Oración en el Huerto - Artículos y Reflexiones


Oración en el Huerto - Artículos y Reflexiones

Artículos, poesías, textos religiosos sacados del Gethsemaní o de las colaboraciones con las que queráis aportar para enriquecer la literatura de nuestra página.

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Amargura de blanca piel;
manos en llanto contenidas,
en la fría capilla;
ardiente en nuestro corazón,
en el calor del cirio de luz
alumbrando tus noches,
noches de pena y llanto.
Siempre Amargura, mi Amargura;
la Amargura eterna.

ARTICULOS PUBLICADOS EN ESTA PAGINA:

  • La experiencia de los años: Francisco Checa López
  • Judas el Traidor: Pedro Luis López Basterrechea
  • El corazón y la mente: Miguel Angel Cruz Villalobos
  • Pequeña reflexión sobre el mundo de las Cofradías: Antonio Ruiz López
  • La existencia del hombre: Mª de los Angeles Martos Rivas



LA EXPERIENCIA DE LOS AÑOS


        El inexorable tiempo nos marca un rumbo reconocido con el pasar de los meses; nos adentra en la intuición de lo que ha de llegar, la primavera envuelta en ocres aromas de un crepúsculo ensangrentado. Los años pasan más rápidos cuando nos acercamos a la vejez, es como si adivináramos la presencia del fin de nuestros días, como si el frío del invierno de nuestros años necesitara aún más la calidez desnuda del tiempo litúrgico que nos acerca a la Pasión de nuestras creencias. El arduo trabajo es continuo a lo largo del año, pero las sensaciones son nuevas, irrepetibles, cientos de veces vividas y no por ello exentas de incertidumbre, de pasión, de amor a las fechas en que los cofrades vivimos los más intensos momentos de armonía y sensaciones indescriptibles. Las madrugadas ya no son de miedo sino de llanto contenido, un perfil de espinas iluminado con naturales esencias de cera, con la blanca luna que se derrama, inalterable, por los itinerarios oscuros de mi Andalucía. La referencia de los años pasados nos hace más sensibles; la experiencia es una letanía de acciones que no descansan en lo repetitivo, lo rutinario; al contrario, nos acerca más y más al deseo de esperar, anhelantes, el último suspiro de una noche de divina pena.

        La gente joven viene con ganas, pero corre, sin paciencia quieren en un día adivinar todo el misterio que nos embarga en la Semana Santa. Los más veteranos sabemos cuidar el letargo de nuestras vivencias, nos acercamos cautelosamente, saboreando, con el instante de unos ojos cerrados, que gozan toda la esencia de una marcha cadenciosa, un paso lento hacia el irremediable dolor del sufrimiento de Cristo; y percibimos antes la expresión de los ojos de una Virgen que lloran silenciosos en el olvido de una Capilla. Pero sonreímos, anhelamos esa juventud que un día tuvimos, esa esperanza con la que vivíamos la Semana Santa, y nos acordamos, quizá llorando, seguro con cierta congoja, del amanecer puro de nuestras almas cofrades bautizadas al pie de cualquier Cristo con advocación de nuestros miedos, nuestras angustias.

        Se nos ha dado un ministerio, un poder grandísimo al elevarnos a la categoría de cofrades. La responsabilidad ante los más jóvenes, ante nuestros hijos, es dolorosa en su contenido, hecha a fuerza de túnica y cirio, de llamador y trabajadera, de reuniones y arduo trabajo ingrato en un mes de estío. Pero la experiencia no es mera consecuencia del transcurrir de los años, sino el producto del trabajo realizado, unas veces bien otras mal, pero siempre rendido a los encantos de servir a nuestra Semana Santa desde lo profundo del corazón. Pero no todo es trabajo, siempre se compensa con las dulces experiencias de todo lo que rodea la Semana de Pasión. Escuchar música una tranquila noche de invierno al abrigo de unas notas armoniosas, un tiempo de adagios en la pasión hecha música, compartir con amigos tertulias interminables que sacian la pasión de nuestros recuerdos, nuestras futuras experiencias; la dulce vivencia de los preparativos de un pregón…..

