Los Visigodos en la Hispania

Los Bárbaros Asaltan el Imperio

l problema de las grandes invasiones germánicas que se abatieron sobre el Imperio Romano a partir de finales del siglo IV es muy complejo y presenta diversos aspectos. Se puede contemplar bajo el prisma de la historia militar, o bien de sus efectos sobre los territorios donde se asentaron. El primer problema grave que se plantea es el de saber por qué se produjeron tales invasiones, Ante todo debe rechazarse cualquier explicación que intente basarse en una sola y exclusiva causa. Deben tenerse en cuenta las debilidades de los invadidos, es decir, del Imperio Romano, como consecuencia del bajo nivel demográfico, mala administración y malestar social, principalmente, debilidades que sin duda debieron facilitar las cosas enormemente. Por otra parte, las grandes invasiones no son un hecho aislado y de aparición súbita. En el siglo II a.C. ya habían existido los primeros intentos migratorios de los germanos hacia las tierras mediterráneas: la conquista romana y la posterior edificación del limes renano y del Danubio, los contuvieron durante largo tiempo.

Pero, de nuevo, a finales del siglo II y en el III se produjo una gran oleada invasora que sacudió muy profundamente los cimientos del Imperio Romano. Tras un nuevo intervalo -producto posiblemente de la gran labor de reconstrucción de las fronteras por los emperadores llirios- se produjo, a partir del último tercio del siglo IV, un segundo y definitivo asalto.¿Cuáles eran las causas profundas de estas periódicas pulsaciones migratorias de los pueblos germanos? Se han aducido causas cismáticas, demográficas y sociológicas, movimientos de pueblos de las estepas (hunnos, principalmente) ... Todos estos factores debieron tener su influencia en uno u otro grado.


Reconstrucción del guerrero sajón de Sutton Hoo
Pero ante todo conviene tener muy presentes los cambios ciertos y fundamentales que se produjeron en las agrupaciones sociales del mundo germánico durante los primeros siglos de nuestra era. Algunos escritores grecolatinos nos han dejado noticias diversas sobre el mundo germánico de su tiempo, noticias que no siempre concuerdan, mostrando una gran diversidad en sus diferentes divisiones o clasificaciones étnicas. Tradicionalmente se ha solido dividir a las estirpes germanas atendiendo a sus aspectos lingüísticos en tras grandes grupos:

                        a) Nórdicos,   b) germanos del Oeste,   c) germanos del Este.  

Ahora bien, esta división tradicional -y que nosotros, en parte por comodidad y una más fácil comprensión, seguimos utilizando- no corresponde en absoluto a una real diversidad étnica o cultural comprobable en la facies arqueológicas; incluso desde un punto de vista exclusivamente lingüístico parece hoy en día ponerse en duda. E. Schwarz distingue, por ejemplo, entre: a) germánico continental, b) gotoescandinavo, c) germánico del mar del Norte, d) germánico del Elba. Arqueológicamente, K. Mildenberge diferencia nada menos que nueve grupos culturales diferentes. Pero tal vez más interesante que todas estas divisiones sea constatar que las poblaciones que habitaban la Germania sufrieron durante los siglos II y III un proceso evolutivo conducente a un evidente progreso social y económico, explicitado en corrientes tendentes a una unificación en sus estructuras sociales y económicas. Las razones de dicho proceso fueron fundamentalmente de orden interno, concretándose ante todoconcretándose ante todo en la extensión inusitada de un tipo de explotación agrícola que los arqueólogos alemanes conocen como propia de los Haufendórfer y en el gran fortalecimiento -económico, social y político- de una nueva clase dirigente de grandes señores de la tierra ligados entre sí por lazoslazos de parentesco y de asistencia mutua.

Parece indudable que en este proceso debió jugar un papel de cierta importancia el contacto con el mundo romano: en este sentido no debe perderse de vista que los llamados primeros reinos se fundan en regiones cercanas al limes. Esta nueva clase dirigente ha sido detectada. fácilmente por la prospección arqueológica.  Por esa época empieza a ser frecuente encontrar los restos de grandes edificaciones que, contra lo que era habitual en la casa germánica común, carecen de establo, encontrándose, en cambio, rodeadas por alguna obra de fortificación, así como se hallan con frecuencia en sus cercanías un cierto número de almacenes. En las tumbas, también por la misma época, empieza a distinguirse claramente una diferenciación social Más profunda. Destacan algunas tum­bas e . o las que se ha depositado un ajuar .muy rico, con abundancia de objetos de lujo importados del mundo romano, de lo que se deduce cuánto se encontraba ya influenciado por la cultura grecorromana el género devida de la nueva clase dirigente. De esta forma, y gracias a los estudios renovadores de investigadores alemanes de la posguerra -tales como Dannenbauer, Schiesinger, Mayor-, Podemos actualmente afirmar que en la época inmediatamente anterior a las grandes invasiones las instituciones de los pueblos germánicos tenían ya un fuerte carácter aristocrático. Era ya esta aristocracia la que determinaba la suerte futura de cada una de las agrupaciones tribales, al tiempo que sus intervenciones se convertían en decisivas en las antiguas asambleas tribales.

