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LA REPRESIÓN
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La
represión empezó desde el inicio mismo del levantamiento militar. Sus
primeras víctimas fueron oficiales que se negaron a secundar la sublevación.
Los rebeldes procedieron a su ejecución tras un procedimiento sumarísimo
o a su detención sin ningún tipo de garantías judiciales. La suerte de
muchos oficiales dependió, durante esas primeras jornadas, de la actitud
que adoptaron sus jefes a favor o en contra de la rebelión. Una decisión
desacertada al elegir el bando amigo, o incluso excesivamente titubeante,
podía conducir al paredón si la comandancia militar a la que se pertenecía
se había inclinado por el bando contrario.
El gobierno republicano respondió con igual dureza en las ciudades
donde fue abortado el alzamiento. Los rebeldes fueron ejecutados sumarísimamente
tras ser reducida su intentona; así el general Goded
en Barcelona o la oficialidad al mando del general Fanjul en el Cuartel de la Montaña de Madrid.
Casi a la par, comenzó la represión política. Gobernadores
Civiles, alcaldes y diputados fueron detenidos y sustituidos en sus cargos
por jefes y oficiales rebeldes. La suerte que corrieron muchos de ellos es
de sobra conocida. En la zona republicana, asimismo, se reprimió
duramente a los líderes de las formaciones derechistas. Con el paso de
los días, en uno y otro bando, no sólo fueron reprimidos los dirigentes
y cargos electos de los partidos políticos, sino que las purgas se
extendieron hasta los propios militantes de base o los meramente
sospechosos de profesar ideologías contrarias. Los
medios de comunicación también sufrirían tempranamente en sus carnes la
dureza represiva. Gobierno y
sublevados pronto decretaron la censura informativa, que fue utilizada
como técnica de propaganda al servicio de sus intereses militares.
Sólo se editaba prensa afín, la cual difundía consignas políticas
y castrenses del régimen respectivo.
Los medios hostiles fueron clausurados o reconvertidos ideológicamente.
En el bando republicano existió una mayor variedad de cabeceras
editoriales, por cuanto los partidos políticos activaron las
publicaciones como arma de combate contra el fascismo.
La pluralidad de las organizaciones marxistas y anarquistas permitió
una amplia variedad. Por contra, la prohibición de los partidos políticos en el
bando rebelde, salvo Falange y movimientos Tradicionalistas, limitó la
proliferación de la prensa nacional, férreamente controlada por las
autoridades militares. En
muchos casos, periodistas y editores fueron elegidos como víctimas
propiciatorias y ejemplarizantes. Así
sucedió en el caso de Pedro Moreno,
director de «Unión y Trabajo», primer ejecutado por las fuerzas
nacionales en la ciudad de Cáceres. Por
su simpatía hacia unas u otras ideas fueron represaliados muchos otros
profesionales. La represión
se cebó sobremanera en la intelectualidad, por cuanto ésta representaba
la defensa consciente y razonada de una determinada visión del mundo.
El caso de García Lorca es modélico, y de él se han escrito miles de páginas.
El profesorado, igualmente, fue objeto de purgas por sus
inclinaciones ideológicas, siendo sustituido en muchas ocasiones por fanáticos
ideologizados que no cumplían con la mínima capacitación profesional.
“Venceréis, pero no convenceréis”, anunció Unamuno
en Salamanca ante las tropas legionarias de Millán
Astray. El miedo a las
ideas y a su libertad de expresión atenazó a los militares, que
procuraron silenciarlas mediante la coacción y la fuerza. El
decidido apoyo que la Iglesia ofreció a las tropas de Franco,
santificando la llamada «guerra de liberación», provocó una
contundente respuesta contra ella por parte de las masas obreras.
El anticlericalismo radical de muchos militantes marxistas, que ya
se había dejado sentir durante la República, se cobró un número
elevado de víctimas entre el sacerdocio y el monacato.
Fusilamientos de religiosos, incendios de iglesias, violentamientos
de clausuras a cargo de hordas desbocadas, asolaron la geografía
republicana. Los nacionales, por contra, arremetieron contra los ateos,
materialistas y librepensadores, olvidando la caridad cristiana que decían
profesar.
Los dos bandos enfrentados utilizaron, pues, la represión como forma de
golpear al contrario y amedrentar a los indecisos.
De igual manera, sirvió para encauzar el odio contra los
discrepantes ideológicos, políticos y religiosos.
En muchas ocasiones, fueron las propias autoridades las que
incitaron a las masas en su acción destructora; en otras, los piquetes
actuaban por su cuenta, con el beneplácito y la complicidad silenciosa de
los cargos, públicos. Ni
con la finalización de la guerra, acabaría la represión. Con la captura de miles de prisioneros, se potenciaron las
comisiones de investigación para esclarecer la participación de los
detenidos en actos de guerra. No
todos alcanzaron ni siquiera el simulacro de un juicio justo.
