Los Visigodos en la Hispania


Fibulas visigodas procedentes de Merida, siglo VI
Museo de Baltimore

Hispania Visigoda
2ª Parte

ay que advertir que algunos historiadores consideran la política religiosa de Leovigildo dirigida únicamente a los súbditos visigodos convertidos al catolicismo, no a los católicos hispanorromanos.

Uno de los mayores obstáculos que podía haber encontrado la política de fusión entre hispanorromanos y visigodos lo constituía la diferente religión profesada por cada uno de los grupos; esto, al mismo tiempo, favorecía la preeminencia de las jerarquías eclesiásticas católicas en competencia con los poderes laicos visigodos. Leovigildo concibe la unificación religiosa bajo el signo del arrianismo, es decir, la conversión de la población hispanorromana al credo arriano. La convocatoria de un concilio arriano en Toledo (580) tiene como finalidad tomar medidas para facilitar el paso de los católicos al arrianismo: no es necesario para ellos el volver a ser bautizados, es suficiente una imposición de manos, recibir la comunión de manos de un sacerdote arriano y aceptar de viva voz el símbolo de fe. Simultáneamente a la adopción de tales medidas se procede a una eliminación consciente de diferencias externas entre ambas profesiones de fe, lo cual produce un confusionismo peligroso, aun cuando los resultados en la práctica no fueran espectaculares.

Frente a estas divergencias entre ambas sociedades, diferencias destinadas a desaparecer, existía una estrecha semejanza en la estructura social de ambas que con el tiempo demostró ser el mayor riesgo para la conservación del poder real. Común a visigodos e hispanorromanos es la existencia de una aristocracia fundiaria y eclesiástica, cúspides

de una organización social basada en el patronazgo (patrocinium). En efecto, la práctica común en el Bajo Imperio de dar acogida a hombres armados (buccelariü) como séquito privado a cambio de su manutención, coincide con instituciones visigodas como las clientelas. Ambas instituciones evidentemente favorecían las tendencias independentistas de la nobleza y lesionaban el poder real. La preocupación primordial de los reyes visigodos a lo largo de la Historia será la necesidad de reforzar el poder de la realeza. Leovigildo es el primero en adoptar una serie de medidas encaminadas a ello; manto, diadema y trono; acuñación de moneda independiente, por primera vez en la historia de los visigodos, con el nombre del monarca; asociación al trono de sus dos hijos, con la pretensión de asegurar la continuidad.

Tal como estaba previsto, a la muerte de Leovigildo le sucede su hijo Recaredo (586-601). La política de Recaredo puede considerarse como una prolongación de la acometida por su padre, Leovigildo, aunque en algunos casos el factor aglutinante aplicado sea el contrario. Tal vez el fracaso de la política religiosa de Leovigildo indujo a Recaredo a seguir el procedimiento inverso. En el 587, un año después de acceder al trono, se convierte al catolicismo; poco después convoca un concilio arriano que parece tener por finalidad discutir los puntos de divergencia fundamentales entre arrianismo y catolicismo y, de manera indirecta, tal vez la persuasión de los obispos arrianos. Este sínodo fue seguido de otro arriano-católico. La conversión de Recaredo, al dejar ver clara su intención a largo plazo, suscitó una serie de levantamientos, todos anteriores al año 589 -fecha del III Concilio de Toledo-: en Mérida, en ciertas zonas de la Galia Narbonense, e incluso en la propia Toledo. Estos pueden interpretarse como movimientos independentistas, apoyados por la nobleza local, semejantes al de Hermenegildo en el pretexto utilizado; pero hay que aceptar el supuesto de que, en sus motivaciones profundas, son equivalentes a las numerosas rebeliones contra el poder real que salpican la historia de la Hispania visigótica, otra prueba más de la justificada preocupación de los monarcas visigodos por consolidar su poder.

El proceso iniciado con la conversión de Recaredo culmina con la convocatoria y celebración del Concilio III de Toledo (589), que por su alcance sobrepasa el terreno puramente religioso para incidir en cuestiones de caráter político. En el Concilio III de Toledo se procede a la reglamentación de la periodicidad de los concilios provinciales, a los que se concede carácter administrativo, ya que admiten en su seno a altos funcionarios civiles a fin de que acepten las normas propuestas por los obispos sobre materia fiscal, previa deliberación. Se produce, por consiguiente, una interacción entre las dos esferas: la civil y la eclesiástica, concediéndose la nobleza eclesiástica atribuciones de carácter civil y otorgando a la persona del monarca competencias sobre aspectos eclesiásticos: potestad de convocatoria de los concilios y necesidad de que sean conformadas por él las medidas no religiosas tomadas en los mismos, requisito sin el cual no adquieren validez.

