III-Origen del universo

III.-   EL ORIGEN.   LA SINGULARIDAD EN ROTACIÓN.

 

Todo el mundo ha oído algo sobre el célebre Big Bang, la Gran Explosión en español, y tiene una idea más o menos aproximada de lo que fue: una "pequeñísima" partícula en la que estaba encerrado todo el universo y que, al explotar, se expandió y ha resultado esta obra colosal que vemos. Pintado con brocha gruesa, así es. Aquí voy a introducir solamente tres variantes en ese cuadro tan sencillo:

 

Los momentos de la aparición y de la explosión no pudieron ser simultáneos, sino sucesivos (axioma).

 

Entre ambos momentos hubo movimiento de rotación (tesis).

 

No se trató de una explosión radial de algo que estaba inmóvil, sino de un desencadenamiento curvo de lo que ya estaba en movimiento de rotación (tesis).

 

Sin embargo, algunos científicos introducen otro tipo de variantes, tales como los de aplicar los principios de la mecánica cuántica al estudio cosmológico del origen, por la circunstancia de tratarse de dos mundos parecidos en la escala de las dimensiones. Pienso que es obligado hacer un breve recorrido por tales teorías. Podría haberlas ignorado a la hora de escribir este trabajo, es cierto, y con ello me habría ahorrado la necesidad de una severa crítica sobre las mismas. Pero tampoco deseo que se tome el silencio como ignorancia de su existencia, como falta de información. Lo más llamativo de ellas es lo siguiente, que voy a exponer utilizando otro tipo de letra, para que no haya confusión con mis comentarios.

 

Algunas teorías novedosas

 

Si el universo surgió de una partícula subatómica, le es aplicable esa dualidad característica de todo el mundo subatómico, la de comportarse de forma indiferenciada según partícula y según onda. Pero se tome la que se tome de las dos posibilidades, el origen del universo resulta siempre ilocalizable, según estas teorías.

 

La onda es, por su naturaleza, imposible de repatriar a un lugar concreto. Una onda se detecta, pero no se localiza en posición concreta ninguna, es un fenómeno disperso, indefinido.

 

La partícula, en principio, sí es localizable, pero tratándose de una partícula cuántica, por el principio de incertidumbre de Heisenberg tampoco resulta localizable. Cuál es el principio de incertidumbre de Heisenberg, no viene al caso. Lo sustancial es que tampoco resulta localizable.

 

La conclusión en que desembocan es que, en ese tiempo verdaderamente instantáneo de la creación, que se fija en 10 elevado a -43 segundos, resulta imposible acceder a la onda-partícula, no es localizable, y (aquí viene lo novedoso) como la onda-partícula es el origen del universo, pues desaparece el problema de saber cuándo y dónde comenzó, carece de sentido seguir preguntando cuál fue el punto cero del espacio y el tiempo.

 

Tengo que aclarar al lector que, efectivamente, no puede saberse cuales fueron el momento y el lugar de nacimiento del universo dentro de un tiempo y espacio absolutos y exteriores, debido a que éstos no existen. Pero no es a eso a lo que se refieren los científicos, pues de ser así, sería lo lógico escaparse del problema diciendo simplemente la verdad, "fuera del universo no hay ni espacio ni tiempo, así es que no existían reloj ni lugar donde situar su nacimiento". No es eso. Con su partícula-onda ilocalizable, no hacen otra cosa que reincidir, aunque por otro camino, en su célebre error de que el universo es una superficie esférica, y claro está, dentro de una superficie esférica, el punto cero o de arranque no puede situarse en ningún sitio concreto. Lo que ellos intentan y no consiguen es localizar ese punto cero, no dentro de un tiempo y espacio absolutos y exteriores que no existen, sino dentro del propio universo, es decir, el punto interior a partir del cual comenzó a expandirse, y no son capaces de situarlo debido a la forma errónea de superficie esférica en que conciben al universo. Así, desde luego no es localizable. Pero es que el universo no es eso, no es una superficie esférica, el universo es una forma geométrica plana, una rueda (lo veremos en el capítulo V) y con un origen perfectamente localizado en su centro geométrico. La singularidad tuvo un emplazamiento perfectamente definido y localizable dentro del cosmos.

 

No se ha podido precisar, según ellos, cuál fue el momento cero, pero se pretende saber, sin embargo, incluso qué es lo que hubo antes de existir la singularidad. Las posibilidades de las matemáticas sobre un encerado son infinitas. Y resultan dos escenarios para ese momento anterior a su nacimiento (siempre según ellos).

 

Uno de esos escenarios es descrito como la "Creación desde la nada", y se basa en que, perturbando el "vacío", que es lo mismo que la "nada" (primer error), aparecen materia y antimateria (los autores están hablando en el ámbito de la mecánica cuántica). Por consiguiente, del vacío podrían aparecer espacio-tiempo y anti-espacio-tiempo. Pero resulta que el espacio-tiempo, en cosmología cuántica y siempre según ellos, coincide con su "anti", por lo que se deduce que espacio-tiempo y vacío vienen a ser manifestaciones de una misma cosa. Resumiendo: que del vacío, que es la nada, puede surgir el espacio-tiempo.

