente al interés del mismo por legalizar una situación
anómala en su caso. Sus raíces son profundas y, en última
instancia, hay que achacarlo a la estructuración misma de la sociedad,
que evoluciona en el sentido de la feudalización. El sucesor de Sisenando,
Chintila (636-639), parece buscar también en la celebración de un
concilio un apoyo a su poder personal. En efecto, el Concilio V de Toledo (636)
sigue legislando sobre cuestiones políticas, intentando poner remedio a
la creciente inestabilidad. Una de las decisiones tomadas es la de prohibir la
confiscación de las donaciones hechas por un rey a sus fideles.
De este modo puede pensarse que se intentaba impedir la ampliación de la
clientela de los futuros reyes, ya que al limitarse la posibilidad de las confiscaciones
se limitaba automáticamente
también la posibilidad de nuevas concesiones, dando una cierta estabilidad
al soberano entonces en el poder. Se reiteran las medidas en el Concilio VI de
Toledo (638), y en el punto que trata de la elección del rey se insiste
en que sea de estirpe gótica. La insistencia en la convocatoria de un nuevo
concilio apenas transcurrido año y medio del anterior y noticias posteriores
hacen pensar que es real la amenaza de rebeliones durante el reinado de Chintila.
De manera sintomática, que nos lleva a pensar en un predominio claro de
los intereses de la nobleza eclesiástica, y en el comportamiento poco enérgico
del monarca, encontramos de nuevo una brutal política antijudía,
esta vez con amenazas de expulsión. Del
reinado de Tulga, que se prolonga durante dos años, no tenemos noticia
alguna. Sólo sabemos de su deposición a manos de Chindasvinto, probablemente
dux de alguna provincia. Las medidas repetidamente tomadas en los Concilios,
destinadas a impedir los derrocamientos, no habían dado el resultado apetecido,
impuestas como estaban por una estructura contradictoria. Los
años que van desde la coronación de Recaredo (586) hasta la torna
del poder por Chindasvinto (642) significan un proceso, solo interrumpido esporádicamente,
de predominio de la nobleza sobre el poder real. Tentativas, ni siquiera confirmadas,
de Suintila para atajar el riesgo, no representaron nada dentro del conjunto.
Los reyes buscan el apoyo de los Concilios, en un intento de proteger el poder
personal mediante leyes y amenazas de excomunión, pero cada vez que intentan
imponer el poder así protegido en contra de los intereses de los nobles,
éstos advertirán bien claro que el rey puede dejar de serlo en cuanto
la nobleza le retire su apoyo. Los nobles toleran al rey en tanto que representa
sus intereses. Un
intento serio de cortar radicalmente el peligro se fragua en los reinados de Chindasvinto
(642-653) y de Recesvinto (653-672), especialmente del primero. Frente a la adaptación
a las circunstancias de que parecen dar muestras los monarcas anteriores, Chindasvinto,
llegado al poder a los setenta y nueve años, se propone fortalecer la institución
monárquica y el centralismo del poder. Parte de la misma situación
que en la época de Leovigildo, pero ya en un estadio más avanzado.
Atendiendo a esa realidad, los fines perseguidos por Chindasvinto no pueden lograrse
más que aplicando luna serie de medidas en distintos campos: control de
la nobleza, eliminando a los incontrolados; confiscación de bienes en provecho
del rey; creación de un cuerpo de nobles adictos a la persona del monarca
beneficiarios de las anteriores confiscaciones; exaltación de la institución
monárquica. Con
esa idea, la primera medida tomada por Chindasvinto, apoyado en principio por
una parte de la nobleza -ahí está patente la contradicción
inherente al sistema: para conseguir fortalecer la institución monárquica
necesita recurrir a la nobleza-, es deshacerse de aquellos otro,.; nobles que
no son partidarios suyos. Con esa resolución consigue a la vez dos de los
fines fijados: eliminación de enemigos y aumento del patrimonio como consecuencia
de las confiscaciones, con la posibilidad de favorecer con donaciones a sus partidarios.