Uno de los primeros actos, después de la conversión oficial al catolicismo de Recaredo en dicho Concilio, consiste en devolver a la Iglesia católica los bienes confiscados por Leovigildo, posiblemente con la intención de encontrar apoyo en la jerarquía eclesiástica católica, enormemente influyente. No obstante, durante el reinado de Recaredo sigue manteniéndose una tendencia, acentuada con el paso del tiempo: los levantamientos en contra de la Monarquía, síntoma del fallo de la política real que pretende imponerse sobre la nobleza. Tenemos noticias concretas sobre la rebelión del dux Argimundo, aristócrata visigodo, dominada por Recaredo.
El paso del arrianismo al catolicismo no supone el cese de las hostilidades con los francos. A pesar de los reiterados esfuerzos de paz por parte de Recaredo, con resultados positivos en el caso de Childeberto, la ofensiva fundamental se produce en el año 589. Está encabezada por Gontrán y se concreta en un ataqtie sobre parte de la Galia Narbonense. Dado que la conversión privada de Recaredo al catolicismo data de dos años antes, no pueden atribuirse motivaciones religiosas a la ofensiva. La derrota de los francos es completa y hay que considerar este encuentro como el final de los intentos francos por recuperar esa zona del territorio galo. Por lo que se refiere a las relaciones con los bizantinos establecidos en la zona costera sur, único reducto todavía no dominado por los visigodos en tiempos de Recaredo, las intervenciones fueron escasas desde el punto de vista militar y un tanto problemáticas desde el punto de vista religioso, en función de las supuestas atribuciones de una y otra zona sobre puntos concretos de la Cartaginense.
El reinado de Recaredo, pese a los levantarnientos de principios, el del dux Argimundo y la intervención contra los francos, puede considerarse, en líneas generales, pacífico.


La sucesión al trono

La sucesión de Recaredo se realizó bajo el signo de la rebelión interna y del derrocamiento: Liuva II, hijo natural de Recaredo, fue destituido al cabo de año y medio de reinado por Witerico (603-610), a su vez, derrocado y asesinado siete años después. Todo ello nos habla de una intensificación dentro de la nobleza de la política de facciones.
El reinado de Witerico se caracteriza por los intentos de aplicar una política enérgica, tanto en el terreno de los contlictos exteriores como interiores. Aprovechándose de que Bizancio tenía planteados problemas de envergadura en la parte oriental del Imperio con los persas, y en la occidental con los lombardos en Italia, lanza ofensivas contra el territorio bizantino en Hispania. En política interior representa una reacción frente a la llevada por Recaredo, considerada favorable a la nobleza, por cuanto ataca a ciertos sectores de la misma y limita, por lo general, sus prerrogativas. Esto podría justificar el malestar creciente que desembocaría en su asesinato.

En el año 610 sube al trono Gundemaro, quizá apoyado por el sector de la nobleza que ha eliminado a Witerico. Su reinado sólo abarca dos años. Desde la consideración de su política exterior responde a un esquema a partir de ahora muy frecuente: a continuación de un monarca que aplica una política rigurosa y enérgica contra la nobleza, intentando salir del círculo vicioso que representan las concesiones exigidas por ella para prestar su apoyo al rey, surge otro monarca de política filonobiliaria. Este parece ser el caso de Gundemaro, que fallece de muerte natural.
Durante su reinado se promulga un decreto por el que se reconoce a Toledo la categoría de metrópoli de la provincia Cartaginense y no de la Carpetania, tal como se le venía titulando, cuestión aparentemente religiosa, pero de raíces mucho más amplias. Se traslucen aquí las repercusiones en el terreno religioso de un problema político. El poder bizantino va debilitándose progresivamente en la Península hasta llegar un momento en que es posible darle el carácter de ilegítimo desde el punto de vista de la administración eclesiástica, aun cuando haya que seguir aceptando la presencia real de contingentes bizantinos. Contra ellos y contra los vascones dirige algunas expediciones Gundemaro, mientras procura llevar una política amistosa con los francos.