       Pero el aprendizaje ha de ser punto de partida para que la evolución de las Hermandades sea un hecho real, un objetivo basado en encontrar un fin cristiano que sea la formación continua de nuestros hijos. Las nuevas generaciones han de estar implicadas en el lógico evolucionar de los tiempos, crear nuevas formar de fomentar la vida cofrade desde la sensibilidad de los problemas sociales y la solidaridad. Esa evolución de nuestras Hermandades es el testigo del pensamiento y forma de actuar de los nuevos cofrades que conforman las actuales Juntas de Gobierno.

        Hemos pasado de la única programación del desfile procesional, a la confección, seria y comprometida de auténticos calendarios de cultos y formación que, para los que llevamos varios años, nos resulta, cuánto menos extraño, ya que hemos evolucionado en unos tiempos dónde la Semana Santa sólo era la escenificación de la Pasión y Muerte de Cristo en la calle, en nuestras procesiones. No obstante, y por otra parte, hemos sido nosotros, los más mayores, quienes hemos reflexionado y cambiado la visión de las actuaciones dentro de las Cofradías. Somos, por tanto, la transición valorada dentro de la Iglesia Católica que, después de muchos años, se siente más involucrada y representada que en pasadas épocas.

        El esfuerzo ha de ser unánime si queremos dar ese cambio positivo que nos eleve al verdadero sentido de Asociación Eclesiástica, sin perder las tradiciones y costumbres que nos definen como cofrades. Los próximos años se intuyen de cierto declive por el natural proceso de evolución. Hemos pasado una época álgida donde las Hermandades han sucumbido a las nuevas formas de sentir y vivir la Semana Santa. Se pasó en pocos años de una crisis interminable a un resurgir generalizado de todos los aspectos de las cofradías. Los costaleros fueron una de las necesidades que mejor y más ampliamente se vio reforzada y mejorada; después fueron los hermanos de luz los que invadieron, gracias a Dios, nuestros desfiles de Penitencia. Han sido, por tanto, unos años gloriosos, colmados de todo el apogeo que define la seriedad del esfuerzo y responsabilidad de las personas a cargo de la Semana Mayor.

       Pero, como dije antes, esta evolución tiende a descender poco a poco por el sentido mismo de la vida. Son otras las costumbres; nuevas generaciones que aún están por descubrir en todos los aspectos de la vida y, cómo no, en el aspecto de las Cofradías. Sólo cabe esperar que nuestra juventud, nuestros adolescentes, sepan ver y comprender ese entusiasmo que todos hemos adoptado al sentir unas creencias que nos movían a definirnos en la vida cristiana que hemos elegido. Existen pruebas fehacientes, que duda cabe, de que efectivamente existe cierto ambiente juvenil impulsado por la cultura de las Cofradías, pero, la edad así me lo manifiesta, considero que ese aspecto cultural no es vehículo suficiente para llegar a amar, para toda la vida, el sentimiento de ser Cofrade.

        Ser cofrade es difícil de definir. Es verse involucrado en una forma de vida dónde la hermandad es símbolo de la unión del amor a Cristo. Es apropiarse de la Pasión y muerte de nuestro señor para encauzar el modelo de vida  a seguir. Es la caridad entre los hombres, la humildad, la solidaridad en lo concerniente a la problemática social, sensibilizarse de los problemas de la humanidad para transformarlos y solucionarlos desde el ministerio de evangelización de nuestros puestos en las hermandades. Y es rendir culto a nuestro Dios, a su Santísima Madre y ser fiel reflejo de la vida de Jesucristo desde nuestras humildes y efímeras vidas.

        La reflexión de los más jóvenes ha de serenarse y prestar atención a la experiencia de los años vividos por los mayores que pretenden enseñar, dar un giro a sus vidas, para verse involucrados en la intensa y profunda emoción de sentirse válidos para demostrar la fe desde la religiosidad popular. El inmenso placer de la recompensa es profesarse apto para confraternizar con los hermanos provenientes de un todo universal consagrado en la figura de Jesús. Es sentir la libertad de amar y sentirse amado en la comunión de la penitencia conjunta, la reconversión de un ideal de vida encaminado a los demás.

