Parece indudable
que en este proceso debió jugar un papel de cierta importancia el contacto con
el mundo romano: en este sentido no debe perderse de vista que los llamados primeros
reinos se fundan en regiones cercanas al limes. Esta nueva clase dirigente ha
sido detectada. fácilmente por la prospección arqueológica. Por esa época
empieza a ser frecuente encontrar los restos de grandes edificaciones que, contra
lo que era habitual en la casa germánica común, carecen de establo, encontrándose,
en cambio, rodeadas por alguna obra de fortificación, así como se hallan con frecuencia
en sus cercanías un cierto número de almacenes. En las tumbas, también por la
misma época, empieza a distinguirse claramente una diferenciación social Más profunda.
Destacan algunas tumbas e . o las que se ha depositado un ajuar .muy rico, con
abundancia de objetos de lujo importados del mundo romano, de lo que se deduce
cuánto se encontraba ya influenciado por la cultura grecorromana el género devida
de la nueva clase dirigente. De esta forma, y gracias a los estudios renovadores
de investigadores alemanes de la posguerra -tales como Dannenbauer, Schiesinger,
Mayor-, Podemos actualmente afirmar que en la época inmediatamente anterior a
las grandes invasiones las instituciones de los pueblos germánicos tenían ya un
fuerte carácter aristocrático. Era ya esta aristocracia la que determinaba la
suerte futura de cada una de las agrupaciones tribales, al tiempo que sus intervenciones
se convertían en decisivas en las antiguas asambleas tribales. Conviene
que analicemos un poco cuáles fueron las palancas que permitieron alcanzar a esta
nueva aristocracia su supremacía política, social y económica. Soberanía
doméstica. Parece ser que en principio hay que poner como base de todo poder social
y político lo que se conoce con el nombre de Hausherrschaft (soberanía doméstica).
Es decir, en un momento determinado se ha concentrado en manos de unos pocos un
dominio territorial -una unidad económica- sobre el que ejerce pleno poder de
soberanía, lo que se llama munt, el señor de la casa, Este munt alcanza a todos
los que habitan y trabajan para su propiedad, que puede incluso abarcar a una
aldea entera. Entre estos últimos hay que señalar, por una parte, a individuos
de condición no-libre, esclavos siempre asentados en la tierra, pero sobre todo
a una clase de semilibres -a los que las fuentes de época posterior llaman lites,
laten, etcétera. Muy enraizadas con esta Hausherrschaft es la institución de las
clientelas de personas de condición no libre unidas al señor por un lazo estrecho
de obediencia. Muy cercana también a esta forma de dependencia estaba la que se
conoce bajo el nombre alemán de Gefolge (séquito), por medio de la cual numerosos
hombres de condición libre se unían con un lazo de fidelidad y mutua ayuda a un
señor.
Mapa
con las invasiones germánicas
(pulsando encima se verá
más grande) Como
se vera sumamente clara la significación social de esta institución: su progresiva
extensión no cabe duda que aumentaría el poder económico y político del señor,
sobre todo si se tiene en cuenta que muchos de los componentes de la Gefolge eran
guerreros. De todas formas hay que destacar siempre la estrecha unión en sus orígenes
de esta institución con la soberanía doméstica antes señalada y con esa clientela
servil; piénsese que siempre continuo existiendo una Gefolge compuesta de aldeanos,
y que en épocas posteriores a los miembros de ciertas Gefoígen de un status social
bastante elevado -pues se trataba de Gefolgen reales-- conservan nombres que,
como gardingi (visigodos) y gasindi (lombardos); hacen referencia a un primitivo
origen doméstico o incluso servil. Pero sin duda hay que destacar que las Gefolgen
compuestas de guerreros tenían unas posibilidades de evolución muy grandes, sobre
todo en épocas tales como la de las grandes invasiones y fundación de los reinos
germánicos. Muchas de las realezas germánicas de tiempos de las invasiones tienen
su origen en la institución de la Gefolge. Se trataba ciertamente de la elección
como Heerkónig (rey del pueblo en armas) del jefe de una de estas Gefolgen constituidas
por guerreros; es, en dichos tiempos, cuando en los «séquitos» pueden entrar a
formar parte gentes de condición social elevada -grandes propietarios, jefes
a su vez de otros «séquitos»-, estableciéndose de esta forma una verdadera jerarquía
dentro de las Gefolgen. Junto a esta poderosa aristocracia también se daba en
muchos pueblos -sobre todo en los del llamado grupo óstico- una realeza que en
su origen pudo tener un cierto carácter divino. Y, desde luego, en todas las agrupaciones
tribales en tiempos de guerra se elegía a unos líderes -duces, según los escritores
latinos- de entre los nobles, cuyo poder, naturalmente, dependería mucho de la
amplitud de sus propias Gefoigen y de su fortuna militar. Por todo ello no resulta