En este último punto la política pone de nuevo de manifiesto las
contradicciones, puesto que el grupo favorecido que le apoya no puede ver con
buenos ojos el aumento del poder económico del monarca, que a la larga
podría suponer una progresiva independización del mismo respecto
a la nobleza. La
actividad legislativa, marginal a los Concilios, recuerda inmediatamente a la
emprendida por Leovigildo. Existe una coincidencia evidente entre los planteamientos
de ambos y los expedientes a los que recurren, mucho más violentos en Chindasvinto,
tal vez por el deterioro de la situación y la necesidad de aplicar un procedimiento
riguroso. La convocatoria de un Concilio en el 646, el Vll, parece haber tenido
como finalidad primaria obligar a jurar la ley a magnates y obispos y a hacerla
ratificar con sanciones eclesiásticas para quien no la cumpla. El ambiente
coercitivo se refleja en las sanciones impuestas a los religiosos que no comparezcan
ante los jueces; de hecho, el interés mostrado por Chindasvinto por conseguir
que Eugenio fuese nombrado obispo de Toledo haciéndole abandonar Zaragoza
en contra de su voluntad y de la de Braulio, indica un enfrentamiento con parte
de las jerarquías eclesiásticas toledanas, y no debe considerarse
ajeno al plano de la política general, igual de dura con la nobleza laica
y con la eclesiástica. Resulta
difícil de explicar, dentro de ese mismo contexto general, la petición
hecha al rey por dos representantes de la jerarquía eclesiástica:
Braulio, de Zaragoza, y Entropio, de Valencia, junto con un funcionario civil.
En el año 649 le ruegan a Chindasvinto que asocie a su hijo Recesvinto
al trono. Se ha querido ver en esa solicitud un intento de paliar la dureza del
régimen de Chindasvinto por medio de la persona de su hijo, menos radical
en muchos aspectos. Ahora bien, resulta extraña esa actitud si se admite
que la asociación al trono era una de las medidas peor vistas por la nobleza
visigoda y que el IV Concilio de Toledo había sancionado el procedimiento
electoral. Independientemente de las razones que indujeron a la petición,
Chindasvinto aceptó, asoció al trono a Recesvinto en el año
649 y juntos gobernaron hasta el año 653. A este período conjunto
de gobierno corresponde, al parecer, el levantamiento de Froja en la Tarraconense,
aunque no puede excluirse la posibilidad de que la rebelión se produjera
en los primeros años del reinado de Recesvinto. El movimiento insurgente,
aunque reducido, es síntoma inequívoco de que los grupos disidentes
de la nobleza son todavía poderosos y no han sido erradicados. La
actitud de enfrentamiento con la nobleza tuvo como secuela inevitable una cierta
tensión con los pueblos limítrofes: vascones y francos, donde pudieron
haberse acogido los nobles enemigos de Chindasvinto que, habían escapado
a la muerte. Pueden seguirse los rastros de alguna expedición en contra
de los vascones, quizá excedidos en función de la escasa intervención
de monarcas anteriores. Recesvinto
comienza a reinar sólo en el año 653, y con él cambia ligeramente
de signo la política emprendida por su padre. Casi inmediatamente se reúne
el Concilio VIII de Toledo (653). De sus resoluciones se deduce que, a pesar de
mantener una política enérgica frente a las exigencias que se le
plantean, Recesvinto ha tenido que pactar y transigir en algunos aspectos. Uno
de los fundamentales es el referente al fortalecimiento económico personal
del rey. El Concilio, integrado por nobles y obispos, decide que los bienes adquiridos
por Chindasvinto tras su acceso al trono deben pasar a la Corona. Recesvinto,
al parecer, ante la imposibilidad de oponerse tajantemente a tal decisión,
promulga una ley donde se precisa que será propiedad de la Corona todo
lo acumulado por los reyes desde Suintila, en virtud de su cargo, no personalmente,
asegurándose así el derecho a disponer de esa última parte. En
otros aspectos, Recesvinto da la sensación de haber hecho concesiones;
a ello podría apuntar la renovación de la política antijudaica,
esta vez recogida en la legislación. En ese mismo terreno de la actividad
legisladora hay que destacar la mayor moderación de Recesvinto con respecto
a su padre; asimismo se produce una transferencia de poderes a raíz de
la reforma administrativa emprendida. En virtud de ella, los funcionarios militares
se hacen cargo de los asuntos desempeñados por los funcionarios civiles,
medida que resulta paralela a la ampliación de poder de los duces prouinciae.
Esta inclinación a favor de las atribuciones de los funcionarios militares
no es más que la expresión visible del avanzado estado de feudalización.
