EL DESTINO DE ENEAS
 

EL DESTINO DE ENEAS

 

 

 

 

Los reproches de Dido no habrán de evitar, como vimos, que Eneas la abandone, obedeciendo de ese modo los deseos de los dioses que quieren que de este héroe, hijo de Afrodita, surja una nueva nación cuyo alto destino será, precisamente, regir a todas las demás naciones que componen el mundo. Dido, desesperada e incapaz de soportar la ausencia de su amado morirá clavándose una daga en el pecho. En la propia "Eneida", en palabras de Anquises, padre de Eneas, encontramos un poema que trasluce, claramente, ese destino que aguarda a Roma:

 

"Labrarán otros con más gracia bronces animados

(no lo dudo), sacarán rostros vivos del mármol,

dirán mejor sus discursos, y los caminos del cielo

trazarán, con su compás y describirán el orto de los astros:

tú, romano, piensa en gobernar bajo tu poder a los pueblos

(éstas serán tus artes), y a la paz ponerle normas,

perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios".

 

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Escultura thoracata de la Colección Tienda, procedente del entorno del Foro Colonial de la Córdoba romana.

 

A través de la legitimación de la historia de Roma que Virgilio consigue en su "Eneida", haciendo entroncar en la causa troyana el nacimiento de la nueva nación, se encuentra, incluso, la legitimación de un suceso atroz que en su momento impresionó a las mentes sensibles de la época: la ocupación y el saqueo de las ciudades griegas por las legiones romanas. Ahora, al acreditarse que Roma estaba emparentada con Troya, podía ser justificado que, en represalia por el saqueo de la ciudad de Eneas que llevaron a cabo los griegos en la Antigüedad, procedieran los romanos a incluir, ahora, a la propia Grecia entre sus dominios.

 

Un pueblo destacó en los tiempos clásicos por su atroz odio a Roma: Cartago. Ambas naciones se enfrentaron hasta que una de ellas fue exterminada. Los motivos de ese odio tan profundo quedaban también, gracias a la "Eneida", al descubierto y se justificaban por el abandono por Eneas, el primer hombre que los romanos habrían de sentir como propio, de Dido, la primera reina de Cartago.