A través de la experiencia mística, en un proceso solo accesible a los iniciados en los misterios, también podía el hombre abandonar su cuerpo y, tras superar las siete esferas planetarias (Hebdómada) conseguir acceder a la Ogdóada, en donde almas y ángeles cantan himnos al Padre. Seguimos nuevamente a Hermes Trimegisto: "Ojalá algún día puedas, Tat, en ser alado convertido, alzar el vuelo en el aire y, acomodado entre tierra y cielo, contemplar la solidez de la tierra, la superficie del mar, los cursos de los ríos, el libre vagar del aire, la inmensidad del fuego, el curso de los astros y el rápido movimiento del cielo en órbita en torno a lo mismo. Ésta es, hijo, la más maravillosa visión: poder contemplar todas las cosas, cómo lo inmóvil es puesto en movimiento y lo invisible se manifiesta en lo creado. Tal es la ordenación del cosmos y tal es el cosmos del orden". En este texto, Trimegisto nos está presentando una experiencia mística del tipo de la que Jámblico nos narra en Sobre los misterios de los egipcios: "el cuerpo se ve levantado o distendido o transportado por el aire como sobre alas". Vemos, así, como las almas de los iniciados, gracias a la bondad del padre y a través de lo que muchos denominan en nuestros días viaje astral, pueden acceder al Conocimiento.
Los escritos atribuidos a Hermes Trimegisto gozaron de una gran aceptación en la Antigüedad e incluso fueron conocidos en la Edad Media, pero habría de ser en el Renacimiento cuando humanistas como Marsilio Ficino o Giordano Bruno supieron encontrar en ellos algunos de los fundamentos que ayudarían al nacimiento de una nueva mentalidad, más abierta ahora al hombre y sus valores. El Hermetismo, que había sabido profundizar en una espiritualidad fundamentada en el acceso a los conocimientos más profundos y en la práctica de una vida cotidiana basada en la piedad, tenía sin embargo antecedentes en filósofos griegos de tanta consideración como el propio Platón, que en su tratado Fedón recrea el último día de la vida de Sócrates y con ese motivo nos transmite abundantes reflexiones sobre la inmortalidad del alma y sus creencias sobre la reencarnación, la teoría de la reminiscencia, etc.
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El templo egipcio intenta reproducir el orden cósmico celestial. Templo de Debod (Montaña del Príncipe Pío, Madrid). |
Igualmente, en una de sus obras más conocidas, La República, en su Libro Décimo, Platón nos narra una misteriosa historia, de cuya veracidad nos insiste: se trata de la muerte del armenio Er, de la ascensión de su alma a un sitio de todo punto maravilloso, que se describe con abundantes detalles, y su posterior regreso a nuestra tierra, lo que permite la resurrección del cadáver de este hombre que había fallecido en combate. En esta intrigante historia, Platón nos indica como Er, desde lo alto, pudo contemplar ocho pesos, encajados los unos dentro de los otros, que serían los ocho cielos, el de las estrellas fijas y el de los siete planetas. Un inmenso huso daba impulso a todas las revoluciones celestes.
Todas estas consideraciones sobre las tradiciones herméticas permiten dejar constancia de que desde tiempos remotos, antes del triunfo de las religiones cristiana e islámica, la espiritualidad de los pueblos que han influido más intensamente en nuestra cultura ha tenido una determinada concepción del universo, que habría estado regida por la presencia de varios números mágicos. La Hebdómada nos remite al número de las esferas planetarias; en la Ogdóada, en el octavo cielo, en la esfera de las estrellas fijas, es donde el alma, al encontrar al Padre, consigue ser divinizada y gozar de la máxima felicidad. Más allá, en la Enéada, gran misterio entre misterios, se encontraría el principio de la Potencia que excede a todas las potencias, el principio que no tiene principio, la fuente rebosante de vida.
Para Hermes el conocimiento que se encierra en la Ogdóada es algo que el hombre solo puede conocer como un don gratuito de Dios; el hombre, por sus propios medios, a través de una vida de piedad, puede acceder al conocimiento de la Hebdómada. No sucede así con la Ogdóada, a la que solamente se puede llegar gracias al don divino de Dios. En ella el afortunado podrá contemplar a las almas que la habitan y a los ángeles; todos ellos cantan sus himnos a la Enéada y a las Potencias. Está, pues, claramente expresado que solo los iniciados, gracias a un regalo del Padre, pueden acceder a la Luz y contemplarle investido con todas las potencias. Estos conocimientos herméticos, a través de una adecuada simbología, habrían de influir de cierta manera en las iniciales concepciones simbólicas de las grandes religiones del Libro. Lactancio, conocido apologista cristiano, refiriéndose a Hermes Trimegisto, afirmaba con cierta admiración que, no sabía como, pero lo cierto es que había logrado descubrir casi toda la verdad: "pues Trimegisto, que, yo no sé cómo logró descubrir casi toda la verdad, a menudo describió la virtud y la majestad de la Palabra, como queda de manifiesto en la cita anterior, donde declara que hay un cierto discurso indecible y santo, cuya explicación excede los límites del hombre".