El Liber ludicum resultado de los esfuerzos de Chindasvinto y Recesvinto
se promulga en el año 654, convirtiéndose en el único texto
legal válido ante los tribunales. Los
actos más visibles del reinado de Recesvinto: la convocatoria del Concilio
Vlll de Toledo y la promulgación del Liber Iudicum pertenecen a los dos
primeros años tras la subida al poder. Desde esa fecha pocas son las noticias
que conservamos, aunque llama poderosamente la atención la ausencia de
convocatorias de Concilios para deliberar sobre asuntos políticos. La celebración
del Concilio
X de Toledo, de ámbito nacional, no da entrada a cuestiones de carácter
político y quizá en ello estribe la escasa asistencia al mismo. La
presencia de dos grandes bloques: nobleza laica y eclesiástica, frente
al rey y sus partidarios -grupo también nobiliario- es una cuestión
de hecho, aceptada. A partir de ese momento ninguno de los reyes que vengan a
continuación intentará solucionar el problema en su raíz,
sino procurando adaptarse a las circunstancias derivadas de una organización
social que no admite cambios. 
Parodia sobre el periodo hispano
godo, realizado por Gallego y Rey
Anarquía y destrucción del reino
El
período que se abre con Wamba (672-680) y termina con la entrada de los
musulmanes en Hispania (711) suele tratarse conjuntamente, en virtud de esa tónica
común que podríamos designar de supervivencia. El carácter
independentista de la nobleza lleva a una fragmentación cada vez mayor:
cada dux prouinciae cuenta con sus propios medios de imponerse sobre la
zona y, a su vez, cada uno de los nobles que dependen de él cuenta con
posibilidades de actuar independientemente. Ante esa situación, el recurso
a las instancias teocráticas de poder se hace más apremiante. Wamba
es elegido el mismo día de la muerte de Recesvinto (672) y por primera
vez tenemos el testimonio de la unción del monarca: es el eslabón
subsiguiente al ya aceptado y sancionado intervencionismo del el episcopado -junto
a la nobleza laica- en la elección. Tal
como ha venido sucediendo en reinados anteriores, durante el de Wamba se produce
un levantamiento nobiliario, en este caso en la Galia Narbonense. El que en las
historias se conceda lugar especial a este acontecimiento no se debe a su mayor
importancia respecto a otros hechos semejantes, sino a la información exhaustiva
que sobre él poseemos en la Historia Wambae regís seu
rebellionis ducis Pauli de Julián de Toledo. Tan interesante como la
exposición de los hechos son las consecuencias que de él se derivan.
Wamba, ante la rebelión de la Galia Narbonense, envía a pacificarla
a Paulo, probablemente dux de la Septimania; éste, a su vez, se
rebela con el fin de derrocar a Wamba. A Paulo se le une el dux de la Tarraconense,
de modo que Paulo es elegido rey por los nobles de la Narbonense. Wamba, ante
la peligrosa situación, atraviesa los Pirineos por varios puntos y acaba
con la rebelión. El no tener noticias tan detalladas sobre otros levantamientos
nos impide establecer comparaciones, pero es de suponer que su desarrollo sería
similar al de otros muchos; de todos modos existen datos relacionados con una
mayor gravedad de la situación general del reino. Una vez vencido Paulo,
dice Julián de Toledo que Wamba restituyó los bienes robados a la
Iglesia, renovó los cargos administrativos de la Narbonense y expulsó
a los judíos de esa zona, medidas todas que apuntan a un intento de asegurar
la pacificación de ese territorio. Ahora bien, la subsiguiente promulgación
de una ley militar nos pone en aviso de circunstancias más graves de lo
habitual. En el caso de una posible incursión del enemigo sobre las fronteras
del reino o, en caso de rebelión militar, todos los que se encuentran en
un radio de cien millas deberán acudir al llamamiento de los jefes militares
con las tropas que puedan reunir, sin excluir al clero. Esto es indicio inequívoco
de que en el caso de Paulo muchos nobles se habían resistido a prestar
los servicios exigidos, evidenciándose de ese modo la independencia, de
hecho, de la nobleza frente al poder real, y confirmándose al mismo tiempo
la dependencia de los grupos armados de la nobleza que los aglutina. A aumentar
dicha dependencia contribuye la progresiva desaparición de hombres libres
en el ejército, que han ido siendo sustituidos por esclavos. De
las quejas formuladas por los obispos en el Concilio Xll de Toledo (681), celebrado
durante el reinado de su sucesor Ervigio, Puede deducirse una política
de Wamba poco favorable a la nobleza eclesiástica. En ese sentido cobra
interés el que, al igual que sucedió con Recesvinto, el concilio
celebrado durante el reinado de Wamba no atendiera más que a aspectos puramente
eclesiásticos, hecho que hace suponer una cierta independencia de Wamba
frente a las jerarquías eclesiásticas, y ayuda a comprender el extraño
final de su reinado. Víctima,
según se nos cuenta, de una repentina enfermedad, no se sabe si provocada
o no, Julián de Toledo lo somete al rito de la penitencia pública.