        Animo a las vocalías de juventud a reflexionar sobre la importancia de ser responsable en este arduo trabajo. Valorar el compromiso de sus puestos dentro de las Juntas de Gobierno, dónde han de encauzar su misión en aportar a los jóvenes aquello que alimenta sus sanos deseos de emprender una vida repleta que les engrandecerá y colmará en el orgullo de darse al otro, al hermano.

        Algún día, esa experiencia se verá saturada de bienestar individual como el que sentimos aquellos que hemos querido vivir, en el seno de las hermandades, el verdadero sentido de nuestras vidas, aprendido a través de los años y dando su fruto en la paz y tranquilidad del trabajo bien hecho.

Francisco Checa López
Cofrade



JUDAS EL TRAIDOR

           

             Nos encontramos en el mes de Nisán, en la Palestina de hace más de dos mil años, en una pequeña aldea situada a tres kilómetros de la Ciudad Santa de Jerusalén, se trata de la tranquila Betania, en la casa del entrañable amigo de Jesús, Lázaro, a quién no hace muchas jornadas lo había devuelto milagrosamente a la vida. Se está agasajando al Señor y a sus discípulos en un banquete tradicional de la época y asistimos a una sorprendente y profundamente conmovedora escena, una de las dos hermanos del resurrecto Lázaro, María, tomando de un vaso de alabastro una libra de bálsamo precioso de nardo auténtico unge los pies de Jesús y se los enjuga con sus propios cabellos. Judas, que era el tesorero del grupo, le contraría la generosa acción de la mujer y pregunta el porqué no se ha vendido este ungüento en trescientos denarios para darlos a los pobres. Jesucristo le ataja, diciéndole: "¡Déjala¡" y explica a los allí presentes, que el acto de devoción de María no es sino un preanuncio de su propia e inminente muerte: "son los cuerpos muertos los que se ungen, no los vivos", les dice.

             Pero ¿Quién fue este pérfido discípulo que ha concitado tanto odio a lo largo de la historia de la Cristiandad?. La Biblia da escasas noticias de él, tampoco nos revela el verdadero propósito de su acción, ni las causas que a ella le impulsaron, ni siquiera  llegamos algunos a comprender el papel que jugó en la divina tarea de la Salvación, ya que Jesús sabía desde un principio que iba a traicionarle, incluso desde el mismo momento de su elección como discípulo: "¿No os he escogido a vosotros doce, y uno de vosotros es un diablo?". Jesús al pronunciar estas escalofriantes palabras no nombra al malvado; pero S. Juan en su Evangelio, escribe: "Hablaba de Judas Iscariote, el hijo de Simón, pues era él quién había de hacerle traición".

            Judas o Judah fue, pues, uno de los Doce, hijo de un tal Simón, con el sobrenombre de "Iscariote", que no se sabe sí deriva de una voz aramea que significa "hipócrita" o "mentiroso" o lo que es más probable, que este apodo designe su lugar de nacimiento, Queriyyot o Kraiot - en hebreo Ish-Kraiot--una pequeña aldea al sur de Palestina. Hay que decir que no existe razón para sospechar que se uniese al grupo con la intención predeterminada de la traición, ni el ánimo de venderle a sus verdugos. El reconocía en Jesucristo a un guía espiritual de talla excepcional, y, al igual que los demás discípulos, lo dejó todo para seguirle y con todos ellos comparte las estrecheces y juntos se aventuran en adentrarse en poblaciones hostiles, juntos comen y beben y al caer la tarde, también juntos, se sientan alrededor del Maestro, para escuchar esta frase o aquella parábola. Es, por tanto, obvio que ni Jesús ni los demás desconfiaban de él, porque entonces no le habrían confiado el dinero que recibían de los donativos para pagar los gastos y dar limosnas. El hecho de haber optado Judas libre y deliberadamente por el mal, constituye el más interesante y complejo fenómeno psicológico del Nuevo testamento.

             Faltan dos días para la Pascua y el drama va ganando en intensidad, hasta el Sanedrín llegan rumores que encienden la llama de la sospecha. Jesús es un agitador, ya que está predicando el desacato a la antigua ley hebraica, un instigador de masas porque ha acusado públicamente de hipócritas a los escribas y fariseos y un embaucador, o es que ¿no constituyen las turbas que le salen al encuentro, y que Él mantiene hechizadas con sus palabras, materia propicia para la revuelta?. El Consejo Supremo Judío acuerda terminar con el peligroso agitador. No hay tiempo que perder. Pronto se reunirán en Jerusalén millares de peregrinos para celebrar la Pascua, si Jesús les habla, todo puede suceder. Una revuelta popular traería a Israel a la guarnición romana, aplastando la pequeña libertad de la que gozaban, todavía, las autoridades religiosas Judías.

