La estabilización del frente extremeño hasta el verano del 38

LA ESTABILIZACIÓN DEL FRENTE EXTREMEÑO HASTA EL VERANO DEL 38

 

Después de los combates habidos en la provincia de Cáceres durante el mes agosto, quedó estabilizado el frente en toda ella.  En los últimos días del mes, las tropas de Yagüe la abandonaron para continuar su ofensiva por tierras de Toledo.  Franco, que había instalado su cuartel general en Cáceres el día 26 de agosto, consideraba prioritario el avance sobre Madrid.  Su Estado Mayor pensaba que, una vez tomada la capital de España, la República se descompondría, acabándose la guerra con prontitud.  Estos planes no preveían la heroica resistencia de Madrid, sólo domeñada al final de la contienda, cuando ya las esperanzas de una intervención extranjera en auxilio de la República eran nulas.

Según se acercaba el ejército de Franco a Madrid, se fueron incorporando a ese frente tropas acantonadas en Cáceres y su provincia.  Varias compañías del Regimiento Argel nº 27, así como distintas escuadras de la Falange provincial combatieron en las afueras de Madrid.  Esto hizo que la defensa de la provincia quedara en manos de una débil guarnición militar, que debía multiplicarse en labores de vigilancia y reforzamiento de sus líneas defensivas.

Por parte republicana, las necesidades de la guerra también obligaron a un debilitamiento del frente extremeño.  Por un lado, la defensa de Madrid, a la que el Gobierno había convertido en símbolo de heroicidad republicana: mientras resistiera Madrid, la República aún podía salvarse.  Esa fue la razón principal por la que no se escatimaron tropas que contribuyesen a su resistencia, aun a riesgo de dejar desguarnecidos algunos frentes.  Por otro lado, la importancia estratégica de la minería andaluza y de la provincia de Ciudad Real obligaba a concentrar importantes contingentes de hombres para su defensa.

       El frente extremeño, pues, quedó bastante debilitado en ambas zonas.  Ello explica por qué no se produjeron apenas enfrentamientos armados de consideración hasta el verano de 1938, cuando los nacionales comenzaron la ofensiva del Valle de La Serena.  El frente trazaba una gran curva que, partiendo del cauce del río Tajo en las inmediaciones del Puente del Arzobispo, descendía por las Sierras de la Estrella, de Altamira y San Vicente a las inmediaciones del pueblo y Monasterio de Guadalupe, marchando luego hacia el oeste en dirección a Mérida, en sentido paralelo a la ruta de Logrosán y Miajadas.  De Santa Amalia a Guareña cortaban las posiciones nacionales el curso del Guadiana, en tanto que las republicanas se orientaban entre Medellín y Manchita.  La característica más peculiar del frente consistía en la llamada Bolsa de La Serena, un profundo entrante de las posiciones republicanas en medio del territorio dominado por los nacionales.

Ese hecho marcaría los distintos planes estratégicos elaborados por los dos ejércitos.  Para los nacionales, el peligro radicaba en la cercanía de las avanzadillas republicanas a la carretera Cáceres- Sevilla, así como a la frontera de Portugal.  Un avance del enemigo en esa dirección hubiese significado el estrangulamiento de la vía que enlazaba las zonas Norte y Sur del ejército de Franco.  Romper esa comunicación, provocando el aislamiento entre las fuerzas del Centro y Sur, para cortar así el intercambio de suministros entre ellas, era uno de los objetivos estratégicos del Estado Mayor Republicano.  A lo largo de la guerra se elaborarían distintos planes en esa dirección.  Sin embargo, las discrepancias entre militares y políticos frustrarían su realización, Largo Caballero era firme partidario de la operación, pero finalmente acabarían imponiéndose las tesis sobre la prioridad defensiva de Madrid.  El rechazo a ese plan fue una de las razones por las que Largo Caballero dimitió de sus cargos en el Gobierno.

Las fuerzas republicanas, tras la derrota de Guadalupe, se habían atrincherado en la orilla sur del Tajo, convirtiendo Puente del Arzobispo en su cuartel general, desde donde el ya comandante Uribarri intentaba coordinar las acciones de las distintas partidas de milicianos.  Una de éstas, al mando de Orencio Labrador, actuaba, desde el Puerto de San Vicente y el pueblo de Alía, sobre las fuerzas nacionales de Guadalupe y Cañamero.  Con esas tropas se formaría la Brigada 62, cuyo fin era la defensa del frente norte extremeño.  En el Sur operaba la Brigada 63, con sede en Castuera, bajo el mando del coronel Ruiz Barrón.

Por parte del bando nacional, la provincia de Cáceres dependía del Ejército del Centro, mandado por el general Saliquet, y la de Badajoz, del Ejército del Sur, cuya máxima autoridad era Queipo de Llano.  Al inicio de 1937, el Gobierno Militar de Cáceres ejercía su mando desde Puente del Arzobispo hasta el río Guadiana con organización propia de una brigada, mandada por el coronel Martín Pinillos.  En el verano de ese mismo año se le añadiría la I Brigada de la División 152, y el mando ya había pasado a depender del General Jefe del VII Cuerpo.