Conviene que analicemos un poco cuáles fueron las palancas que permitieron alcanzar a esta nueva aristocracia su supremacía política, social y económica.
Soberanía doméstica. Parece ser que en principio hay que poner como base de todo poder social y político lo que se conoce con el nombre de Haus­herrschaft (soberanía doméstica). Es decir, en un momento determinado se ha concentrado en manos de unos pocos un dominio territorial -una unidad económica- sobre el que ejerce pleno poder de soberanía, lo que se llama munt, el señor de la casa, Este munt alcanza a todos los que habitan y trabajan para su propiedad, que puede incluso abarcar a una aldea entera. Entre estos últimos hay que señalar, por una parte, a indi­viduos de condición no-libre, esclavos siem­pre asentados en la tierra, pero sobre todo a una clase de semilibres -a los que las fuentes de época posterior llaman lites, laten, etcétera. Muy enraizadas con esta Hausherrschaft es la institución de las clientelas de personas de condición no libre unidas al señor por un lazo estrecho de obediencia. Muy cercana también a esta forma de dependencia estaba la que se conoce bajo el nombre alemán de Gefolge (séquito), por medio de la cual numerosos hombres de condición libre se unían con un lazo de fidelidad y mutua ayuda a un señor.                             

 
Mapa con las invasiones germánicas
(pulsando encima se verá más grande)