difícil de comprender que con las invasiones uno de los grandes vencedores fuera
la institución monárquica, que se beneficio enormemente de la partición de tierras,
de la estructura del pueblo con vistas al Ejército y del contacto con las formas
monárquicas absolutas del Bajo imperio. Un último aspecto a resaltar, en lo que
respecta a la organización y estructura de los germanos en el momento de las grandes
invasiones, es sin duda el mecanismo de formación de las grandes unidades populares
-o, si se quiere, nacionales- germánicas, proceso conocido por la erudición tudesca
como Stamrnesbildung. No cabe duda que siempre ha sorprendido la facilidad con
que aparecen en el escenario histórico grandes agrupaciones populares con unos
nombres y una cultura «nacionales» muy definidos, así como, por otro lado, la
facilidad con que pueden desaparecer sin dejar el menor rastro ante los primeros
descalabros militares. La explicación más satisfactoria de estos fenómenos es
sin duda la ofrecida por el historiador de Gáttingen R. Wenskus, La mayoría de
los pueblos germánicas comportan como elemento aglutinante una realeza dinástica
en torno a la cual se adhiere con fuerza un núcleo reducido portador del nombre
y de las tradiciones nacionales (del Stammo). Mientras este núcleo pueda resistir,
la agrupación popular se salvará, pues continuamente podrá ir aglutinando y dando
cohesión a elementos muy heterogéneos que serán los que constituirán la gran masa
invasora. Esta teoría resuelve, además, otro muy grave problema: la exigüedad
de las «patrias», o lugares de origen, asignadas a las grandes estirpes germánicas
y la gran importancia que éstas pudieron alcanzar en el apogeo de su carrera.
Las grandes oleadas En lo que podríamos llamar propiamente la historia militar
de las grandes invasiones se distinguen claramente varias oleadas o etapas: 1
) la primera de ellas tuvo como puntos culminantes la batalla de Adrianópolis
(378) y el paso sobre el Rhin, helado, en la Navidad del 406, teniendo por protagonistas
a pueblos ósticos: se caracterizó por la amplitud de los movimientos migratorios
-de las orillas del mar Negro a la Peninsula Ibérica y norte de Africa- y la fundación
de los primeros Estados bárbaros en suelo Imperial, 2) la segunda, mucho menos
aparatosa, fue, sin embargo, de resultados mucho más duraderos: penetración continuada
y en masas cerradas de germanos -francos, alemanes y bávaros- en la Galia y Baviera;
3) la tercera tuvo como resultado principal el establecimiento de los lombardos
en Italia y el dominio de los ávaros (pueblo no germano) sobre las estepas de
Europa central y oriental. Junto a estas tres grandes oleadas o pulsaciones hubo
una cuarta, contemporánea sobre todo de las dos primeras, que se desarrolló sobre
la fachada atlántica de Europa, teniendo como principal resultado la germanización
-y desromanización- de la Gran Bretaña. Alarico derrota al Imperio Como
hemos dicho, la primera gran oleada se centra en torno a dos grandes hitos: la
batalla de Adrianópolis (378) y el paso del Rhin (406), siendo esencialmente obra
de los germanos orientales -visigodos, ostrogodos, burgundios y vándallos, más
los suevos (germanos occidentales) y los alanos (pueblo de estirpe irania, no
germánica). Indudablemente, para el análisis de las causas inmediatas de esta
gran invasión hay que recurrir a la observación de lo que estaba por entonces
ocurriendo en el trasfondo del mundo germánico: en las grandes y abiertas estepas
centroeuropeas y euroasiáticas.

Invasores e invadidos.
Dibujo que representa la destrucción de un poblado germano por los
romanos.
Tras una larga emigración desde la
lejana isla de Scandia, en el Báltico, los pueblos góticos se encontraban hacia
el 230 asentados al norte del mar Negro, donde influenciados por nómadas iranios
(alanos) habían adoptado ciertas tradiciones de éstos, al tiempo que fundaban
dos poderosos reinos, Allí, a lo largo del siglo IV, sufrieron la influencia de
Roma, de donde les llegó incluso el Cristianismo en su credo arriano -lo que sin
duda les dio una mayor cohesión y personalidad cultural-. Pero todo ello se desmoronó
cuando el principal de estos reinos -el de los ostrogodos- fue derrotado en el
375 por unos recién llegados de las profundidades de la estepa del Asia central,
los hunnos. Tras la derrota y muerte del rey ostrogodo, Ermanerico, un pánico
indescriptible se iba a apoderar de toda la sociedad goce. Mientras que una porción
muy importante, compuesta esencialmente de visigodos, pidió y obtuvo del Imperio
ser acogida y establecida en Tracia, otros se asentarían de momento en los Cárpatos
y Moldavia bajo el protectorado de los hunnos. Ante el peligro que representaban
los godos de Tracia, en continua rebelión ante la explotación de que eran objeto
por los traficantes y funcionarios imperiales, el emperador Valente intentó aniquilarlos,
pero resultó derrotado y muerto en la terrible batalla de Adrianópolis (9-VIII-378).