La figura de Sisebuto (612-621) destaca por su acusado intervencionismo en los asuntos eclesiásticos, participando decididamente en el nombramiento de obispos; también es conocida su colaboración activa en la literatura de la época, tanto en calidad de autor corno de protector. Por otra parte, en los primeros años de su reinado impone una política religiosa ferozmente antijudía. Este último punto, que suele atribuirse a planteamientos de carácter ideológico, no excluye, sin embargo, la intervención de otros factores. Resulta interesante comprobar que la actitud de casi todos los monarcas que adoptan medidas en contra de los judíos suele ser favorable a la nobleza.

A la primera parte de su reinado corresponden también sus campañas contra los bizantinos (recupera Málaga) y contra los pueblos insurrectos del norte de Hispania: vascones y rucones. Como en el caso de sus antecesores, esta actitud coincide con una Política de amistad con los francos, virtuales y poderosos enemigos.

La asociación al trono de su hijo Recaredo II no dio los resultados apetecidos de continuidad, ya que murió a los pocos dias. Al nombramiento del nuevo monarca Suintila (621-631) se procedió por elección. Su puesto de dux Prouinciae durante el reinado anterior es característica que se repetirá con relativa frecuencia en los monarcas elegidos a partir de ahora.
Siguiendo la política de Sisebuto pretende conseguir la unidad territorial. Para ello apunta a los mismos frentes que Sisebuto: los vascones y los bizantinos. El momento para atacar a estos últimos era favorable, ya que el Imperio estaba totalmente abocado a la solución de los problemas planteados por los persas en oriente y la península itálica. Suintila es, pues, el primer rey visigodo que logra imponer teóricamente su poder sobre la Península entera, al expulsar definitivamente a los bizantinos del sur de la misma. En cuanto a la campaña contra los vascones, que hacían frecuentes incursiones sobre la Tarraconense, son también favorables a los visigodos. Suintila, además, parece haber organizado un sistema de líneas defensivas sobre la parte oriental del territorio ocupado por los vascones, en el cual destaca la plaza fuerte de Ologicus. Toda esta actividad militar hay que situarla en los primeros años de su reinado.

Basándose en un retrato de Suintila altamente elogioso en la versión larga de las Historias de Isidoro de Sevilla, se han intentado reconstruir las tendencias de este monarca en política interna. El hecho de que Isidoro pueda ser considerado representante de la nobleza eclesiástica induce a pensar que las grandes alabanzas que dedica a Suintila deben coincidir con un período de su reinado presidido por la política filonobiliaria. El que este tipo de política no sea susceptible de extenderse a todo su reinado parecen confirmarlo las actas del Concilio de Toledo celebrado en el año 633, durante el reinado de su sucesor, en el que los obispos reunidos señalan que el rey había procedido a la confiscación de bienes eclesiásticos; otras fuentes también nos hablan del mal trato inferido por Suintila a los nobles. Conjugar estos dos tipos de noticias, en principio contradictorias, equivale a aceptar dos etapas en el gobierno de Suintila: la inicial, favorable a la aristocracia, y la siguiente, que podríamos llamar autoritaria si damos al término el valor de refuerzo del. poder real; esta última Postura, dada la configuración de la sociedad, llevaba a un enfrentamiento con la nobleza de modo inevitable. Sintomático de esta segunda etapa se considera la asociación de su hijo Ricimero al poder.
Si la reconstrucción de los hechos es válida, las consecuencias de adoptar medidas contrarias a la nobleza no se hicieron esperar mucho. En el 631, en la Galia Narbonense se produce un levantamiento encabezado por Sisenando, dux de la provincia, apoyado por los francos; al igual que diez años antes Suintila, es nombrado rey por elección después de haber pasado a Hispania y de haber sitiado y tomado Zaragoza, donde se encontraba Suintila y su familia, que se entregaron.
La proclamación de Sisenando como monarca (631-636), resultado de un acto ilegal frente al poder real, necesitaba un apoyo, que no adquirirá hasta la Celebración del Concilio IV de Toledo (633). El lapso de tiempo transcurrido desde el nombramiento (631) y la celebración del Concilio dos años más tarde hacen buscar una justificación al retraso. El hallazgo de una moneda en la zona de Mérida con la leyenda Ludila rex sugiere la posibilidad de que después del 631 se produjera en el sur algún levantamiento contra Sisenando; se ha querido explicar que la rebelión fuese en el sur acudiendo a la recuperación por Suintila de los territorios ocupados por los bizantinos y a su posible reparto entre sus lideles; éstos mantendrían un foco de descontento que acabaría en el enfrentamiento a Sisenando. A favor de esta hipótesis apunta que el movimiento se produjera a comienzos del reinado. Sólo la reducción de ese núcleo rebelde permitiría la convocatoria del Concilio.
La inestabilidad del poder real era bien conocida por Sisenando: él mismo había derrocado a Suintila, y, como hemos visto, hay indicios para pensar que otros habían intentado lo mismo con él. Era urgente la creación de una normativa y, tanto o más, su aceptación por la nobleza. Estas dos rinalidades cumple el Concilio IV de Toledo. El rey debe ser elegido por los obispos y la aristocracia laica, y deben jurarle fidelidad; puesto que la legitimidad del rey está basada en la elección y juramento posterior de fidelidad al elegido, todo aquel que atente contra el rey incurre en sacrilegio. La participación de los obispos en la elección conduce tal vez a un progresivo intervencionismo del rey en los nombramientos episcopales. Al mismo tiempo se adoptan una serie de medidas restrictivas del poder real, impidiéndole actuar como juez único en causas capitales y civiles. Es evidente el contenido marcadamente político del Concilio, aunque se incluyen algunos puntos de carácter eclesiástico, como la unificación del rito en toda Hispania, y matizaciones sobre la aplicación en las normas de Sisebuto referidas a los judíos.
Nada más se conoce sobre el reinado de Sisenando, pero el hecho de que falleciera de muerte natural en el año 636 suscita la idea de que logró mantener el favor de la nobleza en parte.


