Los Visigodos en la Hispania

Toledo fue la primera capital de Hispania, bajo el dominio godo.
Atanagildo trasladó la capital de Tolosa a la ciudad del Tajo,
pero fue Leovigildo quien le dio su máximo esplendor,
Impulsando obras arquitectonicas de gran valor


Escudo de la ciudad de Toledo

a capital de la Carpetania debió ser ya una joya entre las ciudades celtíberas. El torno del Tajo, ese meandro singular que traza el río alrededor del farallón desafiante en el que se instalaron las primeras tribus urbanas, daba a la ciudadela el valor de fortaleza defensiva. La encrucijada de caminos entre las dos mesetas, su carácter estratégico.

Tito Livio habla de la conquista de Toletum en el año 192 a.C. por las legiones romanas. De aquella civilización quedan los vestigios de un circo romano, un acueducto y numerosas monedas como testigos del paso de la Historia. Con las invasiones germánicas del siglo V la ciudad cambió de signo. Los alanos la conquistaron en 411 y los visigodos los expulsaron de ella en 418, pero no fue hasta un siglo y medio más tarde cuando el rey Leovigildo, que unificó Hispania, la hizo su capital definitiva tras el traslado de Atanagildo desde Tolosa. Toledo se convirtió en la ciudad real, un burgo fortificado donde se reunieron los primeros orfebres y aquellos maestros del templado del acero que fabricaban las mejores espadas del orbe cristiano.Al comenzar el siglo VII, Toledo era ya la capital soñada que expresaba el sentir conciliar y el lema de la nueva monarquía católica de Recaredo.
El templo visigodo, futura sede catedralicia del cardenal primado, fue testigo de la unción sagrada de los nuevos monarcas. La tradición piadosa afirma que hacia el 666 la Virgen se apareció al arzobispo San Ildefonso, defensor del dogma de la virginidad de Maria, y le impuso una casulla en el lugar donde luego se erigió el altar de la Descensión.
Sólo quedaba hacer de la sede regia y política la capital eclesiástica, la Roma hispánica. Fue durante el breve reinado de Gundemaro (610-612) cuando un decreto del monarca le concedió la capitalidad, traspasándola desde Cartagena. Sin embargo, el papel de la ciudad como metrópoli provincial es anterior, pues ya en 527, con la monarquía arriana y cuando aun no era corte, su obispo Montano actuaba como cabeza de la provincia.
El decreto de Gundemaro tuvo además una consecuencia estratégica fundamental, pues se arrebataba la primacía a Cartagena, que por entonces se hallaba bajo dominio bizantino.
Toledo floreció con el mestizaje impuesto por las leyes sobre los matrimonios mixtos que promulgó Leovigildo y que continuaron sus descendientes. La nueva aristocracia dejaba de ser romana o goda para convertirse en española. Las grandes figuras intelectuales del momento, como Isidoro y Leandro de Sevilla, jugaron un papel fundamental en esta nueva visión política y en la configuración de la ciudad como germen de la nueva España. También Braulio de Zaragoza, por cuya iniciativa se preparó el Liber ludiciorum de Eurico.La populosa urbe toledana, con sus nobles, escribanos, artesanos y judíos que ejercían distintos oficios ajenos a la costumbre cristiana, vio declinar el esplendor de la dinastía de Leovigildo entre los crímenes y las continuas luchas de, sus sucesores.
El heredero de Recesvinto, Wamba, fue ungido en la catedral por el metropolitano Quirino 19 días después de ser elegido en Gérticos. Pocos años después, las puertas de la ciudad se abrieron al paso de su ejército vencedor sobre el rebelde duque Paulo, que fue exhibido desnudo y maniatado con sus jefes en la plaza de la catedral, en medio de la ignominia pública.
Fue uno de los últimos actos de poder de los monarcas visigodos en la ciudad que ellos hicieron mítica. Del esplendor visigótico queda el castillo de San Servando, lo que fue Santa Leocadia y numerosos cimientos, sillares y restos en el Alcázar, las murallas y probablemente Santo Tomé. Tras la conversión de Recaredo, trono y altar se unieron, Toledo fue la ciudad se celebraban sínodos de obispos que intervenían en cuestiones políticas y legislativas y que en época visigoda abarcaron desde el III Concilio de Toledo (589) hasta el XVIII (702).



La ciudad de Toledo según el códice del monasterio
de San Matín de Abelda, Navarra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Ciudad de Toledo (Foto del autor de la web)


 

Fórmula según la cual debe congregarse el Concilio en el nombre de Dios.

Juan Antonio Cebrián
Extracto de "La Aventura de los Godos"


Códice Emilianense. Asistencia a uno de los concilios de Toledo. Miniatura

En la primera hora del día antes de salir el sol se echará de la iglesia a toda la gente, y se cerrarán las puertas. Todos los porteros estarán en la puerta por donde deben entrar juntos todos los obispos, y se sentarán según su clase y ordenación. Después de los obispos se llamará a los presbíteros que alguna razón obligue a hacer entrar, y luego a los diáconos con la misma elección.
Los obispos se sentarán en circulo, tras de ellos los presbíteros, y los diáconos estarán en pie delante de los obispos. Entrarán luego los sitiares que el Concilio juzgare dignos; los notarios para leer y escribir lo que fuese necesario; y se guardarán las puertas. Después de que los obispos hayan estado bastante tiempo en silencio y aplicados a Dios, dirá el arcediano: orad. Al instante se postrarán todos en tierra, orando mucho tiempo en silencio con lágrimas y sollozos, y uno de los obispos más antiguos se levantará para decir en voz alta una oración; los demás permanecerán postrados.

Después se haya concluido la oración, y que todos respondan amén, dirá el arcediano: levantaos. Todos se levantarán; y los obispos y presbíteros se sentaran penetrados de temor de Dios y de modestia. Todos guardarán silencio. Un diácono, revestido de alba, presentará en medio de la asamblea el libro de cánones, y leerá, los que hablan de la celebración de los concilios. En seguida el metropolitano hablará y exhortará a los que tengan que proponer algún asunto o queja.
No se pasara a otro punto hasta que quede evacuado el primero. Si alguno de fuera, presbítero, clérigo o seglar, quiere entrar a hablar en el Concilio, lo declarará al arcediano de la metrópoli y éste dará parte a la Asamblea. Entonces se permitirá a la parte entrar y proponer el asunto.
Ningún obispo saldrá de la junta sin que se haya, finalizado. Ninguno durará el Concilio sin que se haya terminado todo, para poder firmar las decisiones, porque se debe creer que Dios está presente en e Concilio, cuando los asuntos eclesiásticos se terminan sin tumulto, con aplicación y tranquilidad.

Texto original del IV Concilio de Toledo.