             Para apresurar la detención de Jesús, los fariseos y los príncipes de los sacerdotes mandan que "si alguien sabía donde se hallaba estaba en la obligación de decirlo". En esta tensa situación, Judas va a ver a los sacerdotes y les dice: "¿Qué me dais sí os lo entrego?". ¿Por qué?, ¿Qué llevó Judas a tomar tal decisión?. El Evangelio no nos lo dice. Sin embargo se me ocurren un par de razones derivadas de la lectura reflexiva y atenta de los pasajes evangélicos. Está claro que Judas había perdido la fe en Jesucristo, sin duda alguna, y al igual que muchos otros, había visto en el Maestro al largamente esperado "mesías político" que habría de acaudillar el levantamiento contra Roma. Cuando Jesús dijo aquello de "mi reino no es de este mundo", estas palabras producirían una profunda decepción y dolorosa sorpresa en el Iscariote, y sí era un fanático patriota, cosa que no nos consta, acaso ¿no pudo su desengaño tornarse en odio?. Era un hombre amargado y vengativo el que hizo el mezquino trato con los príncipes de los sacerdotes, y esto lo demuestra el hecho de que le ofrecieron treinta siclos de plata, el precio corriente de un esclavo varón, y Judas que no desdeñaba las pequeñas raterías - S. Juan, nos dice que fue un "ladrón", un desfalcador de los fondos que custodiaba y, que no se ocupaba de los pobres que Jesús había puesto a su cargo--, por lo que bien pudo su apego al dinero haberle dado el impulso final.

              Durante la Última Cena, un siniestro augurio flota en el aíre. Jesús sabe ya que uno de sus discípulos se ha comprometido a traicionarle por dinero y aunque lava humildemente los pies de Judas, al igual que los de todos, hace una salvedad: "Estáis limpios, pero no todos". Al dirigir la mirada a su alrededor cuando termina de pronunciar estas palabras, sus ojos descansan un instante sobre la figura de Judas. Sí le hubiera delatado en aquel preciso momento, los demás apóstoles se habrían precipitado sobre él con presteza. Más tarde, Jesús, "turbado el espíritu", comunica a los doce su profunda congoja, y les dice: "Uno de vosotros me hará traición". Todos quedaron atónitos, se miraban unos a los otros, sin saber de quién hablaba, quién podría ser el traidor, preguntando al Señor uno tras otro sí se refería a él, en medio de esta expectación se oye la voz de Judas, que pregunta: "¿Maestro soy yo?, la respuesta de Jesús es casi inaudible: "Tú lo has dicho". Sólo a Juan, el discípulo predilecto, sentado a su lado, le revela: "Es aquel a quién yo dé un bocado"; un instante después y al estilo tradicional de los anfitriones, Jesús moja un trozo de pan en vino y se lo ofrece a Judas, que lo acepta. Con nostalgia y recordando su larga camaradería, Jesús recita tristemente el Salmo: "Aquel a quién yo me confiaba y comía mi pan, alzó contra mí su calcañal".

             Es una cena triste, demasiados silencios, no están los ánimos para muchas celebraciones. En las postrimerías del ágape, Judas se levanta de la mesa, y Jesús le dice: "Lo que has de hacer, hazlo pronto". Los discípulos creen sencillamente que el Maestro envía a Judas a comprar provisiones o distribuir limosnas. Judas, sin embargo, ya decidido a consumar su traición, sale a ejecutarla.

            Sabe, Judas, que el Maestro va a pasar la noche con sus discípulos en el pedregosos huerto de los olivos de Gethsemaní y para evitar que los soldados cometan un error, Judas había pactado con ellos una señal: "Aquel al que bese, ése es". Se adelanta hacia Jesús, le besa en la mejilla y dice: "¡Salve, Rabbí¡", al saludo del traidor, Jesús contesta afablemente: "Amigo, ¿ a qué vienes?... ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?. Momentos después, y tras superar sus propios miedos, se llevan a Jesús.