Feudalización visigoda

El clima de inseguridad perceptible a través de las disposiciones tomadas en el IV Concilio de Toledo no es exclusivo del reinado de Sisenando, ni hay que atribuirlo solamente al interés del mismo por legalizar una situación anómala en su caso. Sus raíces son profundas y, en última instancia, hay que achacarlo a la estructuración misma de la sociedad, que evoluciona en el sentido de la feudalización. El sucesor de Sisenando, Chintila (636-639), parece buscar también en la celebración de un concilio un apoyo a su poder personal. En efecto, el Concilio V de Toledo (636) sigue legislando sobre cuestiones políticas, intentando poner remedio a la creciente inestabilidad. Una de las decisiones tomadas es la de prohibir la confiscación de las donaciones hechas por un rey a sus fideles. De este modo puede pensarse que se intentaba impedir la ampliación de la clientela de los futuros reyes, ya que al limitarse la posibilidad de las confiscaciones se limitaba automáticamente también la posibilidad de nuevas concesiones, dando una cierta estabilidad al soberano entonces en el poder. Se reiteran las medidas en el Concilio VI de Toledo (638), y en el punto que trata de la elección del rey se insiste en que sea de estirpe gótica. La insistencia en la convocatoria de un nuevo concilio apenas transcurrido año y medio del anterior y noticias posteriores hacen pensar que es real la amenaza de rebeliones durante el reinado de Chintila. De manera sintomática, que nos lleva a pensar en un predominio claro de los intereses de la nobleza eclesiástica, y en el comportamiento poco enérgico del monarca, encontramos de nuevo una brutal política antijudía, esta vez con amenazas de expulsión.

Del reinado de Tulga, que se prolonga durante dos años, no tenemos noticia alguna. Sólo sabemos de su deposición a manos de Chindasvinto, probablemente dux de alguna provincia. Las medidas repetidamente tomadas en los Concilios, destinadas a impedir los derrocamientos, no habían dado el resultado apetecido, impuestas como estaban por una estructura contradictoria.

Los años que van desde la coronación de Recaredo (586) hasta la torna del poder por Chindasvinto (642) significan un proceso, solo interrumpido esporádicamente, de predominio de la nobleza sobre el poder real. Tentativas, ni siquiera confirmadas, de Suintila para atajar el riesgo, no representaron nada dentro del conjunto. Los reyes buscan el apoyo de los Concilios, en un intento de proteger el poder personal mediante leyes y amenazas de excomunión, pero cada vez que intentan imponer el poder así protegido en contra de los intereses de los nobles, éstos advertirán bien claro que el rey puede dejar de serlo en cuanto la nobleza le retire su apoyo. Los nobles toleran al rey en tanto que representa sus intereses.