Numerosos testimonios de supervivientes avalan, que hasta bien
entrado el año 42, continuaban los «paseos» en las cárceles. Grupos de falangistas elegían a los presos y los sacaban de
la prisión; después simplemente desaparecían o eran encontrados en
medio del campo con un tiro en la cabeza.
Prisioneros aparecían «suicidados» dentro de las cárceles;
otras veces, los cadáveres emergían henchidos, flotando en los ríos,
por las acequias, en el fondo lóbrego de los pozos. Los
historiadores no se ponen de acuerdo sobre el número de ejecutados tras
la finalización de la guerra, por cuanto los datos de muchas muertes se
hallan disfrazados en sus partidas de defunciones.
Gran parte de la historiografía moderna calcula la cifra de
ejecutados y muertos en prisión tras el fin de la guerra entre treinta y
cincuenta mil personas, rebajando la citada años atrás por la
historiografía anglosajona filorrepublicana, que la situaba cerca de las
doscientas mil víctimas. Los
que tuvieron la suerte de escapar a los fusilamientos, penaron durante años
por los campos de concentración y los batallones de trabajadores.
Las condiciones de vida eran allí infrahumanas y los detenidos temían
constantemente por su existencia, pues aún no habían finalizado las
ejecuciones de prisioneros. El
horror en alguno de esos campos alcanzó cotas difíciles de imaginar.
Así narra Vila Izquierdo, recogiendo testimonios de supervivientes, las
atrocidades cometidas en el campo de concentración de Castuera: «Tenía
70 barracones de madera. En
cada uno de ellos se alojaban 100 prisioneros.
Es decir, 7.000 hombres en un espacio reducido (...) Grupos de
presos eran conducidos a la sierra a cortar madera, con la que construían
nuevos barracones que dieran cabida a los prisioneros que no dejaban de
llegar. Sin embargo, para
acabar con el «problema», se intensificaron las ejecuciones».
Aparte del tradicional sistema del paseo, los militares de Castuera
utilizaron otros métodos de exterminio.
Según Vila, «existían
en la zona varias bocas de minas abandonadas.
Periódicamente llegaban grupos de falangistas al campo, en su
mayor parte de Castuera, y hacían formar a docenas de presos, que eran
atados unos a otros por las caderas.
Los primeros de la fila eran empujados al vacío y caían a los
pozos de las minas, arrastrando a su vez al resto de los hombres» (VILA
IZQUIERDO, J.: Extremadura: la guerra civil. Biblioteca Popular Extremeña.
Universitas, Badajoz, 1984.). Después,
y para asegurar la masacre, los falangistas arrojaban bombas de mano al
fondo de la mina. Más de
12.000 hombres pasaron por el campo de Castuera, sin que sea posible
determinar el número total de ejecutados en él.
A otros, con menores responsabilidades o con mayor suerte, les alcanzó la
cárcel y, tras un tiempo, pudieron retornar a sus hogares o se les obligó
a cumplir un largo servicio militar en el ejército franquista, sin computárseles
los años de alistamiento en la milicia popular.
A muchos de los militares profesionales que no fueron depurados,
por entender que no teniendo mando sólo eran culpables de «obediencia
debida», se les destinó a puestos cercanos a las sierras donde actuaban
los «maquis», con la orden de perseguir a las partidas y ejecutar
labores de máximo riesgo.
Otros mecanismos de la represión fueron las purgas profesionales,
mediante inhabilitaciones para ejercer determinadas actividades, y los
destierros hacia zonas alejadas de la residencia habitual.
Frente a la violencia de los vencedores, muchos de los que
escaparon huyeron a los montes para mantener desde allí el foco de la
resistencia. No es que
lucharan por la esperanza en la victoria, sino por algo más primario
todavía: por el mantenimiento de la vida.
Más tarde, el Partido Comunista intentó activar el «maquis»
como hostigamiento militar al régimen de Franco, a la espera de una
intervención de las potencias aliadas que nunca llegaría a producirse. Pero
la represión no sólo fue física; abarcó los hábitos cotidianos e
intelectuales de los españoles: dictadura política, censura informativa,
nacionalcatolicismo, persecución de las ideas, adoctrinamiento pedagógico
e intelectual... La libertad quedó secuestrada durante décadas.
A los inconformistas, a los detractores del sistema, a los demócratas,
se les persiguió de oficio mediante la policía y un código penal
restrictivo de los derechos humanos.
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