Posteriormente se recupera, pero inhabilitado para reinar por el rito aplicado,
tuvo que retirarse a un monasterio. El resultado es el nombramiento de Ervigio. Ervigio
(680-687) parece haberse apoyado, desde un principio, en las jerarquías
eclesiásticas, por contraste con Wamba, y tal vez en respuesta a la colaboración
ofrecida en el derrocamiento del mismo. Esta actitud coincide con el desarrollo
de una política notijudaica, que luego se vería confirmada en el
Concilio XII de Toledo (681). El Concilio XIII (683) vuelve a ocuparse de cuestiones
de tipo civil: devolución de bienes confiscados a los participantes de
la rebelión de Paulo, con ampliación del perdón hasta época
de Chintila; condonación del pago atrasado de impuestos a los nobles. Esto,
unido a las dificultades puestas al nombramiento de gentes de condición
servil para ocupar cargos de palacio, son síntomas de un retroceso en las
atribuciones del rey, que se ve obligado a aceptar también el habeas corpus
de la nobleza visigoda. Por el Concilio XIII de Toledo tenernos noticias de que
se encargó la revisión del Liber Iudicum a una comisión
probablemente compuesta por la nobleza laica y la eclesiástica. Después
del año 683 no se vuelve a convocar otro Concilio y nos quedamos sin saber
cuál fue su política a partir de esa fecha. No tenemos en cuenta
el Concilio XIV de Toledo, durante el reinado de Ervigio, porque su única
finalidad se reduce a ratiflcar las decisiones del Concilio IlI de Constantinopla
(680-681), a petición del Papa León II. En
el año 687, Ervigio abdica en su yerno Egica (687-702), tal vez presionado
a tomar tal decisión. A juzgar por las noticias que sobre él nos
ha transmitido la llamada Crónica del 754, su política fue dura
con los nobles, ya que se habla de exilios y de renovación de cargos palatinos. El
agudizamiento de la inseguridad personal del rey se observa simultáneamente
en la legislación: nadie puede vincularse por juramento a nadie si no es
al rey y el ejército real admite el enrolarniento de libertos manumitidos
por orden regia. En los dos casos se trata de tentativas regias de no depender
exclusivamente de, la nobleza y revela las líneas generales de la actitud
seguida. A esta época debe corresponder el más intenso grado de
malestar, que culmina en la rebelión de un grupo de nobles, entre los que
se contaba Sisberto, arzobispo de Toledo. Esta rebelión es sofocada por
Egica. Tal vez la más feroz persecución de nobles, acompañada
de las correspondientes confiscaciones, se relaciona con este hecho. A pesar de
todo, la situación era claramente irreversible; no se sabe si la moneda
acuñada en Toledo con el nombre de Sinifredo responde a ese levantamiento
o a otro. La
debilidad interna del reino visigodo, atribuible primordialmente al enorme fraccionamiento
del poder, no repercute todavía en la política exterior. El ataque
de la flota bizantina sobre las costas de Murcia, durante el período coincidente
con la asociación al trono de su hijo Witiza (700-702), es rechazado por
el gobernador de la zona: Teodomiro. 
Roderico (Rodrigo), último
rey visigodo de la Hispania
Con
el reinado de Witiza (702-710) se suavizó la postura de su padre: hizo
volver del exilio a los nobles expulsados por Egica, les devolvió los bienes
confiscados y les restauró en sus cargos. Nada más sabemos de su
reinado, que coincide con la progresiva expansión del Islam por el norte
de Africa. La sucesión debió de enfrentar ampliamente a dos
grupos de la nobleza, partidarios los unos de la familia de Witiza, los otros
de Rodrigo, por ellos elegido. Nombrado Rodrigo, la invasión de los árabes
se produce en el momento en que está empeñado en una campaña
contra los pueblos del norte. Después de ser derrotado Rodrigo en Guadalete,
las tropas musulmanas avanzan hacía el norte hasta ocupar Toledo; esta
ocupación supone el final de toda resistencia ante el invasor, que únicamente
continuaría en núcleos aislados. Las luchas intestinas en el seno
de la propia nobleza, incluso posteriormente a la invasión, facilitaron
en gran manera la ocupación de la Península por los árabes.
Todavía, sin embargo, antes de que los invasores ocuparan la zona oriental
de la Tarraconense se nombró un monarca visigodo: Agila II, cuyo reinado
termina en el año 715.
  
Ir a la primera parte
|