Un intento serio de cortar radicalmente el peligro se fragua en los reinados de Chindasvinto (642-653) y de Recesvinto (653-672), especialmente del primero. Frente a la adaptación a las circunstancias de que parecen dar muestras los monarcas anteriores, Chindasvinto, llegado al poder a los setenta y nueve años, se propone fortalecer la institución monárquica y el centralismo del poder. Parte de la misma situación que en la época de Leovigildo, pero ya en un estadio más avanzado. Atendiendo a esa realidad, los fines perseguidos por Chindasvinto no pueden lograrse más que aplicando luna serie de medidas en distintos campos: control de la nobleza, eliminando a los incontrolados; confiscación de bienes en provecho del rey; creación de un cuerpo de nobles adictos a la persona del monarca beneficiarios de las anteriores confiscaciones; exaltación de la institución monárquica.

Con esa idea, la primera medida tomada por Chindasvinto, apoyado en principio por una parte de la nobleza -ahí está patente la contradicción inherente al sistema: para conseguir fortalecer la institución monárquica necesita recurrir a la nobleza-, es deshacerse de aquellos otro,.; nobles que no son partidarios suyos. Con esa resolución consigue a la vez dos de los fines fijados: eliminación de enemigos y aumento del patrimonio como consecuencia de las confiscaciones, con la posibilidad de favorecer con donaciones a sus partidarios. En este último punto la política pone de nuevo de manifiesto las contradicciones, puesto que el grupo favorecido que le apoya no puede ver con buenos ojos el aumento del poder económico del monarca, que a la larga podría suponer una progresiva independización del mismo respecto a la nobleza.

La actividad legislativa, marginal a los Concilios, recuerda inmediatamente a la emprendida por Leovigildo. Existe una coincidencia evidente entre los planteamientos de ambos y los expedientes a los que recurren, mucho más violentos en Chindasvinto, tal vez por el deterioro de la situación y la necesidad de aplicar un procedimiento riguroso. La convocatoria de un Concilio en el 646, el Vll, parece haber tenido como finalidad primaria obligar a jurar la ley a magnates y obispos y a hacerla ratificar con sanciones eclesiásticas para quien no la cumpla. El ambiente coercitivo se refleja en las sanciones impuestas a los religiosos que no comparezcan ante los jueces; de hecho, el interés mostrado por Chindasvinto por conseguir que Eugenio fuese nombrado obispo de Toledo haciéndole abandonar Zaragoza en contra de su voluntad y de la de Braulio, indica un enfrentamiento con parte de las jerarquías eclesiásticas toledanas, y no debe considerarse ajeno al plano de la política general, igual de dura con la nobleza laica y con la eclesiástica.
Resulta difícil de explicar, dentro de ese mismo contexto general, la petición hecha al rey por dos representantes de la jerarquía eclesiástica: Braulio, de Zaragoza, y Entropio, de Valencia, junto con un funcionario civil.
En el año 649 le ruegan a Chindasvinto que asocie a su hijo Recesvinto al trono. Se ha querido ver en esa solicitud un intento de paliar la dureza del régimen de Chindasvinto por medio de la persona de su hijo, menos radical en muchos aspectos. Ahora bien, resulta extraña esa actitud si se admite que la asociación al trono era una de las medidas peor vistas por la nobleza visigoda y que el IV Concilio de Toledo había sancionado el procedimiento electoral. Independientemente de las razones que indujeron a la petición, Chindasvinto aceptó, asoció al trono a Recesvinto en el año 649 y juntos gobernaron hasta el año 653. A este período conjunto de gobierno corresponde, al parecer, el levantamiento de Froja en la Tarraconense, aunque no puede excluirse la posibilidad de que la rebelión se produjera en los primeros años del reinado de Recesvinto. El movimiento insurgente, aunque reducido, es síntoma inequívoco de que los grupos disidentes de la nobleza son todavía poderosos y no han sido erradicados.