Como se vera sumamente clara la significación social de esta institución: su progresiva extensión no cabe duda que aumentaría el poder económico y político del señor, sobre todo si se tiene en cuenta que muchos de los componentes de la Gefolge eran guerreros. De todas formas hay que destacar siempre la estrecha unión en sus orígenes de esta institución con la soberanía doméstica antes señalada y con esa clientela servil; piénsese que siempre continuo existiendo una Gefolge compuesta de aldeanos, y que en épocas posteriores a los miembros de ciertas Gefoígen de un status social bastante elevado -pues se trataba de Gefolgen rea­les-- conservan nombres que, como gardingi (visigodos) y gasindi (lombardos); hacen referencia a un primitivo origen doméstico o incluso servil. Pero sin duda hay que destacar que las Gefolgen compuestas de guerreros tenían unas posibilidades de evolución muy grandes, sobre todo en épocas tales como la de las grandes invasiones y fundación de los reinos germánicos. Muchas de las realezas germánicas de tiempos de las invasiones tienen su origen en la institución de la Gefolge. Se trataba ciertamente de la elección como Heerkónig (rey del pueblo en armas) del jefe de una de estas Gefolgen constitui­das por guerreros; es, en dichos tiempos, cuando en los «séquitos» pueden entrar a formar parte gentes de condición social ele­vada -grandes propietarios, jefes a su vez de otros «séquitos»-, estableciéndose de esta forma una verdadera jerarquía dentro de las Gefolgen. Junto a esta poderosa aristocracia también se daba en muchos pueblos -sobre todo en los del llamado grupo óstico- una rea­leza que en su origen pudo tener un cierto carácter divino. Y, desde luego, en todas las agrupaciones tribales en tiempos de guerra se elegía a unos líderes -duces, según los escritores latinos- de entre los nobles, cuyo poder, naturalmente, dependería mucho de la amplitud de sus propias Gefoigen y de su fortuna militar. Por todo ello no resulta difícil de comprender que con las invasiones uno de los grandes vencedores fuera la ins­titución monárquica, que se beneficio enormemente de la partición de tierras, de la estructura del pueblo con vistas al Ejército y del contacto con las formas monárquicas absolutas del Bajo imperio. Un último aspecto a resaltar, en lo que respecta a la organización y estructura de los germanos en el momento de las grandes invasiones, es sin duda el mecanismo de formación de las grandes unidades populares -o, si se quiere, nacionales- germánicas, proceso conocido por la erudición tudesca como Stamrnesbildung. No cabe duda que siempre ha sorprendido la facilidad con que aparecen en el escenario histórico grandes agrupaciones populares con unos nombres y una cultura «nacionales» muy definidos, así como, por otro lado, la facilidad con que pueden desaparecer sin dejar el menor rastro ante los primeros descalabros milita­res. La explicación más satisfactoria de estos fenómenos es sin duda la ofrecida por el historiador de Gáttingen R. Wenskus, La mayoría de los pueblos germánicas compor­tan como elemento aglutinante una realeza dinástica en torno a la cual se adhiere con fuerza un núcleo reducido portador del nombre y de las tradiciones nacionales (del Stammo). Mientras este núcleo pueda resis­tir, la agrupación popular se salvará, pues continuamente podrá ir aglutinando y dando cohesión a elementos muy heterogéneos que serán los que constituirán la gran masa invasora. Esta teoría resuelve, además, otro muy grave problema: la exigüedad de las «patrias», o lugares de origen, asignadas a las grandes estirpes germánicas y la gran importancia que éstas pudieron alcanzar en el apogeo de su carrera. Las grandes oleadas  En lo que podríamos llamar propiamente la historia militar de las grandes invasiones se distinguen claramente varias oleadas o etapas: 1 ) la primera de ellas tuvo como puntos culminantes la batalla de Adrianópolis (378) y el paso sobre el Rhin, helado, en la Navidad del 406, teniendo por protagonistas a pueblos ósticos: se caracterizó por la amplitud de los movimientos migratorios -de las orillas del mar Negro a la Peninsula Ibérica y norte de Africa- y la fundación de los primeros Estados bárbaros en suelo Imperial, 2) la segunda, mucho menos aparatosa, fue, sin embargo, de resultados mucho más duraderos: penetración continuada y en masas cerradas de germanos -francos, alemanes y bávaros- en la Galia y Baviera; 3) la tercera tuvo como resultado principal el establecimiento de los lombardos en Italia y el dominio de los ávaros (pueblo no germano) sobre las estepas de Europa central y oriental. Junto a estas tres grandes oleadas o pulsaciones hubo una cuarta, contemporánea sobre todo de las dos primeras, que se desarrolló sobre la fachada atlántica de Europa, teniendo como principal resultado la germanización -y desromanización- de la Gran Bretaña. Alarico derrota al Imperio  Como hemos dicho, la primera gran oleada se centra en torno a dos grandes hitos: la batalla de Adrianópolis (378) y el paso del Rhin (406), siendo esencialmente obra de los germanos orientales -visigodos, ostrogodos, burgundios y vándallos, más los suevos (germanos occidentales) y los alanos (pueblo de estirpe irania, no germánica). Indudablemente, para el análisis de las causas inmediatas de esta gran invasión hay que recurrir a la observación de lo que estaba por entonces ocurriendo en el trasfondo del mundo germánico: en las grandes y abiertas estepas centroeuropeas y euroasiáticas.



Invasores e invadidos. Dibujo que representa la destrucción de un poblado
germano por los romanos.