 

También tengo aquí que aclarar al lector que la confusión entre los conceptos de "vacío" y de "nada" es un pecado que viene de lejos, viene desde que la ciencia se empeñó en caminar de espaldas a la filosofía.. En este juego de conceptos a tres bandas, en el que se pueden colocar las bolas como se quiera y llevar a la confusión, solamente existe una realidad, una única realidad, la del espacio-tiempo. De los otros dos conceptos, uno es relativo (el vacío) y el otro es inexistente (la nada).

 

Vacío significa falta de contenido, y por pura definición, como estamos viendo, siempre se refiere a un contenedor (algo con límites) que debería estar lleno de contenido. Es un concepto relativo. No puede concebirse, como hacen los científicos, el vacío como algo existente por sí mismo, como algo absoluto, sin fronteras (eso sería la nada), sin situarlo dentro de unos límites, sin situarlo dentro de un contenedor. Un vacío absoluto y anterior al universo (del que perturbándolo surgió éste) es un auténtico imposible, porque los términos "vacío" y "absoluto" son contradictorios. Vacío significa ya en sí mismo la existencia de límites, y desde el momento en el que hay límites, hay forzosamente algo, pues no se puede poner límites a la nada, como pretenden los científicos de esa teoría. Por ilustrar lo dicho con un ejemplo, en el caso del mal llamado "vacío absoluto" de laboratorio, resulta evidente que se refiere a un vacío relativo a la materia exclusivamente, pero no absoluto, porque siempre habrá, cuando menos, espacio-tiempo, es decir, universo.

 

En cuanto a la nada, ni siquiera existe. La nada es una construcción del pensamiento por contraposición a la única realidad, la del ser. La nada significa una falta absoluta de todo contenido en sí misma, sin fronteras, sin referencia a ningún todo, a ningún contenedor, lo contrario del caso anterior. La existencia de cualquier realidad supone necesariamente un contenido, una constitución, una aseidad. La nada no, la nada parte de eliminar todo, contenedor y contenido. Si elimina toda realidad, admitir su existencia es un simple juego de palabras, algo así como admitir que existe lo que no existe. La nada es una construcción mental sin realidad fuera del pensamiento del hombre; y de ella, puesto que no existe, no puede surgir nada.

 

En definitiva, este primer supuesto o "escenario" carece totalmente de rigor porque, partiendo de conceptos erróneos de la nada y del vacío, pretende haber llegado a una conclusión inédita: perturbando el vacío, se obtiene espacio-tiempo. Usando los conceptos rectamente, acabamos de ver que vacío es un concepto relativo que presupone precisamente la existencia de límites, de espacio-tiempo, es decir, presupone la existencia del propio universo; y que la nada ni siquiera existe.

 

El segundo escenario es descrito como "Creación sin fronteras" y ya he aludido a él un poco antes. La explicación es tan sencilla que puede resumirse en unas pocas frases. Parte de una formulación matemática: todos los puntos de la superficie de una esfera son equivalentes. Asimilando luego esa superficie de la esfera al universo (el error de que antes hablábamos), el punto inicial de éste, el big bang, no puede ser localizado, puesto que todos los puntos en la superficie de la esfera son idénticos y equivalentes. Y esta teoría la radicalizan aún más al considerar que la esfera de la creación sería de radio nulo, por lo que realmente no habría punto ninguno.

 

Parece que partir de unas condiciones determinadas que nada tienen que ver con la realidad (el cosmos no es una  superficie esférica), pero que vienen como anillo al dedo para que dé el resultado que uno quiere que dé, no está nada mal. En todo caso, puestos a elegir escenarios, veremos luego como el espacio-tiempo no es la superficie de una esfera, sino el plano ecuatorial de esa esfera, y el big bang es el centro, que sólo hay uno y bien localizado, no un punto de la superficie.

 

Sin embargo, los defensores de estas hipótesis tienen buen cuidado de advertir que se trata de simples posibilidades matemáticas, que ni han sido observadas ni hay datos experienciales que las avalen. El empeño consiste solamente, según ellos, en dar respuestas científicas a las preguntas que hasta ahora eran del ámbito de la metafísica (y que seguirán siendo de la metafísica siempre, por mucho que se empeñen en lo contrario). Mi respuesta tiene que ser que estas dos aplicaciones científicas son absolutamente ajenas a la finalidad a la que son aplicadas, por lo que su resultado nada tiene que ver con el big bang. Al igual que la hipótesis de la "atracción" de masas como causa de la gravedad, secularmente defendida pero jamás probada, tampoco estos posibles escenarios del origen serán nunca avalados por dato ninguno.

 

La mecánica cuántica tiene por objeto el estudio del mundo subatómico, y frente al empeño de algunos cosmólogos en trasladar sus leyes al origen del universo, sobre la base de que, en aquella etapa inicial, éste fue de las mismas reducidísimas dimensiones que el mundo subatómico, es preciso resaltar una circunstancia muy significativa que parece contradecir tal empeño de asimilación: en mecánica cuántica, el espacio y el tiempo no son iguales, tiene una especial relevancia el tiempo; mientras que en la relatividad de Einstein, el espacio y el tiempo son equivalentes, se trata de una unidad homogénea. No parece acertado, por tanto, aplicar los principios de la una a la otra

 

Acabado este ligero repaso a algunas de las teorías de hoy, entramos de lleno en el análisis de mi teoría, que, partiendo de la tesis comúnmente aceptada de la existencia de la singularidad, se eleva a una concepción dinamicista de la misma y cambia, con ello, toda la posterior construcción del universo.