La actitud de enfrentamiento con la nobleza tuvo como secuela inevitable una cierta tensión con los pueblos limítrofes: vascones y francos, donde pudieron haberse acogido los nobles enemigos de Chindasvinto que, habían escapado a la muerte. Pueden seguirse los rastros de alguna expedición en contra de los vascones, quizá excedidos en función de la escasa intervención de monarcas anteriores.

Recesvinto comienza a reinar sólo en el año 653, y con él cambia ligeramente de signo la política emprendida por su padre. Casi inmediatamente se reúne el Concilio VIII de Toledo (653). De sus resoluciones se deduce que, a pesar de mantener una política enérgica frente a las exigencias que se le plantean, Recesvinto ha tenido que pactar y transigir en algunos aspectos. Uno de los fundamentales es el referente al fortalecimiento económico personal del rey. El Concilio, integrado por nobles y obispos, decide que los bienes adquiridos por Chindasvinto tras su acceso al trono deben pasar a la Corona. Recesvinto, al parecer, ante la imposibilidad de oponerse tajantemente a tal decisión, promulga una ley donde se precisa que será propiedad de la Corona todo lo acumulado por los reyes desde Suintila, en virtud de su cargo, no personalmente, asegurándose así el derecho a disponer de esa última parte.

En otros aspectos, Recesvinto da la sensación de haber hecho concesiones; a ello podría apuntar la renovación de la política antijudaica, esta vez recogida en la legislación. En ese mismo terreno de la actividad legisladora hay que destacar la mayor moderación de Recesvinto con respecto a su padre; asimismo se produce una transferencia de poderes a raíz de la reforma administrativa emprendida. En virtud de ella, los funcionarios militares se hacen cargo de los asuntos desempeñados por los funcionarios civiles, medida que resulta paralela a la ampliación de poder de los duces prouinciae. Esta inclinación a favor de las atribuciones de los funcionarios militares no es más que la expresión visible del avanzado estado de feudalización. El Liber ludicum resultado de los esfuerzos de Chindasvinto y Recesvinto se promulga en el año 654, convirtiéndose en el único texto legal válido ante los tribunales.

Los actos más visibles del reinado de Recesvinto: la convocatoria del Concilio Vlll de Toledo y la promulgación del Liber Iudicum pertenecen a los dos primeros años tras la subida al poder. Desde esa fecha pocas son las noticias que conservamos, aunque llama poderosamente la atención la ausencia de convocatorias de Concilios para deliberar sobre asuntos políticos. La celebración del Concilio X de Toledo, de ámbito nacional, no da entrada a cuestiones de carácter político y quizá en ello estribe la escasa asistencia al mismo.

La presencia de dos grandes bloques: nobleza laica y eclesiástica, frente al rey y sus partidarios -grupo también nobiliario- es una cuestión de hecho, aceptada. A partir de ese momento ninguno de los reyes que vengan a continuación intentará solucionar el problema en su raíz, sino procurando adaptarse a las circunstancias derivadas de una organización social que no admite cambios.


Parodia sobre el periodo hispano godo, realizado por Gallego y Rey


Anarquía y destrucción del reino

El período que se abre con Wamba (672-680) y termina con la entrada de los musulmanes en Hispania (711) suele tratarse conjuntamente, en virtud de esa tónica común que podríamos designar de supervivencia. El carácter independentista de la nobleza lleva a una fragmentación cada vez mayor: cada dux prouinciae cuenta con sus propios medios de imponerse sobre la zona y, a su vez, cada uno de los nobles que dependen de él cuenta con posibilidades de actuar independientemente. Ante esa situación, el recurso a las instancias teocráticas de poder se hace más apremiante. Wamba es elegido el mismo día de la muerte de Recesvinto (672) y por primera vez tenemos el testimonio de la unción del monarca: es el eslabón subsiguiente al ya aceptado y sancionado intervencionismo del el episcopado -junto a la nobleza laica- en la elección.