            ¿Asistió Judas al juicio de Jesús?. ¿Declaró como testigo en contra de Él?. Todo lo que sabemos es que la impresión de ver condenado al Maestro le desquició, y el remordimiento se apoderó de él. "¡He pecado", gritó, "vendiendo sangre inocente¡". Judas, entonces, sigue a los sacerdotes hasta el Templo y arroja las treinta monedas con vehemencia, contra el suelo de piedra. Sale del Atrio, y como enloquecido se dirige con  presteza hacia el sur, sale de la ciudad  por la antigua puerta de Gehena, en el valle Hinnóm, en dirección a la finca Hacéldama - el "campo de sangre", en arameo - y eligiendo una higuera, según S. Mateo, "fue y se ahorcó".

            Muchos de nosotros nos preguntamos, qué habría sucedido sí Judas, en vez de tomar la tan funesta determinación de suicidarse, se hubiese arrojado al pie de la Cruz, arrepentido, implorando perdón. ¿Acaso se lo hubiera negado su Divina Víctima expirante?


                                                          Pedro L. López Basterrechea.
                                                         
Febrero 2002.

                                                           


EL CORAZÓN Y LA MENTE



A veces  las personas necesitamos una ayuda que nos eleve la autoestima.


         Llamamos autoestima al estado de ánimo por el cual las personas nos consideramos importantes en nuestras actuaciones y creemos que lo que hemos obrado es lo correcto. Este estado sufre variaciones, no siempre se encuentra en su momento álgido, a veces es por culpa intrínseca del espíritu del que les escribe y otras son ingerencias exteriores que influyen decisivamente. Se puede tener la autoestima baja por la muerte de un familiar, en este caso nos damos cuenta que no somos nada ni nadie, la levedad del ser se hace patente de una forma atroz; si no que se lo pregunten a mi amigo Paco Checa. Otras veces se produce por la incomprensión de otras personas -a veces de mala fe-, que  crea frustración al preguntarte si efectivamente te has equivocado o no has sabido comunicar tu trabajo a los demás,  al final sientes tristeza y te enfadas contra ti mismo.

         Así, ensimismado, parado y un tanto cabizbajo, con los pensamientos bullendo en la cabeza fruto del encuentro casual con el individuo que había producido aquel desasosiego, me encontraba en cierta calle de nuestro pueblo.

         Los Miércoles Santos, desde tiempo ha, tengo por costumbre observar, con embeleso y cierto arrobo de orgullo ajeno, una de las escenas más apasionantes de mi Semana Santa, la salida procesional de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Oración en el Huerto y María Santísima de la Amargura. Después, desde el cambio de itinerario, sigo a la Señora calle La Fuente arriba escuchando los sones de la banda de palio, al llegar a la Plaza, me adelanto y recibo el cortejo, de frente,  en las escalinatas del monasterio. Aquel día, un poco por casualidad y otro poco por ver la dificultad del giro de la calle San José hacia el Albullón atajé por el techadillo para llegar  a dicha confluencia. La gente no es tonta y había tenido la misma idea, de modo que, un poco cariacontecido, me coloqué a la altura del antiguo local y locutorio de Telefónica -los de mi edad saben de qué hablo-.

        Después del citado encuentro, mi mente volaba fuera de mí e impedía la relación con el exterior, de esta forma pasó la Cruz de Guía emblemática de nuestra Semana Mayor y no me enteré, pasaron nazarenos, incluso alguno me hizo un gesto de complicidad, sin duda algún alumno, pero yo seguía fuera de mí.

       De pronto... ¡PARARSE AHÍ!, la voz me hizo volver a la realidad. El Paso de Misterio frente a mí, miré hacia arriba y, como siempre, me admiré de la potencia de las dos imágenes; bajé la mirada y me encontré con la del capataz, serio y con el gesto grave, como corresponde al trabajo que va realizando; no vino, se volvió y con voz grave pronunció las palabras, a mi juicio, más hermosas que se han dicho a una persona  en esas circunstancias, las recordaré siempre: "
ESTA LEVANTÁ OS LA VA A DAR ALGUIEN QUE HA HECHO MUCHO POR LA SEMANA SANTA MARTEÑA, UN BUEN AMIGO MÍO Y TAMBIÉN DE LA COFRADÍA"...