 

Aparición de la Singularidad

 

El estudio de la singularidad plantea el primordial reto de llegar a justificar su existencia. ¿Existió de verdad la singularidad o no? Las dudas se generan (para algunos) como consecuencia de los dos grandes problemas que encierra: el de su desconocida aparición y el de su increíble capacidad para contener en sí a todo el universo. Vamos a considerar estos dos problemas, comenzando por el primero.

 

Desde el descubrimiento de Hubble, en 1929, sobre el alejamiento continuo de los sistemas estelares entre sí, y más tarde desde el de Penzias y Wilson, en 1965, sobre la existencia de la radiación de fondo, el universo tiene al fin una explicación lógica. Si el espacio está en continua expansión, hecho avalado por el incesante alejamiento entre sí de todos los sistemas, los cosmólogos han pensado, y parece que con bastante lógica, que retrocediendo en esa expansión, el origen de la misma será el origen del propio universo. Se trata de desandar edades y llegar de nuevo al alumbramiento. Y tampoco hace falta ser cosmólogo para pensar que un cuerpo cualquiera en expansión, al que se le busca el origen retrocediendo en el sentido inverso a dicha expansión, es decir, en el sentido de la contracción, a fuerza de comprimirlo, acabaremos por dar, teóricamente, en un valor próximo al cero absoluto.

 

Ya tenemos, por consiguiente, el Origen, con mayúscula. Se le viene llamando a este origen Singularidad, que quiere decir, más o menos, un "algo" que cumple básicamente una condición esencial: la de ser desde luego único, irrepetible, y por lo mismo, distinto a todo lo conocido, singular. Tan desconocido para los parámetros de nuestra experiencia que, a pesar de su insignificancia, reunía en sí toda la energía-masa del universo, a presión y temperatura inimaginables. Y a partir de ahí ya conocemos su historia, nada menos que una historia de quince mil millones de años. No podía ser menos dilatada para llegar a alcanzar, desde la insignificancia de esa singularidad, las dimensiones gigantescas de hoy.

 

El hecho de la aparición súbita de la singularidad constituye el primer y gran problema. Evidentemente no se trata de una cuestión científica, por mucho que algunos científicos se empeñen en abordarla, como hemos visto poco antes con las llamadas teorías novedosas, sino metafísica, y la mayoría hace muy bien en no pronunciarse. En ciencia se ignora todo aquello que no pueda ser medido y probado, y es natural que así sea. Pero entiendo que en esta obra, que no está dirigida en exclusiva al mundo de la astrofísica, sino a todos los lectores, y que no trata de obtener una visión exclusivamente técnica, sino completa e innovadora, entiendo, repito, que es necesario tratarlo también, conforme a las reflexiones que siguen.

 

La primera es la más obvia. Consiste en declarar que en el universo todo es contingente, todo es causado, todo es inestable y se muda, nada tiene el ser en sí mismo, nada es inmutable. Luego si el universo en conjunto es una pura contingencia, si no tiene el ser en sí mismo, otra realidad se lo ha dado, de otra realidad procede.

 

¿Cuál es esa otra realidad anterior a él? Lo único que nos consta es que eso anterior nunca pudo ser de la misma naturaleza que él mismo, pues en tal caso también eso sería ya universo, no sería algo anterior, no sería su origen. No cabe, pues, suponer que procede de ninguna entidad finita, tipo espacio- tiempo, similar a él mismo, pues cabría entonces preguntarse por el origen de ese origen, y así indefinidamente. Si estamos indagando el origen de la finitud, no cabe responder con más finitud. Este olvido es el error de base en que incurren los científicos que se aventuran en este campo, pues se empecinan en hallarle un origen puramente material. Poco antes hemos hablado de la teoría de la onda-partícula de algunos cosmólogos. Su empeño es loable, pero ingenuo. Se les escapa siempre el mismo hecho fundamental: que una onda-partícula es ya universo, por lo que el principio sigue estando siempre más allá de eso.

 

Por otra parte y abundando en el mismo razonamiento, el espacio y el tiempo son propiedades del universo, nacieron con el universo. La antigua concepción del espacio y el tiempo como valores absolutos y eternos, como un marco dentro del que se desarrollaba el mundo conocido, ha perdurado incluso después de Newton, pero ha caído definitivamente con la física relativista de Einstein, que demuestra que el espacio-tiempo es un continuo, propiedad del mundo que experimentamos. Luego si el espacio-tiempo se inauguró con el universo, nada espacio-temporal pudo existir inmediatamente antes del universo que le diese origen.

 

No nos restan, pues, nada más que dos opciones: o esa realidad anterior es distinta al mundo y ajena al mundo, situada fuera de él y que no participa de su espacio y tiempo, o esa otra realidad es la nada. No existen más posibilidades. Pero si una de ellas, la nada, acabamos de ver en las páginas inmediatamente anteriores que no existe, que no es una realidad, solamente nos queda la primera opción, el mundo procede de otra realidad exterior que desconocemos.

 

Aplicando ahora estas premisas a nuestro empeño, tenemos cuatro verdades de las que arrancar:

 

El universo es pura contingencia, no puede explicarse a sí mismo, ha sido necesariamente causado.

