Arquitectura del Símbolo

Arquitectura del Símbolo

 

Jámblico de Calcídica, filósofo neoplatónico de la escuela siriaca que falleció hacia el año 330 de nuestra era, pensaba que la divinidad no podía ser persuadida a obrar solo a través de nuestro pensamiento, ya que la suprema perfección no puede ser arrastrada a actuar por algo que es sumamente imperfecto. La divinidad, en cambio, solo puede ser inducida a actuar en virtud de los símbolos y de las fórmulas que ella misma ha sugerido a los hombres iniciados en sus misterios. Los ritos y los símbolos son los que hacen que el hombre se pueda acercar adecuadamente a los dioses.

 

En nuestra cultura mediterránea, el desarrollo de la obra arquitectónica sagrada ha estado dotado de un significado simbólico que implica la existencia de creencias muy concretas acerca de la relación entre el hombre y el orden cósmico. Es el caso, por ejemplo, de los templos escalonados o las cúpulas funerarias. En el primer caso, se acusa la influencia de las creencias que los antiguos tenían acerca de la existencia de diversas esferas planetarias, en tanto que los edificios de tipo funerario dotados de cúpula intentan facilitar la ascensión al más allá del alma del difunto, con la creencia de que existe una esperanza de renacimiento tras esa ascensión. A través de un dilatado proceso histórico en el que los conocimientos herméticos han venido influyendo, quizás de manera sutil, sobre las grandes religiones lo cierto es que el hombre, en su búsqueda de desarrollo espiritual y en su deseo de adquirir conocimiento ha buscado lugares sagrados en los que a modo de puertas abiertas al cielo pudiese trascender de lo profano a lo sagrado, facilitando la ascensión a espacios situados más allá de lo puramente terrenal.

 

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Tumba monumental romana de planta circular, situada frente a la Puerta de Gallegos, en Córdoba.

 

En este contexto de presencia del simbolismo en la arquitectura sagrada pronto se aprecia un enfrentamiento u oposición entre dos símbolos que entendemos básicos; de un lado, el círculo; de otro, el cuadrado. El cielo se aparece ante la mirada del hombre como una semiesfera abovedada que cubre la tierra. Es el lugar donde residen los dioses y allí ascienden las almas de los fallecidos. Ya expusimos que en la antigüedad existió una creencia muy extendida acerca de la existencia de varios cielos o esferas celestes superpuestas, que estarían en consonancia con las diferentes jerarquías de espíritus existentes así como con las diversas etapas por las que habría de pasar el alma en su proceso de purificación. Pues bien, tradicionalmente se ha atribuido al círculo el simbolismo de los espacios celestes. El círculo, símbolo de la unidad de lo absoluto en la medida en que se une a sí mismo, encerraría la suprema perfección, oponiéndose a lo terrenal que es representado por el cuadrado, símbolo de todo lo estático y puramente material.

 

Con estas creencias, un edificio sagrado podrá contar con una planta de tipo cuadrado, que nos hablará de la existencia de un mundo terrenal y material que todos conocemos y estará luego coronado por una cúpula esférica que nos simboliza la bóveda celeste y que usualmente estará decorada con representaciones que recrean el proceso de ascensión: pinturas de estrellas, pájaros, ángeles, etc. Es también frecuente que la unión entre el cielo y la tierra se represente a través de una escala simbólica, que contará siempre con siete escalones o peldaños, coincidiendo con los siete grados de la iniciación espiritual. A modo de ejemplo, los textos bíblicos nos hablan del sueño de Jacob. Por la escala celeste que vio, con siete peldaños, subían y bajaban los ángeles que estaban en comunicación con Dios.