| ENEAS Y ASCANIO
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| En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid se
custodia un conjunto de distintos objetos de época romana (seis figuritas de terracota y
diez vasos cerámicos) que fueron comprados al anticuario R. Mora y que supuestamente
procederían de la ciudad de Córdoba o , quizás, de sus inmediaciones (Cerro Muriano).
El lote incluye una pieza de 11,5 cm de altura que reproduce a un hombre que lleva de la
mano a un niño, grupo que ha sido interpretado como Eneas con su hijo Ascanio, en el
momento de la huida de Troya. No se conserva la cabeza ni el costado izquierdo de Eneas,
pero, sin duda, el héroe troyano portaba, precisamente apoyado en ese hombro, a su padre
Anquises, en esos tiempos ya anciano y paralítico.
Esta pequeña terracota viene a implicar la recepción del mito de Eneas en un ambiente de tipo doméstico cordobés, mito que habrá de culminar, tras abundantes aventuras, poniendo los bases de lo que luego habrá de ser el propio mundo romano. Se piensa, además, que en uno de los foros de Córdoba debió reproducirse igualmente, ahora a tamaño colosal, este mismo asunto de Eneas, habiendo dejado constancia de ello, probablemente, la inmensa escultura thoracata de la Colección Tienda, cuya altura total no debió ser inferior a los 3,5 metros y que representa un magnífico prototipo de personaje heroico o divinizado, revestido de una coraza decorado con grifos (animales fantásticos) y roleos de gusto augusteo. Atestiguan, estas piezas, que el Foro Colonial de la Colonia Patricia Corduba vendría a ser una réplica, como sucede en Augusta Emerita, del propio Foro de Augusto en Roma, en donde el grupo de Eneas ocupaba una de las dos exedrae.
Ofrecemos seguidamente al lector, tras estos antecedentes que nos hablan de la recepción del apasionante mito de Eneas en los ambientes públicos y privados de la antigua Córdoba romana, la evocación de uno de los momentos más atractivos del mito, cuando el héroe, siguiendo los deseos de Zeus, se ve forzado a abandonar a Dido, reina de Cartago.
Las tradiciones clásicas nos han dejado constancia de que Afrodita, diosa del amor y esposa de Hefesto, el Vulcano de los romanos, no supo ser, precisamente, una esposa fiel. A ella, experta en las artes amatorias, no le fue difícil conseguir el amor de otros dioses, como Ares, Dionisios, Hermes, Poseidón o Adonis, o incluso de simples mortales, como el troyano Anquises, de quien habría de concebir la diosa un hijo, Eneas, que desempeñaría un decisivo papel en la historia de la humanidad.
Esas mismas tradiciones antiguas nos narran como Eneas, tras la caída de la legendaria ciudad de Troya en poder de los aqueos, pudo salvar su vida y llevando a su padre, anciano y paralítico, sobre los hombros se retiró con su familia y algunos seguidores al monte Ida, donde habría de fundar el nuevo reino de Tróade. Otras tradiciones más tardías, que serían recogidas por Virgilio, nos han contado, sin embargo, que Eneas se embarcó con sus fieles y tomó rumbo hacia el desconocido Occidente, en donde estaba llamado a desempeñar una importante tarea por los dioses. Más de siete años vagaría el troyano por el Mediterráneo, recalando en distintos lugares, entre ellos Sicilia, en donde murió Anquises y desde donde los vientos llevarían los navíos hacia las costas de África, recalando, finalmente, en las cercanías de Cartago.
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