 

Antes no había cosa temporal ninguna, porque, en tal caso, eso también sería ya universo, sería contingente y seguiría necesitando una causa.

 

Tampoco había la hipotética posibilidad de la nada. La nada no existe.

 

No resta más alternativa que la procedencia de otra realidad distinta y desconocida.

 

¿Cuál es esa desconocida realidad origen del universo? ¿De dónde y cómo surgió ese "algo" famoso de la singularidad? Vamos a intentar comprenderlo y quizás lo consigamos. Comenzaremos por la primera parte de la pregunta, por el "de dónde surgió".

 

Lo universal puede definirse de mil maneras, pero hay una esencial que a todas engloba: lo universal es finitud, es limitación, es magnitud, es medible. El lector, sin duda, estará pensando en la realidad física, que, efectivamente, es bien medible. Pero no sólo ésa. Cualquier otra realidad, psíquica, espiritual, moral, artística, social, también lo son. Nada escapa a la limitación y la medida. Pues si el universo es pura magnitud, la pregunta a hacerse, en tal caso, es ¿dónde está el origen de lo que es magnitud? De una forma directa, resulta del todo imposible explicarlo, pero no si recurrimos a explicarlo mediante aquello que representa a las magnitudes, es decir, mediante los números.

 

La escala numérica se representa por guarismos, pero hay uno que realmente no lo es. El cero representa justamente la antítesis de la magnitud, representa lo que no es medible, la no-magnitud. Entonces ya sabemos dos cosas del cero: que es el origen de la escala numérica y que, a la vez, es independiente de la misma, puesto que representa justamente lo contrario. Solamente nos queda otra consideración más por descubrir, y es que la relación entre el cero y la escala numérica no es ambivalente. Si suprimimos aquel, la escala entera desaparece por incoherente, pues toda medida está referida a su punto de arranque, toda medida lo es por comparación con lo que no mide nada, el cero. Sin embargo, la relación inversa no se cumple. Podemos prescindir de la escala entera y el cero seguirá subsistiendo, pues representa precisamente eso, la no existencia de magnitud alguna. Resumiendo, el cero es válido por sí mismo, es independiente y ajeno a la escala numérica, es, en otras palabras, el "referente"; y los números , en cambio, precisan del cero para ser entendidos, existen en función de la existencia del cero, son los "referidos".

 

Sin embargo, el quid radica en que el lector comprenda rectamente estos dos conceptos: los números o magnitud por un lado, y el infinito o cero por otro. Para el común de la gente, el cero, como es lo que no tiene medida ninguna, lo asimila a la nada. Más arriba sitúa a los números, porque es aquello que ya mide algo. Y por encima de todos los números, sitúa lo infinito, aquello que "mide" tanto que nunca se acaba, lo cual es contradictorio, puesto que todo lo que mide tiene necesariamente un fin. Pues bien, todo esto es un error lamentable que no responde a la realidad. Ni el cero es la nada ni lo infinito es una magnitud tan enorme que se pierde de vista. El cero y el infinito no están ni por debajo ni por encima de los números, son otra realidad paralela a la de los números, diferente a la de los números, y además son los dos una sola cosa: aquella realidad que no mide porque es ajena a la magnitud. Y como en nuestra experiencia todo es medible, no podemos conocer en absoluto cómo es esa otra realidad, la del cero o infinito, si bien podemos conocer su existencia mediante la lógica, como acabamos de hacer.

 

El origen o referente de la realidad magnitud, es la realidad opuesta, la de lo no medible o infinito. De ella surgió el universo.

 

Solamente resta, por tanto, que cada cual le ponga nombre y apellidos a esa realidad desconocida llamada infinito. Para unos es el mundo del conocimiento puro, del gnosticismo; para otros es un espíritu común, una especie de alma que rige al universo; para otros, en fin, es un creador personal y omnipotente.

 

En cuanto a la segunda parte de la pregunta que nos hacíamos poco antes, al "cómo surgió" el universo, bajo qué forma surgió, se viene admitiendo que fue bajo la forma de una partícula de dimensiones subatómicas, bautizada como "singularidad", si bien no faltan teóricos que van más allá y se remiten a un punto matemático de radio cero. Pero esto último es un imposible. La explicación de que tuvo desde el primer momento cierta entidad física es la siguiente.

 

Magnitud o finitud es aquello que tiene límites.

 

Sin embargo, no puede precisarse dónde están esos límites. Por mucho que se divida o se multiplique una magnitud, siempre se puede dividir o multiplicar más aún.

 

La serie indefinida de divisiones y multiplicaciones, como decimos, jamás da el cero absoluto o infinito; pero, aunque los límites resultan imposibles de determinar dónde están, sí sabemos que, los situemos donde los situemos, siempre tienen un valor concreto, porque toda división da siempre un valor determinado. La magnitud nunca comienza ni acaba en el cero o infinito, comienza y acaba siempre en sí misma, aunque no podamos determinar en qué valor concreto.

 

Luego el universo como punto puramente matemático, abstracto, sin medidas, no ha existido nunca, es un imposible.

 

El universo (la magnitud) desde el mismo momento de su aparición tuvo ya necesariamente una cierta entidad, por insignificante que queramos suponerla. Entre lo infinito y la magnitud no existe ninguna realidad intermedia, no existe nexo, son dos realidades diferentes.