       La provincia de Cáceres quedaba prácticamente en manos de los nacionales.  Alía y Madrigalejo eran los únicos pueblos medianos dominados ocasionalmente por los republicanos.  También ocupaban éstos parte del territorio al sur de Logrosán, Zorita y Cañamero, en el otro margen del río Ruecas: era éste un territorio despoblado, en el que no existían núcleos de población relevantes y en el que las patrullas y avanzadillas de ambos lados apenas tuvieron enfrentamientos directos de importancia.  Este frente, escasamente fortificado, fue usado por numerosas familias para pasar a una u otra zona.  El éxodo fue muy alto en la comarca de las Villuercas.  En ocasiones, los fugitivos eran recibidos a balazos, confundidos con el enemigo, pero en general puede decirse que la cercanía de ambas líneas permitió a muchas personas escapar de la represión que uno y otro bando ejercían en nombre de sus ideas políticas.

Desde agosto del 36 hasta abril del 37, la inactividad bélica del frente extremeño fue prácticamente absoluta.  En esa fecha se produce la ocupación por los nacionales de Villar de Rena y de Rena, con el objetivo de consolidar posiciones cerca de Villanueva de La Serena.  Durante ese verano se iban a producir algunas operaciones militares, aunque de escasa importancia, que apenas alterarían las líneas del frente, En junio, los nacionales intentaron avanzar hacia Casas de Don Pedro, aunque sin conseguirlo.  En julio, se concentraron tropas en Miajadas y se produjeron enfrentamientos en Sierra Suárez.  En agosto, los nacionales ocuparon algunas sierras al Este de Guadalupe.  También se produjeron algunas fricciones en los alrededores de Madrigalejo y Granja de Torrehermosa.

       Pero no sería hasta el verano de 1938 cuando se desencadenase la ofensiva nacional para terminar con el peligro que suponía para sus líneas la Bolsa de La Serena.  Se desarrolló entre el 20 y 24 de julio, y fue ejecutada por los Ejércitos del Centro y del Sur en operación combinada.  Fueron conquistados 23 pueblos y 2.780 km², cayendo a manos nacionales poblaciones tan importantes como Don Benito, Villanueva de La Serena, Medellín, Campanario, Navalvillar de Pela, etc.  El parte de guerra, fechado el 24 de julio, habla de más de 1.000 muertos infringidos al enemigo, así como de la captura de varios millares de prisioneros.  Según relata el mismo parte, «la caballería prosigue su avance y recoge por el campo a las unidades enemigas desperdigadas».  Las operaciones de limpieza y represión de las partidas de milicianos escondidos en el campo durarían hasta bien entrado el mes de agosto.  Ante el descalabro de La Serena, el Ejército Rojo de Extremadura recibió refuerzos del XIII Cuerpo, enviados desde Levante, e inició una contraofensiva, logrando recuperar parte del territorio arrebatado por los nacionales en la provincia de Badajoz.

La operación que había diseñado el Estado mayor de Franco era, en esencia, muy sencilla.  Trazando una línea recta, en dirección norte-sur, desde Logrosán hasta Fuenteovejuna se conseguía cortar en secante la Bolsa de La Serena.  Desde el norte descendieron las tropas del Ejército del Centro, al mando del general Saliquet, el cual había establecido provisionalmente su centro de operaciones en la comarca de Logrosán.  Desde el sur ascendió Queipo de Llano con el Ejército de Andalucía.  Cuando ambos ejércitos entraron en contacto, el Valle de La Serena quedó separado de las posiciones republicanas y completamente rodeado por fuerzas nacionales.

En esa operación, los escasos territorios cacereños dominados por el Ejército Rojo pasaron a manos de Franco, siendo ocupados definitivamente los términos municipales de Alía y Madrigalejo, así como la zona sudeste limítrofe con la provincia de Badajoz.

Vencida la resistencia militar, comenzaron las operaciones de limpieza y la represión de los vencidos.  Fusilamientos, ejecuciones clandestinas, campos de trabajos forzados, purgas e inhabilitaciones profesionales, cárcel, destierro... fueron algunas de las calamidades que padecieron los hombres y mujeres que permanecieron fieles al Gobierno constitucional.  Mediante la fuerza y la violencia, los sublevados impusieron su ley a los que no comulgaban con el fascismo.  Algunas partidas de republicanos y de hombres atemorizados ante las posibles delaciones, a veces infamantes, de sus vecinos, se echaron al monte y trataron de sobrevivir como “maquis”. Los hubo por Guadalupe, Logrosán, Trujillo, Cañaveral, Sierra de Gata...  Fueron obligados más por la necesidad y el miedo que por sus convicciones políticas. Ese fue el último núcleo de la resistencia republicana en la provincia.

 

Fuerzas gubernamentales pertenecientes a un servicio de vigilancia en las proximidades de Navalmoral de la Mata.