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Tras prestar atención a los medios de comunicación, es normal que
cualquier persona decente que contribuya mínimamente al bienestar
social y que cumpla con las reglas básicas de la convivencia sienta una
profunda indignación ante los hechos que nos rodean.
Es muy frecuente conocer el caso del típico
delincuente que es detenido en multitud de ocasiones (entiéndase
veinte, treinta o más veces, que ya está bien) y que sigue en la calle
delinquiendo a sus anchas, sabiendo que si nuevamente es detenido lo será
por poco tiempo.
Esta situación, como es evidente, tiene una serie de
responsables. Los de mayor culpa son los jueces y magistrados, que en un
porcentaje inquietante son de la mayor ineptitud. En España, para ser
juez sólo se requiere repetir como una cacatúa un descomunal número
de temas, algo muy poco apropiado para preparar a la persona para la
importante labor que va a desempeñar posteriormente. Porque no sólo se
requiere una capacidad mental (mejor dicho, una memoria) tan amplia,
sino que se necesita, sobre todo, cierta aptitud, vocación y saber
hacer. Porque gran parte de la paz social descansa en estos
funcionarios, y no considero adecuado que este trabajo lo realicen
papagallos.
Por desgracia, soy uno de los muchos que no sólo está
descontento con la labor judicial, especialmente en materia penal, sino
que además soy consciente de que la esperanza que suponía el que la
mayor parte de los nuevos jueces fueran (y estén siendo) mujeres no es
más que un espejismo que se ha diluido tras verlas en acción.
Considero que las mujeres son más listas que los hombres, pero no veo
el reflejo de esta norma general en el ámbito judicial. Tengo bastante
presente el caso de un maltratador encarcelado que, en contra de la
opinión del fiscal (hombre, por cierto), del director de la prisión
(hombre también) y del psicólogo de la misma (nuevamente hombre) fue
autorizado por la juez (por tanto, mujer) a disfrutar del régimen
penitenciario de tercer grado. Las consecuencias fueron las previsibles:
el animal del marido mató a su mujer. ¿Dónde está ahora la tan
cacareada sensibilidad y buen hacer de las mujeres que tanto han
pregonado sobre todo los colectivos feministas? Y esto es sólo un botón
de muestra.
La responsabilidad, en muy poca medida, también se
atribuye a la policía, que aunque como en todos los ámbitos también
tiene sus corruptelas, suele hacer relativamente bien su trabajo.
Algunas veces con poco convencimiento, al saber que los jueces, auténticos
responsables del problema, van a dejar en libertad a los malhechores en
menos de lo que canta un gallo.
¿Qué solución puede haber ante tan desalentador
panorama? Ya que el sistema funciona de forma defectuosa (el sector
judicial es de los peor valorados, esto lo sabe todo el mundo, y aparece
en todas las encuestas) los jueces deberían reunir la poca dignidad que
les queda y se magnánimos cuando se encuentren ante casos de defensa
legítima o incluso justicia propia. Así, por lo menos, y hasta que la
cosa vaya a mejor, no estaremos tan a merced de los ladrones,
violadores, maltratadores, asesinos, y demás miembros de ese colectivo
de delincuentes tan numeroso en España y que aunque algunos creen que
forma parte de la sociedad, yo no paso de considerarlos como unos
pedazos de mierda envueltos en piel humana.
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