EL MINOTAURO

 

 

 

EL MINOTAURO

 

 

 

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Palacio de Cnosos: zona de almacenes

 

 

 

A finales del siglo XIX, cuando Schliemann se interesaba por Cnosos, se desconocía la historia real de Creta en la antigüedad. Solo los trabajos continuados de Evans habrían de permitir acceder al conocimiento de esa rica historia, gracias a los trabajos arqueológicos. No obstante, desde los periodos más antiguos de la civilización griega Creta había jugado un papel de primera importancia dentro de las viejas leyendas y mitos heládicos, que situaban en la isla algunas de las más antiguas tradiciones que desde tiempos inmemoriales se habían transmitido.

 

En Creta habría nacido nada menos que Zeus, el Señor de los dioses olímpicos. Para evitar que fuese devorado por Cronos, su propio padre, la madre del dios lo habría escondido en una cueva cretense, situada en el monte Ida, donde habría podido sobrevivir gracias a la alimentación que le proporcionó la cabra Amaltea. Ya crecido, Zeus, enamorado de Europa, hija del rey fenicio Agenor, consiguió seducirla y transformado en un bellísimo toro raptó a la doncella y la llevó a Creta, donde fruto de sus relaciones carnales nacería, entre otros, el igualmente legendario rey Minos, que llegaría a ser Señor de la isla y del mar Egeo.

 

El poeta latino Ovidio, en sus "Metamorfosis" nos ha dejado narrados, con su inimitable estilo, algunos detalles referentes al mito de Minos. Fruto de los amores antinaturales de su esposa Pasifae, también enamorada enloquecídamente de un toro, animal siempre presente en los mitos cretenses, habría nacido un monstruo, medio hombre y medio toro, conocido como Minotauro, al que Minos decidió ocultar encerrándolo en un lugar sombrío y tenebroso (el Laberinto), cuyas mil vueltas hacían que quienes en él entraban no fueses capaces de salir. Incluso Dédalo, el arquitecto más hábil de la época, creador del Laberinto, apenas hubiera sido, el mismo, capaz de encontrar la salida.

 

Minos, rey de Creta, había condenado a los atenienses a pagar un duro tributo. Debían enviarle siete varones y otras tantas hembras para ser entregados a la crueldad del Minotauro. Uno de esos infelices era Teseo, hijo del Rey Egeo, pero he aquí que Ariadna, la hija de Minos, la doncella de las rubias trenzas en palabras de Homero, sintió piedad y sin duda amor por él, entregándole un hilo que Teseo ató a la entrada del Laberinto, pudiendo salir de ese modo, felizmente, después de haber dado muerte al monstruo, huyendo con Ariadna a la cercana isla de Naxos, una de las Cícladas, donde olvidando toda la gratitud que le debía tuvo la crueldad de abandonarla. En Naxos Ariadna caería en la más profunda desesperación pero sería pronto consolada por Dionisios, dios lúdico y civilizador, que tras ofrecerle su amor habría de colocar en los cielos la corona que le había dado en el deseo de hacer inmortal el recuerdo de esta princesa tan virtuosa.

 

La leyenda del Minotauro vendría a reconocer como en los tiempos antiguos de la historia griega la Hélade habría estado sometida al poder de Creta, cuyo rey, el no menos legendario Minos, habría sido realmente el dueño y señor de todo el Egeo, gracias a una flota con la que a mediados del segundo milenio antes de nuestra era habría sometido a los demás pueblos de la zona, ejerciendo los comerciantes cretenses una intensa actividad económica que les habría llevado a frecuentar lugares como Chipre, las islas Cícladas, Egipto y la propia Grecia continental. Los contactos con Egipto, a modo de ejemplo, están claramente documentados arqueológicamente en la medida en que cerámicas minoicas de estilo Camares se han encontrado en el delta del Nilo, en tanto que multitud de escarabeos egipcios de la XII dinastía se han identificado en las excavaciones cretenses.