 

Hemos intentado contestar a las dos preguntas de cómo y de dónde surgió la singularidad, pero la igualmente trascendental pregunta del "por qué" surgió, cuál fue el objeto lógico de su aparición, constituye un misterio que jamás será resuelto y que se escapa al ámbito de lo teológico.

 

Todo el universo en una partícula

 

Dijimos que el segundo gran problema que plantea la aceptación de la teoría de la singularidad es el de cómo un universo tan espléndido pudo arrancar de una simple partícula subatómica,  en la cual estaba ya contenido. De entrada, esta posibilidad aterra un poco la lógica de cualquier persona razonable. Pero recorriendo hacia atrás en la evolución, efectivamente, no se ha hallado ninguna razón objetiva para pensar que debamos detener la contracción en un estadio determinado y decir "¡Basta!. El universo no pudo ser más pequeño que esto. De aquí arrancó" No existe razón científica para pensar que un cuerpo no pueda ser aún más pequeño, por muy pequeño que ya sea, porque el volumen no es nada más que una de sus magnitudes, y la identidad de un cuerpo no radica sólo en una de sus magnitudes, sino en la interrelación de todas ellas. La ciencia nos dice que sí, que pudo ser, porque el frío desarrollo de las matemáticas se realiza sobre un encerado, no sobre los datos de nuestra pobre y pequeña experiencia, para la cual esta posibilidad de tanto universo encerrado en tan poca singularidad, resulta inverosímil, increíble. Y además nos explica la ciencia muy rápidamente cómo pudo ser.

 

El volumen no es sino una simple magnitud entre otras magnitudes que se corresponden con la forma concreta en que se presenta una cosa. Las magnitudes pueden variar según que la cosa se presente de una forma o de otra, siempre a condición de que la relación entre todas ellas sea determinada y constante, porque dicha relación es lo que le da identidad a cada cosa. Por poner un ejemplo sencillo, si hacemos pasar un líquido a gas, en general aumentará el volumen en la proporción en que habrá disminuido la densidad, pero la cosa seguirá siendo esencialmente la misma. Aplicado a nuestro caso, la consecuencia de lo que acabamos de ver es que la inmensidad del universo puede ser reducida, en volumen, a lo que se quiera, a una partícula subatómica, siempre que la densidad y la temperatura, por el contrario, aumenten en la proporción debida. Otra cosa es que para nuestro conocimiento, acostumbrado a las medidas usuales de la experiencia cotidiana, esta afirmación entre de lleno en el disparate.

 

Decíamos que, en el camino de retroceso de los quince mil millones de años que tiene de edad el mundo, pasar de la mole absolutamente inimaginable que es hoy a una partícula subatómica, inferior a un protón, pero que ya portaba en sí toda la energía-masa, no es que parezca mágico, sino que entra en lo increíble. Y sin embargo el trueque es posible, al menos para la física. Todo ese mundo fantástico que la gente descubre en los libros de cosmología, con sus cientos de miles de millones de estrellas y sus infinitos espacios, puede ser comprimido hasta encerrarlo en una partícula, a condición, eso sí, de cambiarle las demás coordenadas también. ¿Cuáles serían entonces los valores de temperatura y presión en ese germen del mundo? Realmente, los que se quieran. Aceptar lo inverosímil de que el volumen del universo estuvo encerrado en una singularidad implica, lógicamente, aceptar lo inverosímil de que la presión y la temperatura se elevaron hasta cifras igual de escalofriantes que el volumen del universo hoy. Se trata, por consiguiente, de un problema que realmente no es tal, que únicamente existe para los estrechos límites de nuestra experiencia y nuestra imaginación.

 

Aparición y explosión no fueron actos simultáneos (axioma).

 

La hasta ahora llamada Gran Explosión, que para mí no es tal, sino el Gran Desencadenamiento de lo que ya se hallaba en movimiento de rotación, en cualquiera de los casos, tanto si fue explosión como si fue desencadenamiento, se trata de un acto de disgregación, de dispersión, y únicamente puede disgregarse o dispersarse aquello que ya previamente existe. Pretender que ambos fenómenos, el de la aparición y el de la disgregación de una misma cosa, pueden ser simultáneos, constituye un evidente contrasentido, es tanto como admitir que puede disgregarse lo que aún no existe, o que puede existir lo que ya se ha disgregado. La aseidad, la constitución de una cosa como tal, es un acto independiente que requiere un tiempo mínimo de constatación, y que ha de ser, por lo tanto, anterior a cualquier otro acto de esa misma cosa, tal como en este caso su explosión, dispersión o disgregación.

 

La certeza de que el universo no comenzó exactamente con el fenómeno expansivo conocido como big bang, sino que comenzó con la aparición de la singularidad, y que esta aparición no pudo ser, en modo alguno, simultánea a esa explosión, sino anterior a la misma, resulta incuestionable, según vamos a ver, por lo que la hemos calificado en el primero de los capítulos como un axioma del que parte esta obra. La evidencia es:

 

Para que una entidad física explosione, se desencadene, se disperse o cualquier otro proceso similar de disgregación, es ineludible, obviamente, que exista. Lo que no existe no puede  experimentar proceso ninguno.

