El templo y el Cielo

El templo y el Cielo

 

En un texto que describe la situación del hombre en un mundo cargado de símbolos y valores religiosos repara Mircea Eliade en como la simple contemplación de la bóveda celeste puede hacer que se desencadene en el hombre una experiencia religiosa. En la inmensidad de las alturas, por encima de los hombres, el cielo se nos revela como algo infinito y trascendente. Allí, en esas regiones inaccesibles, han pensado secularmente los hombres que se encuentra la morada de Dios o de los dioses. Algunos afortunados, a través de adecuados ritos místicos de ascensión, han tenido el privilegio de alcanzar estos lugares. Para muchas religiones es igualmente allí adonde se encaminan las almas de las personas fallecidas.

 

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En el templo el hombre busca entrar en contacto con lo transcendente. Ermita de la Orden del Temple en el Cañón del Río Lobos (Soria).

 

Es una constante común que cuando los hombres deciden alzan sus templos en la tierra están intentando de algún modo reproducir lo que se les ha manifestado de la obra cósmica que los dioses han realizado. En el templo, espacio sagrado donde todo debe predisponer a la ascensión del alma de los creyentes, el hombre deja de ser solamente hombre y participa, en su relación con Dios, de una condición sobrenatural. No debe causar extrañeza que ancestralmente cuando los creyentes han decidido levantar un edificio sagrado hayan intentado hacerlo reproduciendo modelos cósmicos que su dios les ha previamente revelado. Solo a modo de ejemplo, en uno de sus Textos Herméticos, Hermes Trimegisto afirma que el país de Egipto, tierra religiosa y simbólica por excelencia, es la imagen del cielo. Egipto, para Hermes, sería la proyección y el descenso en nuestro mundo de todo lo que es gobernado y puesto en movimiento en el cielo por los dioses; Egipto, en suma, sería el templo del cosmos entero. Isis y Osiris, sabedores de que el creador había ordenado que las cosas terrenales estuvieran en simpatía con las de arriba, habrían instituido en Egipto las funciones sagradas como prolongación exacta de los misterios divinos. Esa concepción del templo egipcio en cuanto imagen del orden celestial se puede apreciar, a modo de ejemplo, en el vestíbulo del templo de Horus en Edfú, en donde una inscripción afirma claramente que "El que penetra en el templo, entra en el cielo".

 

Esta idea del templo que reproduce en la tierra un modelo trascendente celestial fue también muy usual en las culturas de Mesopotamia, China y la India. Judíos y cristianos saben, por otro lado, que el Templo de Salomón en Jerusalén no era sino una copia de un arquetipo celeste que Dios había revelado y que los hombres se habían esforzado en reproducir. En efecto, en Paralipómenos, I, 28 se afirma que había sido intención del rey David levantar una casa que sirviera de reposo para el arca de la alianza de Yavé, lo que Dios no le habría permitido por haber sido un hombre de guerra que había derramado mucha sangre. Habría de ser su hijo Salomón el llamado a realizar este trabajo, para lo que previamente fue aleccionado por su padre sobre las dimensiones y características exactas del templo, modelos para los utensilios sagrados, distribución de las órdenes sacerdotales, etc. "Todo esto -afirma David- me ha sido mostrado por la mano de Yavé, que me dio a entender el diseño de todas las obras". Salomón, por su parte, en Sabiduría 9.8 proclama en su oración que "Tú me dijiste que edificase un templo en tu monte santo y un altar en la ciudad de tu morada, según el modelo del santo tabernáculo que al principio habías preparado".