Por Marden
Cada uno es arquitecto de su propio destino: Quien se proponga levantar el edificio
de su propia personalidad y prosperidad ha de representárselo primero en la mente,
bien definido, de manera que le sea más fácil llevarlo luego a la realidad. La
imaginación es una de las más eficaces colaboradoras, porque los que hoy sueñan
con fuerza en el ideal de lo que desean
llegar a ser, esos serán los que mañana habrán logrado sus ideales. Por lo tanto
formémonos nuevas imágenes, nuevas ideas de lo que deseamos llegar a ser y realizar.
El ser más pobre que existe es el que tiene menos ideales. No creamos que el
más pobre es el que tiene menos posesiones. El mezquino, el miserable es el
que cree que él ya nada bueno puede obtener. El que forma una pobre opinión
de sí mismo, de su suerte, de sus cualidades. Ese sí que es el más pobre de
todos los pobres.
Los grandes realizadores trabajan mucho menos con sus manos que con su cabeza.
Ha leído la biografía de Napoleón o de Bolívar? Pasaban horas y horas meditando,
pensando en lo que anhelaban conseguir. "Parece que mis victorias
han sido producto solo de la buena suerte, pero lo que no sabe la gente es que
cada una de ellas fue precedida de muchísimas horas
que dediqué a pensar y meditar cómo se podría conseguir", decía Napoleón.
Ha oído Ud. la novena sinfonía de Beethoven? qué maravilla. Se queda uno boquiabierto
de la emoción. Y sabe cuanto duró componiéndola? 19 años pensando y meditando
en esa música que deseaba conseguir. Cuando el día de su estreno la gente gritaba
y aplaudía sin cansar, Beethoven había conseguido su ideal: componer una pieza
de música que gustara a todos. Pero había trabajado 19 años con su mente para
obtener ese ideal. Pensar, meditar: qué gran remedio para librarnos de la pobreza
mental que es la que impide llegar a la realización plena de nuestra personalidad.
Dios no contraria los buenos ideales sino que los apoya: porque esos ideales
han sido puestos por El mismo en nuestro corazón. La Biblia cuenta que Abraham,
al dejar de ser nómada deseaba tener una tierra propia para su familia, y Dios
le prometió satisfacerle ese gran deseo. Abraham, sin hijos desea tener uno,
y aunque era casi imposible por ser tan viejo él y estéril su esposa, Dios le
concede el hijo deseado. Dios no va contra nuestros anhelos. Dios apoya nuestras
buenas aspiraciones que él mismo colocó en nosotros para que nos arrastren hacia
adelante.