Tras una larga emigración desde la lejana isla de Scandia, en el Báltico, los pueblos góticos se encontraban hacia el 230 asentados al norte del mar Negro, donde influenciados por nómadas iranios (alanos) habían adoptado ciertas tradiciones de éstos, al tiempo que fundaban dos poderosos reinos, Allí, a lo largo del siglo IV, sufrieron la influencia de Roma, de donde les llegó incluso el Cristianismo en su credo arriano -lo que sin duda les dio una mayor cohesión y personalidad cultural-. Pero todo ello se desmoronó cuando el principal de estos reinos -el de los ostrogodos- fue derrotado en el 375 por unos recién llegados de las profundidades de la estepa del Asia central, los hunnos. Tras la derrota y muerte del rey ostrogodo, Ermanerico, un pánico indescriptible se iba a apoderar de toda la sociedad goce. Mientras que una porción muy importante, compuesta esencialmente de visigodos, pidió y obtuvo del Imperio ser acogida y establecida en Tracia, otros se asentarían de momento en los Cárpatos y Moldavia bajo el protectorado de los hunnos. Ante el peligro que representaban los godos de Tracia, en continua rebelión ante la explotación de que eran objeto por los traficantes y funcionarios imperiales, el emperador Valente intentó aniquilarlos, pero resultó derrotado y muerto en la terrible batalla de Adrianópolis (9-VIII-378). Teodosio el Grande consiguió apaciguarles, convertirlos en foederati del Imperio, y establecerlos en la evacuada Mesia. Mas nuevas dificultades se avecinaban. Alarico nombrado Magíster militum per Ilyricum, decició, sin embargo, en el 401, dirigirse bruscamente hacia Occidente en busca de botín y provisiones para su pueblo, En Italia, tras numerosos enfrentamientos con Estilicón y Honorio en busca de subsidios, se ve obligado, finalmente, al saqueo de Roma en el 410. Tras los frustrados intentos de Ataulfo por entroncar con la familia imperial, los visigodos serían, finalmente, estabilizados por el patricio Constancio en el sur de las Galias, en el 418. En virtud de su correspondiente tratado de alianza-foedu, los visigodos quedaban acantonados en la Aquitania, donde recibieron tierras en virtud del régimen de la hospitalitas (dos tercios de la propiedad para el «huésped» visigodo), creándose un primer intento de gobierno autónomo en el interior del Imperio Romano. Este intento, conocido como reino de Tolosa, se basó fundamentalmente en una colaboración bastante estrecha entre la poderosa aristocracia senatorial de Aquitania, el régimen imperial y los visigodos. En concreto y según la conocida tesis E. A. Thompson , los visigodos resultaban ser un freno y seguridad ante la peligrosa agitación campesina, conocida como la Bagauda. En está situación no hay que extrañarse que el reino de Tolosa pronto adquiriese un rudimentario aparato administrativo basado en el provincial romano, una organización militar típicamente tardorromana, en la que no fueron raros los elementos galorromanos. De la romanización linguistica y cultural muy rápida de los visigodos en esta época, da cumplida cuenta los fragmentos conservados del famoso Codigo legal de Eurico (466-84), al que hoy se considera unánimemente como «verdadero monumento del derecho vulgar romano». Los acontecimientos antes señalados, sin duda, debieron forzar la ya tradicional presión germana sobre el limes o frontera del Rhin, línea, además, muy debilitada a principios del siglo V por las continuas agitaciones internas del Imperio. Todo ello unido permitió, finalmente, su definitiv la Navidad del 406, lo que determinó la inundación de la Galia, y después de la Península Ibérica, a partir del 409, por un vasto y heterogéneo conglomerado de pueblos, entre los que destacaban los vándalos (asdingos y silingos), suevos y alanos. De esta forma, a partir del 409 la Península Ibérica se vio sometida a un profundo saqueo y destrucción. En esta situación iba a intervenir un nuevo factor y de importancia decisiva a la larga: la actuación en los asuntos peninsulares de los reyes visigodos de Tolosa. Esta penetración, que comenzó a realizarse en nombre de¡ Imperio, acabaría siendo completamente au­tónoma a partir de los años 460 y siguientes. Puesto que va a ser la constitución del reino visigodo de Toledo en el siglo VI el principal acontecimiento en la historia de la Península en todo este periodo, convendría que lo analizásemos un poco más detenidamente. No obstante, será bueno que digamos que como consecuencia de esta intervención silingos y alanos serían casi completamente destruidos entre el 416 y el 418. Los restos de ambas agrupaciones pasarían a engrosar las tilas de los reunidos en torno al núcleo de la monarquía militar de los asdingos: una vez más funcionó aquí el mecanismo de la Stámmesbildung, al que antes aludimos. Esta nueva agrupación popular, mucho más homogénea, tras saquear todo el mediodía peninsular acabaría por trasladarse en el 429 al norte de Africa en número al parecer de unos 80.000 (esta cifra se ha intentado rebajar últimamente por parte de Ch. Courtois). Por su parte, los elementos suevos, sin formar una monarquía unitaria claramente definida, intentarían a partir del 430 dominar más o menos efectivamente todo el Occidente y el mediodía peninsular, con la finalidad manifiesta de tener acceso a los grandes núcleos urbanos de dichas zonas, al tiempo que se veían envueltos en múltiples confrontaciones con la aristocracia gallega. En esta última zona, los suevos lograrían un asen­tamiento bastante estable -tal como en opinión de W- Reinhart parece mostrar la toponimia- en las tierras en derredor de Braga, La posterior intervención del rey visigodo, Teodorico II, a mediados del siglo V, les reduciría ya para siempre a este rincón del noroeste penínsular, donde poco a poco irían llegando a una situación de equilibrio y acomodo con los restos de la aristocracia romana (aunque la documentación es escasísima a esto al menos parece desprenderse de la existencia de un reino de fe católica y bastante homogéneo en la segunda mitad del siglo V). 

Por Luis A. García Moreno,                                                                                                                                                                                      
Profesor de Historia Antigua Universidad Complutense


Guerrero franco, siglo VI,
Ilustración de Angus McBride