 

Existir algo significa constituir una unidad diferenciada de todo lo demás ya existente, y esa constitución solamente puede verificarse en el tiempo. La existencia necesita un tiempo mínimo para dejar constancia de que consiste en algo diferenciado de todo lo demás.

 

Luego vemos que hay un consumo de tiempos: primero la cosa existe, constituye una unidad diferenciada en el tiempo, y más tarde la cosa protagoniza cualquier acto o proceso, como el de disgregarse en este caso. La simultaneidad entre ambos actos es imposible.

 

Hemos querido demostrar con esto dos verdades axiomáticas:

 

La primera, que el universo, el espacio-tiempo, comenzó realmente con la aparición de la singularidad, y que este momento nunca pudo ser el mismo de la explosión, desencadenamiento, inicio de la expansión o como quiera llamarse, sino que fue forzosamente anterior.

 

La segunda, que ese lapso de tiempo entre la aparición de la singularidad y su desencadenamiento, es la premisa necesaria para poder constatar la identidad de esa singularidad, es decir, sus condiciones de presión, temperatura ..... y con idéntico derecho, también su movimiento de rotación.

 

Tenemos, pues, situado el momento primero en la aparición de la singularidad, puesto que ya ésta era universo en sí misma, desarrollaba un espacio y un tiempo. Cuánto transcurrió hasta que se inició el segundo momento, el de la expansión, no podemos saberlo. Así pues, cuando se hacen cálculos sobre la edad del universo, basándose en los procesos evolutivos del mismo, y se llegan a fijar en quince mil millones de años aproximadamente, ha de entenderse siempre que corresponden al tiempo consumido por la expansión, que es la que produce esos procesos, pero nada sabemos sobre el tiempo que la singularidad tardó en iniciar esa expansión. ¿Quizás millonésimas de segundo? ¿Quizás miles de millones de años? Si suponemos lo primero, ese plus de tiempo nada supondría en cuanto a fijar la edad del cosmos. Pero si suponemos lo segundo, como la simple existencia de la singularidad es ya universo en sí, resulta que la edad de éste puede ser considerablemente superior a la hasta ahora estimada.

 

No  obstante, de lo único que no cabe duda es de la imposibilidad de que se trate de un solo y único momento. Sin embargo, hasta ahora nadie parece haber abordado esta cuestión, o al menos ninguna referencia expresa sobre la misma aparece en las publicaciones. Cuando se trata el tema del origen, se habla del big-bang de forma casi exclusiva, como si antes nada hubiera existido. Y aún en el caso de que se aborde ese tema, como hemos visto que lo hacen algunos científicos en el apartado que he titulado "Algunas teorías novedosas", lo hacen aventurando hipótesis sobre lo que pudo haber existido antes del big bang (por ejemplo, el "vacío"), pero sin fundamentar en absoluto el por qué de la necesidad de existencia de ese algo previo, que es por donde debe comenzarse, como acabo de hacer en esta obra.

 

La Singularidad en rotación (tesis)

 

La diferencia entre postulado y tesis radica en que aquél consiste en una mera hipótesis gratuita de trabajo, mientras que ésta, aunque no demostrable, consiste en una "conclusión o proposición razonada", fruto de la elaboración y del trabajo precisamente. La propuesta que aquí hago de que la singularidad estaba en movimiento de rotación no es demostrable porque nada relativo a la singularidad puede ser demostrado, tampoco las demás condiciones de presión y temperatura que presume la ciencia. Pero no se trata de una mera hipótesis de trabajo, de un postulado. Constituye una tesis lógica y, a mi entender, además, la única posible a que nos conduce un hecho real y demostrado, el de la curvatura del espacio-tiempo. Veamos.

 

Desde la Relatividad de Einstein sabemos que el espacio universal no es un espacio recto, sino curvo, y que esta curvatura tiene relación con la presencia de masa. Todo el universo en su conjunto es curvo porque todo el universo, en mayor o menor medida, está poblado de masa, sin perjuicio de que esta curvatura se cierre al máximo en presencia de las grandes concentraciones de masa en astros y en sistemas. Y por cierto y para que ninguna duda quede en el aire, si alguien está pensando, al leer esto, que el universo no puede ser curvo y a la vez plano, como mantengo, es preciso que repase lo expuesto en el capítulo II, el cual ya advertí que era clave para la comprensión de todo lo demás. El universo es plano en cuanto a la figura geométrica exterior; es decir, si pudiéramos verlo desde fuera, lo veríamos plano. Pero es curvo en cuanto a su naturaleza o constitución física; es decir, es curvo visto desde dentro. Esto no es en modo alguno una contradicción. Lo comparé en algún momento con una inmensa rueda, la cual constituye, sin duda, una figura plana en cuanto a su geometría externa. Pero si los radios de esa rueda son curvos, no rectos, como curva es la expansión a partir del origen o centro geométrico, la rueda es una figura plana exteriormente, pero constituida por espacio que progresa en forma curva en su interior.

 

Partiendo de esta verdad conocida de la curvatura del espacio y progresando hacia atrás en las posibles causas de ello, deben ser admitidas todas las tesis debidamente fundamentadas. Sin embargo, hasta ahora creo que nadie ha elaborado una respuesta razonada que trate de justificar y relacionar esta verdad conocida de la curvatura del espacio con la naturaleza y posibles propiedades de la singularidad que la produjo. La exposición unánime del fenómeno del origen, en todos las publicaciones y trabajos, sigue consistiendo en los siguientes supuestos básicos:

 

Se parte de un dato real y contrastado: el alejamiento entre sí de todos los sistemas estelares, es decir, la expansión continua del universo.