        ... el corazón empezó a latir con fuerza, parecía que iba a salírseme por la boca y mi autoestima creció, creció y creció, y se elevó, tanto como se elevó el Paso impulsado por los poderosos músculos de aquellos benditos costaleros al golpe del llamador.

      Un abrazo amigos, un abrazo Francis
     
Miguel Ángel Cruz Villalobos


PEQUEÑA REFLEXIÓN SOBRE EL MUNDO DE LAS COFRADÍAS.


       Las cofradías, al igual que todas las asociaciones, agrupaciones o entidades, las forman personas que son las que con sus características particulares y peculiares les dan una personalidad a la entidad propia. Dependiendo pues de esas personas y de su forma de actuar y de pensar, de su forma de hacer las cosas, la entidad tomará una filosofía que marcará su camino y existencia, dotándose de unas cualidades que la harán capaz o incapaz de la finalidad para la que fue creada.

       Pienso en la utilidad de una Agrupación de Cofradías en Martos y creo, en base a mi experiencia, que la Agrupación no sirve para nada, absolutamente para nada. En Martos ha existido una Agrupación presidida por D. Miguel Angel Cruz Villalobos en la cual he tenido la suerte de estar presente en su comisión permanente y hoy, a tiempo pasado, pienso que el trabajo realizado en esa comisión, que ha sido mucho, no ha servido nada más que para gratificación personal nuestra, lo cual ni siquiera llega a compensar el tiempo empleado en ello. No digo que hallamos sido los mejores, pero sin duda tampoco los peores; hemos desarrollado actividades que jamás se habían visto en Martos; por primera vez hemos visto para lo que servían las vocalías y se ha pretendido transmitir esa ilusión a las cofradías, lo cual veo que no se ha conseguido. La presencia del colectivo cofrade de Martos en los actos programados siempre ha brillado por su ausencia, el apoyo de las cofradías en momentos puntuales y casos especiales ha sido positivo, pero en la mayoría de los casos, nulo y totalmente negativo; anteponemos intereses personales a beneficios generales; del apoyo del clero que decir, salvo raras excepciones todos sabemos que a ellos no les gusta la Semana Santa y que los cofrades somos cristianos-santeros de segunda división; se siguen utilizando los cargos directivos como escaparates propagandísticos para popular conocimiento de las personas que los ostentan, los piques entre cofradías siguen existiendo motivados por sus directivos que no ven más allá de lo que les alcanza la nariz, todo es malo y todo es negativo porque viene de personas que no nos agradan o que simplemente no nos caen bien y así, señores, nunca avanzaremos. Seguiremos anquilosados en un  presente eternamente prometedor y mucho me temo, y ojalá me equivoque, que no tardarán mucho en volver las vacas flacas, y el esplendor y grandeza que respiramos se transforme en la simpleza y racanería de tiempos pasados. Estas circunstancias, de los que de muchas me siento culpable, he visto como se han iniciado en el seno de nuestra comisión permanente y se han trasladado a todas las cofradías, las cuales internamente ya las tenían, formando un entresijo de hipocresía cofrade y falso amor fraternal que me llevan a pensar que en definitiva, los que estamos aquí somos siempre los mismos, salvo raras excepciones que lo desconocen y se internan en este mundo hasta conocerlo, y que permanecemos aquí porque la calidad humana nos hace pensar que el simple hecho de que nos guste tapa todo lo demás hasta que un día decimos basta y que sean otros los que hagan lo que nosotros hemos hecho con todo nuestro empeño y tesón, mejor o peor, pero a nuestra manera que para nosotros es la mejor y la más acertada o correcta.


     ANTONIO RUIZ LOPEZ

 

LA EXISTENCIA DEL HOMBRE



       No sé cuantas veces, por conocidos, paso por ciertos lugares sin reparar en ellos, olvidándolos antes de haberlos recorrido. Son calles sin renombre, recodos anónimos, edificios vetustos cuyos muros toco sin consciencia, atraída mi mano por alguna vibración misteriosa que ni el verdín ni la suciedad incrustada en la piedra detiene.