Tal como ha venido sucediendo en reinados anteriores, durante el de Wamba se produce un levantamiento nobiliario, en este caso en la Galia Narbonense. El que en las historias se conceda lugar especial a este acontecimiento no se debe a su mayor importancia respecto a otros hechos semejantes, sino a la información exhaustiva que sobre él poseemos en la Historia Wambae regís seu rebellionis ducis Pauli de Julián de Toledo. Tan interesante como la exposición de los hechos son las consecuencias que de él se derivan. Wamba, ante la rebelión de la Galia Narbonense, envía a pacificarla a Paulo, probablemente dux de la Septimania; éste, a su vez, se rebela con el fin de derrocar a Wamba. A Paulo se le une el dux de la Tarraconense, de modo que Paulo es elegido rey por los nobles de la Narbonense. Wamba, ante la peligrosa situación, atraviesa los Pirineos por varios puntos y acaba con la rebelión. El no tener noticias tan detalladas sobre otros levantamientos nos impide establecer comparaciones, pero es de suponer que su desarrollo sería similar al de otros muchos; de todos modos existen datos relacionados con una mayor gravedad de la situación general del reino. Una vez vencido Paulo, dice Julián de Toledo que Wamba restituyó los bienes robados a la Iglesia, renovó los cargos administrativos de la Narbonense y expulsó a los judíos de esa zona, medidas todas que apuntan a un intento de asegurar la pacificación de ese territorio. Ahora bien, la subsiguiente promulgación de una ley militar nos pone en aviso de circunstancias más graves de lo habitual. En el caso de una posible incursión del enemigo sobre las fronteras del reino o, en caso de rebelión militar, todos los que se encuentran en un radio de cien millas deberán acudir al llamamiento de los jefes militares con las tropas que puedan reunir, sin excluir al clero. Esto es indicio inequívoco de que en el caso de Paulo muchos nobles se habían resistido a prestar los servicios exigidos, evidenciándose de ese modo la independencia, de hecho, de la nobleza frente al poder real, y confirmándose al mismo tiempo la dependencia de los grupos armados de la nobleza que los aglutina. A aumentar dicha dependencia contribuye la progresiva desaparición de hombres libres en el ejército, que han ido siendo sustituidos por esclavos.

De las quejas formuladas por los obispos en el Concilio Xll de Toledo (681), celebrado durante el reinado de su sucesor Ervigio, Puede deducirse una política de Wamba poco favorable a la nobleza eclesiástica. En ese sentido cobra interés el que, al igual que sucedió con Recesvinto, el concilio celebrado durante el reinado de Wamba no atendiera más que a aspectos puramente eclesiásticos, hecho que hace suponer una cierta independencia de Wamba frente a las jerarquías eclesiásticas, y ayuda a comprender el extraño final de su reinado.

Víctima, según se nos cuenta, de una repentina enfermedad, no se sabe si provocada o no, Julián de Toledo lo somete al rito de la penitencia pública. Posteriormente se recupera, pero inhabilitado para reinar por el rito aplicado, tuvo que retirarse a un monasterio. El resultado es el nombramiento de Ervigio.

Ervigio (680-687) parece haberse apoyado, desde un principio, en las jerarquías eclesiásticas, por contraste con Wamba, y tal vez en respuesta a la colaboración ofrecida en el derrocamiento del mismo. Esta actitud coincide con el desarrollo de una política notijudaica, que luego se vería confirmada en el Concilio XII de Toledo (681). El Concilio XIII (683) vuelve a ocuparse de cuestiones de tipo civil: devolución de bienes confiscados a los participantes de la rebelión de Paulo, con ampliación del perdón hasta época de Chintila; condonación del pago atrasado de impuestos a los nobles. Esto, unido a las dificultades puestas al nombramiento de gentes de condición servil para ocupar cargos de palacio, son síntomas de un retroceso en las atribuciones del rey, que se ve obligado a aceptar también el habeas corpus de la nobleza visigoda. Por el Concilio XIII de Toledo tenernos noticias de que se encargó la revisión del Liber Iudicum a una comisión probablemente compuesta por la nobleza laica y la eclesiástica.

Después del año 683 no se vuelve a convocar otro Concilio y nos quedamos sin saber cuál fue su política a partir de esa fecha. No tenemos en cuenta el Concilio XIV de Toledo, durante el reinado de Ervigio, porque su única finalidad se reduce a ratiflcar las decisiones del Concilio IlI de Constantinopla (680-681), a petición del Papa León II.

En el año 687, Ervigio abdica en su yerno Egica (687-702), tal vez presionado a tomar tal decisión. A juzgar por las noticias que sobre él nos ha transmitido la llamada Crónica del 754, su política fue dura con los nobles, ya que se habla de exilios y de renovación de cargos palatinos.