 

Recorriendo este proceso expansivo en el sentido inverso, se desemboca en la primera realidad física del universo, una  partícula o singularidad que ya lo contenía.

 

El recorrido de ese proceso en sentido directo, entre aquella realidad física primera y la actual, precisó de la acción de una fuerza expansiva.

 

La singularidad, por ser contenedora de la masa-energía de todo el universo, estaría sometida a una presión incalculable, causa, sin duda, de esa fuerza expansiva.

 

El paso de la presión a la expansión hace suponer que el fenómeno original fue una gran explosión (big bang)

 

Al no determinarse por ningún autor ninguna otra circunstancia, la gran explosión de la singularidad consistió, necesariamente, en la explosión propia de un objeto estático.

 

El planteamiento, sin embargo, vienen deteniéndolo en ese punto, sin preguntarse cuál es la clase de movimiento de una expansión así concebida y, por consiguiente, cuál es la clase de espacio que genera en su avance. Y como entiendo que así presentado, el fenómeno del big bang se desvincula por completo de ese dato conocido de la curvatura de la expansión que le siguió, tengo que objetar a esta exposición tradicional los tres siguientes puntos:

 

La explosión de un objeto estático se verifica, necesariamente, en la dirección de los infinitos radios de una esfera, cuyo centro es precisamente el objeto que explosiona. No cabe ninguna otra forma de concebir este fenómeno.

 

En tal caso, la singularidad que explosionó constituiría el centro de una esfera, y la expansión o espacio-tiempo que siguió a esa explosión, sería el conjunto de todos los radios rectos y en todos los sentidos, es decir, una esfera (no una superficie esférica únicamente, como pretenden).

 

El universo resultante de esta concepción, como vemos, estaría constituido por un espacio-tiempo recto (los radios de la esfera, figura 1, capítulo II), lo que se contradice con el dato ya conocido y probado de la curvatura del mismo.

 

Sin embargo, a pesar de que, en mi opinión, el razonamiento que acabo de exponer en los tres últimos puntos es irrebatible, la concepción que tiene la ciencia del fenómeno en su conjunto no coincide, y no coincide porque la ciencia parte de un supuesto tan generalizado como gratuito y carente de rigor, que ya anunciábamos en la primera página como el más inaceptable de los errores: la ciencia parte del supuesto de que el universo no es una esfera completa tampoco, como cabría suponer de resultas del propio big bang que defienden, sino únicamente la "superficie" de esa esfera (la superficie, pero con cierto grosor, es decir, una corona esférica).

 

Dado que es preciso guardar un orden de exposición, los temas de la expansión y de la forma del universo resultante corresponden a los dos capítulos que siguen a éste. No obstante, la magnitud del caso me obliga a adelantar, aunque sea de la forma más esquemática, algunos de los errores que contiene esa tesis tradicional.

 

La explosión de un objeto estático se produce en el sentido de los radios. En tal caso, la singularidad habría que situarla en el centro de la esfera, el espacio sería recto (no curvo) y el universo sería la esfera entera, no solamente su superficie. Y si fuera sólo la superficie, todo el universo tendría la misma edad, ya que habría recorrido en el mismo tiempo el mismo espacio (longitud de los radios), lo cual tampoco es cierto.

 

Si la explosión de ese objeto estático se sitúa en la propia superficie (como pretende la ciencia), el fenómeno resulta incomprensible, porque al expandirse una explosión según los radios, jamás puede engendrar a esa misma superficie esférica en la que está situado.

 

Y por último, un dato fáctico: la observación directa del propio universo desmiente esta pretendida forma de superficie esférica.

 

Situados nosotros en cualquier punto de esa pretendida superficie esférica, únicamente alcanzaríamos a observar el pequeño casquete de superficie que nos rodea. Los científicos olvidan que todo el interior de la esfera, al no ser universo, no sólo no sería visible, sino que tampoco permitiría la visión de todo el resto de superficie esférica que estuviera al otro lado. La visión es un fenómeno físico únicamente posible dentro del universo, no a través de lo que no es universo.

 

Además de lo anterior, ese pequeño casquete esférico lo veríamos con una distribución absolutamente irregular, muy abigarrada de cuerpos celestes en la dirección de la superficie del casquete, y casi despoblada en la dirección del radio. Por muy gruesa que quiera considerarse esa superficie (realmente lo consideran una corona esférica), siempre sería mucho mayor la visión en el sentido longitudinal de la superficie del casquete que en el sentido de su grosor (radio de la corona).

 

Acabamos de ver que la exposición comúnmente aceptada hasta ahora de este fenómeno es del todo inaceptable. Pero es que, además, tampoco explica, por ausencia de relación causa-efecto, la naturaleza curva que sabemos que tiene la expansión. Y pienso que la causa de esta curvatura no puede ser otra que el movimiento de rotación en el origen.