Teodosio el Grande consiguió apaciguarles, convertirlos en foederati del Imperio,
y establecerlos en la evacuada Mesia. Mas nuevas dificultades se avecinaban. Alarico
nombrado Magíster militum per Ilyricum, decició, sin embargo, en el 401, dirigirse
bruscamente hacia Occidente en busca de botín y provisiones para su pueblo, En
Italia, tras numerosos enfrentamientos con Estilicón y Honorio en busca de subsidios,
se ve obligado, finalmente, al saqueo de Roma en el 410. Tras los frustrados intentos
de Ataulfo por entroncar con la familia imperial, los visigodos serían, finalmente,
estabilizados por el patricio Constancio en el sur de las Galias, en el 418. En
virtud de su correspondiente tratado de alianza-foedu, los visigodos quedaban
acantonados en la Aquitania, donde recibieron tierras en virtud del régimen de
la hospitalitas (dos tercios de la propiedad para el «huésped» visigodo), creándose
un primer intento de gobierno autónomo en el interior del Imperio Romano. Este
intento, conocido como reino de Tolosa, se basó fundamentalmente en una colaboración
bastante estrecha entre la poderosa aristocracia senatorial de Aquitania, el régimen
imperial y los visigodos. En concreto y según la conocida tesis E. A. Thompson
, los visigodos resultaban ser un freno y seguridad ante la peligrosa agitación
campesina, conocida como la Bagauda. En está situación no hay que extrañarse que
el reino de Tolosa pronto adquiriese un rudimentario aparato administrativo basado
en el provincial romano, una organización militar típicamente tardorromana, en
la que no fueron raros los elementos galorromanos. De la romanización linguistica
y cultural muy rápida de los visigodos en esta época, da cumplida cuenta los fragmentos
conservados del famoso Codigo legal de Eurico (466-84), al que hoy se considera
unánimemente como «verdadero monumento del derecho vulgar romano». Los acontecimientos
antes señalados, sin duda, debieron forzar la ya tradicional presión germana sobre
el limes o frontera del Rhin, línea, además, muy debilitada a principios del siglo
V por las continuas agitaciones internas del Imperio. Todo ello unido permitió,
finalmente, su definitiv la Navidad del 406, lo que determinó la inundación de
la Galia, y después de la Península Ibérica, a partir del 409, por un vasto y
heterogéneo conglomerado de pueblos, entre los que destacaban los vándalos (asdingos
y silingos), suevos y alanos. De esta forma, a partir del 409 la Península Ibérica
se vio sometida a un profundo saqueo y destrucción. En esta situación iba a intervenir
un nuevo factor y de importancia decisiva a la larga: la actuación en los asuntos
peninsulares de los reyes visigodos de Tolosa. Esta penetración, que comenzó a
realizarse en nombre de¡ Imperio, acabaría siendo completamente autónoma a partir
de los años 460 y siguientes. Puesto que va a ser la constitución del reino visigodo
de Toledo en el siglo VI el principal acontecimiento en la historia de la Península
en todo este periodo, convendría que lo analizásemos un poco más detenidamente.
No obstante, será bueno que digamos que como consecuencia de esta intervención
silingos y alanos serían casi completamente destruidos entre el 416 y el 418.
Los restos de ambas agrupaciones pasarían a engrosar las tilas de los reunidos
en torno al núcleo de la monarquía militar de los asdingos: una vez más funcionó
aquí el mecanismo de la Stámmesbildung, al que antes aludimos. Esta nueva agrupación
popular, mucho más homogénea, tras saquear todo el mediodía peninsular acabaría
por trasladarse en el 429 al norte de Africa en número al parecer de unos 80.000
(esta cifra se ha intentado rebajar últimamente por parte de Ch. Courtois). Por
su parte, los elementos suevos, sin formar una monarquía unitaria claramente definida,
intentarían a partir del 430 dominar más o menos efectivamente todo el Occidente
y el mediodía peninsular, con la finalidad manifiesta de tener acceso a los grandes
núcleos urbanos de dichas zonas, al tiempo que se veían envueltos en múltiples
confrontaciones con la aristocracia gallega. En esta última zona, los suevos lograrían
un asentamiento bastante estable -tal como en opinión de W- Reinhart parece mostrar
la toponimia- en las tierras en derredor de Braga, La posterior intervención del
rey visigodo, Teodorico II, a mediados del siglo V, les reduciría ya para siempre
a este rincón del noroeste penínsular, donde poco a poco irían llegando
a una situación de equilibrio y acomodo con los restos de la aristocracia romana
(aunque la documentación es escasísima a esto al menos parece desprenderse de
la existencia de un reino de fe católica y bastante homogéneo en la segunda mitad
del siglo V).
Por Luis A. García Moreno,
Profesor
de Historia Antigua Universidad Complutense
 Guerrero
franco, siglo VI, Ilustración de Angus McBride
 
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