         Pero en días como este, en que vivir es una victoria, o un privilegio, en que la incertidumbre y la confusión acentúan la extrema fragilidad del ser, y hay que revestirse de frialdad y desapego, de indiferencia (y la máscara no es suficiente coraza) porque todos pretenden saber más y mejor que nadie, metamorfoseada  la sapiencia en el arte del fingimiento, y hay que sentir el vértigo de vivir deprisa y sin asidero, conmocionado por tantos sueños forzados, la inconsistencia del tiempo, que no me deja nada nuevo sino las mismas preguntas sin respuesta y los mismos puntos suspensivos, atrae mi atención hasta estos sitios permanentes, razonablemente perdurables, que son mi entorno inmediato: múltiples caminos de ida y vuelta que acogen mis pasos y marcan mi lugar en el mundo.

         Hay un convento donde, intramuros, aparte de la pulcritud y los rezos se perpetúa la más antigua tradición pastelera:  a las doce y media, ciertos días, el aire huele a ajonjolí y anís estrellado, a horno encendido, a azahares. En todo el barrio en cada solar edificable, surgen restos desconocidos ajenos al trasiego urbano que hablan sin boca de otras costumbres, de otros cultos, de otras vidas; sedimentos que hundidos en el subsuelo valen mas que la más extensa recopilación histórica.

         Más allá perdura ese intento pueril de hacer concesiones a la naturaleza trayéndola junto al cemento, encorsetándola entre losetas y muretes  ( y ella prolífica, despreciando fronteras aéreas y terrestres, conquistándolo todo sin miramientos), edén imposible, imperfecto, ahogándose sobre la tierra; y como contraste, por fin, me acerco a los grandes espacios abiertos, artificiales, desolados, eriales construidos por la generación presente, que no dicen nada; sólo vacía que provoca vacío al contemplarlos.

         Esta es la historia del hombre, concentrada en un kilómetro cuadrado.

          El hombre: afanoso, perfeccionista, inconstante, vano, descubridor de portentos, pasional, mentiroso, engreído, obcecado, incongruente, feroz, egoísta, devastador, estudioso, insensato; capaz de convertir la tierra en escultura o en escombrera; inconsciente y sublime, poderoso y minúsculo, cosmopolita y pacato, baladí, místico; en todo caso, residuo final sepulto.

          Ante tanta realidad encubierta por ruidos matutinos y alrededor de lo evidente, en un banco cualquiera, sentada, en un parque y al socaire, paseando, mirando el árbol o el ir y venir de las gentes,  mi cabeza un enjambre de adjetivos, hasta yo tengo hoy el don de la presciencia: colapso o decadencia, sostenimiento o ruptura, siempre utopía para el futuro, y olvido, esa nada que vela las memorias y soterra lo pretérito en la soledad de lo ignoto.

          Esto  veo, Esto conozco sin haber visitado el mañana. Y, lógicamente, no estaré entonces para vivirlo.

          Así, desfilando ante mis ojos la futilidad de todas las cosas, ciega, huyo en este día ingrato de todo contacto humano (y lo anhelo), huyo  de la letra impresa, huyo de la imagen que un espejo, al azar, me devuelve, atemorizada por mi dependencia de la urbe que nada sino materia ofrece, que sólo engendra locura, ansia y hastío.

          Mas es posible que yo pueda aprender no solo de lo que veo; es posible que, yendo mas allá, a lo inasible, pueda llegar hasta lo plural del hombre, hasta lo infinito; que lo arcano me enseñe, para vivir, la fe inamovible del hebreo, la hospitalidad del mahometano, el recogimiento del hindú, la tolerancia del budista, el profundo respeto a la naturaleza del animista, la generosidad del agnóstico, la proverbial paciencia del politeísta, el entusiasmo del cristiano nuevo, el vocabulario del charlatán o lo esencial de todos ellos, lo particular de cada uno como potencial punto de referencia; sus virtudes, el crisol de donde brota la alegría, la verdad en la que vive la esperanza , a pesar de este progreso convulsivo, a pesar de esta unidad ilusoria, a pesar de la engañosa universalización  excluyente que crea distancias antes de haber patrocinado el global acercamiento.




       María de los Angeles Martos Rivas



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