El agudizamiento de la inseguridad personal del rey se observa simultáneamente en la legislación: nadie puede vincularse por juramento a nadie si no es al rey y el ejército real admite el enrolarniento de libertos manumitidos por orden regia. En los dos casos se trata de tentativas regias de no depender exclusivamente de, la nobleza y revela las líneas generales de la actitud seguida. A esta época debe corresponder el más intenso grado de malestar, que culmina en la rebelión de un grupo de nobles, entre los que se contaba Sisberto, arzobispo de Toledo. Esta rebelión es sofocada por Egica. Tal vez la más feroz persecución de nobles, acompañada de las correspondientes confiscaciones, se relaciona con este hecho. A pesar de todo, la situación era claramente irreversible; no se sabe si la moneda acuñada en Toledo con el nombre de Sinifredo responde a ese levantamiento o a otro.

La debilidad interna del reino visigodo, atribuible primordialmente al enorme fraccionamiento del poder, no repercute todavía en la política exterior. El ataque de la flota bizantina sobre las costas de Murcia, durante el período coincidente con la asociación al trono de su hijo Witiza (700-702), es rechazado por el gobernador de la zona: Teodomiro.


Roderico (Rodrigo), último rey visigodo de la Hispania

Con el reinado de Witiza (702-710) se suavizó la postura de su padre: hizo volver del exilio a los nobles expulsados por Egica, les devolvió los bienes confiscados y les restauró en sus cargos. Nada más sabemos de su reinado, que coincide con la progresiva expansión del Islam por el norte de Africa.
La sucesión debió de enfrentar ampliamente a dos grupos de la nobleza, partidarios los unos de la familia de Witiza, los otros de Rodrigo, por ellos elegido. Nombrado Rodrigo, la invasión de los árabes se produce en el momento en que está empeñado en una campaña contra los pueblos del norte. Después de ser derrotado Rodrigo en Guadalete, las tropas musulmanas avanzan hacía el norte hasta ocupar Toledo; esta ocupación supone el final de toda resistencia ante el invasor, que únicamente continuaría en núcleos aislados. Las luchas intestinas en el seno de la propia nobleza, incluso posteriormente a la invasión, facilitaron en gran manera la ocupación de la Península por los árabes. Todavía, sin embargo, antes de que los invasores ocuparan la zona oriental de la Tarraconense se nombró un monarca visigodo: Agila II, cuyo reinado termina en el año 715.



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CRONOLOGÍA DE LOS REYES VISIGODOS

EL REINO TOLOSANO

Ataúlfo (410-415).
Sigérico (415).
Walia (415-418).
Teodorico I (418-451).
Turismundo (451-453).
Teodorico II (453-466).
Alarico Il (484-507).

 

Wamba (672-680).
Ervigio (680-687.
Egica, rey único (687-698 / 700).
Egica y Witiza (698 / 700- 702).
Witiza, rey único (702-710).
Rodrigo (710-711).

EL REINO ARRIANO ESPAÑOL

Gesaleico (507-510).
Almalarico, bajo la regencia de Teodorico (510-526).
Amalarico, rey independiente (526-534).
Theudis (534-548).
Theudiselo (548-549).
Agila (549-555).
Atanagildo (555-567).
Liuva I (,567-568).

Liuva I y Leovigildo (568-571 / 72).
Leovigildo (571 / 72-586).


CRONOLOGÍA DE LOS REYES SUEVOS DE GALLAECIA

Hermerico (409-438).
Hermerico y Rékhila (438-441).
Rékhila, rey único (441-448).
Rekhiario (448-456).
Agiulfo (456-457).
Framtan (457).
Remismundo y Maldras (457-469).
Remismundo y Frumario (460-464).
Remismundo, rey único (464-469).
Kharriarico (550?-559).
Teodomiro (559-570).
Miro (570-583).
Eborico (583-584).
Audeca (583-585).

EL REINO VISIGODO CATÓLICO

Recaredo (586-601).
Liuva II (601-603).
Witerico (603-610).
Gundemaro (610-612),
Sisebuto (612-621).
Recaredo Il (621).
Suinthila (621-631).
Sisenando (631-636).
Shintila (636-639).
Tulga (639-642).
Shindasvinto, rey único (642-649).
Shindasvinto y Recesvinto (649-653).
Recesvinto, rey único (653-672).