 

Efectivamente, la progresión de un movimiento de expansión que, además de avanzar, lo hace en forma curva, es decir, tal y como sabemos que se verifica en el universo, únicamente es posible mediante la acción de un par de fuerzas, una de expansión radial desde el origen hacia fuera y otra de rotación del origen sobre su eje (figura 6, que se explicará al desarrollar el capítulo VI). Únicamente bajo ese par de fuerzas podemos explicar un universo que avanza y, además, lo hace en forma curva.

 

Como con la primera de esas dos fuerzas ya contábamos, motivada por la enorme presión a que estaba sometida la singularidad, debemos desde ahora añadir la segunda si queremos tener una explicación racional del comportamiento de la expansión curva. Y tampoco parece que nada pueda oponerse a esta segunda fuerza de rotación:

 

Todo lo que tiene extensión puede rotar, y una partícula es un cuerpo extenso.

 

La propiedad de rotación altísima que aquí propongo, no constituye ninguna propiedad excepcional o improbable, constituye una más entre las restantes propiedades, ya admitidas, de presión y temperatura altísimas. Todas ellas son por igual verosímiles en una partícula.

 

A la existencia de este movimiento de rotación no se le puede objetar que ello exigiría la existencia de tiempo antes del big-bang, pues ya hemos expuesto como ese tiempo entre la aparición de la singularidad y su desencadenamiento existió forzosamente. No obstante, la existencia de las demás propiedades ya aceptadas exige la misma necesidad de tiempo antes de la expansión.

 

Tampoco puede objetarse que, como fuera de la singularidad nada existía, ningún movimiento era posible, por falta de referencia. Este disparate (que me lo objetó un astrofísico), olvida que los movimientos de rotación se verifican en relación a su propio eje, olvida que la referencia de cualquier movimiento hay que buscarla dentro del propio universo (que entonces era la singularidad), no fuera de él.

 

Y por último, insistir en el motivo capital que precisamente me indujo a esta tesis: la curvatura del espacio-tiempo no es posible en la explosión recta de un origen que se halla en reposo, pero sí es posible en el desencadenamiento de un origen que se halla en rotación.

 

Al igual que parece posible y necesario que la singularidad estuviese afectada de altísimas presión y temperatura, hecho por todos aceptado, acabo de exponer seis razonamientos para defender no sólo la posibilidad, sino además la necesidad de que también estuviese afectada de altísima rotación. Pero es que incluso omitiendo todo lo anterior, omitiendo la necesidad de que la singularidad estuviese en rotación, sucede que al llegar el segundo de los momentos, el de inicio de la expansión, que es el que nos interesa, de lo que hay que partir en ese justo instante es, siempre e inevitablemente, de una rotación, por lo siguiente.

 

Al constituir la singularidad la máxima de las masas imaginables, su espacio (como es obvio, por otra parte) constituiría, igualmente, la máxima curvatura de todas las posibles, la más cerrada posible, dado que el espacio cierra su curvatura en presencia de las masas.

 

Inevitablemente entonces, el primer movimiento de ese espacio curvo y cerrado, al producirse la explosión, será forzosamente concéntrico, rotatorio, si bien la curvatura iría abriéndose inmediatamente después por efecto de la presión hacia fuera, acabando por describir una espiral (figura 6, capítulo VI).

 

Por otra parte, la incoherencia de ese big bang con el resto de la historia cosmológica que tradicionalmente ha venido contándose salta a la vista. Cuando se explica el proceso de formación de las estrellas, se parte de una nebulosa que, por efecto de la gravitación, entra en rotación sobre sí misma, y al ser mayor aquella (la gravitación), que la fuerza centrífuga de ésta (de la rotación) no cesa de comprimirse más y más. Y en ese camino de contracción, llega un momento en el que la temperatura interior hace posible los procesos nucleares, la presión hacia fuera alcanzada por estos procesos se balancea con la contracción gravitatoria, y la estrella llega a estabilizarse en unas dimensiones determinadas. Esta es la explicación que se nos ha dado.

 

Sin embargo, cuando se contempla el origen como algo con una masa incalculable, nadie parece plantearse que, con mucha más razón que en el caso de la estrella, la incalculable gravedad tendría que provocar el mismo efecto de rotación. En la teoría que defiendo en este trabajo, nada de esto es así, pues luego veremos que las rotaciones están causadas por la curvatura de la expansión, no por la gravedad. A su tiempo lo veremos. Lo que he querido resaltar con esto ahora son las incoherencias existentes dentro de la propia explicación tradicional.

 

Una vez demostrado, de la forma lógica que las tesis requieren, que la curvatura de la expansión únicamente es posible por un movimiento de rotación en el origen, no podemos seguir hablando, cuando de este primer fenómeno universal lo hacemos, de "Big Bang", que traducido es la "Gran Explosión". Solamente puede explosionar aquello que se encuentra en reposo, porque el término explosión significa precisamente eso, el paso violento de lo que está en reposo a su disgregación, y acabamos de ver que precisamente esto es lo que no ocurrió en el principio. Lo que ya se halla en movimiento interno de rotación, no explosiona, se desencadena, puesto que sólo se produce un cambio de dirección de lo que ya es movimiento en sí mismo. Por todo esto, el término Big Bang debe ser desterrado definitivamente, como inadecuado a la naturaleza del fenómeno al cual se refiere, y debe ser sustituido por el término más adecuado "Gran Desencadenamiento".

 

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© Gregorio Corrales.

 

 

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